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sábado, 10 de noviembre de 2018

Tayyeb Saleh: Época de migración al Norte


 Idioma original: Árabe
Título original: موسم الهجرة إلى الشمال
Año de publicación: 1969
Traducción: María Luisa Cavero
Valoración: Muy recomendable

Que bien. De nuevo una de esas novelas que empiezas por curiosidad, sin ninguna expectativa, y que a la treintena de páginas ya te dices aquí va a haber tela, en la sesentena estás disfrutando como un poseso y en la centena empiezas a pensar en ir frenando el ritmo de lectura por que temes que se acabe y no quieres y al mismo tiempo necesitas seguir leyendo por que la narración te tiene absolutamente capturado, fascinado. Y he escrito “de nuevo” aunque realmente esta dichosa sensación tampoco es tan frecuente. ¡Pero que grande cuando aparece! Así que, como decía mi abuela, es de bien nacido ser agradecido, mi gratitud al Club de lecturas Africanistas de la Biblioteca pública de son Gotleu, en Palma. ¡Mil gracias por la sugerencia y por vuestra labor!

Publicada inicialmente en el diario Hiwar de Beirut, Época de migración al Norte  está narrada por la voz de un joven que tras siete años de estancia en una universidad inglesa regresa a Wad Hamid, su pueblo a orillas del Nilo en el norte de Sudán. Regresa a sus raíces, a su mundo campesino y tradicional, pero efectivamente en su cabeza la perspectiva ha cambiado. Lo cual no le supone conflicto ninguno; los juicios de valor, la tesis que subyace no es una dicotomía ni un choque sino más bien el fluir, veraz y poético, de una comunidad aferrada a la supervivencia en un territorio duro y arduo, siempre pendiente de las aguas que trae el Nilo, de sus crecidas devastadoras y fértiles, donde lo normal se convierte en extraordinario y donde lo nunca visto acaba formando parte de la vida cotidiana.

Por supuesto que las preguntas, los detalles, los por qué y los cómo que el narrador va sembrando por estas páginas están impregnados de su nueva perspectiva, condicionan la mirada recién adquirida: “Para el mundo industrializado europeo, nosotros somos unos pobres campesinos, pero, al abrazar a mi abuelo, me siento rico, como si fuera un latido del corazón del Universo. No es un roble, alto y frondoso, que crece en una tierra fértil y lluviosa, sino como los cactus del desierto del Sudán, de gruesa corteza y agudas espinas, que vencen a la muerte porque piden muy poco a la vida”. En esos años de ausencia se ha instalado en el pueblo un extraño, Mustafa Said, de quien apenas se sabe que es de Jartum, la capital. Esa falta de referencias acerca de Mustafa Said dispara el interés del narrador, y ahí empieza a desvelarse la vida de este personaje, su brillante inteligencia y sus miserias emocionales, su poderosa capacidad de seducción e, inevitablemente, de destrucción: “Su curiosidad se transformó en alegría y la alegría en simpatía y, cuando yo removiera las aguas tranquilas del algo de sus entrañas, la simpatía se transformaría en deseo, un deseo cuyas tensas cuerdas yo tañería a mi placer”.

Y así, con un ritmo ágil y constante, con un estilo luminoso y directo, van fluyendo acontecimientos y razones y el mundo, ese mundo, que parecía en una infancia permanente, enloquece y se precipita fuera de la calma, de la tradición y de la previsible cadencia de las estaciones y los años. Y medio siglo después, llega este lector desavisado y cae de bruces en ese mundo lejano y desconocido pero universal y reconocible. Y, desde luego, se despierta el apetito por devorar más historias de Tayyeb Saleh, nacido en Karmakol, en el norte de Sudán, en 1929 y fallecido ochenta años después en Londres 2009, y uno piensa –sí, que bien- quedan todavía tantas lecturas maravillosas por descubrir…


jueves, 23 de noviembre de 2017

Assia Djebar: Sin habitación propia



Idioma original: Francés
Título original: Nulle  part dans la maison de mon père
Año de publicación: 2007
Traducción: Susana Andrés Font
Valoración: Muy recomendable


En la escritura de Assia Djebar cristalizan algunas de las paradojas, choques y conflictos más característicos de nuestra época. Mujer, musulmana, argelina, Fatima-Zohra Imalayen (Cherchell, Argelia, 1936 – París, 2015) fue terca y coherente en el manejo público de sus ideas e intimista y delicada en la forja de sus relatos. En su literatura, en la que su propia trayectoria vital es la principal materia prima, estas tensiones no es que estén latentes, si no que aparecen explícitas y pormenorizadas, siendo habitual que sean el motor mismo de la narración.

Una complejidad que aparece incluso instalada en el propio seudónimo literario escogido: Assia (Consolación) Djebar (Intransigencia). Que se visibiliza en muchas facetas de su trayectoria. En la elección del idioma impuesto por el dominio francés para pensar y crear, manteniendo la lengua árabe materna para los lances más íntimos de cualquier persona; amar, sufrir, rezar... O en su implicación en la lucha contra la ocupación colonial de Argelia, que le costó la expulsión de la Universidad de París en 1958, y su nueva expulsión de la Universidad de Argel en 1965 por negarse a renunciar al francés frente a la arabización impuesta por el triunfante nacionalismo. O en el ingreso en la Academia Francesa en 2005 -la quinta mujer en conseguirlo, después que Marguerite Yourcenar ocupase uno de sus sillones por vez primera en 1980- y, a la vez, el contundente ejercicio que no aflojó de denuncia y rechazo de la superioridad cultural, ideológica y moral que se arrogan aún demasiados vecinos nuestros del otro lado de los Pirineos.

Sin habitación propia es el relato de ese periodo mágico que va desde los más remotos recuerdos de infancia hasta los turbulentos días de la adolescencia, en que deben tomarse las primeras decisiones trascendentes. Con un padre, profesor de la escuela francesa, tan abierto e innovador como para llevar a su hija a la escuela y enorgullecerse de sus progresos como cerril para montar en cólera cuando la ve subirse a una bicicleta y mostrar las rodillas. Con una madre retraída y discreta que sólo con el tiempo optará por desvelarse y mostrar, afirmar públicamente su propia persona. Con un país, la Argelia sometida, donde la segregación en función del origen, del género y la condición social eran brutales y espeluznantes pero donde también se filtraban por las rendijas de la convivencia rayos de conocimiento, emancipación y arte y se generaban sueños individuales y colectivos. La referencia a las mujeres labrándose su propio porvenir que hizo Virginia Woolf es explícita, tanto como la sensorial descripción que la autora hace de ese ámbito femenino postergado y discreto, en las casas, en los baños públicos, en las bodas y reuniones donde ellas creaban su tejido de complicidades, confidencias y apoyos mutuos.

"Solo reconozco una regla, aprendida y dilucidada, poco a poco, en soledad y lejos de las capillas literarias: no practicar más que una escritura de necesidad.", explicó Assia Djebar. Este empeño en retratarse, en explicarse y encarnarse en la literatura para así servir a sus congéneres, compatriotas, compañeros o lectores como constatación de que emociones, pasiones, limitaciones, anhelos, incertidumbres y sacrificios son intrínsecamente individuales y a la vez necesariamente colectivos, late tenazmente en sus novelas. Sin habitación propia es una poderosa exhibición de memoria y de escritura precisa y personal, que no ensimismada. Que seduce por la cálida minuciosidad con la que se describen escenas, detalles, personajes y ambientes y en el que se recrea ese imperceptible soplo de libertad que luego será un valor esencial en la personalidad del adulto. Puesto que, en efecto, la infancia termina demasiado pronto en los países soleados. 

lunes, 31 de julio de 2017

Joumana Haddad: Los amantes deberían llevar solo mocasines



Idioma original: Francés

Título original: Les amants ne devraient porter que des mocasssins

Año de publicación: 2010

Traducción: Héctor Rodríguez Vizcarra

Valoración: Muy recomendable


Es este libro apenas un fogonazo, breve y arrebatado, como lo es el deseo, el abrazo lujurioso, la fantasía vislumbrada y, por fin, ejecutada. Un relato efímero e intenso, cálido e inquietante, sorprendente y brillante, en el que se desata esa fuerza poderosa e irresistible, ese apetito tirano que –nos dice Joumana Haddad- no se puede aliviar por uno solo. Afortunadamente. 

En Los amantes deberían llevar solo mocasines, Joumana Haddad (Beirut, Líbano, 1970) nos narra la experiencia que supone visitar, por vez primera, un club de swingers, y lo hace desde dos voces –primera y tercera- y desde la opción por lo conciso y lo concreto, saltándose ese límite o cliché establecido entre lo sugerido y lo explícito. Es un lugar común decir que la frontera entre erotismo y pornografía es tenue y vaporosa, y, en todo caso, uno no sabe muy bien donde acaba el territorio de uno para empezar el de la otra (ni tampoco comparta eso de que la diferencia está en la mirada del receptor), aunque tras la placentera lectura de este texto queda por supuesto la sensación de que, en estas tareas, el órgano más valioso es el cerebro. O, bueno, casi.

El detonante se halla en esa capacidad tan corriente de juguetear con la libido (del latín libere, gustar) y de la oportunidad de darnos el regalo de una primera vez… Y con esto, ya hemos franqueado la puerta que nos sitúa en medio de la fantasía concretada, hecha carne.

A través de las distintas distancias y texturas de los dos puntos de vista –ella, yo-, la autora nos describe lo que encuentra, lo que ve y lo que piensa, y esto último es, por supuesto y con diferencia, lo más interesante. Desde la inspección visual del espacio y de los ejemplares allí acogidos, de sus cuerpos, poses, palabras y actitudes, el relato nos aloja en la corriente de sensibilidad y sensualidad que circula por los poros, órganos y neuronas de la narradora. El resultado es una zambullida consciente e íntegra en uno de esos momentos que supone una de las grandes maravillas de la condición humana, “el ingreso tierno e  impetuoso del todo en el todo”. 

Los amantes deberían llevar solo mocasines es una amalgama de timidez, inocencia, curiosidad y vergüenza. Y también de inconveniencia y de algún momento ridículo, y de ahí su título. Y de desparpajo y desafío y apasionada convicción, y ahí su principal mérito:  
“¿Lo insólito y lo prohibido no son, acaso, los dos clítoris de la mente?”

Profesora, periodista y activista cultural, Joumana Hadded, ha escrito poesía, ensayo y narrativa en árabe, inglés y francés. Ha sido responsable de la información cultural del diario de Beirut An Nahar y directora jefe de la ya desaparecida revista Jasad, uno de cuyos principales argumentos era la reivindicación de la sensualidad y la belleza del cuerpo humano frente a los tabúes y las restricciones religiosas y culturales.

jueves, 22 de junio de 2017

Hisham Matar: El regreso



Idioma original: Inglés

Título original: The return

Año de publicación: 2016

Traducción: Javier Guerrero

Valoración: Recomendable

              
Nacido en Nueva York en 1970, educado entre El Cairo, Suiza y Gran Bretaña –donde acabó licenciándose como arquitecto y residiendo- Hisham Matar podría pasar como prototipo del exiliado mundano, desenvuelto. Que no del refugiado, puesto que su familia disponía de patrimonio suficiente como para pagar internados helvéticos. Escritor en inglés -reconoce que le cuesta hablar en público en su lengua materna, el árabe- en los libros de Hisham Matar está siempre la presencia de la figura del padre arrebatado, desaparecido, deseado y, posiblemente, idealizado. 

En sus dos novelas anteriores -Solo en el mundo e Historia de una desaparición- concebidas como ficción aderezada de recuerdos y vivencias personales, la narración surgía desde el punto de vista del niño que va conformando su existencia con el enorme vacío causado por la falta –ocasional o definitiva- de la figura paterna. Y, aunque la ficción no era estrictamente autobiográfica, sí que se nutría de la propia experiencia del autor. Su padre, Jaballa Matar, fue secuestrado en El Cairo en 1990 por la policía egipcia y entregado al régimen de Gadafi, que lo recluyó en la prisión de Abu Salim, de la que ya nunca salió. En El regreso el cambio de registro es total y Hisham Matar nos relata su vuelta a Libia en marzo de 2012 (“Ahí estaba la tierra. Oxidada y amarilla. Del color de la piel recién curada.”), después de 33 años de ausencia, tras la caída del dictador y antes de que el enfrentamiento sectario entre milicias desgarrase de nuevo al país abocándolo al caos, la violencia y la ley del más fuerte.

Así que en El regreso confluyen el relato de los preparativos, la llegada y el reencuentro con la familia y los lugares sentidos como propios –Ajdabiya, Bengasi, Trípoli-, a la luz mediterránea que acoge, ampara y reconforta. O, por así decirlo, la esfera de la objetividad personal, con toda la carga emocional y psicológica que conforma la propia personalidad del autor: la ansiedad por encontrar respuestas, por llenar vacíos, por saldar cuentas. Y es quizás en esta simbiosis donde el relato pierde pegada, se ahoga en una excesiva contención y se echa en falta un clímax, pues toda esta sustancia humana y vital, colectiva y política, que podría dejar noqueado al lector, pierde parte de su enorme carga potencial de impacto entre regresiones, flash backs y párrafos para contextualizar.

Aunque, por supuesto, el relato tiene el interés de descubrirnos lugares y personas cuyo tratamiento por los medios de comunicación resulta bastante superficial y, sobre todo, nos acerca a la tesitura de los exiliados, siempre divididos entre el aquí y el allí, el ahora y el antes, lo que hay y lo que se perdió, lo deseable y lo posible. Hay también algún momento tenso, escalofriante, como el que Hisham Matar dedica a su trato –conversación, llamadas, mensajes…- con Seif el Islam, al que se tenía por el hijo más moderado del sanguinario déspota. Uno de esos personajes -todopoderoso, cínico, fanfarrón- de los que uno no querría tener jamás la necesidad de esperar algo. El regerso ha obtenido el premio Pulitzer 2017 en su categoría de “Biografía o Autobiografía”.

domingo, 13 de octubre de 2013

Mohamed Chukri: El pan a secas

Idioma original: árabe
Título original: Al-jubz al-hafi
Fecha de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro gracias a la celebrada Ciudad abierta de Teju Cole, reseñada en este blog hace unos meses. En un momento del libro el protagonista charla con un personaje marroquí sobre literatura y este último le dice que en cuanto a escritores de su país de origen, prefiere a Mohamed Chukri por encima del famoso Tahar Ben Jelloun. ¿El motivo? Que mientras que Jelloun  presenta en sus libros tramas y personajes que se corresponden con la idea del Oriente legendario que se tiene en Occidente (un Oriente mágico y romántico, con elementos como recién sacados de las historias de Sherezade), Chukri tiñe sus páginas de miseria, violencia, desesperación, bajeza, supervivencia, asco y dolor. En fin, que escribe sobre la dura realidad que sufrió y aún sigue sufriendo buena parte de la población del mundo árabe/musulmán.

Esta comparación me despertó la curiosidad. Yo ya conocía a Ben Jelloun, pero no a Chukri, por lo que busqué enseguida su Pan a secas, el libro autobiográfico del autor que se cita en Ciudad abierta, y descubrí encantada que el ejemplar que tienen en mi biblioteca está casi nuevo y se trata de una bonita edición de Cabaret Voltaire, en una traducción de Rajae Boumediane El Mentí revisada por el propio escritor poco antes de morir. Pero su contenido...Uugh, su contenido. Y aclaro ya que mi lamento no se refiere ni a su calidad ni a su valor, sino a las cosas que ahí dentro suceden. No me extraña que el libro estuviera prohibido durante muchos años en el mundo árabe…

Para quien no lo sepa, Chukri, nacido en Marruecos en los años 30, fue un muchacho extremadamente pobre y maltratado por la vida, como se suele decir. Hijo de un violento y alcohólico desertor del ejército y de una mujer ignorante pero cariñosa que mantenía a su familia con su humilde puesto de verduras, y con hermanos pequeños que raramente pasaban de la primera infancia, Chukri pronto vio en las duras calles de Tetuán y Tánger la única vía de escape a las palizas casi mortales de su padre y sus deseos de convertirle prácticamente en su esclavo. En su terrible vagabundeo se entregó a una destructiva pero tozuda vida de trabajos esporádicos, amigos cambiantes, amores con prostitutas, noches a la intemperie, homosexualidad puntual, peleas a muerte, piedad ocasional y hambre, mucha hambre.

Un sinfín de anécdotas y sucesos nada fáciles de leer es lo que contiene este breve libro de prosa seca y directa como púas de una planta traicionera. Y lo que relata revuelve aún más las tripas cuando se es consciente de que se trata de un testimonio real.

El libro termina cuando Chukri ronda los veinte años. Luego vendría la milagrosa oportunidad de alfabetizarse, y más tarde, la decisión de plasmar sobre papel la vida grotesca a la que había sido condenado. Así, el prácticamente autodidacta Chukri pasaría a convertirse en un reconocido escritor que se codeó con monstruos de la época como Paul Bowles (que tradujo El pan a secas al inglés y sobre el que Chukri escribió un libro), Jean Genet o, incluso, Tennesse Williams.

La historia de Chukri impresiona por la increíble capacidad que tuvo este hombre de mandar a paseo el futuro tan negro al que parecía condenado por las circunstancias en las que la vida le había colocado. Pero insisto: El pan a secas se queda en lo que vivió el escritor antes de aprender a leer y escribir, los primeros episodios de una de esas vidas legendarias que dejan con la boca abierta. Luego vendrían otras obras autobiográficas que aún no he leído.