martes, 11 de marzo de 2014

Colaboración: La casa de hojas de Mark Z. Danielewski (Primera aproximación)

Idioma original: Inglés.
Título original: House of Leaves
Año de publicación: 2000
Valoración: Imprescindible.

Es curioso que una de las obras más mencionadas en las listas literarias del 2013 en España se publicase en su idioma original en el año 2000, habiendo sido una de las obras de culto en los EE.UU. Gran parte de su importancia se debe, sin duda, a su complejidad como objeto cultural. Los juegos con la tipografía, la creación de figuras mediante la disposición de las palabras en las páginas además de un gran entramado intertextual la convierten en una  obra muy atractiva. Y es por eso que hay que agradecer a Javier Calvo la traducción y a las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego la edición y el haberse aventurado en tal empresa.

En Casa de Hojas Danielewski utiliza el clásico recurso de objeto encontrado. Johnny Truant es un joven que malvive en Los Angeles entre fiestas, drogas y chicas. Todo cambia cuando llega a sus manos el manuscrito de Zampanò, un viejo ermitaño que trabajaba en la edición crítica definitiva del "Expediente Navidson", una película tan misteriosa como underground. El filme fue grabado por Jim Navidson, un fotógrafo de guerra que solicitó becas artísticas para instalar un complejo sistema de vídeo en su nueva casa en Virginia con el objeto de filmar el proceso de cómo él, su esposa Karen (quien edita la película) y sus dos hijos llenan de vida el lugar al que se han mudado. Todo bien hasta que una puerta aparece donde hasta entonces no había más que pared. Todo bien hasta que la misteriosa puerta lleva a un pasillo, y después a otro y ad infinitum. Volviendo a Truant, su vida da un giro y se vuelca en la edición del manuscrito - añadiendo sus propias anotaciones. Nacen de ahí las dos historias que conforman Casa de hojas: por un lado el análisis de la película filmada por Jim Navidson que hace Zampanò y por otro las vivencias angelinas de Johnny Truant.

Conviene detener la crítica de la novela para explicar que el entramado metanarrativo de Casa de hojas  se erige en varios niveles. Desde el nivel de la película grabada por Navidson (1), pasando por el manuscrito de Zampanò (2) y por la labor de editor y escritor (al sumar sus vivencias al manuscrito de Zampanò) que hace Johnny Truant (3) - y a este sistema podría añadírsele algún nivel más debido a lo enrevesado de la obra.

La novela es demasiado compleja como para hacer aquí un análisis exhaustivo de su contenido. Incluso su propio autor se encargó de introducir códigos en el texto y abrir hilos en foros de Internet para discutir sobre ellos. Empero, no está de más destacar la formación cinematográfica de Danielewski para, mediante la invocación de Andrei Tarkovsky, hablar dos de los temas clave en Casa de hojas. Para empezar existe la casa, una mansión encantada que funciona mediante sus propias reglas, una entidad otra (Solaris) con la que la interacción no ocurre en términos comprensibles por la mente humana. Se dispara así un mecanismo de fascinación por lo otro, la necesidad de conocer más sabiendo que el objeto de estudio es incomprensible.

Por otro lado, tenemos el mito del laberinto (Stalker) recuperado en los diversos laberintos que se forman en la novela. El más obvio es el que se abre en las entrañas de la casa de Navidson, aquel que es explorado sin poder llegar a ser cartografiado y que como todas las estructuras de su tipo contiene uno o varios minutaros. Pero existen también los laberintos figurados, como la literatura académica que rodea la interpretación del "Expediente Navidson" con todas las teorías y escuelas posibles: marxista, feminista, psicoanalítica, queer, ecologista, etc. Resumiendo, la academia es un laberinto del que se ríe Danielewski a la vez que se sirve de ella para explicar gran parte de su simbología.

Se trata de un mito acertado para completar un texto postmoderno como el de Danielewski. Porque la leyenda de Teseo representa el sujeto postmoderno a la perfección. Y así ocurre con Truant. Cuando no está perdido en el laberinto urbano de Los Ángeles, sin referentes con los que consolidar una identidad no esquizofrénica más allá del consumo de sustancias y de emociones efímeras, se encuentra perdido en un laberinto de información que se abre con el manuscrito de Zampanò.  Sin los referentes académicos necesarios, este proceso de edición se convierte para Truant en una tarea titánica que lo extravía hasta el punto de enclaustrarlo en casa o convertirlo en víctima del pánico, imaginando que un monstruo lo persigue. De nuevo, el Minotauro.

El laberinto último no es otro que el libro en sí. La arquitectura es su tipografía, sus diversas citas y notas a pie de página, sus juegos de maquetación y sus códigos; el lector es el Teseo que la novela consigue atrapar hasta convertirlo en Minotauro.

También de Mark Z. Danielewski en ULAD: La espada de los cincuenta añosLa casa de hojas (Segunda aproximación)

Firmado: Paulo Kortazar.

lunes, 10 de marzo de 2014

Zoom: El hombre de arena, de E.T.A. Hoffmann

 Idioma original: alemán
 Título original: Der Sandmann
 Fecha de publicación: 1817
 Valoración: Muy recomendable

 No sé si a alguien le habrá importado que yo no haya participado en esa serie de confesiones bibliotequiles que acaban de finalizar mis compañeros de blog y que han bautizado con el sugerente nombre de “Biografías lectoras”. El caso es que yo tenía mis motivos para no querer exhibir públicamente un pedacito de mi vida (por mucho que queramos darle al asunto un cariz literario), y por eso, mientras ellos hacían sus melancólicas y sentidas exhibiciones papiro-existenciales, yo me he dedicado a leer como un cosaco. O más bien, a releer. Que tenía por ahí algún que otro libro al que deseaba echar mano de nuevo…

Hacía mucho tiempo desde mis primeras lecturas de los mismos y sólo me quedaba el vago recuerdo de que había disfrutado con ellos. Uno de estos libros de segunda ronda ha sido un compendio de relatos de literatura fantástica realizado por Italo Calvino (creo que alguna vez lo he mencionado por aquí), y tengo que confesar que su relectura me ha encantado y me ha hecho darme cuenta de que mi memoria ya no es la que era: porque sin ser como Guy Pierce en Memento, se me habían olvidado casi por completo piezas muy buenas de esta magnífica selección. La mejor para mí es la que hoy reseño en forma de “Zoom”: "El hombre de arena", uno de los relatos más célebres de ese gran germano del lado oscuro que fue E.T.A. Hoffmann.

En la cultura popular anglosajona, Sandman, el Arenero o El hombre de arena es un tipo sobrenatural que por la noche entra en los dormitorios de la gente y lanza arena mágica a los ojos de sus ocupantes para que se duerman y tengan toda clase de sueños. De vez en cuando, el misterioso Arenero es visto como un coco retorcido que lanza su arenita a los niños para arrancarles los ojos y llevárselos como golosinas a sus espantosos hijos, una especie de pajarracos infernales.

 Como era de esperar, Hoffmann utiliza esta versión vil del Arenero para el relato que hoy reseño, y aunque parezca mentira, sale airoso de la arriesgada apuesta que supone mezclar en unas cuantas páginas leyendas ancestrales, fantasías y terrores infantiles, una pizca de ciencia-ficción, un amor platónico y enfermizo, y cierta esencia a tragedia burguesa. El héroe de este relato es Nathanaël, un joven estudiante que no puede olvidarse de un horroroso episodio de su infancia: presenció la muerte de su padre en una suerte de episodio brujeril-alquimista junto a su horrendo colaborador, un repugnante e histriónico tipo llamado Coppelius en el que él siempre vio al hombre de arena de las leyendas. El suceso dejó al muchacho traumatizado, y cuando años después cree reconocer a Coppelius transmutado en un siniestro italiano llamado Coppola, sus más funestos temores vuelven a conquistarlo. Pero en esta ocasión, también hará acto de presencia la preciosa pero fría y extraña Olimpia, la presunta hija de un profesor de Nathanaël, que le llevará a la perdición por mucho que Clara, su sensata prometida, y Segismundo, su fiel amigo, traten de evitarlo.

El relato es narrado por alguien que conoció a Nathanaël, contiene varias cartas con diferentes puntos de vista de sus personajes, lo que da a la historia esencia de nouvelle, y bueno, por sólo leer la descripción del repulsivo Coppelius y conocer la verdadera naturaleza de Olimpia, merece la pena leerlo.

 En resumen: una delicia escrita con maestría a principios del siglo XIX y que contiene muchos elementos que siglos después continúan apasionándonos y haciéndonos temblar en toda clase de historias fantásticas.

domingo, 9 de marzo de 2014

Colaboración: In memoriam Leopoldo María Panero


Una mañana soleada de invierno tardío amanecía con una triste noticia. Mi poeta más querido, mi poeta más admirado, el último bohemio, acababa de exhalar su último aliento. La muerte de un personaje, por muy conocido que fuera, nunca me había afectado de forma personal, pero Leopoldo María se iba dejándome sola en una senda literaria hasta hace poco desconocida para mí y que guarda intrincados rincones aún por descubrir.

Cualquiera que haya leído algo del mal llamado poeta maldito, que no creo en absoluto que lo fuera (más bien lo contrario, nos ha dejado una obra extensa y pródiga, digna de descubrir, aunque no negaré la dificultad), puede sentir algo así. Sus libros son de los que dejan huella y con los que descubres que la Literatura puede ser algo más que un conjunto de palabras, mucho más que una historia, puede ser la abstracción, lo absurdo materializado en palabra. Con sus poemas puedes acercarte a otro mundo, al mundo atávico de la locura y de los sueños. Se puede percibir que, a veces, lo desagradable puede ser hermoso y que todos, por muy cuerdo que parezca, podemos sacar a la superficie sentimientos que creía enterrados.

En sus primeros poemas juveniles, agrupados en la obra titulada Por el camino de Swan, como la obra homónima de Marcel Proust, se entrevé un atisbo de modernidad, pero no es hasta su primer libro propiamente dicho Así se fundó Carnaby Street (título que alude a una calle londinense que fue cuna de la post-modernidad a finales de los años 60 del siglo XX) cuando se establecen las pautas que caracterizarían a Panero durante toda su obra. Su afán por la muerte, las bajas pasiones, la mitología y, sobre todo, su gran personaje, Peter Pan, invaden toda su obra. Aquel niño grande fue, pues, incluido por José María Castellet (fallecido también en enero de este año) como el más joven de los Nueve Novísimos españoles. Después llegarían Teoría (1973) y, para mi gusto, el mejor de sus libros, un compendio de cuentos fantásticos y terribles llamado El lugar del hijo (1976), donde se produce cierto cisma en su obra y en su vida. A partir de entonces, tanto su poesía como su prosa se tornan más apasionadas y con cierto tono autobiográfico, incidiendo, aún más, en la muerte, en el miedo y en el mundo de la locura y de los sueños. Libros como Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Last River Together (1980) o Dioscuros (1982) son trasuntos de su vida personal.

La locura fue una constante en la vida de Leopoldo María. Famosos son los Poemas del manicomio de Mondragón (1987), uno de los cuales define perfectamente cómo se siente un cuerdo en un mundo de locos:

El loco mirando desde la puerta del jardín
hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar un pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que nada sino el azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o dios debo mi ruina.

Leopoldo María Panero, Poemas del manicomio de Mondragón, 1987

Durante los años 80 y 90, se han publicado varios compendios de poemarios suyos, siendo el más conocido el realizado por el catedrático zaragozano Túa Blesa en dos volúmenes, el primero de 1970-2000 y el segundo de 2000-2010, en la editorial Visor. El primero es más interesante, puesto que se le ve más lúcido y más desgarrado. En la última etapa, sus poemas se hacen más complicados de entender.

Adicciones, obsesiones, desengaños e incomprensión marcaron su vida. Sus relaciones turbulentas y amores imposibles, como el que tuvo por Ana María Moix, fallecida, paradójicamente la semana anterior, tiñeron su obra no precisamente de sensiblería barata, sino de miedo, de desesperación y de incomprensión. Era conocida su admiración por Kafka y su Metamorfosis, obra en la que se reconocía a sí mismo. Y cómo no mencionar también su admiración por los simbolistas franceses, como Mallarmé, o por Antonin Artaud, con una vida llena de paralelismos con la de Leopoldo María.

La muerte también era otra de sus obsesiones, que lo atraía como un objeto oscuro pero seductor. Esta semana finalmente le ha sorprendido. Deja huérfanos a los Novísimos y, sobre todo, a las letras españolas contemporáneas.

Todavía me alegro cuando pienso en aquel día, en aquella librería, en aquél estante dedicado a la poesía española, cuando cogí aquel libro que me llamaba, de aquel poeta desencantado, y que reclamaba que lo llevara a casa conmigo. Hoy en día no me he arrepentido nunca de haber cogido aquel libro, aunque sé que preludiaba el fin de su autor, puesto que lo había apartado para que este mes de junio me lo firmase en la Feria del Libro de Madrid, donde era asiduo, y ya no podrá ser. Ya eres mito, ya eres leyenda, como tus trasuntos Artaud y Verlain. Has conseguido ser tú, tu propia identidad, llamado Leopoldo María Panero. Vivirás eternamente en tu país de Nunca Jamás, dentro de tus libros, en tus poemas, y vivirás cada vez que uno de nosotros ponga en nuestros labios cada verso que escribiste. En octubre disfrutaremos de tu obra póstuma Rosa enferma. Desde donde estés, desde esta orilla del mundo de la locura y de la oscuridad, espero que te haya gustado el pequeño homenaje que una admiradora tuya te ha hecho. Hasta siempre, Leopoldo María.


Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
Poemas del manicomio de Mondragón



Firmado: Sandra Rodríguez Sáez

sábado, 8 de marzo de 2014

Biografías lectoras: ¡Apaga la luz!

Tranquilos, creo que ya soy el último. Con esta entrada acaba el desfile exhibicionista con que os hemos castigado esta semana. Nos aguantáis cinco años y ahora os venimos con esto. Qué abuso... Yo me encuentro con una doble dificultad a la hora de contar mi vida como lector: no tengo en mi memoria una gran aliada y, además, buena parte de lo que pensaba decir ya se ha dicho. Pero no es de extrañar. Después de todo, muchos aquí pertenecemos más o menos a la misma generación; una generación que alimentó su infancia con lecturas de los Hollister (sí, yo fui fan como el que más), El Barco de Vapor y Elige tu propia aventura. Pero, dicho esto, en ULAD sabemos que la lectura asidua es una conducta neurótica y que cada lector tiene, por tanto, sus propias rarezas, manías y fijaciones. Yo he tratado de recordar algunas de las que marcaron mi niñez y mi adolescencia como lector. Allá van.

Cuando trato de recordarme como el lector incontinente que fui de niño, lo primero que me viene a la cabeza no es lo que leía, sino cómo leía. Durante muchos años compartí cuarto con mi hermano mayor. En el cabecero de cada cama teníamos unas lamparitas para leer por la noche, y lo habitual era que la mía se quedase encendida bastante más tiempo que la suya. Mi hermano protestaba, claro, y de vez en cuando me exigía  con voz medio dormida que apagase la luz. Finalmente encontramos el remedio para mantener la paz: un muro. (Esto era a finales de los 80, entiéndase...). Cada noche construíamos una especie de biombo entre ambas camas con las cuñas del sofá: él dormía a oscuras y yo podía quedarme leyendo hasta que se me cayera el libro en la cara. Ni sé el tiempo que pasé leyendo así: a oscuras y en silencio total, separado del mundo por una barrera improvisada de cuñas de sofá, con toda mi atención absorta en cada línea de cada página de cada libro.

Estaban las lecturas generacionales que mencionaba arriba, claro, pero mi fijación neurótica siempre ha venido por el lado de la historia. Lo primero que recuerdo haber devorado es una colección de pequeños cuadernitos azules que contaban "vidas ejemplares". Visto desde ahora, aquello era nacional-catolicismo para críos: épicos relatos de conquistadores españoles y lacrimógenas historietas de santos. Mi salida de ese etnocentrismo infantil la propició otra colección, esta sobre mitologías de diversas culturas, de la que ya hablé aquí. Confieso que me sabía de memoria los panteones egipcio, griego y romano, y los recitaba bajo demanda con toda la pedantería de la que es capaz un niño de 9 años. Después de aquello tuve una fase (larga) de obsesiva aztecofilia. Estará mal decirlo, quizá, pero lo cierto es que lo supe todo sobre Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, Motecuhzoma y Cuautéhmoc, México-Tenochtitlán y su conquista. Leí y releí Azteca, por ejemplo, con gran placer, pero también el tochazo de Hugh Thomas sobre la conquista de México o compilaciones de poesía náhuatl, me entusiasmaba La visión de los vencidos, de León-Portilla...


De aquel momento recuerdo también haberme leído al completo una colección de novela histórica que fueron comprando mis padres. Además de las recreaciones históricas, confesémoslo todo, otro de los grandes atractivos de aquella literatura eran las escenas eróticas. Lo que importaba era el contenido, y no recuerdo haberme hecho nunca un juicio sobre la calidad literaria de aquellas lecturas. Leía El manuscrito carmesí, de Gala, y seguido todas las de Noah Gordon (sí, Francesc, yo también).

Con ese bagaje encima, el paso a la adolescencia lectora fue en buena parte una salida de la historia y la mitología (aunque a veces para caer en algo peor, como J.J. Benítez...). Llegué a la literatura latinoamericana, por un lado, claro, a través de la clase de literatura en el colegio, pero también por mis propios (y extraños) medios. Como ya expliqué en otra ocasión, me topé con Borges a través de la new age y leí El Aleph sin saber quién era su autor. Después de El Aleph vendrían sus obras completas en la edición del Círculo de Lectores: todavía recuerdo la sensación de orfandad cuando terminé el último de los cuatro tomos. Y los cuentos completos de Cortázar, y Cien años de soledad, que debí de leer como unas tres veces en año y pico. Supongo que fui ahí cuando cobré conciencia de que podía leerse más allá (o más acá) del contenido, y que algo podía estar bien escrito y merecer la pena sólo por eso, con independencia de lo que contase. A Borges debo también el descubrimiento del ensayo como género literario, algo que ha determinado mi biografía lectora desde entonces. Hoy apenas leo otra cosa, en realidad.

Pero basta con esto. Suficiente impudicia por esta semana.

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

jueves, 6 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La lista de la compra

  • Chuches, chocolatinas y pipas Facundo:
Todo Mortadelo (y todo Bruguera), el gran Guillermo el Travieso, auténtico rey de Inglaterra; Los tres investigadores, Verne, Stevenson, Conan DoyleLas minas del rey Salomón... la felicidad, según Borges.


  • Salsa de tomate y ketchup:
Agatha Christie (sobre todo Miss Marple, la abuelita que nadie quisiera tener), El misterio del cuarto amarillo de Gaston Leroux, Los crímenes de la Rue Morgue de Poe, Chacal de Frederick Forsyth...


  • Carne y pescado:
Vázquez Figueroa (el favorito en las bibliotecas de las cárceles, también), Stanislaw Lem,  La ciudad de los prodigios  (un prodigio, en sí misma), Cien años de soledad, claro... y Un día  en la vida de Iván Denisovich  (no pregunten por qué)...


  • Fruta y verdura:
El diablo sobre las colinas de Pavese, que me pilló en el  momento tonto. Qué hago yo aquí de Chatwin, que me abrió los ojos al mundo; Ficciones, de Borges, que me abrió los ojos a los libros; Los tíos de Sicilia  de Leonardo Sciascia, que me enseñó que la literatura podía tratar no sólo de lo literario; El barón rampante de Italo Calvino, que me enseñó que una novela podía ser perfecta, en fondo, en forma e intención. Y divertida y maravillosa…


  • Vino y licores:
            A partir de aquí y hasta la fecha, barra libre. Y que dure.


miércoles, 5 de marzo de 2014

Biografías lectoras: El tesoro bajo llave

En la casa donde viví de niña no había estanterías sino aparadores, los libros, como he contado aquí alguna vez, se guardaban en un armario con las puertas de madera y una llave de tres vueltas: no quedaba ni el consuelo de contemplarlos a través del cristal. En contrapartida, cuando ese mundo mágico se abría, teníamos acceso a todos los libros que había en casa. Mis lecturas de entonces, salvo Alicia en el país de las maravillas, se reducían a cientos de tebeos y narraciones dirigidas exclusivamente a niñas, es decir, no eran nada literarias; los autores de calidad no solían acordarse del público infantil, al menos yo no tuve acceso a ellos, aunque recuerdo un librito curioso,  –bastante grueso pero de un tamaño minúsculo– que titularon Las tres manzanas no sé por qué, en realidad se trataba de Las mil y una noches nada menos, como he comprendido más tarde. Si alguien conoce el motivo de ese extraño título le quedaré eternamente agradecida.

A mí nadie me obligó a leer nada. Ya en el instituto, en lugar de recomendar grandes obras literarias, las condensaban en antologías que variaban con el curso. Encontrar productos de primera fila en cómodas píldoras de dos o tres páginas no agobiaba a nadie, todo lo contrario, a mí me sabía a menos que poco. Ser adulta significaba tener acceso a todas aquellas maravillas y yo lo estaba deseando.

Solía comer con un libro en las rodillas y bajaba la vista en cuanto se despistaban los adultos. ¡Por supuesto que era una fanática! pero mis chifladuras eran inofensivas. A los quince años me operaron de apendicitis y, para compensar, recibí las obras completas de Becquer. Lo devoré entero y quedé impresionada, en particular las Leyendas fueron todo un descubrimiento. Creo recordar que lo pedí yo, aunque no podía imaginar una preciosidad así, en papel biblia y encuadernado en piel, tan apetitoso que alguien que pasó por casa debió tomarlo prestado y nunca se acordó de devolverlo.

A los dieciséis, cayeron en mis manos, por fin, mis primeras lecturas serias, una detrás de otra, Ana Karenina y La tía Tula, ya no recuerdo en qué orden. A partir de entonces empecé a visitar las bibliotecas. Creí que con Tagore y Pearl S. Buck había llegado a la cumbre, pero al año ocurrió el gran cataclismo, un amigo me descubrió Cien años de soledad y todo cambió para mí.

Más tarde me sorprendió enviándome por correo certificado Viaje al fin de la noche, un lenguaje y una forma de ver la vida mucho más libres de lo que podía imaginar. Antes de los veinte me había tragado a Tolstoy y Dostoiewsky enteritos, pero entonces apareció Zola y hasta ellos me parecieron insípidos. Para consolarme de la nostalgia del verano empecé En busca del tiempo perdido, por el tercer volumen si no recuerdo mal. Un día, revolviendo en la sección de bolsillo de un autoservicio, me topé con un título curioso y lo compré: Un mundo feliz me obligó a mirar un poco más allá de mis narices, gracias a él dejé de leer solo para entretenerme. Había llegado a autores muy complejos demasiado joven y creo que no había sido capaz de extraer toda su sustancia.

Descubrí El castillo y La metamorfosis, me reí con Pantaleón y las visitadoras, La náusea consiguió deprimirme lo justo y necesario, Madame Bovary me encandiló, pero fue en la carrera –y obligada, ahora sí– donde me informaron de lo que era imprescindible. Es muy probable que, sin mis profesores, nunca hubiese leído El Quijote ni disfrutado del boom latinoamericano hasta ese punto, de Rayuela, El Aleph, El astillero, La vorágine, El siglo de las luces, El túnel, Pedro Páramo y Señor Presidente entre otros. Pero también de otras obras universales como El extranjero y La Regenta.

Y luego me embarqué en La saga fuga de J.B. por mi cuenta y continué con otra menos conocida de Torrente Ballester, don Juan, y me intrigó saber qué era eso de 1984, y admiré La montaña mágica, y me entusiasmé con Patricia Highsmith, y me enamoré de Jorge Amado, y me inquieté con José Donoso, y –con los Trópicos y los Nexus, Plexus y Sexus– me hice cómplice de Henry Miller.

A partir de entonces me pareció saber qué terreno pisaba. Y lo que ocurre en mi biblioteca desde 2009 ya lo conocen de sobra.