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sábado, 11 de junio de 2022

Jorge Carrión: Todos los museos son novelas de ciencia ficción


Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: seductor

 Cuando hace unos días reseñé - no sin cierto escepticismo - Membrana, no había reparado en la existencia de este libro. Puede que porque Carrión ya nos tiene acostumbrados a un ritmo de publicación intenso - no solo de publicación, también organiza exposiciones relacionadas con el ámbito literario, comenta ítems culturales, etc. - o incluso por su peculiar curso narrativo, en el que todos sus últimos libros, sobre todo desde que publica para Galaxia Gutenberg, parecen formar parte de un proyecto cohesionado. Y este Todos los museos son novelas de ciencia ficción, título algo reminiscente de DFW, se presenta, pasados unos meses - pocos - como un complemento de Membrana, uso el término compemento de forma algo forzada, pues casi diría que, aunque dispone de un cierto vuelo propio, Carrión, que sabe que su prestigio como agitador es indiscutible, se permite una especie de broma moderada a costa de su novela, aunque siempre podremos suponer que no hubiese carecido de sentido integrar este texto ahí mismo. Pero respetemos la voluntad del autor.

La cosa consiste en generar una especie de bitácora del proceso de escritura de la novela. Y así como en la novela el papel de narrador quedaba disuelto en la estructura del catálogo de un museo, aquí el autor levanta la mano y se hace ver, en un ejercicio de ciencia-auto-ficción, el escritor toma la primera persona y proyecta información complementaria a Membrana, más que explicar o matizar su contenido, retrata una realidad paralela a la creación, que Carrión, va siendo marca de la casa, aprovecha para enlazar con su galería de monstruos habitual. Que la realidad se empeña en hacer cada vez más visible, y entonces a Carrión más visionario. Si el texto no tarda en mencionar a HAL 9000 y a todos los sospechosos habituales - spyware, cámaras que captan nuestra vida, dispositivos que nos monitorizan porque no leímos la letra pequeña de los pop-ups que nos saltan al darnos de alta en servicios, en suscripciones, en redes sociales - el jugueteo de Carrión empieza pronto. Mencionando otro clásico reciente - la película HER - el escritor es contactado y, se diría, seducido por Mare, una identidad digital que le contacta desde el futuro de su novela, y que ya la ha leído, o quizás haya anticipado su contenido gracias a algún brillante algoritmo, y el proceso de intercambio parece tomar las riendas de la vida del autor, cuestión de la que este primero recela, pero a la cual acaba enganchado: de repente su existencia se ha visto interferida y no se atreve a confesarlo a su familia. Reproduce la voz de Mare, contesta sus mensajes, dialoga con ella en un juego aparentemente inofensivo, pues no teme a su contrapartida por su inmaterialidad, pero igualmente se siente cohibido y avergonzado. Solo habla de la existencia de esa interacción con los profesionales que cree que pueden comprenderle y, a medida que los contactos se suceden, su vida empieza a gravitar en torno a ellos.

Aparte, el impecable atractivo como objeto, pues el libro contiene abundante material gráfico, que lo sitúa en un claro perfil sebaldiano, y resulta curioso que su mera lectura parece mejorar el rastro que dejaba Membrana e incluso despojarlo de su pátina a veces demasiado solemne. Sin llegar a lo estrambótico o lo banal, Carrión introduce con sutileza y habilidad algunos elementos que hubieran parecido algo discordantes en una novela de ciencia ficción al uso. Y funciona, como obra separada y como proyecto conjunto.

miércoles, 27 de abril de 2022

Jorge Carrión: Membrana


Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: persistente

Membrana es sumamente difícil de describir en los clásicos términos literarios que optan por las dicotomías tajantes. Es una no-novela de ficción, a menudo disfrazada de ensayo bajo la guisa de presentación o catálogo, aunque una cierta corriente de trama recorre su espinazo, una trama sin diálogos, sin acción continuada, con personajes reales o virtuales, por supuesto combinando una obvia deriva decididamente apocalíptica, tejida en una no siempre sencilla premisa que se va sugiriendo a ratos: la existencia de un poder superior que la humanidad ha ido generando, casi sin querer, a base de alimentar las bases de datos que han permitido a las máquinas, o eso parece, tomar sus propias decisiones. Por supuesto en este contexto las referencias son numerosas, aunque Jorge Carrión ha conseguido hilar algo relativamente original. 

Aunque "relativamente original" sea un calificativo de doble filo. Membrana es una especie de híbrido algo forzado entre los dos estilos que Carrión suele cultivar: el ensayo docto y razonado sobre los peligros de la tecnología y el mundo hiperconectado, en el que se ha ido especializando a riesgo, es mi opinión, de insistir e insistir que no todo el progreso como lo concebimos va a ayudarnos a ser más libres, que de eso debería tratarse, y, por otra parte, los intentos con la ficción en que, y también en Membrana esto sucede, se enfrenta a una algo generalizada (Fernández Mallo sería otro ejemplo) intención de capturar un totuum que explique el mundo, intención esta que entraña sumirse en mucha especulación, cosa que suele redundar, esta no es una excepción, en una exigencia hacia el lector, que ha de rellenar muchos intersticios si quiere comprender qué pretende explicar el autor. El texto se divide en capítulos precedidos por una serie de manifestaciones artísticas. El lector asiste a un museo del siglo XXI, una vez este ha acabado, y todas esas obras, junto a los textos que las presentan, nos ayudan a esbozar una trama en la que el mundo, con dos protagonismos antagónicos (Ben Grossman, Karla Espinoza) ha acabado siendo víctima de una dominación de los algoritmos, de la inteligencia artificial, el big data y los drones, y todo hace pinta de que la humanidad no ha salido muy bien parada. De ahí lo de ficción pero también lo de no ficción. Carrión no tiene interés alguno en hablar de batallas, de ciudades devastadas, de violencia física. Todo está sugerido y la trama de fondo es más o menos asimilable y comprendemos su desarrollo y su desenlace. 

Pero me da la impresión de que a Carrión esa premisa se le escapa de las manos. Empeñado en mantener un tono algo ceremonioso y sostener una cadencia, el texto acumula demasiadas codas, no solo en lo estilístico sino incluso en su contenido. Se abusa de ciertas coletillas que a veces parecen forzadas, se requiebra el estilo y la insistencia en ciertos recursos acaba resultando en una carencia de naturalidad. Puede que sea premeditado y que la estructura del texto lo requiera, pero la fluidez es sacrificada y a veces la coartada intelectual acaba empantanando al lector. Algunos pasajes se extienden en teorías y surgen los fantasmas de los textos de Carrión: el dominio de las grandes corporaciones, las redes sociales, el poder oculto. No es que llegue a estropearse la premisa, si no original sí osada y (a cada año que pasa) probable, pero está claro que es difícil abarcar tanto y no resultar, a veces, algo cargante. 

jueves, 6 de octubre de 2016

Blake Butler: El atlas de ceniza


Idioma original: inglés
Título original: Scorch atlas
Año de publicación: 2009
Traducción: Javier Calvo
Valoración: bastante recomendable (pero no cenéis antes)

Apocalipsis: hay que soltar la palabra ya, de primeras: es imposible no usarla para reseñar este libro. Podéis sugerirme palabras o expresiones equivalentes, pero antes de sufrir (también) devanándome los sesos sobre cómo evitarla, la suelto a la primera de cambio. Ya estoy descansado, pues. Porque de eso trata El atlas de ceniza, de una serie de relatos conectados por su temática (aunque algo apunta a personajes coincidentes, imposible confirmarlos pues hay cuentos llenos de nombres propios y otros completamente elusivos de estos detalles). Y la temática es la dura subsistencia humana tras algo gordo que ha pasado en nuestro estimado y maltratado planeta. En un tiempo que se parece demasiado al nuestro de hoy o de aquí cinco o diez años. Y ya os digo que a mí no me encontraréis esgrimiendo frases típicas de fajines publicitarios como Si Stephen King, Lovecraft y Brett Easton Ellis se quedasen encerrados en un ascensor con un borrador de "La carretera", una colección de "Creepy", un libro ilustrado de Oncología y "Las once mil vergas" de Apollinaire. Dios me libre a mí de hacer esas comparaciones tan poco originales.

Blake Butler: parece el nombre de una nueva estrella del cine para adultos. Es un nombre que le pega al tipo (aspecto de enfant terrible), como le pegaría disponer de una banda de rock a la que aporta letras y guitarra rítmica, y de vivir en un loft compartido con una guapa escultora que no se saca de encima a los caza-talentos de las escuelas de modelos. Bueno: esto es una disquisición, pero no es así. Es un escritor joven y activo en la Red, al cual creo que conviene no colocar comerciales pero incómodos sambenitos de esos que (ya que esto lo publica Alpha Decay) hicieron que me enfadara tanto al leer a Tao Lin.

Ceniza: uno de los elementos físicos del libro. Me remito al primer párrafo. Algo gordo ha pasado en la Tierra, y parece que estamos metidos justo en sus inexorables consecuencias. Dejad que especule, aunque no estará de más recordar que, en USA, este libro se publica en el convulso 2009, digamos, primer año en que se especulaba que lo del 2007 (la niñería de Lehman Brothers) ya acababa, y ya hemos visto que no. Así que un escritor en un mundo en el que las perspectivas a corto se están dinamitando a marchas forzadas puede encontrar perfectamente una corriente inspiradora que incluya toda suerte de de elementos catastróficos combinados y alternados a palazos. El deprimente planeta post-lo-que-cojones-haya-pasado incluye toda suerte de catástrofes dignas del cine de los 90. Sin Will Smith para liberarlo, por eso.

Desgracia: pues lo que decíamos. El planeta asolado por toda variedad de barbaridades. Puede que Butler aquí especule con la cuestión medio ambiental y lo del cambio climático. Inundaciones, hundimientos del terreno, lluvias torrenciales (no solamente de agua: de muchas cosas y la gran parte de ellas muy asquerosas). Un sol enorme que todo lo arrasa. Puede que el agujero de ozono, puede que el deshielo de los polos, puede que alguna barbaridad nuclear. No se sabe. Pero los supervivientes lo tienen muy crudo. En lo físico, porque los efectos secundarios del desastre cuentan el hambre como sólo uno de ellos. Los miembros crecen y se deforman. Las cabezas. El pelo, las uñas. En un momento se habla de que esa época ha anulado ciertos sentimientos. Y no es descabellado pensar que los personajes de Butler, muchos de ellos, han quedado divididos por esa brecha. Los que recuerdan el pasado y sus sentimientos y los que no y andan movidos por el egoísmo y por un regreso al instinto más primario. Qué, si no, pensar de esa horda de hijos que ata a la madre para poder amamantarse. Uh. Quería no ser muy explícito. Pero ya que estamos, pues, lancemos una serie de palabras clave que Butler usa profusamente a lo largo de este libro. 
Ceniza, pelo, piel, larvas, cucaracha, jejen, tumor, sangre, costra, lombriz, gusano. Pudrir, y todas las palabras de su familia.

Extraño: y a pesar de todo, a pesar de que cualquiera dejaría rápido de prestar atención a este catálogo de escenas sórdidas, que achacaríamos a una mente enfermiza, resulta que es muy dificil resistirse a continuar hasta el final. No por morbo, ni por curiosidad malsana, simplemente porque Butler sabe llevar de la mano al lector incluso por un camino tan tortuoso. Y sabe narrar sin implicación (algo me ha recordado a Tom McCarthy) de manera que en ningún momento uno espera a un escritor sometiéndonos a un alegato final de esos de "cuidadito" que es a lo que vamos. Cosa muy satisfactoria que no se haga de un modo directo, pues ya está bien, ya está bien de escritores que nos dan exactamente lo que esperamos. Otra cosa es que la cosa haya calado de otra manera.

Fin

sábado, 15 de noviembre de 2014

Reseña interruptus: Tao Lin: EEEEE, EEE, EEEE

Idioma original: inglés
Título original: Eeeee, eee, eeee (de verdad)
Año de publicación: 2007
Traducción: Gema Facal Lozano
Valoración: a tomar el pelo a otra parte

Esta palabra describe este libro en las notas de la contraportada. "Divertidísimo".

Jua jua jua.

Perdonen: me encuentran por el suelo, desternillándome. Recompongo un poco mi aspecto y les hablo, seré breve, de las 48 o 50 páginas que he aguantado de Eeeee, eee, eeee, novela que toma su onomatopéyico título de los sonidos emitidos por los delfines en que el protagonista, Andrew, sueña. Bueno, hay también unos osos por ahí, y no diría muy bien si sueña o piensa en ellos o alucina con ellos porque la E del libro venga de éxtasis o... madre, este libro me ha hecho caer en los puntos suspensivos. Qué será lo siguiente, qué va a ser de mí. 
Y no es el primer libro de Tao Lin que leo, pues ya me solacé con otro el otro día, sentado en una terraza mientras esperaba a que me repararan un pinchazo. Tao Lin, saben, proclamado en no me acuerdo qué sitio el escritor más influyente de internet. Manos a la cabeza, todos. Bueno, a la cara, si tal es el panorama. Ni me acuerdo, lo que puse sobre el otro libro que leí, pero al menos llegué hasta el final, porque por debajo asomaba algo parecido a un argumento. Que aquí, ópera prima del amigo, ni eso. Tan difícil es montarse una historia mínima y montar algo alrededor de ella. Si esto es para el público de internet, hombre, esa gente que está leyendo con el dedo a milímetros del puntero del ratón para ver la página siguiente. Deprisa, deprisa, frases cortas, ritmo endiablado, nulo desarrollo, nada de relleno, todo intenso. Literatura exprés. Saben. Todo comprimidito, como las píldoras aquellas que comen los astronautas. Así de buenas son que no dejan de abrirse tiendas que las venden. Pues no: sin que se me pueda acusar de aversión a aquello tan manido de los nuevos modelos de acceso a la cultura, lo de Tao Lin es una tomadura de pelo como una pianola, una cosa sin la mínima sustancia ni el más mínimo amago de control de calidad, cosa muy justificable al escribir un blog, pero nada al editar algo con formato de obra o, como pone en la portada, de novela. 23 añitos cuando escribió esto, sí, oh, qué chulo y qué cool y qué guay esa foto en la contraportada (¿comiéndose una muffin?). Si quieren leer algo moderno, lean a Jenn Díaz, o a David Foster Wallace.

También de Tao Lin en ULAD: Otro libro, pero casi igual de malo. Casi que no lo pongo, ¿vale? 
Y a lo mejor soy capaz de leer otro: no puedo creérmelo ni yo.