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lunes, 1 de noviembre de 2021

Francisca Solar: Los últimos días de Clayton & Co.


Idioma: español

Año de publicación: 2019

Valoración: entre recomendable y está bien

Sabido es que en el siglo XIX existía la costumbre (no sé si en todos los países, pero, desde luego, sí en Gran Bretaña y me consta que en Madrid había al menos un estudio que se dedicaba a hacerlo) de retratar fotográficamente a los fallecidos en poses y composiciones que trataban de imitar la vida, para que sus familiares conservaran la imagen como recuerdo, muchas veces único, de su paso por este mundo.

En esta novela de Francisca Solar uno de estos estudios fotográficos especializados en retratos mortuorios se encuentra ubicado, en 1889, en la pequeña pero cosmopolita localidad chilena de Atlas, cercana a Valparaíso y donde también se habían establecido varios consulados de diferentes naciones, por lo que el trasiego de viajeros -y también de finados- era constante. El estudio pertenece al británico doctor Clayton, aunque en realidad, es su jovencísima esposa Abigail la que se ocupa de la parte técnica de las sesiones fotográficas. Con la particularidad de que, durante las mismas, recibe ciertas y no muy agradables visitas....ya que Abigail, como el niño de El sexto sentido, en ocasiones ve muertos... y no me refiero a los cadáveres de cuerpo allí presente, sino a los espíritus que los habían habitado. Claro, que no era ése el único peligro al que se enfrentaba la muchacha, más aún cuando se ve envuelta en algún que otro asunto legal que ha requerido su intervención... y no cuento más.

La novela se mueve, pues, entre la recreación de época, una historia de terror y el melodrama. Por sus páginas vemos pasar un plantel variopinto de personajes, desde una marquesa española e incluso toda una archiduquesa, a monjas, policías, criminales...  pasando por todo tipo de emigrantes, de variada  condición  y nacionalidad: croatas, británicos, alemanes... No sé gran cosa de la emigración a Chile en el s. XIX, pero lo que se cuenta parece bastante plausible y resulta un marco de lo más adecuado para esta historia, situada en una especie de Far-West chileno. Lo mismo ocurre con los detalles técnicos sobre la ambrotipia -fotografía sobre vidrio- y del proceso de manipulación de cadáveres (según la nota autobiográfica, la autora tiene estudios de criminología y psicología forense que, sin duda, le habrán sido de gran ayuda); por otro lado, hay que decir que ciertos detalles algo "morbosos" sobre las circunstancias que, siguiendo el orden natural de las cosas, sufren los cuerpos humanos, una vez muertas las personas, pueden hacer, quizás, que algunos pasajes de la novela no resulten del agrado de todo el mundo... ejem. No obstante, estos pormenores también ofrecen un interesante contrapunto con el estilo con que está escrita la novela, que resulta no ya sumamente correcto sino incluso atildado. Lo que, si bien en algún momento puede parecer que encorseta un tanto la narración, también sirve para crear la requerida ambientación decimonónica de forma harto eficaz.

Estamos, pues, ante una novela con muchos alicientes para que la disfruten lectores de diverso tipo, desde los amantes del "gótico" no me refiero a la catedral de Burgos) a quienes disfrutan con los dramones romántico (de hecho, la protagonista, Abigail Clayton, tiene algo, o bastante,  del arquetipo de "la loca del ático" tan frecuente en la novela inglesa del XIX), la novela histórica... o incluso los seguidores del género policial. En cualquier caso, dando todos gracias a que la fotografía mortuoria ya se haya pasado de moda... por el repeluzno que daba pero también, teniendo en cuenta la moda actual de los selfies, por el cringe que nos iba a provocar...

miércoles, 21 de julio de 2021

Andrés Neuman: El viajero del siglo

 Idioma original: español

Año de publicación: 2009

Valoración: Mucho ruido y pocas nueces



Cierro el libro con una sensación de desbordamiento. Anexos a la novela, y por si con ella no hubiese tenido suficiente, se incluyen varios epílogos, hasta siete nada menos, más las generalidades editoriales de costumbre, Es como si alguien sintiese la necesidad de justificarla, de señalar sus aciertos y explicarlos con detalle, no sea que los lectores no hayamos reparado en ellos. Así que he tenido que leerme todas las maravillas que, por lo visto, me he perdido o no he sabido apreciar en su justa dimensión. ¿Me ha gustado esta novela? No, sobre todo a partir de cierto momento como explicaré más adelante. ¿Estoy de acuerdo con los argumentos que exponen los articulistas, por muy prestigiosos que estos sean? En absoluto. (Pero El viajero… ha sido Premio Alfaguara y Premio de la Crítica, así que no me hagan ni caso). (O sí, porque otros críticos igual de prestigiosos opinan como yo, aunque, como es lógico, no aparecen en el apartado final de este volumen).

El primero, un discurso del propio autor, desvela aspectos interesantes de la gestación de la novela y defiende el género histórico. Nada que objetar, pero en este caso, y sin negarle valor literario, no considero que el contexto de época le añada gran cosa, al contrario. El propio Neuman reconoce su intento de trazar un retrato del presente a través de lo ocurrido doscientos años atrás, en un atrevido (y seguramente imposible) juego de espejos tan encomiable para algunos como fallido a mi modesto entender. Porque retratar dos épocas tan diferentes en una única  pieza, sin idas y venidas entre pasado y presente, no solo es una meta ambiciosa sino, quizá, una quimera inalcanzable. Aunque Miguel García-Posada no lo crea así y, en el fragmento que le corresponde, afirme: “Neuman no ha querido escribir una novela histórica sino una novela  en la que se aborda un tiempo pasado, el siglo XIX, con la perspectiva del XXI.” Yo, en cambio, fui perdiendo pie progresivamente según avanzaba la trama hasta quedarme flotando en tierra de nadie. Que los acontecimientos producidos en el primer tercio del s. XIX hayan determinado de alguna forma el tiempo en que vivimos, aunque obvio, no justifica que debamos aceptar comportamientos, actitudes y mentalidades de ahora infiltradas en ese momento, pues nuestro sentido crítico va a rechinar y mucho. Otra cosa es considerarla un simple divertimento, una historia con cierta dosis de intriga, además de otros ingredientes más o menos atractivos como amor, sexo, infidelidades, algún crimen que otro etc., que pueden aliñar un guiso comercial y presentarlo ante el lector como el súmmum de la erudición, incluso como una versión moderna de, ¡nada menos! La montaña mágica. No me lo invento, he leído la comparación en algún sitio. Y es que, en su afán totalizador, no solo cronológico, también geográfico, de contenido y de temática, no falta el componente teórico: abundan las discusiones socio-políticas -no en vano estamos en la ilustre (e ilustrada) época de los Salones- y literarias, sin olvidar las largas sesiones de arduo trabajo en equipo de Hans y Sophie traduciendo textos en todos los idiomas (una vez más, ¿para qué limitarse, pudiendo abarcarlo todo?), sacando a relucir cuestiones de primordial interés para un traductor profesional como Neuman, que a mí me han apasionado siempre, pero que aquí no parece que aporten gran cosa, salvo abultar y añadir capas y más capas a un argumento bastante sencillo, en realidad.

Tras viajar con Neuman por tierras alemanas en el artículo siguiente,  y observar las fotos de edificios que le inspiraron la fisonomía de la inexistente Wandernburgo, no he encontrado la clave de esa síntesis europea/universal que pretende realizar a través de los ojos de Hans, el viajero y protagonista absoluto, y de otros personajes, como Urquijo (español y empresario justo), el profesor Mietter (de religión protestante), el matrimonio Levin (de procedencia judía y creencias diversas), la viuda Pietzine (muy católica, ella), el padre Pigherzog (el ojo que todo lo ve), el organillero (el buen salvaje de Rousseau, salvadas las distancias), Sophie (la dama ideal e inalcanzable), Rudi (sencillamente, un buen partido) etc. Tanto personajes como ideas o situaciones parecen inspirados en los famosos tópicos extraídos de la tradición clásica. Pero de eso hablaré más abajo, antes quiero decir que los rasgos individuales apenas existen, todos ellos son funciones, personalidades construidas de una sola pieza que nunca se contradicen a sí mismas. Y cuando resultan meras comparsas de otros se les individualiza por un solo acto (uno roba, otro viola y mata, la de más allá denuncia sin fundamento, de alguno se exhibe su vida íntima). Tampoco es creíble la erudición de Sophie, no porque en aquella época no existiesen las mujeres cultivadas sino porque su estilo se parece más al de una universitaria de hoy. Igual ocurre con su condición de mujer liberada, tan audaz que en esas condiciones no resultaría creíble ni ahora mismo, ya que pone en peligro el único plan de vida al que puede aspirar dadas las circunstancias. O ese conocimiento del mundo, impensable en una mujer soltera de principios del XIX custodiada desde niña por un padre viudo y tan estricto como podemos suponer. Incongruente es también la forma de hablar y comportarse de todos ellos, sus opiniones políticas, religiosas, éticas, literarias etc., que en realidad están pasadas por el tamiz de la visión histórica del siglo XXI. Incluso las costumbres y objetos: Hans se baña a diario en su cuarto, alzan la mano y encuentran un carruaje al instante, las comunicaciones son tan sencillas como si hubiera teléfono aunque quede claro que este no se ha inventado aún, alguien pide que se tome nota y al instante el otro hace una lista como si hubiera bolígrafos y folios a su alcance, se habla de velas y antorchas pero de noche se ve tan bien como de día, el organillero es tan inverosímil que no puedo elegir un solo rasgo como ejemplo porque los tiene casi todos. Esto puede resultar de lo más entretenido, pero quien busque algo de rigor se sentirá incómodo muy pronto, más todavía según la acción avanza y vemos cómo lo que habíamos creído un armazón más o menos sólido –aunque algo peculiar– comienza a derrumbarse. Incluso, y a pesar de su pretendido realismo y hasta historicismo, encontramos elementos fantasmagóricos: la ciudad ocupa un espacio incierto, a caballo entre países, y su ubicación es cambiante, incluso sus calles y edificios no suelen estar donde se espera. Eso trae recuerdos imborrables, como la ciudad flotante de La saga fuga de J. B., pero lo que allí es absoluta coherencia aquí queda como un cabo suelto.

A pesar de los numerosos análisis y de las dos entrevistas al autor, quedan en el aire algunas incógnitas. Me pregunto si Neuman incluye conscientemente o surgieron de forma involuntaria los tópicos más importantes de la tradición medieval y grecolatina. A saber: peregrinatio vitae, memento mori, locus amoenus, beatus ille, carpe diem, amour courtois, delectare et prodesse, theatrum mundi, vera amicitia, amor ferus… Habrá más, seguro, yo he anotado solo los que he ido descubriendo por pura casualidad y sobre la marcha. Si esa abundancia de elementos hubiese dado lugar a una estructura poliédrica y compleja estaríamos hablando de la novela total, -que, por cierto, alguno de los críticos menciona-, algo que se produce en muy contadas ocasiones, pero esa integración no existe. No se trata, pues, de un conjunto armónico que aspira a imitar al mundo real sino de intentos que nunca se resuelven del todo y de una especie de puzzle cuyas piezas no acaban de encajar.

También de Andrés Neuman: La vida en las ventanas, Hacerse el muerto