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jueves, 25 de diciembre de 2025

LO MEJOR DE 2025

Un año más llega a las pantallas de los lectores ULADianos la lista que importa, la que todos estaban esperando, la lista para acabar con todas las demás listas: lo mejor del año para nuestros reseñistas. ¡Deseamos a todos los que nos acompañan unas Felices Fiestas, y un 2026 cargado de buenas lecturas!
 
Oriol:

Resumen del año: No he leído ningún libro imprescindible (salvo, quizá, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt). Aun así, he descubierto novelas, antologías y cómics notables, y he entrevistado a mi admirado Jared Roberts.

Libros que parecen escritos específicamente para mí: The Machine Stories, de Jared Roberts, With Teeth, de Christian Wallis, Yongüein’s Massacre, de Myke Babylon, La pianista, de Elfriede Jelinek, La bestia entre las sombras, de Edogawa Rampo, La estancia oscura, de Leonard Cline, y Paperbacks from hell, de Grady Hendrix.
Novelas destacables: Gente adinerada, de Joyce Carol Oates, y Posesión, de A. S. Byatt.
Novelas que logran dar una visión panorámica de su mundo: El gusano, de Luis Carlos Barragán, y La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek.
Antología destacada: Ni una palabra, de Caroline Blackwood.
Mejor novela gráfica: La formidable invasión mongola, de Shintaro Kago (aunque Insolitus Los reinos silenciosos, de VV.AA., están muy bien).
Mejor libro de no ficción: Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt.
Mejor volumen ecléctico: Madurar hacia la infancia, de Bruno Schulz.


Koldo:

Novelas: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau, Camino de sirga, de Jesús Moncada, y El siguiente en el paraíso de Marek Hlasko
Autobiografía (o similar): Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, En las kátorgas del zar, de H. Leyvik, y Triste tigre, de Neige Sinno
Cuentos: Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, y Mentirosos enamorados, de Richard Yates
Viajes: Los viajes de Júpiter, de Ted Simon
Poesía: Mientras tanto cógeme la mano, de Kirmen Uribe
Crónica (o similar): No matarían ni una mosca, de Slavenka Drakulic

Juan:

Un 2025 muy prolífico en lecturas, aunque como de costumbre y curiosamente (ignoro la causa), las mejores concentradas sobre todo en la última parte del año. A saber:

Libros de miedito: HEX de Thomas Olde Heuvelt, Negro tal vez de Attila Veres y Fundido a negro de Jesús Cañadas (éste, en libertad provisional).
Noir a pleno sol: Los niños están mirando de Laird Koenig y Peter L. Dixon.
Distopía chanante: La infancia del mundo de Michel Nieva.
Distopía no tan chanante: Las indignas de Agustina Bazterrica.
Cómic Novela gráfica más divertida del año: Consumida de Alison Bechdel.
Biografía: Revelando a Vivian Maier de Ann Marks.
Ensayos del año: Quiero y no puedo de Raquel Peláez, Pornocracia de Jorge Dioni López y (quizás) Catedral de escombros de Pedro Torrijos...
Una batalla tras otra: Se acabó el recreo de Darío Ferrari, Operación Apolo de Sergi Moyano Hurtado, El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano y Ovni 78 de los Wu Ming.
Novela por la que deberían darle al autor algún premio o algo: Tango satánico de László Krasznahorkai.

 

Francesc:

Ensayo: Sin centrarme en una obra específica, creo que el europeísmo escéptico/pragmático de Finkielkraut es algo que hay que reivindicar (porque hacerlo con Huxley ya sería demasiado, ¿no?)

Narrativa de largo: La obra de Catherine Lacey me ha ofrecido ciertas esperanzas.

Narrativa de corto: María Bastarós, una escritora que busca camorra (o sea, que no es de sofá, mantita y libro).

Expectativa superada (tanto con tan poco) :El comandante yanqui de David Grann

Expectativa defraudada (aunque temida): Sally Rooney en concreto con Intermezzo, pero creo que cualquiera serviría.

Comentario que no viene a cuento: alejaos, por favor, de libros que cuenten con esas irritantes fajas empeñadas en asignar y etiquetar. A la papelera, ya.

  

Marc:
Año flojo en cuanto a mi elección de las lecturas pero, aun y no habiendo acertado en general, sí hay algunos libros a destacar:

Libro del año: «Animals inexpressius», de Xavier Mas Craviotto
Ensayo del año: «La passió dels estranys», de Marina Garcés
Autobiografía del año: «Dietarios», de Mircea Cărtărescu
Experimentos exitoso del año: «La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas», de Gaétan Soucy, por el estilo y lenguaje utilizados, y «El volumen del tiempo», de Solvej Balle, por planteamiento y argumento.
Reencuentros satisfactorios: Philip Roth, Jon Fosse, Henrik Ibsen
Caerán más libros de: Pol Guasch, Xavier Mas Craviotto, Siri Hustvedt, Jon Fosse
Propósitos para el 2026: aumentar el ritmo de lecturas, más poesía y recuperar algun clásico pendiente

Félix:
Resumen del año: bastante bien hasta mitad de año, leyendo un par de imprescindibles y, en general, de todo un poco. Luego decayó en frecuencia y calidad, aunque dejando, todavía, algún que otro libro muy recomendable.

Top 3 del año: 
- Bella del señor, de Albert Cohen.
- Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau.
- Middlesex, de Jeffrey Eugenides, o El quinto hijo, de Doris Lessing.
Accésit: La higuera, de Ramiro Pinilla, Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, o la serie el Cuarteto de Buru, de Pramoedya Ananta Toer.
Cuento del año: El cuento más hermoso del mundo, de Ruydard Kipling.
Ensayo del año: hago trampa porque es una relectura, pero la maravilla de Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, no puede obviarse nunca.
Cómic del año: El Eternauta, de Oesterheld y Solano López.
Decepciones (sonadas): 
- El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas (por el tema y las ínfulas que se carga el texto).
- La invención de todas las cosas, de Jorge Volpi (ni ganas de reseñarlo me dan).
- El ayudante, de Robert Walser.
Lo leí aunque casi lo tiro por la ventana: Cómo leer y por qué, de Harold Bloom.
Abandonos: Hay ríos en el cielo, de Elif Shakar (por tratarme de tonto varias veces).
Amor-odio excesivo: los dos libros de Renaissance, de J.J. Lucas.
Descubrimientos: Albert Cohen, Pramoedya Ananta Toer, Olaf Stapledon, Ramiro Pinilla.
Constatación de lo pésimo que es el marketing para la calidad de una obra: los pesos pesados de la literatura argentina contemporánea.
Esperanza del 2026: leer algo del calibre de Bella del señor o Minimosca.

Carlos:

En un año que en general ha sido de lecturas más bien flojas, esto es lo poco que he podido rescatar:

Novela: La aventura de un fotógrafo en La Plata, de Adolfo Bioy Casares; La guerra de nuestros antepasados, de Miguel Delibes; El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Al final tres clásicos, o casi.
Novela gráfica (y quizá descubrimiento del año)El color de las cosas, de Martin Panchaud
Novela corta: Relato soñado, de Arthur Schnitzler
Humor: Alacranes en su tinta, de Juan Bas
Autobiografía: Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino
Música: Quadrophenia, de Àlex Oró
ClásicoEl crimen de Lord Arthur Savile, de Oscar Wilde
Ensayo ligero (pero muy logrado): La radio puesta, de Javier Montes
Libro de relatos: Lazos de familia, de Clarice Lispector (reseña en breve)
Y por no dejarlo con apariencia tan limitada, haré mención a otros tres que se quedaron cerca del galardón, quizá un pasito por detrás: La liebre con ojos de ámbar, de Edmund De Waal; El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz; Crónica de Dalkey, del admirado Flann O´Brien

Alain:
Este año, trabajar en el blog me produjo muchas satisfacciones: poder entrevistar a escritores y artistas, enfocarme en la lectura y la escritura, trabajar en una app del blog (solo disponible por el momento en App store, esperen un poco más para usarla en Android), y lo más importante, pertenecer a una comunidad de amantes de la literatura y de la creación humana. A pesar de que las vistas del blog son mínimas comparadas con booktokers, booktubers, bookstagramers…, hemos mantenido un año más la independencia y la honestidad en las reseñas. Cuando el internet y las redes sociales exploten debido a la inteligencia artificial y a los intereses de esos billonarios hijos de puta, aquí seguiremos. ¡Qué chinguen a su madre los que usan la IA para socavar la creatividad humana, y que chingue a su madre Elon Musk!

Aquí mi resumen del año:
Texto revelador: Historia general de las drogas, Antonio Escohotado.
Noir que me regresó la esperanza en este género: El gran desierto, James Ellroy.
Descubrimiento: La obra de Shintaro Kago (por cortesía de Oriol). Pueden ver una entrevista con él aquí.
Libro contra el que tenía un prejuicio y me sorprendió: The stand, Stephen King.
Decepción por hacerle caso a las voces de las masas: Cadaver esquisito, Agustina Basterrica.
Libro con sountrack: Héroes del Blues, Jazz y Country, Robert Crumb.
Relecturas que me conmueven como la primera vez: Mañana en la batalla piensa en mi, Javier Marías; El juego de Abalorios, Hermann Hesse; Música de cañerías, Charles Bukowski.
Adaptada al cine con spice lésbico: Arenas movedizas, Junichiro Tanizaki.
Decepción del año: Retratos de jazz, Haruki Murakami y Makoto Wada

José Miguel:
Estimados seguidores de Ulad, en estas fechas tan señaladas me llena de orgullo y satisfaccion entrar en vuestros hogares para dejaros mi lista de mejores lecturas del año.

Novelas:
Calabobos de Luis Mario. Original, delicada, poética.
Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Hipnótica. Cómo he podido desconocer esta maravilla? 
Cuentos:
60 relatos de Dino Buzzati. Inquietantes, desasogantes y muy bien escritos.
Cuentos de Pio Baroja. Sólo por la preciosidad de Mari Belcha, ya merece la pena volver a Baroja.
Ensayo:
Mapa de soledades de Juan Gomez Barcena. Barcena hace tiempo que dejo de ser una joven promesa. Siempre buscando nuevos temas y nuevos enfoques. Muy recomendable cualquier novela suya.
El hombre horizontal de Bruno Remaury. Cuestionando el espacio q ocupa el ser humano en este mundo enloquecido.
Clasico incontestable:
Almas muertas de Nicolai Gogol. Ahhhh, los rusos.
Decepciones (no hay que comprar a lo loco):
Bruno Schulz, Madurar hacia la infancia. En la pagina 429 nos da la clave de su escritura "el tema como siempre, sin importancia y dificil de narrar". Pues, no esperes a la pagina 429 para decirnoslo, avisanos en la 1.
Adan y Eva de Aarto Paasilina. Humor finlandes, no trasladable a estas latitudes. Si ellos se rien con esto, es que somos muy, pero que muy diferentes.

Pues eso es todo. 
Felices fiestas y buenas lecturas para el proximo año.

Santi:
Un año muy irregular en cuanto a lecturas: un verano inusualmente descansado en el que por fin pude leer hasta (casi) hartarme, y un resto del año usualmente ocupado en el que casi solo he (re)leído lo que me exigía mi trabajo. A pesar de ello, ha habido unas cuantas muy buenas lecturas, y otras más decepcionantes... Aquí va mi lista: 
 
Mejores novelas: Todo empieza con la sangre de Aixa de la Cruz, Limpia de Alia Trabucco Zerán, El acontecimiento de Annie Ernaux
Mejor 2x1: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Linea nigra de  
Mejor cuento: "El ojo en la garganta", incluido en El buen mal de Samanta Schweblin
Mejor libro de poesía: Amor y pan de Paula Melchor 
Mejor ensayo: Lo que una ama de Miren Billelabeitia
Clásico recuperado: Tea rooms de Luisa Carnés
Clásico que no me convencióTodos los nombres de Saramago 
Decepción del año: La península de las casas vacías de David Uclés

sábado, 13 de diciembre de 2025

Philip Roth: Sale el espectro

Idioma original: inglés
Título original: Exit Ghost
Traducción: Jordi Fibla en castellano para Random House
Año de publicación: 2007
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

En la vorágine de publicaciones editoriales, donde cada día aparecen nuevos, uno puede caer en el error de centrarse solo en el presente y olvidar que hay grandes autores de nuestro pasado más reciente que todavía tienen obras no reseñadas en ULAD, como es el caso que nos ocupa. Y a ese defecto hay que hacerle enmienda porque Philip Roth es uno de los grandes escritores de la narrativa norteamericana y eso se percibe claramente en este libro por su un estilo firme, sobrio y sin fisuras.

En el libro que nos ocupa, Roth vuelve a recurrir a su alter ego Nathan Zuckerman para escribir un relato que nos habla de la vejez, de la atracción, de la nostalgia y de la lucha por defender el honor de las personas que admiramos. Con ese propósito, el autor empieza el relato situando a su protagonista en Nueva York, ciudad que abandonó once años atrás para ir a vivir a una casita junto a la carretera, alejado de las personas y de la tecnología, dedicándose a escribir la mayor parte del día. Así, su retorno a la gran manzana es promovido por la necesidad que tiene de una intervención prostática, pues su avanzada edad pasada la setentena le está empezando a hacer mella en su salud. Una visita que es tan temporal como pensaba, pues la partida de su bucólico hogar para trasladarse a la gran ciudad le revitaliza y le estimula, porque tal y como afirma, «cuando llegue a Nueva York, en cuestión de horas la ciudad hizo conmigo lo que hace con la gente: despertar las posibilidades. La esperanza resurge». Una esperanza que se magnifica cuando topa por casualidad con un anuncio en el que una pareja de escritores quiere hacer un intercambio de casa con alguien que viva alejado de la ciudad; así que Nathan se presta a ello a la vez que, sin desearlo ni tan siquiera darse cuenta en aquel momento, queda prendado de la propietaria de treinta años del piso que va a intercambiar. Una primera impresión que impacta profundamente a Nathan, pues tal y como confiesa, «ejercía sobre mí una enorme atracción, una enorme atracción gravitacional sobre el fantasma de mi deseo».

A partir de aquí, vamos viendo los motivos por los que abandonó Nueva York a la vez que nos va introduciendo en una trama de indagaciones periodísticas que remueven su pasado. De esta manera, la novela avanza en diferentes frentes, todos ellos entrelazados y sumamente interesantes pues Roth es muy bueno tejiendo historias, pero también construyendo personajes; este aspecto se pone también de relieve en esta novela pues consigue atrapar al lector desde un inicio, con una trama multicapa de fácil acceso en la que el lector se sumerge de manera irremediable contagiándose del devenir de la vida de Nathan. Roth sabe cuándo frenar y cuando acelerar, donde dejar esos puntos de enganche que tiran del lector hasta llevarlo a donde él pretende, y la trama gira en torno a Zuckerman en forma de una espiral a la que uno es arrastrado llenándose y empatizando con la historia narrada. Porque aquí Roth nos habla de misterios, de deseo, de política, de la Nueva York post 11-S que sobrevuela de manera constante a lo largo de la novela («después del 11-S, cerré la caja de las contradicciones»); nos habla también del paso del tiempo en uno mismo que lo acerca a la vejez, de la salud, pero también de la vigorosidad, de la sociedad y su tendencia a admirar la novedad. 

Con todo ello, Roth escribe un relato que conforma una suerte de triángulo entre una joven, un periodista osado y un escritor ya fallecido. Y la verdad es que se desenvuelve realmente bien desplegando en el relato su habilidad para tejer personajes con claroscuros, historias en apariencia simples pero narradas con toda la meticulosidad que demandan y un estilo que lo envuelve de cierto aire clásico que lo reafirma como uno de los grandes escritores norteamericanos.

Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí

lunes, 23 de junio de 2025

Russell Banks: Los abandonos


Idioma original: 
inglés

Título original: Foregone

Año de publicación: 2022

Traducción: Benito Gómez Ibáñez

Valoración: bastante recomendable 

 

Esta es la penúltima novela de su autor, que falleció en 2023 sin disponer de la repercusión de otros novelistas estadounidenses de, vamos a decirlo así, primera línea, como Cormac Mc Carthy o Philip Roth. Y he de reconocer  que la lectura de Los abandonos me ha planteado una duda algo reincidente sobre la cuestión del panorama literario de su país: si, como se suele repetir, se trata de un mundo que basa su enorme repercusión en su poderoso aparato promocional- premios, publicaciones, potentes grupos editoriales o si, como a menudo me inclino a pensar, se trata de una sociedad que, dentro de sus defectos y contradicciones, atesora las circunstancias propicias para generar un ecosistema donde hasta algunas de sus figuras secundarias pueden llegar a tener destellos de mucho calado.

Esto es lo que me ha sucedido con Banks, y aunque Los abandonos dista de ser una novela deslumbrante a la primera sensación, pasados unos días y a la hora de afrontar esta reseña, dispone de una persistencia que, frente a la capacidad reciente de demasiadas novelas de ser leídas y olvidadas con semejante facilidad, obra mucho en su favor. No solo eso, esa perspectiva la enriquece y la hace acumular algo así como capas de consistencia y cohesión. Con lo cual, lo que podríamos simplificar como una novela de situación se proyecta en varios ámbitos y abarca desde cierto prisma político a una crítica social retrospectiva e incluso un agrio cuadro de cómo la sociedad de hoy en día amortiza y exprime a sus mitos en aras de una supuesta coartada artística.

Leonard Fife se encuentra en los últimos días de su existencia. Atendido por una enfermera que se ocupa de él ante la mirada circunspecta de su esposa, se ha prestado a otorgar una larga entrevista para un documental que resumirá su existencia: huyó de Estados Unidos hacia Canadá para librarse de ser alistado en la guerra de Vietnam e, instalado en el país vecino, dedicó su vida a la producción de documentales de fuerte y polémico contenido progresista que hicieron de él una celebridad, de ahí que se halle rodeado de focos, cámaras, en un diálogo discontinuo con sus entrevistadores pues sus fuerzas ya han empezado a flaquear. Fife decide desnudar su alma a través de esas entrevistas, una decisión que se manifiesta con la contundencia y determinación de aquél a quien el tiempo se le escurre, pero que queda matizada por todo lo que concurre en esa confesión: sus polémicas decisiones vitales, la vida que dejó atrás cuando decidió cruzar la frontera, sus parejas, sus hijos, el supuesto conflicto de intereses entre el compromiso político de una cierta época y los miedos íntimos y personales. El libro traza idas y venidas que podremos achacar a su propia personalidad, a su legítimo deseo de quedar en paz consigo mismo y con aquellos a quien pudo causar daño. Banks pudo tomarse todas las licencias del mundo, desde saltos temporales de décadas atrás y adelante desde la habitación medicalizada, hasta pasajes que parecen devaneos o incluso delirios combinados por las trampas de la memoria y los efectos de los medicamentos paliativos del dolor. Ese juego aporta una enorme profundidad a la novela, que tan pronto puede interpretarse como una agria crónica de la decadencia física como de una puesta un contexto de unos ideales, los de los finales de los sesenta, llenos de trampas y contradicciones.

lunes, 27 de enero de 2025

Colaboración: Me casé con un comunista, de Philip Roth

Idioma original: Inglés

Título original: I Married a Communist

Año de publicación: 1998

Traducción: Jordi Fibla

Valoración: Muy recomendable


Hace once años me hice con la Trilogía americana de Philip Roth, en el volumen de Galaxia Gutenberg para el desaparecido Círculo de Lectores, con la ilusión de leer por primera vez a uno de los mejores novelistas de Occidente (el mejor, según algunos). Y empecé por Pastoral Americana, que me pareció una novela de calidad desigual, lenta y anodina. De modo que, decepcionado con la obra y con el escritor, dejé el volumen en el estante por años y años. Pero un libro en la biblioteca de un lector, virgen en 2/3 de su lectura completa ¿no es a la vez un reto y un pequeño deshonor? Roth merecía una segunda oportunidad. 

Por medio del anciano Murray Ringold, años atrás brillante profesor de lengua y literatura inglesas del joven Nathan Zuckerman  -supuesto alter ego de Roth- se nos narra en retrospectiva la historia de Iron Rinn - Ira Ringold, un mocetón de más de 1,90 m, hermano del primero y, como él, criado en un barrio duro de Newark, Nueva Jersey: obrero y cavador de zanjas, seductor, soldado, un tanto violento, polemista a veces un tanto inoportuno y apóstol ferviente de la religión de Lenin en la América de finales de los 40 y los 50, allá cuando la persecución ideológica y las listas negras. Ira se convierte en la popular estrella improbable de series radiofónicas y llega a codearse con los más florido del mundo artístico de los EEUU, sin perder por ello ni sus ideas ni, en gran parte, su desastrado estilo.  

Roth no deja de ser Roth, de modo que la lectura de esta obra puede no ser del todo recomendable para quienes prefieran un discurso más ligero o un relato en el que los diálogos agilicen con frecuencia la trama. Incluso visualmente, las páginas se llenan de renglones de extremo a extremo. Hay pocos puntos y aparte, pocos diálogos en un trabajo que, si bien se extiende algo más de lo deseable -a entender de quien escribe esta reseña- es sólido, está bien estructurado y retrata, de forma verosímil y convincente, a hombres y mujeres de toda laya y estilo en un país y en un momento histórico concretos. Las piezas de la historia encajan mejor que las de Pastoral. Y es que, según avanzan las páginas, no te cabe duda de que estás leyendo a un novelista de raza. 

Eso sí, prepárense para una sobredosis de EE.UU. de América –salpimentada de la cuestión identitaria judía.- Quizás este exceso sea el fruto o la consecuencia de un conjunto heterogéneo y sin embargo compacto, del gran retrato de una nación en esplendor, poco porosa a influencias externas. No en vano, estamos en el corazón de la trilogía americana.

Pero la historia de Ringold trasciende la creación y el arte y sin ser, digamos, una novela-protesta, refleja con maestría las tensiones expresas y ocultas de una sociedad fragmentada, las diversas circunstancias de las personas y, en suma, sus distintos modos de afrontar el mundo, con personajes sólidos y psicológicamente bien definidos. 

Una obra de factura al alcance de pocos, pero de las que no suelen contentar a todo el público. En mi opinión y en esta ocasión, Roth deja clara su madera de gran novelista, de constructor de retratos completos y creíbles, en un trabajo estético e inteligente.     

Firmado: Francisco Marín

Muchos libros de Philip Roth reseñados en ULADaquí

miércoles, 17 de mayo de 2023

Christopher Lasch: La cultura del narcisismo

Idioma original: inglés
Título original: The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations
Traducción: Jaime Collyer, para Capitán Swing
Año de publicación: 1979
Valoración: recomendable, con matices


En los tiempos actuales donde la cultura del yo, la explotación de la propia imagen, la superficialidad y la vacuidad están en claro aumento, uno debe tomar cierta distancia para ver de dónde surge todo este declive social. Y justo la editorial Capitán Swing debió pensar lo mismo porque este libro ha sido publicado recientemente pese a haber sido escrito a finales de los años setenta. 

De todos modos, conviene alertar al lector ya desde un inicio, por aquello de la gestión de las expectativas. Porque este libro no trata el narcisismo como lo tenemos entendido, pues en 1979 no existe internet ni las redes sociales y por tanto no hay un mundo virtual de escaparates donde mostrar, exhibir y enmascarar nuestras pretendidas y pretenciosas vidas, sino que lo que trata el libro, y uno lo intuye a medida que lee el libro y lo constata en el posfacio lo deja muy claro es en el que el propio autor indica que «la cultura del narcisismo» no fue pensado sobre la «década del yo» (…) surgió de un ensayo acerca de la familia norteamericana, ‘Heaven in a Heartless World’ (…) en el cual había llegado a la conclusión de que la importancia de la familia estaba decayendo de forma sostenida en nuestra sociedad y desde hacía más de cien años (…) ‘La cultura del narcisismo’ fue un intento de analizar esas repercusiones». Así que confirmadas las sensaciones de la lectura, y matizadas las expectativas de entrada, vayamos a lo que el libro expone.

Es difícil entender una situación actual sin echar la vista atrás, y es con ello que el autor constata que «la devaluación del pasado se ha transformado en uno de los síntomas más relevantes de la crisis cultural de la que se ocupa este libro, que a menudo se apoya en la experiencia histórica para explicar lo que está errado en nuestros esquemas actuales. En un análisis a fondo, esa negación del pasado (…) encarna la desesperación de una sociedad incapaz de enfrentar el futuro» porque «a mediados de los sesenta (…) hubo un reconocimiento creciente (…) de que la crisis personal , en la escala a que había llegado, representaba una cuestión política por derecho propio y que un análisis a fondo de la sociedad y la política contemporáneas debería explicar, entre otras cosas, la razón por la que se ha vuelto tan difícil lograr un crecimiento y un desarrollo personales; por qué vive nuestra sociedad obsesionada con el temor a madurar y envejecer; por qué las relaciones personales se han vuelto tan frágiles y precarias, y por qué la ‘vida interior’ ya no ofrece ningún refugio ante los peligros que los rodean». 

Por ello, el ensayo aborda la cultura del narcisismo desde distintos ángulos que retratan las causas de sus males:

  • El arte: el autor nos habla de «escritores confesionales» como Mailer, Philip Roth, pues «estos escritores suelen retroceder a la parodia de sí mismos, afanosos por neutralizar las críticas anticipándose a ellas. Se esfuerzan por encandilar al lector en lugar de afirmar la significación de su propia narrativa» y cita a Ibsen quien afirmaba que «la ilusión que quería crear era la de realidad» (…) «en el siglo XX, los dramaturgos de vanguardia piensan que la realidad en sí es una ilusión» (…) «los escritores modernos han revertido la fórmula de Ibsen: desean recrear en sus obras la realidad de la ilusión».
  • La tecnología como amplificador del narcisismo, y cita a Sontag al apuntar que «la proliferación de imágenes grabadas socava nuestro sentido de la realidad», mientras afirma que «las cámaras y los magnetófonos no solo transcriben la experiencia, sino que la modifican, transformando buena parte de la vida moderna en una gran cámara de resonancia o sala de espejos».
  • La publicidad, una maquinaria capitalista que «sirve no tanto para publicitar productos como para promover el consumo como estilo de vida» y que utiliza hábiles recursos pues «la propaganda no se vale de los hechos para validar un argumento, sino para ejercer presión sobre las emociones. Lo mismo vale, con todo, para la publicidad» y, de manera acertada, afirma que «la publicidad moderna (…) busca crear necesidades, no satisfacerlas; genera nuevas ansias y no mitiga las anteriores».
  • El deporte, la gran cultura de masas que ha involucionado y traicionado sus principios básicos de ocio y diversión convirtiéndolo en una competición hostil de manera que «la violencia y el fanatismo observables en los deportes modernos llevaron a algunos críticos sociales a insistir en que la actividad atlética difunde valores militaristas entre la juventud, inculca irracionalmente el orgullo local y nacional de los espectadores y opera como uno de los bastiones más fuertes del machismo».
  • La enseñanza, en alto declive cultural, pues «la sociedad moderna ha alcanzado índices sin precedentes de alfabetízalo formal, pero ha generado al mismo tiempo nuevas formas de analfabetismo. La gente resulta cada vez más incapaz de emplear el lenguaje con facilidad y precisión (…) de efectuar deducciones lógicas, de entender un texto que no sea sumamente rudimentario».
  • La educación, pues el autor afirma que «a finales de los años treinta y la década de los años cuarenta la difusión de la enseñanza progresista y de versiones degradadas de la teoría freudiana trajo consigo una reacción a favor de la ‘permisividad’. Los horarios de nutrición dieron paso a la alimentación a libre demanda; ahora todo debía adaptarse a las ‘necesidades’ del niño». De igual manera, cita a Arnold Rogow quien opina que «a los padres contemporáneos, alternativamente ‘permisivos y evasivos’ al lidiar con los jóvenes, les ‘resulta más fácil lograr la conformidad mediante el soborno que enfrentarse al torbellino emocional que implica no aceptar las exigencias del niño». 
  • La producción económica, pues debido a la socialización de la producción, «debemos considerar que la apropiación de la escuela de muchas funciones formadoras que antes acometía la familia, incluidos el entrenamiento manual, las labores domésticas, la enseñanza de la moral y los buenos modales y la educación sexual» tal y como apuntan dos líderes educacionales en 1918 al afirmar que «los cambios sociales, políticos e industriales han impuesto a la escuela responsabilidades que antes descansaban en el hogar. Hubo una época en que la escuela debía impartir, sobre todo, las bases del conocimiento; ahora está al cargo de la formación metal, física y social del niño». Así, «el niño es, como ciudadano, un activo del estado, no la propiedad de sus progenitores. Por ende, su bienestar es preocupación directa del Estado». Por ello, Lasch afirma que «el capitalismo evolucionó hacia una nueva ideología política, el liberalismo del bienestar, que absuelve a los individuos de toda responsabilidad moral y los trata como víctimas de las circunstancias sociales» pues «a medida que la nueva élite desecha la perspectiva de la nueva burguesía, no se identifica con la ética del trabajo y de la responsabilidad que conlleva la riqueza, sino con una ética del ocio, el hedonismo y la realización personal».
  • El poder político y económico, que oprimía a las mujeres pues «la tradición de la galantería enmascaraba, y hasta cierto punto mitigaba, la opresión estructural de la mujer. Los hombres monopolizaban el poder político y económico y hacían más digerible su dominio de la mujer rodeándola de un complejo ritual de deferencia y politesse».

Cabe decir, que el autor se apoya mucho (quizá en exceso) sobre teorías freudianas que ejercen sobre el ensayo un sesgo evidente al tratar sobre la modificación de roles familiares en caso de padres ausentes y en las que se proyecta y atribuye a los niños cualidades o roles correspondientes a los progenitores que se acercan en exceso a patologías que van mucho más allá del narcisismo que podríamos tener en mente. Tal es así que en su análisis sobre el narcisismo afirma que «el niño imagina que la madre ha digerido o castrado al padre y genera la fantasía grandilocuente de sustituirlo, alcanzando la fama o uniéndose a alguien que represente una modalidad caliza del éxito, para generar una reunión extática con la madre» y menciona las tesis de Heinz Kohut quien afirma que el hecho de que la madre tome consciencia de su falta de conocimiento sobre cómo educar correctamente a los hijos causó que «a medida que el niño comienza a percibir las limitaciones y la falibilidad de la madre, renuncia a la imagen de perfección materna y comienza a asumir muchas de sus funciones: a proveerse por sí mismo de cuidados y comodidades» mientras que la madre narcisista «como tiende a percibir a su hijo como una extensión de sí misma, le prodiga atenciones ‘extrañamente desligadas’ de las necesidades del niño, proveyéndolo de una serie de cuidados, aparentemente solícitos aunque en realidad muy poco cálidos».

Debo reconocer que el ensayo es denso, pues contrapone a menudo las tesis y opiniones de diferentes psicólogos provocando que la lectura requiera de cierta pausa y un supuesto bagaje o conocimiento en la materia. Por ello, en resumidas cuentas, podríamos decir que el ensayo escrito por Lasch va mucho más allá del narcisismo y trata especialmente sobre sus causas, profundamente arraigadas a la pérdida de valores, a la crisis personal y a la pérdida de la autoridad paterna provocando una gran pérdida de valores sociales, declive de la enseñanza y la cultura y una conversión (y degradación de los principios fundacionales) del deporte en un puro espectáculo alimentado y nutrido de capitalismo a través de grandes corporaciones empresariales. Tal es así que, a pesar de su inefable interés, los temas expuestos y su enfoque no siempre van ligados al narcisismo como origen o incluso consecuencia, sino de manera tangencial y cohabitante con ello y más que un análisis de un momento concreto trata el desarrollo de los conceptos ligados a la formación humana en un trazado a lo largo de varias décadas del siglo XX.

Radical en su planteamiento controvertido, Lasch es contundente en su exposición cuando afirma que «la gente se aferra a la ilusión de la juventud hasta que ya no es posible sostenerla, punto en que debe asumir su condición de inútil o hundirse en una sombra desesperación» y cita a Sheehy quien propone «que la gente se prepare para la madurez y la vejez de modo tal que pueda eliminarse la de la escena sin mucho escándalo». Quizá demasiado radical, pero un gran contrapunto de humildad ante tanto narcisismo.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Lo mejor de 2022

Un año más nos obstinamos en ir contracorriente, en llegar de los últimos para desmentir a muchos de los medios cautivos de jamones, lotes de Navidad y transferencias a cuentas cifradas en paraísos fiscales. También aclaramos que estas son nuestras lecturas durante el año, y que si se nos cuela algún libro inencontrable de hace cuatro décadas, seamos o no conscientes de ello, no nos culpéis. Es el amor a la literatura, que nos ciega con sus fogonazos.

Dicho ello:

La lista de Juan

Año de muchas y buenas lecturas, aunque quizás pocas que hayan destacado del resto. Por eso, me vais a permitir que desgrane mis mejores lecturas a base de tríos...


La lista de Koldo

Curiosamente o no, pocas novedades de 2022 en mi lista de mejores lecturas del año:


La lista de Santi

Año de muy pocas lecturas, pero algunas que me han hecho disfrutar soberanamente:


La lista de Oriol


La lista de Marc

Un año irregular en cuanto a lecturas, que no contaría entre mis mejores. Mejor en ensayo que en ficción, en líneas generales. Aún así, hay libros y autores a destacar en todos los géneros:
Propósitos para el 2022: más poesía, (aún) más ensayo y más literatura infantil


La lista de Montuenga

Lo mejor

Lo peor


La lista de Carlos

Entre medio, algunas cosas que han quedado cerca de esta lista de destacados, y otras inevitablemente prescindibles, regulares o más o menos decepcionantes. Como siempre, vaya. Veremos lo que está por venir.


La lista de Nieves J.

Destaco dos novelas: Josefine y yo (intimista) de Hans Magnus Enzensberger y El tren de la última noche (género histórico) de Dacia Maraini

La lista de Francesc Bon

Confirmando que las situaciones personales afectan a las lecturas, no recuerdo año en que haya leído tan poco y peor. Así que mis referencias del año serán pocas y al ralentí:

Tostonazo, de Santiago Lorenzo, me confirmó en los términos que esperaba, más o menos, que sigue siendo, con su estilo naïf y pasota, de los pocos escritores locales capaces de definir una carrera. No me hagáis mencionar todos los que no, por favor.

Si digo que acusé la falta de munición de alto calibre en Aniquilación, igual soy un poco injusto, pero es que venimos de cotas muy altas (ejem, casi siempre) con Houellebecq. Sigue siendo un placer y un autor único, pero, a lo mejor, se nos está ablandando. Será como el del dicho. - ¿Cree Vd. en Dios? - Cuando estoy enfermo.

Demasiado terreno conocido: reseñar a Kapuscinski, Foster Wallace, Vila-Matas o Philip Roth (otra vez) es demasiado indicativo de que la cosa no ha ido como debía.

Como, a veces, la ficción se espesa en un cerebro algo angustiado, los ensayos o crónicas de corte investigador me han resultado (aunque acusé su extensión) muy útiles: El Imperio del Dolor o Solo la verdad obraban a distintos niveles su efecto: hay que controlar los poderes, manifiestos u ocultos, que nos rodean.
Y me han dicho que no tiene sentido comentar tanto abandono. Por este año, obedezco.



lunes, 31 de enero de 2022

Philip Roth: Patrimonio. Una historia verdadera


Idioma original:  inglés

Título original: Patrimony. A true story.

Año de publicación: 1993

Traducción: Ramón Buenaventura

Valoración: muy recomendable

Haré un esfuerzo titánico por no blandir esta reseña al lamentablemente nutrido grupo de los escritores asidos a la nostalgia. Ese deprimente club que resulta ser el preferido de una estimable masa lectora. Pero es que Philip Roth consigue tratar un texto de un tema tan peliagudo (el declive físico y fallecimiento de su padre Herman Roth) combinando versatilidad como escritor y a la vez fidelidad al estilo que marcó su obra de ficción, obviamente eligiendo un tono aquí más comedido, pero sin caer en el artificio de la solemnidad sobrevenida, ese lastre que señala de forma implacable a los impostores (me ciño a mi promesa) que parecen sacar la caja de kleenex sobre la mesa cuando se ponen serios como para proclamar que ahora toca llorar.

Y puede que Philip Roth no cuente en su obra con ninguna descollante obra maestra de las que salen en las listas de los xxx mejores libros del siglo, pero ya va una serie de obras suyas que, en su conjunto, integran una aportación descomunal a la literatura contemporánea. Por compararlo con (este aún vivo) otro eterno aspirante al Nobel como Don De Lillo: Roth no tiene una obra tan brillante como Ruido de fondo ni tampoco una piedra en el zapato como Cosmopolis o Body Paint. Y menciono esta última porque cuando intenté leerla siempre acudía a mí un pensamiento algo incorrecto: ¿a mí que me importan las vidas de estos dos viejos? 

Pues con Roth esto no ha sucedido: Patrimonio, que para más inri es una obra de corte autobiográfico, ergo no cuenta con la licencia creativa de diseñar personajes que atraigan al lector, nos presenta a un anciano de ochenta y seis años que lleva varios años viudo. Que empieza a apreciar el deterioro físico y que se muestra reticente a generar molestias, aceptando a regañadientes (y por el camino comportándose como un hombre algo arrogante y escéptico) someterse al cruel vía crucis de los especialistas médicos hasta que, a pesar de los denodados y piadosos esfuerzos de los familiares por atenuar las malas noticias, conoce sin lugar a dudas su condición de enfermo de muy mala expectativa. Nos presenta a Philip Roth, su hijo, bregando con la situación, encargándose en primera persona de los aspectos logísticos, absorto en ello hasta el punto de ser incapaz de leer, de escribir, representando un papel realista y cariacontecido, no abrumado, no angustiado, sino dando testimonio de una envidiable madurez que trasluce en una prosa espléndida, de una naturalidad y una pasmosa cercanía con el lector. Un lector que no puede ser universal, porque este no es un libro para cualquier ocasión ni para todas las circunstancias, pero que asiste aquí, de una manera inesperada, a un magistral ejercicio de introspección.

Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí

martes, 30 de noviembre de 2021

Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas

Idioma original: inglés
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Una Tochoweek es la pesadilla de cualquier reseñista acostumbrado a extenderse en las reseñas. Pero este humilde lector no podía falta a la cita, y aquí estamos con el último libro publicado de uno de los grandes novelistas estadounidenses, uno de los autores que siempre constan en la lista de escritores de La Gran Novela Americana (ahí estarían Pynchon, también DeLillo y los ya fallecidos David Foster Wallace y Philip Roth, entre otros). Y es que ambición no le falta a Franzen (tampoco talento), pues este libro de aproximadamente setecientas páginas es el primero de una trilogía de nombre pomposo («A Key to All Mythologies», en referencia a Middlemarch) y que, partiendo de este libro situado en los años 70 le seguirán el segundo donde la acción tendrá lugar a finales de siglo XX para culminar la trilogía con el último volumen ambientado cerca de nuestros días. Pero vayamos a ello, que los temas que trata no son pocos.

Con esta ambiciosa novela, Jonathan Franzen arranca su tour de force sobre las mitologías entendiendo como tales las creencias irracionales con relación a la religión y las creencias personales. Franzen ubica a sus personajes en New Prospect, una pequeña comunidad del Medio Oeste donde Russ es el pastor. Así, la religión los envuelve a todos en su día a día y en sus principios morales, aunque de diferente manera y con diferente calado, pero es indudable que la religión y la ética en el comportamiento humano sobrevuela toda la narración y la engloba y la ciñe en su circunspección. Y el autor busca con ello la confrontación entre ideas y modos de vida descomponiendo su aproximación en los diferentes personajes que conforman la familia Hildebrandt, núcleo de la trama argumental de la novela: el padre, Russ, pastor de una iglesia protestante casado con Marion, pero que siente cierta atracción por Frances, una mujer recién enviudada de la congregación. También están los hijos: Clem, el hijo mayor que vuelve de la universidad, la popular Becky, capitana del equipo de animadoras y la niña de los ojos de su padre, Perry, el hijo postadolescente con gran intelecto pero también con tentaciones poco saludables y cierto aire nihilista y Judson, el pequeño y el gran olvidado. Y, por si personalidades tan dispares no fueran suficiente munición para la batalla ideológica y moral que plantea el autor, además añade a la «fiesta» un rival en la congregación de nombre Rick Ambrose y el ingreso a Encrucijadas (grupo dentro de la iglesia en el que acuden jóvenes) de Becky que coincidirá allí con su hermano Perry. Rick Ambrose con quien Russ choca de pleno, por un episodio pasado que marca su relación a pesar de que «las maneras de orientarse de cada uno se complementaban, las de Ambrose entraban más en el plano psicológico y de calle, las de Russ más en la política y con un sesgo más bíblico». Y claro, todo ello en vísperas de Navidad, en el 1971, en una época donde la moralidad y la ética debían medirse en un mundo poblado de drogas y una guerra del Vietnam que marcaba las vidas de toda una generación.

A partir de las diferencias entre las diferentes personalidades, aparecen las fricciones que dan peso al argumento de la novela, porque no es lo sucede o pasa, sino cómo sucede y cómo lo hace y encaja dentro de la manera de ser de cada uno. Porque Franzen se muestra cómodo en la incomodad de sus personajes, en sus crisis existenciales y personales que el autor va desgranando poco a poco. Así, el ingreso de Perry en el grupo Encrucijadas y su coincidencia con Becky da pie a un enfrentamiento dialéctico entre ambos en la que el autor encuentra perfectamente el tono, pues Perry y su visión nihilista y pesimista, alguien muy inteligente, que «podía ser igual o mejor que ellos. Nadie podría retener en los pulmones una calada más tiempo que él, nadie podía beber más sorbos de alcohol que él sin farfullar, nadie conocía más palabras en inglés»; Perry, con su visión crítica y cínica del mundo, que le lleva a cuestionarse si cuando alguien hace el bien en el fondo no lo hace por un acto de egoísmo pues al sentirse bien consigo mismo (o incluso buscando la vida eterna) obtiene un beneficio propio al hacerlo. Y ese espíritu crítico y directo choca de manera frontal con Becky, la líder, su atractiva hermana que todo el mundo conoce, pues «en New Prospect el nombre de Becky Hildebrandt era mágico en el sentido más estricto, mencionarla era la garantía de que la participación en una fiesta será máxima». Becky, que no soporta a su padre. Becky, que recela de su hermano y en el espacio de confianza y sinceridad que inunda el espíritu de Encrucijadas, un lugar donde se habla desde la sinceridad y el autoconocimiento, le espeta que utiliza a todo el mundo para sus necesidades, que los trata a todos con menosprecio, que «creo que no hay nadie que te conozca realmente. Creo que las personas que creen que te conocen se equivocan. Y tú sabes muy bien cómo utilizarlas». 

También está Clem, quien va a la universidad y sale con Sharon, que quiere ser escritora y tiene un hermano luchando en la guerra de Vietnam. Y echa de menos su casa, y especialmente a su hermana Becky con quien tiene una relación muy especial, porque «estar cerca de Becky no le molestaba nunca», porque como «Clem ya tenía a Becky, no se había esforzado mucho en hacer amigos en la escuela», porque Becky y Sharon competían por el mismo espacio en su corazón. Pero, a diferencia de Becky, Clem sí admira a su padre, por sus ideas y sus ideales, y «buscaba la aprobación de su padre, tanto por su ética de trabajo como por sus ideas políticas», pero a la vez compite con él por ella, pues a su padre «parecía que le diera rabia que Clem también fuera amigo especial de ella, que hubiera intentado separarlos y hubiera establecido una relación separada con cada uno de ellos» y siente cierta decepción por él «porque aprovechaba la buena educación de Becky para arrastrarla a pasea con él  los domingos, viendo como se separaba de su madre en las actividades de la iglesia y charlaba con las mujeres de otros hombres».

En la figura de Russ, Franzen explora y explota las contradicciones e inseguridades y abunda en el personaje adentrándose a través de sus miserias hasta explorar la condición humana más débil y temerosa. Así, en ciertos pasajes, en la manera de tratar a las mujeres y en la interpretación de las actitudes de ellas hacia su persona y su reacción ante ellas, uno recuerda de manera bastante clara a Hamsun por sus altibajos emocionales que yerran en cada una de las situaciones en las que están sometidos a tensión. Así, a medida que avanza el libro, vemos en Russ una actitud paranoide, hostil y que interpreta las situaciones desde la absoluta incomprensión de quien se ve cegado por el amor y la inseguridad en sí mismo. Justificación y rabia, amor y odio, deseo y hartazgo se funden en una misma relación, a menudo imaginaria, pero a todas luces real en su mente y que se resumen perfectamente al afirmar que «no fue hasta que ella se fue que conectó de nuevo con su deseo. De hecho, pensó, el encuentro difícilmente podría haber ido mejor. Fue una revelación la manera como respondía de forma positiva a su ira y negativa a sus súplicas. Había dado con la clave (…) pero no saber qué pensaba era una tortura». 

Todo avanza en un sentido y con cierto ritmo pausado, que va llenando el escenario de pequeñas pinceladas que van conformando el paisaje ideado por el autor hasta que llega Marion y su arrebatador pasado. Ahí algo implosiona y empieza a arrastrar al lector en una caída ininterrumpida hacia una espiral de decadencia moral. Porque claro, nos faltaba Marion con problemas de autoestima debido a un sobrepeso que intenta combatir y que va a terapia para sentirse mejor. Marion que tiene a una hermana llamada Shirley que fue la favorita de su padre, quien se suicidó tiempo atrás y creó en ella un vacío que llenó de rebeldía. Marion, un personaje completo que valdría ya por sí solo un libro entero, dedicado, exhaustivo, porque con Marion llega un retrato de la primera mitad del siglo XX perfectamente retratado entre vendedores de coches, ambiciones artísticas, deseo y aspiraciones, e infidelidades. Marion aporta a la novela desesperación, con un pasado de brotes psicóticos desencadenados tras su relación con un marido infiel pero cobarde, convirtiéndose en la esposa inocente y despechada, a la vez que una amante desesperada, llena de inseguridades y un eterno sentimiento de culpabilidad por todo lo que le sucede en la vida, exonerando a los demás por sus culpas (y pecados) y atribuyéndose a ella misma la causa (y merecimiento) de tales desventuras.

Franzen destaca en la construcción de los personajes, en cómo perfila sus caracteres y los contrapone y los confronta en inteligentes, agudos y mordaces diálogos que demuestran que el autor es bueno justamente en eso: en crear un escenario a partir de ellos, y no al revés. Son los personajes los que ocupan el primer plano y la historia se teje a partir de ellos; y, para que funcione, deben estar bien definidos, con luces y sombras, con defectos y aristas. Y esos choques suceden en múltiples capas, porque no solo se producen entre los diferentes personajes, Perry con Becky, Perry con Russ (pues ve a su padre con Frances y se da cuenta que «ha pillado al viejo en delito flagrante» justamente con la madre de su amigo Larry).

Estructuralmente el libro de divide en grandes capítulos cada uno de los cuales se centra en uno de los miembros de la familia. Así, el autor facilita la empatía del lector hacia sus personajes, pues se adentra en ellos y permite trasladar la visión y personalidad de cada uno de ellos en contraposición con el resto y hay que reconocer que Franzen es muy bueno en la creación de personajes, les otorga una personalidad compleja, con claroscuros e imperfecciones. En Franzen no hay buenos o malos, todos ellos tienen sus puntos fuertes y débiles, sus logros y fracasos y, a pesar de la singularidad y diferencia entre ellos, sí tienen algo en común: no hay malicia en sus acciones o, al menos, no de manera pretendida. Así, las Encrucijadas son aquellos momentos vitales en los que hay que tomar decisiones críticas, se encuentran no únicamente en los caminos que separan los territorios emocionales entre los personajes sino también dentro de uno mismo, donde cada acción, cada pensamiento, cada decisión, es sometida a un proceso interno en el que escoger un camino u otro no es tarea fácil y sí a veces definitiva. Franzen retrata las imperfecciones y contradicciones del ser humano y busca en los roces que generan las múltiples situaciones cotidianas para afilar las aristas que sobresalen y que hieren y lastiman a los demás, y a uno mismo. A través de sus personajes, Franzen toca diferentes temas como el suicidio, la ambición, las inseguridades, las dudas, las infidelidades, la decadencia, la decepción, el deseo… nos habla de drogas, de la religión y la ética y la moral y trata también sobre la culpa y la culpabilidad, sobre los sentimientos que albergamos y que, en ocasiones, hacen que nos creamos responsables y merecedores de lo que nos sucede, para bien o para mal.

Y, en esta extensa novela, Franzen retrata los personajes hasta límites que, en algunos casos, van mucho más allá de lo que la historia requiere. Así, cada uno de ellos podría, de manera individual, ser el protagonista absoluto de la novela. Esto crea un aura de novela completa, de novela perfecta, pero en parte se echa a perder por el exceso. Una novela de setecientas páginas que debe leerse con ritmo pausado para no perder detalle y que sitúa al lector ante un tour de force que en ocasiones le causa la duda de si vale la pena. Y claro, la vale porque Franzen escribe muy bien, pero uno se cuestiona si no hubiera sido mejor pegar algún tijeretazo y hacer una novela más compacta, más centrada, menos amplia y ambiciosa. Es posible que Franzen sea uno de los ultimas grandes novelistas americanos y da la sensación de que pretende demostrarlo en cada uno de sus libros.

Lamentablemente las últimas doscientas páginas del libro no están a la altura del resto, engrandecidas y desdibujadas en una excursión a territorio navajo donde se muestran los excesos de Franzen en ambición de alcance y en desmadre y descontrol. Ahí la novela se diluye entre recuerdos del pasado de Russ y drogas consumidas que en ocasiones parece propio de una novela como Transpotting. Es por ello por lo que la valoración no puede ser más positiva, aunque sí recomendable, pues el libro tiene muchos elementos de interés y el retrato que realiza Franzen de una familia desestructurada y la perfecta caracterización de sus miembros y la incidencia de la religión en todos ellos, merecen por si mismos una lectura que deberá ser, como el propio tamaño apunta, intensa y profunda y que abre boca para una segunda parte de la trilogía que auguro será prometedora e interesante.

También de Jonathan Franzen en ULAD:  Aquí

martes, 31 de agosto de 2021

Philip Roth: El teatro de Sabbath

 

Idioma original: inglés

Año de publicación: 1995

Título original: Sabbath's Theater

Traducción: Jordi Fibla

Valoración: recomendable

En El teatro de Sabbath Philip Roth me ha parecido más cercano al obseso (que no acabé de comprender) de El lamento de Portnoy que al obseso de las novelas de Zuckerman. Obsesos los dos, sí. Obsesos con sus proezas sexuales (cuenten con la intervención de parejas o no), Mickey Sabbath y Zuckerman son judíos enamorados de su miembro viril, o gobernados por éste, o teledirigidos, podéis elegir el término que más os plazca.

Mickey Sabbath es un titiritero que ya se encamina a la vejez. Se niega a aceptar su decadencia física y sus acciones son cada vez más reprobables y cada vez lo son desde un mayor número de perspectivas. El teatro de Sabbath rememora momentos clave de su existencia, y en todos ellos encontraremos algo que lo convierte en un ser abyecto y repulsivo, y aunque esa figura (véase referentes culturales recientes como la serie You o la película The joker), la del malo que parece reiterarse hasta caer simpático, sea un elemento latente, he de decir que Roth no consigue, si es ese, su propósito. Ni tan siquiera a base de esa repetición cíclica del hecho capital que parece representar el espoleo para una existencia tan retorcida: la pérdida de su hermano mayor, piloto en la campaña de Japón y muerto en combate en 1944. Difícil empatizar con tamaño caudal de conducta inmoral: Sabbath engaña a las mujeres, se aprovecha de ellas con malas artes, engaños, chantajes, a pesar de ser un individuo de mal aspecto físico. Se casó y su joven esposa desapareció. Se volvió a casar y no dudó en lanzarse a una prolongada aventura extramatrimonial con Drenka, una especie de cómplice sexual con la que ha perpetrado mil y una depravaciones y que ha fallecido de un cáncer fulminante. Sabbath crea una especie de castillo de naipes alrededor de ese hecho. Acude al funeral de un amigo y se hospeda en la casa del otro, donde sus tropelías continúan, como si se tratara del escorpión de la parábola, porque no puede escapar a su naturaleza.

Una novela osada y difícil, más que innovadora o arriesgada, siempre en la frontera del desafío para el lector, que no solo acusa su estructura anárquica e indefinida sino una extensión claramente excesiva, como lastrada por la necesidad de Roth en rizar el rizo sobre el personaje y afrontar sin tapujos las descripciones procaces de todo tipo, tan claras y explícitas que en su tiempo fue acogida de forma dispar, hubo quien la consideró la obra maestra del escritor de Newark (se alzó con alguno de esos prestigiosos premios USA) y algún otro prestigioso critico la aplastó sin contemplaciones. Obscena con intención clara y transparente de serlo. No voy a estar ni de un lado ni del otro: me ha gustado su falta de escrúpulos pero la innegable repulsión de su protagonista me ha hecho pensar en alguna novela de Boris Vian: en todo caso, una obra de esas que, con sus defectos, muestran a un escritor desinhibido, valiente, al que no le importaba provocar reacciones de repulsa. Hasta para eso hace falta talento.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...