sábado, 4 de julio de 2026
Tochoweek VI #6 Elaine Vilar Madruga: La piel hembra
domingo, 25 de enero de 2026
Joyce Carol Oates: Fox
miércoles, 1 de febrero de 2023
Elvira Roca Barea: Imperiofobia y leyenda negra
viernes, 6 de enero de 2023
J. G. Ballard: Relatos, 1
Traducción: David Tejera Expósito
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable
No es fácil reseñar un libro como este, que incluye 39 relatos publicados por J. G. Ballard entre 1956 y 1963. Creo que lo más cómodo y lo más representativo será ofrecer una serie de líneas generales sobre temáticas, estilo, puntos fuertes y puntos débiles porque dentro de esos 39 relatos hay de todo (obviamente): relatos magníficos de principio a fin, relatos que comienzan de manera deslumbrante y que se caen al final, relatos más o menos planos, relatos hasta cierto punto prescindibles, etc. Dicho esto, generalicemos y tiremos p'alante.
Para empezar, situaremos los relatos de Ballard en lo genérico. Obviamente, la primera etiqueta será la de la ciencia-ficción, pero no esa de marcianitos, naves espaciales y demás parafernalia. Será, más bien, ficción especulativa utilizada como trasfondo para hablar de pasiones y pulsiones universales. Pero no solo de ciencia-ficción en sus más variadas formas vive Ballard. La distopía, ciertas formas de terror psicológico, lo absurdo y lo surreal e incluso lo gótico conviven a los largo de las 850 páginas de este tochazo en las que encontraremos ecos de Poe, de Kafka o de Orwell, por citar tres nombres.
Respecto a los temas ballardianos, cabe destacar que estamos ante un autor más de abstracciones que de concrecciones. Aún así, el tiempo y el espacio (y variaciones sobre los mismos), el poder, la idea de Dios, la soledad o los efectos que la "sobretecnologización" de la sociedad tienen sobre el individuo son algunas de las obsesiones que observamos en estos relatos.
En cuanto a lo estilístico, Ballard me parece un autor terriblemente pictórico. Muchos de sus relatos, especialmente en lo que a atmósferas y escenarios se refiere, poseen una potencia visual tremenda. A ello contribuyen sus estupendas descripciones y ambientaciones, lo que no excluye una cierta tendencia a la sobreadjetivación que no acaba de convencerme.
Pasemos ahora a los puntos fuertes de estos relatos. Serían su ya comentada potencia visual, la ya citada habilidad para las descripciones y sus premisas o puntos de partida, verdaderamente originales e inquietantes, pese a que algunas de ellas han podido quedar algo "desfasadas" debido al progreso tecnológico de las últimas décadas.
En cuanto a loa puntos más "flojos", además de la sobreadjetivación de la que hablaba, habría que citar el escaso desarrollo psicológico de algunos de los protagonistas de los relatos (Ballard es más un escritor de atmósferas que de personajes, lo que no significa que encontremos relatos en los que ambos aspectos casan a la perfección) y algunos de los finales, que no terminan de estar a la altura de la premisa inicial del relato.
Por último, citaré media docena de los relatos que más me han gustado, que serían:
- La ciudad de Concentración, por la magnífica construcción de un universo distópico y opresivo caracterizado por un aberrante urbanismo.
- Ahora: cero, un relato realista con trasfondo ci-fi que explora acertadamente la psicología de un personaje que detenta un poder omnímodo.
- Cronópolis, relato orwelliano ambientado en una civilización derrumbada por el exceso de tecnología, la superpoblación, los recursos limitados, etc. Terrible y espero que errado en sus predicciones.
- Trece a Centauri, texto que juega con la ingeniería social y que cuenta con una gran premisa, un interesante giro a mitad del relato y un mejor tratamiento psicológico de los personajes.
- El hombre subliminal, distópico relato a medio camino entre la fábula y el realismo que habla de la manipulación mental en un mundo ultracapitalista de consumo desmesurado y ambiciones siempre insatisfechas.
- Uno menos, texto situado entre Kafka y Poe, entre el absurdo y el surrealismo pese a su carácter más metafísico pero que con un toque final de lo más british.
miércoles, 1 de diciembre de 2021
Tochoweek V #3: Jaume Cabré: Yo confieso
Año de publicación: 2011
Título original: Jo confesso
Valoración: Casi imprescindible
Admiro la figura de esos escritores cuyo
objetivo es explicarse a sí mismos (y a los demás, de paso) y para ello
construyen un mundo propio, que acaba siendo un territorio confortable donde el
lector se instala durante un periodo de su vida. O no tan confortable, porque
las preguntas incómodas, la obsesión por analizar causas y efectos, de observar
el lado oscuro de la realidad nos puede amargar más de una cena. Lo peor –o lo
mejor, según se mire– es que cada vez escasean más estos creadores tan
aguafiestas que se empeñan en buscar tres pies al gato hurgando en lo más hondo
de nuestra forma de ser y de relacionarnos.
Acabo de terminar esta novela y les
confieso que todavía estoy flotando entre el mundo real y el que allí se
describe. Pero ¿qué es la realidad? Habrá que preguntarse si Cabré ha escrito
una novela realista. Es un hecho que disecciona sin medias tintas la realidad
de todos los tiempos, por tanto el contenido lo es sin ninguna duda. No lo son,
en cambio, sus procedimientos, o no todos, y con esto me refiero a esos saltos
espacio-temporales que afectan, no solo a la trama sino también ¡atención! al
desenlace. Aunque el desenlace realista es anterior –ya hemos visto cómo acaba
el protagonista– las últimas páginas son una pirueta estilística, un magnífico
alarde de virtuosismo y, quizá, la insinuación de un silenciamiento preventivo,
pero esto último no queda claro del todo. Y no puedo decir más, lo entenderán
cuando estén a punto de concluir tantas páginas apasionantes (mil nada menos en
números redondos) que, como en cualquier novelón que se precie, parecen
demasiadas hasta que notamos que los personajes se han convertido en nuestra
sombra. El autor lo explica refiriéndolo a la botella de Klein, teoría de un matemático
alemán que no tiene relación con el argumento propiamente dicho, sino con su aspecto
más literario, también con la idea, subyacente en todo el texto, de que la
maldad humana es una corriente que atraviesa la historia y se repite a lo
largo de los siglos aunque se oculte o se disfrace de acciones altruistas.
Y es que el mal es la gran obsesión de
Adrià Ardevol (Jaume Cabré mediante) y por tanto el asunto central de la
novela. Aunque, como en cualquier ficción larga, compleja y con análisis
profundos, repasa los aspectos que nos conciernen a todos. ¿Cuántos filántropos
conocidos se han hecho millonarios gracias a sus supuestas buenas acciones?
Preguntas que surgen según vamos leyendo. Respuestas no hay, tal como el propio
autor reconoce cuando habla de esta obra, pero ni falta que nos hace, las
conclusiones ya las sacamos nosotros. Si además lo hacen disfrutando tanto como
yo, a pesar de su dificultad de fondo y forma, la lectura será un largo y
apasionante viaje a través de la Historia y las historias. Prepárense pues y,
por si acaso, abróchense los cinturones.
El grueso del relato, o su línea
principal, está escrito en segunda persona, ya que se trata de una carta, extensísima
y muy densa, dirigida a uno de los personajes más relevantes, (no diré a quién
porque este es un dato que no conoceremos hasta bien avanzada la narración). Pero
esa línea se quiebra con abundantes interrupciones en tercera persona que
narran hechos ambientados en épocas pasadas, algunas remotísimas. Se incluye
también una supuesta transcripción de documentos, además de ese añadido final post-mortem (o su equivalente) en cursiva, y también en tercera persona, que trastoca casi todo
lo que hasta entonces considerábamos inamovible. Y a pesar de toda esa
minuciosidad quedan muchas preguntas en el aire (esa criatura que perdió Sara y
cuyo retrato aparece por casualidad cuando ya queda poco que decir). Puede, incluso,
que al cerrar el libro lo que nos quede sean más incertidumbres que certezas,
pero en absoluto se debe a desaliño sino a una forma de narrar escrupulosamente calculada
que imita a la vida lo más fielmente posible.
Tantas líneas argumentales y, sobre todo,
tanto avance y retroceso por la historia, tal cantidad de personajes, personajes tan vivos, tantos
argumentos y escenarios distintos, tanta erudición tienen, entre otros, un
propósito meta-literario interesante pero supone un esfuerzo por parte del lector. Así que no esperen una lectura cómoda, aunque sí acción trepidante que engancha, una
conexión entre sucesos a muchos años vista que da fe de que el ser humano es
cómo es, tanto en sus facetas más perversas y egoístas como en las más
generosas y heroicas, que así ha sido siempre y seguirá siéndolo. Maldad y
bondad, perversidad e inocencia. En la Edad Media, en la época nazi, en la
actualidad, entre eclesiásticos, políticos y gente de a pie, pobres y potentados,
cultivados y analfabetos. Nadie se salva. Y en este caso, el mal se ejerce, no
como parte de una larga cadena, sino a conciencia, por parte de personas con
nombre propio (o con varios porque algunos tienen que esconderse y esto
complica aún más el rompecabezas). Cabré no parece estar de acuerdo con la
teoría de Hanna Arendt, aquí todos actúan por decisión personal, no son el eslabón de una cadena (eslabón cuyo objetivo fundamental era en apariencia mantener su posición social), tienen conexión directa con los crímenes o las desgracias personales, no parece haber banalidad ni obediencia debida. En definitiva, ninguno de esos sinvergüenzas es Eichmann -por más que la inocencia de este sea también más que discutible-, y aunque se consiga eludir a la justicia, las responsabilidades
están claras, también los motivos, que se reducen a uno solo: la codicia
entendida en su sentido más amplio.
«… pasamos a la banalidad del mal, porque hacía poco que había leído yo ávidamente a Arendt y me rondaban por la cabeza unas cuantas cosas a las que no sabía dar salida. “¿Por qué te preocupa?” – dijo Bernat. “Si el mal puede ser gratuito, estamos apañados”. “No entiendo”. “Si yo puedo hacer daño porque sí y no pasa nada, la humanidad no tiene futuro”. “Te refieres al crimen sin motivo, sin más ni más”. “Un crimen sin más ni más es la cosa más inhumana que puedas imaginarte. Veo a un hombre esperando el autobús y lo mato. Horrible”.»
Adrià Ardevol es un reconocido erudito
cuya asombrosa capacidad intelectual le aporta tantas satisfacciones como
fracasos. Conforme al tópico, carece de sentido práctico y está poco preparado
para una vida convencional. Hijo único (sus padres, diseñados con esmero, no
dejan huella solo en él), exclusivo en la amistad (un solo colega y para toda
la vida) y en el amor (¿real o idealizado?) como el hombre concentrado en sí
mismo que es, triunfa profesionalmente sin apenas esfuerzo y dedicándose a lo
que le apasiona, pero no ha logrado el afecto que cree merecer. O no ha sabido
valorarlo cuando lo tuvo y lo ha sobrevalorado cuando era más que discutible.
Cada lector juzgará por sí mismo pero, repito, la partida no está jugada hasta
que no sale la última carta, o la última página en este caso.
“En la residencia de Collserola, cerca de mi querida Barcelona, cuidarán de mi cuerpo cuando me haya ido a un mundo que no sé si es de tinieblas. Me aseguran que no echaré de menos la lectura. No deja de ser irónico que me haya pasado la vida procurando ser consciente de los pasos que daba, toda la vida cargando con mis culpas, que son muchas, y las de toda la humanidad, y al final me iré sin saber que me voy. Adiós, Adrià. Me lo digo ahora, por si acaso.”
Reflexionar mientras leemos es inevitable
en un texto tan meditado, e inspirado en autores tan ilustres como Arendt,
Isaiah Berlin, que aparece como un personaje más en algunos episodios, o Primo Levi –a veces citados de forma no explícita– pero
además, e independientemente de la técnica que es original e impecable, el
relato nos toca en lo más hondo. Por todo ello me parece que Yo
confieso forma parte del contado número de novelas que merece la pena releer.
Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
martes, 30 de noviembre de 2021
Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable
lunes, 29 de noviembre de 2021
Tochoweek V #1 George Eliot: Middlemarch
Título original: Middlemarch
Traducción: Jose Luis López Muñoz
Año de publicación: 1874 (antes, por entregas)
Valoración: Recomendable alto
Algunos de los elogios más sonoros que ha recibido Middlemarch vienen de autores sobresalientes en lengua inglesa, como Martin Amis o Virginia Woolf, si mal no recuerdo. El tocho, que ronda las mil páginas, se publicó inicialmente por entregas para editarse luego en un solo volumen, con gran aceptación popular. Todo ello bajo el seudónimo masculino de George Eliot, que esconde (pero no mucho) que su autora es Mary Ann Evans. Todo un signo de los tiempos, cuando un texto publicado por una mujer era, además de bastante insólito, garantía de fracaso editorial. Lo curioso del caso es que, más allá de la autoría nominal, cuando en el texto asoma la voz del autor –y lo hace esporádicamente pero con alguna frecuencia- en ningún momento esconde que es una mujer quien escribe.
Y como esto es todo tan larguísimo, me refugiaré en esos apartados tan socorridos que me permiten eludir un comentario más compacto:
Sinopsis
Middlemarch es una ciudad imaginaria de provincias en la que conviven distintos estratos sociales, como luego veremos. Los Brooke están en la cúspide local, aun sin exhibir títulos demasiados elevados, y entre ellos Dorothea destaca, además de por su atractivo, como joven idealista y con vocación benefactora. Se casará con un clérigo y erudito mucho mayor que ella, y esa decisión supondrá algunos problemas. El otro foco principal se encuentra en la familia del alcalde Vincy, en un escalón algo más bajo, que tiene por hijos a otra bellísima muchacha y un jovenzuelo bastante tarambana. Con todos ellos entra en contacto el médico Lydgate, recién llegado al pueblo con ambiciosas ideas para impulsar su profesión, y el banquero Bulstrode, el tipo de mercader enriquecido, a su vez dominado por una religiosidad radical.
Las distintas trayectorias de todos estos personajes (y unos cuantos más, claro) y sus interrelaciones dan lugar al esqueleto del argumento, con el que interfiere, aunque en un segundo plano, el momento histórico del país, con la sucesión de Jorge IV, los distintos proyectos reformistas o la aparición del ferrocarril.
Dentro del personaje
Quizá la cualidad más sobresaliente de la narración es la capacidad de la autora para escudriñar en el interior de cada personaje. Sin alardes de psicología ni necesidad de sumergirse en traumas o desgarros, en cada conversación –y las hay muchas- sabemos el porqué de cada gesto, de cada movimiento, el nerviosismo o la esperanza que siguen a una palabra, el recelo, la ira contenida, el agradecimiento, la perplejidad, todas las sensaciones que se experimentan en unos minutos llegan al lector como si el cerebro o el corazón del personaje fueran transparentes, e inmediatamente los entendemos, sabemos por qué reaccionan así, qué sienten y qué desearían. Un grado de sensibilidad poco común que permite conocer a esos personajes sin necesidad de descripciones; los vemos, los oímos y sabemos lo que sienten al detalle. Más que análisis psicológico es conocer la naturaleza humana y ser capaz de transmitir esa visión.
Ironía made in England
La otra gran característica de Middlemarch es sin duda la ironía, una sorna extremadamente fina que sin duda tiene el sello british pero siempre envuelta en amabilidad (el sarcasmo más hiriente lo pone Mary Ann en boca de alguno de los personajes secundarios, como demostrando hasta dónde podría llegar su agudeza si quisiera). Mantenido a lo largo de tantas páginas, deja una sensación sumamente agradable, de discreción que no desdeña un toque divertido y que permite detectar el posicionamiento de la autora respecto de cada uno de sus personajes, siempre amable pero sin ocultar censura cuando lo considera oportuno. En todo caso, dentro del tono elegante que domina todo el texto, y con pequeñas y muy medidas invocaciones directas al lector que le dan frescura y cercanía al relato.
Un estudio de la vida de provincias
Ese es el subtítulo con que se presenta la obra. Suena algo frío y contrasta con la cercanía de la narración, pero sí que resulta descriptivo si observamos el libro como cuadro de personajes significativos de una pequeña ciudad provinciana. Sin pretender profundizar demasiado en este aspecto, queda clara la estratificación social propia de la época y el entorno: las familias nobles (una nobleza más o menos modesta) habitan fincas en los campos exteriores a la ciudad y mantienen cierta distancia con la burguesía (abogados, financieros, profesionales de distinto rango), y las líneas divisorias entre unos y otros, aunque invisibles, son muy nítidas. Hay una especie de pavor ante la posibilidad de descender en la rígida escala social, y un ansia obsesiva por buscar caminos para progresar en ella. Es en realidad el gran motor del relato, nada se mueve al margen de esta segmentación y las relaciones personales se ven condicionadas por ella. Ahí está la pugna entre el amor y los corsés sociales, una lucha que no será muy original, pero en este caso, estupendamente bien narrada.
También hay que decir que Mary Ann no toca ni con un palo las capas bajas de la sociedad, eso es cierto; pero bueno, el autor es libre para elegir sus personajes, faltaría más. Lo que sí deja ver, siempre con ironía y sutileza pero a veces con mucha claridad, es una crítica a la posición de la mujer en esa sociedad: un buen matrimonio es la meta final (y única), y en ninguna cabeza cabe que alguien se salte este principio. Bueno, en ninguna salvo, en algún caso, la de la propia interesada.
Con todo, tampoco quiero ignorar la posible opinión del lector que vea en este libro un larguísimo culebrón. No precisamente por abusar de una trama de enredos artificialmente barroca, sino sobre todo porque el relato se centra en las relaciones amorosas de varias parejas obligadas a superar dificultades de distinto tipo. Sin embargo, pienso que esto sería una lectura excesivamente superficial, porque los obstáculos a esas relaciones, lejos de ser meros trucos para estirar la historia, son el corazón mismo de la novela: sobre todo las diferencias sociales, pero también cierto convencionalismo hipócrita, los roles femeninos, la obsesión por guardar las formas o la peculiar psicología de esos personajes que la autora describe con tanto talento.
Como he comentado alguna vez a propósito de estos tochos que de vez en cuando traemos, entiendo que haya quien opte por escapar de semejantes volúmenes (hay por el contrario a quienes esto les encanta, no sé bien por qué). En este caso la magnitud es realmente apabullante, pero yo me atrevería a invitarles a internarse en ese mundo: seguro que pasadas las primeras decenas de páginas les será difícil dejarlo.
viernes, 8 de enero de 2021
Simone de Beauvoir: Los mandarines
No os voy a mentir: esta obra es difícil de leer. Es extensísima; tiene muchos personajes, cuyos nombres, bagaje y carácter cuesta recordar; su argumento se cuece a fuego lento; su subtexto filosófico, exitencialista y político es, por momentos, algo abstruso. Asimismo, producirá rechazo a más de uno por cuestiones ideológicas. ¿Qué me importan a mí las movidas de la izquierda?, dirán unos cuantos. ¿Por qué debería interesarme algo que no pasa el test de Bechdel?, se preguntarán otros.
miércoles, 14 de octubre de 2020
Camille Paglia: Sexual Personae
Idioma original: InglésTítulo original: Sexual Personae
Traducción: Pilar Vázquez Álvarez
Año de publicación: 1990
Valoración: Recomendable para interesados
Que nadie se sienta intimidado por lo que acabo de decir. Sexual Personae es una mezcla de erudición y asequibilidad, de modo que puede ser disfrutado tanto por académicos como por lectores comunes.
Algo que valoro de Paglia es que entiende que la sexualidad (una de sus principales inquietudes) no es lógica y racional. Por ello, la aborda desde los prismas neblinosos del arte y la psicología; la sublima, incluso, aunque en el proceso caiga en proclamas que la sociedad infantilizada en la que vivimos considerará polémicas.
sábado, 25 de julio de 2020
Tochoweek IV #6 - Alexis de Tocqueville: La democracia en América
viernes, 24 de julio de 2020
Tochoweek IV: #5 - Nassim Nicholas Taleb: El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable
[Un cisne negro] “es una rareza, pues habita fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, produce un impacto tremendo. Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible.”
“Desde el punto de vista del pavo, el hecho de que el día mil uno no le den de comer es un Cisne Negro. Para el carnicero no, ya que no es algo inesperado. De modo que aquí podemos ver que el Cisne Negro es el problema del imbécil.”
“El modelo clásico de descubrimiento es el siguiente: se busca lo que se conoce (por ejemplo, una nueva ruta para llegar a las Indias) y se encuentra algo cuya existencia se ignoraba (América). Si cree el lector que los inventos que tenemos a nuestro alrededor proceden de alguien sentado en un cubículo que va mezclando elementos como nunca antes se habían mezclado y sigue un horario fijo, piense de nuevo: casi todo lo actual es fruto de la serendipidad, un hallazgo fortuito ocurrido mientras se iba en busca de otra cosa.”
martes, 21 de julio de 2020
TochoWeek IV #2. Alberto Laiseca: Los sorias
Idioma original: EspañolAño de publicación: 1998
Valoración: Empachoso
Los sorias (premio Boris Vian) es considerada una obra maestra de la literatura latinoamericana. Autores de la talla de César Aira, Rodolfo Fogwill y Ricardo Piglia respaldan dicha opinión. Personalmente, no sabría decir si están en lo cierto. En todo caso, reconozco que esta es una novela pródiga en virtudes. Pero me es imposible negar lo obvio: también la lastran bastantes defectos. Y, además, es de ese tipo de ficciones que solamente atraerá a aquellos cuyos gustos sean afines.
Me explico: uno puede apreciar el tremendo esfuerzo que supone concebir este texto. Sin embargo, disfrutar de su lectura y reconocer sus geniales hallazgos es una tarea complicada. Únicamente quienes estén predispuestos a este tipo de narrativa saldrán de él con ganas de más. De más Alberto Laiseca, de más experiencias realmente singulares.
Volvamos al libro. A este tocho kilométrico que el autor tardó diez años en escribir (y otros dieciséis en publicar). Valorarlo según su carácter unitario le hace un flaco favor, pues no está concebido para ser leído de un tirón, ni tiene un argumento estrictamente lineal. Si acaso, hay que acercarse a esta obra como si de un retablo fragmentario se tratara. Sus mejores ideas se encuentran dispersas; su humor, espaciado. Tengámoslo muy en cuenta.
Estamos frente a un artefacto literario que parece un homenaje (y, asimismo, una crítica) a la posmodernidad. Ante una pintoresca mezcolanza de géneros y registros: ciencia ficción, fantasía, humor, terror, drama bélico, música, poesía, teatro... Ante una épica que narra el conflicto que existe entre las naciones de Tecnocracia y Soria. Ante la historia de un dictador que se humaniza.
Los aspectos positivos de esta obra son, a mi juicio, los siguientes:
- Es una inestimable ventana al curioso universo de Laiseca. Universo onanista y, al mismo tiempo, proclive al tributo (o saqueo, más bien) de lo ajeno.
- Su originalidad.
- Su creatividad. La imaginación de Laiseca es colosal, capaz de conjurar una Tierra ficticia (aunque tenga algunas similitudes geográficas e históricas con nuestro planeta); una Tierra abundante en "lore", con sus propios países, lenguas y religiones. Amén de un sistema de magia tremendamente complejo (aunque, eso sí, algo incongruente).
- Como acabo de insinuar, el sistema de magia de Los sorias es fascinante. Involucra a ocultistas, sociedades esotéricas, mudras, viajes astrales, máquinas capaces de ofrecer apoyo logístico, zombies, gólems imparables, tijeras asesinas...
- También la tecnología pergreñada por Laiseca es extraordinaria y, hasta cierto punto, compleja.
- Diversos delirios, esoterismos, erotismos o personajes de corte bruegheliano que aparecen en estas páginas.
- La erudición (nada jactanciosa) que Laiseca derrocha. Sus conocimientos de ópera, literatura, historia o mitología son excepcionales.
- La desmitificación de varias disciplinas (como la filosofía y las matemáticas) o figuras históricas (Wagner, Napoleón...).
- El humor de Laiseca. Es cierto que es demasiado intermitente; no obstante, vale la pena armarse de paciencia y buscarlo.
- Sus reflexiones en torno al sindicalismo, al comunismo, a los técnicos, a la historia como farsa. Son muy lúcidas y se presentan con humildad.
- Su "self-awareness". Varios pasajes dan a entender que Laiseca es consciente de estar escribiendo algo «revolucionario», por lo que hay que disculparle sus «excesos» (pg. 341), a la par que algo, en cierto modo «tedioso», cuyo único objetivo es llegar a una «frase genial insertada en el medio» (pg. 330).
- Las rupturas de la cuarta pared. Destacaría esa en que el cronista de Los sorias admite haber producido en el relato «rupturas discontinuizantes» y apela al perdón del «magnánimo lector» (pg. 244). O esa otra en que dice que se le ha tostado la tarta que tiene en el horno por estar distraído escribiendo una «disquisición sobre el amor y los franceses» (pg. 573).
- Los temas se exponen de forma un tanto débil, lo cual resulta insultante, teniendo en cuenta que el autor ha dispuesto de mucho tiempo para desarrollarlos. Por ejemplo, los delirios megalomaníacos de los dictadores. Esta ficción tenía todas las papeletas para sumarse a la tradición de novelas de dictadores hispanoamericanas y ofrecer una meditación al respecto, pero a la postre no da la talla.
- Hay poca consistencia en el "worldbuiling" y el sistema de magia establecidos por Laiseca. Comprendo que una obra como esta no requiere que semejantes apartados estén muy pulidos, pero aún y así, había veces en que las disonancias y lagunas impedían que me sumergiera al cien por cien en la lectura.
- La psicología de los personajes. Laiseca los va dibujando poco a poco, casi con parsimonia, pero nunca profundiza en ninguno. Y esto impide que empaticemos con ellos. El arco de redención del Monitor hubiera sido mucho más efectivo si se le hubiera desarrollado adecuadamente, por ejemplo. Además, la caracterización pobre de los protagonistas del relato resta impacto a algunas situaciones, especialmente a aquéllas que transcurren en los últimos coletazos de la novela.
- Algunos pasajes de la novela, o incluso capítulos enteros, se hacen demasiado pesados, cuando no directamente aburridos.
- El final se siente abrupto y, sobre todo, se toma demasiado en serio a sí mismo, traicionando el acabado desenfado del resto.
- El narrador trata al lector como si fuera estúpido. En serio, se pasa todo el tiempo recordándonos que esto ya lo había dicho, pero te lo repito de todos modos por si te habías olvidado.
- La torpe exposición. A menudo, la información se nos entrega de forma poco orgánica. Con "infodumpings" o a base de notas y apéndices.
- Los delirios que más divertidos me parecieron reciben muy poco foco. El de un magnicida frustrado, por ejemplo, o el de un comerciante que vende pájaros. En cambio, los estereotipados, como el del Soriator, son omnipresentes.
- Las intrigas de palacio acaban reducidas a caprichosas rencillas. Cero tensión política.
- Hay muchas erratas. Algunas son obvias decisiones estilísticas (Laiseca emplea signos ortográficos, de puntuación y tildes al margen de convenciones, y a veces de forma arbitraria, sin respetar antecedentes propios); otras se deben, probablemente, a gazapos ortotipográficos. De todos modos, incluso a las erratas intencionadas se le podría reprochar que obstaculizan de forma innecesaria la lectura. Una tilde puede marcar la diferencia entre un sustantivo y un verbo; una mayúscula colocada donde no debería estar puede suponer una pausa accidentada; etc...
- Laiseca siente debilidad por las oraciones larguísimas y abusa de las subordinadas o de las comas.
- Los argentinismos homogeneizan las voces.
En conclusión: Los sorias es una novela que sólo recomendaría a los mitómanos de Laiseca. Y, seguramente, incluso los seguidores del escritor tendrán que intercalarla con otras lecturas. Al fin y al cabo, no es ni de lejos su trabajo más redondo, pese a que nos encontramos ante una obra innegablemente ambiciosa.
Para conocerle, acudid a El gusano máximo de la vida misma. Tiene los mismos elementos que hacen atractiva a Los sorias (ideas locas, humor, experimentación formal, un narrador carismático...) expuestos con mayor consistencia. Y es menos empachosa.

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