Mostrando las entradas para la consulta Clarice Lispector ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Clarice Lispector ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de enero de 2023

Clarice Lispector: Cerca del corazón salvaje

Idioma original: portugués
Título original: Perto do Coração Selvagem
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (trad. al catalán para Club Editor) y Basilio Losada (trad. al castellano para Siruela)
Año de publicación: 1943
Valoración: recomendable


Creo poder afirmar, sin equivocarme demasiado, que es habitual descubrir un autor a través de su último libro publicado. Es el poder del mercado editorial, que nos lo muestran por doquier para captar nuestra atención. Solo cuando un autor ha calado fuertemente en nuestras vidas es cuando nos adentramos a buscar sus obras iniciales, sus primeras experiencias literarias. En este caso, Club Editor nos ha facilitado el camino publicando, justo ahora, el primer libro de Clarice Lispector después de haber publicado su magnífico «Un soplo de vida» y «La hora de la estrella» (precisamente sus dos últimas novelas). Así pues, parece que quieran cerrar un círculo, espero que para rellenarlo del resto de sus obras.

El libro empieza con la protagonista, Joana, narrando una situación familiar: está ella en su hogar, siendo aún pequeña, con su padre, y se aburre soberanamente. Y en el aburrimiento se activa la imaginación, y así empieza una narración con su voz interna en la que deambulan sus inquietudes e ilusiones. De esta manera, vemos que ya en esta primera novela de la autora, escrita cuando tenía únicamente veintitrés años, Lispector expone lo que iremos viendo a lo largo de su carrera literaria y es algo destacable pues evidencia que su pulsión por escribir parte de un sitio concreto y, tras más de treinta años escribiendo, los temas que tratan son los mismos; algo que invita a pensar que por más que reflexionemos sobre la condición humana, nunca llegaremos a conocer sus misterios.

Ya en el segundo capítulo hay un salto temporal y se nos muestra a Joana en edad madura, con sus mismas inquietudes, pero más pobladas de miedos pues «incluso ni el placer me puede dar tanto placer como el mal, pensaba ella con sorpresa. Sentía en su interior un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, egoísmo y vitalidad». Y en ese pensamiento negativo, la influencia de su tía, alguien a quien «la bondad le hacían tener ganas de vomitar». Así, la protagonista, vive en la incerteza y el desasosiego, en un desencaje continuo en el mundo que constatará a lo largo de su vida, afirmando que «pierdo la consciencia, pero da igual: encuentro la mayor serenidad en la alucinación» y la necesidad de encontrar algo que la hiciera vibrar, que la hiciera sentir viva, confesando que «incluso sufrir era agradable, porque mientras se soportaba el sufrimiento más vil, uno también existía».

De esta manera, vemos en este texto que Lispector muestra los pilares básicos sobre los que construirá su obra posterior y se perciben en él sus inquietudes en torno a la autoconsciencia, al conocimiento de uno mismo, el deseo y la muerte y la eternidad. También se evidencia su obsesión respecto al encaje de uno en un mundo que de manera permanente permanece ajeno, extraño, hostil. Así, Lispector hace gala de su dominio del monólogo interno, de sus continuos cuestionamientos sobre realidad, vida, ilusión y sueños. 

Estructuralmente, el libro es un continuo salto temporal de manera que los episodios, especialmente en su primera mitad se suceden de manera discontinua y aleatoria, dificultando en alguna ocasión el seguimiento de una trama que a veces no está perfectamente definida. Así, vamos conociendo la infancia de la protagonista Joana, ya huérfana, viviendo con su tía y su tío en una relación fría y distante mientras que a la vez vemos su vida ya adulta en una relación con Otávio, no siempre fácil ni placentera y con la presencia puntual pero reiterativa de un profesor del que nunca llegó a olvidarse y que aparece de vez en cuando en sus recuerdos, en los momentos en los que su relación con Otávio mengua. Un Otávio estricto y riguroso, metódico, a quien le obsesiona el orden, muy distinto de ella en cuanto a caracteres, pues «aquello que lo fascinaba y asustaba de Joana era precisamente la libertad con la que vivía».

Cabe decir que es admirable la capacidad de Lispector se elaborar una primera novela con un texto de tamaña profundidad y complejidad, y que esta sea el origen y la semilla de su obra posterior. Es como si el camino estuviera trazado desde un inicio, pues se percibe el estilo de la autora ya en esta primera obra, un estilo que, aunque con matices en lo referente a la profundidad o algunos temas tratados, seguirá con ella durante toda su vida literaria. Bien es cierto, que se nota la falta de experiencia y madurez literaria al evidenciarse en un cierto desorden argumental aún y teniendo en cuenta que Lispector acostumbra a esbozar sus ideas de manera algo desorganizada que al final encajen en el texto, pero la redondez en conseguir que este hecho suceda de manera orgánica solo se consigue con la experiencia. Por ello, se nota aquí cierta falta de cohesión en un argumento que se sostiene principalmente en las dudas e inquietudes de Joana pero a las que le falta algo de empaque para, a partir de ellas, trazar un argumento que las acoja y las absorba como parte de la propia trama. Así, el texto tiene sus mejores momentos cuando la autora transmite sus inquietudes existenciales por encima de los episodios en los que intenta centrar el relato en una trama que a veces se les va de las manos.

En cualquier caso, Lispector muestra sus grandes dotes cuando habla de su necesidad de salir de los límites de la literatura y de su propio cuerpo, afirmando que «cuando me descubro en el fondo del espejo, me asusto. Apenas puedo creer que tenga limites, que sea recortada y definida. Me siento esparcida por el aire, pensando dentro de las criaturas, viviendo en las cosas más allá de mí misma» porque «el sueño es más completo que la realidad. La realidad, en su inconsciencia, no me deja respirar. Al final, ¿qué es lo que importa: vivir o saber que vivimos?». Y en las dudas existenciales siempre aparece ese punto de nostalgia, pues a pesar de que «no debo olvidarme, pensé, de que he sido feliz, de que soy feliz. Más de lo que es posible. Pero me he olvidado de ello, siempre me he olvidado de ello».

Por todo ello, es muy fácil reconocer en este libro a la Lispector de sus obras mayores y viene a confirmar que el talento existe en uno mismo y que, uno puede modelarlo y perfeccionarlo, pero cuando el talento se lleva dentro, es imposible de frenarlo. Ya lo dice la autora en el propio libro al hablar sobre la relación entre el genio y la inteligencia porque «el genio no es tanto una cuestión de poder intelectual, sino de la forma en la que se presenta este poder». Lispector es un claro ejemplo de ello, sabiendo transmitir a la perfección sus inquietudes. 

Dice Lispector, hablando de su protagonista, que «durante unos segundos largos y profundos supo aquel espacio de vida era una mezcla de lo que ya había vivido y de lo que aún tenía que vivir, todo fundido y eterno». Al leer esta obra pasa algo parecido, podemos ver en él toda su obra, la ya escrita y la que le quedaba por escribir.

lunes, 7 de junio de 2010

Zoom: Felicidad clandestina, de Clarice Lispector

Idioma original: portugués
Título original: Felicidade clandestina
Fecha de publicación: 1971
Valoración: Muy recomendable

Una vez más, bienvenidos, pequeños míos, al rincón del tío Ian, vuestro iglú divulgativo y educativo. Hoy os presento otro de mis relatos preferidos, Felicidad clandestina, obra de una dama llamada Clarice Lispector, brasileña de adopción, ucraniana de origen.

Lispector, que pese a tener un apellido que bien podría pertenecer a un agente secreto inmerso en tejemanejes de la Guerra Fría, o a un jarabe para la tos, fue una exquisita escritora famosa por conceder a sus irrepetibles relatos una sensibilidad y una originalidad narrativa fuera de serie. Y además de escribir varias decenas de cuentos (lo que yo considero su especialidad), también se atrevió con la novela con igual éxito.

De todos modos, hoy me pondré con una de sus pequeñas piezas literarias, la que más me impactó del volumen de cuentos donde se encontraba recopilada. ¿Y que por qué ocurrió tal cosa? ¿Que por qué Felicidad clandestina me llegó tan hondo? Porque, siento repetirme, amiguitos y amiguitas de lo sublime, su argumento entronca peligrosamente con algo que a mí me ocurrió: algo que sufrí en mis propias y lozanas carnes al final de mi adolescencia.

Felicidad clandestina
tiene un argumento que se puede resumir así: hay una niña muy buena, muy guapa y muy enamorada de la literatura (sí, sí, no andamos desencaminados si pensamos en la bella Clarice Lispector en sus tiempos de infante), y hay otra niña, rechoncha, despelujada y rencorosa que la envidia y odia en silencio. El problema es que la segunda tiene un libro que la primera ansía leer por encima de todo, y la segunda, sabedora del tesoro que posee entre sus malignas manecillas, inicia un sádico juego con la guapa-buena-lista: hace a la pobre cría ir cada dos por tres a su casa con la promesa de que le dará el libro, pero nunca se lo termina de dar poniendo excusas. Y pese a que día tras día la guapa-buena-lista ve que su gozo está condenado a naufragar en un pozo, es tal su amor por el Libro Prometido, que no desiste, y sigue suplicando en silencio a la pequeña mostrenca propietaria que se lo preste. ¿Y que cómo acaba? Aaaaaah... Ese es el secreeetoooo... Leedlo:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/por/lispec/felicida.htm
Y ya está, ya he terminado. Siento no resolver la duda de qué es lo que me pasó a mí para sentirme identificado con lo que sucede en este relato. Tendría que retrotraerme a la época en la que deseé ser actor y recibía promesas de ser ayudado de parte de un presunto amigo...

Dios os guarde de los presuntos amigos, mis angelitos...Y no diré más: esa es otra historia que debe ser contada en otra ocación (Michael Ende dixit).

También de Clarice Lispector en ULAD: La pasión según G.H., Agua viva, Un soplo de vida, La hora de la estrella, Cerca del corazón salvaje, Aprendizaje o El libro de los placeres

sábado, 22 de marzo de 2014

Clarice Lispector: La pasión según G. H.

Título original: A Paixao segundo G. H.
Idioma original: portugués
Traductor: Alberto Villalba Rodríguez
Año de publicación: 1964
Valoración: está bien

            Lo primero que pensé al leer este libro fue que, teniendo en cuenta el título y la portada que le pusieron en El Aleph, con esa ninfa durmiente y desmadejada, esperaba que nadie lo confundiera con una novela erótica softcore (lo digo porque yo saqué el ejemplar de una biblioteca pública y la bibliotecaria me miró como si me hubiera llevado las dichosas 50 sombras, pero con el juego de artilugios sexuales añadido), ya que se iba a llevar una sorpresa morrocotuda.

            Me explicaré contando el argumento de esta breve pero intensa novela, que en realidad es bastante conciso: una mujer atractiva, inteligente y exitosa (no cuesta mucho ponerle la figura de la propia Lispector) se queda sola en su apartamento de una gran ciudad brasileña, así que aprovecha para hacer limpieza.  En el cuarto de la criada, que en sí es como un mundo aparte dentro de ese piso, abre un armario y se encuentra allí, lozana y sonriente, una cucaracha. Del susto (hay que suponer que las cucarachas brasileñas deben de ser de tamaño familiar, más amedrentadoras que las de aquí, ya de por sí bastante repugnantes), cierra de golpe la puerta del armario, de tal manera que atrapa, chafándola, a la pobre cuca, que se queda allí agitando  patitas y antenas y segregando  un líquido blancuzco y asqueroso.

            La protagonista, en vez de huir, se queda allí sentada, contemplando la agonía del insecto, y esa contemplación le provoca un momento de revelación, una epifanía (que dicen ahora los modernos españoles y los convictos por asesinato de las películas americanas). Acaba identificándose, de alguna manera, con el bicho agonizante, lo que conlleva un proceso de despojamiento de su propia circunstancia como ser humano; esta deshumanización así sobrevenida es lo que ilumina a G. H. y le permite acceder y comprender la esencia de la realidad del mundo en el que viven ambas, cucaracha y señora brasileña. El tao, que diría Lao-Tse.

            De hecho, esta novela, aparecida en 1964,  se ha calificado como existencialista (era lo que se llevaba, entonces), pero yo creo que sobre todo muestra una influencia indudable del pensamiento taoísta. Y si resulta que no lo conocía (cosa que dudo), es que Lispector fue capaz de sintetizar ella sola, el corpus metafísico de una religión milenaria china. Sin ánimo de escandalizar a nadie, también veo evidente el paralelismo que se hace con algún aspecto de la religión cristiana (aunque Lispector era de familia judía), ya desde el propio título, que habla de “la Pasión” (en mayúscula en el título original); el momento de revelación de la protagonista sobreviene a partir de la identificación con el sufrimiento de otro ser vivo (sí, aunque sea una cucaracha) e incluso hay un momento que resulta un símil sacramental evidente (no quieran saber con qué). Sin olvidar el metafórico descenso a los infiernos y posterior “salvación” de la señora G.H.

            Todo esto contado de una forma algo reiterativa y hasta redundante, a pesar de la brevedad del libro. Bien es cierto que seguramente la autora buscaba de esta manera que el lector fuera tomando conciencia de una forma paulatina del proceso que se está produciendo en la conciencia de la protagonista.  También es innegable que Clarice Lispector escribía muy bien y de hecho, su voluntad de buscar los límites de las posibilidades del lenguaje proporciona momentos de una indudable excelencia literaria. Lástima que queden un tanto diluidos por una narración que a veces resulta tan agónica como el final de la propia cucaracha.

            Un libro, de todas formas, cuya lectura resulta interesante y hasta fascinante en algún momento. Eso sí: siempre que nadie se confunda con lo que se va a encontrar.

También de Clarice Lispector: Felicidad clandestina, Agua viva, Un soplo de vida, La hora de la estrella, Cerca del corazón salvaje, Aprendizaje o El libro de los placeres

miércoles, 14 de julio de 2021

Clarice Lispector: Un soplo de vida

Idioma original: portugués
Título original: Um sopro de vida
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (ed. en catalán) y Mario Merlino (ed. en castellano)
Año de publicación: 1978
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Hay decisiones editoriales que, si bien son algo arriesgadas, su resultado final justifica sobradamente la elección tomada. Este es un claro ejemplo de ello, pues este magnífico libro de Clarice Lispector, si bien fue terminado de escribir en vísperas de la muerte de la autora, su edición y publicación no llegaría hasta un tiempo más tarde, después de la recopilación y ordenación de los manuscritos por parte de amiga y secretaria Olga Borelli. El resultado es un libro realmente interesante, y un digno legado a una escritora de un talento descomunal.

El libro consiste en una suerte de diálogo entre un escritor y Ángela Pralini, la protagonista que él ha creado para su relato, una conversación que se establece con un punto de partida meridianamente neutro, virgen, como prólogo a una aventura de (auto)conocimiento que se desarrollará a lo largo de todo el libro y que parte desde la duda y la incerteza del escritor sobre él mismo y sobre su obra, porque «escribo como si tuviera que salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida», porque el escritor (más que probable alter ego de la propia autora) se encuentran en un episodio vital en el que la duda aflora, porque «el día transcurre fuera sin más ni más, y hay abismos de silencio en mí». Y el escritor, consciente de esos silencios y de lo que significan, se confiesa al lector afirmando que «tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente.».

Con este propósito, el escritor crea un personaje que debe construir y entender a medida que conversa con él, y que le sirve de espejo en el que ver reflejada su propia personalidad porque ya el propio escritor asegura que «Ángela se asemeja mucho a mi contrario». Por ello, no se trata de un libro fácil ni para un público amplio; Lispector juega con el lector porque juega con ella misma, juega a dibujarse y a encontrarse, pero juega también a perderse para conocerse más, a explorar dentro de ella misma para comprenderse mejor, y eso solo puede producirse partiendo desde un punto desdibujado y sin un horizonte fijo, porque «escribir es una indagación», porque «escribo para aprender. Me he escogido a mí mismo y a mi personaje —Ángela Pralini— porque a lo mejor, a través de nosotros, podré entender esta carencia de definición de la vida». Por ello, el propio escritor afirma que «Ángela es más que yo mismo. Ángela no sabe que es un personaje. Por otro lado, puede que yo sea el personaje de mí mismo (…) Ángela es mi necesidad» y «me pregunto si he creado a Ángela para poder tener un diálogo conmigo mismo. La he inventado porque necesito inventarme».

De esta manera, con un enfoque crípticamente reflexivo, las palabras que brotan de la mente de la autora aparecen y flotan, esperando unos breves instantes en el limbo de la conciencia hasta reposar definitivamente en un texto que ordena su exposición a la vez que nos desordena por dentro, buscando en el propio texto a la autora que no se esconde pero sí se camufla en un alter ego elegido para retratarse a sí misma desde fuera y así poderse observar y narrarse, porque mientras el escritor narrador vive su vida encerrado en sí mismo, Ángela es lo opuesto, es la liberación, es alguien sociable, alguien con todo el potencial y todas las opciones que el autor se autolimita y restringe; «Ángela, ágil, graciosa, llena del repique de campanas. Yo como si estuviera atado a un destino. Ángela con la ligereza de quien no tiene ningún fin», porque «Ángela se va haciendo continuamente y no tienen ningún compromiso con su propia vida, ni con la literatura ni con ningún arte».

Lispector, consciente de su débil estado de salud al escribir este libro, nos habla a través del autor afirmando, y dirigiéndose a Ángela, que «sabe que solo una vez será llamada y escogida. Cuando la Muerte quiera. A Ángela no le gustaría. Ahora bien, por lo que hace referencia a mí, ya estoy preparado y casi a punto para ser llamado». Y mientras la voz del Autor se apaga y se va hundiendo en una triste realidad que le acecha y le carcome, la de Ángela va creciendo, soltando su indefinición inicial, se levanta y vuela libre sin topes ni límites que la aten a ningún impedimento, ni tan siquiera a los del propio autor que la empieza a sentir lejana, descontrolada, inalcanzable, como si se escapara de unas manos que otrora tensaran unas riendas que se vuelven ya flácidas, rotas y desvanecidas en manos de su creador, de su ideólogo, de su autor.

Así, el libro consiste en esos diálogos constantes entre autor y Ángela en el que las dudas existenciales recaen sobre el autor, mientras que Ángela tiene un concepto muy claro y definido sobre ella misma porque el escritor es consciente que, en el fondo, «Ángela fue creada, pero ahora me toca a mí hacerme un hombre nuevo». Así, paradójicamente, es Ángela avanza incontrolable hacia alguien perfectamente definido, que sabe quién es y cómo es, mientras que el autor nada en el desconcierto constante y se ve superado por la afirmación incesante de su propio personaje. Las certezas de ella tienen como reflejo las dudas de él, porque «tuve que inventar un ser que fuera todo mío. Pero lo que ocurre es que ella está ganando demasiada fuerza».

«Ángela —si realmente pudiera escribir— expondría ideas en sucio, porque es incapaz de dirigirse a un posible lector con el desorden espontáneo que utiliza en este libro»; es así como la autora utiliza un alter ego para reflejar en el propio libro el estilo que su personaje utilizaría en el caso de escribir. De esta manera, el libro traza una línea invisible entre el proceso que va del pensamiento a la escritura y cuestiona de forma metaliteraria el propio acto de escribir y el resultado que de él se pretende conseguir. Así Lispector se disocia en Ángela y su autor para establecer los parámetros bajo los cuales se forma una obra, en concepto, ejecución y resultado, componiendo un relato cohesionado en el cual no existe división entre autor y lector sino que su relato forma parte del conjunto que conforma el propio universo creativo.

Por ello, el libro que ha escrito Lispector es una confesión sobre el sentido de la escritura, sobre cómo este va intrínsecamente ligado a los sentimientos y a la propia persona. La escritura como acto de existir. La escritura como acto de sentir. Inseparable lo uno de lo otro, la escritura toma cuerpo en los textos de Lispector y une sentimientos con palabras, tejiendo un relato en torno a la imbricación entre el arte de escribir como apéndice, como extensión, al acto de sentir y de existir porque «quiero escribir con palabras tan ligadas las unas con las otras que no haya intervalos entre ellas y yo», porque «escribiendo únicamente una línea a veces es suficiente para salvar el corazón de uno mismo».

En esta obra póstuma de Lispector, escrita en sus momentos finales cuando padecía el cáncer que acabó con su vida, la autora no pone un punto final a su carrera, sino justo lo contrario: es un punto de partida, un punto que parte del ahora y aquí, pues «no empiezas por el principio, empiezas por el medio, empiezas por el instante de hoy» (y que enlaza con el it de «Agua Viva»); es la desconstrucción de una vida que utilizando la figura de un escritor y su protagonista sirven a la autora para recomponerse desde el inicio, empezar de nuevo, desplegar un lienzo en blanco sobre el que esbozar, como si pudiera comenzar de nuevo, su vida, sus temores, indagando en quien es y quien quiere ser. No es una mirada atrás de la vida de la propia autora, sino un nuevo punto de partida, un nuevo inicio, un nuevo comienzo surgido desde una nada, desde el ahora sin tener en cuenta el antes; cómo la propia autora expone afirmando que «para poder escribir, antes tengo que liberarme de las palabras»; la autora hace lo propio con ella misma, despojándose de su propia existencia para poder entenderse. Una vida iniciada de golpe, como un despertar que aparece justo en el momento en que su existencia se acercaba al sueño eterno.

Dice Lispector, en boca del escritor protagonista, que «yo, como escritor que soy, esparzo semillas»; unas semillas que, de caer en tierra fértil, arraigan en uno mismo y hacen que brote con fuerza el ansia de la lectura. Lispector es una de las grandes autoras, no cabe duda, y así como afirma, con extrema belleza y atino que «la mariposa es un pétalo que vuela», dejemos que su vuelo repose en nosotros mientras, bajo su aparente suavidad, se nos desvele un torrente inalcanzable de verdades duras y certeras que buscan «para cada palabra el crujido inconsciente de un sentimiento conmovedor» en una vida difícil y compleja de la que a veces, como última opción, nos queda «refugiarnos en la locura, porque con la razón no nos basta».

jueves, 21 de julio de 2022

Clarice Lispector: La hora de la estrella

Idioma original: portugués
Título original: A hora da estrela
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (trad. al catalán para Club Editor) y Ana Poljak (trad. al castallano para Ediciones Siruela)
Año de publicación: 1977
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


De estilo muy marcado y diría que inconfundible, la literatura de Lispector envuelve la propia literatura. En esta obra, la última publicada por la autora un mes antes de su muerte, nos sitúa de nuevo en un plano metaobservador, pues nos ubica justo encima del hombro del propio escritor del relato, añadiendo a la relación entre autor y personaje(s) una capa siempre interesante a la propia creación con el diálogo constante entre lector y autor.

La autora parte de una «Dedicatoria del autor» donde a modo de prefacio se confiesa afirmando que «yo medito sin palabras y sobre la nada. Lo que me perturba la vida es escribir» a lo que añade que «se trata de un libro inacabado porque le falta respuesta. Respuesta que espero que alguien en el mundo me dé». De esta manera, y como haría de manera similar en «Un soplo de vida» (su obra póstuma escrita poco después), en este libro la autora se encarna en un escritor, Rodrigo, quien se convierte en su alter ego a través del cual se nos dirige y nos traslada sus dudas e inquietudes en el proceso narrativo. Así, Lispector da voz al creador (de personajes, de mundos, de vida y de muerte) de la narración y somete y tensa la relación entre escritor y personajes, a los que supuestamente da vida (si bien en manos de Lispector cobran vida propia). Así, en este continuo debate entre obra y autor, los personajes parecen ansiar dominar el relato, salirse de un esquema que se ofrece difuso pero inmaculado, impolutamente abierto a la fortuna de sus personajes y el escritor lucha con ellos y con él mismo en una tensión constante para que cobren vida sin que sea propia, porque ya el propio Rodrigo confiesa que «mientras tenga preguntas y no haya respuesta continuaré escribiendo». 

Lispector admite que sus personajes se van formando mientras piensa en ellos, les da forma a la vez que el autor da forma al libro. Así, en el centro de su creación, Rodrigo dibuja y moldea su personaje central, Macabéa, una nordestina (como la propia Lispector), un ser prácticamente indefenso, alguien quien «apenas tiene un cuerpo para vender, nadir la quiere, es virgen e inocua, nadie la echa de menos» y teje en torno a ella un relato desde el que la idea, le da vida y la guía en sus desventuras, acompañándola para no dejarla sola, para no abandonarla como todos han hecho porque «nada en ella era iridiscente (…) no tenía ese algo delicado que se llama encanto. Solo yo la veo encantadora. Solo yo, su autor, la amo». Pero Macabéa, a pesar de su carácter frágil, sobresale entre aquellos que la rodean. Vive entre prostitutas, pero ella es mecanógrafa. Así se rebela contra un mundo que le ha tocado en suerte (o en desgracia) y se debate entre un porvenir desalentador y el anhelo de una vida mejor a la vez que conoce a Olímpico, «un diablo ganador y vital», un chico duro, agresivo, de carácter violento aunque contenido, con malas intenciones pero disimuladas a través de un supuesto refinamiento. «Olímpico era un camorrista (…) haber matado y robado hacía que no fuera ‘un simple mierda’, eso le daba cierta categoría». Ella percibe ese fondo oscuro pero ¿quién es ella para juzgar y para elegir? Ella sueña en voz alta, viste su vida de ilusiones. Él las destruye, las aplaca, la devuelve a la realidad con aterrizajes bruscos porque «Olímpico quizá veía que Macabéa no tenía la fuerza de la raza, era un subproducto».

Estilísticamente, el relato empieza desde la reflexión consciente, con un ritmo pausado; Rodrigo se autoimpone un ritmo de escritura lento pues, a pesar de que tiene ganas de llegar al final de la historia, necesita ir poco a poco pues «ni yo mismo sé todavía cómo acabará todo» y confiesa sin tapujos que «sospecho que toda esta cháchara la hago únicamente para aplazar la pobreza de la historia, porque tengo miedo». Así, escribe sin prisas, descubriendo la historia a medida que avanza en ella y sin premura porque «sé perfectamente que cada día es un día robado a la muerte» y que «aquello que madura del todo se puede pudrir». Esta parte inicial es su mejor parte, en el debate entre autor y personaje, entre destino, voluntad y albedrío, más que la propia historia contada.

Lispector narra desde la oscuridad de unos personajes que se debaten de manera constante sobre quienes son, sobre su futuro, sobre la vida y la muerte. Ya afirma la autora, en boca de Rodrigo, que «mi fuerza se halla en la soledad. No tengo miedo de lluvias tempestuosas ni de grandes ventadas alzadas, porque yo también soy la oscuridad de la noche». En boca de Rodrigo afirma que «lo que escribiré ya debe estar escrito de algún modo en mí» y que «escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no soporto más la rutina de serme» y afirma que «la tristeza era una alegría fracasada». Y para ello construye esta historia, y «trataré de hacer, contra mi costumbre, una historia con inicio, desarrollo y ‘gran finale’ seguido de silencia y de lluvia que cae». Lispector consigue su propósito, y tiñe el retrato de unos personajes y de una lluvia que, aunque fina, cala sus huesos por ser constante, continua, y sin poder atisbar ni cuando empezó ni cuando terminará.

sábado, 27 de febrero de 2021

Clarice Lispector: Agua viva

Idioma original: portugués
Título original: Água viva
Traducción: Elena Losada
Año de publicación: 1973
Valoración: muy recomendable

Hay autores que, por motivos que se me escapan, no caen cerca de los círculos en los que nos movemos habitualmente para encontrar libros que nos llamen la atención y que no se queden únicamente en eso, sino que consigan que, una vez terminada su lectura, acabemos maldiciéndonos por no haber sido capaces de percatarnos de su existencia. Pero nunca es tarde si queda tiempo para remediarlo. Y aquí estamos leyendo a Clarice Lispector pues, gracias a que hace poco se cumplió el centenario de su nacimiento, se vuelve a hablar de ella. Algo que nunca debió dejar de hacerse.

En este breve e intenso libro de únicamente cien páginas, que me sugirieron como puerta de entrada a la obra de la autora, se nos presenta ella misma delante de un cuaderno, liso, blanco, virgen y, con ello, abierto a las infinitas posibilidades que ofrece aquello que aún no ha empezado, afirmando que «tengo un poco de miedo: miedo de entregarme, porque el próximo instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace solo?». Porque una de sus obsesiones con este libro es la búsqueda incesante del presente continuo, del momento, porque «estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que tampoco existe». Lispector constata, con pesar, que es tarea imposible, pues «quiero capturar el presente que, por su propia naturaleza, me está prohibido; el presente se me escapa, la actualidad huye, la actualidad soy yo siempre en presente».

De esta manera, el libro es una suerte de reflexiones y pensamientos que huyen de cualquier canon preestablecido, que huyen incluso de la propia literatura, porque ya la autora reconoce, de manera franca y honesta, que «esto no es un libro porque no se escribe así». Y, en ese viaje hacia el interior de sí misma, en esa introspección infinita e inacabable, se permite abrir una única salida al exterior de ella misma, dirigiéndose al posible lector que bien podría ser su antiguo amor, su ser querido, a quien interpela y escribe, con tristeza y añoranza, que «un día dijiste que me amabas. Finjo creerlo y he vivido, de ayer a hoy, en un amor alegre. Pero recordarse con nostalgia es como despedirse otra vez». Y se confiesa ante el libro como ante ella misma, porque «quiero escribirte como quien aprende. Fotografío cada instante. Profundizo en las palabras como si pintase, más que un objeto, su sombra». Y, en ese trayecto hacia la búsqueda de la verdad de su propia existencia la autora se sabe voluntariosa pero infructífera, al dudar de ella misma, pues «he profundizado en mí pero no creo en mí porque mi pensamiento es inventado».

La prosa de Lispector tiene una musicalidad poética envidiable, las palabras no únicamente fluyen, sobrevuelan el texto esperando a ser absorbidas, impregnando al lector. Como un canto al infinito, da la sensación de que la autora no pretende convencernos de nada, es consciente de que la potencia de sus palabras logrará tal efecto sin esfuerzo (aparente) por su parte. Lanza palabras como lanza ideas, dejando a merced del lector su comprensión y acierto en el disparo. Porque «escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo».

Ya la autora apunta, con falsa modestia pero tremenda intencionalidad su deseo, o inevitable atracción, en la indagación al encuentro de ella misma, pues «quiero poner en palabras pero sin descripción la existencia de la gruta que pinté hace algún tiempo, y no sé cómo». Una gruta donde ella reside y desde la cual vuelve la mirada hacia dentro de sí misma, para averiguar, para encontrar y encontrarse, afirmando, de manera aciaga, que «debo por fatal y trágico destino conocer tan sólo y experimentar tan sólo los ecos de mí, porque no capto el mí propiamente dicho». Así, nos escribe desde el agujero en el que habitan todas las dudas y sombras, afirmando que «procuro distraerme del miedo. Pero ya hace mucho que pararon los golpes reales, estoy sintiendo el incesante redoblar en mí. Del que tengo que liberarme. Pero no lo consigo, el otro lado de mí me llama. Los pasos que oigo son los míos».

Y, en ese pesar que sobrevuela sus palabras, la permanente búsqueda del presente para no afrontar un futuro certero, inapelable, inevitable, el de la muerte, siempre presente y acechante, resignándose a reconocer que «voy a morir; siento esa tensión como la de un arco a punto de disparar la flecha». A pesar de que la vida tampoco es fácil, porque «vivir es tan incómodo. Todo aprieta, el cuerpo exige, el espíritu no para, vivir parece tener sueño y no poder dormir, vivir es incómodo» y, a pesar de ello, la constatación de que la única salida es la alegría. «Estoy alegre en este instante porque me niego a ser vencida, y entonces amo. Como respuesta (…) mi propia muerte y la de los que amamos tiene que ser alegre, no sé todavía cómo, pero tiene que serlo». Y, a pesar de que «estoy preparada para el silencio grande de la muerte», tiene claro que «quiero morir con vida».

Lispector nos ofrece en esta obra compleja una reflexión profunda y constante, a la vez que fragmentada, sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, el deseo, el destino, el futuro y el pasado como elementos inseparables y eternamente ligados bajo ciclos temporales que son uno mismo. Con una prosa de estilo poético y atmósfera abstracta, incide en la representación de la vida en su propio cuerpo, sometiéndolo a base de preguntas sin respuestas, a base de inquietudes no subsanadas, a base de incertezas y pensamientos que rozan la desmesura en un exceso que la arrastra a la casi obsesión. 

«Agua viva» es una novela (por decirlo de alguna manera) compleja y torrencial, donde la autora lanza de manera continua reflexiones sin mostrar en ello un descontrol narrativo, o al menos no superior al que se acumula en su cabeza y en el que nos hace partícipes, quien sabe si para poder poner en palabras sus pensamientos y ordenar así ciertas nociones y conceptos sobre la irracionalidad de la vida. Y se nos muestra honesta y franca, reconociéndolo al afirmar que «te escribo porque no me entiendo», y acierta al escribir que lo que hace en este libro es improvisar, «improviso como en el jazz se improvisa la música, jazz furioso, improviso en el escenario». Lispector es consciente en todo momento de su aparente caos, reconociendo sin excusas que «no es un mensaje de ideas lo que transmito y sí una instintiva voluptuosidad de lo que está escondido en la naturaleza y que adivino. Y ésta es una fiesta de palabras». Sin duda lo es.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Clarice Lispector: Aprendizaje o El libro de los placeres

Idioma original: portugués
Título original: Uma aprendizagem ou O livro dos prazeres
Traducción: Josep Domènech Ponsatí en catalán para Club Editor, Cristina Sáenz de Tejada y Juan García Gayo encastellano para Siruela
Año de publicación: 1969
Valoración: muy recomendable


Es recomendable, y casi prescriptivo, volver de vez en cuando a Clarice Lispector. Porque conviene salir de la narrativa estructurada y atreverse a profundizar de nuevo en esos autores que te acercan al remolino reflexivo que te arrastra hacia la introspección, hacia el análisis de uno mismo, a la exploración de la condición humana y hacerlo sin temor a ser devorado por cierto aire de fatalismo que, por fortuna, la autora hábilmente combate y contrasta con un estilo muy elaborado, preciso y, hasta cierto punto, seductor.

En este relato, que por extensión podríamos ubicar dentro del género de la nouvelle, la autora brasileña nos lleva a esos paisajes ya conocidos de la introspección, de una mirada hacia el mundo interior y exterior que ejerce con cierto temor y recelo, con desconfianza, por miedo a lo que pueda encontrar en ese viaje pues, tal y como admite, «al fin y al cabo, vivir sólo era acercarse un poco más a la muerte».

Argumentalmente, la autora nos sitúa de manera clara y céntrica en Lóri, la protagonista principal del relato, una joven introspectiva, que teme el silencio porque la cuestiona mientras la observa, porque «el silencio te juzga, como he esperado en vano ser juzgada por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forjadas, humildes excusas hasta la indignidad (…) solo estamos hechos para el silencio pequeño, no para el silencio astral». Pero, en ese estado de incomodidad vital, conoce a Ulises, profesor de filosofía, alguien mayor que ella, con más experiencia en los asuntos del amor y de la vida. Este motivo hace que dude de la relación y de sí misma, por su inexperiencia, por una desigual situación vital que la hace vivir en una marcada dicotomía, ya que teme que la relación avance a la vez que la inquieta también su fin pues, «Ulises, entrando cada vez más plenamente en su vida, hacía que se sintiera protegida por él y tuviera miedo a perder esta protección». De esta manera, ella solo tiene ojos para Ulises, la única persona que, mirándola a ella «sabía ver la belleza disimulada y tan recóndita que un ser normal y corriente no era capaz de ver», alguien que «apareció casualmente en su vida. Él, que se había interesado por Lóri, solo por deseo, ahora parecía ver hasta qué punto era inalcanzable. Y aún más: ni tan solo inalcanzable para él, sino para ella misma y para el mundo. Ella vivía con una opresión en el pecho: la vida» y justamente esa opresión la convierte en alguien inabordable, inaccesible para Ulises, pero también para ella misma, quizá por miedo a encontrar lo que alberga en su interior, quizá por miedo a creer que no es merecedora del amor, quizá porque la habitan demonios internos que no hay silencio que la calmen ni compañero que los apacigüe; quizá, en el fondo, no hay amante que merezca. Y Ulises lo sabe, hasta el punto de confesarle que «esperaré, aunque sean años que tú también tengas cuerpo y alma para amar. Todavía somos jóvenes, podemos perder un poco de tiempo sin perder la vida entera» porque es plenamente consciente de que ella, antes que nada «necesitaba conocerse a sí misma, antes necesitaba conocer el mundo». Por todo ello, esas dudas la ponen en un brete porque ¿qué le ocurriría si finalmente se viera capaz, si fuera apta para la felicidad, si se la mereciera y fuera capaz de sujetarla y mantenerla y, a la vez, disfrutarla? ¿Sería capaz de asumirlo? Y, si lo hiciera, ¿lo haría de forma nítida, sin recelos ni temores o la albergaría de nueva esa sensación de vacío, de una expectativa perpetua de temporalidad, de desconfianza por no ser digna de tal regalo? ¿Podría así redimirse de su falta de capacidad para el amor hacia los otros, pero también hacia sí misma?

En este breve texto, la autora se desenvuelve perfectamente en aquello que domina: la narración basada en la duda vital y las relaciones amorosas, la desconfianza hacia el mundo que nos rodea pero también hacia uno mismo, la incomodidad ante la perpetua disyuntiva que nos expone continuamente a elegir un camino, día a día, a tomar decisiones para las que nunca nos sentimos preparados; Lispector, de manera precisa y con una prosa brillante, canaliza todos estos temores en Lóri, una mujer que aguanta la espera para que nunca finalice, para que nunca tenga que comprobar si esta ha valido la pena y así puede mantenerlo todo en vilo: a Ulises, a su vida, al desenlace de una pasión que no llega nunca a explotar. Porque ella «siempre se frena un poco, como si frenara las riendas de un caballo que podría galopar y llevársela Dios sabe dónde». Es este temor constante y esa desconfianza hacia uno mismo donde Lispector sabe desplegar su calidad narrativa, su prosa ácida pero envuelta de belleza, su estilo incomparable.

Tal y como afirma la autora, «hemos construido catedrales y nos hemos quedado fuera, porque tenemos miedo de que las catedrales que hemos construido sean trampas. No nos hemos entregado nosotros mismos, porque esto sería el principio de una vida larga, y nos da miedo (…) no hemos utilizado la palabra amor, para no tener que reconocer su contextura, de odio, de amor, de celos y de tantos otros contradictorios». Con ello, Lispector nos lleva a ese estado en el que la vida nos somete a un análisis sobre qué somos, qué nos falta y, especialmente, qué estamos preparados para asumir y en qué cuantía, sin temor a que desborde y nos arrastre como un alud de intensas emociones porque «es verdad que la tragedia de vivir existe, y que la sentimos. Pero eso no impide que tengamos una profunda aproximación a la alegría con esta misma vida». Así que debemos aceptar el reto, atrevernos a encontrar esa felicidad y derrotar con ella la tragedia que nos acecha en cada decisión tomada.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Clarice Lispector: Lazos de familia

Idioma original: portugués

Título original: Laços de Família

Traducción: Cristina Peri Rossi

Año de publicación: 1960

Valoración: Recomendable


La verdad es que no había oído hablar de Clarice Lispector hasta que varios de sus libros aterrizaron en ULAD, así que una vez más queda claro que aquí todos aprendemos de todos, o al menos soy yo el que aprende de todos. Casualmente cae en mis manos este Lazos de familia, que resulta ser un libro de relatos breves, lo cual no estoy seguro de que sea el medio más adecuado para testar a un escritor, pero es lo que hay. El libro se publica en 1960, cuando la autora brasileña, ucraniana de nacimiento, ya ha publicado algo de narrativa, incluyendo la que creo que es su primera y más celebrada novela, Cerca del corazón salvaje, escrita con solo veinticuatro años.

Ya puestos un poco en situación, podemos ir desgranando los distintos tipos de relatos que, con características bastante marcadas, componen el libro. Varios de ellos, colocados en la parte final, tienen un tinte muy de obra juvenil, con protagonistas adolescentes o poco menos, y un desarrollo más bien convencional. Narrados con pulcritud, son seguramente cuentos escritos años atrás que no aportan demasiado, con excepción de aquel (perdón por no recordar el título) que relata una agresión sexual, con un crescendo muy potente y una conclusión sobria que dan un resultado impecable.

Otro grupo de relatos se aproxima más a la fábula, con rasgos de humor y argumento más o menos insólito, como la historia de un perro, la más sorprendente de la mujer más pequeña del mundo, o aquella que tiene como protagonista a una gallina. Pasajes divertidos con un fondo simbólico resuelto con dignidad y eficacia.

Y quizá los cuentos más característicos, casi todos colocados al principio, son aquellos que hablan de historias cotidianas de mujeres, en tono intimista y algo brumoso, que bucean sentimientos e inseguridades que tienen que ver con el sufrimiento, el amor, la amistad o la soledad. Es escudriñar en la mente y el corazón de sus protagonistas, leer sus pensamientos y descubrir inseguridades, pequeñas envidias secretas o simplemente zonas de sombra que no conocemos pero que dejan cicatrices antiguas que no quieren ser borradas. Ocurre así en Feliz cumpleaños, uno de los relatos más brillantes, donde confluye la amargura de aquellas heridas con geniales golpes de humor.

Son finalmente narraciones que casi siempre carecen de desenlace, como trozos aleatorios de películas que se hubieran perdido: no sabemos qué hubo antes ni qué vendrá después, pero el cuadro es suficiente para transmitir emociones o definir personajes o parte de ellos. Y todo con la inconfundible seña de identidad de una prosa algo desconcertante, inexacta o improvisada, que provoca una sensación de frescura muy recomendable, a veces incluso con un punto excitante poco usual. Es en ocasiones una sintaxis forzada, en otras repeticiones o interrupciones que dan lugar a una expresión marcadamente personal a la que es difícil buscar parentescos, algo que hace de la lectura una experiencia gratificante aunque de vez en cuando, que todo hay que decirlo, peque de algún que otro exceso.


También de Clarice Lispector reseñado en ULAD: aquí

lunes, 20 de diciembre de 2021

2021: No nos lo hemos leído todo, pero... (antiguamente conocido como Lo mejor del año)

Lo que ha leído Juan:


Koldo TOP 10 Leído en 2021 + 2 Relecturas

Mención de honor para la parte fotográfica de Vale un Potosí de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougere. Dicho esto:
 
10. Humo de José Ovejero
9. No es un río, de Selva Almada
8. Simpatía de Rodrigo Blanco Calderón
7. Alguien camina sobre tu tumba de Mariana Enríquez
6. Caracas muerde de Héctor Torres
5. La canción de NOF4 de Raúl Quinto 
4. Contra vosotros de Mercedes Soriano
3. La última niebla / La amortajada de María Luisa Bombal
2. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (Juan: no te reto a duelo porque en el fondo te tengo cariño)
1. Los galgos, los galgos de Sara Gallardo

Las dos mejores relecturas del año: Caballos desbocados de Yukio Mishima y Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq.
 
Actualización de última hora: La Capilla Sixtina. Relato de una obra maestra

Montuenga:

Lo mejor que he leído este año:

Ficción:


No ficción:

Y lo peor:

Ficción:

  • Novela decepcionante de autor prestigioso: Muerte de Sevilla en Madrid de Alfredo Bryce Echenique.
  • Volumen de relatos que abandoné por indigesto para la mentalidad actual: Pájaros de fuego de Anaïs Nin.
  • Texto de auto ficción más anodino: El sistema del tacto de Alejandra Costamagna.

No ficción:

  • El más flojo e inconexo (Sin género definido): Devoción de Patti Smith.
  • Un testamento vital decepcionante: Gratitud de Oliver Sacks.
  • Biografía peor documentada: La virgen roja de Fernando Arrabal.
  • Autobiografía más tópica y repetitiva: El lugar de Annie Ernaux.

Carlos Bookboard 2021:
Como siempre, y como es bien lógico, ha habido algunas cosas algo decepcionantes, pero para qué darles más publicidad. Bastante tienen con haberles hecho un hueco.


Marc Peig:


Oriol Vigil:


Beatriz Garza:


Francesc Bon:

Otro año en que defraudo hasta mis peores expectativas, leyendo poco, tarde y mal. O a lo mejor es la cosa esta del mercado, vendiendo la moto de modo tan constante y repetitivo, que me refugio en lo conocido, temeroso del fulgor que desprenden los actos promocionales y las fajas. 
Así que:
  • Libro del año - por su modestia y por su panorámico alcance casi involuntario: Anna Ajmátova, de Eduardo Jordá - o como cubrirlo todo - ficción, historia, crónica, crítica, poesía - en unas cuantas páginas. 
  • Medalla de plata, ex aequo - Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega, o cómo gestionar el aire nostálgico con elegancia y sin sonarse los mocos. Y un 10 absoluto por su enorme valentía. Y Jordi Amat: El hijo del chófer que, aparte del orgullo intrínseco de mostrarse contestatario con el statu-quo, es un inmenso ejercicio de periodismo crítico, que empezaba a parecer un oxímoron.
  • Pelotón - demasiados y demasiado dispersos, algún ensayo muy disfrutable en su momento, pero algo ligero y, por lo tanto, no siempre memorables como para fortalecer las convicciones, así que me ahorro las menciones, perdonen los afectados.
  • Rezagados - un nutrido grupo de lecturas para cubrir el expediente, que incluyen alguna tenue decepción: Revancha tampoco es la obra de madurez de Kiko Amat, El teatro de Sabbath me tuvo demasiadas páginas preguntando por Zuckerman, y sigo sin comprender como, al margen del voyeurismo social, se ensalza tanto el valor de Valle inquietante o de Mi año de descanso y relajación, que me parecieron, ambas retratos de una sociedad o de un mundo ajeno y casi elitista.
  • Descalificado por tramposo (y por pesado) - Casi que voy a tirar la toalla con Javier  Cercas, que en Independencia demuestra que está tan obstinado en usar sus libros para restregarnos sus rancias quejas ideológicas que se ha olvidado de interesar a sus lectores, gustarles o aportar algo relevante. Así que le enseño amablemente la puerta de salida. Adeu siau.
  • Propósitos para 2022: más tiempo para alternar re-lecturas (no reseñables, ay) con algo que mitigue mi encasillamiento.

Santi (que ha leído este año menos que nunca pero aun así no ha ido mal):

Tres textos autobiográficos imprescindibles:

Cuatro novelas sobre la memoria (individual o colectiva):
 
Tres libros que te reconcilian con el mundo y con la humanidad
 
Cuatro libros de terror

Un clásico que tenía pendiente: La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. LeGuin
 
Un libro que leí porque, en fin, alguien tenía que hacerlo: Feria de Ana Iris Simón

También leí pero no me animé a reseñar: Tú también vencerás, de Jose||González; Días de euforia, de Pilar Fraile; Causas naturales, de Claudia Hernández.



NOTA FINAL:
Queridos lectores: podéis enviar vuestras listas al correo del blog: unlibroaldia@gmail.com. A finales de enero publicaremos una entrada con todos vuestros correos (indicad, por favor, si se puede mencionar vuestro nombre al publicarla).

martes, 4 de abril de 2023

Xavier Mas Craviotto: La pell del món

Idioma original: catalán
Título original: La pell del món
Traducción: publicado en catalán por L'Altra Editorial, sin traducción al castellano en el momento de publicar la reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Tenía curiosidad por saber cómo sería la nueva novela del autor de «La mort lenta», una opera prima muy interesante que mostraba indicios de gran potencial en su autor. Han pasado ya cuatro años desde la publicación de esa novela y por el camino ha escrito poemarios como «La gran náusea» (aprovecho aquí para reivindicar su lectura), otra de las vías creativas del autor y más prolíficas. Y debo decir que en este libro ambos géneros se encuentran muy próximos, pues el estilo de Mas Craviotto se ha afilado y ha ampliado y perfeccionado el uso de metáforas y alegorías, a menudo recursos más próximos a la poesía que a la novela.

En una clara muestra de influencias literarias (que el autor no esconde, como detalla en su nota final), el libro empieza con la cita de un libro de Clarice Lispector, y eso ya es algo admirable y un acierto por lo que el libro ofrece. Y a esa cita le sigue una entrada de las impactan y suponen toda una declaración de intenciones, la apertura a una antesala de introspección: «Querrías saber cómo soy. Querrías entenderme. Pero cuando piensas en mí, solo sabes ver la muerte». Con ello, una de las protagonistas se nos dirige en una suerte de monólogo interno o introspectivo en el que afirma que «las preguntas que se hacen por dentro solo pueden tener respuestas que también vengan de dentro. Y piensas que hacen mucho ruido, las preguntas que vienen de dentro. Mucho más que las que se hacen en voz alta.»

Así, con pocas páginas, el lector toma consciencia de cómo ha evolucionado la prosa de Mas Craviotto, pues ha agudizado su estilo y le ha dado un contenido más profundo, más introspectivo y estilísticamente más próximo a la poesía. Aun así, es claramente identificable y deslumbra en el uso de sus alegorías, como cuando afirma que «porque las imágenes y los recuerdos, como las bacterias, te habitan el cuerpo y la mente y, con la paciencia persistente y tozuda de las hormigas, te van creando túneles de memoria por dentro». De esta manera, este libro se acerca a «La gran náusea» en la sabia elección de las palabras y en el viaje al interior de los sentimientos sin mostrar miedo alguno a aquello que se encuentre en el arduo viaje. Y la cita inicial de Lispector no es gratuita, tiene su más alto sentido, pues el libro conecta de manera ineludible las reflexiones sobre la vida y la muerte y aquello que somos, en un continuo diálogo laberíntico en el que la única salida válida es la cordura. Porque el pasado marca la vida y el presente, a veces, nos lo exhibe de nuevo como desafiándonos, como sometiendo nuestra fortaleza con clara intención de quebrantarla. Porque la protagonista habla de su madre que está en un hospital en los últimos días de su vida, en un cuerpo que ya no responde, con «dos ojos vivos dentro de una cosa quieta y dura e inerte. Dos ojos vivos dentro de una cosa muerta. Como si los ojos fueran la única ventana de vida que le queda abierta. La única puerta que la conecta con el mundo» e intuimos con ello que la relación entre madre e hija no fue fácil, o simplemente no fue y, ahora que la tiene enfrente, postrada en la cama del hospital, reconoce que «te esfuerzas a recordar que la madre es una mala persona. Te lo recuerdas porque te ha parecido que te empezaba a dar un poco de pena (…) La maldad de la madre era de las silenciosas. Una maldad pasiva, cómplice». Tampoco la relación con el hermano fue fácil, ni entre ellos dos ni con los padres, pues «nunca hablaba de vosotros, como hacen todas las madres del mundo. Las madres que conoces siempre hablan de sus hijos. Como si fueran la cosa más importante que les ha sucedido nunca. Pero madre era diferente. No hablaba nunca, de vosotros.»

A nivel estructural, el autor alterna tres momentos narrativos, tres líneas temporales: las escenas en las que están en el hospital y que le sirven al autor para profundizar en los recuerdos pasados acerca de la relación familiar entre hermana, hermano y padres, la evocación de escenas de la infancia y, por otra parte, breves pinceladas con las sesiones con el terapeuta con quién repasa su estado anímico en un punto indefinido temporalmente y hacen de puente entre presente y pasado y la infancia como tercer y marcado momento. Esta alternancia está bien estructurada ya que no rompe el ritmo narrativo sino que sirve para aplicar una especie de zoom emocional reviviendo momentos puntuales que van estrechamente enlazados con lo descrito en la trama principal en la que dirige su mirada especialmente a la infancia. Porque la infancia nos marca, a todos, y Mas Craviotto sabe utilizar sus recursos poéticos para describir los ambientes opresivos de una casa donde el padre impone su voluntad y el resto calla, por falta de opciones pero también por costumbre. Y por miedo. Y el ambiente es incómodo, hasta el punto de que se nota que hay «una calma tensa quieta que molesta un poco, porque es la calma que siempre hace la casa después que padre se enfade y chille e insulte a madre. Una calma peligrosa. Como si la casa aguantara la respiración para no molestar demasiado, ahora que todos estáis tristes». Y aquí vemos otro aspecto singular (por inusual) de la novela: la narración en segunda persona, un punto de vista que emula a un testigo presencial y que añade tensión a la propia de los protagonistas. Un «tú» que sitúa al narrador (y por extensión al lector) en una posición a medio camino entre testigo y juez.

La novela nos habla también de la relación entre la protagonista y su hermano al que vuelve a ver después de muchos años, de quién no sabía apenas nada, en un reencuentro siempre tenso, siempre violento, porque después de tanto tiempo «entre vosotros nacían, muy lentas, todas las distancias». Un hermano del que se distanció después de la adolescencia, alguien por quien siente rabia por haber sigo tan débil en los momentos en los que ella tenía que ser fuerte; alguien que a sus ojos es un extraño («no podía ser que aquel hombre fuera tu hermano (…) pero al mismo tiempo aún podías reconocerle alguna facción, algún tipo de movimiento facial, un batido casi imperceptible en las aletas de la nariz que te decía que sí, que ese era tu hermano, y era el de siempre»). De esta manera, a medida que avanzamos en la lectura entendemos el ambiente dentro de la familia y el por qué ella se marchó del pueblo. Pueblos pequeños, cotilleos grandes. Y situaciones familiares conflictivas. E inevitables. Como si fueran contagiosas, como si fuera una plaga de la que lo mejor es apartarse. Porque «estas cosas se transiten de padres a hijos. La rabia y el odio se heredan. Pasan de una generación a la siguiente» y en la escuela lo sabían, porque «cuando entras en el aula, todos los silencios hablan de ti», porque en sus casas se hablaba de ello y «aquella escuela era como el pueblo pero en miniatura». 

Parece que hay una literatura centrada en las relaciones familiares desestructuradas, narradas desde los más damnificados, los pequeños, indefensos, frágiles…. Hay casos en los que vemos de manera clara que el amor existe y también el afecto aunque sea unidireccional y en el que la protección va en sentido inverso al natural. Hablamos de Douglas Stuart con «La historia de Shuggie Bain» o también de Jesmyn Ward y «La canción de los vivos y los muertos», por poner un par de ejemplos. Pero hay otros casos en lo que el amor no existe en ningún caso ni de ninguna forma, donde lo que abunda es miedo, temor y odio. Porque existe también, y nos lo cuentan perfectamente Winkler, Bastašić y Kristof, entre otras. Este libro se enmarcaría en este último grupo, a pesar de la belleza de su narración poética. Y ubica la acción del reencuentro familiar en el hospital, ese lugar donde parece que el pasado nos atrape después de una vida huyendo de él, un lugar común de reencuentro y revisión (como hizo Mouawad en «Todos pájaros» o también Annie Ernaux en «No he salido de mi noche»), como si el lecho de muerte fuera la pasarela por la que desfilan los recuerdos y los rencores pasados, en un camino ineludible a la muerte que transitamos acompañados de dolor, pérdida pero también añoranza. Pero la aridez de esta lectura también nos hace llegar ecos que resuenan fuerte a Bendicho y sus «Tierras muertas» por la dureza del relato, por ese padre desgraciado («un grandísimo hijo de puta», según un conocido), y al que también, de manera similar, topa con el final de su vida de manera abrupta y sin saber el rostro del verdugo que ha terminado con su camino de desgracias infringidas o también por el entorno rural y la brutalidad de estar rodeados de muerte, en los animales y en sus propias almas. El autor nutre el relato de una fuerte tensión ambiental y emocional, a veces contenida a través de forzados silencios («Pero callas. Porque hay muchas cosas a decir y pocas palabras que puedan decirlas. Y porque los silencios te gustan más que las palabras»), otras veces expuesta, porque inevitablemente hay momentos en que «percibes muchas cosas. Cosas que dormían alrededor, silenciosas y quietas. Nunca te las habías mirado demasiado. Porque no os las miráis demasiado, las cosas que duermen. Pero hoy tu hermana las ha despertado todas. Y madre quería que siguieran dormidas, porque las cosas dormidas no hacen ruido». 

Por todo ello, y a pesar de su innegable dureza, la novela de Mas Craviotto es un claro ejemplo de que la belleza de un texto está muy por encima de la amarga historia que presenta y que, a pesar de la tristeza que desprende, uno puede disfrutar de su lectura solo por el placer de encontrar un autor que sabe plasmar con las palabras unas emociones que, con o sin experiencia previa, podemos comprender y compartir.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàusea, Animals inexpressius, La llum subterrània