sábado, 17 de abril de 2021

Adrián Grant: Nada ilegal, nada inmoral


Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: bastante recomendable

Ya sabemos, más los que andamos dedicados profesionalmente a lo relacionado con finanzas y  contabilidad, de las habilidades de ciertos perfiles de asesores en lo concerniente a los jugueteos fiscales cuando se habla de entornos multinacionales. Objeto constante de persecución por las autoridades que, impotentes para contener al ejército de contra-programadores bajo la premisa hecha la ley hecha la trampa, intentan generar normas restrictivas o persecutorias para evitar que, aquellas corporaciones que puedan permitírselo, y previo pago de sustanciales minutas, acaben situando todos sus beneficios en el país donde abonen menos impuestos.

Grant sitúa su novela en Luxemburgo, uno de esos pequeños países centroeuropeos con ciudades de calles limpias, gente pulcra y niveles de PIB que convierten a sus habitantes, o al promedio de estos, en privilegiados. Luego que la vida en esos sitios resulte anodina y aburrida y que los hábitos de los lugares de origen (desde comidas a horarios a gustos en ocio) sean de difícil adaptación queda compensado por los magníficos sueldos, el enriquecimiento del CV, el aprendizaje y promoción profesional, algún idioma aprendido o perfeccionado, pack suficiente para mitigar la añoranza de la tierra natal.

Grant, formado en la materia, construye una trama sobre el estallido de un escándalo que salpica a una de esas asesorías de lujosos despachos y contratos atiborrados de claúsulas de confidencialidad, cuando se publican, a consecuencia de filtraciones, datos sobre empresas a las que han ayudado en sus artimañas. Nada delictivo (de ahí el título), pero suficiente para que la prensa (o las RRSS) hinquen los colmillos en esas empresas e inicien operaciones de acoso de aquellas que definiríamos como mucho ruido y pocas nueces: las minutas incluyen impecables aprovechamientos de vericuetos legales y todo el mundo se sale de rositas. Y el único nombre que se mancha es el de la empresa asesora, que no ha sido capaz de evitar que estalle el escándalo y que merezca algún titular y alguna reprobación por parte de algún ingenuo político de izquierdas. El incidente marca el día a día de tres perfiles; los tres socios de la empresa, cada uno preocupado por cómo será afectada su trayectoria profesional, sus emolumentos, sus bonus, sus desahogadas vidas, los empleados, la gran mayoría expatriados, que acusan el golpe y lo convierten en epicentro de cotilleos y especulaciones, entreverados con sus vidas que son una montaña rusa de horarios abusivos y aprovechamiento del escaso tiempo libre, y en tercer lugar, el IT manager al que le es encargada la sencilla tarea de trazar la filtración e identificar a su responsable. La fragmentación del relato, al margen de la relativa importancia de poner nombre al culpable, es a la vez atractivo y debilidad de la novela. Por una parte las andanzas de los empleados son profusas en diálogos y actitudes del expatriado: aburrimiento, especulación, preocupación por el impacto, lo cual parece manifestar cierto estereotipo cercano al mito de los Erasmus. Los monólogos, en la forma de colosales párrafos sin respiro, en que cada uno de los directivos reflexiona sobre los hechos y cómo llegaron ahí son, literariamente de una brillantez realmente notable en una primera novela. Ese enfrentamiento, prácticamente detectable en la pura maquetación del texto, me ha parecido un recurso de primer orden, una apuesta que aleja el texto de la novela asociada a determinados mundos profesionales (Grant está más alineado con Foster Wallace, que firma una de las citas que abre el libro, que con el tipo aquel americano que escribía novelas sobre casos judiciales, no me acuerdo del nombre ahora, narices) y lo aproxima a lo literario, valga la expresión pedantorra. Así que no hace falta ser empleado de un departamento Tax & Legal o tener un máster en fiscalidad para disfrutar con esta novela.

viernes, 16 de abril de 2021

Guillaume Apollinaire: Las once mil vergas

Idioma original: Francés
Título original: Les Onze Mille Verges ou Les amours d'un hospodar
Año de publicación: 1906
Traducción: Xavier Aleixandre
Valoración: No sé

Pues nada, ya he leído Las once mil vergas, archiconocida novela erótica (casi diría que pornográfica) de Guillaume Apollinaire; y admito que ha sido una experiencia curiosa, porque el libro fascina por el morbo que despierta, a la par que traumatiza por las salvajadas que alberga.

Siempre he adorado la ficción que explora impúdicamente el sexo, la violencia y el humor negro de la forma más degenerada posible. Y en eso, la obra de Apollinaire cumple a la perfección. Cumple tan bien, de hecho, que consigue que alguien tan curtido como un servidor acabe tocado ante la sordidez de ciertas escenas, o se escandalice frente a determinadas ocurrencias de un mal gusto palmario. 

De modo que la obra impacta, aunque estoy seguro de que no lo hace ni la mitad que en su contexto histórico. A fin de cuentas, hoy día todo el mundo ha estado expuesto, en mayor o menor medida, a arte provocativo de distinto pelaje, y se ha familiarizado con la crueldad y perversidad de que es capaz el alma humana.

A mi juicio, Las once mil vergas funcionaría mucho mejor, literariamente hablando, si:

  • Comunicara algún mensaje (sin por ello caer en la pretenciosidad, claro).
  • Hubiera establecido una consistencia interna a la que aferrarse. Y es que el mundo de la novela es generalmente absurdo, pero breves pasajes lo plasman como verosímil. ¿En qué quedamos, Apollinaire?
  • Su estructura no fuera tan repetitiva.
  • Su argumento tuviera un grado de continuidad más elevado y siguiera una lógica narrativa ascendente. 
  • Su prosa se hubiera pulido. No me molesta que sea ramplona, pero ciertos pasajes no alcanzan su máximo potencial.  
  • Dotara de complejidad a los personajes y sus interacciones. El clímax, por ejemplo, hubiera tenido mayor carga emocional de haberse profundizado previamente en Mony, el protagonista, y en la relación de éste con Culculine, una de sus múltiples amantes. 
  • En vez de querer epatar mediante la cantidad de truculencias, lo hiciera de forma gradual. Así, escalas del sadosmasoquismo a la necrofilia, los abusos de menores, el incesto y el bestialismo, en vez de saltar de lo uno a lo otro sin orden ni concierto. 

Llegados a este punto, hay que reconocer que el artefacto de Apollinaire no se limita a ser únicamente una novela erótica escrita por el "enfant terrible" de turno. De hecho, en su seno cobija algunos elementos que, aunque no lo dignifican (tampoco es que esa fuera la intención de su autor), lo enriquecen y lo diferencian de propuestas afines menos interesantes. A saber:

  • Travesuras estilísticas que, por desgracia, se pierden en su mayoría al trasladarlas al español. 
  • Grotescos toques eruditos.
  • Un escatológico sentido del humor.
  • Unos últimos capítulos ambientados en la guerra Ruso-Japonesa.

La edición de Las once mil vergas que yo he leído se la debemos a Laertes. La salpican unas pocas erratas, pero en general está muy bien; tiene un prólogo estupendo y su traducción se basa en la primera versión del texto de Apollinaire, antes de que se adulterara por motivos varios. 


También de Guillaume Apollinaire  en ULAD: Los diablos enamorados

jueves, 15 de abril de 2021

Marcelo Luján: Subsuelo

 Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: recomendable

Noir especialmente túrbido el que se marcó en 2015 el escritor argentino Marcelo Luján y que le consiguió ganar el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón del año siguiente. He escrito "túrbido" (perdón por la pedantería, pero me resulta un adjetivo con una connotación más morbosa aún que turbio) porque es una novela de crímenes, dominación y bajísimos instintos que suceden en un ámbito familiar y ya se sabe que eso le da un plus de complejidad, pero también de ensañamiento y sordidez, a este tipo de historias. En este caso, hablamos de lo que sucede en el seno de dos familias de la clase media española, de ésas con chalet con piscina para pasar los veranos. No todos los personajes son españoles, empero: una de las madres es argentina y dejó atrás, en su país de origen, una historia no menos turbulenta que sirve de transfondo a la que viven sus hijos.

Como es fácil de suponer, el título de Subsuelo hace alusión a esos secretos guardados en el sótano de esa institución que llamamos familia, o incluso enterrados por debajo de éste. Y, por supuesto, a los secretos que esconde cada uno de sus miembros al resto de ellos. Aunque en la novela también hay otro elemento que hace referencia al título: una colonia de pertinaces hormigas que anida en el subsuelo de la finca donde se desarrolla casi toda la acción y que funciona como una obvia, pero eficaz metáfora de toda esta narración. 

No voy a hacer una sinopsis y ni siquiera a contar más de la trama de a novela para no estropear su lectura a nadie, pues en este tipo de historias, mantener vírgenes las expectativas me parece fundamental para disfrutarlas. Sólo diré que, aunque ciertamente, se pueda calificar a ésta como un noir o incluso un thriller psicológico; no se trata, en absoluto, del típico best-seller de crímenes para leer al borde de la piscina... (es más, me atrevo a pediros que NO LO LEÁIS AL BORDE DE LA PISCINA... por más que sea, justamente, al borde de una donde comienza la acción). Además, y a diferencia de ese tipo de libros, Luján no trata de ponerselo fácil al lector; antes bien, su prosa, siendo excelente y muy elaborada (y precisamente por ello), exige bastante atención, con recurso a constantes analepsis -tanto flashbacks como forwards-, narración con distintos tiempos verbales: presente de indicativo, pasado, futuro y hasta en subjuntivo; así como un constante recordatorio de lo que cada personaje ve, sabe o piensa, pero que los demás no ven, saben ni piensan, así como de la situación espacial de cada uno en cada momento de la trama, de forma que obliga a ir trazándose diagramas mentales del escenario al tiempo que uno lee... Bueno, quizá exagero un poco; al fin y al cabo, la narración resulta tan oscura y absorbente que tampoco permite pararse a valorar otras circunstancias. En cualquier caso, estamos ante una novela muy apreciable, más aún para quien guste de historias poco complacientes e incluso perturbadoras.

Nota informativa: Supongo que todo el que lea la reseña se dará cuenta de que, en lugar de la cubierta del libro, como es lo habitual, en esta entrada he puesto el retrato de su autor. La explicación está en que Subsuelo fue publicada por un sello editorial que pertenece, aunque no era así en el momento de aparición de esta novela, al célebre grupo Malpaso... célebre sobre todo por no pagar lo que debe a algunos o muchos de sus autores, traductores, correctores, etc. Como no tengo ganas de que esta reseña sirva de promoción para un título de este grupo editorial, pero al mismo tiempo me parece un libro que merece nuestra atención y no sería justo con su autor obviarlo por una situación de la que no es responsable (y puede que incluso sea víctima, no sé), he buscado esta solución, que quizá no sea la mejor o tal vez sí... Ni idea, pero, en cualquier caso, #MalpasoPagaYa.

miércoles, 14 de abril de 2021

Rebecca Solnit: Recuerdos de mi inexistencia

Idioma original: inglés
Título original: Recollections of My Non-existence
Traducción: Antonia Martín Martín (trad. en castellano) / Josep Alemany (trad. en catalán)
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Hay títulos sugerentes que nos despiertan curiosidad lectora y cuando esos títulos corresponden a libros escritos por una de las que considero mejores activistas en el mundo literario (entendiendo como “mejores” aquellas que saben trasladar mejor sus ideas del campo conceptual al literario) la necesidad y premura en leerlos es inevitable.

Rebecca Solnit ha dejado una huella indiscutible de su talento en diferentes ámbitos: el de la introspección con «Una guía sobre el arte de perderse», el de la lucha por los derechos civiles en «Esperanza en la oscuridad», el de la maternidad en «La madre de todas las preguntas» y, de manera transversal y destacada, en el feminismo con el ensayo «Los hombres me explican cosas» en el que inventó y acuñó el conocido término mansplaining. Así pues, su carta de presentación es notoria y, ¿cómo encaja en ello un libro titulado «Recuerdos de mi inexistencia» que apuntaría a una cierta invisibilidad en el mundo? Pues ya de manera clara la autora da la respuesta, pues en medio de la constante lucha por los derechos de las mujeres, reconoce que, tiempo atrás, «me convertí en una experta en el arte de desaparecer (…) de escabullirme de las situaciones angustiosas, evitar abrazos, besos y apretones de manos no deseados (…) Una experta en el arte de la inexistencia, pues la existencia era muy peligrosa». Porque así es como tantas mujeres han tenido que navegar en un mundo en el que se sentían deseadas a la vez que excluidas, en el que sus voluntades o ambiciones eran consideradas algo secundario.

En este libro de memorias (que no autobiografía), la autora inicia un trayecto que parte desde los inicios de su madurez con la edad de diecinueve años y todo un futuro por delante, en «la fase inicial del proceso de saber qué quería ser y como llegar a conseguirlo»; una mujer de la que afirma, en la actualidad y con tono nostálgico, que «veo aquella mujer joven delgaducha e inquieta como alguien a la que conocí íntimamente y que me hubiera gustado ayudar más, alguien por quién siento la misma simpatía que por las mujeres de su edad que ahora conozco», en una reflexión que recuerda mucho, por su tono, a Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro». Porque es en el tránsito hacia la edad adulta y en la edad en la que abandonas la adolescencia cuando nos percatamos que «una vez independizados, somos inmigrantes acabados de llegar al país de los adultos».

A lo largo de la narración, hay pasajes que nos recuerdan claramente a la literatura de Vivian Gornick (cambiando la ciudad de Nueva York por la San Francisco), con barrios llenos de comunidades de distintos orígenes étnicos; nos habla de sus vecinos procedentes de Oklahoma y Georgia, de su casero, del jazz. Ella es una chica blanca en un barrio negro, pero en el que se reconoce entre ellos. A diferencia de Gornick, Solnit es más descriptiva que emocional, transmite y narra el ambiente del barrio, pero desde cierta distancia para observarlo y retratarlo, sin la pasión y los sentimientos que volcaba Gornick hacia su Nueva York. Y, en ese retrato, la autora narra la transformación de la ciudad, como en un lavado de cara donde se elimina su personalidad y se deja todo nuevo, reluciente, pero terriblemente más insípido por la aparición de pizzerías de lujo, barras de sushi y cadenas de tiendas. Un cambio rápido, atropellado, excesivo, que la lleva a afirmar que «descubrí que para ver los cambios hay que ser más lento que ellos». Así, la lectura de Solnit nos recuerda claramente a Gornick en algunos pasajes, afirmando que «en los años ochenta, la ciudad fue mi mejor maestra» y da la sensación de que Solnit necesita espacio, tomar distancia y un entorno salvaje y abierto (que retrata afirmando que «en los entornos salvajes alrededor de San Francisco (…) encontraba revelaciones y la sensación de libertad»), mientras que Gornick necesita la proximidad con sus semejantes para narrar a partir de ellos. Solnit narra a partir de ella misma como observadora, Gornick narra desde dentro.

En gran parte de estas memorias, la autora nos ubica en su apartamento en el que vivió durante veinticinco años, escribiendo desde el mismo escritorio con el que empezó (y que sigue utilizando) y que recuerda con gran ternura, pues fue el regalo de una amiga a la que un año antes su exnovio había apuñalado quince veces hasta casi matarla (y, cómo en ocasiones ocurre, se la culpó a ella de lo sucedido y él no tuvo que afrontar consecuencias jurídicas). Por ello, afirma Solnit que «alguien intentó silenciarla. Y ella me regaló un trampolín para hacer oír mi voz. Ahora me pregunto si con mis escritos he querido hacer de contrapeso a aquel intento de reducir una mujer joven a la nada» porque «a pesar de que no te mataran, mataban algo dentro de tu interior: el sentimiento de libertad, igualdad y confianza en ti misma». Así, Solnit vincula ideología con su propia vida, con su experiencia y la de otras mujeres, pues «todos mis textos tienen su origen, en el sentido literal de la palabra, en este escritorio».

De esta manera, nos narra sus primeros pasos como escritora una vez licenciada a los veinte años, mientras trabajaba como recepcionista en un pequeño hotel en el distrito de Castro (San Francisco), un trabajo que le dejaba tiempo para leer, pero con el que constató que, a pesar de que había leído mucho, no sabía escribir libros; el curso de postgrado en periodismo en la UC de Berkeley le despertó el deseo de ser escritora cultural, ensayista, pues el hecho de conocer la obra de otros artistas de diferentes vertientes del arte le dio el empuje, a través de su obra, determinación y personalidad, para adquirir la confianza necesaria en dejar de considerarse crítica y periodista y convertirse, finalmente, en escritora. «Al ver que me consideraban escritora, tuve la idea liberadora de que todo era posible» a pesar de la dificultad que tuvo para publicar libros en sus inicios como escritora por el simple hecho de ser mujer y joven, algo que la llevó al ninguneo del que fue víctima por parte incluso de sus propios editores y que la autora recuerda, con pesar, que «leía mis libros en público, pero no conseguía que mi editor me escuchase».

Como no puede ser de otra manera, su activismo feminista también está presente a lo largo del libro, denunciando el deseo del hombre en someter a las mujeres como ejercicio y demostración de poder, en una sociedad que consideraba como casos aislados los crímenes violentos a los que eran sometidas, en una época en que ese deseo del hombre asociado a la violencia contra las mujeres era una constante en los filmes de Hitchcock, Brian de Palma, David Lynch o Tarantino. Unos crímenes y un peligro constante que la llevan a ser consciente de la gran inseguridad con la que vivía por el hecho de ser mujer; la omnipresencia de la violencia, el hecho de «recordarme que no seré nunca libre del todo». Solnit también extiende su denuncia a la violencia homófoba pues, en el fondo, denota también misoginia; citando a James Finn afirma que «cuando los homófobos se burlan de los gais, casi siempre lo hacen comparándolos de una manera desfavorable con las mujeres», pues «para ellos, ser penetrado es sinónimo de ser conquistado, invadido, humillado». «Eso significa que algunos hombres heterosexuales (…) imaginan que las relaciones sexuales con las mujeres son punitivas, agresivas, hostiles, un acto que realza la categoría del hombre y rebaja la de la mujer».

Solnit narra la soledad de la que son víctimas las mujeres, pues es difícil encontrar quien pueda creerse sus versiones, su verdad: «mis palabras habían fracasado una vez más. Fracasaban continuamente» y, de manera apesadumbrada y triste se cuestiona que «cuando no posees ni el cuerpo ni la verdad, ¿qué te queda?». Y, en esa mirada en claro desequilibrio según quien la aplica, Solnit cita a Du Bois y la «doble conciencia, la sensación de mirarse siempre a uno mismo a través de los ojos de los demás» porque «las mujeres dependemos de los hombres y de lo que piensan de nosotros, ellos nos enseñan a mirarnos constantemente al espejo para saber qué aspecto les ofrecemos» y eso es algo que se traslada también a los libros, pues «cuando abría un libro me encontraba un hombre que miraba a las mujeres» (tal y como apunta Hustvedt en su libro «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»). Unos libros que aparecen también en el relato continuamente, constatando su amor por ellos afirmando que «los libros leídos nos entran en la memoria y forman parte de los materiales de la imaginación» y aseverando con rotundidad (y algo en lo que me puedo identificar claramente) que «todavía entro en una librería o una biblioteca convencida de que estoy en el umbral de lo que más necesito y deseo».

Por todo ello, el libro que ha escrito Solnit es una interesante lectura para ver la trayectoria profesional pero especialmente vital que ha llevado a la autora a ser considerada una de las grandes ensayistas actuales. Este es el principal atractivo de un ensayo que tiene como aspecto menos logrado un excesivo detalle en algunos episodios puntuales y una visión excesivamente desapasionada y casi distante. Noto en la narración una falta de voluntad en buscar complicidades con el lector, en narrar sin un sentido marcado de proximidad, como sí podemos ver en Gornick, Hardwick, Hustvedt o incluso Ernaux. Bien es posible que se deba a que Solnit es puramente ensayista y trata principalmente hechos y reflexiones más que historias, pero, en cualquier caso, el libro es recomendable, pues sus reflexiones destacan por su lucidez y certero análisis sobre el mundo que la rodeó que es también el nuestro (y especialmente, el de las mujeres).

Dice Solnit que «me gustaría que las mujeres que han venido después de mi puedan evitar algunos viejos obstáculos. Con una parte de mis escritos he querido contribuir a conseguirlo; al menos, menciono los obstáculos». No cabe duda de que con sus ensayos lo ha conseguido y que este libro es de los que deja muchísimas reflexiones para, no únicamente concienciarnos de la realidad, sino también para contribuir con nuestros actos a eliminarlos de nuestro mundo.

martes, 13 de abril de 2021

VV.AA.: Cuadernos hispanoamericanos (Cuento)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Que el "cuento latinoamericano" goza de una salud excelente es algo que creo que poca gente pondrá en duda. Una muestra significativa de ello son las múltiples reseñas que hemos publicado en este blog en los últimos años y que dejan un buen reguero de nombres: Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, Mónica Ojeda, Samantha Schweblin, Rodrigo Blanco, Edmundo Paz Soldán, etc., algunos de los cuales aparecen en este número dedicado al género breve de la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" con el que podemos corroborar la afirmación inicial.

18 autores (12 hombres y 6 mujeres, lo cual  - aunque aquí habría que valorar los entresijos de la selección - me parece injusto dada la calidad de alguna autora que no aparece por aquí), 18 países (solo falta, si no me equivoco, una representación de República Dominicana y El Salvador) y 18 relatos con un nivel medio bastante alto.

Curiosamente, este elevado nivel medio no viene siempre de la mano de los autores más consagrados o reconocidos a este lado del Océano. Por poner un par de ejemplos, el relato de Halfon (escritor que me encanta) parece hecho con el piloto automático puesto y el relato metaliterario de Fernanda Trías deja al lector algo frío porque puede funcionar bien como juego pero se echa en falta algo más. Por su parte, otros autores TOP, como Mariana Enríquez, Liliana Colanzi o Mónica Ojeda, aportan relatos que serán fácilmente identificables para sus lectores habituales y servirán como interesante carta de presentación para los no iniciados.

Por el lado de los autores más desconocidos (o menos leídos) para mi vienen alguna de las sorpresas más agradables. Destacan especialmente 4/5 relatos:

  • "La cinta roja" de la hondureña María Eugenia Ramos, un relato brutal cargado de simbología.
  • "El río, una pasta espesa que no hace olas" de Jon Bilbao, relato carveriano de parejas y amistades, mentiras o medias verdades y tensión "subterránea" algo alejado en lo estilístico de lo que yo he podio leer de su obra.
  • "Marginalia" del costarricense Carlos Fonseca, un relato en el que se juega con la literatura como forma de huida o de entrada a otras vidas posibles.
  • "El barbero de Hialeah" del cubano Carlos Manuel Álvarez y su impactante final.
  • "Serenatas" del venezolano Juan Carlos Méndez Guedez, quizá el relato más arriesgado en lo estilístico, con sus diferentes voces y tiempos y su aire de "culebrón"

En definitiva, 18 más que interesantes relatos que beben de múltiples influencias, tanto del propio Sur como del Norte, que poseen una serie de elementos comunes (la emigración, la violencia, el desarraigo, la propia literatura) y que demuestran que la cantera de "cuentistas" latinoamericanos está muy pero que muy viva. ¡Y que dure!.

lunes, 12 de abril de 2021

Álvaro López Martín / Marta García Villar: Mi vecino Miyazaki

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2017

Valoración: Está bien (Recomendable para fans)


Es lo que tienen los libros sobre cine, o también sobre música, que en principio nos atraen por aquello de lo que sabemos que van a hablar, porque es algo que conocemos, que nos gusta o nos interesa en alguna medida. De forma que empezamos con un cierto prejuicio generalmente positivo, un poco lo que me ha ocurrido en este caso. Conozco unas cuantas de las películas de Hayao Miyazaki (o mejor, de Studio Ghibli), algunas vistas bastantes veces, y se me ofrece un libro que a primera vista tiene ya un evidente aspecto laudatorio, de esos que parecen destinados a lucir en la estantería, con formato generoso, tapas duras y muchas ilustraciones. Pero a pesar de este segundo prejuicio, ahora más bien negativo, supongo que algo nos contará sobre este popular e inconfundible cine japonés, en apariencia destinado a los niños aunque seguramente con mucho más contenido detrás.

Antes de nada, para los que no conozcan el tema, Ghibli es un importante estudio de animación japonés creado por Isao Takahata (Heidi, Marco), Hayao Miyazaki y el productor Toshio Suzuki. Su primera película fue Nausicaä del Valle del Viento (1984) y parece que Miyazaki, ya bastante mayor, prepara ahora la que será la de su despedida, años después de que Takahata hubiera fallecido. Son casi siempre largometrajes, varios de ellos muy conocidos y objeto de numerosos premios en el ámbito internacional. Y sobre todo, en mi opinión, trabajos con un sello especial, artesanal, claramente alejados de los productos Disney y sus réplicas.


El libro hace un repaso exhaustivo de todos los títulos del estudio, dedicando unas cuantas páginas a cada uno, acompañadas de imágenes significativas, breves comentarios en relación con su gestación y algunas otras anécdotas sobre los relatos o mangas en los que se han basado, su banda sonora o las circunstancias de su producción. Aquí encuentro el primer motivo de crítica: será una apreciación personal pero dedicar el mismo espacio a todos los títulos da al libro un aspecto de catálogo que le hace perder bastantes puntos. No dudo de que haya cosas interesantes que contar sobre la mayoría de las películas, pero creo que hubiese sido más lógico destinar a cada una la atención que de verdad requiere, que no siempre ha de ser la misma. En concreto, entiendo que debiera haberse otorgado un lugar más destacado a las más emblemáticas y que han dado a conocer el sello de Ghibli, todas alrededor del año 2000: La princesa Mononoke y, sobre todo, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante

Aunque este no es un blog sobre cine, no me quedaré sin decir que estas películas han llevado a su nivel más alto el cine de animación por la complejidad y valentía de sus guiones, la perfección de las imágenes (esos fondos maravillosamente detallados), la riqueza de sus personajes o la música que los acompaña (esa soberbia banda sonora de El castillo ambulante, de Joe Hisaishi). En mi opinión estas tres películas, y más en general toda la filmografía de Miyazaki, marcan una ruptura decisiva en la animación, como a nivel creativo y técnico lo haría, casi al mismo tiempo aunque en otra dirección distinta, Pixar en Estados Unidos. Bueno, sin ser experto en estos asuntos, se habrá dado cuenta el lector de que con algunos infantes en casa uno se ha digerido una tras otra (y unas cuantas veces cada una) casi todas estas pelis. Pero volvamos al libro.

El análisis de las aproximadamente veinte películas se centra sobre todo en explicar el argumento, y ahí resulta algo escaso y excesivo a la vez. Excesivo cuando las películas no tienen demasiado que contar o su contenido resulta en alguna medida recurrente, con protagonistas similares (casi siempre infantiles o juveniles), o tramas en las que se repiten  episodios de amistad, amor, situaciones de desamparo y mensajes de superación personal. Y  escaso cuando los relatos se salen de ese esquema y ganan en complejidad o funcionan sobre escenarios de mayor peso, como La tumba de las luciérnagas. En este supuesto de películas de mayor riqueza, la limitación de espacio y la fijación por el argumento dejan poco margen a otras cuestiones que pudieran un interés especial, como las alusiones a la mitología y tradiciones japonesas, o los aspectos puramente artísticos o técnicos, las diferencias gráficas, e incluso narrativas, entre Miyazaki y Takahata, el uso del efecto máscara y el diseño de personajes, o por qué parece haberse detenido lo que parecía una evolución hacia historias más complejas.

Algo hay de todo esto, es  verdad, como también algunos amagos de tímida crítica que realmente son de agradecer. Pero en definitiva personalmente me sobra bastante del componente decorativo y promocional del libro, como también cierta pretenciosidad al describir argumentos que a veces son bastante simples, y echo de menos un análisis un poco más sólido (¿más serio?) de esta interesante filmografía, algo que indique que los autores son más que un par de fans que se saben de memoria cada minuto de cada película (que me da la impresión de que sí lo son). Seguramente me sobran y me faltan todas estas cosas que he comentado porque este no es quizá el tipo de libro adecuado para encontrarlas, aunque para cierto segmento de entusiastas más interesados en recrear la memoria y conocer unas cuantas anécdotas puede ser una opción interesante. Para gustos.


domingo, 11 de abril de 2021

Daniel Gascón: Un hipster en la España vacía

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: se deja leer (pero da un poco de sonrojo)

Para empezar, agradecer al autor que el título de su novela se ajuste como un guante a su contenido. No engaña a nadie excepto a aquellos seres retorcidos, como este que esto escribe, que piensa que en el ámbito literario tales obviedades no pueden darse y que los escritores (o algunos con cierta aura) suelen optar por títulos crípticos, aunque sea por la premisa esa de que título (o portada, o primera frase o primer párrafo) es elemento determinante para el primer impacto ante el lector / comprador / usuario. Así que aquí la sencillez (...) empieza por la descripción fiel al contenido esperado. No me extraña que alguna plataforma de streaming ya haya adquirido los derechos para una serie y todo, serie en la que no es difícil imaginar hasta a ciertos actores en ciertos papeles.

Serie, por cierto, que creo que no duraría más allá de una segunda temporada en que un equipo de guionistas se diese (obvia) cuenta de que la idea no da para más que eso. Chascarrillos, topicazos, analogías sobadas, escenas más o menos forzadas donde estirar y sobreexplotar el choque o conflicto o antagonismo entre el mundo rural y el estereotipo urbano. Por encima de personajes retratados en grano grueso y trazados con suma tosquedad, porque que de estas páginas solo se recuerden anécdotas trilladas, que si hay que ir a la era para pillar cobertura con el teléfono móvil (como ilustra la portada), que si el protagonista no puede sobrevivir sin su café en cápsulas y se lo hace llegar un dron de Amazon...
 
En fin, una historia esquemática que muestra un protagonista que huye de algún conflicto político capitalino, que se presenta en un pueblo de esa España vacía (con curioso homenaje a la obra de tal título de Sergio Del Molino) y que, como buen urbanita (porque los habitantes de la ciudad siempre serán venerados por los pueblerinos, con cierto recelo pero venerados porque ser de pueblo significa ser un borrico acomplejado al que hay que orientar por la vida para que no salga corriedo cuando vea un autobús) pronto los lidera y los orienta, hasta casi sin querer les seduce a las mujeres y le gana las elecciones al típico alcalde de toda la vida, machista y caciquil, al que los vecinos votan por ser simplemente el que más ha progresado. Y, como buen líder moderno, les enseña a gestionar sus cosas, les monta cursillos haciendo de coach sobre la nueva masculinidad, y los adiestra en el lenguaje inclusivo y les enseña a reivindicar la esencia de lo propio. Arranca iniciativas que solo un urbanita podría arrancar, porque ya se sabe que los de pueblo son muy cerraos. Poco importa que el protagonista se llame Enrique, su destino sea un pueblo de Teruel y su origen alguna organización de izquierdas que lo ha relegado a un segundo plano. Aquí, en esta deslavazada historia sin un recorrido pero con mucho potencial (televisivo, quiero decir), que parece más una sucesión de escenas poco trabajadas, que parece más un guion en borrador, que se universaliza porque éxodo rural lo hay aquí y en Dinamarca, en Perú y en Wisconsin, choque de mentalidades ídem de ídem, y todos los etcéteras posibles, se trata de pretender explotar un terreno que ya nos suena a todos. Con otro entorno, otro pretexto y mucho mejores resultados posteriores ya lo habíamos visto en Los asquerosos y, que me perdone Daniel Gascón, Santiago Lorenzo lo solventaba con mayor talento y recursos literarios. 
Puede que yo pensara que me enfrentaría a algo de mayor enjundia, no lo descarto, pero Un hipster en la España vacía es una novela intrascendente, casi una parodia fallida, tan local en su concepción como global en su trasfondo que suena, con las adaptaciones temporales y tecnológicas oportunas, a demasiadas cosas ya vistas y ya leídas.