domingo, 19 de junio de 2016

Pedro García Cabrera: Navegar, navegar, navegar

Idioma original: Español
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable*

Llegan las vacaciones escolares y a todos los que seáis padres os sonará una frase muy manida en las reuniones de fin de curso con tutores y demás: "Es muy importante que los chavales lean".

De acuerdo. Pero yo diría más: "Es muy importante que los chavales lean CON CRITERIO". Porque está claro que no es lo mismo que lean, pongamos por caso, la saga "Crepúsculo" (Aaaaggh!) que "Platero y yo".

Así que hoy en ULAD vamos un poco más allá y nos atrevemos a realizar una recomendación para chavales de primaria (6-12 años) y sus padres. Y les vamos a recomendar poesía canaria. Y más concretamente, un librito de Pedro García Cabrera, uno de los mayores poetas de las islas del siglo XX. 

El librito en cuestión, titulado "Navegar, navegar, navegar" es una pequeña recopilación de dos de los poemarios más representativos del autor: "Líquenes" (1928) y "Día de Alondras" (1951), acompañados de unas bonitas ilustraciones para hacer los poemas más accesibles a los más pequeños.
La publicación y distribución del libro corrió a cargo de la Fundación Pedro García Cabrera y del Gobierno de Canarias, allá por el año 2012, y se repartió en los centros educativos de las islas con el fin de homenajear al poeta y darlo a conocer entre los escolares de su tierra. Una iniciativa de lo más loable y de la que ojalá tomaran ejemplo otras Administraciones.

Yendo ya al libro, diremos que en "Líquenes" se aprecia la influencia de otros poetas españoles contemporáneos de García Cabrera, como Rafael Alberti, Federico García Lorca o Miguel Hernández, así como de las vanguardias de la época . Son poemas en los que siempre está presente el mar, dejándonos sugerentes imágenes y poderosas metáforas.

En "Día de Alondras" es más fuerte la presencia del neopopularismo y la influencia de Lorca. Las protagonistas del poemario son las aves del título, que son testigo de situaciones líricas de lo más variopintas. El poeta utiliza en las diversas composiciones un lenguaje sencillo y popular, lo que convierte al libro en una obra "muy apta para todos los públicos". 

Aquí os dejo un poema  de "Líquenes" para que os hagáis una idea,

Me hice unas castañuelas
con dos lapas de la mar.

Cuando suben las mareas
se ponen a repicar.

Y otro de "Día de Alondras", concretamente la Alondra del viento enamorado:

Que viene el viento, niña,
que viene el viento,
con sus finas jaurías
de galgos sueltos.
Refúgiate en el zoco
de los portales,
que es peligroso el viento
por esas calles.
No temas por los rizos
de tu peinado,
que lo que el viento quiere
no está tan alto.
Lo que viene buscando
-nadie lo duda-
es pasear su brazo
por tu cintura.
El viento trae, niña, 
sus galgos sueltos.
Sujétate las faldas
que viene el viento

Ya véis: poemas accesibles, tiernos, de los que te dejan con una leve sonrisa después de su lectura.

Así que ya sabéis, niños y niñas, leed! Leed! Y si de paso descubrís a poetas como Pedro García Cabrera, mejor!

* La valoración del libro es de "muy recomendable", y es válida para padres, hijos y demás familia.

sábado, 18 de junio de 2016

T. C. Boyle: Música acuática

Idioma original: inglés
Título original: Water music
Año de publicación: 1981
Traducción: Manuel Pereira
Valoración: muy recomendable... e incluso imprescindible


Así entre nosotros, esto de las valoraciones es un fastidio -por no utilizar un término más enérgico-; vale que puede ser divertido sentirse como un diosecillo por un momento y relegar a un misericordioso "se deja leer" o a un inmisericorde "decepcionante" al último fenómenos del mundo de las letras o incluso a todo un premio Nobel, pero lo cierto es que lo más frecuente (al menos en mi caso) es que uno no sepa muy bien cómo acertar para ser justo con la obra reseñada y, al tiempo con los seguidores de ULAD, a quien tanto debemos y tanto merecen... Por ejemplo, pongamos por caso que lees una novela que te subyuga hasta el  entusiasmo y antes de llegar a la mitad de la misma, ya estás dispuesto a ponerle el "imprescindible"... pero, claro, antes de llegar a los tres cuartos tes das cuenta de que lo que muy bien te entusiasma a ti puede que no cause el mismo efecto en todos el mundo y además...caray, ¿le vamos a poner la misma valoración que, pongamos por caso, Madame Bovary...? Hombre, no sé, da cierto reparo... igual lo arreglamos con un "Muy recomendable" ¿no? Pues no, porque las ganas de ponerle el "imprescindible" te reconcomen hasta acabar el libro... y sin embargo... no acaba uno de decidirse.

Más aún cuando la novela es, como ésta, de lo más punki que uno pueda echarse al coleto. Y eso que lo que cuenta son las aventuras de un explorador del siglo XVIII, el celebérrimo Mungo Park -¿qué pasa?: os aseguro que en su momento no había nadie más famoso en el Reino Unido pre-Brexit-, el primer europeo que vio el legendario río Níger, se dio un chapuzón en él y volvió para contarlo. Pero la novela no deja de ser hija del año 81, una época grata para la iconoclastia y la heterodoxia; para que nos hagamos una idea, así comienza la novela de -el gran- T.C. Boyle:

"Mientras la mayoría de los jóvenes escoceses de su edad araban y sembraban con las faldas arremangadas, Mungo Park enseñaba las nalgas a Haj' Alí Fatoudi, emir de Ludamar." A partir de ahí -el gran- Boyle nos ofrece una narración apabullante, opulento en el relato de todas las miserias humanas que pueden concebirse, minucioso en los detalles más sórdidos y desesperanzadores, desapasionado como una miríada de insectos devorando un cadáver putrefacto, revelador de toda la hez que cabe en este mundo y en los mundos que hay dentro de cada mundo... tan escéptico sobre los hombres que casi es incapaz de despertar indignación alguna. Ante nuestros ojos pasarán viejas brujas purulentas, jerifaltes ensoberbecidos, ladrones de cadáveres, erotómanos pervertidos, sinvergüenzas de toda ralea y condición.... y eso sin apenas salir de Inglaterra; en los territorios africanos nos aguardan también moros crueles y fanáticos, mandingas avariciosos, caníbales sonrientes, fieras salvajes e inmisericordes, enfermedad y podredumbre sin mitigación posible. Y sobre todo, una Naturaleza avasalladora, asesina...

Tampoco es que Mungo Park no fuese el hombre indicado para domeñar a los elementos y sortear las trampas de la Fortuna... Bueno, en realidad no lo era, o por lo menos no es esa la visión de él que nos ofrece -el gran- Boyle: el héroe escocés se nos presenta como un joven intrépido y ambicioso, sí, pero como todos, sometido más a los designios del dios Azar que de la Fortuna, zarandeado y arrastrado como una ramita por el agua de un arroyo que desemboque en ese río que andaba buscando como un enajenado. y los demás personajes que le acompañan o que cruzan por esta novela tampoco parecen mucho más dueños de su propio destino que él: ni su guía el bibliófilo Johnson, ni su prometida Ailie, ni el prometido de su prometida (es una lega historia, George Gleg), ni su enemigo el bereber Dassoud; ni mucho menos el superviviente nato Ned Rise, ni su beodo amigo Boyles, ni su amor arrebatado Fanny Brunch... Ni el mismísimo rey de Inglaterra, más loco que una cabra, parece ser dueño de su destino. Ni el lector de la novela, que se deja, sin otra posibilidad, arrebatar por una historia que te lleva a lo largo de dos continentes, de un sinfín de penalidades y maravillas casi secretas, te deja exhausto ante el despliegue de crueldad de la que es capaz el ser humano, casi sin darse cuenta, como niños que juegan a verter agua hirviendo sobre un hormiguero. O dioses que se divierten contemplando cómo los hombres dan tumbos de aquí para allá, persiguiendo, con más o menos convicción, sus -nuestros-  sueños y sus infortunios, que nosotros confundimos con designios.

Y sobre todo, el lector -este lector- se queda maravillado por la prosa,  de -el gran- T. C. Boyle, capaz de la mayor precisión posible con una prosa sobria e impresionista, erudita pero no pedante, rica pero no grandilocuencia, sensible sin caer en la sensiblería... ¡qué narices, le voy a poner un "imprescindible"!




viernes, 17 de junio de 2016

Ricardo Martínez Llorca: Después de la nieve

Idioma original: Español
Año de publicación: 2016
Valoración: Entre está bien y recomendable


Para aquellos que no lo conozcan, el “Premio Desnivel de Literatura”, que en 2016 cumple su decimoctava edición, es un certamen que tiene como propósito "estimular la creación literaria en lengua española que refleje los valores del montañismo, de los viajes y de otras formas de aventura en la naturaleza, destacando su importancia como elemento renovador de la vida individual y social". (Ahí queda eso!).


"Después de la nieve", la novela que hoy reseñamos fue finalista de este certamen en el año 2015. Pese a ser, como hemos dicho, un premio orientado a literatura de viajes o de montaña, no estamos ante un libro “de género" propiamente dicho. Obviamente, aparecen lugares, técnicas y personajes vinculados al mundo del alpinismo y la escalada (los hermanos Pou, Alex Honnold, etc), pero el libro es un viaje al interior del protagonista escrito, a partes casi iguales, como crónica periodística, novela de “misterio” y novela “social".

Pero vayamos con el argumento:

En "Después de la nieve", un periodista especializado en deportes de aventura sigue los pasos de Carlos Marín, un relativamente conocido escalador de “free solo”, la variedad más extrema de escalada, (casi en la linea que separa la vida de la muerte), que se encuentra apartado de los focos desde hace cierto tiempo. Y le sigue los pasos tras descubrirle entrando por la ventana de un hospital y visitando una habitación en la que se recupera un inmigrante ilegal.

Este descubrimiento prende la chispa de la curiosidad del periodista, que trata de acercarse a Carlos a través de su entorno, marcado fundamentalmente por la marginalidad, y de averiguar que le ha podido llevar a vivir tal como vive.

Conoceremos, al mismo tiempo que el narrador, el “descenso a los infiernos” del protagonista. Iremos descubriendo, cual detectives, detalles de la infancia de Carlos, de su juventud y madurez, de sus tormentosas relaciones familiares, de sus inicios en el mundo de la montaña, de su matrimonio, de su forma de ver la vida y el mundo. 

Y averiguaremos el motivo que finalmente le lleva a abandonar su antigua vida y a buscar refugio, casi a modo de expiación o redención, entre personajes situados al margen de casi todo: prostitutas, toxicómanos, inmigrantes ilegales...

Es una buena historia, con sus puntos fuertes y otros, en mi opinión, no tan fuertes.

Por un lado, y como ya hemos dicho, la novela mezcla varios géneros. Ninguna de las partes, por sí sola, es floja. Pero, como humilde lector, hubiera preferido que el autor siguiera una única vía (concretamente, la de la crónica periodística, que es la que más me ha gustado).

Por otra parte, los personajes secundarios, excepto uno de ellos, son casi puramente testimoniales. Y sí que son, por las pinceladas iniciales que nos ofrece el autor, personajes interesantes. Creo que podrían haber dado más jugo.

En cambio, el personaje principal, el de Carlos Marín, es de esos personajes que enganchan. Mucho más trabajado, más complejo, más completo que los secundarios. Lo mejor de la novela.

En definitiva, y a pesar de lo comentado anteriormente, la novela es recomendable, tanto para interesados en temas "montañeros" como para los que no lo estén. Un personaje principal de lo más interesante, una buena historia, una lectura ágil y la brevedad del libro, que apenas llega a las 100 páginas, lo hace ideal para estas tardes veraniegas que se avecinan.

También de Ricardo Martínez Llorca en ULAD: Luz en las grietas y Eva en los mundos

jueves, 16 de junio de 2016

Entrada número 2666: Andrés Braithwaite. Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: imprescindible

El verano del año 2003 fue uno de los mas calurosos de la historia en Barcelona. En el mes de julio se dieron unos 20 días seguidos con temperaturas superiores a los 35 grados de calor barcelonés, húmedo y pegajoso. Yo estaba de vacaciones, todos esos días con mi familia en un apartamento en Sitges, a menos de 40 kilómetros de la ciudad. Un ático. Sin ascensor. Sin aire acondicionado. Con mi mujer y mis dos hijos, de los cuales el pequeño, que por entonces tenía 2 años, estaba particularmente poco habituado a un calor tan extenuante. Un calor que anulaba la voluntad humana. Sudabas estando quieto. Cualquier actividad se convertía en una tortura. La única supervivencia consistía en ir desplomándose sobre cualquier superficie mínimamente fresca.

Por aquellas fechas (*) falleció en el Hospital Clínic de Barcelona, a escasos 200 metros de mi piso, Roberto Bolaño. Sin que yo entonces llegara a enterarme. El estallido de su fama y su prestigio le llegó tarde, póstumamente. Sí. Como una estrella de rock. No sé si su espíritu tomó la casa que habíamos dejado vacía aquellas semanas. Qué bonita imagen sería. Sé que Bolaño, leerle, encendió mi amor por la literatura y, por mucho post en que lo mencione, no le haré justicia, ni por muchas reseñas que escriba sobre sus libros. Justicia se la han hecho en Girona, donde pusieron a una calle su nombre.
.
Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas es una recopilación de conversaciones y citas recogidas de diversas fuentes. Definir el libro, de apenas 150 páginas, como espectáculo tridimensional es quedarse muy corto. Publicado por una Universidad chilena, dificil de encontrar (cosa que hay que intentar por todos los medios), lo mejor que puedo hacer es ya, antes de separarme del libro, de la copia de mi biblioteca, desde aquí, callarme y relacionar algunas de las citas, por cortas, más sencillas de escoger (repito: todo el libro es un escándalo, Bolaño no es capaz de hablar sin dejar frases, una tras otra, para el recuerdo), por su inmediatez y concisión, en medio de esa lúcida impresión general que resulta de leer sus palabras. Basta de las mías. Empecemos con las suyas. Genio inconmensurable.

(*) Del texto de Juan Villoro que introduce el libro:

"Cuando el autor de 2666 fue internado en el hospital, el aire ardía como un mensaje del horror. Hacía siglos que Marte, el planeta guerrero no estaba tan cerca de la Tierra. Poco antes de la muerte de Roberto, se incendió el camping Estrella de Mar, donde él fue velador nocturno. Nadie recuerda otro verano igual en Catalunya.
Fuimos al funeral en el tanatorio de Les Corts como a una reunión en los desiertos de los que él había escrito. A los pocos días, el aire sufrió un cambio repentino. Llovía "con lentitud poderosa" como en la vana tierra de los inmortales que imaginó Borges. El agua caía, semejando un milagro inútil o un demorado bautizo."

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¿Quién es Roberto Bolaño, según Roberto Bolaño?
- Ni lo sé, ni me preocupa. No sé quién soy, pero sé lo que hago y, sobre todo, sé lo que no hago ni haré jamás.

¿Crees que es un deber de los escritores pronunciarse explícitamente ante hechos contingentes?
- El único deber de los escritores es escribir bien y, si puede ser, algo mejor que bien; intentar la excelencia. Después, como individuos, que hagan lo que quieran; a mí eso me importa poco. Que sean coleccionistas de latas de cerveza o aficionados al fútbol, perritos falderos de la primera dama o heroinómanos.

¿Hay amigos que lamentas haber perdido?
- He perdido a muchos amigos y a todos lamento haberlos perdido. La culpa siempre ha sido mía.

¿Uno de tus personajes dice que "uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios".
- ¿Lo dice un personaje mío? Suena tan bien, que no parece escrito por mí.

¿Cual es su estado mental más común?
- En los lindes de la idiotez, como casi todos los seres humanos.

¿Qué persona viva le inspira más desprecio?
- Son muchas, y ya soy demasiado viejo como para establecer un ranking.

¿Dónde desearía vivir?
- Si tuviera mucho dinero, en Andalucía, sin escribir ni hacer nada, pasándome el día en los bares y conversando.

¿Crees en la inspiración o en la constancia?
- En la constancia. Pero cuando llega la inspiración te das cuenta de que la constancia es una verdadera mierda. Lo que hay que hacer es provocar la inspiración, y para hacerlo hay que ser constante.

¿Te has impuesto un autoexilio?
- No, no. Aunque de alguna manera lo es, y de hecho para un escritor es una bendición. El oficio de escritor es un oficio de exiliados. Un escritor, de una u otra manera, siempre está al borde del exilio. Y el exilio es la quintaesencia de todo viaje. El exilio es o sería la perfección de escribir.

¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
- La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.

¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
- Yo nunca llevo la contraria.

¿Qué le habría dicho a Salvador Allende si lo hubiera conocido?
- Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.

¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
- Muchísimas. Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?

¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
- Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año 84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal ve fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali era también la deidad de los asesinos, y esta hindú ni sólo era la mujer más hermosa de la Tierra, sino que también parecía una buena persona, muy dulce y considerada.

¿Tenía patines?
- Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.

¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
- En el 92.
¿Qué cosas de su carácter cambio la enfermedad?
 Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
- Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.

Muchos escritores han tenido problemas en la infancia.
- Problemas tuve muchísimos, más todos los que yo me busqué.

¿Se ha infiltrado el tema de la enfermedad, de alguna manera, en su narrativa?
- No, para nada. La estructura de mi narrativa está trazada desde hace más de veinte años y allí no entra nada que no sepa la contraseña. De todas formas, ahora lo que pienso, si usted hace memoria, sin duda recordará que uno de los problemas de Arturo Belano en África es la medicina que necesita diariamente.

Usted es ateo.¿Ha sentido la tentación de convertirse, por si fuera verdad que Dios existe?
- Ésa es la propuesta, o más bien la apuesta, de Pascal: jugar a todos los caballos. Bueno, yo creo que si Dios existe no habría ningún problema. Y la apuesta se puede formular en sentido contrario: si Dios existe, aunque yo no crea en él, él sí cree en mí, puesto que yo soy su criatura y no permitirá que me pierda.

Sin sueños no hay literatura. Soy totalmente fiel a los postulados surrealistas: el sueño es vital. No sólo diría que sin sueños no hay literatura, sino que sin sueños no hay vida. Lo más probable es que la carencia de sueños de una vida conduzca a la locura. El sueño es como el psiquiatra que cada noche te está curando.

Una vez dije que soy el mejor autor narrativo de mi generación de Chile, cosa que muchos medios citaron fuera de contexto. Fue un comentario sarcástico, porque, aunque realmente creo que es verdad, es algo de lo cual ni yo ni nadie debería sentirse orgulloso.

¿Por qué crees que los papás insisten tanto a los niños que tienen que leer?
- Porque los papás suelen ser muy pesados. Con lo bien que se está sin leer y jugando. O pensando, que es una actividad mucho más seria y complicada que leer. Cuando los papás les dicen a los niños que lean, los niños deberían responderles que Hitler leyó mucho.

Mi familia o parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus dogmas y sus castigos y sus premios.

Yo sólo espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente que vivió en Blanes y que quiso a este pueblo.

Una de las razones por las que partí a España es que en México había roto con mi compañera, la primera chica con la que viví. Me fui porque ya no soportaba tanto desamor, como diría la ranchera. Si me quedaba en México me iba a colgar, sabía que iba a morir. Muy fuerte, muy, muy fuerte. Nunca más he vuelto a sufrir tanto como cuando me dejó esa mujer del carajo. Dios la confunda, mala mujer.

Los detectives salvajes es una novela muy larga pero muy legible. Las cosas ilegibles me gusta que sean cortas.

¿Por qué los escritores que aparecen en sus libros son casi siempre marginales, fracasados; perdedores, en definitiva?
- Básicamente, por comodidad mía. El perdedor siempre da mucho más de sí literariamente que un triunfador.

Estoy condenado, infortunadamente, a tener pocos lectores, pero fieles. Son lectores interesados en entrar en el juego metaliterario y en el juego de toda mi obra, porque si alguien lee un libro mío no está mal, pero para entenderlo hay que leerlos todos, porque todos se refieren a todos. Y ahí entra el problema.

¿Su trabajo es tan terrible como algunos dicen? ¿Escupe sangre ante la página en blanco?
- Las dos cosas y ninguna. Es trabajo puro y duro, una orgía de placer y también un martirio.

Hay dos cosas que me resultarían maravillosas. Una es perder la memoria. Y la otra, los años, para poder volver a empezar

miércoles, 15 de junio de 2016

¡Concurso de #shelfies!

El verano es una época para premios, concursos y sorteos. Y como en ULAD no queremos ser menos, también organizamos el nuestro:

¡¡¡Concurso de shelfies!!!

¿Y qué es un shelfie? No, un shelfie no es lo mismo que un selfie: no es una foto de vosotros mismos, sino una foto de vuestras estanterías de libros. Queremos ver cómo almacenáis vuestros libros, cómo los ordenáis (¿por colores, por lengua, por época, por país...?). Queremos ver qué libros tenéis pendientes para leer, cómo se acumulan en vuestras mesillas, cómo invaden vuestros escritorios, vuestras camas, vuestros cuartos de baño.

Podéis enviarnos vuestros shelfies por email, por twitter con el hashtag #ShelfiesULAD o por facebook, en los comentarios a esta misma entrada, hasta el final de este mes.

¿Y qué podéis ganar si nos enviáis una foto de vuestras estanterías?

¡¡¡Un premio!!!

¿Y qué premio es ese?

¡¡¡Libros!!!

Efectivamente: libros. Entre las personas que nos envíen sus shelfies antes del final de este mes sortearemos tres lotes de libros compuestos por Estrómboli de Jon Bilbao (ed. Impedimenta), Crónicas del encierro de Izaskun Gracia Quintana (ed. Salto de Página) e Imposibles impensables de Santi Pérez Isasi (Ed. Nazarí).

Y ahora, para inspiraros, aquí van nuestros propios shelfies. Que cosnte que nosotros mismos no podemos ganar ninguno de los premios...

Montuenga
Carlos Andia
Koldo
Juan G. B.
Santi

martes, 14 de junio de 2016

2 x 1: Thomas Wolfe: El niño perdido - Hermana Muerte

Idioma original: inglés
Título original: The Lost Boy - Death the Proud Brother
Año de publicación: 1937
Traducción: Juan Sebastián Cárdenas
Valoración: están bien

¡Damas y caballeros, hoy ULAD tiene el gusto de ofrecerles una propuesta inigualable: de nuevo un 2 x 1... Estamos que lo tiramos!
_ ¿Eh? ¿Cómo que otro 2 x 1? ¿Es una broma? ¿Dónde se ha quedado aquello de "un libro al día"? UN libro, repito...
_ Bueno, sí... ejem; es cierto que en los últimos tiempos nos hemos salido de vez en cuando de la norma, pero en este caso creo que eso queda  suficientemente justificado por varias razones: 
1- Son dos novelas del mismo autor (obvio, como dirían nuestros amigos argentinos) y escritas hacia la misma época (final de los años 30, poco antes de la muerte de Thomas Wolfe).
2- Ambas tienen una extensión similar, algo menos de 100 páginas.
3- Lo más importante: las dos novelas tratan del mismo tema: la muerte (algo ligero y banal, como se ve), pero desde dos perspectivas y argumentos harto diferentes.
_ ¿Cómo... y ahora te tomas a choteo algo tan serio como es la muerte? ¿¡Adónde vamos a ir a parar!?
_ Bueno, vale ya, que eso es una reseña de ULAD, no la tesis de un doctorando en teología. Además, hay que señalar que el humor está del todo ausente de la prosa de Wolfe. Más aún, si cabe, en El niño perdido, ya que la muerte de la que se nos habla es la de su hermano Grover, desaparecido a los doce años de edad. Pero vamos, tampoco es que alguno de los cuatro fallecimientos que nos cuenta en Hermana Muerte esté tratado de forma siquiera levemente irónica. Wolfe se toma el asunto con toda la gravedad que sin duda merece y, en fin, ahí está el problema...
_ ¿Problema? No entiendo.
_ Bueno, yo sólo soy un humilde reseñista y sobre todo, lector, no un teórico de la creación literaria ni de la crítica a la misma. Pero, a mi modesto entender, cualquier obra literaria necesita, para su feliz desenlace, mantener una proporción adecuada -aunque no necesariamente equilibrada- entre, digamos, el Contenido, la Forma y la Intención (entre otras cosas); esto es, entre lo que se quiere contar, cómo se quiere contar y con qué objeto se quiere contar. Y aquí es donde fallan estas dos novelas de Wolfe, sobre todo El niño perdido: la Forma, en este caso, se come a los otros dos elementos, y eso que la idea de recuperar el recuerdo de su hermano muerto -pues de eso trata sobre todo la novelita- es ya de por sí bastante potente. También es interesante la estructura, contándonos lo sucedido a través de cuatro capítulos muy diferentes, desde distintas perspectivas...  pero el estilo de este autor, un estilo marcadamente enfático, basado en las repeticiones de oraciones o partes de ellas y en las asociaciones y yuxtaposiciones de imágenes, con el objeto de conseguir un tono pleno de lirismo, resulta excesivo en ocasiones, poco adecuado para lo que nos está narrando: cuando en el primer capítulo nos cuenta como el niño atraviesa la plaza del pueblo para comprar en la tienda de dulces, parece que habla de Beowulf entrando en el Walhalla... Por fin, la Intención de la novela es loable, sin duda pero aunque no llegará a empedrar las calles del Infierno, tampoco me parece suficiente para engalanar el Parnaso. Ni siquiera la evidente y comprensible emoción que impregna toda la historia consigue hacerla remontar el vuelo.
Algo mejora la cosa en Hermana Muerte. Sobre todo porque a la hora de narrar los cuatro decesos de los que se habla en la novela y que corresponden a cuatro fallecimientos en la vía pública -tres en plena calle y el último en una estación de metro- de los que el autor fue testigo durante sus años de estancia en Nueva York, Wolfe echa mano de un estilo que, si bien no llega a ser "periodístico", sí que resulta más sobrio (y creo que conveniente para el resultado final) de lo que al parecer acostumbraba este hombre... Lo que no impide que su vena lírica también se explaye en floridas disertaciones sobre la Muerte y sus hermanas la Soledad y el Sueño, así como sobre la naturaleza de la Ciudad, a la que parece considerar un ente no menos ominoso que la misma Parca... incluso más terrible aún, si cabe.
En fin, estas explayaciones líricas se sobrellevan porque tampoco ocupan la mayor parte de la novela -si es que esto se puede considerar una novela- que además es corta, después de todo. Pero muy bien se las podía haber ahorrado sin que ocurriese nada... Así como se podía haber ahorrado ciertas generalizaciones sobres grupos étnicos o nacionales que chocan más que un poco a la sensibilidad del lector de hoy en día (aunque es de suponer que los escritores norteamericanos blancos sureños de los años 30 eran menos melindrosos a ese respecto de lo que son los actuales).
_ Bueno, menos rollo...¿Conclusión?
_ Pues la conclusión es que Wolfe, o al menos el que yo he leído, fue un escritor con evidentes y hasta notables dotes literarias, pero con excesiva tendencia a la "sobreactuación", para entendernos... Por lo visto, Faulkner lo consideraba el mejor escritor de su generación, siendo él mismo el segundo, Después de leerlo, uno no puede dejar de pensar que el muy zorro lo decía para que todo el mundo se parase a compararlos: la conclusión era inevitable...

También de Thomas Wolfe en UnLibroAlDía: Una puerta que nunca encontréEspeculaciónEl viejo Rivers

lunes, 13 de junio de 2016

Constantin Virgil Gheorghiu: La hora 25

Idioma original: rumano (o francés)
Título original: Ora 25 (La vingt-cinquième heure)
Año de publicación: 1949
Valoración: Muy recomendable


La hora 25 (novela escrita originalmente en rumano, pero publicada por primera vez en traducción francesa) es una novela épica y trágica, autobiográfica y filosófica. Es un retrato de un tiempo (los años 40 del siglo XX) en que el hombre, el individuo, parecía destinado a desaparecer sepultado por las grandes ideologías y por la evolución técnica. Esa es, al menos, la tesis del libro, que se centra en el sufrimiento de los inocentes, para intentar demostrar que nos encontramos en la "hora 25" de la Humanidad, la hora en la que se ha perdido toda esperanza.

Los protagonistas de la novela son tres personajes de una pequeña localidad rumana. Uno de ellos, Iohann Moritz, es denunciado como judío por un comisario que quiere seducir a su mujer, y comienza así un calvario (la palabra no es casual, porque Johann Moritz es el símbolo del mártir en sentido absoluto) que lo lleva a un campo de concentración en Rumanía; después a Hungría y a Alemania, adonde es llevado como "trabajador extranjero voluntario", y donde posteriormente es apresado por los soldados estadounidenses después de la liberación por considerarlo colaboracionista del régimen nazi. Por su parte, Alexandre y Traian Koruga representan respectivamente al clero, preocupado por el bienestar de su pueblo, y al intelectual humanista, que también sufren la persecución de un sistema burocrático y mecanicista.

Hay mucho en la novela de autobiográfico; de hecho, Traian Koruga es hasta cierto punto un alter ego del escritor, con quien comparte no solo parte de la biografía (attaché cultural de la embajada rumana en Zagreb, Gheorgiu se exilió tras la llegada del ejército ruso, fue detenido por los estadounidenses y confinado en un campo durante dos años) sino sobre todo la visión trágica de la historia. Según esta visión, el avance de la sociedad mecánica occidental, y las ideologías nazi, comunista y liberal-capitalista (aunque Gheorgiu no las nombre así) ha llevado a la humanidad a un punto sin retorno, a una "hora 25" en la que los inocentes han sido aniquilados y ya no existe esperanza de salvación.

No hay, de hecho, en la novela, una visión dualista de la Segunda Guerra Mundial: se muestra, sí, la deportación de los judíos, la brutalidad de los campos, el exterminio nazi y su imperialismo belicista. Pero también la violencia del ejército rojo, especialmente contra las mujeres; el egoísmo de algunos judíos, capaces de abandonar a otras posibles víctimas por su salvación personal; y la ceguera de los vencedores, que declaran culpable a la población de países enteros y actúan con ellos con la misma inhumanidad de los vencidos. Hay a lo largo de la novela varias escenas kafkianas (y al mismo tiempo de una gran crudeza realista) en la que el poder, representado por burócratas, militares o médicos, se muestra incapaz de comprender o dar respuesta al individuo, al que no siquiera consigue ver, como si fuera algo demasiado pequeño para ser captado: un engranaje sustituible de una máquina enorme.

Solo los tres protagonistas, víctimas aplastadas por la historia, se comportan de una forma ética y hasta heroica, dentro de las circunstancias a las que la vida les conduce. Quizás el propio Gheorgiu no fuese siempre tan heroico ni tan ético en su propia vida (en los años 50 salieron a la luz unos artículos antisemitas escritos en la época del colaboracionismo rumano con los nazis), pero con su obra, y sobre todo con el personaje de Johann Moritz, creó un símbolo del ser humano inocente aplastado por un poder implacable. La hora 25 merece ser leída, por eso, no solo como un reflejo de una época oscura, sino como una advertencia contra la deshumanización de una sociedad burocratizada y tecnificada. Aunque solo fuese por eso, merece seguir siendo leída ya en este siglo XXI en el que nos encontramos.