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miércoles, 21 de abril de 2021

Jesmyn Ward y VV. AA.: Esta vez el fuego: Una nueva generación habla de la raza

Idioma original: inglés
Título original: The Fire This Time: A New Generation Speaks About Race
Traducción: María Enguix Tercero
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Dice Jesmyn Ward en la introducción que «cambiad las sogas por las balas. Los sabuesos por pastores alemanes. El uniforme gris por el chaleco antibalas. No hay nada nuevo». Porque el racismo sigue vigente, después de años, décadas, siglos. Y llevamos demasiado tiempo viéndolo y denunciándolo. 

Jesmyn Ward, que ya me entusiasmó con «La canción de los vivos y los muertos», cambia de registro en este libro y pasa de la ficción al ensayo, y no lo hace sola, sino que se rodea de otros escritores que, como ella, sienten impotencia y rabia ante lo que sucede. Porque el origen de este libro es el asesinato de Trayvon Martin, pero que podría ser otro caso de los muchos que existen, porque hace un par de semanas murió un niño hispano de trece años a manos de un policía, porque hay otros tantos que mueren a manos de quien tendría que defenderlos. Con este propósito, la autora se acoge a «La próxima vez el fuego», un texto de James Baldwin que la sacudió e impresionó cuando lo leyó, y tuvo claro que debía hacer algo y lo expresa afirmando que «supe que quería convocar a algunos de los grandes pensadores y voces extraordinarias de mi generación para que me ayudaran a esclarecer esto», escribiendo así «un libro que reuniera voces en un espacio (…) y que proporcionara a estos escritores un foro de disidencia en el que poder exigir responsabilidades, dar testimonio, contar». Este es su propósito, y con esta reseña lo hago también mío, contando y difundiendo su relato y su mensaje.

De esta manera, el libro recoge los relatos y experiencias de dieciocho autores (entre los cuales se encuentran la propia Ward) construyendo un relato ecléctico que afronta el tema del racismo desde diferentes aproximaciones, desde la diferencia de estilo y tono de cada uno de los autores, pero con el objetivo claro y único de denunciar injusticias y exponer su visión de un mundo y de un país «en el que hemos pasado mucho más tiempo esclavizados que libres» (algo que ya apuntaba también Coates en su magnífico libro «Entre el mundo y yo»).

La lectura del libro es interesante por la variedad de estilos, pero especialmente de enfoques, que cubren un amplio espectro de areas en las cuales el racismo se expone, aunque cabe decir que, como en todo libro de relatos, cuentos o ensayos, el libro es desigual. Esto es algo habitual, pero más aun teniendo en cuenta que aquí cada relato o experiencia está escrito por un autor diferente con lo que la diversidad es aun mayor. Y, entre todos los ensayos, me quedo especialmente con los siguientes y centraré esta reseña en ellos, pues por si solos ya justifican la recomendación de la lectura de este libro:

  • «Sola en América», de Wendy S. Walters; en este relato la autora nos habla de su regreso a Holt, Nueva Orleans, al antiguo hogar de su tía Louise devastado por el huracán Katrina. Ese viaje a Holt, que fue utilizado a principios del siglo XX como fosa común para pobres e indigentes y durante la segregación se convirtió en un lugar donde enterrar a los negros, causa en la autora un gran impacto, pues nos indica que «mi soledad tenía unas raíces más profundas de lo que sospechaba al principio, (…) venía de una honda sensación entre lo que yo pensaba que era Estados Unidos y la persona que, en ese contexto, yo sabía que era. Mi soledad posterior al viaje a Nueva Orleans parecía proceder de un lugar que antecedía a mi propia memoria». Así, en este relato, la autora nos habla del cementerio africano de Portsmouth en el que se enterraban personas negras y sobre el cual se construyó una calle y, como en un entierro, el paralelismo que uno teje es que, a veces, uno tiene que excavar de manera muy profunda para encontrar los cadáveres encontrando la esencia de uno mismo y de su pueblo al hacerlo. Y, con ello, la autora nos recuerda el pasado de EE. UU. y la esclavitud, y la extiende al presente y a la complejidad en la reconciliación, pues «la empatía es difícil de alcanzar en estos tiempos que corren. Quizá se deba a que, de entrada, todos tenemos dificultades para entendernos a nosotros mismos».
  • «¿Adónde vamos a partir de aquí?», de Isabel Wilkerson, en el que empieza hablando de los casos conocidos y notorios de Eric Garner y Michael Brown, que constatan que «parecemos vivir en un bucle de continuo retorno a la repetición de un pasado que nuestro país todavía no ha afrontado». Este relato, breve pero muy bueno, es un claro alegato a favor de la persistencia, de no rendirse en la lucha, a pesar de las dificultades y de situaciones que parecen el retorno a un pasado no superado: «debemos querernos incluso si —y quizá especialmente si— otros no lo hacen. Debemos conservar la fe incluso mientras trabajamos para que nuestro país esté a la altura de su credo».
  • «Furia blanca», de Carol Anderson, en el que habla sobre las protestas y disturbios de Ferguson, y la necesidad sobre la protesta constante, ininterrumpida, pues el opresor no cede. La autora lo refleja claramente al afirmar que «cada acción de progreso afroamericano recibe una reacción violenta en respuesta». En este relato con evidente intención de denuncia, expone el racismo existente en la administración, a varios niveles, desde los más evidentes a los más sutiles y que afectan igualmente los derechos de los ciudadanos, poniendo como ejemplo que «los conservadores han concebido medidas —como los requisitos de la identificación con fotografía— para bloquear el acceso a los afroamericanos a colegios electorales» (algo que el 25% no lo tiene por tan solo un 8% de los blancos). De esta manera, el relato, muy enfocado a la diferencia económica entre razas y sus consecuencias, finaliza con un resumen de acciones y leyes que han perjudicado a los negros y concluye que «solo entonces Ferguson cobra sentido. Se trata de furia blanca».
  • En «Descifrar el código», la propia Jesmyn Ward (cuyo padre perteneció a los Black Panthers), nos habla sobre los orígenes, sobre las raíces y la importancia del mestizaje. Sobre conocerlos y entenderlos, con el anhelo de «que las personas de color de mi región de EE. UU. pueden decidir abrazar todos los aspectos de su descendencia (…) al tiempo que también pueden decidir pelear con una sola armadura, la de los estadounidenses negros, cuando pelean por la igualdad racial».
  • También muy interesante es el relato «Más negro que tu», de Kevin Young, en el que nos habla del blackface y del redface, de cómo hay quien se pinta la cara para simular que es de otro color. Por ello, de manera irónica nos habla del passing (cruzar la línea racial, que habitualmente va del negro al blanco) así como del passing inverso (blancos que viven como negros) y lo ejemplariza en Rachel Dolezal de quién apunta, con cierto sarcasmo, que «lleva la máscara no para ocultarse, sino para adquirir autoridad sobre eso mismo que dice querer ser. ¡Qué actitud tan blanca por su parte!». Con este relato, la autora nos habla de las personas de piel clara que son identificadas como blancas cuando son realmente negras. Y de ahí que «debería hacer que nos paráramos un momento a reconsiderar qué significa ‘parecer negro’».
  • En «Black and Blue», Garnette Cadogan nos habla de la violencia policial, de la amenaza que supone ser negro en un barrio de blancos donde cualquier movimiento puede entenderse como algo sospechoso y peligroso. Y nos sitúa en un contexto parecido al que retrataba Claudia Rankine en «Ciudadana». El estilo del autor es preciso y directo, rico en detalles y en reflexiones que la llevan a aseverar que «como adulto negro, con frecuencia me devuelven a ese momento de la niñez en que estoy aprendiendo a andar. Vuelvo a vivir en alerta máxima, vigilante» porque «aunque conocer las calles de Nueva York me ha ayudado a sentir la ciudad como mi hogar, la ciudad se me resiste también a través de estas mismas calles. Camino por ellas, unas veces invisible y otras, demasiado visible. Así que camino atrapado entre la memoria y el olvido, entre la memoria y el perdón».

Como se ve en los relatos que destaco en esta reseña, el libro reflexiona sobre el racismo situando sus causas en el centro de la obra y abordándolo desde diferentes perspectivas. Y, a pesar de su irregularidad, la potencia del conjunto adquiere una fuerza que demuestra cuán necesarios son estos libros. Porque, como afirma Jesmyn Ward, «estos ensayos me dan esperanza. Creo que hay poder en las palabras; el poder de afirmar nuestra existencia, nuestra experiencia, nuestras vidas, a través de las palabras (…). Quizá, después de leer el ensayo de Rachel Kaadzi Ghansah sobre Baldwin o el hilarante ensayo de Kevin Young sobre Rachel Dolezal y qué significa ser negro, el lector llore conmovido, y sus lágrimas se transformen en risa y quizá, al hacerlo, sienta afinidad». Qué duda cabe de que así es, y que, tal y como afirma la autora, «espero que al leer este libro cada uno de vosotros tenga la sensación, queridos lectores, de que estamos sentados juntos (…) y de que estamos componiendo nuestra historia juntos. De que estamos escribiendo una epopeya en la cual las vidas negras tienen un valor». Ojalá así sea.

También de Claudia Rankine en ULAD: Ciudadana

viernes, 2 de noviembre de 2018

Reseña a cuatro manos: Quedan los huesos de Jesmyn Ward

Resultado de imagen de quedan los huesos amazonIdioma original: inglés
Título original: Salvage the Bones
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable

“Quedan los huesos" –un retrato más de la "Norteamérica profunda" que leeremos con el corazón encogido– narra la historia de una familia afroamericana de la zona de los pantanos de Louisiana en los días previos y posteriores a la llegada del huracán Katrina. Una familia profundamente afectada por sus "circunstancias socio-económicas", por un entorno marcado por la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia, larvada o explícita, en sus más variadas formas.

Esta es solo la segunda novela de Ward y se nota. Porque se ajusta demasiado a los cánones, acumula sucesos relevantes en un tiempo record y porque tanto academicismo, en lugar de redondear, cierra artificialmente el relato. No obstante, obtuvo, ni más ni menos, el National Book Award en 2011. Lo malo (no para Ward, obviamente) es que este tipo de premios generan en los lectores una serie de expectativas que no siempre se cumplen. Este puede haber sido el caso de esta novela, que nos ha parecido un buen libro, aunque algo irregular.

En el  haber de Ward hay que anotar que demuestra gran capacidad de observación y que sin ser demasiado explícita, solo a base de insinuaciones, consigue crear un contexto convincente. También nos parece un gran acierto otorgar voz a aquellos que habitualmente permanecen silenciados y olvidados: mujeres y negros pobres. La elección del personaje que narra los hechos es de lo más certera. Quien nos cuenta la historia es Esch, una adolescente de 15 años que es, en nuestra opinión, un muy buen personaje (eso sí, no nos queda claro si su estilo entrecortado se debe a inseguridad narrativa o se ajusta perfectamente a la inmadurez del personaje). Se trata del personaje más complejo de toda la novela y, al mismo tiempo, del más trabajado. Su relato condensa lo ocurrido a lo largo de doce días a base de ir montando, como en un puzzle, las diferentes historias de los miembros de la familia (su padre y sus hermanos Skeetah, Randall y Junior).

Desde que perdieron a su madre cuando solo tenía ocho años, Esch ha quedado a cargo de la cocina y comparte con su hermano mayor algunas labores domésticas, pero se ha criado como un chico más. A pesar de cierta ingenuidad y de un romanticismo alimentado por su afición a la mitología, durante la mayor parte de la trama no se percibe diferente del resto. La figura femenina de ese hogar no tiene, pues, rostro humano. Se trata de China, la perra de pelea a quien otro de los hermanos mayores –y el propio relato a veces– trata como si fuese una persona. Ella es quien pare, alimenta y hasta trabaja por la subsistencia de sus retoños y para el (exiguo) lucro de su único amo: Skeetah. China, además, es símbolo de esperanza, la responsable del, más o menos fundado, horizonte de prosperidad que generan sus eventuales triunfos. Gracias a ellos, su dueño pretende lograr una dignidad que aún no conoce y que le elevará a la categoría de persona. Incluso, y sin exagerar demasiado, podríamos decir que la perra es más persona que el resto de la familia. Ella representa la belleza en medio de un entorno mísero. Se la cuida y limpia con esmero, su blancura es inmaculada –algo que no vemos en los humanos que la rodean– se atiende a sus menores necesidades y deseos, se la dota de majestad y dignidad.

El resto del reparto aparece más desdibujado, aunque con papeles de distinta relevancia. Nos encontramos, desde luego, en un mundo de hombres. La reducida vida social de los personajes viene marcada por las amistades de los dos hermanos mayores, solo al final de la novela aparece una madre (sin personalidad definida, pero se intuye resolutiva y bondadosa) cuya función, como no podía ser de otro modo, es meramente protectora y nutricia. Alguna de esas historias (sobre todo la de Skeetah, algo menos la del Padre y Randall) poseerían por sí solas potencia suficiente como para ser casi novelas independientes. El problema, para nosotros, está en su acoplamiento final.

Y es que no acaba de convencernos la conexión entre las dos partes de la novela: la anterior y la posterior a la llegada del huracán. Da la impresión de que esas historias, que tan bien podrían funcionar por separado, no acaban de cerrar del todo bien. Y es que lo que en un primer momento es un retrato demoledor pero incompleto (después lo explicamos) de la "Norteamérica profunda" acaba convirtiéndose en una historia más convencional de redención con un final, para mi gusto, demasiado hollywoodiense.

Decimos incompleto por dos motivos: el primero sería la ausencia de perspectiva de clase (la perspectiva racial creo que es incompleta para explicar la situación de la familia) y el segundo es una "poética de la miseria" en cierta forma idealizadora que no acaba de convencernos. El único mundo que conocen los personajes es ese Hoyo en el que habitan y las localidades que lo rodean. Ignoran lo que hay más allá y el mundo les ignora a ellos. Ni siquiera sus modestas infracciones entrañan consecuencias. Son pobres, poco instruidos, negros. Integran una sociedad en equilibrio inestable que, en paralelo con la vida de la protagonista, avanza sin sospecharlo hacia su ruina.

Resumiendo, “Quedan los huesos” es una crónica de la derrota. También una descripción de la inocencia y de su pérdida, producida tan bruscamente como suele en la vida real. Pese a todo, creemos que es una novela más que interesante de una autora que promete. Habrá que seguirle la pista.

También de Jesmyn Ward en ULAD: La canción de los vivos y los muertos

Firmado: Koldo y Montuenga

martes, 18 de septiembre de 2018

Jesmyn Ward: La canción de los vivos y los muertos

Idioma original: inglés
Título original: Sing, unburied, sing
Traducción: Francisco González López (edición en castellano), Josefina Caball (edición en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«No hay felicidad aquí», dice Jojo, el pequeño protagonista de trece años en medio del libro. Y tiene toda la razón. Ni hay felicidad en el mundo de Jojo, ni la hay en esta gran obra literaria, ganadora del National Book Award en 2017. Pero de eso se trata cuando se trata de hacer un retrato de una parte de la sociedad americana que vive en los márgenes, con la tragedia que acecha para irrumpir a la mínima oportunidad.

Así, son necesarias unas pocas páginas para ser consciente del dominio de la narración por parte de la autora, pues, más allá de utilizar un estilo cuidadoso en la elección de las palabras, es hábil y eficaz al elegir la estructura, repartiendo la narración entre diferentes personajes: Jojo, Leonie y Richie. La narración corre a cargo de ellos, siempre realizada en primera persona, y la autora es hábil al dotarlos de una riqueza en matices que les otorga una personalidad propia y marcada que los hace inconfundibles.

Directa al grano, Ward nos sitúa rápidamente en contexto y nos encontramos, de golpe, con una realidad asfixiante: una familia desestructurada y muy pobre, con problemas de diversa índole que arrastra de su pasado y que persisten en su presente, viviendo como buenamente puede en una casa de campo donde crían animales que servirán de alimento a sus hambrientas bocas. Y ya de entrada conocemos a Jojo, y la manera en la que la autora lo introduce en la historia es brillante: nos pone en la piel de ese niño de trece años, y empatizamos perfectamente con él, percibiendo su profundo respeto hacia su abuelo, la desconfianza hacia su madre, ausente en muchas ocasiones y totalmente despreocupada de ejercer como tal, con una figura paterna que está en la cárcel y una hermana pequeña de quien debe hacerse cargo, un tío fallecido de manera trágica; y los abuelos, esas figuras que actúan siempre como referente cuando todo lo demás se tambalea, pilares de un hogar que se sostiene a duras penas.

Una vez definido claramente el contexto, a Jesmyn Ward le bastan pocas páginas para establecer cuáles son las raíces de la familia y de la propia historia. Sabemos lo que hay y de donde partimos, pues con unas breves pinceladas sobre el pasado de los personajes empezamos a ver que, aunque lo que nos cuenta no es poco, hay mucho más, y la autora prefiere suministrárnoslo a pequeñas dosis para que podamos soportar la carga. Porque hay muchas carencias en la familia, y no únicamente de índole económica, sino también afectiva. Porque la madre está, pero no se puede contar con ella, evadida en ocasiones en sustancias psicotrópicas, el padre en la cárcel de la que saldrá en breve, la abuela terriblemente enferma, y un abuelo que infunde respeto pero que parece ser el único que proporciona cierta estabilidad a la familia. Y los niños, solos, hambrientos, desamparados y emocionalmente abandonados. Y un pasado que les marca, les persigue, les atenaza y les asusta.

Y, por si la situación no fuera ya suficientemente tensa, la autora orienta la historia hacia un viaje emprendido en coche en la búsqueda del padre que sale de la cárcel, para traerlo de nuevo a casa; un viaje que, recorriendo Misisipi desde el sur hasta el norte, los encierra dentro del vehículo en una claustrofóbica travesía, metiéndolos en un pequeño espacio que los pone al límite hasta prácticamente ahogarlos en sus propias y trágicas vidas. La sensación de agobio, de cansancio, de encerramiento es terriblemente palpable en cada una de sus páginas, y el desespero es absoluto como lo es su futuro desalentador. No hay ni un solo matiz de alegría, ni una luz que brille más allá de lo que lo hacen las miradas suspicaces de aquellos con los que topan de manera accidental, porque todo son accidentes, vitales, fortuitos, trágicos. Así, la autora aprovecha el viaje para hábilmente introducirnos la carga emocional del libro, alejándose de la supuesta road movie que uno espera para darnos pinceladas de experiencias pasadas, pero no olvidadas, historias sobre campos de trabajo donde hombres y niños negros eran esclavizados para recoger algodón hasta la extenuación, con los abusos de quien no tiene escrúpulos, sometiendo a los hombres y niños al duro trabajo en condiciones impropias para un ser humano. Y sí, hasta aquí la historia atrapa y conmueve, pues la intensidad narrativa es alta, pero arranca de manera definitiva con la aparición de un nuevo personaje...

Porque aparece Richie, y con él la historia despega y crece, pues su personaje conmueve, te atrapa, te asusta y te entristece. Porque intuimos la vida que tuvo, porque vemos a través de su experiencia esos abusos que marcan la vida por los recuerdos que dejan, de la misma manera que ocurre con el cuerpo a través de los latigazos de sus vigilantes. Así, el libro abandona parcialmente la carga de la trama en relación a los adultos, para dirigirla hacia los niños, y es en este punto, aproximadamente hacia la mitad del libro donde la historia vuela, se encierra sobre los niños a la vez que se abre en profundidad. Es ahí donde se recogen las pinceladas que la autora ha ido esbozando para tomar forma en un dibujo desolador, con los niños como símbolo de fragilidad, pero también de una fortaleza que asoma entre la miseria y el abuso, entre el maltrato y la desolación, forzándolos a una responsabilidad que supera la edad en la que la infancia debería ocupar la vida; los niños como símbolo de esperanza, como un futuro que está lleno de posibles, siempre que el éxito en la lucha permita llegar a ellos. Y es en esa segunda mitad de libro inmensa, que la historia va penetrando en las distintas capas del lector hasta suponer un peso que le arrastra hasta la profundidad de sí mismo, pues a pesar de la dureza y la aflicción que envuelve la novela su calidad impide que aparte un segundo la mirada de las páginas que vuelan como el pájaro de la portada. Porque el libro te obliga a seguir, te fuerza a sumergirte, y te somete a una desgarradora y triste historia de seres abatidos por su propia vida, por su propia desgracia, por su pasado, pero especialmente por un presente que no ha podido volar, pues la cadena que ata el paso del tiempo al pasado impide avanzar hacia un camino abierto a la esperanza.

La calidad que emana del libro viene de la potencia de su lectura a varias capas, pues nos retrata una sociedad fracturada, que aún no ha superado épocas del pasado en la que el racismo era evidente y se exhibía sin tapujos, en la que las relaciones interraciales parecían crímenes a ojos de la sociedad, especialmente a ojos de los blancos, quienes desde su lugar privilegiado abusaban y sometían a los negros. Y en cierto modo se sigue arrastrando esos tics racistas, y la autora lo expone, en los abusos policiales, en la violencia social que empaña y ensucia el clima cotidiano, siempre con una mirada hacia el pasado, pues vemos esos campos de trabajo para negros, de sol a sol, bajo la mirada del agujero del cañón de una escopeta en manos de los blancos. Y lo vemos a través del abuelo, y de Richie, y de tantos otros que sufrieron un pasado de condenable injusticia, pero también lo vemos en el presente, en los problemas en la aceptación de una familia interracial. Pero la historia no solo trata de raza, pues vemos también, en otra dimensión, una historia de amor, de amor desenfrenado y posesivo, de amor loco e irreflexivo, de amor nocivo y obsesivo, pero también vemos una historia de amor fraternal y bondadoso, de amor afectuoso y responsable, de amor protector y amable.

El libro nos ofrece una mirada cruda y real sobre el sur de EE.UU., sobre el pasado y el presente de parte de la sociedad negra que sufrió y sigue sufriendo, y lo hace con historias estremecedoras sobre personajes que, de tan magistralmente retratados, acaba conformando una realidad de la que no deberíamos separarnos, apartarnos, sino combatirla, y enterrar esas injusticias que hace demasiado tiempo que duran. Pero no únicamente ofrece este análisis, pues también es un retrato de lo que es una familia desestructurada, perfectamente narrado, con suficientes matices para huir de la típica historia que hemos visto mil veces, porque aquí la realidad y la honestidad se palpa en cada frase, no hay nada forzado, todo está perfectamente calibrado y suena tan real que es imposible salir de la historia indemne. Porque estamos delante de un inmenso libro, del que no puedes despegarte porque, a pesar que el peso de su historia te pide a gritos salir, airearte y alzar los ojos, su carga emocional y la capacidad narrativa de la autora provoca que se abra un vacío inmenso del que no es fácil salir, pues te arrastra hasta el mundo de Jojo y Richie, un mundo de que los niños no deberían formar parte, un lugar en el que los que viven en él están condenados a sufrir, pues están solos, desprotegidos y emocionalmente abandonados.

Y el canto del título, un canto a la lucha de los desamparados, de los humildes. Un canto a favor de una vida no experimentada de la manera en que debería serlo; una vida llena de cicatrices que la violencia de las vivencias soportadas ha debilitado hasta la casi extenuación. No hay optimismo para esas vidas, únicamente la necesidad de salir adelante e imaginar que otras vidas son posibles, a pesar del mundo que les agrede, de la sociedad que los maltrata, del azar que juega con ellas en una partida con las cartas marcadas como muescas causadas en su propia piel durante su cruel pasado. Ni la presencia de los espíritus, de los fantasmas del pasado, logran apartar ni un solo momento la historia de su trágico realismo, pues todos tenemos nuestros fantasmas que nos persiguen y nos echan en cara las decisiones erróneamente tomadas. Y los fantasmas nos persiguen, nos acechan, y no tendremos descanso hasta que afrontemos nuestro pasado y podamos luchar, cara a cara, con nuestros propios miedos y temores.

PD: he puesto la edición en catalán, pues encuentro más acertada la traducción del título (más fiel al inglés original: «Sing, unburied, sing»)

lunes, 17 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018, SEGÚN ULAD, MODESTIA APARTE

Juan G. B. dice: 

Oriol Vigil dice:

Koldo CF dice:
Ha sido, para mi, el año de los autores latinoamericanos. Aquí la lista:

Francesc Bon opina:
No ha sido un buen año. Mis preferencias siguen inamovibles y nadie les hace sombra y alguno ya debería. Y un desastre solo recordar leer autores españoles o estadounidenses. 
  • Mi mejor lectura del año: El viaje vertical, de Vila-Matas 
  • Novedades que salvo, y mucho: Las posesiones, de Llucia Ramis 
  • Te gustará si votaste o piensas votar a Vox: Ordesa de Manuel Vilas. (Esto es una broma muy del momento, ni siquiera comprendería que le gustara a alguien, y los que votan a Vox ni leen libros ni leen blogs literarios, seguro) 
  • Hartito de darles más oportunidades: Trueba, Amat, y otros involucrados en el socavón que se abre bajo lo que fue antes Anagrama. 
  • Propósitos de año nuevo que caerán seguro: Barth, Gaddis, Vollmann. Y ya que otros toman gustosos el relevo de la actualidad, re-lecturas a manta. 

Carlos Andia sentencia:
  • Lo mejor del año: las relecturas de Lorca (Bodas de Sangre / Yerma) y Carpentier (El siglo de las luces)
  • Narrativa: quizá Lectura insólita de 'El capital', de Raúl Guerra Garrido, porque el nivel, la verdad, no ha sido muy espectacular 
  • Descubrimientos: Antonio Di Benedetto (Zama), y la faceta literaria de Henri Michaux (Un bárbaro en Asia)
  • Reconciliación con, y por lo tanto reapertura de puertas a: Michel Houellebecq (gracias a El mapa y el territorio)
  • Ensayo: entre bastante igualdad, finalmente me decanto por Jean-Yves Jouannais (El uso de las ruinas, reseña dentro de poco) 
  • Clásico: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne 
  • Experimento: Me acuerdo, de Georges Perec (reseña también en unos días) 
  • Decepciones: varias, moderadas, quizá la más fastidiosa, por los elogios que arrastraba, Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón 
  • Intenciones: un hipertocho que llegará pronto, volver a Di Benedetto, quizá a Sabato, cosas interesantes... y, sí Koldo, Cartarescu también. 

Montuenga contribuye: 

Marc Peig opina:

Carlos Ciprés añade:
Y que en los próximos meses Ustedes gocen de sus lecturas. 

Beatriz Garza estima:
  • Autor descubrimiento del año: Margaret Atwood 
  • Novela(ZA) descubrimiento del año injustamente olvidada: Primera sangre de David Morrell 
  • Clásico del año: Marianela de Benito Pérez Galdós 
  • Novela (que como no podía ser de otra manera, supera a la película) del año: Tomates Verdes Fritos de Fannie Flagg 
  • Relectura provechosa del año: Las hermanas Grimes de Richard Yates 
  • Lectura LGTBI del año: La chica danesa de David Eberhoff 
  • Objetivos cumplidos del año: Lectura y reseña de novela gráfica 
  • Conceptos aprendidos del año: La diferencia entre "literatura" y "producto literario". El género del ciclo cuentístico
  • Objetivos para el año que viene: me abstengo, que luego me siento fatal. 

Santi concluye:

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Colson Whitehead: Los chicos de la Nickel

Idioma original: inglés
Título original: The Nickel Boys
Traducción: Luis Murillo Fort (ed. en castellano) y Laia Font Mateu (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

Desconcierto. Desencanto. Pinchazo. Esas son las primeras palabras que me vienen a la cabeza una vez terminado este libro de Colson Whitehead. Sinceramente, no sé qué me ha sucedido con él. Había leído ya, de este mismo autor, «El ferrocarril subterráneo» y creía conocer bien pros y contras de su estilo algo basado en un efectismo buscado, pero con una historia bien construida y con altas dosis de crítica y denuncia. Y la potencia del caso en el que se basa esta historia hacía que fuera un libro muy propicio para zambullirse en él. Y disfrutarlo, aunque sufriendo. Pero no. O al menos no del todo. Veamos el por qué.

La novela arranca, tras un breve prólogo innecesario, en 1962, con Elwood, un joven negro de familia humilde que vive en el barrio de Frenchtown (Tallahassee) a quien le regalan un disco con discursos de Martin Luther King. El disco cambia la manera del pensar del joven, quien va impregnándose de las ideas que transmite y constata a través de esos discursos las diferencias raciales existentes y la actitud que la población debería adoptar ante ellas. Porque estamos en época de segregación racial en Estados Unidos y las diferencias raciales (con sus restricciones y normas) marcan constantemente el día a día de la población negra. Elwood es consciente de ello trabajando inicialmente en un hotel, como hizo su madre antes de abandonarlo, como hace su abuela con la que convive (¡qué gran personaje, el de la abuela!). Son los inicios de los 60, una época regida por las leyes Jim Crow, época de segregación racial donde las escuelas debían estar segregadas, donde los únicos comensales y clientes del hotel que había (y que podía haber) eran blancos. Y, escuchando las cintas de Martin Luther King siente que algo cambia en él, con esos mensajes que le recuerdan que «hay gente que te engaña y que reparte un vacío con una sonrisa, mientras que otros te roban el respeto hacia ti mismo. Debes recordar quién eres». De esta manera, con el disco, con las revistas que lee en la tienda donde empieza a trabajar después de dejar el hotel, con la influencia del Sr. Hill (su profesor en el instituto) que defiende los derechos de los negros, Elwood se va introduciendo cada vez más en los movimientos de defensa de sus derechos, participando en protestas, reclamando igualdades. Hasta que una situación azarosa y accidental hace que acabe detenido y entre en el correccional de la Nickel.

Hasta aquí el libro funciona perfectamente, con un engranaje que avanza sin excesivas fricciones ni chirridos, pues Whitehead sabe crear el ambiente, sabe transmitir el entorno en el que sucede la acción, a pesar de dar la sensación que corre demasiado, que quiere introducir unas imágenes concretas en el imaginario del lector y parece a menudo que lo hace a trompicones. Eso ya ocurría especialmente en el tramo final de «El ferrocarril subterráneo», buscando un efectismo algo forzado. Aun así, esta primera parte del libro se disfruta, con Whitehead situándonos hábilmente en ese mundo y también en la piel del joven Elwood pero, a partir de aquí, con la entrada del joven en la Nickel, la novela se precipita hacia un terreno inestable, pues el autor deja de lado la parte más ficcional de la novela y donde parecía que se encontraba más a gusto (en ese espíritu de superación, en esa denuncia racial, en esa fragilidad social) para pasar a otra parte del libro (su mayor parte) donde quiere acercarse al relato basado en hechos reales. Y ahí todo empieza a diluirse: se diluye el retrato del protagonista al desplazar el foco hacia los aspectos que lo rodean y se desdibuja el entorno, la atracción narrativa, a pesar del acierto en contraponer la visión idealista de Elwood con la visión más pragmática de su amigo Turner (uno de los puntos fuertes del libro). Pero, aun así, da la sensación que uno puede leer cincuenta páginas, cien o si el autor hubiera querido cuatrocientas, y no se habría movido mucho de ese sitio mental. La historia no avanza, es casi inamovible. Parece atrapada dentro de la Nickel, como lo están esos niños.

Así, el grueso de la historia se ubica en el internado, un correccional ideado para jóvenes blancos y negros con el propósito de corregir su conducta, formarlos académicamente y educarlos. Supuestamente. Pero no, la Nickel no es eso. O si lo es, es lo de menos. La Nickel es un lugar donde los adolescentes son maltratados, sometidos; un lugar siniestro gobernado con mano de hierro donde se abusa y se castiga a esos adolescentes, con motivo o sin él. Y en ese escenario es donde sucede la acción, donde el autor quiere transmitir unos hechos que realmente sucedieron, para narrar las injusticias, los abusos, los crímenes de odio, la deshumanización y las atrocidades que se cometían en una época en el que las instituciones miraban hacia otro lado mientras incurrían en una permisividad que rompía vidas, no únicamente a nivel mental, sino también física, en la que incluso se llegaba al extremo de asesinar a esos adolescentes que, por una mala acción o simplemente por azar, acababan en esos centros.

El propósito del relato es muy loable, y totalmente necesario, pues es una parte de la reciente historia que no debe olvidarse. Es más, debe recordarse para entender muchas cosas y situaciones actuales. Y es indudable que Whitehead es bueno buscando historias reales a partir de las cuales escribir un libro de ficción para reivindicar derechos o denunciar actitudes. Lo vimos ya en su anterior libro «El ferrocarril subterráneo» y lo vemos también en esta novela. Aun así, a pesar de esa actitud y esa loable determinación, al libro le falta algo. Le falta lograr una conexión, le falta transmitir empatía, le falta propagar al lector esa angustia, ese desespero, el sentimiento de tanta injusticia. Porque a menudo la historia no basta por sí sola, hay que saber transmitirla e impulsar al lector a adentrarse en ella, a sentirla con sus protagonistas. Y en este relato hay cierta frialdad o distancia que se palpa al leer la novela, por muy desgarradora que sea en su planteamiento o en su origen. Esta segunda parte es más ligera de lo que apunta, y no transmite, no llega, no profundiza. Tiene un aire ligeramente superficial, casi como de literatura juvenil donde no se quiere entrar muy a fondo para no herir. La historia pedía más, bastante más. Pedía contundencia, pedía profundidad, pedía entrar en la historia y ponerse en la piel de esos niños, pero la narración es distante, no llega, no impacta. Cuando uno ha leído bastante literatura sobre racismo, sobre abusos contra los negros, sobre atentados contra sus derechos, es cuando se ve la tibieza de este libro. Puedes leer a Morrison con «Volver», a Yaa Gyasi con «Volver a casa», a Jesmyn Ward con su «La canción de los vivos y los muertos» o incluso al propio Whitehead con su anterior libro y transmiten mucho más. O incluso se puede leer «En estado salvaje», de Charlotte Wood, sobre centros correccionales (y también basado en hechos reales) para ser consciente como se crea un impacto en la mente del lector.

Por todo ello, se trata de un libro que va claramente de más a menos, en el que el estilo del autor encaja mejor al narrar la vida de un joven que pretende ser alguien en la vida y luchar contra las desventajas y las desigualdades y que hubiera podido ser un buen bildungsroman que cuando pretende narrar las atrocidades y crímenes en un correccional a través de la mirada de un adolescente que, aun y siendo protagonista, parece que es algo dejado de lado. Da la sensación que Whitehead intenta introducir piezas de una historia real en una ficción y no encuentra el tono adecuado. Así, una narración que prometía ser muy interesante, impactante, punzante, dolorosa y devastadora, termina por volverse bastante plana. No tengo ninguna duda de que Whitehead sabe encontrar buen material sobre el que desplegar la voluntad de hacer llegar a un público amplio una denuncia siempre necesaria, contra las atrocidades, contra los abusos y contra la violencia ejercida sobre el pueblo negro. Pero quizás el público al que pretender llegar es tan amplio que le impide profundizar o incluso mostrar toda su crudeza sin ataduras.

Puede que la intención del autor sea no profundizaren en las atrocidades ocurridas en esos centros para no herir en exceso al lector y dejar simplemente que sus posibles imágenes sobrevuelen en su mente confiando en que así le sea suficiente, pero uno esperaba mucho más de una novela que ha recibido elogios por doquier, que la han encumbrado a límites insospechables y que incluso ha ganado el Pulitzer por este libro, y no únicamente este año, sino por segunda vez de manera casi consecutiva. A mi entender, de manera incomprensible. Habrá que empezar a cuestionar seriamente los premios, o a dejar de hacer caso a este reseñista que pide que, de una vez, Whitehead se atreva a ir con todo, sin filtros ni tapujos y ver así finalmente reflejado en un libro ese clamor interior que parece buscar una salida a voces libro tras libro. O puede que yo me equivoque y no sea necesario ir más allá. Estaré expectante para ver si da ese paso definitivo.

También de Colson Whitehead en ULAD: El ferrocarril subterráneo, El coloso de Nueva York

martes, 4 de abril de 2023

Xavier Mas Craviotto: La pell del món

Idioma original: catalán
Título original: La pell del món
Traducción: publicado en catalán por L'Altra Editorial, sin traducción al castellano en el momento de publicar la reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Tenía curiosidad por saber cómo sería la nueva novela del autor de «La mort lenta», una opera prima muy interesante que mostraba indicios de gran potencial en su autor. Han pasado ya cuatro años desde la publicación de esa novela y por el camino ha escrito poemarios como «La gran náusea» (aprovecho aquí para reivindicar su lectura), otra de las vías creativas del autor y más prolíficas. Y debo decir que en este libro ambos géneros se encuentran muy próximos, pues el estilo de Mas Craviotto se ha afilado y ha ampliado y perfeccionado el uso de metáforas y alegorías, a menudo recursos más próximos a la poesía que a la novela.

En una clara muestra de influencias literarias (que el autor no esconde, como detalla en su nota final), el libro empieza con la cita de un libro de Clarice Lispector, y eso ya es algo admirable y un acierto por lo que el libro ofrece. Y a esa cita le sigue una entrada de las impactan y suponen toda una declaración de intenciones, la apertura a una antesala de introspección: «Querrías saber cómo soy. Querrías entenderme. Pero cuando piensas en mí, solo sabes ver la muerte». Con ello, una de las protagonistas se nos dirige en una suerte de monólogo interno o introspectivo en el que afirma que «las preguntas que se hacen por dentro solo pueden tener respuestas que también vengan de dentro. Y piensas que hacen mucho ruido, las preguntas que vienen de dentro. Mucho más que las que se hacen en voz alta.»

Así, con pocas páginas, el lector toma consciencia de cómo ha evolucionado la prosa de Mas Craviotto, pues ha agudizado su estilo y le ha dado un contenido más profundo, más introspectivo y estilísticamente más próximo a la poesía. Aun así, es claramente identificable y deslumbra en el uso de sus alegorías, como cuando afirma que «porque las imágenes y los recuerdos, como las bacterias, te habitan el cuerpo y la mente y, con la paciencia persistente y tozuda de las hormigas, te van creando túneles de memoria por dentro». De esta manera, este libro se acerca a «La gran náusea» en la sabia elección de las palabras y en el viaje al interior de los sentimientos sin mostrar miedo alguno a aquello que se encuentre en el arduo viaje. Y la cita inicial de Lispector no es gratuita, tiene su más alto sentido, pues el libro conecta de manera ineludible las reflexiones sobre la vida y la muerte y aquello que somos, en un continuo diálogo laberíntico en el que la única salida válida es la cordura. Porque el pasado marca la vida y el presente, a veces, nos lo exhibe de nuevo como desafiándonos, como sometiendo nuestra fortaleza con clara intención de quebrantarla. Porque la protagonista habla de su madre que está en un hospital en los últimos días de su vida, en un cuerpo que ya no responde, con «dos ojos vivos dentro de una cosa quieta y dura e inerte. Dos ojos vivos dentro de una cosa muerta. Como si los ojos fueran la única ventana de vida que le queda abierta. La única puerta que la conecta con el mundo» e intuimos con ello que la relación entre madre e hija no fue fácil, o simplemente no fue y, ahora que la tiene enfrente, postrada en la cama del hospital, reconoce que «te esfuerzas a recordar que la madre es una mala persona. Te lo recuerdas porque te ha parecido que te empezaba a dar un poco de pena (…) La maldad de la madre era de las silenciosas. Una maldad pasiva, cómplice». Tampoco la relación con el hermano fue fácil, ni entre ellos dos ni con los padres, pues «nunca hablaba de vosotros, como hacen todas las madres del mundo. Las madres que conoces siempre hablan de sus hijos. Como si fueran la cosa más importante que les ha sucedido nunca. Pero madre era diferente. No hablaba nunca, de vosotros.»

A nivel estructural, el autor alterna tres momentos narrativos, tres líneas temporales: las escenas en las que están en el hospital y que le sirven al autor para profundizar en los recuerdos pasados acerca de la relación familiar entre hermana, hermano y padres, la evocación de escenas de la infancia y, por otra parte, breves pinceladas con las sesiones con el terapeuta con quién repasa su estado anímico en un punto indefinido temporalmente y hacen de puente entre presente y pasado y la infancia como tercer y marcado momento. Esta alternancia está bien estructurada ya que no rompe el ritmo narrativo sino que sirve para aplicar una especie de zoom emocional reviviendo momentos puntuales que van estrechamente enlazados con lo descrito en la trama principal en la que dirige su mirada especialmente a la infancia. Porque la infancia nos marca, a todos, y Mas Craviotto sabe utilizar sus recursos poéticos para describir los ambientes opresivos de una casa donde el padre impone su voluntad y el resto calla, por falta de opciones pero también por costumbre. Y por miedo. Y el ambiente es incómodo, hasta el punto de que se nota que hay «una calma tensa quieta que molesta un poco, porque es la calma que siempre hace la casa después que padre se enfade y chille e insulte a madre. Una calma peligrosa. Como si la casa aguantara la respiración para no molestar demasiado, ahora que todos estáis tristes». Y aquí vemos otro aspecto singular (por inusual) de la novela: la narración en segunda persona, un punto de vista que emula a un testigo presencial y que añade tensión a la propia de los protagonistas. Un «tú» que sitúa al narrador (y por extensión al lector) en una posición a medio camino entre testigo y juez.

La novela nos habla también de la relación entre la protagonista y su hermano al que vuelve a ver después de muchos años, de quién no sabía apenas nada, en un reencuentro siempre tenso, siempre violento, porque después de tanto tiempo «entre vosotros nacían, muy lentas, todas las distancias». Un hermano del que se distanció después de la adolescencia, alguien por quien siente rabia por haber sigo tan débil en los momentos en los que ella tenía que ser fuerte; alguien que a sus ojos es un extraño («no podía ser que aquel hombre fuera tu hermano (…) pero al mismo tiempo aún podías reconocerle alguna facción, algún tipo de movimiento facial, un batido casi imperceptible en las aletas de la nariz que te decía que sí, que ese era tu hermano, y era el de siempre»). De esta manera, a medida que avanzamos en la lectura entendemos el ambiente dentro de la familia y el por qué ella se marchó del pueblo. Pueblos pequeños, cotilleos grandes. Y situaciones familiares conflictivas. E inevitables. Como si fueran contagiosas, como si fuera una plaga de la que lo mejor es apartarse. Porque «estas cosas se transiten de padres a hijos. La rabia y el odio se heredan. Pasan de una generación a la siguiente» y en la escuela lo sabían, porque «cuando entras en el aula, todos los silencios hablan de ti», porque en sus casas se hablaba de ello y «aquella escuela era como el pueblo pero en miniatura». 

Parece que hay una literatura centrada en las relaciones familiares desestructuradas, narradas desde los más damnificados, los pequeños, indefensos, frágiles…. Hay casos en los que vemos de manera clara que el amor existe y también el afecto aunque sea unidireccional y en el que la protección va en sentido inverso al natural. Hablamos de Douglas Stuart con «La historia de Shuggie Bain» o también de Jesmyn Ward y «La canción de los vivos y los muertos», por poner un par de ejemplos. Pero hay otros casos en lo que el amor no existe en ningún caso ni de ninguna forma, donde lo que abunda es miedo, temor y odio. Porque existe también, y nos lo cuentan perfectamente Winkler, Bastašić y Kristof, entre otras. Este libro se enmarcaría en este último grupo, a pesar de la belleza de su narración poética. Y ubica la acción del reencuentro familiar en el hospital, ese lugar donde parece que el pasado nos atrape después de una vida huyendo de él, un lugar común de reencuentro y revisión (como hizo Mouawad en «Todos pájaros» o también Annie Ernaux en «No he salido de mi noche»), como si el lecho de muerte fuera la pasarela por la que desfilan los recuerdos y los rencores pasados, en un camino ineludible a la muerte que transitamos acompañados de dolor, pérdida pero también añoranza. Pero la aridez de esta lectura también nos hace llegar ecos que resuenan fuerte a Bendicho y sus «Tierras muertas» por la dureza del relato, por ese padre desgraciado («un grandísimo hijo de puta», según un conocido), y al que también, de manera similar, topa con el final de su vida de manera abrupta y sin saber el rostro del verdugo que ha terminado con su camino de desgracias infringidas o también por el entorno rural y la brutalidad de estar rodeados de muerte, en los animales y en sus propias almas. El autor nutre el relato de una fuerte tensión ambiental y emocional, a veces contenida a través de forzados silencios («Pero callas. Porque hay muchas cosas a decir y pocas palabras que puedan decirlas. Y porque los silencios te gustan más que las palabras»), otras veces expuesta, porque inevitablemente hay momentos en que «percibes muchas cosas. Cosas que dormían alrededor, silenciosas y quietas. Nunca te las habías mirado demasiado. Porque no os las miráis demasiado, las cosas que duermen. Pero hoy tu hermana las ha despertado todas. Y madre quería que siguieran dormidas, porque las cosas dormidas no hacen ruido». 

Por todo ello, y a pesar de su innegable dureza, la novela de Mas Craviotto es un claro ejemplo de que la belleza de un texto está muy por encima de la amarga historia que presenta y que, a pesar de la tristeza que desprende, uno puede disfrutar de su lectura solo por el placer de encontrar un autor que sabe plasmar con las palabras unas emociones que, con o sin experiencia previa, podemos comprender y compartir.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàuseaAnimals inexpressiusLa llum subterrània