jueves, 4 de octubre de 2018

Benito Pérez Galdós: Marianela

Idioma original: español
Año de publicación: 1878
Valoración: Recomendable



Marianela forma parte de las primeras novelas de Galdós, consideradas novelas de tesis (aquellas que plantean alguna teoría sobre cuestiones sociales, políticas o morales y de las que se objeta que la argumentación suele ir en detrimento de la trama). Pero aunque resulta evidente la finalidad pedagógica y educadora —y de crítica social— en Marianela, la indudable habilidad narrativa de Galdós hace que la historia fluya sin contratiempos y que el conflicto humano alcance una enorme intensidad. 

Resumen resumido: Marianela (en adelante, la Nela) vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en la Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

El tema del ser marginal desde la óptica de la niña «salvaje» es el pretexto para retratar el egoísmo y la hipocresía de la sociedad, y para denunciar su responsabilidad hacia esos individuos que mediante la educación y el trato digno podrían salir de su triste abandono. El mensaje está perfectamente integrado en la historia, la historia emociona y el retrato social es preciso e implacable. Sin embargo, para poder disfrutar al máximo la lectura hay que aceptar de antemano una serie de convenciones: 
  • Las incursiones de un narrador en tercera persona que no tiene objeción en irrumpir para dar su opinión (narrador editorial) y que utiliza a algunos personajes para exponer sus argumentaciones, como sucede en este caso con Teodoro Golfín. 
  • La reiteración del discurso a lo largo de la novela: que la educación, la religión y el trato digno iguala a los individuos. 
  • El lenguaje solemne, plagado de ayayáis o de referencias a la religión cristiana. Sorprenden esos diálogos tan poco verosímiles y más tratándose de literatura realista, no obstante, se trata de una convención literaria presente no solo en las obra de Galdós si no en todas las de esa época:
«¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! —exclamó el doctor con espontaneidad suma—. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?» 
Superadas dichas convenciones, son muchos los elementos que hacen de la lectura de esta novela una auténtica delicia: 
  • La ironía que subyace en toda la narración y que contribuye a aligerar el drama. El clímax y la confirmación de la mordacidad casi furibunda con la que el autor escribió Marianela se ve claramente en el epílogo final referido a la supuesta lectura de un artículo de The Times. 
  • El retrato minucioso de la sociedad rural de la época gracias a los distintos grupos humanos que aparecen en la obra como modelos contrapuestos: Los Centeno —la familia con la que malvive la Nela— son pobres y sin miras (a excepción de Celipín, del que hablaré más tarde). Los hermanos Golfín nacieron pobres pero su empeño y amplitud de miras les dio fortuna y una vida digna; no obstante, Carlos, el hermano menor, está casado con Sofía, una señorita de provincias que no ve más allá de sus narices. Y algo parecido sucede con la familia de Pablo, donde Florentina es la honrosa excepción. 
  • La fuerte presencia y simbología del lugar —un territorio agreste de grutas y acantilados y vestigios de una actividad minera en decadencia— gracias a unas descripciones precisas y poderosas: 
«(…) Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos». 
Pero por encima de cualquier elemento que se quiera destacar está la Nela, un personaje único con unos conflictos que despiertan la empatía del lector. Su retrato, delicado y minucioso, rehúye las burdas etiquetas que han estigmatizado a todas las Nelas de la historia. ¿Qué aspecto tiene la Nela?, apenas algún dato suelto y poco concreto, dando Galdós amplia muestra de su astucia pues la Nela acaba siendo una construcción urdida en la mente de cada lector. Sabemos que tiene dieciséis años y sin embargo parece una niña, sabemos que no se la puede considerar bella pero ¿significa eso que es fea?, todo su entorno, incluso ella, parecen creer que sí (menos Pablo, por razones obvias) pero el recién llegado, Teodoro Golfín, hombre de ciencias y con mucho mundo resuelve que con la debida alimentación y cuidados podría ser como cualquier otra muchacha. Ese contrapunto hace que el lector no se interese por la belleza de la protagonista y sí por sus otras virtudes, satisfaciendo así uno de los mensajes que pretende inculcar Galdós: que la belleza externa se sobrevalora como consecuencia de la carencia de educación y otros valores. Porque, con todos sus defectos y faltas, la espontaneidad, bondad, sensibilidad o imaginación de la Nela resultan adorables: 
«¡Ay, ay con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda… ¡cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento si la tierra no se está más quieta que un peñón y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando el cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… (…)» 
Esta ingenuidad y frescura contrasta con su enorme autoconciencia en relación a su triste situación y al conflicto interior que alberga. En mi opinión, un personaje de primer orden que no ha recibido todo el reconocimiento que merece. 

El nivel de concreción que Galdós destina a la Nela o a los grupos humanos, se diluye en su mirada individualizada hacia cada personaje. Son simples y planos a consecuencia del hecho deliberado de estar únicamente al servicio del discurso y del conflicto; sin embargo, en el caso de Pablo esa indefinición en su evolución provoca que, para la inteligencia y sensibilidad que se le supone, al final quede retratado como un bobo. Como excepción, Teodoro Golfín sí está muy detallado, en su caso por ser la personificación del sentir humanista y progresista que Galdós defiende. También lo está Celipín (el menor de los Centeno) —cuyo temperamento queda perfectamente definido, para lo bueno y para lo malo—, que emprende su huida en pos de una vida mejor y cuyas cuitas quedan recogidas en otra novela de Galdós: El doctor Centeno, publicada cinco años más tarde. 

Por todo lo expuesto, Marianela me parece una obra recomendable que es, además, toda una declaración de amor y respeto hacia esas personas que al ser consideradas diferentes, acaban invisibilizadas bajo una etiqueta ramplona —el tonto del pueblo, el retrasado, el que «le falta un hervor»…—, humanizándolas y rompiendo una lanza por sus virtudes y sobre todo por su dignidad. 

Ya para acabar, Marianela tiene tres adaptaciones cinematográficas, dos españolas (1940 y 1972) y una argentina (1955), pero su mayor difusión fuera del ámbito literario se ha producido bajo los formatos de la radionovela y la serie televisiva. Hay que admitir que la historia (dramón con muchacha humilde) se presta a ello sin que eso deba considerarse un defecto. También existe una adaptación a novela gráfica publicada en 2013 de la que prometo hablar en otra ocasión.

Y en cuanto a la portada... también hablaré de ello próximamente.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULAD: Fortunata y Jacinta, Nazarín y Trafalgar.

6 comentarios:

Lupita dijo...

Hola, Beatriz:

Leer tu reseña me ha traído muchos recuerdos, puesto que mi juventud la pasé devorando los clásicos españoles del XIX, y Galdós me apasionaba.
Precisamente hoy estaba leyendo sobre el presentismo, esa tendencia a revisar el pasado con nuestra visión actual. Tenemos que leer estos libros antiguos aparcando nuestra realidad actual.

Coincido prácticamente en todo lo que dices: un novelón lacrimógeno de los de antes, con todo lo que conllevaba esa literatura:reiteración, abundancia de detalles, lentitud, presencia constante de una voz "moralizadora", etc..Y esos ayayay..sí, un poco ampulosos y sobrecargados, pero mi abuela hablaba así (ay, qué trabajo nos trae el señor, ay, Dios mío, qué pruebas nos pones..)de un modo que hoy daría hasta risa.
A mí, personalmente, Marianela me gusta muchísimo. Me resulta tierna y conmovedora, y su lectura un placer total, por estar escrita con cuidado en las palabras y los detalles..Creo que la he leído 3 veces al menos, tanto me gusta.

Saludos

ToniLV dijo...

Aunque la leí hace mucho tiempo, tu excelente reseña me ha hecho recordarla con nitidez. Totalmente de acuerdo con la valoración, y como bien dices, antes de leerla hay que contextualizarla en la época en que fue escrita.

ElPepazo dijo...

No entiendo esta clase de reseñas. Son horribles. Tienen poco de analisis literario y poco de apreciacion subjetiva. Son nada porque tratan ser todo.

Antonieta dijo...

Hola El Pepazo! Una consulta: tu opinión se refiere a las reseñas de este blog o a esta en particular? Yo entiendo que hablas del blog. Abrazos!

Beatriz Garza dijo...

Lupita,
"Tenemos que leer estos libros antiguos aparcando nuestra realidad actual". Estoy totalmente de acuerdo, si no lo hacemos así perdemos la oportunidad de disfrutar grandes obras como esta.
Gracias por comentar

ToniLV,
Me alegra haberte recordado una lectura que había quedado relegada en tu memoria. Estoy de acuerdo en que estas obras tienen mucho que aportar si las abordamos desde la óptica adecuada.
Gracias por comentar

ElPepazo,
Te entiendo perfectamente. A mí me ha pasado exactamente lo mismo con tu comentario :D
Gracias por comentar

Antonieta dijo...

Vaya Pepazo, con el corte serio y rotundo de tu comentario esperaba encontrarme con alguien que al menos diera cara. En fin...