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domingo, 4 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Dioses y faraones de la mitología egipcia, de Geraldine Harris

Idioma original: inglés
Título original: Gods and Pharaohs from Egyptian Mythology
Fecha de publicación: 1982
Valoración: brutalparaniñosfrikis

La verdad es que al principio había pensado hablar de Los Hollister. Recuerdo ir devorando uno tras otro los volúmenes de la serie que había en la minúscula biblioteca de clase (un armario, vaya), incluso pedirlos prestado a algún compañero. Durante un tiempo me atraparon, desde luego, pero hoy en día no recuerdo nada de aquellos libros. Quizá que abusaban sin vergüenza de expresiones como "el pequeño travesuelo" o "la pecosa niña rubia", pero poco más. Así que me he decidido por la sinceridad y he pensado hablar de un libro que sí fue determinante. Sobre mitología egipcia, sí: ¿acaso no habéis pensado siempre que los autores de este blog eran una panda de niños frikis que leía cosas raras y se libraba por poco de las collejas en el patio? Pues aquí estamos Montuenga y yo para confirmar vuestras sospechas. Y a los demás... ¡no les creáis!

Con esta reseña estoy infringiendo varias de las leyes inmutables de Ulad. Además de unirme a las irresponsables burlas contra nuestro Sistema Unificado de Etiquetas (¡ay!), resulta que escribo sobre un libro que no tengo delante y cuyo recuerdo tengo más bien borroso. De todas maneras, la huella que me dejó no tiene que ver tanto con su contenido preciso -un compendio remasterizado de mitos egipcios- como con la puerta que me abrió para siempre. Será una exageración, pero a menudo pienso que si dedico mi vida a las Humanidades es por culpa de este libro. Yo debía de tener unos 7 u 8 años cuando este libro, si no recuerdo mal, me cayó unos Reyes en casa de mis tíos. Inmediatamente me fascinaron sus ilustraciones, que plasmaban con impecable realismo toda la extraña fauna divina del antiguo Egipto. Los textos también debían de estar escritos de forma amena, porque ni sé cuántas veces los releí. Enseguida fui capaz de recitar de memoria una sarta de ininteligibles nombres de dioses y faraones... para orgullo (y quizá inquietud) de padres y demás familia.

Es curioso, para escribir la reseña he tenido que buscar algunos datos del libro en Internet, ya que no recordaba ni siquiera el título exacto (eso sí, la portada podría dibujarla con los ojos cerrados). Parece una tontería, pero me ha sorprendido darme cuenta de que en efecto tenía una autora, una fecha de publicación, unos ilustradores... que era, en fin, un libro como los demás. Evidentemente, el libro en cuestión muestra una visión determinada de la mitología egipcia, que será susceptible de crítica, que elegirá una fuentes frente a otras, que suavizará los elementos más escabrosos, etc. Pero de niño uno nunca es consciente de eso. Ese libro era, para mí, Egipto mismo. Lo que decía no era una versión de nada, sino la verdad, pura y simple. Y una verdad, además, de lo más entretenida, porque las andanzas de los dioses tienen mucho que ver con los cuentos que yo acababa de dejar atrás. Después de este libro vinieron otros muchos, de la misma serie de Anaya, sobre mitología griega, romana, ibera, mesoamericana... Todos los devoré y los releí muchas veces, pero ninguno lo recuerdo como este primero.

Padres lectores del blog: tened presente que ningún contenido es "demasiado adulto" a los ojos de un niño. Pueden ser demasiado adultas las formas, claro: el lenguaje que se use o el estilo de las ilustraciones, si las hay. Pero una vez superada esa barrera, todo niño es una fuente inagotable de curiosidad. No digo que un libro de mitología sea una lectura más recomendable para niños que cualquier novela infantil o juvenil, pero no tiene por qué ser, desde luego, una lectura menos placentera. Eso sí, cuando luego vuestro retoño quiera contaros de principio a fin el mito de Osiris, no me vengáis a mí con las quejas...

sábado, 3 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: El pirata garrapata y Fray Perico y su borrico de Juan Muñoz Martín

Idioma original: español
Año de publicación: 1979 y 1982
Valoración: Muy recomendable

Esta reseña es en realidad un homenaje a todos los libros de El Barco de Vapor que marcaron mi (nuestra) infancia, desde que empezamos a leer (con la serie blanca) hasta que ya éramos adolescentes (con la serie roja). La de horas que pasamos leyendo libros como Un duende a rayas, La nariz de Moritz, Las aventuras de Vania el forzudo o Piotr... Pero hay libros que casi todos recordamos especialmente, y dos de ellos, de la serie naranja, son del mismo autor: El pirata garrapata y Fray Perico y su borrico, de Juan Muñoz Martín. Hubo una época, me acuerdo, en que todos los chicos de la clase querían (queríamos) leer al mismo tiempo estos dos libros, y como no había ejemplares para todos, había verdaderas listas de espera. Eran los best-sellers de los diez años.

En un alarde de profesionalismo, me he releído los dos libros antes de reseñarlo. Sí, señores, entre Roberto Bolaño y Günter Grass, una dosis de Fray perico y su borrico. Toda una experiencia. Y lo peor es que me he divertido. Está claro que tienen un humor muy inocente, muy blanco, pero también políticamente incorrecto para los estándares actuales: han pasado ya treinta años desde que se publicaron por primera vez, pero ahora mismo no creo que los chistes sobre el chino o sobre el moro en El pirata garrapata, o la escena con los gitanos de Fray Perico se considerasen aceptables.

Fray Perico y su borrico es más "buenrollista" que El Pirata Garrapata: tiene ese aire místico y moralizante que tanto gustaba a nuestras abuelas. El pirata por lo menos finge ser malo, aunque en realidad sea bueno. Fray Perico es el típico personaje tan bueno e inocente que es tonto, pero al que todo le sale bien porque Dios protege a los bondadosos. Bueno, de niños colaba; ahora me chirrían los dientes solo de pensarlo.

En fin, ha sido curioso volver a leer estos dos libros de la infancia, y que dentro de su género, sin ser especialmente rompedores, son entretenidos y en los dos hay muchas aventuras, mucho humor, algo de violencia-no-traumática, juegos de palabras, mucha imaginación, dibujos divertidos... No me extraña que de niños nos encantaran.

Por cierto que los dos libros dieron origen a sendas series de novelas (El Pirata Garrapata en América, Fray Perico en la guerra, cosas así) pero no creo que llegasen a tener el mismo éxito que las originales...

viernes, 2 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Francisco Ibáñez: Chapeau el Esmirriau y El antídoto, de Mortadelo y Filemón

Fecha de publicación de Chapeau el Esmirriau: 1971
Fecha de publicación de El antídoto: 1973
Valoración: Imprescindibles

Aprendí a leer con Mortadelo y Filemón. No es una fantasmada, es de verdad: mi tío Carlos era un gran fan de las aventuras de los dos agentes de la T.I.A. y, cuando yo era pequeño, siempre había "tebeos" en casa. No me acuerdo muy bien, pero mi madre cuenta que yo solía mirar los dibujos y, cada dos por tres, le preguntaba "¿qué dice aquí?", a lo que ella, solícita, respondía leyéndome los bocadillos. Supongo que la guardería ayudó, pero sin duda pude practicar mucho con ellos... Debió ser un gran éxito personal terminar mi primer volumen solo, sin ayuda.

Dicho esto, y para hacerlo breve, debo decir que Francisco Ibáñez me acompañó durante muchos, muchísimos años. Mortadelo y Filemón son una parte fundamental de mi infancia, y todavía hoy, si tengo un día tonto, me atrevo a comprar alguno de los últimos libros. Ya no es lo mismo, claro: el mundo del comic ha cambiado, yo he cambiado, el humor no es igual que en los ochenta, pero hay un "algo" mágico, una sensación de bienestar inexplicable, que siento cuando abro cualquiera de estos "tebeos" y le dedico un ratito a su lectura. Incluso me viene a la boca una memoria de galletas de chocolate, a mis casi 33 años... Supongo que la infancia era eso: jugar y comer galletas. La parte buena, al menos.

Como todo el mundo sabe, o casi todo el mundo, Mortadelo y Filemón son dos agentes de la T.I.A. que se dedican a resolver crímenes e investigar lo que sea que el jefe de ambos, el Súper, les encargue. Normalmente también aparecen dos secundarios imprescindibles: Ofelia, la secretaria, y el Profesor Bacterio, genio de los inventos. Y punto. No hay más misterio.

He seleccionado estos dos libros porque mi memoria es como es. Cuando pensé en escribir una breve reseñar sobre el libro de mi infancia, automáticamente concluí que no podía elegir TODOS los libros de Mortadelo y Filemón, por mucho que me gustara hacerlo. Así que me dije: ¿cuáles recuerdas vivamente? Y fueron estos dos. El primero, Chapeau el Esmirriau, cuenta la historia de un tipo pequeño con un sombrero alucinante, del que saca todo tipo de objetos, que roba una moneda valiosísima que los dos agentes deben recuperar. En el segundo, El antídoto, Mortadelo y Filemón deben viajar a la República de Bestiolandia para encontrar una hoja de Hierbajus Apestosus Repelentus, con la que podrán curar al Súper de un problemilla físico (careto de cerdo) causado por un invento del Profesor Bacterio.
Las aventuras de Mortadelo y Filemón siempre son iguales: 44 páginas de gags absurdos, Mortadelo disfrazándose de cosas, Filemón echándole la bronca, explosiones, equivocaciones, destrucción, gamberradas, peleas... Un festival del humor en toda regla, inolvidable, siempre con guiños a la situación política o cultural del momento, parodiando las series de televisión, el mundo del espionaje, los personajes públicos... Gracias a ellos, creo, descubrí en mí la afición por la lectura, y aunque no eran más que "tebeos" (en aquellos tiempos no se llamaban comics, y estaban considerados lectura para público infantil y juvenil), fueron cientos las horas que dediqué a revisar cada una de las viñetas, cada frase, cada pequeño chiste. Leí cada volumen con voracidad muchísimas veces, y guardo un cristalino recuerdo de la excitación con que llegaba a mis manos uno que no había leído. Ay, qué tiempos...

En fin. Gracias, Ibáñez, por todo lo que me enseñaste. Especialmente a mirar el mundo siempre, siempre, bajo el prisma del humor. En estos tiempos chungos que vivimos, hacen falta cosas así.


También de Francisco Ibáñez en ULAD: 13, Rue del Percebe

jueves, 1 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Las gemelas de Sweet Valley, de Francine Pascal y Jamie Suzanne

Título original: Sweet Valley Twins
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1986 en adelante
Valoración: estabienparaniñasdediezaños

No, no os habéis equivocado de blog. Sí, estáis en Un libro al día. Y sí, estoy reseñando los libros de Las gemelas de Sweet Valley. Y no, no estoy loca; por lo menos, no del todo... Y es que si me preguntan qué libros leía de niña, de muy niña, no puedo responder cosas tan dignas como El hobbit o La historia interminable. No me gustaban los libros de fantasía o ciencia ficción a excepción de los Animorphs, ni tampoco los de miedo. Leía Los cinco, Los siete, Las torres de Malory y otras cursiladas "para niñas"; y, sobre todo, seguía con fruición las historietas de las gemelas Wakefield, que como veréis NO son exactamente —aunque casi ;)las mismas odiosas adolescentes que las de aquella serie de televisión.

Quizás lo mejor de estos libros, ambientados en un pequeño pueblo de California, es que eran libros para niños más bien, niñas pero escritos de tal modo que parecían libros para más adultos, o quizás esa sensación me daba a mí. Además había tantos y eran tan baratos que tenía acceso ilimitado a ellos. En los 118 libros la autora tiene tiempo para tratar todo tipo de temas desde diferentes perspectivas, ya que hay un amplísimo espectro de personajes secundarios: aparte de las gemelas Elizabeth y Jessica, sus padres y su hermano Steven, tenemos a los compañeros de instituto. Cada uno de los libros se centra en algunos personajes, aunque por supuesto las gemelas y sus amigos más cercanos siempre aparecen.

Las gemelas de Sweet Valley me ayudaron a crecer en muchos sentidos. Resulta ahora me entero que esta serie que yo leía es en realidad un spin-off de la serie original (a decir verdad, me estoy haciendo un lío y ya no sé cuál era la original...). Lo que tengo claro es que "mis" gemelas estaban en sexto grado (es decir, sexto de primaria), y que cuando empecé a leerlas me parecía que eran muy mayores, con lo cual quizás yo estuviera en segundo, tercero o cuarto de primaria, hasta que llegó un momento en que yo me hice mayor que ellas y sus aventuras perdieron interés para mí. Por lo tanto, me acompañaron durante varios años, básicamente desde que aprendí a leer.

A pesar de ciertos defectos especialmente, ese tufillo a sueño americano, los libros de las gemelas de Sweet Valley me inculcaron ciertos valores. Las dos niñas, pese a ser físicamente idénticas, tenían personalidades opuestas (yo, por supuesto, me identificaba muchísimo más con la estudiosa y ávida lectora Elizabeth que con la engreída y caprichosa Jessica), pero las diferentes vicisitudes que vivían en los libros les ayudaban a mejorar y a superar cada una sus propios defectos y limitaciones, muchas veces propiciadas por ciertos prejuicios que los libros trataban de desmontar. Recuerdo especialmente la historia de Mandy, una compañera del colegio muy poco popular a la que le diagnostican cáncer; a lo largo de la novela, los demás niños van digiriendo lo que esto significa, y finalmente Jessica y el resto del selecto Club de las Unicornio dejan de lado sus absurdos prejuicios y prestan a la niña todo su apoyo.

¿Cuántos libros para niños hay que traten temas tan delicados y aparentemente tan lejanos de la vida infantil como la enfermedad y la muerte? En contra de lo que podría parecer, historias como esta, y otras similares, lograron empezar a concienciarme de ciertos asuntos de los que se suele intentar mantener a los niños apartados. Y me parece que es un gran logro que haya libros que consigan calar tan hondo en una niña de 9 o 10 años sin crearle, a cambio, ningún tipo de trauma en absoluto. Más bien, al contrario.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El libro de mi infancia: Don Camilo, de Giovanni Guareschi


Título original: Mondo piccolo. Don Camillo
Idioma original: italiano
Año de publicación: 1948
Valoración: Está bien

La librería de mi abuela tenía puertas y dos largos estantes reservados para mí a una altura que pudiera alcanzar. Cuando ella salía o estaba en la cocina, en el otro extremo de la casa, comprobaba si había echado la llave y me ponía a curiosear los libros que estaban fuera de esos dos releídos estantes. Así, entre montones de obras religiosas y teológicas (que intentaba descifrar siempre que no tenía nada mejor entre manos) y unas pocas algo más frívolas, descubrí Don Camilo que, supongo, leí con permiso porque me recuerdo sentada tranquilamente con el libro abierto sobre la mesa del comedor. La mayoría de los libros de aquella vitrina se han perdido con el tiempo pero éste me ha seguido a todas partes y ahora, mientras escribo, lo tengo enfrente de mí. Es pequeño, tiene un diseño antiquísimo, se mantiene entero gracias a un doble forro (y aún así precariamente), huele a viejo y sus hojas son del mismo tono que el papel de estraza que lo envuelve. Nada raro: en la última página informan de que el ejemplar se acabó de imprimir en Buenos Aires el 5 de octubre de 1955.

Imaginemos un comentario nuestro de cualquier novela leída no hace mucho. ¿Se parecería algo al que haríamos si la hubiésemos leído de niños? Aún me recuerdo sumergida en aquel piccolo mondo y ésa es la impresión que me gustaría conservar. Ya he dicho que el libro sigue cerca de mí, pero no tengo intención de releerlo.

Con ocho años, comprender lo que sucedía literalmente en la novela no tuvo ninguna complicación porque está escrita con sencillez y humor, muestra sucesos cotidianos y lo que pinta es un entorno rural. Además, y en un segundo nivel, me daba cuenta de que estaba ante un relato tierno, irónico y lleno de humor – aunque entonces no supiese expresarlo –, donde los personajes son tratados con cariño, y la convivencia se reduce a un pequeño círculo. Una vida muy distinta a la que yo conocía viviendo en Madrid, por eso era apasionante poder asomarme a un rincón del mundo donde todos se conocen, en el que de vez en cuando se produce un amago de pelea que añade emoción sin que nunca ocurra nada serio. La furia del gigante que era el cura Camilo, la ignorancia teñida de ideología de Pepón, la imagen del cristo a quien el primero pide siempre consejo y las peripecias que se van produciendo me interesaban muchísimo. También era una oportunidad para asomarse a un espacio reservado a los adultos y a contenidos no destinados expresamente a la gente de mi edad.

Probablemente intuía que se me escapaba algo. Ahora sé que ése algo era el tercer nivel: las alusiones políticas, la burla, no sólo hacia el personaje Pepón (el alcalde comunista, entrañable pero más bruto que un arado) sino al comunismo como ideología, en opinión del autor propia de pobres e ignorantes. Para mí, Guareschi – ultra católico, próximo a la democracia cristiana y anticomunista acérrimo – se burlaba de Pepón y de nadie más. La niña que yo era comprendía que Pepón era un poco simple, también que Pepón era comunista. Así, por separado. Pero eso no me hacía pensar que los comunistas fuesen ni tontos ni analfabetos. Tampoco podía saber que Guareschi hablaba por boca del cura – semejante a él incluso en su aspecto – y que procuraba suavizar sus defectos mientras a Pepón se le ridiculizaba abiertamente, ni que estuviese aprovechando (legítimamente) el reciente triunfo de su tendencia política y el correspondiente gran fracaso de la izquierda. No todo mensaje llega a su destino, cuando la ingenuidad protege de la demagogia puede ser una suerte.

La novela es divertida, tiene ritmo, picardía y un estilo agradable. Es cierto que se ha quedado anticuada pero se ha convertido en un documento histórico. Y en su día alcanzó tal popularidad que animó a su autor a escribir otros siete volúmenes, la mayoría publicados póstumamente. Basándose en ellos se rodarían al menos seis películas de producción francesa e italiana entre 1952 y 1983.

Secuelas aparte, Don Camilo supuso en mi caso una precoz lección de tolerancia, a pesar de todos los pesares y sin que nadie se lo hubiera propuesto.

martes, 29 de noviembre de 2011

El libro de mi infancia: Mi amiga Flicka, de Mary O'hara


Idioma original: inglés
Título original: My Friend Flicka
Año de publicación: 1941
Valoración: Recomendable

A mí, como a Yemila, me resulta en ocasiones difícil reseñar un libro que no haya reseñado ya alguno de mis compañeros de ULAD. Somos muchos, leemos mucho y nuestras elecciones suelen coincidir –aunque no lo hagan nuestros veredictos. Para reseñar el libro de mi infancia, yo –otra vez, como Yemila– habría escogido La historia interminable (y con esto no sé si Michael Ende era una máquina que nos impresionó a todos o si es que, por alguna extraña acción de marketing, toda una generación recibió este libro por Navidad), pero, al estar ya reseñado, pensé en otro libro que me marcó por muy diferentes razones: El horror de Amityville. Sí, amigos, me leí esa novela cuando no tenía edad suficiente y casi no dormí en un mes.

Como la historia de Amityville no es un buen ejemplo de "libro de mi infancia" (que yo entiendo que debe ser un libro que nos marcara para bien y no para recordarlo 20 años después y que se nos ponga la piel de gallina), buceando en mis recuerdos rescaté una obra que sí me había gustado mucho (y que era apropiada para los 10 u 11 años que yo tenía cuando la leí): Mi amiga Flicka.

¿Por qué me había gustado mucho? Porque yo fui la típica niña "asilvestrada" (ventajas de haber pasado media infancia en un pueblo de 100 habitantes) que se pasaba el día subiéndose a (y, sobre todo, cayéndose de) los árboles y rodeada de animales de granja. Y claro, un caballo (algo que no había en mi pueblo) me parecía lo más.

Pero vamos al tema. Este libro cuenta la historia de Ken McLaughlin, un niño de 10 años que vive en un rancho de Wyoming con sus padres y su hermano mayor. A pesar de la difícil relación con su padre (porque, aunque es sólo un niño, se espera de él que se comporte y aguante la vida en el rancho como un adulto), éste le deja que se ocupe de Flicka, una potrilla aparentemente indomable.

Mary O'hara, que vivía en un rancho y adoraba los caballos, conocía muy bien cómo era la vida en el campo, donde el bienestar de los animales es la absoluta prioridad de los rancheros. Sabía lo que supone levantarse antes de las 6 de la mañana para ordeñar, limpiar, cepillar, alimentar, sacar a pastar, devolver a las cuadras, hacer de veterinaria, etc. y eso es algo que consiguió plasmar en este libro. A pesar de que la historia de la potrilla y el niño es bonita y tiene su punto de fantasía, lo que la rodea no lo es. La vida en el campo no se muestra como algo idílico y fantástico, donde uno se despierta con el trinar de los pájaros y se pasa el día paseando por el prado mientras las cabritillas brincan a su alrededor. Para nada. Aquí hay problemas de dinero, trabajo duro, dolor de espalda, sacrificio y la relación
de amor-odio que todos los que viven de la naturaleza tienen con ella.

Pero también muestra el lado bueno que tiene vivir con animales, lo mucho que se puede aprender de ellos y, sobre todo, la importancia de respetar la naturaleza. Por eso creo que es un libro muy apropiado para cualquier niño, porque enseña muchas cosas importantees, pero está tan bien escrito que apenas te das cuenta de que estás aprendiendo algo. Y eso, en mi opinión, es todo un logro.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El libro de mi infancia: El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1993
Valoración: Recomendable

El llevar varias centenas de libros reseñados en ULAD tiene un lado malo, ¿sabéis? Y es que a los que escribimos en este blog, en ocasiones (sobre todo cuando preparamos series especiales como la presente) nos cuesta escoger libros para reseñar que no lo hayan sido ya por algún compañero. Y bueno, éste ha sido uno de esos casos, no puedo evitar ser sincera.

Vamos, que cuando me preguntan por "El libro de mi infancia", quizás tendría más derecho a ocupar ese lugar La historia interminable, de Michael Ende, que ya ha sido reseñado en este blog, o alguno de los cuentos de hadas de los que también se habló por aquí al aludir a cierto libro que ahondaba en la psicología de este tipo de relato... (por cierto, mi preferido era La bella y la bestia, en una edición preciosa que casi robo de la biblioteca de la escuela). Y considero que tampoco es plan de volver con Sherlock Holmes o con alguna de las novelas de Agatha Christie, que ya hay varias que han protagonizado posts en ULAD... Y no sé, ¿"Alfred Hitchcock y los tres investigadores" o la serie de "Elige tu propia aventura" no es quedarse un poco escaso para un blog tan sólido como ULAD? Hummm...

En fin, que finalmente he escogido El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón, porque considero que de todos los libros de este tipo que devoré en mis años mozos, mi tipo predilecto (a saber: misterio, algún detalle macabro, romance con un punto trágico, héroes jóvenes e imperfectos, componentes sobrenaturales), éste fue el mejor escrito y el que más poso ha dejado en mi memoria.

La trama nos presenta a la familia Carver, padre, madre, hija pequeña, hija adolescente e hijo adolescente, que huyendo de la Segunda Guerra Mundial, se refugian un verano en una misteriosa casa en la costa atlántica con un peculiar jardín con estatuas de piedra (donde destaca la de un inquietante payaso), un reloj que marcha al revés y un gato negro. En esta misma casa murió años atrás Jacob, el hijo de la anterior familia ocupante, en extrañas circunstancias, así que uno se puede imaginar que no hablamos precisamente de la casita de Pin y Pon...

El héroe de la función es el hijo de los Carver, Max, de trece años, y el villano, un terrible mago conocido como el señor Caín que pude adquirir las más diversas formas y que le concede a uno lo que desea a cambio de una fidelidad absoluta. Y pobre de aquél que rompa el trato...

Por la historia desfilan, por supuesto, los imprescindibles secundarios (donde destaca Roland, un atractivo muchacho, nieto del farero del lugar, que inicia un romance con Alice, la hermana de Max), y factores atractivos y determinantes para la trama como un enigmático barco sumergido y el faro del abuelo de Roland.

Y bueno, concluyo diciendo que recomiendo este libro para adolescentes con el que Zafón ganó el Edebé de literatura porque lo recuerdo como un divertidísimo pasatiempo bien escrito y emocionante donde alguien entre los once y los dieciséis años aficionado a los libros de aventuras y misterio encontrará todo lo que desea con una buena dosis de calidad literaria.

También de Carlos Ruiz-Zafón en ULAD: La sombra del viento