Título original : Solaris
Idioma original : Polaco
Año de publicación : 1961
Valoración : está bien
Supongo que formo parte de ese público que accedió a la
lectura de ciencia-ficción como consecuencia del
visionado de ciencia-ficción. O sea, que la fascinación visual tiró de la curiosidad literaria, y esas secuencias de clásicos, con mayor o menor profusión de efectos especiales, ese espectáculo para los sentidos que fueron y son tantas películas, desde los 50, incluso antes, hasta hoy, definieron perfectamente los escenarios en que, los que así empezamos con el género, situaríamos esos libros en el proceso de su lectura.
Curiosamente, no fue así con
Solaris. Ni he visto la mítica película original de Andrei Tarkovsky ni el, dicen, fallido
remake de Steven Soderbergh. A pesar de lo cual, yo ya situaba los escenarios conforme avanzaba en la lectura del libro. Sí: la ciencia-ficción es, para los no especializados, un género cautivo de ciertos estereotipos. Algunos de los cuales constituyen para sus fanáticos tanto motivo de fascinación que para otros lo es de escepticismo. Esa sensación no me abandonaba leyendo este libro. Como lector más inclinado a géneros, digamos, más terrenales. No es un pretexto: géneros como éste, o el fantástico, han acercado a muchos a la lectura: los Lovecraft, Poe, Asimov, K. Dick son autores que hacen que muchos se inicien en ella. Pero había mencionado la palabra escepticismo:
Solaris es la obra de mayor repercusión de las que escribió el polaco Stanislav Lem, escritor especializado en el género. Y supongo que lo es como consecuencia de su simbolismo.
Solaris es un planeta al que es enviado el científico Kris Kelvin, a una base espacial que gravita sobre un óceano, óceano al que se atribuye una condición genérica de enorme ser vivo (no sé por qué, pienso en la teoría Gaia), y la capacidad de generar seres humanos miméticos a aquellos que pueblan los recuerdos de los que están en el planeta. En el caso de Kelvin, el océano genera a Harey, émula de su mujer fallecida por suicidio.
Así que Kelvin no tarda en verse atrapado en el confuso juego de presencias en la base, con investigadores desaparecidos o enajenados, con seres cruzándose por los pasillos, como acompañantes generados, o aceptados, mentalmente, para compensar el desespero del confinamiento (no sé por qué, pienso en
The shining). Este juego es, en un principio, el atractivo de la novela, que va dando pistas a través de las conversaciones entre los tres científicos reales que aún permanecen allí. De cómo asimilan el juego del planeta y de los personajes irreales que se han generado a su alrededor y cómo intentan hallar una explicación satisfactoria a esa situación. De cómo, contra toda lógica que no sea la onírica o la alucinatoria (no sé por qué, pienso en Levrero) se adaptan a un hábitat extraño y viciado.
Lem sume al lector en algunos momentos de lectura francamente difícil: un par de pasajes en la parte final de la novela son puras elucubraciones sobre las teorías que han urdido antiguos especialistas en la materia, pesados párrafos (no sé por qué, pienso en el capítulo de Cetología en
Moby Dick) de explicación científica algo farragosa a la que no se puede negar, en su concepción, originalidad e incluso inventiva. Lem especula sobre la ciencia dedicada a estudiar el planeta, la
solarística, y crea su propio léxico sobre los fenómenos que se producen. En algún momento, entre tanto ensayo de corte especulativo, el lector cree estar leyendo alusiones a la raza humana y a las deidades y a una serie de metaconceptos que voy a considerar propios del género y de la época: ciertos autores teorizaban sobre sociedades futuras y construían mundos utópicos, a veces a costa de tejer artimañas algo forzadas.
Este es el lastre de
Solaris: su trama, sencilla y hasta excitante en su planteamiento (una especie de submundo alienador en el que cada uno acepta una realidad más reconfortante que la soledad) se complica y se torna confusa en medio de tanta mística a la, como lector, uno cree necesario buscarle segundas o terceras lecturas. Renunciando a la ligereza de las aventuras en el espacio, Lem nos sume en un complicado laberinto del cual yo, al menos, no he conseguido salir.
También de Stanislav Lem en ULAD: La investigación,
Edén,
Fiasco,
El hospital de la transfiguración