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miércoles, 31 de octubre de 2018

Natalia Ginzburg: Sagitario

Idioma original: Italiano
Título original: Sagittario
Año de publicación original: 1957
Año de publicación de esta edición: 2018
Traducción al catalán: Marina Laboreo Roig
Valoración: Muy recomendable

Edicions de la ela geminada publicará, por primera vez en catalán, las cinco novelas breves de Natalia Ginzburg. Actualmente van por la cuarta, titulada Sagitario. La cual, igual que las que la preceden, me ha encantado. Está escrita con sencillez, aunque no por ello la prosa de Ginzburg deja de ser lúcida y cautivadora. Tiene unos personajes complejos con los que es fácil simpatizar. Aborda temas profundos, como la confianza y el desengaño, siempre de manera humilde, es decir, sin caer en la pretenciosidad a la hora de exponerlos, pero tampoco subestimándolos. Y su tono es entrañable, amargo y cáusticamente cómico al mismo tiempo.

En Sagitario encontramos elementos recurrentes en varias de las novelas cortas de Ginzburg. Algunos son de una relevancia meramente anecdótica; por ejemplo, la hermana mayor que vive en la ciudad y da clases particulares. Sin embargo, los hay mucho más significativos. Uno de ellos es la elección de la narradora, siempre un personaje femenino (que aquí se sitúa en segundo plano, como en Valentino y Las palabras de la noche, en vez de ostentar el protagonismo de El camino que lleva a la ciudad Así fue). Y es que gracias a la narración en primera persona, Ginzburg da voz a unos personajes que pocos escritores considerarían interesantes, a esas mujeres silenciosas de las que habla Ignacio Martínez en un artículo bastante conseguido. Otro elemento recurrente que vemos en Sagitario es el uso de un lenguaje plano, hasta repetitivo a veces, para dar credibilidad al personaje que lo emplea. Porque donde Alberto Moravia tropieza, Ginzburg acierta de lleno; aquí, los italianos de procedencia humilde hablan, precisamente, como italianos de procedencia humilde. ¡Gracias!

Por último, nada malo puedo decir sobre esta edición de Sagitario. La traducción al catalán, a cargo de Marina Laboreo, mantiene impecablemente el estilo y la sensibilidad de la pluma de Ginzburg. En cuanto a aspectos más técnicos, el libro está bien cosido y la impresión es muy digna (esto último fallaba en otras novelas cortas de Ginzburg publicadas por la editorial, como Así fue). Ah, y para ilustrar su cubierta, Sagitario tiene una pintura de Piero Marussig. ¿Qué más puede pedir un amante del arte como yo?

Así pues, sólo me queda repetir una y otra vez que debéis leer a Ginzburg. Llevo dos meses devorando todo lo que encuentro de esta escritora, y creo poder decir que es una firme candidata para ostentar el puesto de mi descubrimiento literario del 2018. De por sí, Ginzburg es una autora excelente, pero es que en su vertiente narrativa me parece todavía más poderosa que cuando toca el ensayo o el teatro. Y sus novelas cortas son, fácilmente, una de sus propuestas más ambiciosas. Avisados estáis.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Natalia Ginzburg: Me casé por alegría

Idioma original: Italiano
Título original: Ti ho sposato per allegria
Año de publicación: 1966
Traducción: Andrés Barba Muñiz
Valoración: Recomendable


Que la voz narrativa de Natalia Ginzburg es poderosa no es algo nuevo en este blog aunque sí lo fuera para mí y por eso no era la primera vez que alguien me la recomendaba encarecidamente. Así que aprovechando mi inclinación por la dramaturgia —entiéndase como leer teatro— decidí acercarme a ella a través de su primera pieza del género que además ha resultado ser la más aclamada.

Resumen resumido: Giuliana y Pietro se conocieron hace un mes y ya están casados sin que nadie (ni tan solo ellos) pueda dar una explicación lógica que justifique tal premura. Giuliana, de origen humilde y temperamento volátil e impulsivo no parece a todas luces la pareja ideal para el templado y prometedor abogado. La madre y la hermana de Pietro les harán una visita que puede ser la prueba de fuego para el peculiar matrimonio.

En poco más de cien páginas la autora nos sumerge en el micro universo de la burguesía italiana a través, sobre todo, de la mirada de Giuliana que es (como poco) excéntrica. Ella y su cháchara casi incesante con Pietro o con su criada, Vittoria, es como un arroyo cantarín que despierta la curiosidad del lector para seguirlo a lo largo de su curso errático e impredecible.
«(…) Estuvimos viviendo juntos diez días, hasta que volvió Elena. En esos diez días no paré de preguntarle todo tipo de cosas: “¿Te parece que tengo estilo?”. Y él me decía: “No”. Él tampoco creía que yo tuviera estilo, pero con él no me importaba. Le decía todo lo que se me pasaba por la cabeza, no callaba ni un minuto, y él de vez en cuando me decía: “¿Pero no te vas a callar ni un minuto? ¡Tengo la cabeza como un bombo!”».
Me casé por alegría es una obra que no deja indiferente aunque parezca que todo lo que se pueda decir de ella ya está dicho: la maestría en la construcción de los personajes (sobre todo los femeninos), la viveza e hilaridad de los diálogos o la reflexión que suscita acerca de los mecanismos de la felicidad y las convenciones sociales impuestas. Por no hablar de cómo la autora se centra en un micro universo cotidiano para referirse a las grandes cuestiones humanas, cosa que me fascina siempre. 

Pero todo esto ya se ha dicho.

Sin embargo, cuando Me casé por alegría se publicó hace cincuenta y cinco años, ¿cómo fue recibida entre la burguesía provinciana italiana? Probablemente muchos la vieran como una obrita ligera y sin más pretensiones que escandalizar y hacer reír pero, desde mi punto de vista, es un torpedo a la línea de flotación de todo lo que en aquel momento se consideraba lo correcto. Solo que Natalia Ginzburg, que es muy lista y juguetona, le dio esa pátina de superficialidad para que su crítica más que mordaz pudiera pasar por un simple divertimento a pesar de que estaba tratando cuestiones como la pobreza, el suicidio, la locura, el aborto, el maltrato psicológico y el abandono, el clasismo, la decadencia de la burguesía, etc. Y ahí está, desde mi punto de vista, su interés.

¿Y hoy? ¿Creemos de verdad que estamos lo bastante avanzados y evolucionados, y que tenemos una mente lo suficientemente abierta como para no sentirnos apelados por la desfachatez con la que esta obra se burla de las convenciones? ¿Acaso no estamos nosotros también obsesionados por adaptarnos a ciertos cánones auto impuestos que nos hacen infelices? Sin embargo Giuliana y Pietro rompen con todo y no parecen necesariamente abocados al desastre o a la exclusión social. Por eso creo que lo que Natalia Ginzburg trataba de decirnos es que no está todo perdido.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad y otros relatos / Las palabras de la noche


Idioma original: Italiano
Título original: La strada che va in città e altri racconti 
Año de publicación original: 1942
Traducción al castellano (Acantilado, 2019): Andrés Barba 
Valoración: Recomendable

El camino que va a la ciudad fue el debut literario de Natalia Ginzburg. Publicado originalmente bajo pseudónimo, narra la historia de Delia, una joven de familia humilde que se verá obligada a madurar tras quedar embarazada de Giulio, el hijo del médico. Por medio está el Nini, su primo huérfano. O Azalea, su hermana mayor, ya casada. Y el desengaño, la tristeza, la pérdida...

En suma, esta es una ficción estupenda. Una digna "ópera prima", y una novela breve que nada tiene que envidiar a las otras que escribió Ginzburg. Eso sí, le veo un par de defectillos. Su final es demasiado abrupto, por ejemplo. Además, desaprovecha a algunos personajes secundarios que tenían mucho potencial, como la madre de Giulio. Pero bueno, estas minucias no arruinan lo que es, por otra parte, una lectura deliciosamente amarga.

Tres relatos la acompañan convenientemente en la edición de Acantilado: "Una ausencia", "Una casa en la playa" y "Mi marido". Digo convenientemente porque todos ellos reinciden en uno de los temas ya expuestos en El camino que va a la ciudad: la infelicidad conyugal. Siempre, por supuesto, desde ángulos complementarios, nunca reiterativos. Querría destacar especialmente el primero de estos cuentos, por su inteligente construcción y el importante papel que otorga a la sugerencia.

Y ya de paso aprovecho para felicitar a Acantilado. La ilustración de la cubierta encaja al dedillo con los textos a los que precede, y la traducción de los mismos, a cargo de Andrés Barba, es impecable. Si acaso, pondría una pega a este flamante envoltorio: el “Prólogo” firmado por la propia Ginzburg, exclusivo de la novela, está integrado en este volumen de modo que parece el umbral de todo su contenido por igual.  


Idioma original: Italiano
Título original: Le voci della sera
Año de publicación original: 1961
Traducción al castellano (Pre-Textos, 2001): Andrés Trapiello
Traducción al catalán (Edicions de la Ela Geminada, 2019): Esteve Farrés
Valoración: Entre recomendable y está bien

Nominada al Premio Strega, Las palabras de la noche es la última de las cinco novelas breves que escribió Natalia Ginzburg. Nos cuenta la vida de Elsa, una mujer soltera de 27 años. También detalla la crónica familiar de Tommasino, su amante.

Debo reconocer que no he sabido conectar del todo con esta obra. En unos meses volveré a abordarla teniendo en cuenta lo dicho por otros lectores, a ver si mi percepción de la misma cambia. Recomiendo la reseña de Devoradora de libros, pues señala muchas de sus virtudes. Asimismo, Fragmentos de interior excusa varios de los que, a mi juicio, eran sus defectos en un artículo muy interesante.

Qué más, qué más... ¡Ah, sí! Fue llevada al cine en 2004 por el director español Salvador García Ruíz con el título Las voces de la noche.


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viernes, 19 de abril de 2024

Natalia Ginzburg: Valentino

Idioma original: Italiano
Título original: Valentino
Año de publicación: 1957 
Traducción: Andrés Barba
Valoración: Recomendable

Me gusta visitar de vez en cuando obras que en el pasado disfruté. Una autora que nunca decepciona cuando lo hago es Natalia Ginzburg. No sólo porque sus libros suelen ser bastante cortitos y por tanto ágiles de releer, sino porque el paso del tiempo jamás empaña su calidad.

Prueba de ello es Valentino, una novela breve que me ha deslumbrado tanto ahora como cuando la caté por primera vez hace años. Todo en ella es pura Ginzburg: la prosa, el tono, el ritmo, la trama, los personajes, los temas...

Trata sobre una familia pobre que ha depositado demasiadas expectativas en su hijo varón, un vividor y vago de cuidado. Este hijo se casará con una mujer rica, para disgusto de sus padres y hermana. Otra hermana, la narradora de la historia, relata cómo semejante decisión afecta a cada uno de los implicados.

Ginzburg, siempre alejada de la hojarasca estilística y los histrionismos narrativos, nos obsequia con una ficción sencilla (que no simple). A dicha ficción la caracterizan una prosa de un oficio tan innegable como invisible, el costumbrismo de su argumento, lo verosímiles que se antojan sus personajes, la sensibilidad que derrocha y la tristeza que evoca. Insisto: Valentino es pura Ginzburg. 


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lunes, 22 de diciembre de 2025

Natalia Ginzburg: La ciudad y la casa

Idioma original: italiano
Título original: La città e la casa
Traducción: Meritxell Cucurella-Jorba en catalán para Club Editor y Mercedes Corral en castellano para Lumen
Año de publicación: 1984
Valoración: recomendable


Hay autores de calidad literaria indiscutible que, por un motivo u otro, hay quedado fuera de mis lecturas habituales. Y hace tiempo que debía ponerle remedio a Natalia Ginzburg, una de las más conocidas escritoras italianas del siglo XX.

Empieza la novela con Giuseppe, un joven romano que le manda una carta a su hermano Ferruccio diciéndole que irá a vivir con él a Princeton (Estados Unidos) donde enseña biología en la universidad; el motivo de su traslado es irse con él para cultivarse y encontrar un trabajo, a la vez que buscar su mentoría pues Giuseppe se reconoce a sí mismo como «una persona insegura. Necesito alguien que me dé seguridad. Mi hermano es un hombre que tienen todas las cualidades que yo no tengo, tiene un temperamento tranquilo y las ideas claras. Me encuentro muy unido a él». Aun así, y pese a su firme voluntad, la partida de su ciudad natal no les es fácil, pues reconoce que «dejo mi casa, donde vivo desde hace más de veinte años» y admite que «ahora creo que querría quedarme aquí un poco más. Creo que es mejor que me vaya pensando que aquí, en Italia, mi vida era una joya. La verdad es que me parece una joya ahora que me voy. Antes de decidirme a marchar la encontraba insoportable». Así, con su marcha a los Estados Unidos de América, deja atrás también a Lucrezia y a su propio hijo y a los que ella tuvo con otra relación; Lucrezia, una mujer de la que estuvo profundamente enamorado pero que llegó un punto en el que se distanciaron, pues «llega un momento, en la vida, que todas las cosas que miramos por primera vez nos resultan extrañas. Las miramos como turistas, con interés, pero fríamente. Pertenecen a los demás».

En esta novela escrita en forma epistolar, la autora centra el relato en Giuseppe, pero abre el abanico a una serie de personajes de su entorno que conformaran el espectro de protagonistas que conforman la obra. De esta manera, aunque Giuseppe ejerce como pilar estructural a nivel argumentativo el peso de la historia lo constituye el paisaje social que se edifica a su entorno, pues, a partir de las cartas que se envían entre las diferentes personas de su entorno (hijo, amigos y familiares) de manera directa pero también cruzada, Natalia Ginzburg teje una novela que, a base de relaciones epistolares entre unos pocos personajes nos permite conocer no únicamente la vida de su principal protagonista sino también la de una sociedad que ubicaríamos en la sociedad postindustrial italiana de los ochenta. Así, a través de las distintas misivas podemos dibujar el mapa paisajístico de la historia que narra y es a través de sus distintos ángulos que somos conscientes de que la verdadera historia no la relata el protagonista sino todos aquellos que conforman su mundo, su entorno y su comunidad.

Estilísticamente, el tono y lenguaje de los personajes es seco, a veces contundente, con un alto grado de pesimismo con el que afrontan sus respectivas vidas que se pone de manifiesto, por ejemplo, al hablar de la cuñada, una mujer que «siempre sonríe. Sonríe con la boca, pero los ojos y el resto de la cara no sonríen. Ella y yo hablamos en inglés y francés, pero no tenemos nada que decirnos en ninguna lengua», o también cuando profesa la decepción tras su llegada a Nueva York en cuanto a la relación con su hermano, una relación que «se ha cortado. Parece que ahora no tenga tiempo para mí»; una sensación compartida por gente cercana a él, quienes constatan que Giuseppe «fue a América a refugiarse bajo las alas de su hermano. Pero los hermanos no tienen alas». De esta manera, vemos la dureza e incluso rencor en las cartas que se escriben, pues rezuman tensiones del pasado mal resultas, desajustes no corregidos y ciertas heridas mal cicatrizadas. Hay tirantez entre personas que tuvieron un pasado que ha quedado muy atrás, pero quizá no tanto como parece, pues hay un resquemor latente que la autora plasma con un lenguaje directo y veces tosco con el que se dirigen unos a otros, pero especialmente al tratar ciertos aspectos que les carcomen: una relación, la venta de una propiedad a precio de saldo o la paternidad ausente.

Con todo ello, Ginzburg teje un relato muy humano a partir de las diferentes cartas que se intercambian los personajes que permiten que vayamos conociendo el devenir en sus vidas y el contraste de opiniones diferentes que tienen sobre un mismo aspecto. Así, se trata de una novela sumamente coral, en el que la realidad siempre es diferente según el punto de vista de quien la observa; un claro reflejo de la realidad en la que la vida de cada uno es vivida e interpretada por los allegados, quienes expresan, opinan, pero también sienten y padecen en sus propias vidas y las de sus seres queridos quienes, incluso estando a distancia de ellos, les profesan cariño, simpatías, pero también roces y discrepancias. Ginzburg nos retrata la vida de unos personajes entrelazados a lo largo de dos años y medio, y es a través de las cartas que se van enviando de unos a otros que conocemos sus vidas, sus temores, sus tragedias, sus alegrías y sus vivencias. Un relato que nos lleva a una Roma como punto nuclear, en las que los infortunios amorosos o vitales nos llevan de Nueva York a Roma, en una línea argumental que se traza desde la amistad y el amor, desde las relaciones paternofiliales a la pobreza económica, de hijos, padres, amigos, amantes. Nos habla de penurias y desamores, de alegrías y esperanzas, de tristeza, mucha tristeza en unas vidas en las que siempre falta algo: un eslabón en la cadena afectiva, unas palabras dichas de más o de menos, pasos en falso hechos o no dados. Y la importancia de las casas, lugar en el que albergan no únicamente objetos sino sentimientos, convirtiéndose en el legado que nos une a los que vinieron antes y a los que vendrán después, compartiendo unos recuerdos que siempre las sobreviven, las hospeden unos u otros.

Otros libros de Natalia Ginzburg en ULAD: Aquí

viernes, 1 de mayo de 2015

Zoom: Así fue de Natalia Ginzburg

Idioma original: italiano
Título original: È stato così
Año de publicación: 1947
Valoración: Imprescindible

Habrá quien piense que es excesivo calificar de "Imprescindible" una novelita de menos de cien páginas. Quienes conozcan mejor que yo la obra de Natalia Ginzburg a lo mejor me dicen que esta es una obra menor: que son mucho mejores Léxico familiar, Querido Miguel o Las pequeñas virtudes. Pero lo que yo puedo decir es que hacía tiempo que no disfrutaba tanto de la lectura de un texto como lo que he disfrutado con esta novela corta; y que hacía tiempo que no leía una obra en la que no sobrase ni una coma, en la que no cortaría ni una página, ni un párrafo, ni una frase.

Así fue empieza de un modo impactante: un matrimonio mantiene una conversación tensa en su casa. "Dime la verdad", dice ella; "Qué verdad", dice él. Ella, la mujer, la narradora, va a la cocina a preparar un té; cuando vuelve, el marido le enseña lo que ha estado dibujando: un tren muy largo que suelta una columna de humo. Ella saca un revólver de un cajón y le dispara entre los ojos.

El resto de la novela es la narración de la protagonista, que se retrotrae a los primeros momentos de noviazgo; a los años de matrimonio infeliz, siempre con la sombra de otra mujer sobrevolando la vida de la pareja; a los viajes inexplicados de su marido, las noches sin dormir, las dudas, las mentiras y los silencios; no con ánimo de justificación sino de explicación, quizás para sí misma, de su propia vida. Al matrimonio protagonista se suma además un conjunto de personajes secundarios (el amigo fiel, la amante, la amiga liberal, la criada...) que dan profundidad a la trama.


El argumento es sencillo, por lo tanto: una mujer que siente que ha desperdiciado su vida por culpa de un marido frío y cobarde, y que transforma todas esas frustraciones en un acto único y definitivo de violencia. Pero la forma con que Natalia Ginzburg lo cuenta es magistral: sin dramatismos, con una calma y una tristeza constantes; sin alardes técnicos ni estilísticos (más allá de los saltos del presente al pasado) y con un ritmo sostenido que hace que sea casi imposible dejar de leer.



Esta novela corta está incluida en el volumen Sagitario, publicada en 2002 por Espasa; pero podría haberse publicado perfectamente sola, como tantas novelas cortas que se publican últimamente. Y seguro que no es inferior a ninguna de ellas.

También de Natalia Ginzburg en ULAD: Aquí

viernes, 26 de marzo de 2021

Natalia Ginzburg: Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos

Idioma original:
Italiano
Título original: Un’assenza
Año de publicación: 2016
Traducción: Andrés Barba
Valoración: Entre recomendable y está bien

Domingo compila veinte textos breves de Natalia Ginzburg: siete relatos, un poema, varias crónicas y algunas memorias. La italiana reincide en estas páginas en esas inquietudes siempre presentes en su literatura: el universo de lo femenino, las voces infantiles, la humilde reivindicación de lo cotidiano, la idealización de la ciudad que tienen quienes no viven en ella, las idiosincrasias de los campesinos y las comunidades de provincias, las vicisitudes que originan las guerras... 

Aunque recomiendo el volumen, le pondría las siguientes pegas:

  • El conjunto puede antojarse reiterativo en tono y temática. 
  • La autora no se mueve con la misma solvencia en los diversos registros que plantea, aunque hay que admitir que oscila siempre entre la brillantez comedida y la genialidad indiscutible, salvo en los casos excepcionales que trataré a continuación.
  • Tres piezas ("En la fábrica Alluminium se vive como hace cien años", "Los inválidos" y "Visita a los altos hornos") despiertan un interés muy acotado, pues arremeten contra los abusos e injusticias perpetrados por la patronal sin aportar nada más en el proceso.

Pese a todo, insisto en que recomiendo Domingo. Al fin y al cabo, uno no puede dejar de maravillarse ante el manejo del lenguaje y la sensibilidad de Ginzburg. En especial me atrae su narrativa, que en la forma esconde un oficio tan enorme como invisible, y en el fondo se beneficia sobremanera del humanismo desencantado pero firme de la escritora. 


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miércoles, 7 de agosto de 2013

Natalia Ginzburg: Querido Miguel

Idioma original: italiano
Título original: Caro Michele
Año de publicación: 1973
Valoración: Recomendable      



Hay novelas que parecen transcurrir como los días, párrafos enteros en los que nada de lo que se dice es demasiado importante, donde banalidad y rutina campean a sus anchas. Platos sobre la mesa, un escalón, una mancha, la vida cotidiana con sus pequeños contratiempos y su tedio inevitable. Pero, tal como Lenon expresó en una frase memorable, la vida no es más que eso y todo lo demás artificiosas abstracciones. De ahí que este tipo de relatos sean los que, finalmente, se quedan más tiempo en la memoria.

A Querido Miguel se le ha clasificado como epistolar pero emplea también otros recursos. El primero hace de núcleo central que cohesiona y marca el hilo del relato, las incursiones narrativas, que aparecen sobre todo al principio, sirven para impedir que se fuerce demasiado el contenido de las cartas. Ambos procedimientos van reflejando el transcurrir de unas vidas anónimas, llenas de melancolía y nostalgia, tanto del pasado –que aparece en ocasionales pinceladas– como de otro presente más feliz. En realidad, ellos –no la nómina entera sino, precisamente, los que se dirigen al lector– desearían mayor comunicación con los otros y canalizan esa añoranza en Miguel, quién, paradójicamente y después de las gemelas, más indiferencia muestra por la vida de familia, el que de verdad quiere volar por su cuenta siendo, no obstante, objeto de la preocupación de casi todos. Su vida, que de lejos se adivina apasionante, intriga a los lectores a la vez que provoca en familiares y amigos envidia e inquietud.

El protagonista lo es de una forma atípica pues ya hemos visto que la historia no se centra en él. Sus andanzas permanecen en penumbra como él mismo reconoce en una carta –donde viene a decir que ninguno de ellos puede opinar sobre su vida ya que lo desconocen todo y se sorprenderían si supieran la verdad–, se insinúa la relación con personas o grupos delictivos, tenencia de armas, una huída intempestiva, cierto compromiso político, de todo lo cual deducimos que pertenece a un grupo terrorista. El desenlace avala esa hipótesis. Pero la razón del protagonismo de Miguel está en que sirve de aglutinante de los otros personajes; es quien estimula la preocupación e impotencia maternas, una ayuda fraternal eficiente, las vacilantes tentativas de aprovecharse de él por parte de Mara o la sincera amistad de Osvaldo.

La acción transcurre durante más o menos un año en Roma a principios de los 70. De allí Miguel huye a Londres donde mantiene una vida errática: en un principio continúa con sus actividades clandestinas aunque poco después, intuimos, trata de ocultarse trabando relación con gente muy distinta y más tarde se traslada a Bélgica donde, parece ser, se planea un atentado. Pero el lector continúa en el escenario del principio acompañando a la familia que sigue apareciendo en primer plano.

Hay personajes que están trazados con una maestría excepcional, la madre, por ejemplo, su radical soledad, la incapacidad para comunicarse, una obsesión por el hijo ausente tan irrelevante como agónica. O Mara, la alocada chica que acaba de dar a luz e insinúa que Miguel es uno de los padres posibles; un personaje que no asume sus errores, que ni siquiera sabe cuidar de sí misma y lo espera todo de los otros, verosímil, sobre todo, por el radical absurdo en que vive, pues así somos las personas, incoherentes, irresponsables y volubles, y es esa sensación de déjà vu lo que nos hace sonreír de sus cartas. O Angélica, eficaz, resolutiva, de las cuatro hermanas de Miguel, la que adquiere mayor protagonismo, tanto por su temperamento activo como por la complicidad existente entre ellos.

Las relaciones familiares (el término familia entendido en su sentido amplio: vecinal, de compañerismo etc.) acabaron convirtiéndose en el asunto central de la autora. De ahí que, tanto el argumento como la manera tan sensitiva de abordarlo, le fuera como anillo al dedo a Martín Gaite, quien tradujo esta edición y se nota, pues supo trasladar al castellano ese toque intimista y coloquial  tan característico de su propia obra narrativa y tan cercano a la idiosincrasia de Ginzburg.

La obra fue llevada al cine con el mismo título por Mario Monicelli en 1976. No he podido verla pero he leído buenas críticas. El guión no parece ser del todo fiel a la novela, aunque sí convenientemente adaptado a la pantalla con el fin de sacar de la historia el mejor partido posible.

También de Natalia Ginzburg en ULAD: Aquí

lunes, 17 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018, SEGÚN ULAD, MODESTIA APARTE

Juan G. B. dice: 

Oriol Vigil dice:

Koldo CF dice:
Ha sido, para mi, el año de los autores latinoamericanos. Aquí la lista:

Francesc Bon opina:
No ha sido un buen año. Mis preferencias siguen inamovibles y nadie les hace sombra y alguno ya debería. Y un desastre solo recordar leer autores españoles o estadounidenses. 
  • Mi mejor lectura del año: El viaje vertical, de Vila-Matas 
  • Novedades que salvo, y mucho: Las posesiones, de Llucia Ramis 
  • Te gustará si votaste o piensas votar a Vox: Ordesa de Manuel Vilas. (Esto es una broma muy del momento, ni siquiera comprendería que le gustara a alguien, y los que votan a Vox ni leen libros ni leen blogs literarios, seguro) 
  • Hartito de darles más oportunidades: Trueba, Amat, y otros involucrados en el socavón que se abre bajo lo que fue antes Anagrama. 
  • Propósitos de año nuevo que caerán seguro: Barth, Gaddis, Vollmann. Y ya que otros toman gustosos el relevo de la actualidad, re-lecturas a manta. 

Carlos Andia sentencia:
  • Lo mejor del año: las relecturas de Lorca (Bodas de Sangre / Yerma) y Carpentier (El siglo de las luces)
  • Narrativa: quizá Lectura insólita de 'El capital', de Raúl Guerra Garrido, porque el nivel, la verdad, no ha sido muy espectacular 
  • Descubrimientos: Antonio Di Benedetto (Zama), y la faceta literaria de Henri Michaux (Un bárbaro en Asia)
  • Reconciliación con, y por lo tanto reapertura de puertas a: Michel Houellebecq (gracias a El mapa y el territorio)
  • Ensayo: entre bastante igualdad, finalmente me decanto por Jean-Yves Jouannais (El uso de las ruinas, reseña dentro de poco) 
  • Clásico: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne 
  • Experimento: Me acuerdo, de Georges Perec (reseña también en unos días) 
  • Decepciones: varias, moderadas, quizá la más fastidiosa, por los elogios que arrastraba, Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón 
  • Intenciones: un hipertocho que llegará pronto, volver a Di Benedetto, quizá a Sabato, cosas interesantes... y, sí Koldo, Cartarescu también. 

Montuenga contribuye: 

Marc Peig opina:

Carlos Ciprés añade:
Y que en los próximos meses Ustedes gocen de sus lecturas. 

Beatriz Garza estima:
  • Autor descubrimiento del año: Margaret Atwood 
  • Novela(ZA) descubrimiento del año injustamente olvidada: Primera sangre de David Morrell 
  • Clásico del año: Marianela de Benito Pérez Galdós 
  • Novela (que como no podía ser de otra manera, supera a la película) del año: Tomates Verdes Fritos de Fannie Flagg 
  • Relectura provechosa del año: Las hermanas Grimes de Richard Yates 
  • Lectura LGTBI del año: La chica danesa de David Eberhoff 
  • Objetivos cumplidos del año: Lectura y reseña de novela gráfica 
  • Conceptos aprendidos del año: La diferencia entre "literatura" y "producto literario". El género del ciclo cuentístico
  • Objetivos para el año que viene: me abstengo, que luego me siento fatal. 

Santi concluye:

sábado, 15 de junio de 2024

Alberto Moravia: Cuentos romanos

Idioma original: Italiano 
Título original: Racconti romani
Traducción (al catalán): Anna Casassas
Año de publicación: 1954
Valoración: Entre recomendable y está bien

Aprecio muchísimo a Alberto Moravia. Y eso que, mientras que sus novelas Los indiferentes, El conformista o La campesina me entusiasmaron, escarceos posteriores en El hombre que miraLa mujer leopardoAgostino o El tedio me dejaron un regusto agridulce. 

Ahora llevaba bastante tiempo sin leer nada del escritor italiano. Y qué mejor oportunidad para darle otro sorbito a su ficción que con algunos de sus Cuentos romanos, traducidos al catalán por Comanegra. Aunque en su momento ya había devorado dos antologías en español que compilaban un buen puñado de estos cuentos, apenas recuerdo nada de ellos, más allá de que, pese a gustarme, me parecieron un tanto pedantes, densos y serios.

Nada pedantes, densos ni serios son, en cambio, los cuentos seleccionados por Comanegra; al contrario, los considero asequibles, entretenidos y amenos. Y me pregunto si eso se debe a que estos en concreto evocan a Natalia Ginzburg (registro coloquial, prosa sencilla, premisas humildes, intenciones modestas...) o a la desenfadada traducción de Anna Casassas.

En fin, hablemos de los Cuentos romanos de Comanegra. Todos son sumamente breves, de como mucho diez páginas de extensión. Todos transcurren, obviamente, en Roma, salvo "La vida al camp", que va de un joven que abandona temporalmente la capital italiana. Todos los protagonizan hombres que, asimismo, son de clase baja y casi siempre actúan como los narradores en primera persona de la historia.

Los protagonistas de estos Cuentos romanos no son particularmente memorables, pero tanto su voz como su manera de pensar están perfectamente delineadas. Además, el autor les otorga en cada cuento un arco de personaje, básico pero arco de personaje a fin de cuentas, a realizar (o a fracasar realizando, como sucede en "El pensador", "La ruïna de la humanitat" y "Mira'm i no em toquis").

El sentido del humor de estos cuentos es delicioso. Engañosamente amable, en el fondo es bastante negro pero nunca cae en lo cínico. Algo que me hizo esbozar una sonrisa, por ejemplo, es que en "No dic que no", durante dos discusiones conyugales (la primera en plena noche de bodas sobre el número de asistentes a la ceremonia, y la segunda más entrada el matrimonio sobre la cantidad de hijos que tiene un camarero), ambos contendientes tuvieran, técnicamente, razón.

Me han seducido algunas de las meditaciones que cuelan estos cuentos. Nunca subestiman a los temas en torno a los cuales giran, pero se presentan con humildad. Aquí tenéis una de ellas: «Suposo que la cara de cambrer és la cara que agrada als clients, que no cal que tinguin cara de clients perquè ells no han d'agradar a ningú, mentre que els cambrers, si volen continuar fent de cambrers, han de tenir justament cara de cambrers.» (pág. 54) Otra: «L'únic que tenia alguna cosa a dir era jo, justament perquè, a diferència d'ells, a mi els negocis m'anaven malament i això em feia reflexionar, i la reflexió, si bé no omple la panxa, en canvi omple el cervell.» (pág. 75)

Otra cosa de estos Cuentos romanos que destacaría es mi reencuentro con la maestría de Moravia para las descripciones. Sobre todo las físicas de los personajes, cuyo aspecto e indumentaria el autor perfila siempre con trazos contundentes, precisos y expresivos, pero también las de la naturaleza o los paisajes. Una de estas últimas que me ha cautivado es la de Roma vista de noche desde una terraza, pues la ciudad se transforma en «un pastís negre cremat, amb tot de clivelles de llum, i cada clivella era un carrer.» (pág. 110)

Mi cuento favorito del conjunto es, de lejos, "El terror de Roma". Sin alejarse del costumbrismo tragicómico que caracteriza al resto, recuerda poderosamente al realismo sucio de John Fante.

Resumiendo: los Cuentos romanos seleccionados por Comanegra son tan básicos como efectivos. A sus modestas intenciones los eleva el oficio de Moravia, un acabado de lo más meritorio y un pulso narrativo envidiable. Los recomiendo sobre todo a personas que amen la sencillez (que no simplicidad) de autores como Natalia Ginzburg y gusten de un humor negro a la par que amable.

Por último querría dar una opinión muy personal: el catalán no me parece una lengua con un repertorio léxico adecuado para escribir o traducir textos groseros. En los Cuentos romanos de Comanegra hay algunas escenas en las que los personajes usan insultos, pero éstos son casi siempre, al menos a mi juicio, bastante ridículos; pienso, por ejemplo, en esos proferidos en la página 177 («animal», «desgraciat», «mitjamerda», «canalla», «malparit», «pendulari», «pocavergonya», «tarambana» y «enze»).


También de Alberto Moravia en ULAD: Aquí

martes, 15 de febrero de 2022

Vivian Gornick: Cuentas pendientes

Idioma original: inglés
Título original: Unfinished business
Traducción: Martí Sales (edición en catalán) y Julia Osuna Aguilar (edición en castellano)
Año de publicación: 2020
Valoración: entre está bien y recomendable

A aquellos a los que nos gusta leer y que llevamos décadas haciéndolo, siempre nos asalta la duda sobre si vale la pena volver a esos libros que nos fascinaron, que nos dejaron una huella imborrable, aquellos que por su argumento, pero diría que especialmente por su estilo, ocupan un lugar destacadísimo en nuestra memoria. Y la duda respecto a si volver a ellos no reside únicamente en si vale la pena dedicar nuestro valioso tiempo a leer un libro ya leído en lugar de dedicarlo a un libro por descubrir, sino especialmente, o al menos en mi caso, la duda está en qué pasaría si leyera de nuevo ese libro en concreto. ¿Me gustaría de igual modo? ¿Encontraría de nuevo en él todo aquello que me cautivó? O, por el contrario, ¿me decepcionaría? Esto mismo es lo que Vivian Gornick trata en esta recopilación de ensayos.

En esta recopilación de ensayos literarios (y pongo especial énfasis en lo de “literarios”), la autora estadounidense aborda precisamente el tema de las relecturas, ofreciéndonos una reflexión sobre cómo los libros impactan de diferente manera según nuestro momento vital, nuestra madurez o nuestro estado de ánimo. Y, para ello, nos ubica de manera muy resumida en su infancia, afirmando que «crecí en una ruidosa casa de izquierdas donde Karl Marx y la clase obrera internacional eran dogmas de fe: el sentimiento de injusticia social se daba por hecho». También nos cuenta sus primeras incursiones en el mundo periodístico a través de The Village Voice y cómo a raíz de tener que escribir un artículo sobre el feminismo se dio cuenta de que ella lo era. Y, ese trayecto vital coincidió, como no podía ser de otro modo, con un recorrido lector, y en esta recopilación hace una parada para examinar y comentar esos libros que, de un modo u otro, le causaron un impacto, no una única vez, sino que se lo causaron en sus diferentes lecturas porque como gran lectora, ensayística, crítica literaria y periodista que es, afirma justo al inicio del libro que «como la mayoría de lectores, a veces pienso que nací leyendo» y confirma su pasión por la literatura al afirmar que en la introducción que «el mundo continua desapareciendo cuando leo y no dejo de maravillarme» y, como buena lectora, no le cuesta empatizar con sus propios lectores como demuestra libro tras libro manteniendo un firme propósito: «cuando escribo aún espero poner los lectores detrás de mis ojos, que vivan el tema tal y como yo lo viví, que lo sientan tan visceralmente como lo sentí yo».

De esta manera, y haciendo un repaso a las lecturas que más la marcaron, Gornick nos habla en primer lugar de «Sons and lovers», de D. H. Lawrence, la primera novela de aprendizaje que leyó y nos cuenta cómo y por qué le impactó, no en una sino en las diferentes ocasiones en las que leyó el libro. Esta ‘lectura’ es interesante, pero vemos ya en ese primer capítulo el principal punto débil de esta obra: la autora utiliza las casi veinte páginas de este primer ensayo para explicar el libro y las diferentes lecturas del mismo que hizo a lo largo del tiempo con sus diferentes interpretaciones según el momento vital en el que lo leía, pero lo hace de un modo demasiado exhaustivo, contándonos todo el libro y eso es algo que puede tener cierto interés si uno ha leído el libro pero en caso contrario no es algo que aporte demasiado a la lectura aparte de un conjunto de spoilers, explicar toda la trama argumental de principio a fin y añadir unas cuantas citas o incluso párrafos del libro en cuestión.

Ya en el segundo ensayo continua con Colette, de la que afirma que «en su obra, nos podíamos ver no tal y cómo éramos, sino tal y cómo probablemente seríamos», pues «parecía que supiera todo lo que le pasaba por dentro a una mujer ‘bajo presión’». Tras Colette, la autora sigue con su análisis más próximo a la crítica literaria con Marguerite Duras y «El amante» y sigue con Elizabeth Bowen, Delmore Schwartz y Yehoshua donde aprovecha para narrar lo que supone ser judío en Estados Unidos, afirmando que «la mía fue la última generación de criaturas nacidas en Estados Unidos hijas de los judíos europeos que llegaron a este país a finales del siglo XIX. En gran parte, quedamos marcados de por vida en la experiencia angustiante de nuestros padres de vivir en la periferia, colectivamente hablando; empezamos temprano a dejar un testimonio literario de qué quería decir ser judío en los Estados Unidos». La autora se percata de que «últimamente, me he encontrado pensando en este corpus de obras escritas por norteamericanos para los cuales ser judío era central». Asimismo, se confiesa al afirmar que su visión de judía estadounidense le chocó enormemente con la realidad existente en Israel, pues tras su visita a ese país finales de los 70, afirma que «por más que lo intentara, durante los meses en los que viví en Israel, mediante cualquiera de los rasgos identitarios que tenía a mano (judía, mujer y norteamericana), no fui capaz de conectar. Como hija de judíos seglares que hablaban yidis, la lengua hebrea me decía lo mismo que cualquier otra lengua extranjera; como mujer, retrocedí al encontrarme un país aún más machista que el mío; como producto del individualismo de los Estados Unidos, no podía superar el espantoso tribalismo de su cultura».

De igual manera, nos habla también de feminismo al hablarnos de Elizabeth Stanton, quién fue presidenta de La Asociación norteamericana de Mujeres Sufragistas y de cómo conectó profundamente con su obra «The Solitude of Self», pues «ningún libro judío norteamericano había retratado con tanta precisión mi interior, atrapado entre la naturaleza y la historia». Nos habla también de Natalia Ginzburg de quien afirma que, «leyéndola, como he hecho repetidamente a lo largo de muchos años, experimento la euforia de cuando te recuerdan intelectualmente que eres un ser sensible» y nos revela que la propia Ginzburg descubre que «el truco era prestar mucha atención a la propia experiencia y después encontrar la manera de hacer que la escritura se acomode a ella». Su conexión con la autora italiana era tal que parecía que «sus escritos le hablaran directamente. A la larga, parecía que los hubiera escrito para mí». Finalizando los ensayos con las figuras de J. L. Carr y Pat Barker, nos habla también de la predisposición del lector hacia un libro y cómo está condiciona irremediablemente la valoración y el disfrute de su lectura, y de Doris Lessing (y su relación con los gatos) o Thomas Hardy y su libro «Jude». Ya hacia el final del libro, Gornick nos cuenta cómo se encuentra con un libro que leyó y subrayó hace tiempo y cómo aquello que destacó antes no le parecía tan importante y sí en cambio otras frases del libro; esto la sorprende hasta el punto de que lo relee de nuevo siendo consciente que, quizá en una tercera lectura más adelante, encontrará otras partes interesantes a las que ahora mismo no le aportan o impactan en exceso. 

De esta manera, en este recopilatorio de ensayos, Gornick nos narra cómo esas lecturas la impactaron, cómo se identificaba con algunas escenas, pasajes y pensamientos. Por ello, en este libro, más cercano a una recopilación de reseñas o crítica literaria que a un ensayo reflexivo sobre ella o sobre la sociedad, Gornick parece destinarlo a aquellos que en algún momento de su vida se han interesado por esas mismas lecturas que la autora analiza y desgrana, pero que no contará con gran interés por parte de aquellos que no los han leído o que la temática que tratan no se encontrarían entre sus preferencias lectoras. Es posible que mi valoración del libro nos sea mejor debido a las expectativas que tenía sobre él, más cercanas a una especie de Bildungsroman literario donde la autora nos deleitara (como de costumbre) acerca de reflexiones sobre su vida y evolución, que no al análisis de las propias obras. Esperaba de esta lectura que Gornick nos explicará su vida lectora (algo parecido a lo que hicimos en una de nuestras semanas temáticas) ligada a su evolución vital, pero se centra en exceso (según mi opinión) en desgranar las propias obras expuestas y su argumento.

En cualquier caso, la lectura del libro sirve para constatar que «la experiencia del arte solo se produce en el encuentro entre el espectador y el objeto artístico» tal y como afirma Hustvedt en «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», y esta experiencia es diferente cada vez, pues el espectador cambia con el paso del tiempo y con ello su visión del mundo. Por ello, parafraseando a Heráclito, quien afirmó que «no nos podemos bañar dos veces en el mismo río» porque las aguas siempre son otras, yo afirmaría que no podemos leer dos veces el mismo libro, puesto que, aunque el texto siempre es el mismo, nosotros cambiamos con el paso del tiempo por lo que nuestra lectura será diferente a cada vez que lo intentemos. Y es bonito que así sea, porque significa que evolucionamos y que siempre podremos sorprendernos con los libros, aunque ya los hayamos leído.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Alejandro Zambra: No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura


Idioma original: español
Año de publicación: 2010
Valoración: Está bien


Ante el hecho literario muchos siguen dando prioridad al argumento cuando, en realidad, es irrelevante, un material o conjunto de materiales al alcance de cualquiera. Las virtudes de un texto radican en su elaboración, en la peculiar forma que adquiere una vez ha pasado por el tamiz del artista. Un autor a quien se encargó una biografía de Shakespeare concluyó que el dramaturgo había escrito la mejor biografía posible consistente en el conjunto de su obra. Este párrafo del artículo Cómo estar callado en alemán me parece una descripción de la literatura tan expresiva como exacta.

El volumen recoge cuarenta y siete artículos –la mayoría muy breves– agrupados en tres secciones, que fueron publicados con anterioridad en diversos medios chilenos y españoles. El gran acierto editorial: prescindir de la cronología al ordenarlos dando prioridad a la temática. El título, No leer, se ha tomado de la improbable crítica a un ensayo de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído, reseñado en este blog hace tiempo. Digo “improbable” pues Zambra confiesa que no puede opinar sobre él porque nunca ha llegado a leerlo. Se observa un afán por asombrar, incluso por escandalizar, a sus lectores, jactándose a menudo de que jamás leerá a tal autor o tal obra, sabiendo como sabe a priori si le va a gustar o no. A mí, la verdad, tanta arrogancia me supera, y lo digo porque yo sí he leído No leer.

Tampoco ayuda que gran parte de los autores mencionados en la primera parte me resulten muy lejanos. No han llegado aquí o no han llegado a mí en cualquier caso. Pero aunque los hubiera leído no podría cotejar nuestras respectivas opiniones por la sencilla razón de que el autor no ofrece las suyas, la mayor parte de las veces se pierde en divagaciones sin llegar a ninguna conclusión. Aunque de vez en cuando da de lleno en la diana, como cuando afirma: “muchos poetas olvidan que escribir un verso es bastante más complejo que sumar palabras a la lista de compras”. O cuando, en Un libro vacío, se refiere a esos escritores que no tienen nada que decir (aunque crean anticipar los gustos del público o se sientan representantes de una generación) pero se molestan por las críticas negativas o la ausencia de ventas.

Finalmente, he tenido que reconciliarme con Zambra. Porque, ya en la segunda mitad y hablando de Coetzee, observa que este se convierte en escritor cuando olvida su intento de cosmopolitismo y comprende que tiene que hablar de Sudáfrica. Porque asegura que a Onetti hace falta leerlo con calma y así convertirse en su cómplice. Porque, en su análisis de El oficio de vivir de Pavese, prescinde de la parte autobiográfica y se interesa por el examen que hace el autor de su obra. Porque a Natalia Ginzburg la considera un “testigo de su tiempo” y “una escritora deslumbrante”. Porque considera a Bolaño el producto resultante de un Borges y un Kafka. Porque capta a la perfección esa actitud de espera y de radical soledad con la que Dino Buzzati nos representa a todos. Porque se interna en las penumbras de Tanizaki aunque lamente que lo que llega hasta nosotros se haya vertido del inglés.


Del mismo autor: La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa, Mis documentos

lunes, 16 de diciembre de 2024

ULAD 2024 - Olvidad cualquier otra lista

Para qué más preámbulos: la lista de los listos. La que todo autor anhela por integrar. La que todo el mundo editorial espera para consultar. La única virtud que nos falta es la modestia.


Alain:

Resumen del año: Mi primer año como miembro de ULAD. Formar parte de un grupo de apasionados por la literatura ha sido estimulante. Además, tuve la oportunidad de platicar con escritores a los que admiro. Así que ha sido un año muy bueno para mí. Aquí mis favoritos del año:

Novela: Salto mortal, de Kenzaburo Oé. Los años de espera, de Fumiko Enchi.
Novela corta: Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta.
Cuentos: Lealtad al fantasma, de Enrique Serna. La sangre de medusa (y otros cuentos marginales), de José Emilio Pacheco.
Comic: Takemitsuzamurai, de Issei Eifuku y Taiyō Matsumoto.
Crónica: Una novela criminal, de Jorge Volpi.
Poesía: Kokinwakashu. Sobre la luz, de Oscar de Pablo.
Relectura: Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia.
Descubrimientos: Los niños 6 y Cómo provocar un incendio y por qué, de Jesse Ball.

Oriol:

Resumen del año: No ha leído ningún libro imprescindible. Aun así, he descubierto muchas novelas, antologías y cómics notables. ¡Ah, y mi primer título, El amor edípico contra la lujuria sadomasona, ha sido publicado por Colectivo Juan de Madre Presenta, ilustrado por Rios Über Alles y reseñado con mucho tino por, entre otros, Santi Pérez Isasi y David Calpa! ¡Ah, y a través del compañero Alain Ríos he podido preguntar un par de cosillas al gran Shintaro Kago!

Novelas destacables: Un jardín de placeres terrenales, de Joyce Carol Oates, Valentino, de Natalia Ginzburg, El reloj de sol, de Shirley Jackson, y Job. Historia de un hombre sencillo, de Joseph Roth.
Novelas que parecen escritas específicamente para mí: My husband has taken our roleplaying too far, de Christian Wallis, El regreso, de Walter de la Mare, y El dios de piedra, de Leonard Cline. Quizá incluiría también La declaración de Stella Maberly, de F. Anstey, y Los veinte días de Turín, de Giorgio de Maria.
Clásicos decimonónicos castizos desempolvados: Las cañadas indómitas, de Raimon Casellas, El subterráneo habitado, de Manuel Benito Aguirre, Narraciones inverosímiles. Selección, de Pedro Antonio de Alarcón, y Criadero de curas, de Alejandro Sawa.
Mejor antología de relatos:  Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero. 
Relatos destacados: Varios de T.errores. En el bosque ya estás muerto, de VV.AA., de L'amant del diable, de Elizabeth Bowen, de Parásitos perfectos, de Luis Carlos Barragán Castro, y de Negro tal vez, de Attila Veres. 
Mejores novelas gráficas: Fraction y El palacio infinito de Shintaro Kago. También es bastante buena La voz de las bestias, el ansia de los hombresde Thomas Gilbert.
Mejor libro de no ficción: El camino pagano, de Edgar-Max.
Empacho de: Narrativa (tanto novela como relato).

Juan:

Resumen del año: En general, un año bastante anodino; ni bien ni mal, ni frío ni calor, ni carne ni pescado... Aún así, alguna que otra lectura destacable sí que ha habido:

Polar y novela del año (previsiblemente, aunque aún quedan unos cuantos días para que éste termine): Historias de la noche de Laurent Mauvignier 
Novela de miedito (o no): Una cabeza llena de fantasmas de Paul Tremblay 
Novela/reportaje gráfico: sin duda, El abismo del olvido de Paco Roca y Rodrigo Terrasa.
Biografía (más o menos) también bastante gráfica: Las 100 primeras películas de Nicolás Cage de Paco Alcázar y Torïo García.
Ensayo: The King, de autoría variada y, en curso de lectura, Danza macabra, justamente de The King...

Poesía: Llibre de meravelles de Vicent Andrés Estellés (cierto que no he leído ningún otro, pero lo merece igualmente).

Decepción: Mi esposa y yo compramos un rancho de Matt y Harrison Query. Esta es la chafada más gorda, pero también ha sido un poquito decepcionante Lo que más me gusta son los monstruos - Libro Dos de Emil Ferris. Y aún tengo el culo torcío con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda...

NO decepción del año: Un lugar soleado para gente sombría de Mariana Enriquez.

Sorpresa (se entiende que agradable) del año: Los secretos de Heap House de Edward Carey,

Bizarrada del año (y por muchos más, sospecho): El amor edípico contra la lujuria sadomasona de Oriol Vigil.


Carlos:


Resumen del año: esto es una novedad introducida por sorpresa, así que me ha dejado un poco descolocado. Aun así diré que el año ha sido regular, con más decepciones de las habituales, y un nivel medio en el que apenas sobresalen un puñadico de cosas, algunas como estas:


Novela: en castellano Extraña forma de vida, de Enrique Vila-Matas; en otros idiomas, El otro nombre (Septología I), de Jon Fosse

Novela corta: Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, y Noches blancas, de Fiódor Dostoyevski

Ensayos y similares:

    - Humanidades: Los hombres no son islas, de Nuccio Ordine

    - Música: Aquellos años accidentales, de Laura Piñero

    - Arte: El eco pintado, de Óscar Martínez

Historia: Ocho días de mayo, de Volker Ullrich

Libros de viajes: Campos de Níjar, de Juan Goytisolo

Biografía novelada: Lawrence de Arabia. La corona de arena, de Jose María Álvarez

Relectura: Artificios, de Jorge Luis Borges

Humor: El puente de los perros suicidas, de Abel Amutxategi

Clásico: La guerra carlista, de Ramón del Valle-Inclán (reseña en unas semanas)

Rarezas y descubrimientos: Madame Edwarda, de Georges Bataille, y Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot


Koldo:

Resumen del año: Lo de siempre, pero un año más viejo

Tres libros de relatos:  Ahí fuera de Kate Folk, Alcaravea de Irene Reyes-Noguerol y Cuentos completos de Juan Carlos Onetti. 
Tres novelas: Eloy de Carlos Droguett, Despertar a los muertos de Scott Spencer y El origen. Una indicación de Thomas Bernhard. 
Dos libros híbridos: Yo navegué con Magallanes  de Stuart Dybek y Grimmish de Michael Winkler.
Dos libros de memorias (también un poco híbridos): Cada uno por su lado y Dios contra todos de Werner Herzog y Vida de un pollo blanquecino de piel fina de Andrés Pérez Perruca.
Un ensayo: Terror y utopía: Moscu en 1937 de Karl Schlogel.

Marc:

Resumen del año: año flojo en lecturas (en cantidad, pero también en calidad). Pocos libros destacables en un año en el que se salva básicamente por libros de autores ya conocidos y por el descubrimiento de la obra de Fosse.

Libro del año: «La próxima vez el fuego», de James Baldwin
Ensayo del año: «El temps de la promesa», de Marina Garcés
Autores de literatura infantil del año: Romain Pujol & Vincent Caut con la serie «Avni»
Consagraciones del año, nuevamente: Pol Guasch, Annie Ernaux
Descubrimientos del año (autores): Jon Fosse 
Propósitos para el 2025: más poesía y más clásicos
 
Francesc: 
 
Resumen del año: incluso estando satisfecho de haber sido capaz de sostener un cierto ritmo lector, lo hubiera estado más si el año hubiera contado con alguna experiencia reveladora sobre todo en clave ficción, aunque quizás en estos tiempos extraños y convulsos confiar en que se produzcan carreras literarias de largo recorrido resulte un poco ingenuo. 
 
Aún así:
 
Libro del año: Ex-aequo: Los jugadores de Whist de Vicenç Pagès Jordà (aún no reseñado) y El dia de la Independència de Tuli Márquez, lecturas, ambas, generacionales, cercanas y crepusculares y reivindicaciones de que los autores en catalán deberían contar con una industria valiente que los traduzca. Ya de paso, todo lo de Monzó y lo de Pàmies.
Retrasos del año: Mary Gaitskill, autora que me ha interesado con cierto efecto retroactivo y a la que aún me resulta difícil ubicar, por la manía de la industria editorial USA de etiquetarlo todo
Ensayos del año: lo digo en el resumen, me gustaría engancharme a algún autor de ficción, pero el ensayo (y las novelas cortas, je je) ha sido un recurso muy útil para marcarme ciertas pautas lectoras, así que desgloso dos categorías: 
  •     Ensayo atemporal: Aldous Huxley y Barbara Cassin (aún no reseñado)
  •     Ensayo del momentoEva Illouz Mark Coeckelbergh, más que nada para que se lean antes de que sus premisas caduquen (o estallen por los aires) y los veamos más antiguos que el periódico de ayer (¿qué es un periódico?)
Propósitos del año: hacer algún mínimo caso a las novedades de ficción, a ver si así descubro algún escritor notable antes de que se me muera. Leer ensayos sin que sepa de antemano que comulgo con sus planteamientos (se resolvería de cuajo leyendo a Jiménez Losantos). No pasar de largo en las secciones de poesía (al menos mirar las portadas, me refiero). Leer más crónica. Releer más de todo.
 
 
Santi:
Resumen del año: Revisando mis (escasas) reseñas de 2024, veo que el año empezó bien, con una buena cosecha de libros comprados/regalados en Navidad, pero luego vino una larga sequía de lecturas, en la que predominaron las relecturas y los clásicos. Entre lo que he leído más reciente predomina claramente lo fantástico y el terror, y la literatura española y en español. Va mi lista:

  • Libro del año: De entre los recientes, Visceral, de María Fernanda Ampuero, que me sorprendió muchísimo; de entre los menos recientes, Los santos inocentes de Delibes, que no puedo creer que todavía no estuviera publicado en el blog.
  • Mejores novelas: Un amor de Sara Mesa (con permiso de Juan G.B.) entre las recientes y Tristana de Galdós entre los clásicos. Mención especial para dos novelas hispanoamericanas impresionantes: Huasipungo de Jorge Icaza y Balún Canán de Rosario Castellanos.
  • Mejores novelas cortas: Un detalle menor de Adania Shibli y Mireia de Purificació Mascarell.
  • Mejores libros de cuentos: Conejo maldito de Bora Chung y El peor escenario posible de Alejandro Morellón.
  • Mejor ensayo / autobiografía / autoficción / whatever: Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera
  • Libros sobre paternidad (que aún no he reseñado): "pulgar hacia arriba" para Literatura infantil de Alejandro Zambra; "pulgar hacia abajo" para Irene y el aire de Alberto Olmos
  • Lectura más loca e inclasificable del año: El amor edípico contra la lujuria sadomasona de Oriol Vigil Hervás.
  • Decepciones (sin ser libros horribles ninguno de los dos): Soy fan de Sheena Patel y Otaberra de Elisa Victoria.

Propósitos del año: Leer más, mejor, más variado y más reciente (aunque este propósito lo hago todos los años y ya se ven los resultados...).


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