
Historias del Arcoíris es una extensa (casi 600 páginas) colección de relatos, casi crónicas en algún caso, cuyo trazo común es la alusión a colores en todos sus títulos. Son relatos extensos, con algún leve punto de relación entre sus personajes, más homogéneos en sus ubicaciones físicas (zonas como el Tenderloin, una barriada particularmente conflictiva de San Francisco) y desde luego casi siempre protagonizados por personajes en la pura marginalidad. Si Luz ultravioleta despliega el abanico de la desesperación (1992, la enfermedad era una garantía de muerte casi fulminante) de los enfermos de SIDA acudiendo al hospital, ya no nos alejaremos mucho de ahí, y de los toxicómanos seropositivos pasaremos a las tribus de skinheads, los batallones de prostitutas callejeras y los indigentes que pernoctan bajo los puentes de la autopista. El panorama es desalentador y Vollmann no lo dulcifica con humor negro. Vollmann narra lo que ve en su vida y lo que proyecta en su cerebro y lo transcribe con las palabras que dan fe de un modo más preciso. Simplemente levanta testimonio, de forma fría. En Damas y luces rojas va desgranando el dinero que le ha ido costando cada información que ha ido obteniendo de las prostitutas que va presentando. Rosa amarilla, sorprendentemente comedido, es un obvio homenaje a Carver, como si una tensión perversa pugnase por aflorar bajo su tono clásico. Aunque Vollmann también se encarga de instalar escollos. Un par de relatos de los incluidos aquí son realmente de digestión bastante pesada, y alguno de ellos no es precisamente corto. Pero me da que prescindir de ellos no tendría demasiado sentido, que hay que respetar esa unidad incluso ante el volumen de páginas y la tentación de pasar al siguiente relato. Si es que uno aprende de forjarse como lector a base de tochoweeks. Aquello del ritmo y aquello del avance aunque sea a base de un par de páginas.
Estas Historias del Arcoíris parecen el catálogo de un escritor con un pasado personal bastante complicado pero determinado a mostrar todo su potencial. Y eso da para todo: desde capítulos que parecen extractos de la Biblia hasta descripción cruda y casi científica del proceso de una autopsia. Vollmann parece no querer dejar nada en el tintero, nada de lo disfrutable y nada de lo recriminable, todo está en esa docena larga de historias. Ésa es una voz que pide ser oída y, por lo que a mi concierne, voy a hacerle caso.

