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sábado, 6 de agosto de 2022

Siri Hustvedt: En lontananza

Idioma original: inglés
Título original: Yonder
Traducción: Gian Castelli Gair
Año de publicación: 1998
Valoración: está bien


En el círculo uladiano, bien es sabida mi devoción por Siri Hustvedt, una autora a la que admiro por su inmenso talento literario pero también por su interminable curiosidad por múltiples temas que van desde el arte a la ciencia. Es por ello por lo que me lanzo a leer cualquier ensayo que publique, pues su capacidad para analizar y cuestionarse esferas tan dispares siempre tiene un punto de interés para alguien que comparte las mismas inquietudes. Desgraciadamente, no siempre uno encuentra lo que busca o lo que espera en ellos.

El libro abre con el que, para mí, es el mejor de los ensayos que se incluyen en esta obra y que justamente da título al libro. En «En lontananza», Hustvedt nos habla del concepto de «en lontananza» como el lugar entre el aquí y el allí y, a partir de aquí, Hustvedt abre su reflexión y nos narra el impacto que tiene en nosotros los sitios en los que ya no estamos o a los que estamos a punto de llegar, afirmando que «esos espacios mentales cartografían nuestra vida interior con más precisión que cualquier mapa “real”». La autora enlaza con ello su propia experiencia y la de su familia, y nos narra sus orígenes, a caballo entre Noruega y Estados Unidos, hablándonos de igual manera de su lengua y sus raíces y el impacto que las experiencias causan en nuestras vidas, pues los «lugares que hemos dejado atrás a menudo se tornan emocionalmente simplificados… pulsan una única cuerda de dolor o de placer, lo que quiere decir que nunca son lo que en otro tiempo fueron». Abriendo el abanico reflexivo, Hustvedt extiende su disquisición al campo literario, haciendo un símil con la literatura, pues «el lugar de lectura es una especie de m en mundo en lontananza, un sitio que no está ni aquí ni allí, sino que se compone de retazos de experiencia en todos los sentidos, tanto reales como ficticios».

Ya en el resto de los ensayos, más dirigidos al arte que a la reflexión vital, la autora se centra en la mayoría de ellos en el análisis literario de obras que le entusiasmaron así como de obras de arte que por su impacto o por su enfoque le marcaron. Así, nos habla de Vermeer y su cuadro «Joven dama con collar de perlas», pero también sobre Chardin, Claesz, Cézanne, Matisse y sus cuadros que presentan las naturalezas muertas. Ya en el campo literario, la autora hace una profunda disquisición sobre «El gran Gatsby» de F. Scott Fitzgerald y profesa su admiración por él afirmando que «Fitzgerald supera a cualquier otro escritor que yo conozca en captar la achispada atmósfera de las fiestas». Este análisis sobre la gran obra de Fitzgerald es muy interesante, si bien, de igual manera que me sucedió con Gornick y su «Cuentas pendientes» o también con la propia Hustvedt y su más reciente libro «Madres, padres y demás» estos ensayos incluidos en el libro que hacen referencia a una obra en concreto suscitan interés únicamente en el caso en el que el lector también la haya leído pues de lo contrario no puede contrastarse o enriquecer la propia experiencia lectora de quien lee el ensayo con su lectura previa.

También la autora toca otros aspectos interesantes sobre la vida, como en «Una súplica para Eros», donde nos habla sobre el erotismo, la seducción, las relaciones amorosas y el deseo o su pérdida afirmando que «una combinación de biología, historia personal y caldo cultural de idees es lo que crea la atracción. El amante fantasía siempre está revoloteando detrás o delante del amante real, y necesitamos a ambos. El problema reside en que la alianza de los dos es algo imprevisible. Eros, al fin y al cabo, era un travieso amorcillo armado de arco y flechas, una criatura de sorpresas que se deleitaba en alcanzar a los que menos se lo esperaban».

Ya en su tramo final, y volviendo a un tema que Hustvedt trata en varios de sus libros, la autora habla de la memoria y los recuerdos, afirmando que «Los recuerdos son fragmentos de uno mismo —la misteriosa mescolanza del pasado con el presente (…) El recuerdo debe ser movimiento, suministrando así una concatenación eficaz entre un instante de la vida y el siguiente. Debe ser repetición, pero repetición con diferencia». Una repetición que nos lleva a ser quienes somos pues, en gran parte, somos aquello que recordamos y, a veces, esos recuerdos van ligados a nuestra experiencia lectora pues, como afirma Hustvedt, «cuando recuerdo libros, no recuerdo las palabras sobre la página. Recuerdo lo que vi y oí del mismo modo que recuerdo el mundo real». Y es que, para muchos de nosotros, el mundo real también se encuentra en los libros, en todos ellos.

También de Siri Hustvedt en ULAD: El hechizo de Lily DahlLa mujer que mira a los hombres que miran a las mujeresEl verano sin hombresLa mujer temblorosa o la historia de mis nerviosLos espejismos de la certezaMadres, padres y demás, Recuerdos del futuroUna súplica para Eros

miércoles, 21 de enero de 2026

Siri Hustvedt: Una súplica para Eros

Idioma original: inglés
Título original: A Plea for Eros
Traducción: Aurora Echeverría, para Circe
Año de publicación: 2006
Valoración: está bien


Hacía tiempo que no reseñaba a Siri Hustvedt, de la que me atrevería a afirmar que es mi escritora favorita. Y hacía tiempo también que este libro reposaba en mi estantería esperando el momento a ser leído, pues es un libro que compré hará unos quince años y seguía quedando como pendiente. ¿Motivos? Un par principalmente: el primero es que el libro recopila ensayos escritos entre 1995 y 2006 y los aspectos tratados no acababan de encajar con mis gustos y, el segundo, que el libro contiene algunos de los ensayos ya publicados en «En lontananza» (como «Las lentes de Gatsby», «Una súplica para Eros» y el que da nombre a este libro). Así que, en esta reseña, en la que obviaré los ensayos repetidos, puede considerarse una extensión a ese libro.

A nivel introductorio diré que, como es habitual en recopilatorios de ensayos de la autora, los temas tratados son diversos y, en gran parte, inconexos así que el interés (subjetivo siempre) que me despiertan unos u otros es dispar por lo que, en este caso, y mirándolo como un todo, el resultado de la lectura me deja algo indiferente, pues varios de ellos no consiguen captar demasiado mi atención. En cualquier caso, sí hay algunos destacables y que merecen su lectura como el de «Franklin Pangborn: Una Apología» en la que la autora traza una retrato sobre este actor de la primera mitad del siglo XX que destaca por ser una figura que «domina un instante o una escena plenamente, pero nunca una película entera», un autor que «siempre ha interpretado el mismo papel», el de «gerente de algún establecimiento —tienda, hotel, bloque de pisos— cuyas directrices son socavadas por el caos que lo rodea». Así, «Pangborn interpreta el papel de un tipo que intenta manejar una situación en un clima de caos» y Hustvedt toma su figura para evocar las virtudes de una época en la que, en las películas de Hollywood, «el diálogo todavía desempeñaba un papel importante en la producción cinematográfica(…) Hoy en día es poco frecuente que una película nos ofrezca mucho diálogo en cualquier clase, y cuando lo hace es inevitablemente un lenguaje sin mucha complicación, un lenguaje temeroso de las referencias por si el público no las entiende». 

También es interesante el ensayo sobre el corsé, prenda que se utilizaba para moldear la figura femenina («el corsé toma la diferencia entre hombre y mujer, y la lleva al límite») y que la autora tiene altamente presente al recordar un episodio de su vida en el que, haciendo de extra de una película, tenía que llevarlo, con cierta incomodidad al principio, pero con confort después pues afirma que «llevando el mío día tras día sucumbí a sus encantos. Ir con corsé es como encontrarte con un abrazo permanente, un estrujón alrededor de la cintura que no se acaba nunca. Es una sensación agradable y vagamente erótica, un achuchón que dura». Así, con el pretexto del corsé, la autora abunda en la importancia del vestuario no únicamente para ser temporalmente una persona diferente en el caso de los disfraces sino para reafirmar una personalidad, porque «al final, vestir es un acto de la imaginación, una invención del yo, una ficción». 

En otro ensayo la autora también habrá el género, el que tenemos y el que sentimos, y Hustvedt (que ya ha tocado este tema en algunos otros libros) confiesa que cuando está despierta es una mujer, pero en sus sueños a veces es un hombre llegando a la conclusión que en ella hay un hombre y una mujer y afirma que, de hecho, cuando escribe puede adoptar el cuerpo de un hombre o de una mujer. 

En otros textos también habla de la relación con los padres, sobre vivir con desconocidos (algo que le marcó al ir a vivir a Nueva York) así como sobre el 11-S, suceso del que afirma sabiamente que «ver y no creer no siempre van de la mano. Los sucesos traumáticos a menudo vienen acompañados de una forma de disociación. Todo lo que sucede ante nosotros parece irreal». Con ello, nos habla del antes y el después del atentado y de cómo influyó a sus ciudadanos y constata que «solo es posible comprender los ataques contra el Word Trade Center a través de las personas individuales, porque si perdemos de vista lo particular (…) corremos el riesgo de perder de vista nuestra humanidad común».

En resumidas cuentas, la lectura de este libro me ha aportado, más allá del contenido, conocer cómo ha evolucionado la escritura, el estilo y la manera de abordar los ensayos de Siri Hustvedt a lo largo de su carrera. Y el resultado es que el contraste es evidente, pues a pesar de que en estos ensayos la autora demuestra su calidad y que su manera de pensar y abordar los temas es más que destacado, el enfoque y contenido que de sus textos no me han acabo de interesar salvo algunos casos. De todos modos, celebro a su vez constatar cómo ha crecido Hustvedt como autora, ya en lo tocante a los temas tratados como, especialmente, a la exposición de sus pensamientos.

domingo, 15 de enero de 2017

Siri Hustvedt: El hechizo de Lily Dahl


Idioma original: inglés
Título original: The Enchantment of Lily Dahl
Año de publicación: 1996
Traducción: Gian Castelli Gair
Valoración: recomendable para fans

Escritora de amplia riqueza cultural y multidisciplinar, con grandes intereses que abarcan no sólo la literatura sino también el arte y la psicología, Siri Husvedt mantiene a lo largo de su obra ciertos elementos ya característicos en ella. Así, tal y como ocurría en la anterior (y primera) novela de Siri Hustvedt "Los ojos vendados", las inquietudes principales de la autora siguen girando alrededor del comportamiento humano en lo tocante al deseo y al misterio existente en las relaciones entre personas, añadiendo pinceladas (y nunca mejor dicho) de tipo artístico.

En el libro que nos ocupa, la autora nos ubica en Webster (Minnesota), un pequeño pueblo en cuyo bar trabaja Lily Dahl, una joven camarera de carácter fuerte, luchador y atrevido. Sin mucha más distracción que el chismorreo y la habladuría, la vida sosegada, tranquila y monótona de los habitantes del pueblo se ve alterada por la llegada de Edward Shapiro, un artista de Nueva York que llega al pueblo para elaborar una obra pictórica algo particular. La obra consiste en la realización de retratos que contienen las historias personales de los modelos expuestos en los cuadros. Para poder pintar los lienzos, el autor necesita conversar durante horas con las personas a retratar para poder plasmar sobre la tela los sentimientos que se albergan en su interior y su auténtica personalidad. Asimismo, además del propio retrato, el autor pinta en el cuadro pequeñas viñetas con la historia de esa persona. De esta manera, diferentes habitantes del pueblo pasan ratos conversando con el pintor (conversaciones de las que se nos mantiene al margen) y empiezan a surgir una serie de rumores y misterios que copan el primer lugar en los chismorreos de sus habitantes.


Narrada desde el punto de vista de la joven Lily, la autora nos descubre como el carácter reservado de Ed despierta sus sentimientos y como se ve atraída no únicamente por su presencia sino por su carácter misterioso. Este hecho provoca un cambio en su personalidad  y actitud respecto a su propia vida de manera que empieza a cuestionarse su forma de afrontarla. Pero la aparición de Ed y sus retratos no únicamente afectan a Lily sino que, de igual manera, provocan la alteración de la vida cuotidiana del resto de los habitantes de forma que empiezan a sucederse un conjunto de situaciones extrañas donde se ven implicados de una manera u otra ya que el deseo, los celos y la personalidad extraña de alguno de los habituales clientes del bar se hacen presentes en la historia. Así, empezamos a descubrir las rarezas y detalles de ellos en una novela con cierto punto macabro, donde las escenas oníricas y visiones sufridas aportan misterio y oscuridad a la historia.


Al analizar esta novela en relación con el conjunto libros de la autora, los lectores que cuenten con Siri Hustvedt entre sus autoras favoritas sabrán que hay elementos de su literatura que son recurrentes a lo largo de su obra: el poder de los personajes femeninos, su visión sobre los hombres, anhelos e inseguridades. En línea continuista con su primera novela, la autora sigue indagando sobre el deseo y las relaciones personales añadiendo en este libro elementos de misterio algunos de los cuales aparecerán de nuevo con más profundidad en "Todo cuanto amé" aunque en otra forma, sustituyendo las pequeñas viñetas por maquetas de viviendas.


En cuanto a la valoración, desafortunadamente y muy a mi pesar, no puede ser más positiva ya que el libro avanza demasiado en el camino del misterio y se pierde entre tanto elemento onírico y surrealista, especialmente en su parte final. Únicamente en algunas ocasiones alcanza un nivel suficientemente alto para atraer la lectura de un lector que no sea un fan incondicional de la autora. Por contra, los seguidores de la obra de Hustvedt, y a pesar de que este libro no llega a la calidad del resto, sí encontrarán algunos elementos destacables que les permitirá constatar la evolución de la autora desde estos inicios algo titubeantes hasta la gran escritora que es en la actualidad.


También de Siri Hustvedt en ULAD: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Recuerdos del futuroEl verano sin hombresLa mujer temblorosa o la historia de mis nerviosLos espejismos de la certeza, Madres, padres y demás, Una súplica para Eros

martes, 24 de agosto de 2021

Siri Hustvedt: La mujer temblorosa o la historia de mis nervios

Idioma original: inglés
Título original: The Shaking Woman or A History of My Nerves
Traducción: Cecilia Ceriani
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable para interesados

Los que conocen la figura de Siri Hustvedt sabrán que siempre se ha caracterizado por tener una curiosidad inmensa y una interminable propensión a querer conocer a fondo los temas que le interesan o le preocupan. Así lo ha demostrado hablando de arte en sus libros de cariz más ensayístico («Los misterios del rectángulo» o «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»), pero también dando conferencias universitarias en campos más científicos como la neurociencia, ámbito al que se aproximó a raíz de sus problemas nerviosos recurrentes a lo largo de su vida. Este último aspecto es el que aborda en este ensayo, y lo hace a fondo, como no puede ser de otra manera viniendo de esta autora.

El origen y germen de este libro se encuentra en un episodio nervioso que la autora sufrió durante un discurso que dio en homenaje a su fallecido padre en el que, de pronto y sin previo aviso, empezó a temblar desde el cuello a los pies y, a pesar de que pudo acabar el discurso, sólo cuando terminó le pasó el efecto. Este incidente la sorprendió y asustó a partes iguales, por la rareza del mismo pero también por desconocer lo sucedido, así como también la intrigó el porqué y el cómo ocurrió, en un efecto en el que parecía que su cuerpo se desdoblara y quién estaba sufriendo las convulsiones realmente era otra persona y no ella. A raíz de ello, se dedicó a estudiar con profundidad a qué podría ser debido, cual podría ser la causa y su posterior solución, en caso de que existiera.

A pesar de que su interés por la neurociencia y el psicoanálisis ya le venía de joven, incluso antes de estar internada en un hospital a causa de sus graves migrañas, este episodio incrementó aún más su afán por conocer cómo funciona el cuerpo con relación a la mente. Siri Hustvedt, fiel a su rigor y auto exigencia en conocer a fondo los temas que le interesan, se involucró para ello en un grupo de estudio con neurólogos, psiquiatras, investigadores, dio clases en talleres literarios para enfermos internados en hospitales psiquiátricos e incluso, ya antes de este ensayo, escribió una novela («Elegía para un americano») donde uno de sus personajes era psiquiatra y psicoanalista. Y es que todo en la obra de Hustvedt está relacionado, todo está interconectado, obra y vida, talento y dedicación, porque, más allá de la propia búsqueda de la causa de su enfermedad, el libro se adentra también en el análisis y exploración de quiénes somos y qué sabemos de nosotros, qué recordamos y el porqué, pues en palabras de la propia autora, «seguir la pista de mi patología se ha convertido en una aventura dentro de la historia de la experiencia y la percepción».

Los episodios más accesibles de este ensayo (y más interesantes bajo mi punto de vista) se centran en la memoria y la percepción, en los mecanismos que posee nuestra mente para recordar y reconstruir y, con relación a ello, Hustvedt afirma, sosteniendo la tesis de Freud, que «el presente colorea el pasado» y que «la memoria es, a la vez, cambiante y creativa». Hustvedt ya habló de ello en «Recuerdos del futuro» y es una teoría que yo comparto y que la autora documenta de manera científica, pues hace referencia a «un estudio realizado sobre personas con lesiones bilaterales en el hipocampo concluyó que los daños afectaban a la memoria de los pacientes y también a su imaginación». Por ello «la facultad de la memoria no puede separarse de la imaginación. Van de la mano. En mayor o menos medida, todos inventamos nuestro pasado. Y para la mayoría de nosotros ese pasado está construido de recuerdos coloreados emocionalmente». Así, por tanto, las lesiones que afectan a la memoria también lo hacen a la imaginación, puesto que imaginar el futuro no es otra manera que recordar hacia adelante. 

En este ensayo, Hustvedt no duda en ponerse en primera línea como ejemplo o como propia protagonista del libro, pues expone sus motivaciones pero también sus debilidades. Así, nos habla de su la hipersensibilidad que padece y que la propia autora reconoce al afirmar que «mi empatía es extrema y, para ser franca, hay veces que mis sentimientos alcanzan tal intensidad que necesito protegerme de una exposición excesiva a ciertos estímulos, sino acabo completamente tensa y con dolores en todo el cuerpo», pero también sobre su «fuerte respuesta frente a los colores y la luz» que hizo que «durante un viaje a Islandia (…) pasamos junto a un lago que tenía un color inusual. El agua era verde azulada pero de una palidez glacial. El color me provocó una violenta impresión, como si me golpearan. El escalofrío me recorrió el cuerpo entero y de pronto me vi resistiéndome a aquel color, cerrando los ojos y agitando las manos en un intento de quitarme de encima aquella tonalidad intolerable».

En su intento de comprenderse mejor a sí misma y a lo que le ocurre en la relación entre su cuerpo y su mente, Hustvedt nos habla también de la sinestesia de tacto-espejo y el transitivismo, término acuñado por el Carl Wernicke en 1900 y que lo definió como «una proyección de nuestros síntomas a un doble con el fin de salvaguardarnos de ellos. El doppelgänger se hace cargo del sufrimiento por nosotros», algo que «en psiquiatría todavía se sigue utilizando para describir un estado en que los pacientes se confunden a sí mismos con otras personas. El umbral entre el yo y el se desdibuja o desaparece por completo», algo muy común en los niños pequeños en el que cuando uno se cae y se pone a llorar, otros que lo han visto también lo hacen en una «confusión de fronteras propia del transitivismo» y que en los niños toma la forma de «objetos de transición» que utilizan como «un sujeto alternativo en el cuál proyectar su fragilidad y sentirse protegidos al mismo tiempo», como disociación de uno mismo en el sujeto presente y uno en apariencia externo sobre el cual proyectar acciones o emociones como si los sufrieran ellos y no el sujeto en cuestión. 

Asimismo, fiel a su entendimiento holístico sobre el conocimiento humano, la autora conjuga arte y ciencia como elementos coincidentes e integrados pero sin eludir las fronteras existentes entre ellos, pues «todos hacemos extrapolaciones de nuestra existencia para entender el mundo. En el arte esto se considera una ventaja, pero en la ciencia se considera una contaminación» y podemos creer en «la existencia de neuronas y quarks (…) sin tener pleno conocimiento de ellos», pero nos cuesta más entender que los sentimientos que cada uno albergamos existen de manera personal y única en cada individuo. Esta relación entre ciencia, razón, mente, cuerpo y emociones tratada en este ensayo, y que aborda al final del libro al hablar de cerebro y mente, de neuronas y pensamientos y la relación entre biología, neurología y psicología, es algo que la autora expone y amplía en su más reciente libro «Los espejismos de la certeza» y que, en parte, van relacionados en el sentido que tratan el conocimiento, el pensamiento y las emociones como algo intrínseca y orgánicamente unido.

Cabe decir que el libro puede hacerse muy cuesta arriba para los no interesados en la neurología y la psiquiatría puesto que expone múltiples casos médicos, tratados y teorías científicas expuestas a lo largo de la historia. Así el libro se hace denso y, a menos que uno esté especialmente interesado en la relación entre cuerpo y mente o en las distintas enfermedades que parecen enlazar uno con otro, el libro puede no interesar demasiado y la lectura hacerse algo intrincada y ardua. Aun así, es interesante para aquellos que quieran ampliar sus conocimientos o su visión sobre un tema tan complejo como el de la relación entre las distintas partes de nuestro cuerpo, más ligadas entre ellas de lo que podría parecer a simple vista y a las que, en el fondo, cada uno de nosotros nos debemos.

sábado, 12 de junio de 2021

Siri Hustvedt: Los espejismos de la certeza

Idioma original: inglés
Título original: The delusions of certainty
Traducción: Aurora Echevarría Pérez (ed. en castellano) y Ernest Riera (ed. en catalán)
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Fiel a su carácter analítico, de aprendizaje continuo y entendiendo el conocimiento como algo holístico en el que todo está relacionado, donde las ganas por entender el mundo se inician en uno mismo (a nivel incluso neuronal) para llegar a abarcar al resto de la sociedad en todos sus ámbitos, Siri Hustvedt ha escrito este ensayo partiendo de la autoconciencia, de que las certezas sobre nuestro mundo no únicamente son pocas, sino también limitantes. Porque ya la propia autora afirma, como apunte inicial y para mostrar su intencionalidad que «este ensayo interroga la certeza y aplaude la duda y la ambigüedad, no porque no seamos incapaces de saber cosas, sino porque tenemos que examinar nuestras creencias y preguntar de donde provienen. La duda es fértil porque abre un pensador a pensamientos extraños».

Con este propósito, la autora empieza hablando del cuerpo humano y la dualidad que siempre ha existido entre mente y cuerpo, así como también de los genes, su herencia y sobre la posibilidad con la que las aptitudes adquiridas puedan ser trasmitidas a través de estos, ya modificados a partir de ellas. Hustvedt nos habla sobre lo innato y lo adquirido y nutre el relato de estudios que tratan este aspecto desde posiciones encontradas. La autora nos ofrece como punto de reflexión estudios basados en gemelos para ver cuantos de sus rasgos son heredados y cuantos, adquiridos, pero también nos habla sobre la agresividad y la testosterona en hombre y mujeres y la relación (no probada ni conclusiva) entre ambos conceptos y sobre la capacidad y habilidad de hombres y mujeres en campos como la física y la ciencia.

Superada una primera mitad del libro centrada especialmente en la relación cuerpo-mente a nivel anatómico y donde se tratan temas como la medicina y los efectos psicosomáticos o la neurología (citando a Freud y su “Proyecto” en el campo de la neurología en «un intento de vincular sus conocimientos del sistema nervioso con las cualidades psíquicas y describir una economía de la energía mental») y que considero algo más densa y específica de lo deseable (a veces los ensayos de Hustvedt desbordan y abruman por exceso de profundidad), la autora explora también otros caminos que particularmente encuentro mucho más interesantes, pues nos habla de la relación entre hombres y máquinas, de los avances en inteligencia artificial, de la posthumanidad citando a Hayles quien se cuestionaba «¿Cómo se convencieron los investigadores que los humanos y las máquinas son hermanos bajo la piel? » y termina afirmando que «Shannon y Wiener definieron la información de manera que fuera calculada con el mismo valor sin tener en cuenta los contextos en los cuales estaba imbricada; es decir, la separaron de su significado», algo que ya los propios lógicos hicieron desde la época de los griegos. La autora cita a Wiener quien afirmaba ya en 1950 que sería posible telegrafiar el patrón de un hombre de un lugar a otro, de proyectarlo; un tránsito que consiste, en el mundo moderno, «no en la transmisión de cuerpos humanos, sino en la transmisión de información humana». Hustvedt enlaza esta reflexión hablándonos sobre cómo se ha pretendido que el cerebro se vea como una máquina computacional, sin tener en cuenta características como la sensibilidad, o los sentidos. ¿Hasta qué punto el cerebro puede emularse? Es evidente que sí, si hablamos de puramente cálculo o incluso lógica, pero ¿qué ocurre en las esferas donde las cosas que pensamos no son cuantificables? Porque, «incluso si pudiéramos explicar cada aspecto del cerebro físico en toda su complejidad, el punto de vista en primera persona, la experiencia de estar despierto y consciente y pensando, o durmiendo y soñando, faltaría. La consciencia se ha convertido en un monstruo filosófico y científico».

En este aspecto, Hustvedt habla sobre el fracaso de la inteligencia artificial en el sentido que hace décadas que parecía que lograría simular el comportamiento humano. Pero ya en 2012 Dreyfus afirma en sus ensayos que «la I.A. ha fracasado, porque la mente no es un ordenador que hace operaciones algorítmicas, y por muchas normas y hechos con los que se alimente la máquina, no acabará siendo como nosotros, pues la mente humana no funciona de esta manera» a pesar de que «Deustch está convencido que nos convertiremos en inmortales a través de la computación». Hustvedt incide en el análisis y se cuestiona que «si la emoción tiene un papel importante en el pensamiento, ¿las máquinas llegarán alguna vez a sentirla? (…) ¿Puede una máquina analizar sentimientos como la tristeza a partir de la lógica? ¿Es posible razonar en la vida cotidiana sin sentimientos?». 

De esta manera, el ensayo que ha escrito Hustvedt parte de la separación (en caso de que exista) entre cerebro y mente para, a partir de una breve introducción histórica sobre el razonamiento y la lógica, sobre la diferencia entre conocimientos innatos y adquiridos, sobre la genealogía y biología del ser humano, aventurarse en el campo de las emociones y su relación con el cuerpo y la mente, adentrándose en las posibilidades y limitaciones de la inteligencia artificial, no por la falta de desarrollo y avances de la misma sino debido a la complejidad y desconocimiento de cómo somos y por qué sentimos, cómo pensamos y en base a qué lo hacemos, elaborando de esta forma un exhaustivo análisis sobre la condición humana y aquello que nos hace diferentes, originales y no replicables ni simulables. Y el papel siempre clave, siempre decisivo de la cultura en nuestra formación como personas, porque «las ideas tienen que resonar en la cultura».

Como es habitual en Hustvedt, su ensayo está perfectamente documentado e incluye casi cuatrocientas notas biográficas con referencias a gran cantidad de autores, pensadores, científicos y filósofos (que van de Descartes a Cavedish, Pinker, Dawkins, Darwin, Freud, Deutsch, Lovelace, Turing, etc.) que la autora ha sabido sintetizar para dar cohesión a un análisis profundo sobre la mente y el cuerpo, sobre aquello que físicamente somos, pero que tiene extensiones más allá del propio cuerpo en materias etéreas e intangibles, inmateriales, como el razonamiento, las emociones o los sentimientos. Bien es cierto que en este ensayo trata muchos temas (no todos directamente relacionados) y es algo desigual, aunque en su conjunto funciona porque, en su origen, todo viene de nosotros, de nuestro cuerpo, de nuestras creencias y nuestra mente.

Dice la autora que «el razonamiento no es un estado puro de cálculo lógico, sino que está mezclado con la emoción» y acertadamente hace una analogía sobre la traducción automática indicando que «el lenguaje utiliza normas, pero también implica incontables factores inefables que los científicos han sido incapaces de trasladar a un modo computacional. De hecho, si el lenguaje fuera un sistema de signos basados en la lógica, con una gramática universal que se pudiera entender matemáticamente, entonces sí que tendríamos unas traducciones por ordenador preciosas, ¿verdad?».

Fiel a su título y al carácter siempre abierto al aprendizaje de la autora, el libro lanza muchas preguntas que deja sin resolver, y se centra, principalmente, más en la contraposición de ideas enfrentadas que en tomar partido acerca de si una u otra es la acertada. Así, el libro plantea muchas dudas que en ocasiones sirven para constatar que muchas afirmaciones no pueden darse, o al menos no de manera categórica, en campos tan complejos y desconocidos como los relativos al cerebro, el cuerpo, la mente, el alma y la relación entre todos ellos. Así contrapone opiniones enfrentadas sin tomar partido por ninguna de ellas, contribuyendo a la incerteza de que vivimos y que nos permiten enriquecemos con las incertidumbres.

Afirma Hustvedt, en sus páginas finales, que «sé que el pensamiento sutil exige aceptar la ambigüedad, reconocer lagunas en el conocimiento y hacer preguntas que no tienen respuestas fáciles» y cierra el ensayo con una gran reflexión: «Todavía me pregunto por qué la gente está tan segura de las cosas. Lo que parece que comparten es la certeza. Prácticamente todo el resto sigue aún pendiente». Y de ahí la necesidad de libros como el que nos ocupa, pues no únicamente nos proporcionan información sobre lo que desconocemos sino, algo aún más importante, nos impulsan la necesidad de ser conscientes de que el campo a recorrer es mucho y que solo desde la incerteza podremos aprender.

miércoles, 10 de julio de 2019

Siri Hustvedt: Recuerdos del futuro

Idioma original: inglés
Título original: Memories of the Future
Traducción: Aurora Echevarría
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Mucho se ha hablado de la importancia del principio de un libro. No hablo de la primera frase, sino del comienzo, de los primeros párrafos o incluso páginas. Y la siempre brillante Siri Hustvedt empieza de manera potente esta novela con tintes autobiográficos, pues arranca con la protagonista, de sugerente nombre S.H., recuperando un diario de su juventud tras llegar por primera vez a Nueva York después de su infancia en Minnesota, para establecerse y escribir allí la que sería su primera novela. Y qué lugar mejor que la gran ciudad para idear al que será su protagonista, qué mejor sitio para conocer al personaje que debe dar sentido a su obra, al elemento clave del que será su relato. Y lo hace de una manera altamente elocuente: «Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro».

Con este interesante punto de partida, la autora construye un relato basado (posiblemente) en sus propias vivencias, aunque sin saber con certeza si se trata de memorias o de ficción. Hay evidentes paralelismos entre S.H. y Siri Hustvedt, pero la autora no desvela cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficcionado en este relato que se sustenta en diferentes pilares: los personajes, la ficción plasmada en la novela que escribe y el tiempo, elemento clave de la narración, pues la historia se mueve entre presente y pasado, entre actualidad y recuerdos, entre certezas y aproximaciones. Y para lograr que todo encaje sin marear al lector, la autora se basa en ese diario de la protagonista para recordar, para narrar lo sucedido, pero también para calibrar la fiabilidad de sus recuerdos.

La habilidad de Hustvedt y su vasta experiencia en la literatura en sus diferentes géneros le permiten salir airosa de tal arriesgado planteamiento y rompe la rigidez propia de la lectura fragmentada de un diario para abrir la novela a un campo mucho más profundo, el de la memoria y los recuerdos. Porque la autora juega magistralmente con los estilos narrativos, cambiando incluso la tipografía en cada una de las narraciones, y utiliza el diario no para describir una serie de sucesos, sino para recordar y, a partir de esas breves notas, reconstruir y rellenar su pasado creando un canal de diálogo en el que establecer una conversación entre su antiguo yo y su yo actual. Este diálogo permanente sirve a la autora para definir un marco comparativo referencial sobre sus pensamientos y expectativas, en una evaluación continua sobre el paso del tiempo como juez, pero también como elemento indispensable para la madurez y enriquecimiento personal. Esta es la parte clave de la obra, a la que se añade la narración de la propia novela que S.H. pretende escribir, así como su experiencia en esos primeros pasos lejos de casa, de su hogar; una experiencia que le permitirá conocer personajes de compleja personalidad que conformaran su universo emocional. De esta manera, se crea una narración multicapa, profunda y densa, a caballo entre novela y ensayo, entre ficción y reflexión, entre realidad y pensamiento.

Partiendo de esas memorias, la autora dispone un escenario donde dejar que sus reflexiones surjan, de manera libre y nos habla desde la fascinación de quien llega a una ciudad, a la inmensa Nueva York, en esas edades en las que todo deslumbra, todo sorprende, todo atrae. Porque nos habla desde quien ve las cosas por primera vez, y todo es nuevo, y lo descubre a la vez que se descubre ella misma; una fascinación que se extiende más allá de las calles y sus gentes, se extiende a un universo a través del cual accede a las letras, a Foucault, Derrida, Kristeva, Barthes, Elliot, Weil, con un apetito voraz de conocer todo sobre ellos, ampliando su propio universo personal a través de sus obras. Ese afán por leer todo lo que pueda, que tiene el origen en su infancia, cuando queriendo ser médico, su padre dijo que sería una buena enfermera. La autora, fiel a sus valores, utiliza este aspecto para reivindicarse y reafirmar su feminismo y determinación para combatir las desigualdades en este aspecto: «Nadie me dirá que los conocimientos que he demostrado tener son un juego de niños, que no van en serio porque es una niña quien juega. Leeré mucho más que tú, padre. Leeré sin parar todos los libros de tu estudio y todos los libros de la biblioteca de la escuela y todos los libros de todas las bibliotecas del mundo entero, y creceré tanto que seré un gigante sobre la Tierra». Porque Hustvedt, como en la mayoría de sus obras, habla con un espíritu crítico hacia los abusos cometidos por los hombres, físicos y psicológicos, siempre añadiendo ese componente de denuncia y, en este caso, los expone desde el punto de vista de la víctima que, por (mala) educación, por (in)cultura o por costumbres, se halla relegada a ser objeto pasivo, objeto de abuso, objeto de menosprecio. Y aparece la dificultad de la víctima en esas situaciones para romper la barrera de la culpabilidad propia ante tales hechos. La habitual e injusta culpa. El sometimiento, el abuso, el menosprecio que menoscaba la personalidad y que brillantemente la autora resume diciendo que «me ató por dentro». Pocas palabras pueden describir mejor ese machismo existente en tantas relaciones. Esta parte del libro es de una intensidad que provoca que nada pueda permitir interrumpir la lectura, pues el impacto llega hasta donde la sensibilidad de uno alcanza. Brillante en exposición y narración, describiendo lo que tantas (demasiadas) veces hemos visto u oído, Hustvedt envuelve la culpa, el miedo y el temor hacia y respecto a los hombres y se protege bajo una capa de sororidad y vínculo afectivo que transmite acompañamiento y refugio, buscando su propia solidez y fuerza a través de la relación con otras mujeres, pues a medida que encuentra su lugar en esa gran ciudad, reta a una soledad que va aislando y empequeñeciendo gracias a personas que pasan a formar parte de su vida, personas reales y de marcado carácter como Whitney o Patty, pero también gracias a historias inventadas como la de la vida de su vecina Lucy, que le permite construir un mundo de ilusiones en el cual centrar sus pensamientos a la vez que va llenando el suyo de realidades.

Introduciendo ya en su parte final un mundo más oscuro, más tenebroso, más ambiguo e indefinido, donde asoma la duda no sólo sobre quien es ella y cómo se transforma, sino también quienes y como son aquellos que la rodean. La novela evoluciona en consonancia con la propia protagonista, y la inocencia inicial propia de los primeros años postadolescentes va tiñéndose de una oscura capa de complejidad y escala de grises, de diferentes tonalidades que van tornando hacia lo oscuro, en una reflexión que se acerca tanto a sí misma que llega incluso a asustar, por descubrir aquello que en ella habita. Y su análisis en retrospectiva hacia aquella época, arroja luces, pero también sombras, por la inexactitud de unos recuerdos que se tornan cambiantes a cada revisión.

Así, a medio camino entre ensayo y novela, Hustvedt ha escrito una obra de múltiples capas, donde interpela directamente al lector dirigiéndose a él, pero también habla a su yo del pasado, a la vez que se nutre del diario para establecer la base de su narración y reconstruirla a partir de él, con sus inexactitudes inevitables propias de una memoria poco fiable y porosa, que no únicamente duda de lo que recuerda, sino que además llena los huecos con lo que su imaginación de ahora le tienta. Y en ese difuso marco en el que la memoria es volátil, líquida y cambiante, los recuerdos que tiene de su vida bailan al son de lo que su mente decide en cada momento, y establece un diálogo interno en el que lo que realmente importa no es la realidad, sino las sensaciones que tiene sobre lo ocurrido. Somos aquello que recordamos y, en ese aspecto, somos también aquello que fuimos y, en los recuerdos siempre alterados por la memoria débil y porosa, nos sentimos identificados con nuestro pasado, pues sigue presente en quienes somos ahora y en lo que seremos en el futuro.

Puede que a alguien le parezca un libro arriesgado y algo críptico. Es posible. Pero es cierto también, que se trata de uno de los libros más completos de la autora, por la mezcla de géneros, por alternar narraciones y tiempos, por transitar entre hechos y recuerdos, por mezclar ensayo y ficción. Es probable que sea complejo, pero también es cierto que la autora ha dado un paso más, ya irreversible, en su carrera literaria, acercándose con paso firme a la frontera entre análisis y ficción, buscando el lugar donde realidades, reflexiones e ilusiones convergen hacia el punto más íntimo de nuestro ser a partir del cual emana aquello que realmente somos: nuestros recuerdos.

viernes, 6 de mayo de 2022

Siri Hustvedt: Madres, padres y demás

Idioma original: inglés
Título original: Mothers, Fathers, and Others - Essays
Traducción: Imma Estany Morros en catalán para Edicions 62 y Aurora Echevarría Pérez en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable


Aquellos que seguís el blog desde hace algún tiempo, sabréis de mi absoluta admiración por Siri Hustvedt, pues no es únicamente una autora realmente polifacética que se maneja igual de bien en ensayo que en narrativa, sino que es una autora con grandes inquietudes culturales, científicas y filosóficas. Así, su obra mezcla e integra diferentes conceptos relacionados con el arte y la psique, realizando a partir de ellos profundas reflexiones acerca de la condición humana.

En este conjunto de veinte ensayos de distinta extensión, la autora estadounidense trata aspectos relacionados con las relaciones entre padres e hijos, la memoria y los recuerdos, pero también el arte y la literatura. Así, esta obra complementa y es una extensión de sus ensayos previos como «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», «La mujer temblorosa o la historia de mis nervios» o «Los espejismos de la certeza» y es algo que tiene todo el sentido pues toda la obra de Hustvedt está interrelacionada, pues los conceptos que la atañen se ven reflejados en sus distintas obras en mayor o menor grado.

Hustvedt abre el primer ensayo hablándonos de sus orígenes, de su hogar, de sus abuelos, de sus recuerdos de la infancia. Una infancia rodeada de pobreza, aunque sin ser consciente de ello, y también de felicidad con sus tres hermanas y sus primos en la granja de sus abuelos entre campos, tractores y hierba. En este primer ensayo nos interpela como lectores y evoca nuestras emociones al afirmar que «todos adquirimos los sentimientos de los demás, especialmente de aquellos que amamos, e imaginamos que lo que no hemos visto ni tocado también nos pertenece a través de un vínculo imaginario» porque «todos, en un grado u otro, estamos hechos de lo que denominamos ‘memoria’». Y esta reflexión evocando la figura de sus padres y abuelos continua en otros de los ensayos incluidos en el libro, al hablarnos también de los difuntos y los rituales funerarios existentes de las diferentes culturas.

Más allá de aquellos ensayos más enfocados a la introspección, y fiel al feminismo que ha defendido durante toda su vida, el libro contiene ensayos más críticos, más denunciativos sobre la maternidad y los roles patriarcales, afirmando sin tapujos que «la maternidad ha estado y continúa estando ahogada dentro de tantas absurdidades sentimentales, con tantas normas punitivas sobre cómo hay que actuar y qué se debe sentir que hoy en día es como una camisa de fuerza cultural». Y Hustvedt aprovecha estas reflexiones para alabar la figura de su madre, gran aficionada a la lectura y muy de izquierdas, que pasó nueve días en la cárcel tras protestar contra la ocupación nazi en su pueblo en plena guerra mundial. Una mujer con alta resiliencia contra las adversidades de la vida. Una mujer de quién la propia autora afirma que «conocí y amé apasionadamente (…) mi amor fue depurado por la intensa admiración que sentía por ella y por la profunda amistad que tuve con ella a lo largo del tiempo». Y, en esa denuncia sobre el patriarcado y el machismo existente, la autora nos habla sobre los mentores y su importancia a la hora de explotar el talento y aprender, a pesar de que la sociedad a menudo nos otorga mentores inexistentes, que expone en su propia experiencia al afirmar que «una singularidad de mi historia personal es que des de la distancia me asignaron un mentor que no es, no era y no lo ha sido nunca: mi marido» (y esto es algo que cualquier lector que haya leído las obras de ambos autores podrán confirmar) afirmando, sabiamente, que en estos casos «el enaltecimiento y el reconocimiento de la autoridad de una mujer a menudo es interpretado como la denigración y la supresión del hombre y su autoridad». E, incidiendo en el tema, nos habla también sobre la misoginia, y su relación con el arte y la pintura, pues «cuesta mucho más detectar la misoginia en aquello que no está presente: en la absencia de nacimientos en el canon de la pintura occidental, en la placenta desaparecida…» porque de esta manera «el sueño griego del nacimiento masculino persiste: no es la madre la que da a luz a lo que denominamos su hijo: ella únicamente cuida la semilla que han sembrado dentro de ella».

En ensayos menos interesantes (según mi modesta opinión) nos habla sobre límites y fronteras, sobre Trump y la pandemia a raíz del COVID, y también dedica ensayos a la figura de Simbad y a Lousie Bourgeois y su atrevimiento, su desparpajo y también las interpretaciones psicoanalíticas de su arte. Asimismo, nos habla de Jane Austen y su libro «Persuasión», así como de «Cumbres borrascosas», de Emily Brontë. Estos ensayos plenamente dedicados a una obra literaria o artística no suscitan excesivo interés a menos que uno conozca la obra, pues trata de ella en profundidad (incluso revelando el argumento con detalle). Este hecho es algo que ya me ocurrió con «Cuentas pendientes» de Vivian Gornick y creo que su lectura está únicamente dedicado a quienes tengan especial interés en su análisis de tales obras a pesar de que cada uno extrae sus propias conclusiones pues el libro «es como un virus: el texto está muerto hasta que es animado por el cuerpo de un anfitrión». Por ello, estos capítulos aportan un punto de irregularidad al libro que lastran en parte su lectura, aunque también es cierto que al ser ensayos independientes el lector puede simplemente optar por saltárselos porque incluso sin ellos el libro merece holgadamente su lectura.

Por fortuna, Hustvedt recupera el pulso y nos ofrece sus mejores análisis cuando nos habla de literatura y narrativa, como cuando separa la autora de la narradora afirmando que «yo puedo ser la autora de la historia, pero no soy su narradora. En este caso, no hay una persona real que cuenta la historia. Yo, la autora, sin duda estoy alienada de mí misma». Así, nos habla de la importancia de la narración pues «nos explicamos historias a nosotros mismos para darnos un sentido» y, por ello, «la verdad que busco como escritora de ficción no es un registro documental del pasado. Busco la verdad emocional. Los personajes tienen que comportarse, hablar y pensar a lo largo de su vida de una manera que tengan en mi un eco de verdad. Esta verdad no tiene nada que ver con la naturaleza de los hechos expuestos». La autora defiende la literatura que nos remueve, que nos impacta, porque tal y como afirma «no me interesa el arte que no me cuesta nada entender. Solo me interesa el arte que me hace reflexionar un cierto tiempo», porque entiende la lectura como «una manera de autoexpandirnos» y, por ello, «cuando la literatura es meramente una distracción, no te puede cambiar de cara al futuro. No te puede sacar del marco conceptual y las pautas aprendidas de la vida mientras la vives». De esta manera, «leer novelas significa que estás dispuesto a sumergirte en las realidades complejas de los demás. Significa que tienes curiosidad y voluntad para participar en una suerte de pluralismo», porque «leer ficción comporta una pérdida del yo en manos del otro, un ceder y dejarse ir. A un narcisista virulento, esta pérdida del yo le resulta imposible. Lo que cuenta es ver el propio yo reflejado infinitamente en las caras admiradas de la esposa, el amigo o la multitud. No hay diálogo en esta sala de espejos».

La autora nos habla también de la memoria, algo que ha hecho repetidas veces en sus libros, y apunta que «la novela y otras formas de literatura son fruto de la memoria, y la memoria en sí está sujeta a cambios imaginativos»; esto es algo demostrado científicamente pues se ha constatado que «los pacientes que sufren daños bilaterales en el hipocampo, una parte del cerebro asociada a la memoria autobiográfica y también a la navegación, no únicamente tienen dificultades para recordar… sino que también les cuesta imaginar». De igual manera, Hustvedt expone casos de personas (condenas incluso por asesinato) han afirmado recordar cosas que nunca han sucedido, por presión policial o presión social constatando así que «hay pruebas empíricas sólidas que confirman que la memoria de cada persona puede ser manipulada por presión social».

Por todo ello, este recopilatorio de ensayos nos ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre el arte en sí mismo, pero también sobre cómo nos construye y nos forma como personas estableciendo una relación única, inigualable y exclusiva entre una obra y cada uno de sus lectores, pues la manera como nos impacta y nos sacude depende de la obra pero también de la propia vida (y no únicamente «lectora») de cada uno de nosotros destacando, por encima de todo, la necesidad de la empatía para poder conectar con ella. Tal y como afirma Hustvedt, «la empatía es un estado de ánimo compartido» y únicamente a través de una conexión emocional con la obra podemos llegar a comprender todo su sentido. De esta manera, se trata de un libro que, pese a su irregularidad a causa de su amplitud temática, es recomendable siempre y cuando sepamos manejar las expectativas porque, en palabras de la propia autora «la expectativa a menudo es una forma de prejuicio (…) y a veces distorsiona aquello que tenemos delante de nuestros ojos». Así pues, lanzaos a leer a Hustvedt sabiendo, a ciencia cierta, que a cada uno de vosotros os entusiasmará por cosas diferentes.

viernes, 19 de octubre de 2018

Semana del arte #5: Siri Hustvedt: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres

Idioma original: inglés
Título original: A woman looking at men looking at women
Traducción: Aurora Echevarría (edición en castellano), Ferran Ràfols (edición en catalán)
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

Confieso albergar cierto temor a la hora de escribir esta reseña, pues Siri Hustvedt es una autora inmensa, no únicamente por la calidad de su prosa, sino también por la variedad temática de sus obras y por ser una autora por quien siento absoluta devoción. Podría intentar (sí, intentar) contar qué explica la autora en los veinte capítulos que conforman este ensayo. Pero sería una tarea ardua, complicada, probablemente indigerible y costosa para mí como reseñista y para vosotros como lectores. Porque la riqueza, profundidad y amplitud temática que Hustvedt cubre en este conjunto de ensayos es descomunal. No estamos hablando de un ensayo ligero y ágil, estamos hablando de un libro que es casi como una tesis porque, haciendo gala de sus grandes conocimientos en campos tan variados como el arte, la neurología, el feminismo, etc., la autora nutre el libro de infinitud de referencias bibliográficas, detalles, análisis y reflexiones. Pero no os asustéis, porque la capacidad narrativa de la autora hace perfectamente digerible su relato. Y pido ya disculpas de entrada por la extensión de la reseña, hay mucho a comentar.

Estructuralmente, el libro está claramente dividido en dos partes: en la primera expone el papel de la mujer en el arte, tanto ejerciendo de modelo como siendo la artista y la analiza en contraposición con el papel desempeñado por los hombres en esa misma esfera. En su segunda parte, y que queda fuera de esta reseña por extensión y por tratarse de una temática diferente al arte, habla sobre la condición humana, centrándose especialmente en la psique.

De esta manera, en la primera parte del libro, la autora se centra en el arte, como concepto, como campo de creación, pero también como representación de los sentimientos, como elemento de expresión, como vehículo para cuestionar, explorar, provocar y expandir el universo de uno mismo. Así, hay muchas referencias a pintores y artistas en este libro, pues habla de Picasso y su obra, de Elaine de Kooning y de Louise Bourgeois (en quien se basa la protagonista de su última novela «El mundo deslumbrante»), entre muchos otros. De esta manera, analiza no únicamente su obra sino también aquello que los autores pretendían representar, cuáles eran sus motivaciones y qué intentaban plasmar en sus cuadros. Haciendo un recorrido sobre algunos artistas representativos de la historia, Hustvedt habla sobre algunos cuadros de estos pintores, sobre qué les impulsaban a pintar de la manera en que lo hacían; igualmente la autora pone en valor artistas menos reconocidas por el solo hecho de ser mujeres, pues su obra tardó años en ser conocida pues los hombres tapaban sus méritos y la calidad de sus cuadros. Así comenta la irrupción de Pollock, que por su talento, pero también por ser un hombre, tapó una artista como Bourgeois, considerada una de las artistas más transformadoras del siglo XX y primera mujer artista a la que el MoMa dedicó una exposición en solitario, en el 1982 (sí, no fue hasta el 1982, habiendo abierto las puertas en 1929). Un Jackson Pollock, creador del action painting junto con su mujer Lee Krasner (quien, a diferencia de él, pasó bastante más desapercibida posiblemente por el mismo motivo). Con estos ejemplos, la autora denuncia que las artistas femeninas hayan pasado a un segundo plano en la historia del arte, pues es un mundo dirigido y dominado por hombres.

Hustvedt también habla sobre cómo interaccionamos con el arte, pues observando las mujeres que aparecen en los cuadros (en referencia a «Mujer que llora» de Picasso, o «Columbine» de Beckmann), al contemplarlas, «les doy vida. Sin un espectador, un lector, un oyente, el arte está muerto». Así, y hablando de Picasso, a ojos de la autora su costumbre de pintar un artista delante de un caballete con un pincel en la mano y una modelo desnuda es un ejemplo del vínculo del pintor con el deseo sexual.

La autora también habla de escultura, y denuncia el mercado del arte utilizando como ejemplo el desorbitante precio pagado por «Perro Globo» de Jeff Koons. Así, la autora afirma que «la experiencia del arte siempre es una relación dinámica entre el espectador y el objeto contemplado» y habla del precio de las obras como consecuencia de la percepción de las mismas en el contexto de un mundo determinado por el comprador. Y es por ello que un cuadro firmado por Rembrandt tiene un valor muy superior a si el mismo cuadro fuera firmado por un discípulo suyo, a pesar que el objeto continúa siendo el mismo (aquí no puedo dejar de pensar en la magnífica obra de teatro «Arte», de Yasmina Reeza, que versa precisamente sobre este tema).

La autora habla de lo que significa el arte, de lo que nos aporta, y afirma, de manera muy acertada, que «La experiencia del arte solo se produce en el encuentro entre el espectador y el objeto artístico. La experiencia perceptiva del arte literalmente se encarna en el espectador. No somos receptores pasivos de una realidad factual externa, sino que creamos activamente lo que vemos a través de unos patrones establecidos en el pasado, aprendidos de manera tan automática que han acabado siendo inconscientes». «Sin memoria no hay percepción», por lo que la valoración de una obra tiene un componente objetivo (técnica, material, etc.), pero siempre viene acompañada de un componente subjetivo, propio de cada uno. Y así el arte forma parte de la transferencia de uno mismo, de la necesidad de ser visto y reconocido por el otro. En este aspecto, la autora enlaza la tercera componente de la obra, del libro, donde analiza la ciencia, la condición humana, la psique, y el psicoanálisis. De esta manera, la autora en su visión holística sobre la condición humana, habla sobre psicología y las tesis de Freud y el psicoanálisis, y disgrega también en qué consiste la escritura desde el punto de vista del autor y como siente a través de sus personajes, estableciendo una relación entre ellos, el lector y el escritor. La autora abunda en este tema hablando de la ciencia de la memoria y el Denkraum de Warburg, pues la concepción e interpretación de las artes va ligada a nuestra memoria, a nuestros recuerdos, pues la obra nos evoca sensaciones ligadas a nuestras experiencias pasadas. De ahí también el interés de la autora en hablar de la parte científica del arte, de cómo funciona nuestro cerebro al contemplar las obras, de cómo reacciona ante ellas. Y así, como ejemplo de la relación y el impacto del arte en el espectador, habla de la exposición «Ocupaciones» del artista Anselm Kiefer sobre el nazismo, que tuvo una gran polémica por la repulsa que provocaba a mucha gente que iba a verla. Y es que, como indica la autora «El mejor arte no es nunca inocuo: altera las predicciones perceptivas del espectador», «lo que hace el arte es desafiar la polaridad cómoda entre blanco y negro, un modo de expresión capaz de contener contradicciones dolorosas o ambigüedades agónicas».

A pesar de estar de su estructura en dos grandes bloques, los diferentes ensayos son totalmente independientes unos de otros por lo que su lectura puede ser realizada de forma individual o sin tener en cuenta el orden en el que están publicados. Así, se trata más de un libro para consultar los diferentes temas en función del interés que de un libro que se lea de principio a fin. Hay mucho trabajo de documentación en este libro de Hustvedt y la muestra está en las más de veinticinco páginas de referencias bibliográficas, con referencias a libros de diversa índole: arte, psicología, feminismo. La autora habla también en el libro sobre otros aspectos artísticos como la danza, el cine, y lo rubrica también con pinceladas sobre feminismo, pornografía, escritura, psicología... siempre desde un enfoque académico y conceptual pero próximo al lector, que convierte este ensayo en una obra más que interesante para aquellos que estén interesados, no únicamente en el arte, sino en la condición humana.

De esta manera, y habiendo centrado la reseña especialmente en la parte dedicada al arte, podemos constatar que lo que sería un ensayo que a manos de otra escritora echaría para atrás, asustaría e intimidaría a un lector no habituado a las materias tratadas, Hustvedt nos lo transmite como si fuera algo natural, con las palabras fluyendo de manera espontánea, compartiendo con nosotros su conocimiento. Y en este aspecto reside la gran calidad del libro, porque no es solo por lo que cuenta, ni por lo que sabe, sino por cómo la hace accesible al lector. No quiero tampoco que esta reseña lleve a engaño: no es un libro para todo el mundo, pero sí es un ensayo para quién esté interesado en los distintos temas que trata, que pueden ser leídos de manera aislada por su profundidad. Porque el libro se puede, y creo que se debe, leer de manera pausada, pues hay mucha información y profundidad como para asimilarla de golpe. Mi consejo es leer los capítulos de manera individual y dejando cierto tiempo entre ellos. Porque más que un ensayo, lo que Siri nos ofrece aquí es una muestra de sus amplios conocimientos sobre una gran diversidad de materias y conviene dejar que los absorbamos en pequeñas dosis. Para mí, sin duda alguna, es un libro de referencia, el libro de cabecera donde reposa aquello que afecta a la humanidad: el arte, la ciencia, la psicología y el feminismo. Es una guía imprescindible para adentrarse en el mundo del arte y del análisis de la condición humana de la mano de una de las mejores y más completas escritoras que hay en la actualidad.

También de Siri Hustvedt en ULAD: El hechizo de Lily DahlRecuerdos del futuroEl verano sin hombresLa mujer temblorosa o la historia de mis nerviosLos espejismos de la certezaMadres, padres y demásUna súplica para Eros

miércoles, 13 de marzo de 2024

Paul Auster: Baumgartner

Idioma original: inglés
Título original: Baumgartner
Traducción: Ernest Riera en catalán para Edicions 62 y Benito Gómez Ibáñez en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2023
Valoración: está bien


Me sincero ya de entrada: reseña complicada la de hoy, pues Paul Auster es el autor del que más libros he leído (cerca de veinte, que no son pocos) y, por ello, siento una gran y profunda admiración por su creación literaria. Pero ese amplio conocimiento que tengo sobre su obra también me permite saber reconocer sus grandes libros y sus obras menores y, justamente por ello, la dificultad de esta reseña, pues «Baumgartner» es de los más flojos de lo que he leído del autor últimamente.

Cabe decir que el inicio del libro es prometedor, pues sin grandes alardes Paul Auster demuestra una vez más su talento en la construcción de novelas; no sé cómo consigue meterte tan fácilmente en las historias que narra y es suficiente con un par de páginas para que uno ya imagine el escenario por donde transcurre el relato y sobre lo que piensan y sienten sus protagonistas. Uno lee la escena doméstica con la que empieza el libro y en la que nos introduce a su protagonista absoluto y es fácil imaginársela de manera muy vívida, viéndola de muy cerca, casi sintiéndola porque es indudable que las páginas iniciales de este libro rebosan realidad. 

El autor en seguida nos permite conocer detalles de la vida del protagonista absoluto de la historia: sabemos que Baumgartner es viudo, que vive solo, que a menudo olvida cosas y que está enamorado en secreto de Molly, una repartidora de UPS que desde hace cinco años va a su casa dos o tres veces por semana para entregarle paquetes con libros que ha comprado únicamente con el propósito de verla. Esa parece ser su principal fuente de felicidad, esos breves instantes que le evaden de un presente rodeado de soledad porque sigue teniendo muy presente la que fue su mujer y el día en que una ola en la playa le dio un golpe tan fuerte que acabó con su vida a los cincuenta y ocho años; Baumgartner siente la pérdida, arrebatada de golpe hace diez años, de igual manera como las personas que han pedido un miembro, ahora amputado, porque nos confiesa que siente como si «los miembros perdidos todavía existen, y todavía duelen, hacen tanto daño que a veces parece que su cuerpo está a punto de estallar en llamas y consumirse en el acto». Ese recuerdo siempre presente de Anna envuelve la narración de manera que el autor intercala el presente con grandes episodios de su pasado y la vida compartida entre ambos. Así, a través de los escritos que Anna dejó y que él relee, conocemos su vida, sus pasiones, amores, carácter y forma de pensar; Baumgartner lee para recordarla y también para volver al pasado y la gestión del dolor y la pena por su muerte y se plantea editar sus escritos inéditos porque «la poeta crepitante y efervescente con la que había vivido casi dos tercios de su vida se merecía que la leyera alguien o muchos otros antes que no el saco de huesos decrépito que había estado su marido». 

Escrito en un momento vital del autor en la que transita por el árido mundo de Cancerland (territorio inhóspito en la que el autor y su mujer Siri Hustvedt han descrito el estado en el que Auster se encuentra a causa de su enfermedad) al lector le es difícil disociar la figura de Seymour Baumgartner con la vida personal del autor; hay paralelismos evidentes entre la edad avanzada y ciertas deficiencias físicas o mentales del protagonista con las del propio autor que hacen que en la mente del lector ambos personajes se acerquen y se asemejen, y en ocasiones emociona y conmueve observar a través de Baumgartner lo que el autor debe estar pasando porque hay muchos fragmentos donde uno ve al matrimonio Auster-Hustvedt, él sintiendo como el ocaso de su día aparece en el horizonte mientras mira y admira el talento literario de su mujer (también Auster hace mención la adolescencia de Anna y su físico andrógino y atlético y este reseñista, apasionado admirador de Siri, ve esos mismos rasgos en palabras de la propia Siri describiéndose a ella misma en algunos de sus ensayos autobiográficos o también cuando el protagonista de la historia, recuerda las «cosas grandes y pequeñas que les habían sucedido en aquellos cuarenta años» (recordemos que Auster y Hustvedt llevan juntos el mismo tiempo)) o también cuando Baumgartner quiere escribir un libro titulado «Misterios de la rueda» (claro guiño a «Los misterios del rectángulo», de Hustvedt). Y quién sabe si esta novela es la manera en que Auster, temiendo el peor de los finales posibles, la escribe no únicamente para nosotros, sino también como un canto de amor a quien durante gran parte de su vida ha sido su gran admiración y fuente de inspiración; me da la sensación de que este libro va dedicado a Siri, diciéndole que él ha sido feliz todo este tiempo junto a ella, pero que la vida sigue (y debe seguir) aunque uno de los falte.

De esta manera, la historia se desenvuelve entre un presente transitorio y grandes episodios del pasado de Baumgartner y lo sucedido después de la muerte de Anna donde otras personas entran en su vida que le sirven para recobrar el ánimo, para reilusionarse, a pesar de que es consciente de que, aún y sintiéndose a gusto con otra persona, «la vida que llevará con ella no será una continuación de su vida con Anna sino algo completamente diferente y nueva» en «una oportunidad de volver a empezar». El autor combina la narración en presente, en la que todo fluye a un ritmo pausado, con especialmente muchos recuerdos del pasado que, si bien permiten entender la manera de ser del personaje, hay que reconocer que lastran la narración y la convierten en una lectura excesivamente plana por la que uno avanza rápidamente sin tener o querer detenerse o incluso ralentizar el ritmo para deleitarse con algún pasaje; es a partir de la mitad del libro cuando la narración se vuelca principalmente en el pasado donde pierde gran parte del interés, empatía y solidez alcanzada en la primera mitad; es en esa segunda mitad del libro donde el ritmo se ralentiza, la narración pierde fuelle y la capacidad de Auster en construir historias parece diluirse y a uno le cuesta ver la gran capacidad del autor mostrada en tantos libros pasados; una llanura argumental que pone de manifiesto el gran problema de los libros en los que desde el presente se narran recuerdos del pasado y es que si la historia pasada no te atrapa, si la vida del protagonista no tiene nada de destacable, mientras lees solo vas deseando que la narración vuelva al presente, que vuelvas a un punto de enganche aunque, en este caso, no ocurre muchas veces.

En todo caso, quedémonos con los inicios del libro, quedémonos en ese territorio mental en el que entrevemos al Paul Auster que conocemos, el que sabe construir historias y engrandecer personajes, que hace que parecen reales y los sintamos próximos, sabiendo que no tendrán una vida fácil pues «vivir es sentir dolor (…) y vivir con miedo al dolor es rechazar vivir». Así que arriesguémonos con las lecturas, incluso si no están a la altura de las expectativas, y deseemos que este gran autor recobre su mejor forma física y también literaria.

Encontraréis más reseñas de Paul Auster en ULAD aquí

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Siri Hustvedt: El verano sin hombres

Idioma original: inglés

Título original: The summer without men

Año de publicación: 2011

Valoración: Prescindible

La vida del sufrido lector, que desea mantenerse informado sobre lo que se cuece en el panorama sin dejar de disfrutar de su afición, es bastante dura –ruego relativicen el término–, ya que en su camino encuentra todo tipo de obstáculos: novedades que se proclaman la gran obra de arte del siglo, simpáticos divertimentos que aburren a las ovejas, modas de todo tipo sin demasiado interés (jóvenes y mujeres que llegan a la palestra por el mero hecho de serlo y acceden al nivel más bajo del inframundo, auto ficción sin más, novelas epatantes que quedan en puro humo…). No digo que la autora que hoy comento pertenezca a uno de estos grupos, es más, confieso que esta es la primera obra que leo de ella y no ignoro que su calidad viene avalada por opiniones en las que confío ciegamente, pero esta novela, ¿cómo les diría? no me ha dejado transitar por sus páginas con ligereza y un mínimo entusiasmo. Al contrario: más bien me ha obligado a reptar trabajosamente por su tambaleante estructura, su fragilidad compositiva, la endeble personalidad de su narradora, la superficialidad de sus planteamientos, su enojosa sucesión de tópicos y la inexistencia de un núcleo argumental o, más bien, el flagrante hurto del auténtico argumento –que hubiera supuesto una mayor implicación ideológica y un esfuerzo mucho mayor– para sustituirlo por la baraja de cartas marcadas que a continuación detallaré. No obstante, debo admitir que esta literatura tiene su público fiel, un público que también merece atención y que disfrutaría mucho más que yo de su lectura, lo que ya dudo es si esos lectores potenciales llegarán alguna vez a Hustvedt. Mi opinión –algo provisional todavía– es que existe una desconexión entre el sector que admira a esta autora y el que disfrutaría de esta novela en concreto.

Ese argumento, al que se alude continuamente y que se desintegra una y otra vez, resulta tan manido –aunque no exento de interés –como la descomposición de un matrimonio que se ha mantenido por décadas. La narradora funciona como alter-ego de la novelista por edad, profesión y talante, aunque se hayan cambiado los nombres y la profesión del marido, el auténtico, ese que todos tenemos en mente, sea muy distinta. Los auténticos centros de interés: la reacción de la protagonista ante la hecatombe personal y familiar, su análisis de la situación presente y pasada, sus proyectos de futuro, la postura de quienes la rodean etc. quedan diluidos por fuegos de artificio, que tienen la virtud de distraernos –y sobre todo de rellenar el espacio que queda hasta el final del libro– pero que en el fondo no engañan a nadie. Si, además, les digo que su esa primera reacción ante el abandono consistió en locura transitoria y el consiguiente internamiento en una institución, convendrán conmigo en que la experiencia, tanto en su vertiente meramente introspectiva como social (relación con profesionales y compañeros, adaptación al internamiento etc.) se podía haber convertido en una auténtica joya literaria o al menos en un testimonio interesante. Y digo se podría porque el hecho de mencionarla una y otra vez, sin aportar información alguna, no añade ningún dato de interés y deja al relato sin uno de sus activos más relevantes.

Concretando, el tal Boris deja a Mia por una compañera de trabajo –joven y francesa- (tomen nota del tópico porque será uno más de otros muchos) y ella, una vez repuesta de su trastorno psiquiátrico, decide cambiar de aires y se traslada a la localidad donde vive su madre. Por otra parte, y para mantenerse activa, encuentra un grupo de chicas interesadas en recibir un curso de poesía a cargo de una autora de prestigio. Para completar el panorama, Mia tiene vecinos: su jardín linda con el de una familia no exenta de problemas. ¿Qué ocurre? Pues que el libro ya está escrito. Familia disfuncional con maltrato incluido –en el que tampoco se indaga demasiado -, adolescentes envidiosas que practican bulling a su compañera recién llegada, grupo de ancianas con sus achaques, rarezas y ocasionales defunciones. Cada uno de los tres grupos acumula tópicos a tutiplén, esos de los que hablaba antes. ¿Alguien da más? ¿Cuánto puede tardar una escritora experimentada en escribir algo así, quince días, dos o tres meses? A no ser que la excelencia de Hustvedt no sea tanta como afirman las buenas lenguas. Algún autor español, reconocidísimo y con un talento excepcional presume en cuanto tiene ocasión de haber escrito en quince días alguna de sus novelas más exitosas. Total, ¿para qué molestarte si vas a esforzarte la centésima parte y obtendrás cien veces más beneficio?

Y ya para rematar, hablaré del personaje principal, o más bien de la narradora, ya que ella se esconde detrás de toda esa serie de entes paradigmáticos, a los que les falta todo para llegar a arquetipos, seres sin entidad propia que forman parte de grupos de edad o de grupos familiares y que actúan según el papel asignado (la octogenaria secretamente rebelde, la víctima de maltrato juvenil, la líder del grupo, el marido psicópata, la bebé indómita, la que contrae Alzheirmer etc.) toda una galería de caracteres –mujeres en su mayor parte– a cual más tópico, tal como anuncié, que nos va presentando esa protagonista semioculta. Y digo semi porque, inevitablemente, algo conocemos de ella, todo bastante aburrido y antipático, por cierto. Aspectos poco recomendables en ficción, más aún si se trata de quién parece –al menos lo parece– el reflejo especular de quien escribe. Un personaje el de Mia, en principio contradictorio, o más bien incoherente –rasgo que no se puede permitir un novelista–, pues presenta una trayectoria personal y profesional poco compatible con la mujer sumisa, alienada, sin iniciativa y arrastrada como una hoja por los caprichosos vaivenes sentimentales de su ex compañero de vida. Aunque, ciertamente, si algo debo salvar del argumento es precisamente esta ceguera: Mia sigue enamorada, está dispuesta a perdonar a pesar de todo etc. pero es perfectamente consciente de que su vecina se equivoca, que debería salir huyendo de ese monstruo. Esta clarividencia en relación con las circunstancias ajenas mientras corremos un tupido velo ante las nuestras es algo tan común que no puedo por menos que aplaudirlo. Quédense con eso y no se cierren a la posibilidad de leer Un verano sin hombres. Puede que les guste mucho más que a mí.

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