domingo, 6 de mayo de 2012

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio

Idioma original: francés
Título original: La carte et le territoire
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable


Hace un par de años, me propuse leer Las partículas elementales. Entonces no sabía si iba a convertirme en seguidora o en detractora de Houellebecq, ya que parece no haber término medio. Hice lo que pude pero en mi vida había visto nada tan prolijamente vacío, no pude soportar la indigestión y tuve que dejarlo a las ciento y pico páginas.

El objetivo de esta obra parece ser el mismo: mostrar su particular – aunque no excesivamente original – visión de la sociedad en que estamos inmersos, pero el procedimiento para llevarlo a cabo es muy diferente. Y ahí es donde radican tanto su aportación personal como los méritos que puedan adjudicársele.

La novela, como síntoma de nuestra época, es perfectamente fiel a sus planteamientos. Si, para la mentalidad de hoy día, el objetivo más sensato consiste en conseguir la mayor rentabilidad con el menor tiempo y esfuerzo posibles, nuestro autor lo pone en práctica con tanta convicción como ingenio. Y, sobre todo, con absoluta coherencia, pues se trata de una construcción narcisista – tan comercial como las transacciones artísticas enumeradas –, que contiene, entre otras cosas, un collage de Wikipedias (confesado por él mismo en nota aparte), manuales de instrucciones, comparación de marcas, estadísticas y todo lo que que pueda servirle para rellenar páginas lo más rápidamente posible. Pero eso no es todo, Houellebecq, no contento con incluirse entre los personajes más relevantes, se publicita descaradamente a sí mismo citando sus propios títulos una y otra vez. No estamos, por tanto, ante un mero retrato del actual panorama artístico: además se imitan sus procedimientos al recoger lo ya existente y presentarlo en el lugar y con la forma adecuados para su inmediato consumo, exactamente lo mismo que los artistas plásticos vienen poniendo en práctica desde hace, más o menos, un siglo. Por otra parte, a través del personaje se proclama la inutilidad del arte. Obviamente, Houellebecq es un cínico, pero lo que hace tiene un sentido claro y, sobre todo, muestra en qué nos estamos convirtiendo.

Cuanto más avanzamos más increíble nos parece que alguien se atreva a rellenar tanto espacio a base de recortes de textos, que la totalidad de los personajes, incluído el propio Houellebecq, alardeen de un solipsismo y una misantropía de ese calibre. Pero toda esa superficialidad aporta al relato un aspecto fantasmagórico, de cuento de hadas materialista y proyecta una visión irreal al simplificar el mundo al máximo convirtiéndolo en un cuento perverso de adultos infantilizados y adormecidos por un bienestar que son incapaces de disfrutar: los ricos son riquísimos, la amada tiene un físico perfecto, en el amor no existen segundas oportunidades y desaparece sin dejar rastro en cuanto se va la juventud, sólo se ama una vez en la vida, la amistad no existe, la condición filial es mera pantomima que consiste en repetir rituales. Todo esto, junto al propio texto como ejemplo palmario de lo que retrata, le aporta un carácter de implícita denuncia.

Con una prosa cercana a la del ensayo, se nos habla del momento presente pero sus hipotéticos lectores parecen pertenecer a mediados de este siglo, de ahí la cantidad de datos y explicaciones que se introducen y que a un lector actual le parecen absolutamente obvios, así como unas cuantas predicciones que resultan por lo menos discutibles. El protagonista aparente es el esquivo artista Jed Martin – que podríamos definir con una retahíla de esdrújulas (escéptico, apático, polifacético, gran místico de la técnica) –, pero hay otro, menos evidente, que se convierte en el verdadero conductor del argumento: el siglo XXI, tal como lo conocemos hasta el día de hoy. Principalmente en el campo del arte, pero también en la política, la técnica, la vida social, el consumo, los negocios. Todo este panorama económico-tecnológico se desarrolla en detrimento de la introspección, de las relaciones interpersonales y de un auténtico análisis social. Un vacío absolutamente premeditado, como el propio autor demuestra al citar una serie de nombres de analistas sociales ilustres.

Hasta la última parte no aparece el gran golpe de efecto. Sin abandonar su radical pesimismo, corta radicalmente con el discurso anterior, cambia de perspectiva y hasta de género al convertir la novela en policiaca. Particularmente, es la que he leído con más interés y la que le aporta casi toda la originalidad y capacidad de impacto que tiene. Por eso, a pesar de saltarse muchas de las normas convencionales y de permitirse todas las licencias mencionadas, al haber encontrado una fórmula novedosa y muy efectiva para constatar las miserias y contradicciones de este principio de siglo, esta obra supone una nueva forma de abordar la narrativa y un (pequeño) paso en la renovación del género. Naturalmente, basta con una sola vez, si la repitiese en sucesivas publicaciones su valor no sería el mismo, pero, de momento, no se le puede negar la impresión que nos deja al acabarla: una desazón difícil de erradicar y una conciencia clara de lo siniestro de estos tiempos.


También de Houellebecq: Las partículas elementales

7 comentarios:

Eleazar Mixtli dijo...

Hola, felicidades por el gran blog que tienes. Tengo poco tiempo leyendolo y ya he anotado varios libros a mi lista de pendientes.

Aprovecho para mencionarte el blog que una amiga y yo estamos comenzando: cuentosclarosychocolateespeso.blogspot.com

Nos daria mucho gusto recibir comentarios tuyos y de tus lectores.

Saludos.

Maese_Salakov dijo...

Yo es el único libro de Houllebecq que he leído... y psé, está bien, entretenido y ágil, pero tal vez esperaba más de un premio Goncourt.
Lo más perdurable del libro, quizá, será para mí este párrafo...
===============
«Olga era dulce, era dulce y amante, Olga le amaba, se repitió con una tristeza creciente al mismo tiempo que comprendía que ya nunca habría nada entre ellos, que nunca podría haber nada entre ellos, la vida te ofrece una oportunidad a veces, se dijo, pero cuando eres demasiado cobarde o indeciso para aprovecharla, la vida recoge sus cartas, hay un momento para hacer las cosas y para abrazar una felicidad posible, ese momento dura algunos días, a veces unas semanas e incluso unos meses, pero sólo se presenta una única vez, y si quieres rectificar más tarde es simplemente imposible, ya no queda sitio para la esperanza, la creencia y la fe, subsiste una resignación suave, una piedad recíproca y entristecida, la sensación inútil y justa de que podría haber ocurrido algo, de que sencillamente uno se ha mostrado indigno del don que le acaban de hacer.» (El mapa y el territorio, Houllebecq)

Montuenga dijo...

Este párrafo, si no se contextualiza, dará una idea equivocada del libro. Aclaro que los personajes principales son autosuficientes: no precisan de vida social, ni familiar, ni amorosa. De la relación sentimental entre el progonista y Olga, lo que se destaca el físico perfecto que ésta tiene. Y después de diez años de separación y de un encuentro bastante absurdo, se resume toda la relación con estas palabras. Resumen que no se justifica en lo que se nos ha contado antes.
Resumiendo, la novela habla de la banalidad del arte, de suicidio, de transacciones astronómicas, de inmenso lujo, de tecnología, de eutanasia, del asesinato más macabro que uno pueda imaginarse, pero... precisamente de amor, no. Ni filial, ni de pareja, ni amistoso, ni de ningún otro tipo. Los sentimientos aquí no existen, pero sí se hace sentir su ausencia.

Maese_Salakov dijo...

Yo no he dicho que se trate de una novela romántica, ni siquiera de una novela de amor. Es más, si me preguntaran de qué trata realmente esta novela, yo diría que de la vacuidad de todo: de existir, de relacionarse, de hablar, de comer... ahora bien, de esa banalidad y fútil deambular de los personajes a pasar a considerarles autosuficientes va un trecho. Yo, desde luego, no les ví así.

Francesc Bon dijo...

A mí me parece una maravilla de libro. De lo mejor del año pasado, junto a Libertad de Franzen y Knockemstiff de Ray Pollock. Houellebecq es uno de los mejores escritores vivos y, por descontado, el mejor francés. Tipos como Beigbeder sólo intentan imitarle.

Victoria Cos dijo...

Hola. En primer lugar, te felicito por tu blog. Muchas veces me desoriento a la hora de encontrar un libro y tus recomendaciones y sinopsis vienen muy bien. Me acabo de descargar este libro de Houellebecq y no puedo esperar para leerlo. Este fin de semana me devoré "Ampliación del campo de batalla" y siempre me pasa que, después de absorber casi con urgencia la manera particular y brillante de narrar de este escritor, me quedo con sed de más.
Conocí a este autor por su novela "Sumisión" y lo quise leer de inmediato, buscándolo en una librería dónde todavía no tenían ese ejemplar, terminé encontrando en versión usada y casi regalada, una copia de "Plataforma". Fue la gloria. No puedo describirlo de otra forma.
En fin, no lo alargo. Gracias por tomarte el tiempo de compartir tus opiniones y revisiones, siempre es lindo encontrar a otros apasionados de la lectura. Saludos!

Montuenga dijo...

Muchas gracias, Victoria, me alegra que te guste lo que hacemos. Un saludo