
Idioma original: portugués
Título original: A confissão da leoa
Año de publicación: 2016
Traducción: Rosa Martínez-Lázaro
Valoración: recomendable
Hace algunas semanas se planteaban, a raíz de la creciente repercusión mediática de Chimamanda Ngozi Adichie, cuestiones algo delicadas sobre la valoración de la literatura cuando esta valoración es afectada por factores no intrínsecamente literarios relacionados con las condiciones de los autores. Mi interpretación era que se ponía en tela de juicio a la crítica en su conjunto en lo concerniente a cierta relajación de la objetividad (menudo concepto) dadas las innegables circunstancias de la escritora nigeriana: africana, de raza negra, mujer de un país de lo que aún llamamos Tercer Mundo. Un innegable cóctel ideal para verter algunos de los peores ingredientes: la sensación disimulada de superioridad (parece que para ser escritora en África todo tenga que consistir en superar trabas y obstáculos), la empatía forzada, la condescendencia, glups, peor aún, la conmiseración.
No por reconocerlo habrá que renunciar a reconocer que esto es un desastre, que habría que intentar aislar una novela de esos factores que son un entorno viciado proclive a la predisposición, que la perspectiva de lector occidental aposentado en el sofá alternando de vez en cuando algo de literatura exótica (o como se les viene a llamar, literaturas periféricas - cómo mola el jodido concepto de llamar a lo demás periférico para enseñar al mundo que tu ombligo es el centro), no deja de ser un enorme condicionante y casi un factor de corrección a la hora de emitir un juicio fiable.
Vaya rollo.
Resulta que Mia Couto es mozambicano (o mozambiqueño, que alguien por favor me saque de dudas con este gentilicio), pero que es hombre y es blanco y que, por tanto, será muy raro que ciertas de las escenas de esta novela le sean familiares. Él no ha nacido en una pequeña aldea ni habla maconde ni ha formado parte de una sociedad tribal africana en la que las mujeres juegan un rol tan secundario y pasivo y servil. Y es bueno recordarlo cuando hay tanto iluminado que se deslumbra ante ciertas figuras evocadoras de ciertos ritos de ciertos pueblos y se compra una máscara de esas en cualquier mercadillo y habla de la ética de cierta tribu y de su respeto por la naturaleza y de sus dioses y sus fascinantes tradiciones... mientras pasan hambre y privaciones y continúan con ritos macabros como la ablación del clítoris. En fin, no represente ello más que una reflexión, para nada una recriminación ni una acusación de apropiarse de elementos ajenos. La historia empieza con cierta dureza: Mariamar es la última hija viva de Hanifa, esposa de Genito. Sus hermanas han ido falleciendo: la última, Silência, despedazada por leones que visitan el poblado de Kulumani donde ellos viven. Los hechos desencadenan un súbito interés por parte de Florindo Makwala, administrador del territorio, que quiere evitar los daños electorales que estos hechos pueden acarrear. Arcángel Baleiro, cazador de oscuro pasado que incluye vínculos poco claros con Kulumani, es designado para acudir a montar una cacería y acabar con los leones.
A partir de esa premisa exótica pero posible, Couto despliega una trama con ciertos detalles de intriga, en torno a las relaciones enrarecidas entre todos los personajes, trama que incorpora elementos sociales, raciales, religiosos, culturales, entremezclados de forma que puede resultar mágica aunque también algo folletinesca. Puede que Kulumani se nos muestre como una Comala o un Yoknapatawpha, algo de ambición hay aquí, pues la novela parece querer explicar mucho más que una mera tragedia local y se extiende, aunque en momentos pueda parecer algo confusa o extraviada, y en algún momento pisamos esa tierra polvorienta y notamos esa presión, ese machismo asfixiante, esa mezcolanza sórdida de supersticiones y realidades.
De Mia Couto en ULAD: El último vuelo del flamenco
A partir de esa premisa exótica pero posible, Couto despliega una trama con ciertos detalles de intriga, en torno a las relaciones enrarecidas entre todos los personajes, trama que incorpora elementos sociales, raciales, religiosos, culturales, entremezclados de forma que puede resultar mágica aunque también algo folletinesca. Puede que Kulumani se nos muestre como una Comala o un Yoknapatawpha, algo de ambición hay aquí, pues la novela parece querer explicar mucho más que una mera tragedia local y se extiende, aunque en momentos pueda parecer algo confusa o extraviada, y en algún momento pisamos esa tierra polvorienta y notamos esa presión, ese machismo asfixiante, esa mezcolanza sórdida de supersticiones y realidades.
De Mia Couto en ULAD: El último vuelo del flamenco
