viernes, 16 de junio de 2017

Gonzalo Torné: Años felices

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Meditabundo y algo desconcertado me ha dejado esta novela, aunque no, por una vez, debido a la valoración que me merece, sino por las cambiantes impresiones que me ha ido causando la lectura de la misma. 

Me explico: el primer capítulo del libro, que abarca más de un tercio de toda su extensión me ha parecido, si no magnífico, más que notable; desde luego, interesante y sugestivo. En esta parte se nos presenta a los personajes y el meollo del argumento: en el Nueva York de los años 60, cuatro amigos, que conforman un grupo heterogéneo (y yo diría que improbable), conocen a un joven inmigrante catalán, al que por sus cualidades apodan de inmediato como "el príncipe". Se trata de Alfred Montsalvatge, vástago de la burguesía barcelonesa que ha huido a América para alejarse de su familia y su país y, sobre todo, para convertirse en poeta. Su presencia altera y condiciona las dinámicas establecidas entre los componentes del grupo, formado por el heredero de una fortuna wasp, dos hermosas hermanas de clase media -tirando a baja- y un chico judío de Queens, con veleidades místicas, aunque no judaicas, precisamente... 

Ya digo que esta primera parte la compone una narración no perfecta, pero sí bastante sugerente; en ella están, creo yo, los mejores pasajes de la novela y también los más divertidos, sobre todo los que se refieren a la muy "rothiana" familia de Kevin -quien dice Queens, dice Newark- o el toque Fitgerald que acompaña las vicisitudes del un tanto insoportable Harry. Estas influencias ya se han expuesto en otras críticas que han elogiado el libro, pero casi no se ha mencionado una que me parece evidente. ¿Nueva York? ¿Un heredero llamado Harry Osborn? ¿Una adorable joven pelirroja? ¿Una especie de superhéroe social que parece ocultar un misterio en su vida? Vamos... si sólo falta un cameo de Stan Lee... Y todo esto no lo he puesto en broma; la primera parte bien podría inspirar -o inspirarse en- las vicisitudes del pobre Peter Parker, con entrañables amigos susceptibles de convertirse en enemigos y seductoras amigas siempre a punto de convertirse en algo más que amigas... o dejar de serlo.

No quiero "espoilearle" la novela a nadie (perdón por el palabro), pero diré que, en mi opinión, a partir de aquí pierde bastante de su estado de gracia y se precipita a un previsible recuento del desencanto generacional (da igual de qué generación; de todas), con las consabidas pequeñas o grandes mezquindades, matrimonios, traiciones (las peores, las que se hacen a uno mismo), envidias y deslealtades. Vamos, lo de esperar en cualquier bildungsroman que en vez de la niñez, tome como punto de partida esos "años felices" de la primera juventud en el que aún nos podemos creer capaces de cualquier cosa, empezando por preservar la propia nobleza de espíritu. También he de decir que, tras esta pequeña decepción que me supuso el giro hacia senderos que me parecen  más trillados, los últimos dos capítulos -olvidé señalar que no todos los capítulos del libro tienen la misma extensión- representaron una sorpresa agradable, pues nos ofrecen un epílogo -en realidad, se puede considerar que dos diferentes, ya sean alternativos o complementarios-, que reconduce la narración y ayuda a cerrar el libro quizás no con el entusiasmo del principio, pero al menos con una moderada satisfacción.

(Quiero mencionar que también hay quien ha visto en esta historia una metáfora política sobre la Transición española... no seré yo quien niegue esa interpretación, pero tampoco me atrevo a ratificarla).

Esta estructura argumental un tanto elíptica, enlaza además con la manera de escribir de Torné, con un estilo elegante pero que tiende a lo indirecto, lo alambicado, incluso, aunque en esta su tercera novela ya no sea tan necesario como en la primera que publicó releer algún párrafo para enterarse bien de lo que pretende contar; en este libro el autor ha conseguido, salvo en algún momento, mantener a raya esta tendencia suya, sin dejarse arrastrar por ese retorcimiento narrativo. Hubiera sido deseable que también se hubiese mantenido alerta sobre la costumbre de acabar con oraciones interrogativas los muchos párrafos en los que nos desvela las reflexiones de los personajes; ese tono dubitativo no hace que se sienta más simpatía por ellos, sino incluso todo lo contrario... 

Aún así, quizás sea la de Torné una de las prosas más distinguidas y, por la evolución que parece llevar, prometedoras del panorama literario actual en español. Ello hace que no dude en recomendar la lectura de Años felices, aunque sólo fuera para saber si otros lectores experimentan los mismos cambios de impresión que yo. Y no sólo por eso, claro, pues la novela guarda otras muchas virtudes, imprevistas delicias que sin duda pueden encandilar a más de un lector. Compruebe usted mismo, cada uno de ustedes, si es el caso.

jueves, 15 de junio de 2017

Íñigo Pirfano: Música para leer

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2.015
Valoración: Está bien (curioso, interesante)

Esto sí que es una asignatura pendiente. En mi casa hay montones de discos de música clásica, varios cientos. He escuchado la mayoría, haciendo un esfuerzo por educar el oído, por ser capaz de valorar como es debido esas obras inmortales, hasta he ido alguna vez a la ópera. Así que soy el arquetipo perfecto de esos que, según Íñigo Pirfano, ‘quizá albergan la sospecha de que se trata de un mundo fascinante y enriquecedor, pero les parece que no disponen de las claves para acceder a él; no saben cómo han de acercarse a las grandes creaciones musicales, y pronto se rinden con la amarga sensación de que han perdido ese tren’. Pero no, no lo hemos perdido del todo,  lo intentamos una vez más, ahora a través de este libro.

Es muy de agradecer el esfuerzo del autor por atraer para la causa a este contingente de  profanos. Para empezar, intenta seducirnos mediante una introducción al mundo de lo que llama ‘gran música’, como era de esperar con tonos entusiastas, pero que también suenan sinceros, y hasta con algunas hipérboles afortunadas y con un divertido perfil sanitario: ‘En nuestra escala –no ya de prioridades, sino de necesidades- la música de Mozart debería ocupar el puesto inmediatamente posterior al oxígeno’, o ‘No me parecería exagerado que los discos de Mahler se vendieran en las farmacias’. Todavía estamos en fase de ser introducidos en ese mundo desconocido, cuando pasamos a un pequeño muestrario en torno a siete autores significativos (en concreto, Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Mahler, Debussy y Stravinsky). Claro, Pirfano es director de orquesta, y parece tener muy claro por dónde conducir al ignorante hacia el objetivo. Empieza en cada caso por una semblanza del músico, sencilla y entretenida, intentando que la información resulte relevante y, sobre todo, atractiva para el lector. Es decir, que seamos capaces de ver a cada autor como individuo, con sus vicisitudes personales y tal vez una historia interesante que ayude a conocer un poco su obra. Siempre la vocación pedagógica del libro.

Una vez seducidos, pasamos a la instrucción. Elige Pirfano una de las creaciones de cada autor, y pasa a diseccionar los pasajes más importantes, los que mejor la definen o los que sirven para ilustrar algún concepto. Encontramos aquí comentarios –siempre sucintos y laudatorios- sobre diálogos entre instrumentos, creación de atmósferas, tonalidades y colores, distintas voces de los cantantes. Cuestiones que nos van abriendo los ojos a cosas que nunca hubiéramos descubierto con solo escuchar esas piezas. Lo más novedoso es que el libro incorpora una buena muestra de cómo integrar el texto escrito con recursos tecnológicos: las explicaciones -como decía, breves y sencillas- se acompañan con sucesivos códigos QR que enlazan a la escucha de esos fragmentos concretos, o bien de la obra en su totalidad. Parece algo realmente lógico, casi obvio, que el lector tenga la oportunidad de escuchar sobre la marcha el pasaje sobre el que se habla, así que desde este punto de vista la solución es impecable. Otra cosa es que, si seguimos de continuo la pauta, mejor será afrontar la lectura sin prisa porque deberemos interrumpir el hilo una y otra vez para dar paso a la música. O que algunos enlaces no funcionen como deben, que eso ya tiene peor solución. Pero la iniciativa me parece del todo acertada.

En el último apartado del libro –que Íñigo muy atinadamente titula ‘Coda’, en vez del más literario y menos musical ‘Epílogo’- insiste de nuevo en la idea inicial: es un trabajo claramente divulgativo, dirigido de forma expresa a todos aquéllos a los que nos gustaría ser capaces de disfrutar de este tipo de música y que, sea por incultura o por insensibilidad, como mucho podemos apreciar la belleza de un aria o tararear algún estribillo operístico famoso. En ese sentido creo que ‘Música para leer’ cumple su cometido, aunque modestamente. Quizá debería haber sido algo más ambicioso, porque en su compañía tal vez subimos el primer escalón, que ya es algo, pero la escalera se me antoja enorme, casi interminable. Y para subir al menos algún que otro piso hay que ponerle muchas ganas y bastante dedicación. Y a eso no sé si llegamos.

miércoles, 14 de junio de 2017

William T. Vollmann: Historias del Arcoíris


Idioma original: inglés
Título original: The Rainbow Stories
Año de publicación: 1992
Traducción: José Luis Amores
Valoración: recomendable

Retumban en mi cabeza (una vez y otra, y creo que no es la primera vez que las rememoro aquí) las palabras de cierto comentario en Facebook de Javier Calvo. Algo así como que la industria editorial norteamericana (con sus sedes en rascacielos, sus premios literarios, su colosal aparato publicitario) se las apaña para vendernos lo mismo una y otra vez.
Y claro, añado yo, que nosotros lo compramos. Si hago esta reflexión, es por la profusión, agudizada en los últimos tiempos, de nombres que se relacionan con un cierto concepto identificable pero difícil de explicar (pureza, dificultad, libertad creativa), que ha permitido concretar un panorama literario "alternativo" pero no "minoritario" encabezado por Pynchon, Gaddis, Barth, Barthelme y Foster Wallace, con un pelotón algo más asequible que integrarían DeLillo, Franzen, Lethem, Roth o incluso McCarthy. Sé que me dejo algunos.

Pues bien: a ese primer grupo podéis ir añadiendo este nombre: William T. Vollmann. Un escritor con un aspecto físico extraño, a medio camino entre un veterano de guerra y un granjero que acaba de cerrar un trato por un centenar de gorrinos. Muy alejado del estereotipo que se retrata en salas llenas de libros de sedes en pisos por encima del 75. Un tipo al que un desorientado y descabellado estudio del FBI atribuía relación con aquel terrorista llamado Unabomber y, desde luego, un escritor muy capacitado técnicamente hablando. Las comparaciones (hasta una cierta competencia) con  DFW surgieron en su momento, y aunque puede que haya ciertas similaridades (a Vollmann también le gustan las notas al pie, la duración desmesurada y no le tiene miedo a ser muy duro en las descripciones), creo que hay profundas diferencias.
Historias del Arcoíris es una extensa (casi 600 páginas) colección de relatos, casi crónicas en algún caso, cuyo trazo común es la alusión a colores en todos sus títulos. Son relatos extensos, con algún leve punto de relación entre sus personajes, más homogéneos en sus ubicaciones físicas (zonas como el Tenderloin, una barriada particularmente conflictiva de San Francisco) y desde luego casi siempre protagonizados por personajes en la pura marginalidad. Si  Luz ultravioleta despliega el abanico de la desesperación (1992, la enfermedad era una garantía de muerte casi fulminante) de los enfermos de SIDA acudiendo al hospital, ya no nos alejaremos mucho de ahí, y de los toxicómanos seropositivos pasaremos a las tribus de skinheads, los batallones de prostitutas callejeras y los indigentes que pernoctan bajo los puentes de la autopista. El panorama es desalentador y Vollmann no lo dulcifica con humor negro. Vollmann narra lo que ve en su vida y lo que proyecta en su cerebro y lo transcribe con las palabras que dan fe de un modo más preciso. Simplemente levanta testimonio, de forma fría. En Damas y luces rojas va desgranando el dinero que le ha ido costando cada información que ha ido obteniendo de las prostitutas que va presentando. Rosa amarilla, sorprendentemente comedido, es un obvio homenaje a Carver, como si una tensión perversa pugnase por aflorar bajo su tono clásico. Aunque Vollmann también se encarga de instalar escollos. Un par de relatos de los incluidos aquí son realmente de digestión bastante pesada, y alguno de ellos no es precisamente corto. Pero me da que prescindir de ellos no tendría demasiado sentido, que hay que respetar esa unidad incluso ante el volumen de páginas y la tentación de pasar al siguiente relato. Si es que uno aprende de forjarse como lector a base de tochoweeks. Aquello del ritmo y aquello del avance aunque sea a base de un par de páginas.
Estas Historias del Arcoíris parecen el catálogo de un escritor con un pasado personal bastante complicado pero determinado a mostrar todo su potencial. Y eso da para todo: desde capítulos que parecen extractos de la Biblia hasta descripción cruda y casi científica del proceso de una autopsia. Vollmann parece no querer dejar nada en el tintero, nada de lo disfrutable y  nada de lo recriminable, todo está en esa docena larga de historias. Ésa es una voz que pide ser oída y, por lo que a mi concierne, voy a hacerle caso.

También de William T. Vollmann en ULAD: AQUÍ

martes, 13 de junio de 2017

Martín Casariego: La hija del coronel

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: Se deja leer


Allá por los años sesenta, el protagonista, hijo de los pobres aparceros de una próspera finca en tierras del Huelva que no llega a asumir su condición, usurpa la identidad del señorito para enrolarse en la Legión pasando a formar parte del Tercio melillense.

Lo primero que me molestó fue cierta impericia, un manejo de las herramientas literarias que recuerdan a un escritor novel, situaciones descritas a vuela pluma, detención en detalles irrelevantes, enumeraciones anodinas, prosa en ocasiones algo descuidada, un ritmo narrativo lento y bastante monótono. Todo lo cual mejora notablemente cuando el protagonista entra a formar parte, por causas ajenas a su voluntad, del truculento grupo Hijos de la Noche. A partir de ahí, el contenido adquiere complejidad e interés, los personajes empiezan a definirse un poco dejando de ser meros pretextos para presentar un cuadro de costumbres de la vida militar que salen y entran sin dejar huella en la memoria de los lectores. Casi hasta el final, Casariego consigue adueñarse de las riendas, encuentra el ritmo adecuado y define sus propósitos narrativos, encontrándonos, por fin, con párrafos enteros que transmiten emoción así como descripciones efectivas y bien trabajadas, derivas argumentales incluidas. 

No obstante, esta discrepancia entre una parte y otra queda un poco forzada, el abandono de la inacción narrativa y del tono excesivamente monocorde a base de añadir, e ir incrementando, las escenas eróticas y violentas dejan demasiado en evidencia la necesidad de provocar un interés que había brillado por su ausencia hasta el momento.

Todo eso sin olvidar que el factor más esperado, baza fundamental de la trama y verdadero responsable de la tensión narrativa, a saber, cuál será el desenlace de la gran impostura en torno a la cual ocurre todo, queda inexplicablemente en el aire. Una omisión tan fácil como imperdonable que acaba dejando en nada esas intenciones que habíamos creído adivinar en algún punto de la historia.

Tanto las situaciones como la mentalidad de los personajes recrean claramente esos años sesenta en que transcurre la acción. Lo extraño es que el enfoque que se da el texto, el trato que recibe el único personaje femenino con alguna relevancia y la forma de abordar las situaciones parecen un tanto anacrónicos, incluso rancios, en una obra escrita ya al borde del siglo XXI. Porque esta hija que da título al libro y que, tal como indica su sintaxis, existe en función de los varones que la rodean, no es más que un triste y solitario florero cuya única e involuntaria función se reduce a desencadenar un rosario de tragedias y a servir de excusa para incluir un par de tópicas escenas de sexo. En ese ambiente, algunos (el propio José, el coronel, el sargento apodado Mijo, el teniente Perales y algún otro compañero que destaca por su violencia) son los que toman decisiones, María, aún apareciendo como culpable (“La Virgen del Pecado atraía la desgracia sobre aquellos que la rodeaban”), únicamente las sufre. Hasta un personaje tan secundario como Ahmed, un niño marroquí, tiene más capacidad de decisión sobre su futuro que ella.

“Mientras la miraba, pensó que si ella hubiera pronunciado cualquier otro nombre, cualquier nombre que no fuera el suyo falso, la habría matado allí mismo, con sus manos, la hubiera estrangulado con esas mismas manos con las que ahora la sujetaba por las sienes.”

¿Qué puede hacerse cuando te das cuenta de que estás leyendo algo a disgusto? ¿Abandonar el libro? Por supuesto. A no ser que estés comprometido con un blog (con este, por ejemplo) y empezar otra lectura desdeñando las páginas leídas suponga una considerable pérdida de tiempo. Por otra parte, no me cabe duda de que los argumentos contrarios a esta novela pueden animar a leerla a más de uno, y si esto sucediese lo consideraría un acierto por mi parte.

La hija del coronel, que recibió el Premio Ateneo de Sevilla 1997, pretende ser tragedia y se queda en mero melodrama, con mucho morbo innecesario y poca verosimilitud en su recta final que le prestan cierto aire almodovariano, aunque sin la sorna y sana ironía que caracterizan al cineasta.

lunes, 12 de junio de 2017

Virginia Aguilera: Ojos ciegos



Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016

Valoración: Recomendable


Lo que me picó la curiosidad e indujo a leer Ojos Ciegos fueron el pequeño cúmulo de detalles que la envolvían; una historia ambientada en 1868, en los meses previos al estallido de la revolución conocida como La Gloriosa, emplazada en los desolados páramos turolenses y protagonizada por un juez prácticamente ciego y su ayudante, una impetuosa adolescente. Rasgos más que suficientes en mi caso como para sugerir una posible lectura inédita y sorprendente. A su vez, Ojos Ciegos contaba con el aval del galardón –sí, este es de los casos en que este tipo de reconocimientos mantiene todavía algún valor- que por unanimidad le deparó el jurado de la última edición del Premio Francisco García Pavón de narrativa policíaca.

La curiosidad ha tenido merecida recompensa. Virginia Aguilera (Zaragoza, 1980) ha armado en Ojos Ciegos una trama que funciona -aunque sin pretender poner a mil la adrenalina del lector- gracias a unos personajes con carisma y tirón como el juez Juan Carlos Rodríguez, que contrapone a su limitación sensorial una mentalidad abierta y convicciones firmes, y su ayudante, Candela, que con 17 años –casi veinte menos que el Juez- se asoma a las turbulentas relaciones de los habitantes del falansterio de Villacadima, una de esas comunidades creadas al albur de las ideas del socialismo utópico desarrolladas por teóricos como Charles Fourier.

El detonante de la acción es la desaparición de una de las integrantes del falansterio también llamado Alegría, lo que da pie a la investigación sobre cómo se organiza y articula esta utópica colectividad, igualitaria y autosuficiente, de aíres edénicos. Lo que no deja de ser una reflexión sobre el funcionamiento de la mente humana, lo inevitable de su pulsión egoísta y de su tendencia a buscar la plenitud propia mediante el sometimiento ajeno y lo inviable de los modelos de organización comunitaria basados en exclusiva en el principio de la intrínseca bondad humana.

“Conocer la decencia, predicarla, imponerla a los demás y ser incapaz de domeñar las bajas pasiones. También Candela había detectado en la maestra esa lubricidad en la mirada de una mujer que se pretendía templada, una codicia de placer escondida tras un falso estoicismo.” Por supuesto, Ojos Ciegos, como cualquier narración del género, va de lo que media entre la apariencia a la realidad, entre las formas y el fondo. Que este descubrimiento esté en gran parte a expensas de una adolescente recatada e insegura, y a la vez audaz y lúcida, genera un vínculo potente entre el personaje y el lector que hace de palanca y empuja el afán de éste por leer y descubrir. Que el relato transcurra entre la sequedad, aspereza y rigores de la comarca turolense del Jiloca –aunque la propia editorial madrileña se empeñe en la faja de portada en situarla en el Pirineo- nos viene a recordar que esos parajes condenados al silencio y al olvido también existen. Y que la autora recree toda esta atmósfera con un lenguaje cuidado y pulido, con un tono acorde a la época y afinado a la actualidad supone igualmente un mérito que agradecerle.

domingo, 11 de junio de 2017

Álvaro Cepeda Samudio: La casa grande


Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable

Las únicas referencias que tenía de Álvaro Cepeda Samudio procedían de "Vivir para contarla", las conocidas memorias de Gabriel García Márquez. Y es que ambos formaban parte del llamado "Grupo de Barranquilla", que allá por los años 40 y 50 dinamizó la vida cultural de la ciudad colombiana. De todos los integrantes de aquel grupo, el mayor reconocimiento sería para García Márquez y uno de los mayores "olvidos" sería para Cepeda Samudio, debido a su escasa obra y a su temprano fallecimiento, con apenas 46 años.

Dentro de esa escasa obra destaca su única novela, este "La casa grande", en la que se aprecian ecos del "Pedro Páramo" de Rulfo, de toda la narrativa de Faulkner o incluso del "Libro de Manuel" de Cortázar. De "La casa grande" dijo García Márquez que se trata de un experimento arriesgado. ¿Y quién soy yo para llevarle la contraria a todo un premio Nobel?

Pues eso, se trata de un libro "difícil", no apto para todos los públicos. Por ejemplo: absténganse lectores que busquen pasar unas horas de entretenimiento sin más, absténganse también lectores que gusten de historias con estructura tradicional, de historias en las que todo te lo den bien mascadito, etc. No es este un libro para ese tipo de lectores porque el texto del colombiano exige un plus de esfuerzo y atención. "La casa grande" está plagado de elipsis y el cambio de tiempos, estilos y voces narrativas es constante, lo que exige un cierto grado de implicación por parte del lector.

Tenemos, por un lado, la "masacre de las bananeras", que ya aparecía en "Cien años de soledad", contada (eso sí) de una forma peculiar, en la que se mezclan diálogos e impresiones de soldados que participan en el operativo, partes militares, decretos y descripciones tan hermosas como esta:

Todavía no eran la muerte: 
pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos:
marchaban con la muerte pegada a las piernas:
la muerte les golpeaba de una nalga a cada tranco:
les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda:
una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación

Por otro lado está la historia de la familia que habita la casa grande, microcosmos y metáfora de la situación exterior. La familia está encabezada por uno de los notables de la ciudad, el Padre, personaje implacable y autoritario que determina el destino de la familia y del pueblo.

Ambas historias se entrelazan. La masacre de las bananeras hace que explote el odio del pueblo hacia el Padre. Odio y violencia por todas partes; más larvada en la familia, más cruda, más física en el pueblo. Odios anteriores y posteriores a la revuelta de los trabajadores. Violencia que acaba destruyendo, interior y exteriormente a las personas.

Aunque ya digo que ambas historias confluyen en determinados momentos y personajes, las dos podrían ser leídas de forma independiente, siendo la primera mucho más "asequible" en su estructura y desarrollo que la segunda. Digo esto porque en la historia de la familia de la casa grande los saltos temporales y las voces se suceden. Los acontecimientos principales en la vida de la familia tienen lugar en dos momentos concretos y los diferentes personajes ofrecen su visión o sus recuerdos de esos momentos de forma fragmentaria. No es fácil seguir la historia, por momentos parece confusa, pero finalmente las piezas van juntándose y el puzzle toma forma.

Destacan, fundamentalmente, dos aspectos de la novela. En primer lugar, la capacidad del autor para llevarla a buen puerto manejando hábilmente la escasa información que ofrece. Puede, por momentos, parecer confusa, pero todo cuadra, todo encaja. En segundo lugar, su complejidad técnica: largos diálogos, poéticas descripciones, recuerdos, pequeños flashes, partes, decretos, etc, que hacen de la lectura de este libro un reto en el que conviene estar muy atento.

En resumen, todo un descubrimiento de un autor tragado por la vorágine del boom latinoamericano que, afortunadamente, ha sido rescatado del olvido.

sábado, 10 de junio de 2017

Kent Haruf: Nosotros en la noche

Idioma original: inglés
Título original: Our Souls at Night
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Me acerco a este libro con el tiento propio de la historia que cuenta. Más aún, sabiendo que su autor (finalista al National Book Award por su anterior obra "Plainsong") decidió escribir esta novela cuando le diagnosticaron un cáncer a los setenta y un años, y se propuso terminarla en los pocos meses que le quedaban de vida. El resultado es este libro pausado, emotivo y nostálgico, que ofrece una mirada al pasado mientras uno se prepara para el futuro.

El autor no se anda con rodeos en presentarnos el escenario y hace lo correcto al ser un libro de poca extensión. La historia empieza cuando Addie, una mujer de avanzada edad,  propone a su vecino Louis pasar las noches juntos y compartir esos momentos de intimidad previos a la hora de acostarse, para evitar la soledad siempre presente cuando termina el día. Esta proposición, y la aceptación de Louis, supone un cambio en sus vidas y despierta la curiosidad de los vecinos de su pequeña comunidad, siendo causa de chismorreos, ciertas envidias y recelos acerca de si es apropiado que rehagan sus vidas a esa edad. Asimismo, la llegada del nieto de Addie, a quién tendrá a cargo durante unas semanas, supone tener que encargarse de alguien aparentemente ajeno a sus propias vidas; este hecho altera su relación y les obliga a adaptarse a ella.

Con este argumento, la intención de la novela es evidente; se trata de una novela donde el afecto, el cariño, el sentimiento de proximidad y compañía es siempre presente y un elemento que envuelve la historia. Esos instantes de compañía sirven a los protagonistas, y a los lectores como testigos de la historia, conocer las vidas de ambos en clave retrospectiva, pero sin dejar de lado el presente. Las conversaciones entre ellos nos permiten conocer quienes han sido, como han llegado a este momento de la vida, qué les ha preocupado y qué han querido, cuáles han sido sus expectativas y cómo el paso del tiempo les ha dado respuesta.

Es posible que el libro tenga cierto aire autobiográfico cuando, al narrar Louis la enfermedad que acabó con la muerte de su mujer, realmente esté hablando de él mismo en la piel de ella, en el deterioro sufrido, en ver la cercanía del final y desear que finalmente le alcanzara el destino. Uno siente tristeza al leerlo, sabiendo que el autor los escribió cuando se encontraba en esa situación. Es posible que el libro sea una forma de dejar constancia de parte de su vida, como un legado final.

Hablamos de un libro que se lee con cierta pausa, con la mirada nostálgica hacia el pasado, siendo testigo de la calidez de dos personas mayores que buscan la compañía uno de otro para compartir las noches de soledad, pero a pesar de la edad, buscan cierto deseo en tener la vista puesta hacia adelante, buscar un estímulo que les alegre sus vidas, alguien que se preocupe por ellos y también alguien por quién preocuparse. Algo que les aleje, aunque sea mentalmente, de su propio final. También nos proporciona interesantes reflexiones acerca de cómo se ve esta situación a los ojos de los demás y los prejuicios que pueden tener los amigos, conocidos y especialmente el importante papel que juega la familia en todo ello.

No esperéis más de esta novela que lo expuesto aquí, pero a pesar de ser un libro sin muchas ambiciones, sí se trata de una lectura agradable. Se echa de menos algo más de profundidad en los temas tratados, que podrían dar bastante más de sí; me temo que el poco tiempo que disponía el autor para completar la novela la condicionó en este aspecto aunque se agradece que tuviera tiempo de acabarla pues nos deja un bonito legado.

Se trata pues de un libro que nos acerca a la vejez desde el punto de vista de la soledad y de la necesidad de compañía. En unos tiempos donde abunda la individualidad y cierta tendencia al egoísmo, es de agradecer que un libro nos devuelva el sentimiento de solidaridad y cariño a nuestros allegados. Al fin y al cabo, debemos cuidar de los nuestros y, más aún, a las personas mayores pues sus facultades se reducen con el paso del tiempo y es cuando más nos necesitan; hay que ayudarles e intentar entenderlos, y esto no debería ser difícil pues, si nos fijamos bien, si somos capaces de acercarnos suficientemente a ellos, veremos que no somos tan diferentes, pues ellos tienen algo de nuestro yo futuro.

También de Kent Haruf en ULAD: La canción de la llanura, Al final de la tarde, Bendición