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martes, 28 de enero de 2020

Semana del cine #2: Diosas de Hollywood de Cristina Morató

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Solo para mitómanos




El cine es técnica y arte, pero también brillo, espectáculo, y a veces una máquina insaciable que consume ilusiones y hasta vidas, mientras amasa fortunas gigantescas. De este volumen, recién salido del horno, me interesó sobre todo el subtítulo. Que cuatro de las actrices más emblemáticas de Hollywood hayan sido retratadas “más allá del glamour”, es decir en su aspecto más humano, sonaba bastante tentador. Pero las expectativas se cumplen o no dependiendo de cómo sean de altas. Yo, lo confieso, esperaba algo más.
Cuatro vidas. Narradas con objetividad, ciñéndose a la documentación disponible sin especulaciones ni concesiones a la ficción. Algo que se agradece, pero quizá toda esa información podría haberse enriquecido con reflexiones propias y ajenas y con un panorama sociológico que sirviese de telón de fondo a un conglomerado de datos, más o menos interesantes, pero como colgados en una especie de vacío, sin base que los sustente más allá de la que cada uno pueda fabricarse a partir de sus conocimientos históricos. Se me ocurre que tampoco hubiese sido mala idea entrecruzar las vidas de las cuatro elegidas, que coincidieron en tiempo y lugar pero que, excepto alguna alusión aislada, parecen compartimentos estancos. Con esto pueden imaginar que si el texto no se reduce a una colección de sabrosos cotilleos es porque –como es de suponer– los lectores, en lugar de quedarse en la superficie, leerán entre líneas, relacionarán datos y sacarán sus particulares conclusiones.
La más evidente, tras leer las dos primeras biografías –Ava Gardner y Rita Hayworth– es que, contra lo que pueda parecer, el mundo no estaba a sus pies sino que eran ellas quienes rodaban por un suelo resbaladizo formado por la codicia de unos y la fantasía de los otros. Si a la primera se la conocía como el animal más bello del mundo, a Hayworth alguien la definió como “un animal de adorno”. Aunque algunas consiguieron zafarse de la tiranía de los productores y lograron imponer sus condiciones a los estudios, era difícil que estos renunciaran a controlar sus vidas, espiándolas y prohibiéndoles todo lo que consideraban perjudicial para los intereses de la casa. Como pueden imaginar, las joyas, ropa cara, fiestas y mansiones impresionantes no las convertían en autónomas, eran solo el envoltorio de lo que realmente estaban vendiendo: pura carne. A pesar de todo, Gardner acabó siendo lo que quiso: “Si tuviera que volver a vivir mi vida, la viviría exactamente igual. (…) Porque la verdad, encanto, es que he disfrutado de mi vida. Me lo he pasado en grande”.
Los excesos, la falta de estabilidad personal, la exposición continuada, la ambición desmedida las mantenían en constante ebullición, y probablemente tiene mucho más interés la zona oculta de esas vidas que las películas que llegaron a interpretar. En palabras de Kelly: “…aprendí mucho. Pero también encontré mucho miedo en Hollywood, miedo de triunfar y luego dejar de tener éxito. He dicho a menudo que era un lugar despiadado lleno de gente angustiada. Allí, la tristeza era como una espesa bruma que lo cubría todo”. Porque, maticemos, eran decisivos, tanto la extracción social como el temperamento y la capacidad de rebelarse. No es lo mismo proceder de un ambiente mísero, incluso haber sido maltratada, y encontrar la tabla de salvación en una industria que valora el físico por encima de todo, que tener verdadera vocación y luchar contra viento y marea, pero con el respaldo de un ambiente acomodado, para hacerse un hueco en la cúspide. Ese fue el caso de Grace Kelly y Liz Taylor, aunque tampoco ellas pudieron eludir el drama. Grace luchó toda su vida por conseguir la admiración de su familia, a Liz, su madre la convirtió en una diva infantil y fue víctima de su propio histrionismo, pero de algún modo ambas se salieron con la suya.
La caprichosa Liz, la desgraciada Rita, la indómita Ava, la convencional Grace. Vidas subordinadas a los hombres que amaron y a los dueños de los estudios. Siempre insatisfechas, obligadas a rivalizar, ambiciosas a pesar de ellas mismas. Eso es lo que transmiten estos más de cinco centenares de páginas, escritas sin nervio, en las que la huella personal de la periodista brilla por su ausencia. Así que, háganme caso, envuelvan el libro en papel de colores y regálenselo a su mitómano favorito. Seguro que se lo agradece eternamente.