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lunes, 18 de diciembre de 2023

2023 en libros. El único veredicto que vale

¡Pues sí, amigos! Llega el día en que todas las listas de "lo mejor de 2023" palidecen, pese al título de la entrada, ante la proverbial independencia, modestia y buen gusto de los reseñistas de ULAD. Porque no estamos ante la lista de los invitados a la boda del crítico de turno (no, Babelia y El Cultural, no estamos diciendo que vosotros hagáis eso) y porque no pretendemos sentar cátedra diciendo qué es lo mejor que se ha publicado en 2023 (¡coño, que hay tropecientas mil novedades y habremos leído un 0,0001%!). Esto solamente es, nada más y nada menos, lo mejor que hemos leído en 2023.

No podemos dar paso a la lista sin antes recordar lo que para nosotros ha sido la peor noticia que nos ha podido dejar este 2023: el fallecimiento, en el mes de agosto, de nuestro compañero Emilio. Las reseñas que dejó programadas y que hemos ido publicando estos últimos meses dan idea de lo que para Emilio fueron sus mejores lecturas del año.

Sin más, aquí tenéis nuestro dictamen

El veredicto de Koldo (por ahora):


La sentencia de Juan:

Palabra de Oriol:

La sentencia de Francesc:
 
      No muy bien habrá ido la cosa cuando he tenido que revisitar mis reseñas para poder componer esta lista. Así que
  • Recuerdos que prevalecen sin excesivo esfuerzo, o sea, MUY BIEN: Material de construcción de Eider Rodríguez, o cómo lidiar bien, literariamente, con la pérdida, y Les voltes del món de Tuli Márquez, a ver si el mundo editorial se entera del talento de este hombre y se le traduce al español.
  • Demasiados ensayos que se han quedado a medias o que me ha dado la impresión de que no conectan profundamente con la realidad, así que no los mencionaré. La realidad no lo pone fácil, cambiando cada dos por tres.
  • Alguna biografía musical que tiene más pulsación narrativa que mucha narrativa, como Bobby Gillespie en Un chaval del barrio o Jarvis Cocker en Buen Pop Mal Pop
  • Extraño reencuentro por partida doble con Houellebecq, del cual Unos meses de mi vida me ha mostrado una sorprendente actitud frágil y victimista. Curioso que su acercamiento a sí mismo le haya hecho desenfocar su aguda visión de la sociedad.
  • Y a ver si las cosas mejoran. O sea, que los tótems atinen o que las eternas promesas se consoliden. Ya, por favor.

El panegírico de Santi

En un año de bastantes pocas lecturas (una vez más), afortunadamente ha habido algunas buenas o muy buenas:

Resolución (recurrible) de Carlos

El dictamen de Marc:
  • Libro del año: «Un caballero en Moscú», de Amor Towles
  • Ensayo del año: «La supervivencia de los más ricos», de Douglas Rushkoff
  • Grandes consolidaciones en narrativa: Xavier Mas Craviotto, por «La pell del món»
  • Descubrimientos del año (autores): Byung-Chul Han con «La expulsión de lo distinto»
  • Caerán más libros de: Clarice Lispector, Siri Hustvedt, Amor Towles, Paul Auster
  • Propósitos para el 2024: más poesía, continuar con más ensayo y reencontrarme con la narrativa tras un año sin grandes lecturas

viernes, 22 de septiembre de 2023

Bret Easton Ellis: Los destrozos

Idioma original: inglés
Título original: The shards
Año de publicación: 2023
Traductor: Rubén Martín Giráldez 
Valoración: recomendable
 
Un fantasma recorrió la crítica literaria española a principios del verano: Los destrozos de Bret Easton Ellis era una obra maestra, era la gran novela americana, era la mejor novela de su autor, que vendría a sustituir en su "canon personal" a American Psycho o Menos que cero. Así que yo, que diría que soy más seguidor que fan de Bret Easton Ellis (me he leído 2/3 de su obra aproximadamente) tenía que leérmela y decidir por mí mismo. 
 
Mi conclusión, que probablemente nadie pondrá en una faja ni en la página de la editorial: Los destrozos es una novela que engancha; que engancha muchísimo: cuando llegas a la mitad ya no quieres parar de leer hasta acabarla para tener todas las respuestas (y estamos hablando de una novela de casi 700 páginas). PERO en mi opinión el hype es muy excesivo: ni me parece la mejor novela de Ellis, ni la más original, ni tiene la significación y relevancia cultural de las primeras que publicó. De hecho, esta casi se puede situar como un ejemplo más de la estetización de la nostalgia ochentera, a lo Stranger Things...

Empezamos por lo que funciona: la trama y la construcción de la novela, la creación de suspense y su capacidad para mantenerlo hasta el mismísimo desenlace (del que no diré nada porque si no me acusan de hacer demasiados spoilers). Básicamente la novela se sustenta en dos niveles narrativos paralelos: por un lado, las relaciones entre un grupo de adolescentes que comienza su último año en el instituto Buckley de Los Angeles (entre los que se encuentra un tal Bret que está escribiendo un libro llamado Menos que cero), al que llega un nuevo y misterioso miembro, Robert Mallory, que vendrá a desequilibrar todo su mundo; y por otro, los crímenes de un asesino en serie al que llaman "el Arrastrero" (un nombre bastante improbable, la verdad), que se dedica a secuestrar y asesinar a chicas después de juguetear con ellas (llamadas telefónicas, allanamientos, pequeños robos, modificaciones en el mobiliario...). 
 
Desde muy pronto ambas líneas comienzan a cruzarse, de forma más o menos explícita: ¿qué relación hay entre la llegada de Robert y el inicio de los crímenes? ¿Por qué Robert parece mentir constantemente sobre su pasado? ¿Por qué los crímenes parecen irse centrando cada vez más, como una espiral que se cierra, alrededor del grupo de protagonistas? Ah, amigo: tendrás que leerte casi 800 páginas para descubrirlo.

Ya se puede ir viendo que hay algunos aspectos de la novela que son "puro Bret Easton Ellis": la ambientación en Los Angeles; los protagonistas, un grupo de chavales y chavalas riquísimos, guapísimos, atractivísimos, drogadísimos, insulsísimos. Con todo, y como decía antes, esa especie de nihilismo existencial(ista) que tan bien reflejó Menos que cero, y que creo que es uno de los grandes valores de aquellas primeras novelas, ahora, en 2023, post crisis del 2007-8, post-covid, post-Trump, suena un poco vacío y recalentado, más como un recuerdo (y de hecho toda la novela está contada por el Bret Easton Ellis adulto, desde una distancia de 40 años) que como una realidad relevante para explicar nuestro mundo. Sí que es verdad, y en esto sí que estoy de acuerdo con algunas de las críticas que he leído, la bisexualidad abierta y explosiva del protagonista está presentada aquí con más madurez y menos carga de culpabilidad, y de una forma más explícita y sensual, me parece, que en las primeras novelas.

Y a partir de aquí empiezan mis problemas con la novela: en primer lugar, con la técnica elegida por Ellis para contarla. Se supone que el narrador está escribiendo esta novela (después de varios intentos fallidos) cuarenta años después de los hechos; y sin embargo, la novela nos describe con absolutamente todos los detalles imaginables (qué música sonaba en cada momento; qué películas daban en el cine qué días; qué ropa cada persona en cada momento; cómo fueron sus gestos, sus palabras, sus posturas). Solo un par de veces, si no me equivoco, el narrador dice "no recuerdo esto" o "no estoy seguro sobre esto"; y en las últimas páginas todavía tiene el coraje de decir "escribo esto porque los recuerdos están empezando a borrarse". Y ya sé que la lectura implica una cierta "suspensión de la incredulidad" y aceptar el juego que nos propone el autor, pero para mi gusto esto es intentar hacernos comulgar con ruedas de molino. Hasta una obra tan primeriza como El Lazarillo es más fiel a la forma como funciona la memoria, con sus lagunas, su fragmentariedad, sus escenas perfectamente converdadas rodeadas de enormes mares de olvido... (Haced la prueba: intentad recordar vuestra vida cotidiana no digo en 1981, que muchos igual ni habíais nacido, sino hace 10 años. ¿Conseguiríais recordar exactamente todos los detalles de todos los días de todas las horas?).

No es el único aspecto técnico o estilístico que me puso de mal humor, sobre todo en la primera mitad de la novela, antes de entrar en el ritmo frenético de lectura: en primer lugar, Ellis se pasa, creo, con las prolepsis ("las cosas terribles que nos iban a pasar ese año", "los horrores que estaban a punto de comenzar", "ese fue el último día en que fuimos felices", etc.), que es un recurso que funciona muy bien para crear tensión e interés, pero si se abusa acaba por resultar cansino (y creo que Ellis abusa, como digo). Probablemente es un recurso que ha aprendido de Stephen King, un autor al que ya "imitó" en Lunar Park y que aparece profusamente citado en Los destrozos (el protagonista lee Cujo y va al cine a ver El Resplandor, por ejemplo). De hecho, otro autor al que imita Bret Easton Ellis es a Bret Easton Ellis: las referencias musicales, cinematográficas o geográficas que en las primeras obras aparecen de forma natural y orgánica, en esta novela parecen insertadas artificialmente, para darle textura y contexto a la narración, pero de forma algo forzada. 

En fin: que si os gustan Stephen King y Bret Easton Ellis (o, más en general, si os gustan las novelas de intriga o terror con ambientaciones decadentemente lujosas y abundantes escenas de sexo), vais a disfrutar como enanos con Los destrozos. Pero no vayáis esperando leer algo radicalmente original o que vaya a cambiar vuestra visión del mundo o de la vida porque, en fin, esta no es una novela de ese tipo.


También de Bret Easton Ellis en ULAD: Aquí

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Jair Domínguez: Segui vora el foc


Idioma original: Catalán  
Año de publicación: 2014
Valoración: Se deja leer (siendo muy tolerante)

 La portada de Segui vora el foc da vergüenza ajena. Lo siento, pero es así. Estuve a punto de no leer la novela sólo por esto. Yo no conocía al autor, ni me sonaba el título de la obra. Lo único que tenía frente a mí era esta horterada. Y las primeras impresiones tienen mucho peso. La portada no es seria. Ni siquiera deliberadamente ridícula. Por favor, ¡si tiene la tipografía, los colores y la maquetación propias de un pakaging de muffins destinado a una target muy hipster!

 Cuánta cursiva, diréis. No os enfadéis. Parece que hablar así es de cronistas posmodernos. En Segui vora el foc se explota mucho este recurso. Emo y selfie son sólo dos de las muchas palabras en cursiva que aparecen en este libro.

 Perdón, ya me he tomado las tilas. Prosigo. Intentaré controlarme; ya está bien de tanto despotricar. A estas alturas de la reseña, parece que la novela no me haya gustado nada. Y debo decir que, aunque no me ha parecido espectacular, tiene un aspecto positivo a destacar. La historia es algo anárquica y no está pulida ni en tono ni en ritmo, su protagonista apenas evoluciona, y, no obstante, el libro tiene frases interesantes. No brillantes, pero sí perspicaces. El libro, de hecho, es un cajón de sastre (o a veces un "cajón desastre") donde Jair Domínguez volcó todas estas frases y las interconectó como buenamente pudo. Es decir, el libro es una excusa, vale, pero si fingimos que no nos hemos percatado de lo endeble que es su razón de ser, puede funcionar a su manera. 

  Quedémonos con las frases, que son, cuanto menos, interesantes. Abordan temas como la corrupción institucional de las editoriales o la decadencia de la narrativa (¡qué ironía!). También señala el triunfo que la mediocridad ha logrado gracias a internet. La falta de moral en el sujeto contemporáneo. O la sociedad del cansancio, aunque expuesta desde una perspectiva muy distinta a la ya vaticinada por autores como Byung-Chul Han o Michele Serra. 

 El problema es que Jair Domínguez no denuncia críticamente estos aspectos de nuestro presente. Parece, más bien, señalarlos en un patético intento de ceñirse a un determinado modelo de literatura, un modelo irreverente y ácido. Ya sabéis, en plan Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk. Bueno, en los momentos en que ambos autores están en más baja forma. Ah, no olvidemos el aderezo a lo Hunter S. Thompson. Puro postureo, vamos. 

 Espontaneidad agradecida, pero sin contener mínimamente. Escándalo barato, (mal)entendido como fin, no como medio. ¿Absurdo y experimental a lo David Lynch, como pregonan algunos? ¡Ni de coña! ¡Ni de forma intencional ni sin querer! Pero las frases... Les falta honestidad y mala leche, y sin embargo las frases no están tan mal. Tenemos aquí a uno de esos escritores con la osadía de un acróbata a los que les falta la técnica necesaria para mantenerse en la cuerda. Jair Domínguez acaba por precipitarse al vacío. Al menos grita durante su caída, eso tengo que reconocérselo. Y las piruetas previas a la caída, aunque ahora sabemos que eran una fanfarronada, también han tenido su qué. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      viernes, 15 de diciembre de 2017

      Roberto Saviano: La banda de los niños

       Idioma original: italiano
      Título original: La paranza dei bambini
      Año de publicación: 2016
      Traducción: Juan Carlos Gentile Vitale
      Valoración: Muy recomendable

      Mártires del Compás es un grupo musical que hace flamenco-fusión o algo parecido cuyo nombre siempre me ha hecho gracia, por lo original y certero: hasta donde yo sé (que no es mucho), en la música flamenca no hay peor pecado que perder el compás, precisamente. Y cada vez estoy más convencido de que lo mismo ocurre en la literatura; en la narrativa, al menos: un escritor puede hacer lo que quiera con sus personajes, con la trama, recrearse en descripciones o digresiones sin fin, permitirse experimentos modernuquis, cambios de ritmo (que no es lo mismo que el compás, aunque a los legos en música nos cueste entender la diferencia), lo que sea... pero, si equivoca el compás, si se trabuca en esto tan básico, está perdido. Dominarlo y manejarlo con soltura es algo fundamental, creo yo, para que una historia pase a ser una buena historia, una novela se convierta en una gran novela.

      Algo en lo que, desde luego, destaca Roberto Saviano -posiblemente de una forma instintiva y no adquirida, pues ya ocurría en su debut literario, la celebérrima Gomorra-; esta La banda de los niños se diría que avanza a golpe de palmas y cajón flamenco. O quizás al de la caja de ritmos de un gangsta-rap, más adecuado para contar la historia -basada en un hecho real y todo eso-, de un grupo de chavales que, a lomos de sus scooters, como unos modernos forajidos, se hacen con el control criminal del centro de Nápoles, aprovechando una grieta del Sistema, un inusual vacío de poder que a ellos les sirve para eclosionar, cual unos Podemos de la Camorra. Chavales muy jovencitos pero despiadados, que no dudan en recurrir a los métodos más expeditivos; de hecho, su líder, Nicolas el Marajá, es un auténtico psicópata, amén de un macho alfa obsesionado con el poder. Un animal político, por otra parte: lo único que le interesa de la escuela es la lectura de Maquiavelo. Los demás miembros de la banda -Dientecito, Briato', Dragón, el pequeño Bizcochito...- aun siendo también bastante animales de bellota, le van a la zaga por varios cuerpos; en todos ellos, en cambio, lo que mueve su emergencia juvenil no es tanto la ambición ni, desde luego, la miseria, sino la borrachera de formar parte de un grupo, de seguir a la jauría (iba a utilizar un sinónimo, pero ya me da asco hasta la palabra), de rebozarse juntos en la violencia, ya sea en la vida real o en los videojuegos; en  las películas de gángsters o en el sexo aprendido en Pornhub. Aunque, al fin y al cabo, se trata de la historia más vieja que existe: el hijo, los hijos, que se rebela contra el padre -literal y metafóricamente, aquí-; Lucifer que se enfrenta a su Creador y se convierte en el Ángel Caído  -una referencia que sospecho Saviano ha tenido en cuenta, como apreciarán quienes lean la novela-, que también debe tener aspecto de niño, por qué no...

      La novela remite también, inevitablemente, al libro que sirvió de presentación -y de qué manera- a este autor napolitano; ahí está el background de La banda de los niños, el poso, el mantillo del que surgen estas flores del mal que son el Marajá y sus colegas... Tampoco puedo dejar de acordarme de esa otra estupenda historia de Giancarlo De Cataldo que es Una novela criminal, sobre la banda de la Magliana. O incluso la narrativa de Bret Easton Ellis. Pero quizás sean más bien las referencias cinematográficas las que, de forma inevitable, acuden a la mente al leer este libro: por supuesto, Uno de los nuestros está presente o El precio del poder. O esa filigrana de relojería que es Un profeta, de Jacques Audiard. Y, desde luego, también recuerda a La naranja mecánica, aunque, a diferencia de Álex y sus drugos, estos niños de Forcella no se mueven, o no sólo, por un impulso nihilista. De hecho, lo más perturbador de toda la novela, más todavía que la minoría de edad de esta banda de traficantes, asesinos y hasta terroristas, resulta el hecho de que representan al Caos que acaba con el Orden, sí, pero también al Nuevo Orden (las resonancias fascistas de este concepto tampoco son desdeñables) que sigue al Caos. Y ya sabemos que todo orden, pero más aún el que quiere imponerse, puede ser terrible.


      Otros libros de Roberto Saviano reseñados en Un Libro Al Día: GomorraLo contrario de la muerteCeroCeroCeroLa belleza y el infierno

      sábado, 9 de diciembre de 2017

      Bret Easton Ellis: Lunar Park


      Idioma original: Inglés
      Título original: Lunar Park  
      Traducción: Juiz Rodríguez Cruz
      Año de publicación: 2005
      Valoración: Repugnante 

      Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

      Creo que a Ellis le ocurre como a Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

      Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

      La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

      El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

      Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

      Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

      En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

      Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 


      También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

      martes, 1 de agosto de 2017

      Adam Haslett: Union Atlantic

      Idioma original: inglés
      Título original: Union Atlantic
      Año de publicación: 2009
      Valoración: recomendable

      Después de haber devorado «Imagina que no estoy», su más reciente novela hasta la fecha, tenía curiosidad por leer otro libro del autor, y en este caso con una temática totalmente diferente.

      Publicado en plena crisis económica, el libro se centra especialmente en los hechos que provocaron la caída de Lehman Brothers y sacudieron la economía mundial. Aún hoy seguimos sufriendo sus consecuencias, pagando todos por la temeridad de algunos, en aquellos tiempos de aparente bonanza. Aunque se trate de un libro de ficción donde la crisis económica es el telón de fondo de la novela, sí sirve para recordar el porqué de lo sucedido, no únicamente en clave económica, sino también sociológica.

      El libro empieza con un prólogo bélico donde se nos explica el pasado en el ejército de Doug Fanning, magnate de las finanzas. Ya en el primer capítulo vemos rápidamente la evolución del personaje hasta situarnos en el presente y somos testigos de la disputa que tiene con su vecina, Charlotte Graves, acerca del impacto que la construcción de la nueva mansión de Doug ha causado en los terrenos donde ella vivió su niñez, rodeada antiguamente de campos que la mansión de Doug ha destruido. Así, tenemos el escenario del conflicto entre los dos personajes principales de la novela. En paralelo, el autor nos descubre cómo, en el banco donde trabaja Doug, se ha producido un problema de liquidez a raíz de una mala especulación bancaria que, a su vez, afecta al hermano de Charlotte, presidente de la reserva federal de Nueva York. Además, en medio de tal embrollo, aparece Nate, un estudiante a quien Charlotte da clases particulares y que a la vez está relacionado con Doug. Estos personajes conforman el núcleo alrededor del cual se desarrolla la trama de esta novela.

      A partir de ahí, la historia se desarrolla en torno a este conflicto entre personajes. La lucha entre dos personalidades tan distantes y extremas como las de Doug y Charlotte sirven como ejemplo del choque de culturas y mentalidades que el autor quiere exponer. Hablamos de Doug y de su casa ostentosa, inmensa, insultantemente majestuosa, pero vacía por dentro, sin muebles ni indicios de servir de hogar para una vida; en el otro extremo, la de Charlote, en claro contraste por la calidez de un hogar antiguo, lleno de vida, de libros. Así, de forma análoga a la vida de sus habitantes, vemos los extremos de la sociedad retratada: mundo exterior vs mundo interior, ostentación vs humildad, apariencia vs intimidad. 

      En una primera parte donde vemos el origen de lo que está a punto de suceder, Haslett nos hace un perfecto retrato de los personajes, aunque hay cierto exceso en el pasado de Charlotte, proporcionando demasiado detalle sobre su pasado que, aunque permite ver cómo llega a la situación actual, no es de excesivo interés; tampoco lo son sus habituales conversaciones con sus perros, ya que le restan credibilidad al personaje al caricaturizarlo.

      A excepción de este aspecto, el libro es interesante por estar nutrido de elementos de denuncia: se aborda (aunque levemente) el conflicto en Afganistán, se exponen los motivos por los cuales una ambición desmesurada, sin escrúpulos, de los agentes de bolsa e inversores cortoplacistas provocó la caída del sistema financiero mundial; se denuncia la pérdida de valores al importar más aquello que se aparenta que lo que se es, así como el enaltecimiento de la ostentación como aspiración máxima en la vida. Se critica la pérdida de los valores transmitidos por las generaciones anteriores, así como también a la adolescencia sin ideales y sus flirteos con las drogas, el alcohol y el sexo. De todos modos, a pesar de las buenas intenciones del autor, echo de menos una mayor profundidad en el desarrollo de los temas expuestos y también percibo un exceso de tendencia hacia el thriller empresarial (a la manera de John Grisham en «La tapadera» o Joseph Finder en «Paranoia»). Si el autor hubiera dejado de lado ciertas inclinaciones hacia lo superficial y acercamientos a la novela de nihilismo juvenil (a lo Bret Easton Ellis de «Los confidentes» o «Menos que cero») y se hubiera centrado en la trama principal, probablemente hubiera abarcado menos temas, pero le hubiera quedado una novela más redonda. 

      En cualquier caso, el marco donde se engloba la historia es bueno, la intención es clara y los personajes están bien definidos. El ritmo es algo y engancha. Lo que lastra la novela y su valoración es la conjunción de todos los elementos, bien definidos pero no bien entrelazados; como si su mera presencia fuera suficiente para sostener la historia. Aun así, a pesar de estos inconvenientes, la novela se lee a una velocidad abismal, y parece ser seña de identidad del autor, a juzgar por lo que también me ocurrió con «Imagina que no estoy» aunque en ese caso el libro es mucho mejor, más redondo, profundo e interesante. 

      Con esta novela, Haslett nos habla acerca del boom financiero previo a la caída de Lehman Brothers, a esa época donde la gente vivía montada en el dólar, donde los campos y bosques fueron devastados para construir urbanizaciones. Donde la especulación estaba a la orden del día y parecía que todo el mundo podía ser rico, y es más, debía serlo. La falta de escrúpulos propia de quién tiene un exceso de ambición. Eran tiempos de ganar a toda costa, de arribismo desmesurado, de ambición sin límites; todo lo perdido en escrúpulos, se ganaba en dinero. Todo esto nos suena, nos retumba en la cabeza, nos sorprende y nos indigna. Pero existió. Y existe. Y es real. Y puede suceder de nuevo porque la ambición no entiende de épocas, solo de posibilidades.

      También de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoy, Aquí no eres un extrañoMadres e hijos

      sábado, 15 de julio de 2017

      Douglas Coupland: Microsiervos

      Idioma original: inglés
      Título original: Microserfs
      Año de publicación: 1996
      Traducción: Juan Gabriel López y Carmen Franci
      Valoración: muy recomendable

      He leído algunas novelas, situadas en un momento muy concreto, a las que el paso del tiempo les ha sentado fatal. Una de ellas es Less than zero de Bret Easton Ellis. Es un ejemplo que considero paradigmático y que, al lado de Microsiervos, no muy alejada en la época, resulta más claro. Porque Microsiervos sí ha aguantado ese duro test. Y muy bien. Por mucho que nos choque su maquetación y por mucho que alguna de las marcas que figuran (¡Blockbusters!) suene a la edad de piedra, esta novela que surgió del desarrollo de un par de relatos publicados en esa Biblia del mundo tecnologico que fue Wired ha llegado a maravillarme por momentos. y lo ha hecho sin hacerme olvidar que estaba leyendo una especie de diario de la eclosión de eso llamado era de la información, eso que tanto criticamos y denostamos pero que, por ejemplo, está permitiendo tanto que yo escriba esto como que alguien pueda leerlo.

      La vida de Daniel es su trabajo y viceversa. Trabaja en Microsoft y eso consiste en estar inmerso en proyectos compartidos con fechas de entrega implacables. Conlleva convivir con compañeros de trabajo de la empresa, habitar las viviendas que ésta les facilita en sus campus, estar sumergido en un espacio-tiempo de jornadas agotadoras sin estar pendiente de hora o día de la semana, todo ello a cambio de un salario, un paquete accionarial, un todo material que compense o dé la ilusión de que compense el enorme sacrificio. Los personajes de Microsiervos parecen caricaturas pero no lo son. No muestran pulsaciones humanas salvo ese torrente de consciencia que es Daniel observando lo que sucede a su alrededor, en un mundo que parece puesto del revés. Su padre, en la cincuentena, pierde el trabajo y parece que su experiencia laboral se deletee. Parece que sea él el becario y sea él el aprendiz mientras los veinteañeros, impetuosos, ambiciosos, formados, acostumbrados al nuevo hábitat, están pendientes de venerar ese nuevo tótem, Bill Gates, que les ha procurado ese perverso placebo de la falta de preocupaciones que consiste en estar siempre ocupado trabajando.
      "A los 21 anyos, uno hace un pacto faustico consigo mismo; la companya para la que trabajas tiene permiso para quitarte de 7 a 10 anyos de tu vida, pero a los 30 tienes que abandonar la companya. Si no lo haces, es que te pasa algo RARO."
       Dan y sus compañeros andan obsesionados con varias cosas. Con su competidor y némesis, la Apple de 1995 (pre iPod, pre iPhone, pre iPad), con las medias de las edades de los empleados de las compañías (31,2 años en Microsoft), con piezas de Lego y su indestructibilidad, con un montón de marcas de compañías de todas clases. La cuestión del desempleo de su padre parece preocuparle relativamente: Dan no piensa que él vaya a necesitar trabajar a esa edad. Parece que piense que todos ellos a los cuarenta ya vayan a vivir de los rendimientos de sus carteras de valores y puedan huir del mundo como Thoreau en Walden o vayan a ser ese curioso tipo que vende productos macrobióticos en esa tienda al lado de tu casa que piensas en cómo narices hace para mantenerse a flote. Sus relaciones son a través de los conductos inocuos de comunicación. Teléfono, correo electrónico. Todo aséptico y a distancia, o todo en compañía de esa nueva familia que son sus compañeros de trabajo.
      "He puesto un viejo compacto de Bessie Smith, y hemos seguido sentados mientras el alcohol perturbaba nuestros códigos, nuestros pensamientos, nuestras vidas, al menos durante lo que quedaba de oscuridad, hasta que nos reclamara de nuevo el trabajo."
      Luego Dan y los suyos abandonan la compañía para montar Oops!, una start-up. Para intentar una aventura en solitario, para ayudar al padre de Dan, para demostrarse a sí mismos que son más que esos microsiervos esperando órdenes de sus superiores para lanzarse sobre el teclado.

      A pesar de lo cual, Microsiervos no parece tanto un alegato contra el capitalismo sino contra todo el modo de vida actual, basado en la terrible competencia, en la carrera tanto por llegar el primero a los sitios como para capitalizar de forma inmediata el mérito de haber sido el primero. Lejos de ser una obra desde la que el lector observa, por el ojo de la cerradura, la existencia de esos geeks y esos nerds (vocablos intraducidos a lo largo de todo el texto, guiño importante), esta novela, dinámica, amena, no tan ensimismada como puede parecernos y desde luego plenamente actualizable a poco que uno renueve sus referencias, incorpore todos los nuevos cacharritos reales y virtuales (redes sociales, smartphones, tablets y demás) y se dé cuenta de que hay demasiadas cosas demasiado arraigadas y que es demasiado tarde para parar.