viernes, 19 de noviembre de 2010

Guillermo Cabrera Infante Puro humo

Idioma original: inglés
Título original: Holy smoke
Fecha de publicación: 1985
Valoración: muy recomendable


Advertencia: leer esta crítica puede ser perjudicial para la salud.


Vamos a sumergirnos en los retruécanos y juegos de palabras de Guillermo Cabrera Infante en este ensayo sobre tabaco y cine, Puro humo, cuya versión antecesora, predecesora inglesa, como esa, se tituló Holy Smoke. Es una historia de humo que no consigue cegar nuestros ojos en su relación con el cine y de películas salpicadas por la brasa caliente, candente que la hoja necesita para hacernos alguien al otro lado de nuestros vegueros ardientes. Cabrera Infante se desliza por la historia de la hoja poderosa que descubrió Colón a la vez que descubría América, aun no americana, pero sí colombiana sin Colombia.

En ella, se nos pone al tanto de las vitolas en las que se convierte la hierba maldita, bendita, en manos de los sabios torcedores cubanos, que convierten en habanos todo lo que tocan, como un rey Midas del tabaco sensato; y de sus primos para pipa, para esnifar y para mascar. Incluso sobre los cigarrillos, animal odiado, denostado por el autor, que solo soporta una fuma de hoja noble y si acaso, un redoble de sus familiares esparcidos por el mundo, en un rotundo viaje que hizo a la hoja vecina tanto de Manila como de Florida, de Honduras como de España, si lo apaña.

Se nos informa en este ensayo del arte escénico de los escenarios sobre los que se fuma y se fumó, de cómicos con un puro y del puro atrezzo en que se envuelve el actor, se envolvía, de las cintas en que vio el humo o se veía. De mujeres fatales, letales, que detrás de sus largas boquillas, sencillas, entornaban los ojos para hacer quedar rendido, herido, aterido por la frialdad del contraste entre el hielo de sus ojos y el fuego de su mirada, al galán de turno que se acercaba presuroso anheloso a la demanda del fuego prometéico.

Se nos habla de los hombres de estas vegas en donde no se juega dinero, sino que crece el tabaco, lento, sensato, camino de su fortuna, ésta no azarosa, pesarosa, sino sublime, ardorosa. Salidos de manos sudorosas de sencillos trabajadores cubanos, sabios y leídos, lectores pasivos del relator de la fabrica, que antes les contaba a Balzac y Dumas, y ahora solo narran los discursos de Castro, un politicastro.

De toda la amplia historia del tabaco que tan hábilmente nos desgrana sin desgana D. Guillermo, es esta bajada al infierno del interior de la fabrica, donde entre el sonido de las chavetas se desplaza el sonido de la voz tonante, rampante, del relator contratado para mantener informados a los trabajadores de salario bien ganado. Primero lee la prensa en la mañana, más tarde en la tarde lee novelas, seleccionadas todas ellas por los propios trabajadores como una de sus labores. Era El conde de Montecristo una de sus favoritas, junto con Los miserables, tan cercanos a sus afanes que se comprendía el día que se leía la preferencia sin impaciencia que a ella se tenía. Se tenía, la radio acabó con aquello, como acabó con los habanos, ahora ya sin competencia en la isla siempre fiel, todo en manos estatales, banales, que se han dejado superar en la primacía de la fuma de calidad por otras tierras tabaqueras, sin tanta solera, pero con suficiente cantidad.

En fin, que me ha encantado.