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sábado, 4 de julio de 2026

Tochoweek VI #6 Elaine Vilar Madruga: La piel hembra

Idioma original: Español
Año de publicación: 2026
Valoración: Entre bastante recomendable y muy recomendable

Todas las mujeres de un pueblo aislado en lo alto de las montañas aseguran haber concebido al hijo de Dios. Esta es la premisa de La piel hembra, novela de la escritora cubana Elaine Vilar Madruga que me ha sorprendido gratamente. 

La piel hembra me ha sorprendido gratamente. En primer lugar, porque es extremadamente ambiciosa en su planteamiento: una epopeya que narra los acontecimientos vividos durante décadas por un numeroso elenco. En segundo lugar, porque combina buena factura, un fondo enjundioso, acontecimientos fascinantes, personajes memorables y reflexiones profundas.

También porque la ejecución de La piel hembra está muy lograda. Y es que la novela no sólo mantiene, de principio a fin, la calidad y el pulso narrativo, así como la atención del lector, pese a su desmesurada extensión (la friolera de 654 páginas en la magnífica edición de Barrett), sino que logra cumplir las altas expecativas que su propia ambición le ha impuesto.

Asimismo, la naturaleza híbrida de La piel hembra resulta de lo más atractiva. Aunque adscrita al realismo mágico, la novela de Vilar Madruga incorpora elementos místicos, dramáticos, psicológicos, humorísticos, bélicos y de crítica social, amén de una seductora pizca de "folk horror" a la cubana.

Otro de los muchos aspectos remarcables de La piel hembra es su mundo. Un mundo inusitadamente colorido, que mezcla la fantasía con lo cotidiano, en el que los milagros son posibles y la frontera entre los muertos y los vivos se desdibuja; un mundo en el que hay dientes deslumbrantes, cuerpos invulnerables, saliva con sabor a ron, sudor que hace brotar el verdor y pelos llenos de bocas. 

Además de por su colorido, el mundo de La piel hembra sorprende por su escala. Y es que si bien la acción de la novela parece, en un inicio, transcurrir casi exclusivamente en un único pueblo de montaña, el escenario no tarda en expandirse más allá de los límites de éste, hacia la manigua, el trillo, los maizales del olvido, el llano y sus respectivos pueblos y ciudades o la localidad vecina de La Cajusera.

Por último, destacaría que el mundo de La piel hembra se siente vivo e interconectado. A fin de cuentas, los grandes acontecimientos (por ejemplo, el estallido de una guerra de sucesión tras la muerte del presidente) alcanzan incluso la aislada cima de las montañas, y todas las acciones de los personajes tienen repercusiones y consecuencias, y a menudo se ramifican en direcciones inesperadas.

Los personajes de La piel hembra son otro punto álgido de esta novela coral. Pese a lo abundante que es el elenco, cada uno de ellos ha sido dibujado con precisión y goza de voz propia, de algún detalle singular, de algún misterio, de una caracterización compleja, de un arco narrativo que atravesar y de sinergias específicas con el resto. Asimismo, Vilar Madruga logra darle protagonismo a todos, incluso a aquellos que en un inicio parecía que no iban a tener mucho peso, como Janco Don, o aquellos que tardan casi quinientas páginas en adquirir relieve, como la Madrísima Doliente.

Otra virtud de La piel hembra es su prosa. Una prosa que combina sensibilidad, lirismo y plasticidad con potencia visual, y que está engalanada con localismos, palabras inventadas y campos semánticos propios que le otorgan una textura única.

En fin, podría seguir listando razones por las que pienso que La piel hembra es una novela extraordinaria. Sin embargo, me limitaré a añadir que resulta inevitable compararla con Cien años de soledad, otra epopeya latinoamericana coral e intergeneracional que transcurre durante varias décadas y en la que el realismo mágico convive con la cotidianidad de la miseria, la fe, el deseo, la violencia y la memoria. Dicha comparación es ciertamente odiosa, dado lo inalcanzable del clásico de Gabriel García Márquez, pero lo cierto es que la obra de Vilar Madruga tampoco sale mal parada al hacerla.


También de Elaine Vilar Madruga en ULAD: Aquí

domingo, 25 de enero de 2026

Joyce Carol Oates: Fox

Idioma original: Inglés
Título original: Fox
Año de publicación: 2025
Traducción (al catalán): Núria Busquet Molist
Valoración: Recomendable (con matices)

Soy un gran admirador de la obra de Joyce Carol Oates. No ha habido un solo libro suyo que no me haya parecido, cuanto menos, solvente. Fox, novela de la autora con la friolera de setecientas páginas, también es solvente (incluso es, en momentos puntuales, brillante). Sin embargo, aunque he apreciado sus cualidades literarias y admito que es sumamente entretenida, me ha parecido excesivamente larga y, en ocasiones, algo reiterativa.

Pero vayamos por partes: Fox es una novela de suspense con un gran énfasis en la narrativa coral y la psicología de los personajes. Trata sobre un atractivo, encantador y carismático profesor de lengua que, recién llegado a la prestigiosa Academia Langhorne, logra cautivar a la mayoría de alumnos, padres y docentes. Lo que las personas de la comunidad de Wieland ignoran es que, además de ser un experto manipulador capaz de condicionar una opinión favorable en los demás, siente atracción por las prepubescentes y no titubea a la hora de abusar de su poder para satisfacer sus fantasías.

Desde el inicio de la novela sabemos que el coche de Fox está medio hundido en un torrente y que el cadáver de un varón todavía sin identificar ha sido esparcido por el bosque por los animales salvajes. A medida que el argumento avanza, ya sea saltando de un personaje a otro, ya sea plantándose en el pasado o regresando al presente, debemos descubir si ese cuerpo pertenece realmente al profesor y si su muerte se debe a un accidente, un suicidio o un homicidio. La tensión y el suspense se espesan, los habitantes de Wieland se van relacionando los unos con los otros, la ausencia del desaparecido profesor afecta a sus allegados y los papeles de víctima y victimario se desdibujan.

Oates dota de una gran personalidad a todo el elenco de Fox, aunque es el protagonista indiscutible de la novela quien se roba el protagonismo. Y es que la caracterización del profesor pedófilo es magnética: nos asomamos tras su fachada afable, educada y pulcra y vemos sus contradicciones y defectos (que con tanta habilidad oculta a los demás), así como su retorcido imaginario erótico.

Resulta pertinente analizar dicho imaginario erótico. Y es que si bien Oates lo nutre de referentes algo previsibles (el matrimonio de Poe con su prima de trece años, las novelas Lolita y La casa de las bellas durmientes, la mención al personaje de Alicia en el país de las maravillas, las pinturas de Balthus...), consigue relacionarlo estrechamente con el pensamiento y modus operandi (enamorar a sus víctimas y, una vez en su despacho, drogarlas y abusar de ellas) de Fox. 

Y es que al profesor pedófilo, por ejemplo, le asquea la vulgaridad pornográfica e inverosímil de Lolita (¡aparentemente, las relaciones sexuales entre un hombre de cuarenta años y una niña de once son anatómicamente imposibles!). En cambio, le obesiona la (según él hermosa) relación de Poe con su prima y le fascina el erotismo de las pinturas de Balthus o de La casa de las bellas durmientes.

De «Las chicas soñadoras de los cuadros de Balthus» le gusta que sean «pálidas, con los párpados adormilados, incapaces de alejar a un amante ardiente y depredador». (pg. 531) Y a Kawabata le reconoce que «sabía lo que Nabókov era demasiado estúpido para entender: las quieres en coma, mudas, con los ojos cerrados y la boca en silencio, los cerebros como colmenas calientes apagadas. Bestias salvajes que hay que domesticar». (pg. 376) 

En resumen: Fox es una buena novela, como no podía ser de otro modo viniendo de una autora con la solvencia de Oates. Quizá su desenlace no sea el más sorprendente posible, y puede que sea demasiado larga y en ocasiones peque de reiterativa. No obstante, mantiene en gran medida el interés del lector. Sin duda, conviene leerla con tal de permearse de la belleza puntual de la prosa, experimentar todas las perspectivas involucradas, resolver el misterio planteado y, sobre todo, alcanzar el cameo metaliterario final de la propia escritora.


También de Joyce Carol Oates en ULAD: Aquí

miércoles, 1 de febrero de 2023

Elvira Roca Barea: Imperiofobia y leyenda negra

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2016
Valoración: Recomendable para interesados (aunque discutible y harto irregular)
 
No creo que deba presentaros Imperiofobia y leyenda negra, ¿verdad? Seguramente, a la mayoría os suena este controvertido ensayo de la también polémica Elvira Roca Barea; incluso es probable que algunos lo hayáis leído. 

Yo me he hecho de rogar porque, aunque la obra de Roca se publicó originalmente en 2016, he esperado a que salga la versión ampliada y revisada para darle una oportunidad.

Ah: si le di una oportunidad a Imperiofobia y leyenda negra, pese a que intelectualmente hablando no simpatizo en demasía con Roca, es porque siempre estoy dispuesto a escuchar los argumentos de los, llamémoslos así, adversarios ideológicos.

Otra aclaración: aunque no coincido con muchos de los preceptos del hispanismo, creo que se carticaturiza en exceso a sus exponentes. Y ya sabemos que es imposible debatir con alguien si le convertimos en un mero hombre de paja, ni refutar ninguna corriente de pensamiento cuando se la reduce al absurdo. De manera que bienvenidos sean los hispanistas como Roca; moderados, sensatos y articulados.

De hecho, no es necesario que uno se defina como hispanista (ni siquiera como patriota) para admitir que el Imperio español fue, hasta cierto punto, avanzado para la época (o, como mínimo, mejor que sus coetáneos) en ciertos asuntos. Para muestra, un botón: sin ser yo sospechoso de hispanista, veo que se lleva intentando estigmatizar nuestro legado (ugh, qué palabreja) a base de mentiras malintencionadas, tergiversaciones históricas y tópicos desinformados. La inquisición española, por ejemplo, era relativamente garantista, y mataba y torturaba menos que otras inquisiciones; aun así, persiste la idea de que fue la peor con diferencia.

Bueno, pues: Imperiofobia y leyenda negra desmiente el mito cultural de la inquisición española, amén de muchos otros que, en conjunto, podríamos englobar dentro de la llamada leyenda negra española; asimismo, arremete contra la hispanofobia que la mentada leyenda negra española lleva inculcando en el imaginario popular hace siglos. Ambos son apartados en los que, a mi juicio, sobresale Roca. 

Sin embargo, el ensayo flaquea al pretender ser puramente descriptivo. Y es que yo he tenido la impresión de que a veces interpreta los datos a conveniencia. Ya en sus primeras páginas se afirman auténticas barbaridades, que no sé qué lectura sesgada de la realidad y los hechos avalará. ¿No me creéis? Pues sabed que sólo en la «Introducción», esa en que la autora afirma que «procurará en lo que sigue no incurrir en resbaladizas disquisiciones morales sino dejar constancia de los hechos», se ataca veladamente, amparándose en el pragmatismo o falacias naturalistas varias, a ideas como la igualdad o la organización social horizontal, y en cambio se rompe una lanza a favor de ideas tan cuestionables como la libertad individual (Roca habla de «libre albedrío»), política y económica.

En cualquier caso, Imperiofobia y leyenda negra es una obra recomendable. En tiempos menos polarizados que los actuales no hubiera tenido tantos detractores, pero tampoco partidarios tan fervorosos. Una sociedad más abierta al cruce de pareceres la aprovecharía para plantear debates estimulantes. ¿Hasta qué punto el análisis de la Historia requiere de apoyos subjetivos? ¿Contextualizar y matizar algo implica legitimarlo o blanquearlo? ¿Puede el colonialismo ser (o haber sido) positivo? ¿Hay que combatir la propaganda de régimenes extranjeros? ¿Rechazar la leyenda negra conlleva abrazar la rosa?

viernes, 6 de enero de 2023

J. G. Ballard: Relatos, 1

Idioma original: Inglés 
Título original: The complete short stories. Volume I
Traducción: David Tejera Expósito
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable

No es fácil reseñar un libro como este, que incluye 39 relatos publicados por J. G. Ballard entre 1956 y 1963. Creo que lo más cómodo y lo más representativo será ofrecer una serie de líneas generales sobre temáticas, estilo, puntos fuertes y puntos débiles porque dentro de esos 39 relatos hay de todo (obviamente): relatos magníficos de principio a fin, relatos que comienzan de manera deslumbrante y que se caen al final, relatos más o menos planos, relatos hasta cierto punto prescindibles, etc. Dicho esto, generalicemos y tiremos p'alante. 

Para empezar, situaremos los relatos de Ballard en lo genérico. Obviamente, la primera etiqueta será la de la ciencia-ficción, pero no esa de marcianitos, naves espaciales y demás parafernalia. Será, más bien, ficción especulativa utilizada como trasfondo para hablar de pasiones y pulsiones universales. Pero no solo de ciencia-ficción en sus más variadas formas vive Ballard. La distopía, ciertas formas de terror psicológico, lo absurdo y lo surreal e incluso lo gótico conviven a los largo de las 850 páginas de este tochazo en las que encontraremos ecos de Poe, de Kafka o de Orwell, por citar tres nombres.

Respecto a los temas ballardianos, cabe destacar que estamos ante un autor más de abstracciones que de concrecciones. Aún así, el tiempo y el espacio (y variaciones sobre los mismos), el poder, la idea de Dios, la soledad o los efectos que la "sobretecnologización" de la sociedad tienen sobre el individuo son algunas de las obsesiones que observamos en estos relatos.

En cuanto a lo estilístico, Ballard me parece un autor terriblemente pictórico. Muchos de sus relatos, especialmente en lo que a atmósferas y escenarios se refiere, poseen una potencia visual tremenda. A ello contribuyen sus estupendas descripciones y ambientaciones, lo que no excluye una cierta tendencia a la sobreadjetivación que no acaba de convencerme.

Pasemos ahora a los puntos fuertes de estos relatos. Serían su ya comentada potencia visual, la ya citada habilidad para las descripciones y sus premisas o puntos de partida, verdaderamente originales e inquietantes, pese a que algunas de ellas han podido quedar algo "desfasadas" debido al progreso tecnológico de las últimas décadas.

En cuanto a loa puntos más "flojos", además de la sobreadjetivación de la que hablaba, habría que citar el escaso desarrollo psicológico de algunos de los protagonistas de los relatos (Ballard es más un escritor de atmósferas que de personajes, lo que no significa que encontremos relatos en los que ambos aspectos casan a la perfección) y algunos de los finales, que no terminan de estar a la altura de la premisa inicial del relato.

Por último, citaré media docena de los relatos que más me han gustado, que serían:

  • La ciudad de Concentración, por la magnífica construcción de un universo distópico y opresivo caracterizado por un aberrante urbanismo.
  • Ahora: cero, un relato realista con trasfondo ci-fi que explora acertadamente la psicología de un personaje que detenta un poder omnímodo.
  • Cronópolis, relato orwelliano ambientado en una civilización derrumbada por el exceso de tecnología, la superpoblación, los recursos limitados, etc. Terrible y espero que errado en sus predicciones.
  • Trece a Centauri, texto que juega con la ingeniería social y que cuenta con una gran premisa, un interesante giro a mitad del relato y un mejor tratamiento psicológico de los personajes.
  • El hombre subliminal, distópico relato a medio camino entre la fábula y el realismo que habla de la manipulación mental en un mundo ultracapitalista de consumo desmesurado y ambiciones siempre insatisfechas.
  • Uno menos, texto situado entre Kafka y Poe, entre el absurdo y el surrealismo pese a su carácter más metafísico pero que con un toque final de lo más british. 
En fin, he escogido seis pero podrían ser más. El nivel medio es muy alto e incluso me atrevería a decir que me gusta más el Ballard cuentista que el Ballard novelista. ¿A vosotros?  

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Tochoweek V #3: Jaume Cabré: Yo confieso

 Idioma original: catalán

Año de publicación: 2011

Título original: Jo confesso

Valoración: Casi imprescindible 



Admiro la figura de esos escritores cuyo objetivo es explicarse a sí mismos (y a los demás, de paso) y para ello construyen un mundo propio, que acaba siendo un territorio confortable donde el lector se instala durante un periodo de su vida. O no tan confortable, porque las preguntas incómodas, la obsesión por analizar causas y efectos, de observar el lado oscuro de la realidad nos puede amargar más de una cena. Lo peor –o lo mejor, según se mire– es que cada vez escasean más estos creadores tan aguafiestas que se empeñan en buscar tres pies al gato hurgando en lo más hondo de nuestra forma de ser y de relacionarnos.

Acabo de terminar esta novela y les confieso que todavía estoy flotando entre el mundo real y el que allí se describe. Pero ¿qué es la realidad? Habrá que preguntarse si Cabré ha escrito una novela realista. Es un hecho que disecciona sin medias tintas la realidad de todos los tiempos, por tanto el contenido lo es sin ninguna duda. No lo son, en cambio, sus procedimientos, o no todos, y con esto me refiero a esos saltos espacio-temporales que afectan, no solo a la trama sino también ¡atención! al desenlace. Aunque el desenlace realista es anterior –ya hemos visto cómo acaba el protagonista– las últimas páginas son una pirueta estilística, un magnífico alarde de virtuosismo y, quizá, la insinuación de un silenciamiento preventivo, pero esto último no queda claro del todo. Y no puedo decir más, lo entenderán cuando estén a punto de concluir tantas páginas apasionantes (mil nada menos en números redondos) que, como en cualquier novelón que se precie, parecen demasiadas hasta que notamos que los personajes se han convertido en nuestra sombra. El autor lo explica refiriéndolo a la botella de Klein, teoría de un matemático alemán que no tiene relación con el argumento propiamente dicho, sino con su aspecto más literario, también con la idea, subyacente en todo el texto, de que la maldad humana es una corriente que atraviesa la historia y se repite a lo largo de los siglos aunque se oculte o se disfrace de acciones altruistas.

Y es que el mal es la gran obsesión de Adrià Ardevol (Jaume Cabré mediante) y por tanto el asunto central de la novela. Aunque, como en cualquier ficción larga, compleja y con análisis profundos, repasa los aspectos que nos conciernen a todos. ¿Cuántos filántropos conocidos se han hecho millonarios gracias a sus supuestas buenas acciones? Preguntas que surgen según vamos leyendo. Respuestas no hay, tal como el propio autor reconoce cuando habla de esta obra, pero ni falta que nos hace, las conclusiones ya las sacamos nosotros. Si además lo hacen disfrutando tanto como yo, a pesar de su dificultad de fondo y forma, la lectura será un largo y apasionante viaje a través de la Historia y las historias. Prepárense pues y, por si acaso, abróchense los cinturones.

El grueso del relato, o su línea principal, está escrito en segunda persona, ya que se trata de una carta, extensísima y muy densa, dirigida a uno de los personajes más relevantes, (no diré a quién porque este es un dato que no conoceremos hasta bien avanzada la narración). Pero esa línea se quiebra con abundantes interrupciones en tercera persona que narran hechos ambientados en épocas pasadas, algunas remotísimas. Se incluye también una supuesta transcripción de documentos, además de ese añadido final post-mortem (o su equivalente) en cursiva, y también en tercera persona, que trastoca casi todo lo que hasta entonces considerábamos inamovible. Y a pesar de toda esa minuciosidad quedan muchas preguntas en el aire (esa criatura que perdió Sara y cuyo retrato aparece por casualidad cuando ya queda poco que decir). Puede, incluso, que al cerrar el libro lo que nos quede sean más incertidumbres que certezas, pero en absoluto se debe a desaliño sino a una forma de narrar escrupulosamente calculada que imita a la vida lo más fielmente posible.

Tantas líneas argumentales y, sobre todo, tanto avance y retroceso por la historia, tal cantidad de personajes, personajes tan vivos, tantos argumentos y escenarios distintos, tanta erudición tienen, entre otros, un propósito meta-literario interesante pero supone un esfuerzo por parte del lector. Así que no esperen una lectura cómoda, aunque sí acción trepidante que engancha, una conexión entre sucesos a muchos años vista que da fe de que el ser humano es cómo es, tanto en sus facetas más perversas y egoístas como en las más generosas y heroicas, que así ha sido siempre y seguirá siéndolo. Maldad y bondad, perversidad e inocencia. En la Edad Media, en la época nazi, en la actualidad, entre eclesiásticos, políticos y gente de a pie, pobres y potentados, cultivados y analfabetos. Nadie se salva. Y en este caso, el mal se ejerce, no como parte de una larga cadena, sino a conciencia, por parte de personas con nombre propio (o con varios porque algunos tienen que esconderse y esto complica aún más el rompecabezas). Cabré no parece estar de acuerdo con la teoría de Hanna Arendt, aquí todos actúan por decisión personal, no son el eslabón de una cadena (eslabón cuyo objetivo fundamental era en apariencia mantener su posición social), tienen conexión directa con los crímenes o las desgracias personales, no parece haber banalidad ni obediencia debida. En definitiva, ninguno de esos sinvergüenzas es Eichmann -por más que la inocencia de este sea también más que discutible-, y aunque se consiga eludir a la justicia, las responsabilidades están claras, también los motivos, que se reducen a uno solo: la codicia entendida en su sentido más amplio.

«… pasamos a la banalidad del mal, porque hacía poco que había leído yo ávidamente a Arendt y me rondaban por la cabeza unas cuantas cosas a las que no sabía dar salida. “¿Por qué te preocupa?” – dijo Bernat. “Si el mal puede ser gratuito, estamos apañados”. “No entiendo”. “Si yo puedo hacer daño porque sí y no pasa nada, la humanidad no tiene futuro”. “Te refieres al crimen sin motivo, sin más ni más”. “Un crimen sin más ni más es la cosa más inhumana que puedas imaginarte. Veo a un hombre esperando el autobús y lo mato. Horrible”.»

Adrià Ardevol es un reconocido erudito cuya asombrosa capacidad intelectual le aporta tantas satisfacciones como fracasos. Conforme al tópico, carece de sentido práctico y está poco preparado para una vida convencional. Hijo único (sus padres, diseñados con esmero, no dejan huella solo en él), exclusivo en la amistad (un solo colega y para toda la vida) y en el amor (¿real o idealizado?) como el hombre concentrado en sí mismo que es, triunfa profesionalmente sin apenas esfuerzo y dedicándose a lo que le apasiona, pero no ha logrado el afecto que cree merecer. O no ha sabido valorarlo cuando lo tuvo y lo ha sobrevalorado cuando era más que discutible. Cada lector juzgará por sí mismo pero, repito, la partida no está jugada hasta que no sale la última carta, o la última página en este caso.

“En la residencia de Collserola, cerca de mi querida Barcelona, cuidarán de mi cuerpo cuando me haya ido a un mundo que no sé si es de tinieblas. Me aseguran que no echaré de menos la lectura. No deja de ser irónico que me haya pasado la vida procurando ser consciente de los pasos que daba, toda la vida cargando con mis culpas, que son muchas, y las de toda la humanidad, y al final me iré sin saber que me voy. Adiós, Adrià. Me lo digo ahora, por si acaso.”

Reflexionar mientras leemos es inevitable en un texto tan meditado, e inspirado en autores tan ilustres como Arendt, Isaiah Berlin, que aparece como un personaje más en algunos episodios, o Primo Levi –a veces citados de forma no explícita– pero además, e independientemente de la técnica que es original e impecable, el relato nos toca en lo más hondo. Por todo ello me parece que Yo confieso forma parte del contado número de novelas que merece la pena releer.

 

Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

martes, 30 de noviembre de 2021

Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas

Idioma original: inglés
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Una Tochoweek es la pesadilla de cualquier reseñista acostumbrado a extenderse en las reseñas. Pero este humilde lector no podía falta a la cita, y aquí estamos con el último libro publicado de uno de los grandes novelistas estadounidenses, uno de los autores que siempre constan en la lista de escritores de La Gran Novela Americana (ahí estarían Pynchon, también DeLillo y los ya fallecidos David Foster Wallace y Philip Roth, entre otros). Y es que ambición no le falta a Franzen (tampoco talento), pues este libro de aproximadamente setecientas páginas es el primero de una trilogía de nombre pomposo («A Key to All Mythologies», en referencia a Middlemarch) y que, partiendo de este libro situado en los años 70 le seguirán el segundo donde la acción tendrá lugar a finales de siglo XX para culminar la trilogía con el último volumen ambientado cerca de nuestros días. Pero vayamos a ello, que los temas que trata no son pocos.

Con esta ambiciosa novela, Jonathan Franzen arranca su tour de force sobre las mitologías entendiendo como tales las creencias irracionales con relación a la religión y las creencias personales. Franzen ubica a sus personajes en New Prospect, una pequeña comunidad del Medio Oeste donde Russ es el pastor. Así, la religión los envuelve a todos en su día a día y en sus principios morales, aunque de diferente manera y con diferente calado, pero es indudable que la religión y la ética en el comportamiento humano sobrevuela toda la narración y la engloba y la ciñe en su circunspección. Y el autor busca con ello la confrontación entre ideas y modos de vida descomponiendo su aproximación en los diferentes personajes que conforman la familia Hildebrandt, núcleo de la trama argumental de la novela: el padre, Russ, pastor de una iglesia protestante casado con Marion, pero que siente cierta atracción por Frances, una mujer recién enviudada de la congregación. También están los hijos: Clem, el hijo mayor que vuelve de la universidad, la popular Becky, capitana del equipo de animadoras y la niña de los ojos de su padre, Perry, el hijo postadolescente con gran intelecto pero también con tentaciones poco saludables y cierto aire nihilista y Judson, el pequeño y el gran olvidado. Y, por si personalidades tan dispares no fueran suficiente munición para la batalla ideológica y moral que plantea el autor, además añade a la «fiesta» un rival en la congregación de nombre Rick Ambrose y el ingreso a Encrucijadas (grupo dentro de la iglesia en el que acuden jóvenes) de Becky que coincidirá allí con su hermano Perry. Rick Ambrose con quien Russ choca de pleno, por un episodio pasado que marca su relación a pesar de que «las maneras de orientarse de cada uno se complementaban, las de Ambrose entraban más en el plano psicológico y de calle, las de Russ más en la política y con un sesgo más bíblico». Y claro, todo ello en vísperas de Navidad, en el 1971, en una época donde la moralidad y la ética debían medirse en un mundo poblado de drogas y una guerra del Vietnam que marcaba las vidas de toda una generación.

A partir de las diferencias entre las diferentes personalidades, aparecen las fricciones que dan peso al argumento de la novela, porque no es lo sucede o pasa, sino cómo sucede y cómo lo hace y encaja dentro de la manera de ser de cada uno. Porque Franzen se muestra cómodo en la incomodad de sus personajes, en sus crisis existenciales y personales que el autor va desgranando poco a poco. Así, el ingreso de Perry en el grupo Encrucijadas y su coincidencia con Becky da pie a un enfrentamiento dialéctico entre ambos en la que el autor encuentra perfectamente el tono, pues Perry y su visión nihilista y pesimista, alguien muy inteligente, que «podía ser igual o mejor que ellos. Nadie podría retener en los pulmones una calada más tiempo que él, nadie podía beber más sorbos de alcohol que él sin farfullar, nadie conocía más palabras en inglés»; Perry, con su visión crítica y cínica del mundo, que le lleva a cuestionarse si cuando alguien hace el bien en el fondo no lo hace por un acto de egoísmo pues al sentirse bien consigo mismo (o incluso buscando la vida eterna) obtiene un beneficio propio al hacerlo. Y ese espíritu crítico y directo choca de manera frontal con Becky, la líder, su atractiva hermana que todo el mundo conoce, pues «en New Prospect el nombre de Becky Hildebrandt era mágico en el sentido más estricto, mencionarla era la garantía de que la participación en una fiesta será máxima». Becky, que no soporta a su padre. Becky, que recela de su hermano y en el espacio de confianza y sinceridad que inunda el espíritu de Encrucijadas, un lugar donde se habla desde la sinceridad y el autoconocimiento, le espeta que utiliza a todo el mundo para sus necesidades, que los trata a todos con menosprecio, que «creo que no hay nadie que te conozca realmente. Creo que las personas que creen que te conocen se equivocan. Y tú sabes muy bien cómo utilizarlas». 

También está Clem, quien va a la universidad y sale con Sharon, que quiere ser escritora y tiene un hermano luchando en la guerra de Vietnam. Y echa de menos su casa, y especialmente a su hermana Becky con quien tiene una relación muy especial, porque «estar cerca de Becky no le molestaba nunca», porque como «Clem ya tenía a Becky, no se había esforzado mucho en hacer amigos en la escuela», porque Becky y Sharon competían por el mismo espacio en su corazón. Pero, a diferencia de Becky, Clem sí admira a su padre, por sus ideas y sus ideales, y «buscaba la aprobación de su padre, tanto por su ética de trabajo como por sus ideas políticas», pero a la vez compite con él por ella, pues a su padre «parecía que le diera rabia que Clem también fuera amigo especial de ella, que hubiera intentado separarlos y hubiera establecido una relación separada con cada uno de ellos» y siente cierta decepción por él «porque aprovechaba la buena educación de Becky para arrastrarla a pasea con él  los domingos, viendo como se separaba de su madre en las actividades de la iglesia y charlaba con las mujeres de otros hombres».

En la figura de Russ, Franzen explora y explota las contradicciones e inseguridades y abunda en el personaje adentrándose a través de sus miserias hasta explorar la condición humana más débil y temerosa. Así, en ciertos pasajes, en la manera de tratar a las mujeres y en la interpretación de las actitudes de ellas hacia su persona y su reacción ante ellas, uno recuerda de manera bastante clara a Hamsun por sus altibajos emocionales que yerran en cada una de las situaciones en las que están sometidos a tensión. Así, a medida que avanza el libro, vemos en Russ una actitud paranoide, hostil y que interpreta las situaciones desde la absoluta incomprensión de quien se ve cegado por el amor y la inseguridad en sí mismo. Justificación y rabia, amor y odio, deseo y hartazgo se funden en una misma relación, a menudo imaginaria, pero a todas luces real en su mente y que se resumen perfectamente al afirmar que «no fue hasta que ella se fue que conectó de nuevo con su deseo. De hecho, pensó, el encuentro difícilmente podría haber ido mejor. Fue una revelación la manera como respondía de forma positiva a su ira y negativa a sus súplicas. Había dado con la clave (…) pero no saber qué pensaba era una tortura». 

Todo avanza en un sentido y con cierto ritmo pausado, que va llenando el escenario de pequeñas pinceladas que van conformando el paisaje ideado por el autor hasta que llega Marion y su arrebatador pasado. Ahí algo implosiona y empieza a arrastrar al lector en una caída ininterrumpida hacia una espiral de decadencia moral. Porque claro, nos faltaba Marion con problemas de autoestima debido a un sobrepeso que intenta combatir y que va a terapia para sentirse mejor. Marion que tiene a una hermana llamada Shirley que fue la favorita de su padre, quien se suicidó tiempo atrás y creó en ella un vacío que llenó de rebeldía. Marion, un personaje completo que valdría ya por sí solo un libro entero, dedicado, exhaustivo, porque con Marion llega un retrato de la primera mitad del siglo XX perfectamente retratado entre vendedores de coches, ambiciones artísticas, deseo y aspiraciones, e infidelidades. Marion aporta a la novela desesperación, con un pasado de brotes psicóticos desencadenados tras su relación con un marido infiel pero cobarde, convirtiéndose en la esposa inocente y despechada, a la vez que una amante desesperada, llena de inseguridades y un eterno sentimiento de culpabilidad por todo lo que le sucede en la vida, exonerando a los demás por sus culpas (y pecados) y atribuyéndose a ella misma la causa (y merecimiento) de tales desventuras.

Franzen destaca en la construcción de los personajes, en cómo perfila sus caracteres y los contrapone y los confronta en inteligentes, agudos y mordaces diálogos que demuestran que el autor es bueno justamente en eso: en crear un escenario a partir de ellos, y no al revés. Son los personajes los que ocupan el primer plano y la historia se teje a partir de ellos; y, para que funcione, deben estar bien definidos, con luces y sombras, con defectos y aristas. Y esos choques suceden en múltiples capas, porque no solo se producen entre los diferentes personajes, Perry con Becky, Perry con Russ (pues ve a su padre con Frances y se da cuenta que «ha pillado al viejo en delito flagrante» justamente con la madre de su amigo Larry).

Estructuralmente el libro de divide en grandes capítulos cada uno de los cuales se centra en uno de los miembros de la familia. Así, el autor facilita la empatía del lector hacia sus personajes, pues se adentra en ellos y permite trasladar la visión y personalidad de cada uno de ellos en contraposición con el resto y hay que reconocer que Franzen es muy bueno en la creación de personajes, les otorga una personalidad compleja, con claroscuros e imperfecciones. En Franzen no hay buenos o malos, todos ellos tienen sus puntos fuertes y débiles, sus logros y fracasos y, a pesar de la singularidad y diferencia entre ellos, sí tienen algo en común: no hay malicia en sus acciones o, al menos, no de manera pretendida. Así, las Encrucijadas son aquellos momentos vitales en los que hay que tomar decisiones críticas, se encuentran no únicamente en los caminos que separan los territorios emocionales entre los personajes sino también dentro de uno mismo, donde cada acción, cada pensamiento, cada decisión, es sometida a un proceso interno en el que escoger un camino u otro no es tarea fácil y sí a veces definitiva. Franzen retrata las imperfecciones y contradicciones del ser humano y busca en los roces que generan las múltiples situaciones cotidianas para afilar las aristas que sobresalen y que hieren y lastiman a los demás, y a uno mismo. A través de sus personajes, Franzen toca diferentes temas como el suicidio, la ambición, las inseguridades, las dudas, las infidelidades, la decadencia, la decepción, el deseo… nos habla de drogas, de la religión y la ética y la moral y trata también sobre la culpa y la culpabilidad, sobre los sentimientos que albergamos y que, en ocasiones, hacen que nos creamos responsables y merecedores de lo que nos sucede, para bien o para mal.

Y, en esta extensa novela, Franzen retrata los personajes hasta límites que, en algunos casos, van mucho más allá de lo que la historia requiere. Así, cada uno de ellos podría, de manera individual, ser el protagonista absoluto de la novela. Esto crea un aura de novela completa, de novela perfecta, pero en parte se echa a perder por el exceso. Una novela de setecientas páginas que debe leerse con ritmo pausado para no perder detalle y que sitúa al lector ante un tour de force que en ocasiones le causa la duda de si vale la pena. Y claro, la vale porque Franzen escribe muy bien, pero uno se cuestiona si no hubiera sido mejor pegar algún tijeretazo y hacer una novela más compacta, más centrada, menos amplia y ambiciosa. Es posible que Franzen sea uno de los ultimas grandes novelistas americanos y da la sensación de que pretende demostrarlo en cada uno de sus libros.

Lamentablemente las últimas doscientas páginas del libro no están a la altura del resto, engrandecidas y desdibujadas en una excursión a territorio navajo donde se muestran los excesos de Franzen en ambición de alcance y en desmadre y descontrol. Ahí la novela se diluye entre recuerdos del pasado de Russ y drogas consumidas que en ocasiones parece propio de una novela como Transpotting. Es por ello por lo que la valoración no puede ser más positiva, aunque sí recomendable, pues el libro tiene muchos elementos de interés y el retrato que realiza Franzen de una familia desestructurada y la perfecta caracterización de sus miembros y la incidencia de la religión en todos ellos, merecen por si mismos una lectura que deberá ser, como el propio tamaño apunta, intensa y profunda y que abre boca para una segunda parte de la trilogía que auguro será prometedora e interesante.

También de Jonathan Franzen en ULAD:  Aquí

lunes, 29 de noviembre de 2021

Tochoweek V #1 George Eliot: Middlemarch

Idioma original: inglés

Título original: Middlemarch

Traducción: Jose Luis López Muñoz

Año de publicación: 1874 (antes, por entregas)

Valoración: Recomendable alto

Algunos de los elogios más sonoros que ha recibido Middlemarch vienen de autores sobresalientes en lengua inglesa, como Martin Amis o Virginia Woolf, si mal no recuerdo. El tocho, que ronda las mil páginas, se publicó inicialmente por entregas para editarse luego en un solo volumen, con gran aceptación popular. Todo ello bajo el seudónimo masculino de George Eliot, que esconde (pero no mucho) que su autora es Mary Ann Evans. Todo un signo de los tiempos, cuando un texto publicado por una mujer era, además de bastante insólito, garantía de fracaso editorial. Lo curioso del caso es que, más allá de la autoría nominal, cuando en el texto asoma la voz del autor –y lo hace esporádicamente pero con alguna frecuencia- en ningún momento esconde que es una mujer quien escribe.

Y como esto es todo tan larguísimo, me refugiaré en esos apartados tan socorridos que me permiten eludir un comentario más compacto:

Sinopsis

Middlemarch es una ciudad imaginaria de provincias en la que conviven distintos estratos sociales, como luego veremos. Los Brooke están en la cúspide local, aun sin exhibir títulos demasiados elevados, y entre ellos Dorothea destaca, además de por su atractivo, como joven idealista y con vocación benefactora. Se casará con un clérigo y erudito mucho mayor que ella, y esa decisión supondrá algunos problemas. El otro foco principal se encuentra en la familia del alcalde Vincy, en un escalón algo más bajo, que tiene por hijos a otra bellísima muchacha y un jovenzuelo bastante tarambana. Con todos ellos entra en contacto el médico Lydgate, recién llegado al pueblo con ambiciosas ideas para impulsar su profesión, y el banquero Bulstrode, el tipo de mercader enriquecido, a su vez dominado por una religiosidad radical.

Las distintas trayectorias de todos estos personajes (y unos cuantos más, claro) y sus interrelaciones dan lugar al esqueleto del argumento, con el que interfiere, aunque en un segundo plano, el momento histórico del país, con la sucesión de Jorge IV, los distintos proyectos reformistas o la aparición del ferrocarril.

Dentro del personaje

Quizá la cualidad más sobresaliente de la narración es la capacidad de la autora para escudriñar en el interior de cada personaje. Sin alardes de psicología ni necesidad de sumergirse en traumas o desgarros, en cada conversación –y las hay muchas- sabemos el porqué de cada gesto, de cada movimiento, el nerviosismo o la esperanza que siguen a una palabra, el recelo, la ira contenida, el agradecimiento, la perplejidad, todas las sensaciones que se experimentan en unos minutos  llegan al lector como si el cerebro o el corazón del personaje fueran transparentes, e inmediatamente los entendemos, sabemos por qué reaccionan así, qué sienten y qué desearían. Un grado de sensibilidad poco común que permite conocer a esos personajes sin necesidad de descripciones; los vemos, los oímos y sabemos lo que sienten al detalle. Más que análisis psicológico es conocer la naturaleza humana y ser capaz de transmitir esa visión.

Ironía made in England

La otra gran característica de Middlemarch es sin duda la ironía, una sorna extremadamente fina que sin duda tiene el sello british pero siempre envuelta en amabilidad (el sarcasmo más hiriente lo pone Mary Ann en boca de alguno de los personajes secundarios, como demostrando hasta dónde podría llegar su agudeza si quisiera). Mantenido a lo largo de tantas páginas, deja una sensación sumamente agradable, de discreción que no desdeña un toque divertido y que permite detectar el posicionamiento de la autora respecto de cada uno de sus personajes, siempre amable pero sin ocultar censura cuando lo considera oportuno. En todo caso, dentro del tono elegante que domina todo el texto, y con pequeñas y muy medidas invocaciones directas al lector que le dan frescura y cercanía al relato.

Un estudio de la vida de provincias

Ese es el subtítulo con que se presenta la obra. Suena algo frío y contrasta con la cercanía de la narración, pero sí que resulta descriptivo si observamos el libro como cuadro de personajes significativos de una pequeña ciudad provinciana. Sin pretender profundizar demasiado en este aspecto, queda clara la estratificación social propia de la época y el entorno: las familias nobles (una nobleza más o menos modesta) habitan fincas en los campos exteriores a la ciudad y mantienen cierta distancia con la burguesía (abogados, financieros, profesionales de distinto rango), y las líneas divisorias entre unos y otros, aunque invisibles, son muy nítidas. Hay una especie de pavor ante la posibilidad de descender en la rígida escala social, y un ansia obsesiva por buscar caminos para progresar en ella. Es en realidad el gran motor del relato, nada se mueve al margen de esta segmentación y las relaciones personales se ven condicionadas por ella. Ahí está la pugna entre el amor y los corsés sociales, una lucha que no será muy original, pero en este caso, estupendamente bien narrada.

También hay que decir que Mary Ann no toca ni con un palo las capas bajas de la sociedad, eso es cierto; pero bueno, el autor es libre para elegir sus personajes, faltaría más. Lo que sí deja ver, siempre con ironía y sutileza pero a veces con mucha claridad, es una crítica a la posición de la mujer en esa sociedad: un buen matrimonio es la meta final (y única), y en ninguna cabeza cabe que alguien se salte este principio. Bueno, en ninguna salvo, en algún caso, la de la propia interesada.

Con todo, tampoco quiero ignorar la posible opinión del lector que vea en este libro un larguísimo culebrón. No precisamente por abusar de una trama de enredos artificialmente barroca, sino sobre todo porque el relato se centra en las relaciones amorosas de varias parejas obligadas a superar dificultades de distinto tipo. Sin embargo, pienso que esto sería una lectura excesivamente superficial, porque los obstáculos a esas relaciones, lejos de ser meros trucos para estirar la historia, son el corazón mismo de la novela: sobre todo las diferencias sociales, pero también cierto convencionalismo hipócrita, los roles femeninos, la obsesión por guardar las formas o la peculiar psicología de esos personajes que la autora describe con tanto talento.

Como he comentado alguna vez a propósito de estos tochos que de vez en cuando traemos, entiendo que haya quien opte por escapar de semejantes volúmenes (hay por el contrario a quienes esto les encanta, no sé bien por qué). En este caso la magnitud es realmente apabullante, pero yo me atrevería a invitarles a internarse en ese mundo: seguro que pasadas las primeras decenas de páginas les será difícil dejarlo.

viernes, 8 de enero de 2021

Simone de Beauvoir: Los mandarines

Idioma original: Francés
Título original: Les mandarins
Traducción: Silvina Bullrich
Fecha de publicación: 1954
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Los mandarines, de Simone de Beauvoir, es una novela de ochocientas y pico páginas. Fue galardonada con el Premio Goncourt en 1954, año de su publicación. Trata sobre un grupo de intelectuales franceses que, al término de la Segunda Guerra Mundial, se plantean cómo seguirán con su vida, de qué modo gestionarán sus relaciones con el resto de miembros de su grupo y cuál será su papel en un mundo cambiante.

No os voy a mentir: esta obra es difícil de leer. Es extensísima; tiene muchos personajes, cuyos nombres, bagaje y carácter cuesta recordar; su argumento se cuece a fuego lento; su subtexto filosófico, exitencialista y político es, por momentos, algo abstruso. Asimismo, producirá rechazo a más de uno por cuestiones ideológicas. ¿Qué me importan a mí las movidas de la izquierda?, dirán unos cuantos. ¿Por qué debería interesarme algo que no pasa el test de Bechdel?, se preguntarán otros. 

Pues bien, pese a vuestras reticencias iniciales, hacedme caso y dadle un tiento a este libro. Intercaladlo con algo liviano, si es necesario, pero dadle una oportunidad. Es empachoso, mas perseverar recompensa con creces este hecho. Las tensiones que explora resonarán en todos nosotros, independientemente de nuestras afinidades políticas. Puede que sus personajes femeninos tengan poca autonomía y sirvan como satélites de sus contrapartes masculinas, pero eso no impide que las mujeres esbozadas por Beauvoir gocen de una psicología extremadamente densa. 

Es curioso, por cierto, el componente autobiográfico de Los mandarines. Y es que reconocemos fácilmente a Beauvoir en el personaje de Anne. También se intuye a la pareja de la autora, Jean-Paul Sartre, en Robert, o al amigo de ambos, Albert Camus, en Henri. 

En resumidas cuentas, considero que estamos frente a una narración muy lograda, que baraja temas complejos desde una perspectiva interesante y que es ambiciosa en la forma. La recomiendo sobremanera a quienes sepan armarse de paciencia y deleitarse con sus múltiples virtudes.


También de Simone de Beauvoir en ULAD: La mujer rota

miércoles, 14 de octubre de 2020

Camille Paglia: Sexual Personae

Idioma original: Inglés
Título original: Sexual Personae
Traducción: Pilar Vázquez Álvarez
Año de publicación: 1990
Valoración: Recomendable para interesados

Sexual Personae es una obra monumental. No sólo por su envergadura (que también), sino por su ambición y alcance. En este ensayo, Camille Paglia aborda el principal conflicto de Occidente: la tensión entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Para ello recurre a varias disciplinas: mitología grecolatina, historicismo, análisis literario, crítica de arte, religión...

Que nadie se sienta intimidado por lo que acabo de decir. Sexual Personae es una mezcla de erudición y asequibilidad, de modo que puede ser disfrutado tanto por académicos como por lectores comunes.

Algo que valoro de Paglia es que entiende que la sexualidad (una de sus principales inquietudes) no es lógica y racional. Por ello, la aborda desde los prismas neblinosos del arte y la psicología; la sublima, incluso, aunque en el proceso caiga en proclamas que la sociedad infantilizada en la que vivimos considerará polémicas.

Debo decir que Sexual Personae me ha gustado bastante más que Vamps & Tramps. Más allá del feminismo, una miscelánea que aglutina varios trabajos breves de Paglia. El discurso de la autora sigue abusando del psicoanálisis freudiano o apoyándose en exceso en arquetipos monolíticos, por ejemplo, pero al menos ves su tren de pensamiento, el cauce que sigue hasta llegar a emplear estos recursos analíticos, de modo que se antojan más convincentes.

La edición al español de Sexual Personae que yo he leído, publicada en 2020 por Deusto, tiene más de ochocientas páginas de letra chiquitita y está prolijamente ilustrada. La única pega importante que le pongo es que no sitúa las notas al pie. 


También de Camille Paglia en ULAD: Vamps & Tramps. Más allá del feminismo

sábado, 25 de julio de 2020

Tochoweek IV #6 - Alexis de Tocqueville: La democracia en América

Título original: De la démocratie en Amérique
Idioma original: francés
Traducción: Raimundo Viejo Viñas
Año de publicación: 1835-1840
Valoración: Muy interesante

En 1831 Alexis de Tocqueville fue enviado a Estados Unidos para estudiar su sistema penitenciario. Permaneció allí solo nueve meses, pero fue tiempo suficiente para interesarse profundamente por aquel nuevo país. A su regreso continuó estudiando la cuestión, publicando en dos partes La democracia en América, un texto fundamental en las ciencias políticas, con múltiples conexiones con otras áreas, como el Derecho, la Historia o la sociología.

Estados Unidos era un país independiente desde hacía poco tiempo, y lo que encuentra Tocqueville es algo bastante insólito: un Estado democrático establecido sobre una tierra virgen de dimensiones todavía desconocidas y constituido por colonos, sin jerarquías ni clases sociales, o sea, algo tan radicalmente diferente de la vieja Europa que le mueve a intentar estudiarlo en su totalidad y deducir consecuencias. Por fijar los conceptos, hay que decir que lo que llama democracia no es exactamente lo mismo que nosotros entendemos hoy en día (una persona, un voto; un sistema representativo) sino, en términos generales, la igualdad de condiciones. Ese es justamente el corazón de la sociedad estadounidense, un colectivo de ciudadanos llegados de la metrópoli en busca de una vida mejor a la que todos tienen derecho por igual, y solo su capacidad determinará el éxito o fracaso. Se puede decir que el concepto de democracia es por tanto más sociológico que político o jurídico, y sobre ese enfoque construye Tocqueville la contraposición entre democracia y aristocracia que ocupa la mayor parte del libro. 

Ese pueblo de colonos se constituye en un régimen democrático y básicamente igualitario (luego hablamos de la esclavitud), formado por unidades territoriales más pequeñas (Estados, condados, comunas). En base a sus intereses comunes, los ciudadanos delegan en un poder central algunas competencias básicas, estructurándose un sistema complejo que Tocqueville analiza en la primera parte de la obra. Se definen los contrapesos entre los tres poderes (en principio, todos electivos) que ya había definido Montesquieu un siglo antes, y entre los distintos ámbitos territoriales, con la idea básica –que de alguna manera ha llegado hasta la actualidad- de una cesión de soberanía hacia el Estado que siempre es limitada, porque el ciudadano (no olvidemos que se trata de individuos que llegaron por su cuenta y riesgo a buscarse la vida) nunca está dispuesto a perder su parcela de decisión individual.

Es el gran rasgo definitorio de la sociedad norteamericana que Tocqueville –a falta de otros ejemplos similares-extiende a todo modelo democrático: el individualismo. Un individualismo feroz cuyo objetivo fundamental es la riqueza, el bienestar material, y que apenas se compensa con cierta tendencia al asociacionismo. Individualismo y materialismo (ya se pueden adivinar algunos rasgos de la sociedad norteamericana que persisten dos siglos después) dan lugar a la valoración del trabajo como una actividad honorable, frente al desprecio que la aristocrática Europa (Inglaterra sobre todo) muestra frente al desempeño de toda actividad productiva. Esa dicotomía Europa/América (Estados Unidos), o aristocracia/democracia se convierte en el método que sostiene la muy extensa exposición de Tocqueville. Buscando siempre ese contraste se explican las múltiples perspectivas de la sociedad americana: la religión, la filosofía, el lenguaje, el arte, el comercio, la familia… No negaré que llega a cansar un poco esa contraposición permanente, además de resultar claramente forzada en algunos casos, porque da la impresión de que se empieza por las conclusiones para después encajar los motivos.

En su búsqueda de dualidades, Tocqueville encuentra por supuesto la más evidente: la condición del hombre blanco frente a los indios nativos y los negros. Es un retrato durísimo y esclarecedor en el que se describe la absorción de los indígenas por los occidentales triunfantes, el proceso de desaparición de la esclavitud y las consecuencias de ambos. Es, al margen de las reflexiones en torno a la democracia, la parte más intensa del libro. El autor francés capta con una clarividencia brutal el cambio de concepto que se opera sobre el negro, que pasa a ser un hombre libre, pero llevará para siempre el estigma de su origen y su raza: ya no es tratado como esclavo, pero siempre seguirá siendo despreciado, incluso en los Estados no esclavistas. Por cierto, que también Tocqueville anticipa la posibilidad de una guerra civil por causa de la esclavitud, lo que ocurriría veinte años más tarde.

Hay que decirlo ya: Tocqueville, buscando una obra total, quiere explicarlo todo y encajar en sus categorías cada uno de los aspectos de esa sociedad que descubre entusiasmado. Aunque su estilo es limpio y neutro, es también prolijo, detallista hasta el extremo y también bastante repetitivo, lo cual no se puede negar que abruma en ciertos momentos de libro tan extenso. Pero es indudable que se trata de un texto excepcional. Por no alargarme demasiado, lo sintetizo en tres aspectos:
- La democracia: Tocqueville cree haber encontrado la materialización de este concepto jurídico-político en un país nuevo, lo examina, estudia sus mecanismos, se asombra de hallar una sociedad igualitaria y ve en ella el camino por el que hacer realidad lo que a mediados del siglo XIX parece todavía utópico
- El liberalismo: esa sociedad norteamericana parece el sustrato perfecto para ver crecer el mundo liberal que sueña Tocqueville. Por eso subraya una y otra vez los peligros que le acechan: el despotismo (dictadura de la mayoría), la centralización y el intervencionismo, es decir, todo lo que menoscabe la libertad y la iniciativa individual
- América (Estados Unidos): se ha dicho que La democracia en América es el libro definitivo sobre este país, aun cuando era todavía un recién nacido y apenas ocupase la mitad del territorio actual. Pero sí: es realmente una obra descomunal, la definición integral y profunda de un país como seguramente será difícil encontrar otra semejante.

Claro está que estamos en la Tochoweek, que aquí van muchos cientos de páginas que no es fácil digerir a no ser que nos interese mucho. Pero quizá merece la pena intentarlo: nos esperan ideas y conceptos fundamentales en la ciencia política de los últimos doscientos años, y aspectos muy interesantes, y algunos plenamente actuales, acerca de un país y una sociedad que, nos guste más o menos, ha sido y es determinante en todos los aspectos de nuestra Historia reciente.

viernes, 24 de julio de 2020

Tochoweek IV: #5 - Nassim Nicholas Taleb: El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable

Idioma original: inglés
Título original: The Black Swan. The Impact of the Highly Improbable
Año de publicación: 2007
Valoración: Recomendable



a)     nada puedo hacer respecto a que el sol salga mañana (por mucho que lo intente);
b)     nada puedo hacer sobre si hay o no otra vida:
c)     nada puedo hacer sobre la posibilidad de que los marcianos se adueñen de mi cerebro.
Pero tengo muchas formas de evitar ser imbécil. Es algo que solo requiere proponérselo.



Hará un par de meses, afirmaba el autor de este libro que la pandemia por Covid 19 que asola actualmente el planeta no puede considerarse un cisne negro. Y sería una osadía por mi parte llevar la contraria al inventor del término y desarrollador de una teoría compleja, aunque no tanto como puede parecer según nos vamos adentrando en su lectura. No obstante, lo primero que pensé en cuanto vi lo que nos venía encima fue que esta obra tenía que ponerse en el primer lugar de mi lista de pendientes porque su contenido no podía ser más oportuno, que teníamos el cisne negro aquí ¡vaya!
Perdón. Si no se están enterando de qué va la cosa es porque todavía no les he explicado el concepto. Un cisne negro se define como el acontecimiento inusual que nadie esperaba y solo nos parece posible una vez se ha producido en contra de todas las expectativas, igual que los cisnes habían sido blancos por norma hasta que se encontró el primer ejemplar negro, modificando radicalmente lo que la biología entendía por tal. Pero veamos qué requisitos debe cumplir en palabras de quién lo acuñó;

[Un cisne negro] “es una rareza, pues habita fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, produce un impacto tremendo. Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible.”

 Bien, posiblemente la pandemia, hablando en sentido estricto, no lo sea ya que no cumple la primera condición. Es cierto que ha habido otras antes, pero desde un punto de vista subjetivo –y esto es una opinión personal– no me parece un disparate clasificarlo de ese modo para una gran parte de la población menos familiarizada con este tipo de asuntos. Y es que Nassim Nicolas Taleb –todo un personaje, como verán si se deciden a leer este tratado– lleva toda su vida estudiando probabilidades de riesgos, fortunas, catástrofes y demás giros que el azar o la ley de causa-efecto pueden depararnos. Un tipo curioso, que se esfuerza en caer simpático al lector y lo consigue, porque no incluir cierto gracejo en un texto de tamaño considerable repleto de conceptos estadísticos, sería una temeridad por parte de alguien que ha estudiado concienzudamente la manera de tener éxito en lo que haga y que de ningún modo va a conformarse con una discreta cifra de ventas. Yo lo definiría como un híbrido de científico y vividor que se pone el mundo por montera o aparenta hacerlo. Valga como ejemplo un comentario de su madre –nada original, por cierto – sobre lo afortunado que sería si se comprase a sí mismo por su valor real y se vendiese por el concepto que tiene de sí mismo.
Pero vayamos al contenido. Decía que su complejidad me ha parecido más aparente que real. Cierto que esa forma de ver las cosas resulta tan ingeniosa como práctica, que enmienda la plana –acertadamente o no– a inversores y demás profesionales relacionados con la Bolsa, a estadísticos, agentes de Seguros, propietarios de casinos etc. Pero tengo la impresión –y, naturalmente, puedo equivocarme– de que el buen Taleb ha diseñado una estructura deliberadamente farragosa para que sus reflexiones parezcan más enrevesadas de lo que son realmente. Se adjudica así un plus de complejidad, que no se le puede negar del todo ya que maneja conceptos matemáticos y estadísticos (explicados con sencillez, sin tecnicismos), pero que organizados de otra manera –en una secuencia conceptual más asequible, evitando repeticiones innecesarias y demás recursos que dificultan la comprensión y hacen la lectura algo tediosa – disfrutaríamos más y comprenderíamos mejor, aunque quizá no cayésemos rendidos de admiración a sus pies como parece que pretende. Todo esto a pesar de la cantidad y variedad de metáforas y ejemplos, de los retazos de vida que asoman aquí y allá y de la cercanía con el lector de que hace gala. Justo es reconocer que amenizan la lectura, aunque también la alargan innecesariamente y pueden suponer un obstáculo para la comprensión de los conceptos que maneja.
Para enunciarlo de la forma más simple, el mundo no es una plácida balsa de aceite, tal como queremos creer, sino una sucesión de cisnes negros que explicarían “casi todo, desde el éxito de las ideas y las religiones hasta la dinámica de los acontecimientos históricos y los elementos de nuestra propia vida.” Ejemplos de cisnes negros serían: la Primera Guerra Mundial, el nazismo y consiguiente estallido de la segunda, la caída de la Unión Soviética, el fundamentalismo islámico, Internet y un largo etcétera. Resulta paradójico, señala, que la humanidad avance o retroceda gracias (o a pesar) de estos fenómenos, y sin embargo no los tenga en cuenta en absoluto. La globalización, por ejemplo, bajo “la apariencia de estabilidad” “crea unos Cisnes Negros devastadores”, a causa de ella “tendremos menos crisis, pero serán mucho más graves”. El futuro es impredecible, pero el ser humano se comporta como si tuviese una hoja de ruta, basada en acontecimientos pasados, que lo dibujase sin apenas margen de error, y esto es muy peligroso, porque debido a esta ceguera los acontecimientos indeseados sucederán mucho más fácilmente.

Desde el punto de vista del pavo, el hecho de que el día mil uno no le den de comer es un Cisne Negro. Para el carnicero no, ya que no es algo inesperado. De modo que aquí podemos ver que el Cisne Negro es el problema del imbécil.”

Más imaginación y más pensamiento abstracto es lo que hace falta cuando la realidad se vuelve cada vez más compleja, afirma repetidamente. Para ilustrarlo nos sitúa en dos universos: Mediocristán y Extremistán. Al primero pertenecerían todos los fenómenos que no pueden apartarse mucho de un término medio, por ejemplo la estatura humana, al segundo los que pueden alcanzar cifras incomparables entre sí, como la riqueza que puede acumular una persona, cifras de ventas etc. Los cisnes negros solo pueden aparecer en este último. Pero hay que verlos, y la mente nos suele jugar malas pasadas, incluso los científicos, acostumbrados a filtrar los sesgos en su entorno laboral, caen en su vida cotidiana en trampas de este tipo. La predicción –siempre según Taleb –no es algo que esté a nuestro alcance: podemos hablar de lo que ha sucedido pero no del futuro, a no ser que en él no ocurriese nada imprevisible y se rigiera por lo que (erróneamente) consideramos reglas históricas. Pero los cisnes negros son inevitables –y más frecuentes de lo que pensamos– por eso, nos equivocamos en nuestros augurios una y otra vez y, lo que es peor, seguimos sin darnos cuenta. Y no es una forma de hablar: puesto que no somos omniscientes. la impredicibilidad es un elemento que hay que asumir, pero sus consecuencias serían mucho más leves si fuésemos conscientes de ella.

El modelo clásico de descubrimiento es el siguiente: se busca lo que se conoce (por ejemplo, una nueva ruta para llegar a las Indias) y se encuentra algo cuya existencia se ignoraba (América). Si cree el lector que los inventos que tenemos a nuestro alrededor proceden de alguien sentado en un cubículo que va mezclando elementos como nunca antes se habían mezclado y sigue un horario fijo, piense de nuevo: casi todo lo actual es fruto de la serendipidad, un hallazgo fortuito ocurrido mientras se iba en busca de otra cosa.”

Su consejo es que, ya que no podemos dejar de ser predictivos porque forma parte de nuestra naturaleza, ¡adelante! Hagamos previsiones, pero solo en cuestiones poco relevantes (una merienda por ej.), nunca en lo relacionado con las ciencias sociales o la economía, pues las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguna vez hay que escuchar a predictores institucionales, tengamos en cuenta que “su precisión se degrada con el paso del tiempo”. Nada nos hace inmunes a la aleatoriedad de la vida, solo hay un camino para minimizar los efectos del cisne negro: convertirlo en gris, es decir, como ha dicho y repetido mil veces, contar con su existencia. Ese es el motivo de que no catalogue como tal al Covid 19. 
No lo habrá sido para él, que vive en permanente estado de alerta, ni para algunos científicos que venían anunciando algo así, para el resto de la humanidad, creo yo, lo que está ocurriendo es un auténtico cisne negro sin ningún género de dudas.


Traducción: Roc Filella Montfort y Albino Santos Mosquera

martes, 21 de julio de 2020

TochoWeek IV #2. Alberto Laiseca: Los sorias

Idioma original: Español
Año de publicación: 1998
Valoración: Empachoso 


Los sorias (premio Boris Vian) es considerada una obra maestra de la literatura latinoamericana. Autores de la talla de César Aira, Rodolfo Fogwill y Ricardo Piglia respaldan dicha opinión. Personalmente, no sabría decir si están en lo cierto. En todo caso, reconozco que esta es una novela pródiga en virtudes. Pero me es imposible negar lo obvio: también la lastran bastantes defectos. Y, además, es de ese tipo de ficciones que solamente atraerá a aquellos cuyos gustos sean afines.

Me explico: uno puede apreciar el tremendo esfuerzo que supone concebir este texto. Sin embargo, disfrutar de su lectura y reconocer sus geniales hallazgos es una tarea complicada. Únicamente quienes estén predispuestos a este tipo de narrativa saldrán de él con ganas de más. De más Alberto Laiseca, de más experiencias realmente singulares.

Volvamos al libro. A este tocho kilométrico que el autor tardó diez años en escribir (y otros dieciséis en publicar). Valorarlo según su carácter unitario le hace un flaco favor, pues no está concebido para ser leído de un tirón, ni tiene un argumento estrictamente lineal. Si acaso, hay que acercarse a esta obra como si de un retablo fragmentario se tratara. Sus mejores ideas se encuentran dispersas; su humor, espaciado. Tengámoslo muy en cuenta.

Estamos frente a un artefacto literario que parece un homenaje (y, asimismo, una crítica) a la posmodernidad. Ante una pintoresca mezcolanza de géneros y registros: ciencia ficción, fantasía, humor, terror, drama bélico, música, poesía, teatro... Ante una épica que narra el conflicto que existe entre las naciones de Tecnocracia y Soria. Ante la historia de un dictador que se humaniza.

Los aspectos positivos de esta obra son, a mi juicio, los siguientes:

  • Es una inestimable ventana al curioso universo de Laiseca. Universo onanista y, al mismo tiempo, proclive al tributo (o saqueo, más bien) de lo ajeno. 
  • Su originalidad. 
  • Su creatividad. La imaginación de Laiseca es colosal, capaz de conjurar una Tierra ficticia (aunque tenga algunas similitudes geográficas e históricas con nuestro planeta); una Tierra abundante en "lore", con sus propios países, lenguas y religiones. Amén de un sistema de magia tremendamente complejo (aunque, eso sí, algo incongruente). 
  • Como acabo de insinuar, el sistema de magia de Los sorias es fascinante. Involucra a ocultistas, sociedades esotéricas, mudras, viajes astrales, máquinas capaces de ofrecer apoyo logístico, zombies, gólems imparables, tijeras asesinas... 
  • También la tecnología pergreñada por Laiseca es extraordinaria y, hasta cierto punto, compleja. 
  • Diversos delirios, esoterismos, erotismos o personajes de corte bruegheliano que aparecen en estas páginas. 
  • La erudición (nada jactanciosa) que Laiseca derrocha. Sus conocimientos de ópera, literatura, historia o mitología son excepcionales. 
  • La desmitificación de varias disciplinas (como la filosofía y las matemáticas) o figuras históricas (Wagner, Napoleón...). 
  • El humor de Laiseca. Es cierto que es demasiado intermitente; no obstante, vale la pena armarse de paciencia y buscarlo. 
  • Sus reflexiones en torno al sindicalismo, al comunismo, a los técnicos, a la historia como farsa. Son muy lúcidas y se presentan con humildad.
  • Su "self-awareness". Varios pasajes dan a entender que Laiseca es consciente de estar escribiendo algo «revolucionario», por lo que hay que disculparle sus «excesos» (pg. 341), a la par que algo, en cierto modo «tedioso», cuyo único objetivo es llegar a una «frase genial insertada en el medio» (pg. 330). 
  • Las rupturas de la cuarta pared. Destacaría esa en que el cronista de Los sorias admite haber producido en el relato «rupturas discontinuizantes» y apela al perdón del «magnánimo lector» (pg. 244). O esa otra en que dice que se le ha tostado la tarta que tiene en el horno por estar distraído escribiendo una «disquisición sobre el amor y los franceses» (pg. 573).

En cuanto a los defectos de esta novela, destacaría que:

  • Los temas se exponen de forma un tanto débil, lo cual resulta insultante, teniendo en cuenta que el autor ha dispuesto de mucho tiempo para desarrollarlos. Por ejemplo, los delirios megalomaníacos de los dictadores. Esta ficción tenía todas las papeletas para sumarse a la tradición de novelas de dictadores hispanoamericanas y ofrecer una meditación al respecto, pero a la postre no da la talla. 
  • Hay poca consistencia en el "worldbuiling" y el sistema de magia establecidos por Laiseca. Comprendo que una obra como esta no requiere que semejantes apartados estén muy pulidos, pero aún y así, había veces en que las disonancias y lagunas impedían que me sumergiera al cien por cien en la lectura. 
  • La psicología de los personajes. Laiseca los va dibujando poco a poco, casi con parsimonia, pero nunca profundiza en ninguno. Y esto impide que empaticemos con ellos. El arco de redención del Monitor hubiera sido mucho más efectivo si se le hubiera desarrollado adecuadamente, por ejemplo. Además, la caracterización pobre de los protagonistas del relato resta impacto a algunas situaciones, especialmente a aquéllas que transcurren en los últimos coletazos de la novela.
  • Algunos pasajes de la novela, o incluso capítulos enteros, se hacen demasiado pesados, cuando no directamente aburridos.  
  • El final se siente abrupto y, sobre todo, se toma demasiado en serio a sí mismo, traicionando el acabado desenfado del resto.  
  • El narrador trata al lector como si fuera estúpido. En serio, se pasa todo el tiempo recordándonos que esto ya lo había dicho, pero te lo repito de todos modos por si te habías olvidado. 
  • La torpe exposición. A menudo, la información se nos entrega de forma poco orgánica. Con "infodumpings" o a base de notas y apéndices. 
  • Los delirios que más divertidos me parecieron reciben muy poco foco. El de un magnicida frustrado, por ejemplo, o el de un comerciante que vende pájaros. En cambio, los estereotipados, como el del Soriator, son omnipresentes. 
  • Las intrigas de palacio acaban reducidas a caprichosas rencillas. Cero tensión política. 
  • Hay muchas erratas. Algunas son obvias decisiones estilísticas (Laiseca emplea signos ortográficos, de puntuación y tildes al margen de convenciones, y a veces de forma arbitraria, sin respetar antecedentes propios); otras se deben, probablemente, a gazapos ortotipográficos. De todos modos, incluso a las erratas intencionadas se le podría reprochar que obstaculizan de forma innecesaria la lectura. Una tilde puede marcar la diferencia entre un sustantivo y un verbo; una mayúscula colocada donde no debería estar puede suponer una pausa accidentada; etc... 
  • Laiseca siente debilidad por las oraciones larguísimas y abusa de las subordinadas o de las comas. 
  • Los argentinismos homogeneizan las voces.

En conclusión: Los sorias es una novela que sólo recomendaría a los mitómanos de Laiseca. Y, seguramente, incluso los seguidores del escritor tendrán que intercalarla con otras lecturas. Al fin y al cabo, no es ni de lejos su trabajo más redondo, pese a que nos encontramos ante una obra innegablemente ambiciosa.

Para conocerle, acudid a El gusano máximo de la vida misma. Tiene los mismos elementos que hacen atractiva a Los sorias (ideas locas, humor, experimentación formal, un narrador carismático...) expuestos con mayor consistencia. Y es menos empachosa.


Otras obras de Alberto Laiseca en ULAD: El gusano máximo de la vida misma