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viernes, 8 de abril de 2016

Gitty Daneshvari: Escuela de Frikis

Idioma: inglés
Título original: School of Fear
Año de publicación: 2009
Traducción: Laura Manero
Valoración: está bien


Admitámoslo: todos somos frikis. Es decir, no me refiero a que seamos nerds, geeks, dorks o como quiera que se les llame a los protagonistas de The Big Bang Theory... no, empleo el españolizado término "friki" en el sentido que se le da en este libro: todos tenemos miedos, manías o complejos que nos convierten en peculiares y, sobre todo, nos pueden distanciar del mundo que nos rodea hasta, en ocasiones, imposibilitarnos llevar una vida "normal" (también habría que definir este adjetivo) en él. Así les ocurre a los chavales protagonistas de este libro, un cuarteto que padece, por orden, aracnofobia -bueno, bichofobia en general-, hipocondría galopante, claustrofobia e hidrofobia... no al mismo tiempo, claro, sino cada uno de ellos una cosa. Para  tratar de curarse, los cuatro protagonistas acuden a pasar el verano en la misteriosa y ultrasecreta Escuela de Mrs. Wellington, en la mansión Summerstone, en Massachussets, especializada, al parecer, en el tratamiento de casos como los suyos.

Dicha escuela y la propia Mrs. Wellington son harto peculiares, así como sus métodos para erradicar las fobias de sus alumnos - que ella llama "concursantes", pues afronta su educación como si participaran en un concurso de belleza, similar a los que ella ganó de joven-, lo cual acarreará más de un sobresalto y momento poco agradable a Madeleine, Lulu, Theo y Garrison, los cuatro "pacientes" (aunque sería más correcto escribir "padecientes") de ese verano. Gracias a ello y a la chocante personalidad de la directora de la escuela -sin olvidar la de su viejo conserje Schmitdy- la novela abunda en episodios insospechados, de un humor desconcertante y hasta algo surrealista; así como arriesgadas aventuras y alguna que otra sorpresa que no vamos a revelar aquí. Pero, para los posibles reticentes a este libro, aclaro que hay poco del ingenuismo almibarado que solía asociarse a la literatura infantil y pre-young adult (o como diantres se diga). Las enseñanzas de Roald Dahl parecen haber ido dando sus frutos.

En suma, un libro creo que bastante adecuado para esa edad incierta que es la pubescencia, al menos en su primera etapa, cuando los chicos son seres fascinantes pero aún básicamente asquerosos y las chicas, entidades indescifrables y quizás por ello desdeñables... hasta que, de forma indefectible, van atrayendo cada vez más nuestra atención. La edad en la que cada uno/a se siente invisible y, al tiempo el centro de todas las miradas, objetos del juicio más inmisericorde por todas nuestras rarezas, reales o imaginarias, nuestras manías y nuestros miedos, sin que, por lo general, haya una Mrs. Wellington que sepa ponernos en nuestro sitio.

Un par de objeciones: primero, que resulta más adecuado el título original "Escuela de Miedo" que el que se le ha puesto a la edición en español, por más que, lo reconozco, todos seamos frikis.... o al menos un servidor. En segundo lugar, que las fobias que padecen los cuatros jóvenes protagonistas son bastante comunes y, tal vez hubiese dado más juego alguna de las que la autora nos va dando noticia antes de cada capítulo: optofobia, o miedo de abrir los ojos, didascaleinofobia, o miedo a ir al colegio, consecotaleofobia (miedo a los palillos chinos)... O la que sin duda es mi favorita: araquibutirofobia, el miedo a que la mantequilla de cacahuete se te pegue al paladar. Ya he confesado que soy un poco friki...

(Las ilustraciones son de Carrie Gifford, antes de que se me olvide.Y a quien le guste la novela, que sepa que es la primera parte de una trilogía, amén de que puede leer otros grandes éxitos de Daneshvari: la serie de libros de Monster High).

domingo, 4 de diciembre de 2011

El libro de mi infancia: Dioses y faraones de la mitología egipcia, de Geraldine Harris

Idioma original: inglés
Título original: Gods and Pharaohs from Egyptian Mythology
Fecha de publicación: 1982
Valoración: brutalparaniñosfrikis

La verdad es que al principio había pensado hablar de Los Hollister. Recuerdo ir devorando uno tras otro los volúmenes de la serie que había en la minúscula biblioteca de clase (un armario, vaya), incluso pedirlos prestado a algún compañero. Durante un tiempo me atraparon, desde luego, pero hoy en día no recuerdo nada de aquellos libros. Quizá que abusaban sin vergüenza de expresiones como "el pequeño travesuelo" o "la pecosa niña rubia", pero poco más. Así que me he decidido por la sinceridad y he pensado hablar de un libro que sí fue determinante. Sobre mitología egipcia, sí: ¿acaso no habéis pensado siempre que los autores de este blog eran una panda de niños frikis que leía cosas raras y se libraba por poco de las collejas en el patio? Pues aquí estamos Montuenga y yo para confirmar vuestras sospechas. Y a los demás... ¡no les creáis!

Con esta reseña estoy infringiendo varias de las leyes inmutables de Ulad. Además de unirme a las irresponsables burlas contra nuestro Sistema Unificado de Etiquetas (¡ay!), resulta que escribo sobre un libro que no tengo delante y cuyo recuerdo tengo más bien borroso. De todas maneras, la huella que me dejó no tiene que ver tanto con su contenido preciso -un compendio remasterizado de mitos egipcios- como con la puerta que me abrió para siempre. Será una exageración, pero a menudo pienso que si dedico mi vida a las Humanidades es por culpa de este libro. Yo debía de tener unos 7 u 8 años cuando este libro, si no recuerdo mal, me cayó unos Reyes en casa de mis tíos. Inmediatamente me fascinaron sus ilustraciones, que plasmaban con impecable realismo toda la extraña fauna divina del antiguo Egipto. Los textos también debían de estar escritos de forma amena, porque ni sé cuántas veces los releí. Enseguida fui capaz de recitar de memoria una sarta de ininteligibles nombres de dioses y faraones... para orgullo (y quizá inquietud) de padres y demás familia.

Es curioso, para escribir la reseña he tenido que buscar algunos datos del libro en Internet, ya que no recordaba ni siquiera el título exacto (eso sí, la portada podría dibujarla con los ojos cerrados). Parece una tontería, pero me ha sorprendido darme cuenta de que en efecto tenía una autora, una fecha de publicación, unos ilustradores... que era, en fin, un libro como los demás. Evidentemente, el libro en cuestión muestra una visión determinada de la mitología egipcia, que será susceptible de crítica, que elegirá una fuentes frente a otras, que suavizará los elementos más escabrosos, etc. Pero de niño uno nunca es consciente de eso. Ese libro era, para mí, Egipto mismo. Lo que decía no era una versión de nada, sino la verdad, pura y simple. Y una verdad, además, de lo más entretenida, porque las andanzas de los dioses tienen mucho que ver con los cuentos que yo acababa de dejar atrás. Después de este libro vinieron otros muchos, de la misma serie de Anaya, sobre mitología griega, romana, ibera, mesoamericana... Todos los devoré y los releí muchas veces, pero ninguno lo recuerdo como este primero.

Padres lectores del blog: tened presente que ningún contenido es "demasiado adulto" a los ojos de un niño. Pueden ser demasiado adultas las formas, claro: el lenguaje que se use o el estilo de las ilustraciones, si las hay. Pero una vez superada esa barrera, todo niño es una fuente inagotable de curiosidad. No digo que un libro de mitología sea una lectura más recomendable para niños que cualquier novela infantil o juvenil, pero no tiene por qué ser, desde luego, una lectura menos placentera. Eso sí, cuando luego vuestro retoño quiera contaros de principio a fin el mito de Osiris, no me vengáis a mí con las quejas...