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lunes, 27 de abril de 2020

Jean Rhys: Ancho mar de los Sargazos

Idioma original: inglés
Título original: Wide Sargasso Sea
Año de publicación: 1966
Traducción: Andrés Bosch
Valoración: más que recomendable

De pocas novelas habré oído o leído más elogios a lo largo de mi vida lectora (para empezar, o acabar, en el Diccionario de literatura para esnobs) que de ésta de la escritora británico-antillana Jean Rhys, publicada casi 30 años después de haber estado por un tiempo en el "candelabro" literario, en la época anterior a la II Guerra Mundial. Ancho mar... supuso, pues, el redescubrimiento de esta autora nacida en Dominica y que se considera una de las primeras "novelas caribeñas"... al menos de las escritas en inglés, claro. Porque el Caribe, sus islas y sus gentes son en gran medida la médula, la columna vertebral en la que se sustenta esta obra. 

Novela que, sin embargo, nace, curiosamente, como una "precuela", spin-off o incluso fan-fiction de otra muy anterior y que, en principio, no relacionaríamos con el calor y la sensualidad tropical: se trata de la célebre Jane Eyre, de Charlotte Brontë, en la que aparece un personaje casi diríamos que fantasmal: la primera esposa del señor Rochester, Bertha -o Antoinette, en el libro de Rhys-, a la que tienen recluida por su locura. Jean Rhys se propuso pergeñar cómo habría sido la vida anterior dee sta mujer, hija de un hacendado esclavista de Jamaica y de una hermosa heredera de Martinica, antes y durante el comienzo de su matrimonio con Rochester; qué fue, si es que hubo algo, lo que le condenó a su estado de demencia.

Dividida en tres parte, la novela está narrada en primera persona, aunque la primera y tercera partes,más ciortaas, lo sean por Antoinette -Cosway antes de su matrimonio- y la segunda, por su marido Edward Rochester. En mi opinión, la primera parte es la mejor de todas, incluso extraordinaria por momentos: narra la infancia y adolescencia de Antoinette, en medio de una pobreza creciente de su familia debido a la muerte de su padre y a la emancipación de los esclavos británicos en 1833, pobreza que dura hasta que su madre vuelve a cassarse con un adinerado inglés de apellido Mason.

En al segunda parte se relatan los primeros meses de matrimonio de Antoinette y Rochesteer, una vez establecidos -aunque parece más bien una larga luna de miel- en una finca familiar de otra isla, sin especificar -tal vez la Dominica natal de Rhys-; las desavenencias entre los recién casados, así como la aparente insania de Antoinette (no olvidemos que esta aprte está contada desde el punto de vista del marido) son cada vez mayores, influidos sin duda por el entorno, que se nos presnta de una sensualidad extrema, atrayente pero también maligna... y que contrasta de forma brutal con la frialdad en la que se desarrolla la tercera parte, ya en Inglaterra, prisionera Antoinette/Bertha en su propia casa -la de su marido, en realidad-; es decir, la situación que ya conocemos de Jane Eyre, con la primera señora Rochester devenida casi un fantasma que mora en el desván.

Porque en esto reside, aparte de en su calidad literaria, lo más interesante de la novela: que la señora Rochester, Bertha Mason/Antoinette Cosway representa el mayor ejemplo de ese arquetipo de la literatura inglesa del XIX que se conoce como "la loca del ático (o del desván)", ya analizada por Sandra Gilbert y Susan Gubar en un célebre ensayo feminista de los años 70, con ese mismo título. "La loca del desván" no sólo sería un personaje recurrente de cierto tipo de narrativa de esa época, sino que representarñía, simbólicamente, todo lo que la sociedad victoriana reprimía en las mujeres. las que se salían del papel de esposa, madre y feligresa ejemplar eran consideradas excéntricas, histéricas, perturbadas...locas, en una palabra (auqnue estos personajes también servirían como catarsis para que sus creadoras pudieran explayarse con ellas, atribuyéndoles todos esos caracteres  y comportamientos mal vistos socialmente). Lo que resulta incluso fascinante de esta novela de Jean Rhys es que además le da voz y protagonismo a este "arquetipo", que deja de ser así un fantasma, una presencia amenazadora de la narración; para la infeliz Antoinette, la amenaza son los demás...


lunes, 29 de enero de 2018

Reseña + Entrevista: Archipiélagos de Abilio Estévez

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable


Poseedor de una fecunda trayectoria literaria, Abilio Estévez (La Habana, 1954) ofrece en su última novela publicada, Archipiélagos, un relato denso, abigarrado y fascinante. Al igual que en alguna otra de sus anteriores novelas -como por ejemplo El navegante dormido (2008) ambientada en la década de los 70- en Archipiélagos Emilio Estévez escoge un momento concreto del siglo XX cubano, en esta ocasión los días de agosto de 1933 que supusieron la caída del dictador Gerardo Machado, para urdir una ficción tan cargada de verosimilitud que el lector acaba atrapado por los personajes que pasaron aquel episodio real en la muy ficticia y literaria taberna La estrella de Occidente de Marianao.

Abilio Estévez parece tener predilección por esos lugares en la periferia de la Habana en el que se buscan la vida y se encuentran personajes que encarnan a ese tipo de personas comunes, sencillas y anónimas que no son los que acostumbran a manejar los hilos de la Historia sino más bien a sufrir las consecuencias de los acontecimientos. Esta caracterización de los personajes, tan faltos de elevadas expectativas más allá de su quehacer cotidiano y de la determinación por desempeñarse sin pretenciosa grandilocuencia, no significa en absoluto que el relato carezca de ambición narrativa. Por que el fresco que nos deparan las cuatrocientas páginas y pico de ese momento y de ese lugar es minucioso, vibrante, goloso. Un resultado basado en una variopinta y generosa galería de personajes, bien perfilados, de los que página tras página vamos conociendo personalidades, trayectorias, afanes y relaciones con los demás. Pero además, la escritura de Abilio Estévez tiene una especial cadencia para fijarse en los detalles que acaban, más que aportando verosimilitud al relato, sirviendo de cauce para que éste fluya como una reticente corriente, espesa y demorada, cargada de nutrientes.
 
La acción principal se centra en los tres días que supusieron la caída del machadato pero los saltos en el tiempo, con el narrador y protagonista rememorando desde su madurez aquellos días se alternan con el ejercicio de memoria del resto de los personajes en situaciones como la guerra de los negros en 1912 –solventada con la matanza de varios miles de descendientes de los esclavos por parte de la nueva legitimidad nacionalista y republicana surgida de la Independencia- o los devastadores efectos del huracán que asoló la isla el 20 de octubre de 1926. Queda clara la intencionalidad del autor de acotar, explicar, comprender, la realidad actual como deriva de toda una cadena de hechos, episodios y circunstancias de los que somos consecuencia directa. Al fin y al cabo, la ficción es una manera de ordenar, de pensar la realidad. En la que también valen símbolos y metáforas, como el rescate y ocultamiento para preservarlo de la multitud enfurecida de un instrumento tan incomprensible y fútil en ese momento como un astrolabio. Un aparato que proporciona coordenadas, que fija una posición; la premisa de una buena decisión sobre, por ejemplo, un rumbo.

El protagonista de la trama es José Isabel Masó, un adolescente inquieto y curioso, proclive a dejar volar la imaginación hacía lugares y países exóticos y a inventarse sus propios archipiélagos. Un afán que le permitirá entender que el lugar donde uno vive no es necesariamente el centro del mundo, aunque sea una amalgama tan fascinante y original como la de estos descendientes de bandidos españoles, chinos lavandero-opiómanos y negros lánguido-bailadores con la que el autor identifica a sus personajes en esa atmósfera insular y antillana, atravesada y atrapada “por la enorme distancia que existía entre la inquietud humana y la hermosa indolencia de la realidad”.

También de Abilio Estévez en ULAD: Cómo conocí al sembrador de árboles


Entrevista a Abilio Estévez



Quedo con Abilio Estévez una suave tarde de invierno para compartir un dry martini -que nos prepara Sergio, quien ejerce de estupendo librero de cabecera en Literanta- y casi dos horitas de conversación. Escuchar a Abilio, amable, conciso, cabal y risueño, es una verdadera delicia. Tanto que la grabadora y el teléfono con los que intento registrar sus palabras deciden incumplir su tarea y obviar su cometido, optando como yo por disfrutar del momento. Así que unos días después ejerzo de pesado y le pido a Abilio Estévez que me conteste por escrito. 

-¿Buscas una historia, una época, unos personajes, con los que narrar o más bien son elementos que se van conformando en tu imaginación hasta que decides transformarlo en un relato, en una novela?

-No, por lo general las historias no se buscan, aparecen. Son obsesiones, como sueños recurrentes que vienen de muy lejos. Casi diría que unas pocas obsesiones que se escriben una y otra vez. Decía Flannery O’Connor (y creo que tenía razón) de que todo el que haya sobrevivido a su infancia y adolescencia ya tiene para escribir el resto de la vida. 

-Ambientaste la novela Archipiélago en los años 30. ¿En qué fuentes buceaste para configurar el relato?

-Leí muchos libros de la época, me sumergí en la Cuban Heritage Collection de la Biblioteca Universidad de Miami, un lugar que es como un templo de la cultura y la historia cubanas. Pero fundamentalmente conté con mi madre (ya tiene 90 años) y las historias de la familia, sus propios recuerdos. Una verdadera maravilla. 

-¿Es la ficción una manera de entender, ordenar, dominar la realidad? ¿Vamos al pasado para entender el presente?

-Creo que todos estaremos de acuerdo en que sin la ficción la vida sería impensable. Hay que tener presente que Sheherezade salvó la vida contando esa caja china que es la colección de cuentos más hermosa que se haya escrito, Las mil y una noches. Supongo que la vida carece del orden y la estructura que le confiere la literatura. Vivimos una vida nueva cada vez que abrimos un libro. 
 
-Los personajes de Archipiélago son gente corriente, anónima, discreta parecen ir a la deriva, como naufragos de la Historia y de sus propias vidas… 

-Tienes razón, son víctimas de la historia, más o menos como nosotros, ¿no? Entre los posibles tipos de personas que quizá haya, yo señalaría dos: los que “hacen” la historia y los que la sufren. La mayoría pertenecemos a esta última categoría. Y así quise que fueran los personajes de mi novela. 

-Archipiélago está ambientada en los días que supusieron la caída de una dictadura, de una tiranía, el machadato. Pero Cuba no consiguió deshacerse del autoritarismo ni de la falta de libertades, puesto que después llegó Batista y más tarde los hermanos Castro.

-La historia de mi país parece dirigirse hacia ese último desastre. Era una de las cosas que quería intentar entender con ese libro. Vuelvo a las obsesiones de las que te hablaba, esa necesidad de iluminar un poco esa oscuridad en la que hemos vivido, no sólo los cubanos, sino la mayoría de los países en la cuenca de El Caribe. El autoritarismo, el caciquismo, ese mal que quizá nos haya llegado de España, encontró en América una tierra propicia. Los Castro son hijos de gallego. ¿No parece una coincidencia sospechosa? 

-Caracterizas Cuba como una amalgama de bandidos españoles, chinos lavandero opiómanos y negros lánguido-bailadores…

-Sí, sí, la amalgama de nuestros países fue tremenda. Al principio de la conquista los que llegaban de la península eran por lo general marginales, de todos los rincones del reino. Cuando ya no había mano de obra indígena, secuestraban negros del Calabar y los traían en aquellos horrendos barcos negreros. Eran negros yorubas, lucumíes, congos, carabalíes..., arrancados de sus tribus y esclavizados… Luego, hacia finales del siglo XIX, llegaron los chinos, los coolies, que fueron engañados, en régimen de semiesclavitud. De todo eso, surgen las naciones caribeñas: Puerto Rico, República Dominicana, Cuba…

-Para ti, ¿es Cuba una herida?

-No sé si esa sea la palabra justa. No sé si es una herida, pero desde luego es algo que duele por algún lugar.

-¿Concibes la escritura si no es desde el inconformismo, la insatisfacción, la rebeldía?

-Totalmente. Creo que escribir es un acto de rebeldía. Un decir No. Tal vez se escriba para remediar una carencia, una insatisfacción. Por lo menos así es como lo entiendo. Es lo que nos llega desde el Romanticismo y, mucho más precisamente, desde Baudelaire y los poetas malditos: la literatura como acto de rebeldía.

-¿A qué escritores cubanos deberíamos prestar más atención?

-A dos gallegos (no fue malo todo lo que llegó de Galicia) maravillosos: Lino Novás Calvo, autor de una novela extraordinaria Pedro Blanco, el negrero, publicada por Tusquets Editores; Carlos Montenegro, autor de Hombres sin mujer. También Lydia Cabrera, una antropóloga que, junto con Fernando Ortiz, descubrieron la cultura negra de Cuba. Dos cuentistas excelentes: Enrique Labrador Ruiz, Calvert Casey.

-¿Y a cuáles escritores hay que volver siempre?

-Pues a Alejo Carpentier, a José Lezama Lima, a Virgilio Piñera, a Guillermo Cabrera Infante. Tenemos una gran literatura, dicho sea sin orgullo patrio, frase que me es radicalmente ajena.

martes, 16 de enero de 2018

Luis Rafael Sánchez: La guaracha del Macho Camacho

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable

La insularidad es un privilegio repleto de inconvenientes. “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café.”, capturó el cubano Virgilio Piñera en su poema La isla en peso. El escritor isleño carga un extra de periferia, de invisibilidad para los grandes centros urbanos y continentales donde se proclaman cánones y se dictan las fórmulas de lo válido, lo admirable y lo excelso. Si a la condición de insular se le agrega la circunstancia de la puertorriqueñidad la realidad es aún capaz de retorcerse hasta la extrema contorsión dado el peculiar estatus jurídico, político, social, cultural y económico boricua. Un mejunje genuino, exuberante, carnal, guasón y antillano capturado con esplendor en las páginas de La guaracha del Macho Camacho, novela que debería formar parte del canon de la narrativa contemporánea en lengua castellana y que, al menos en esta orilla europea del Atlántico, dista mucho no ya de ser reconocida si no siquiera conocida.

Formalmente el texto se permite experimentar y desbordar los límites del relato convencional. Un miércoles cualquiera, a las cinco de la tarde, cinco personajes se encuentran atrapados en un tapón, un atasco, en las calles de San Juan. Cada uno con sus pensamientos y sus fantasías, con sus preocupaciones y deseos. Las escenas están cosidas por la voz de un locutor radiofónico que se recrea presentando el exitazo del momento, una guaracha del sin par Macho Camacho –lectores del 2018, hagámonos cargo, estamos en el país del Despacito de Luis Fonsi. 

Las sensaciones, las imágenes y los pensamientos se suceden y atropellan, se aceleran y fluyen hasta la verborrea, con párrafos que son genuinos ametrallamientos en modo cantinflas y que acaban por conformar una atmósfera disparatada y enloquecida, escenas repletas de referencias y giros locales (el medio millar de citas explicativas de la edición de Cátedra, aunque quizás excesivo, se hace imprescindible para no perderse) y de referencias cultas y literarias, todo ello mantenido con la misma enjundia y contundencia rítmica que el género musical que se fraguaba en aquel momento y que hemos acabado reconociendo como salsa. Porque La guaracha del Macho Camacho está cargada de voluntad de sorprender, de transgresión formal y no sólo lo consiguió en su momento, si no que cuarenta años después sigue funcionando como un mecanismo pegadizo, contundente y fascinante.

La decisión de hacer literatura con el latido y el lenguaje más popular y callejero confiere a las páginas de la novela  un tono desenfadado e irónico que sirve para tratar sin contemplación asuntos como el consumismo, el clasismo social, el machismo, la sexualidad y los arquetipos eróticos o los orígenes raciales. Esa querencia por lo soez, por lo cotidiano, por lo vulgar que es tratado por la alta cultura con nariz arrugada y gesto despectivo aquí impregna párrafo tras párrafo y figuras como la de la vedete Iris Chacón –a quien otro escritor boricua, Edgaberto Rodríguez Julia dedicaría una década después una suculenta aproximación, Una noche con Iris Chacón- se reconocen y agasajan como icono de lo admirable (y deseable). 

Dejémonos de disimular y de acomplejadas imitaciones y mostrémonos como realmente nos dé la gana, es el armazón estético e ideológico con el que Luís Rafael Suárez sustentó La guaracha del Macho Camacho. Y ese punto de vista, ese modo de incorporar al relato literario, en el que una comunidad puede supuestamente reconocerse, a plebeyos y horteras, a negros y mujeres atronadoras y el tono jocoso y coherente con que lo factura es lo que dota a la novela de su intacto magnetismo: “Un hombre no sabe ni así, tomó una pizca de yema de dedo, lo que es el dolor –dijo Doña Chon, argumentosa. Ningún hombre podrá parir nunca, dijo Doña Chon, bombástica en la formulación del histórico aserto. A los hombres les falta el tornillito de la pujadora que es un tornillito que la mujer trae en su parte –dijo Doña Chon, ginecóloga. El día que un hombre quiera saber lo que es parir que trate de cagar una calabaza– dijo La Madre: eufórica, un kindergarten en los ovarios, fanfarria con las trompas de Falopio”.

jueves, 16 de marzo de 2017

Sam Selvon: Solos en Londres

Idioma original: inglés (más o menos)
Título original: The Lonely Londoners
Año de publicación: 1956
Traducción: Enrique Maldonado Roldán
Valoración: recomendable

Escrita hace más de sesenta años por el triniteño de origen indio Sam Selvon, esta novelita no sólo mantiene toda su frescura, que es mucha, sino también, en cierto modo, toda su actualidad. La razón es que cuenta las vicisitudes de un grupo de inmigrantes caribeños de raza negra -de Trinidad, pero también de Jamaica o Barbados- en el Londres de los años 50, cuando, tras la guerra, hubo una primera oleada hacia el Reino Unido de mano de obra procedente de sus colonias del Caribe. Sus vivencias, pues, son muy específicas de ese momento y lugar, pero también universales: se podrían extrapolar a las de mexicanos o centroamericanos en EEUU, chinos en Japón o magrebíes en Holanda... (puesto que las dinámicas migratorias y su "problemática" son siempre parecidas, ya se trate de italianos en la Francia de hace 100 años, españoles o griegos en la Alemania de hace 50 o ecuatorianos en la España de hace 10).

La novela, no obstante, está escrita con bastante buen humor y, de hecho, en gran medida la componen los retratos de una serie de "chicos" -así se llamaban entre ellos- elaborados a base de anécdotas que llegan a ser tiernas y divertidas; así, conocemos a Moisés, el veterano del grupo y protagonista, en cierta manera, del libro; a sus compatriotas triniteños Galahad, Bart y Gran Ciudad; asimismo a  jamaicanos como el elegante Harris  y Tolroy, con su extensa familia; incluso aparece un nigeriano, el inefable y caradura Capitán... todos forman una pequeño grupo dentro de la comunidad afroantillana que por entonces se había establecido en lo que hoy son cotizados barrios londinenses: Bayswater, Notting Hill, Harrow Road...

Ahora bien, que el humor y la simpatía estén muy presentes, no significa que la novela no trate sobre los aspectos más espinosos a los que debían enfrentarse aquellos inmigrantes en la gran ciudad: el frío e incluso el hambre que padecían; la necesidad de pelear por cada libra en los trabajos más duros y peor pagados y eso, cuando encontraban trabajo y se les dejaba acceder al mismo. Porque aunque no sea el tema central -o mejor dicho, explícito- de la novela, el racismo también está siempre presente, dado el color de la piel de estos personajes (todos negros a pesar de que, como ya he comentado, Selvon pertenecía a la comunidad india): a la hora de buscar trabajo, pero también de encontrar alojamiento o de relacionarse con los nativos ingleses... por otro lado, son abundantes las menciones a relaciones sexuales con mujeres blancas -que, al parecer, encontraban irresistibles a los caribeños-: hay incluso todo un brillante exordio de Moisés al respecto. Y, por supuesto, también está aquí lo que luego se ha dado en llamar el "síndrome de Ulises", la nostalgia del emigrante por su tierra de origen, al tiempo que siente un cariño ambivalente por el país que le acoge como inmigrante, por lo que la sensación de desarraigo se acentúa. Subyacen además en toda la novela, claro, la soledad, la melancolía y el miedo.

Mención aparte merece la traducción hecha por Enrique Maldonado: como él mismo explica en el prólogo (por una vez, recomiendo leerlo antes de la novela) su trabajo ha ido en paralelo al estilo empleado por Selvon en la versión original, que no está escrita en el inglés estándar ni tampoco en algún dialecto caribeño, sino en una tercera modalidad, creada por el autor, que fuese comprensible para el público británico, al tiempo que conservaba las reminiscencias y el "color" del habla de las Antillas. Ése ha sido también el camino seguido por Maldonado en la traducción (de forma brillante, a mi entender) que ha compuesto un castellano dislocado e imperfecto, pero de lo más adecuado, entendible y ágil (quien no pueda reprimir una sonrisa ante la manera de hablar de los "chicos", que piense en cómo sonará a oídos anglófonos la segunda lengua más extendida en España: el "inglés nivel medio"): buen trabajo.

martes, 9 de abril de 2013

Colaboración: El cereus florece de noche de Shani Mootoo

Idioma original: inglés
Título original: Cereus Blooms at Night
Año de publicación: 1997
Valoración: muy recomendable

La historia de Mala Ramchandin (pronunciadlo como os venga en gana) me arrancó algo de cuajo y me lo devolvió sin siquiera disculparse.

Nacida en Dublín y criada en Trinidad, Shani Mootoo se inspiró en los paisajes, gentes, olores y acentos de la isla caribeña al crear Lantanacamara, un pueblo en la isla ficticia de Paradise (voy a usar los nombres originales; de la traducción no sé nada). Es una isla de fertilidad atosigante, plagada de flores de un día, fruta gorda pudriéndose a la sombra, arañas, caracoles y mariposas en todos los resquicios, mercados que contienen la herencia de todas las razas que ahí fueron a parar desde África, Asia y Europa, como esclavos o señores. El nombre de la isla, por supuesto, engaña.

Tyler es el único hombre que ejerce de enfermero en toda Lantanacamara. Su dulce carácter y su supuesta homosexualidad son objeto de burla y desprecio entre las enfermeras del asilo para ancianos donde ha empezado a trabajar. Es su soledad, en parte, lo que le atrae de forma inmediata a la paciente recién llegada: Mala Ramchandin, una anciana marchita y diminuta de terrible fama, cuya edad y avanzado estado de locura han impedido que la encarcelen por asesinato. Enseguida brotará un lazo entre los dos, el reconocimiento de una vulnerabilidad (física en ella, mental en él) que ambos comparten. Crecerá en él un deseo de cuidarla, de comprender la mente de una mujer casi transformada en criatura salvaje, cuyos únicos sonidos son perfectas imitaciones de insectos y pájaros. La historia se nos irá desvelando a saltos, de generación en generación, de herida en herida, a medida que Tyler recuerda, investiga y escucha a la propia Mala.

El pasado secreto y no tan secreto de Mala Ramchandin abarca tres generaciones, empezando por su abuelo, un agricultor indio que se convierte al cristianismo con el fin de que el Reverendo Thoroughly, un inglés (o, más bien, oriundo de las ‘Shivering Northern Wetlands’), adopte a su hijo Chandin. A través de la atormentada juventud de Chandin, su matrimonio y el nacimiento de Mala y su hermana, Mootoo desenrolla lentamente una espiral de desconsuelo y violencia que solo la belleza del escenario nos hace soportable. Las inevitables consecuencias de una existencia marcada por la raza, la clase social y el deseo frustrado son las cuerdas que van trenzando esta saga de dolor y abuso, que se condensa en el espíritu destrozado de la Mala que Tyler se encuentra.

Mootoo se toma su tiempo en revelar la más mínima esperanza de redención al final del terrible viaje. Su camaleónica prosa abarca el erotismo, la comedia, el realismo mágico y el terror más nauseabundo. La escritora te invita a que creas que lo peor ya ha pasado para acto seguido golpearte en toda la cara con algo más terrible aún. Tyler contagia una sed y una fascinación que, al final de la novela, la deja a una exhausta, consciente de haber pagado un alto precio por hurgar en lo más oscuro de Mala Ramchandin y su retorcido árbol familiar.

Firmado: Arrate Hidalgo