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martes, 1 de septiembre de 2015

Patrick Modiano: El lugar de la estrella

Idioma original: francés
Título original: La Place de l'Étoile
Año de publicación: 1968
Valoración: interesante

El punto de partida: esta era la última oportunidad que le daba a Modiano: después de leer En el café de la juventud perdida y La hierba de las noches había llegado a dos conclusiones: los que dicen que Modiano siempre escribe la misma novela tienen razón; y además esa única novela de Modiano no me interesa un carajo. Cafés bohemios, mujeres misteriosas, un mundillo del hampa de lo más inofensivo, un París de tarjeta postal... No, gracias. Así que El lugar de la estrella, o mejor dicho, la Trilogía de la ocupación (que también incluye La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación), iba a ser su última oportunidad. Si esta novela era igual que las otras, Modiano y yo habíamos terminado para siempre (como Vila-Matas y yo, por ejemplo).

Para situarnos: El lugar de la estrella es la primera novela de Modiano, publicada originalmente en 1968, cuando el autor tenía 23 años. El título es un juego de palabras entre la "Place de l'Étoile" (la plaza donde se sitúa el Arco de Triunfo) y la place de l'étoile, literalmente "el lugar de la estrella", o sea, el lugar donde los judíos debían colocarse la estrella amarilla que los identificase durante el nazismo y la ocupación de Francia. La novela fue muy bien acogida, obtuvo varios premios y el apoyo de Queneau, pero también el rechazo del padre del propio Modiano.

Primera impresión: esta novela no es como las otras novelas de Modiano que había leído: es mucho más oscura, mucho más incómoda, mucho menos autocomplaciente. Punto positivo para él.

El argumento: Raphael Schlemilovitch es un judío antisemita que vive en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial, y que transita (o se imagina que transita) por diversos ambientes históricos o imaginarios de la Francia ocupada y de la posguerra. Así, se transforma en informante de la Gestapo, en el "judío oficial del Tercer Reich", en tratante de blancas, en emigrante judío a Israel, en paciente de Sigmund Freud...

Novela postraumática: El lugar de la estrella es la expresión (así lo interpreto yo) de traumas individuales y colectivos. El personaje de Schlemilovitch tiene algo del padre del propio Modiano: judío sefardita, escapó de la deportación y se dedicó después a negociar en el mercado negro, llegando a tener tratos con la Carlingue (la Gestapo francesa). Pero también tiene algo de Maurice Sachs, un escritor judío colaboracionista (a pesar de lo cual murió deportado a un campo de concentración) que aparece como personaje en la novela. Así, la vida familiar de Modiano se combina con la vida colectiva de Francia, que todavía no ha terminado de purgar las culpas por su actuación durante la Segunda Guerra Mundial, la pasividad o el colaboracionismo de una parte de su población y su antisemitismo visible desde el famoso "caso Dreyfus" (que también es una constante en la novela).

Lectura incómoda: No es esta una lectura fácil, por dos motivos, uno de técnica y otro de contenido. En cuanto a la técnica, Modiano rechaza la narración lineal, y crea un mundo narrativo en el que los saltos en el tiempo y en el espacio son constantes, y en el que la realidad y la imaginación se mezclan como en los sueños. Cuesta cogerle el hilo al texto, e incluso cuando se coge el hilo hay que seguirlo con esa lógica onírica que hace pensar, por ejemplo, en El maestro y Margarita de Bulgákov. Además, la profusión de referencias culturales y literarias francesas que hoy nos resultan desconocidas (la de Maurice Sachs, por poner un ejemplo) aleja también el texto del lector actual no francés -y sospecho que también del francés medio, que no estará tan enterado de la vida intelectual y literaria de su país a mediados del siglo pasado-.

Lectura incómoda 2: Pero El lugar de la estrella también es incómodo por su contenido: el protagonista es un judío antisemita, un antihéroe capaz de seducir mujeres inocentes y entregarlas para la trata de blancas, egoísta, mentiroso, traidor. Es, por decirlo así, la encarnación de todos los tópicos antisemitas sobre los judíos. Aunque el texto tenga un obvio objetivo hiperbólico y paródico, aun así nos removemos incómodos en la silla al ver cómo se "juega" con el nazismo, el Holocausto, el antisemitismo, la fundación del estado de Israel... El propio autor lo debió de ver así porque, según he leído, en ediciones sucesivas de la obra eliminó algunos párrafos que consideró excesivos, por ejemplo uno en que se afirmaba que "los judíos no tienen el monopolio del martirio".

Conclusión: ¿Le daré por lo tanto más oportunidades a Modiano, o hasta aquí hemos llegado, esto es todo, amigos, sayonara, baby? Pues sí, creo que se las daré. No diré que El lugar de la estrella me haya encantado porque, como digo, es una lectura incómoda por motivos diversos. Pero sí me ha parecido una novela atrevida, original, densa, compleja, que plantea cuestiones duras en una sociedad demasiado complaciente consigo misma. Quizás no me haya convencido todavía de que Modiano se mereciera el premio Nobel, pero sí se ha ganado más oportunidades.

También en ULAD de Patrick Modiano: Tres desconocidasLa hierba de las nochesEn el café de la juventud perdidaRopero de la infanciaCatherine

sábado, 9 de marzo de 2024

Colaboración: Dora Bruder, de Patrick Modiano

Idioma Original: Francés.

Título Original: Dora Bruder.

Año de Publicación: 1997

Valoración: Muy Recomendable

París, la ciudad luz, es para Patrick Modiano la ciudad de las tinieblas. Porque la luz es movimiento y la oscuridad inacción. Y es que, desde la desaparición de Dora Bruder, en esta ciudad el tiempo se ha detenido.

Un día, el narrador -Modiano mismo- encuentra un anuncio de 1941 donde se reporta como desaparecida a una niña judía, Dora Bruder, al fugarse de un internado. Así él iniciará su búsqueda, no a través de la historia, sino del olvido y de la indiferencia, en esa Francia a la par cuna de los Derechos del Hombre y colaboradora de la Gestapo, donde se revelará un París ajeno a nuestra idea habitual de belleza, en un ambiente gris e indiferente pero salpicado de poesía con atardeceres que aniquilan, estaciones de metro que emergen de la neblina y reflejos enigmáticos entre las familias Bruder y Modiano.

En su investigación, los edificios hablarán lo que otros han intentado borrar. A través de registros civiles, internados y cárceles -materialización del olvido- Modiano hará resonar los ecos de los que no tuvieron voz, ecos que nos hablarán de Dora y su familia, de esos migrantes que huyen de un cazador solo para que una bestia los devore. La historia de esta niña va más allá del pueblo judío: interesa a toda la humanidad. Como también interesa desenmascarar a París y mostrar ese lado crudo que tanto se maquilla y que lo fue aún más en ese invierno de 1941, el más duro de la ocupación, empeñado en separar familias y sembrar incertidumbre. ¿Por qué Dora se fugó? ¿En qué condiciones se refugió ante ese ambiente tan adverso? ¿Cómo pudo su padre registrarla como extraviada ante la policía si ellos mismos lo estaban buscando? ¿Se reencontró con sus padres? Solo Modiano puede arrojar luz en la oscuridad, o en este caso, oscuridad en una luz que borra todo.

Como en cualquiera de sus novelas, la sencillez de Modiano sacude. Basta con una caminata vespertina para comunicarse con Dora. Pero es una comunicación fundada en interrogaciones persistentes, en preguntas que la niebla de París parece despejar pero el tiempo acrecienta. Modiano refleja la complejidad de la historia en oraciones sencillas pero lo suficientemente mordaces para comenzar a cuestionar lo que otros han escrito y así liberar y liberarse: hay que salir de los caminos habituales y andar en callejones sin salida porque ahí se encuentra la verdad, o lo que queda de ella en fotografías rotas y archivos ilegibles. He aquí la otra gran virtud de este escritor: arrebatar a los que él llama guardianes de la historia el secreto que ellos mismos olvidan que custodian.

Los ecos de Dora, como ella, regresan y se van. Son una huella en el vacío, como la de tantos. Pero su destino ha sido reivindicado en la escritura de Modiano con un secreto victorioso. Nos toca aplicarlo.

Firmado: Arturo Jiménez Viveros

Unos cuantos libros de Modiano reseñados en ULADaquí


miércoles, 29 de junio de 2016

Patrick Modiano: Tres desconocidas

Título original: Des inconnues
Año de publicación: 1999
Idioma original: Francés
Traducción: Mª Teresa Gallego Urrutia
Valoración: Se deja leer

Dijo la "academia sueca" cuando otorgó el Nobel a Patrick Modiano que era el "Marcel Proust de nuestro tiempo", lo cual no deja de sorprenderme. Me lleva a plantearme una de las siguientes opciones de cara a justificar esa afirmación:

a) Que no hayan leído a Proust (lo dudo)
b) Que no hayan leído a Modiano (lo dudo)
c) Que yo haya leído a los dos y no tenga ni puñetera idea de literatura (lo más probable)
d) Todas las anteriores

Sinceramente, el único nexo que veo entre Proust y Modiano (además de ser franceses) es la importancia de la memoria en sus obras. Y punto. Y escritores contemporáneos con continuas referencias al recuerdo, a la memoria, al pasado, los hay a millones. Pero doctores tiene la iglesia y académicos la academia sueca.

¡Ya sabéis que es comparar a alguien con Proust y me llevan los demonios!

Pero vayamos al grano con estas "Tres desconocidas", obra que se compone de tres relatos de cierta extensión (unas 40 páginas cada una) protagonizados, cada uno de ellos, por tres chicas que, ya en su madurez, recuerdan episodios que tuvieron lugar al final de su adolescencia. 

Nos encontramos, nuevamente, con lugares y tipos comunes a toda la obra de Modiano. Lugares como París, sus calles y cafés, los internados. Y personajes como esos jóvenes marcados por la ausencia de figuras familiares, solitarios, desorientados, que buscan su lugar en el mundo, que buscan puntos de referencia (da igual que sea una habitación de hotel, una plaza, un café o una secta religioso-filosófica), personajes que se mueven en una perpetua bruma, que parece una mezcla de sueño y realidad.

También el estilo de la obra es el mismo al que Modiano nos tiene acostumbrados: frases cortas, personajes dibujados con apenas unas pinceladas (vamos, igual que Proust) y un cierto toque nostálgico que envuelve todo el relato.

Pero el libro no termina de engancharme. Esos episodios que se evocan deberían tener un carácter iniciático o de epifanía y no dejan de ser casi anécdotas, vagabundeos que dan la impresión de no conducir a nada. Y sí, la vida es así, pero uno espera algo más.

En cualquier caso, hay que admitir que Modiano escribe bien. O muy bien, incluso. De hecho, el libro tiene algunos momentos muy interesantes, como la imagen de los caballos atravesando París de madrugada camino al matadero, a la muerte (imagen poderosísima, para mí).

Pero este "Tres desconocidas" es, en mi modesta opinión, una obra muy menor dentro se su extensa trayectoria, en la que me atrevería a recomendaros "La trilogía de la Ocupación", su obra para mí, más recomendable. Pero eso será ya en otra reseña, si la hay. 

lunes, 28 de agosto de 2017

Patrick Modiano: Ropero de la infancia

Idioma original: Francés
Título original: Vestiaire de lènfance
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable

Llevaba un tiempo sin leer a Modiano. Y no sé si ha sido este período de descanso o, simplemente, que quizá le haya cogido el tranquillo al francés, pero he de admitir que "Ropero de la infancia" me ha gustado.

Los detractores de Modiano le acusan de escribir siempre el mismo libro, aunque más bien se trata de que la obra de Modiano gira, casi de forma exclusiva, en torno a la memoria, a un pasado ya inaprensible, con personajes que viven en una especie de intemporalidad.

En este caso, la no-acción característica de Modiano se situa en una ciudad indeterminada, que bien pudiera ser Tánger o Casablanca, y el personaje principal es Jimmy Sarano (anteriormente conocido como Jean en su juventud parisina), escritor de folletines para la radio, antiguo escritor de cierto éxito en París y desterrado en la ciudad para tratar de aliviar el peso de una culpa que crece con los años.

En esa ciudad africana de la costa, Sarano aparece rodeado de personajes de los que apenas conocemos nada, salvo su vacío y su incomodidad vital. Entre esos personajes está Marie, joven de veinte años, que es la chispa que prende el recuerdo en Sarano. Los rasgos de Marie harán que Sarano hurgue entre sus recuerdos y esa búsqueda le llevará a Sarano a París, a 1965, a una época, a una ciudad y a una juventud perdidas para siempre. Boulevares, teatros, cafés, personajes del pasado que entran y salen de la novela y de la vida como si fuesen fantasmas que surgen de las brumas de la memoria.

Quizá toda esta indagación en el pasado, toda esa búsqueda, no conduzca a nada o quizá sí. Puede que, gracias a ella, obtengamos respuestas a preguntas vitales o puede que solo sean fuegos de artificio. Pero, ¿a quién no le gustaba ver aquellas luces de colores en el cielo?

En fn. No diré que Modiano vaya a ser uno de mis autores de cabecera, pero esa forma de retratar el vacío, cierta angustia vital y el tiempo que se fue para no volver jamás me han llegado más que en otras ocasiones. Tendré que volver a él y comprobar si es que mi percepción sobre su obra está cambiando o si, simplemente, he tenido un "mal día".

domingo, 24 de febrero de 2019

Reseña a cuatro manos: Patrick Modiano: Catherine

Título original: Catherine Certitude
Idioma original: Francés
Traducción: Miguel Azaola
Ilustraciones: Sempé
Año de publicación: 1988
Valoración: Guay

Comprarle a tu hija de 10 años un libro escrito por todo un Premio Nobel, aunque algo polémico (eso sí), como Patrick Modiano e ilustrado por Jean Jacques Sempé, famoso por la serie de libros protagonizada por El pequeño Nicolás, puede parecer un autorregalo del padre, ¿verdad? 

Bien, lo admito, algo de eso hay. Pero también hay mucho de cambiarle un poco el paso. Le gustan los comics (Bone, Los diarios de cereza, etc), pero de vez en cuando se deja caer por casa con libros de la biblioteca de colegio del tipo “Los futbolísimos”, “Geronimo Stilton” y demás. ¡Por ahí no paso! ¡Uno es un intelectual y ha de mantener su reputación! ¡No pueden llegar visitas a casas y ver al lado de los libros de Proust las “aventuras” de los futbolísimos, joder!

Total, que probamos con un escritor serio, un ilustrador de prestigio y un libro publicado hace más de 30 años. La historia, de apenas 95 páginas, generosa fuente de letra y abundantes dibujos, se asemeja bastante a las novelas para adultos de Modiano. En ella, Catherine rememora momentos de su infancia parisina, con un padre dedicado a oscuros negocios y una madre ausente que vive bien lejos. ¿Os suena de otros libros de Modiano? 

Aunque esta vez, y como no podría ser menos tratándose de un libro infantil (en teoría), el peso que tiene la indagación en la memoria no es tan grande. Pero lo dejo por ahora y, ya que estamos ante un libro "infantil", le paso la palabra a Irantzu, la “beneficiaria original del libro”. Aquí su aportación:

Argumento (sin spoiler): 
Catherine vive en París con su padre y los dos llevan gafas. Su madre vive en Nueva York y Catherine quiere ser bailarina, al igual que ella. Su profesora de baile (Madame Dismailova) la obliga a quitarse las gafas para bailar y entonces se ve en dos mundos diferentes: cuando lleva gafas ve el mundo real y cuando se las quita ve un mundo “borroso y tierno” (¡Será vaga la tía! ¡Casi se lo ha copiado de la contraportada!). Catherine se aprovecha de eso porque no todas las niñas pueden ver como ella, solo las que llevan gafas

Valoración personal: 
Este libro me ha gustado mucho porque te dice que nunca te olvidarás de los recuerdos.

Bueno, un poco parca en palabras la chiquilla, ¿no? En fin, que a mí también me ha gustado mucho. Catherine es entretenido, divertido, tierno y, sobre todo, su autor trata a los niños como los seres inteligentes que son, al contrario de lo que parecen hacer ciertos libros para el público infantil. Además, los lectores habituales de Modiano encontrarán en el todo el imaginario del autor y los no iniciados podrán adentrarse en un mundo y una literatura de lo más personal (aunque a algunos no acabe de convencer al 100%)

Koldo CF e Irantzu

viernes, 21 de noviembre de 2014

Patrick Modiano: La hierba de las noches

Idioma original: francés
Título original: L'Herbe des nuits

Traducción: Mª Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Confieso que yo soy una de esas personas (y creo que no soy precisamente el único) que cuando le dieron el Premio Nobel a Modiano pensaron: "¿Por qué?". Hasta el día del Nobel solo había leído una novela suya, En el café de la juventud perdida, y coincido totalmente con la reseña que le hizo Montuenga: me pareció una sinsorgada llena de tópicos y con una imagen mitificada de la bohemia parisina que, la verdad, me pareció ya bastante pasada: cafés, mujeres misteriosas, paseos nocturnos... ¿No hemos leído ya esto mil veces antes, desde el siglo XIX hasta ahora?

Pero bueno, como le dieron el Nobel me sentí en la obligación de leer algún otro libro suyo, para poder hablar con conocimiento de causa, así que me compré este, uno de los últimos, La hierba de las noches, y la verdad es que me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, que tampoco era difícil. Y ahora, voy a hacer como cierta revista de cine que resume "Lo mejor" y "Lo peor" de las películas, por variar un poco más que nada.

Lo mejor: Empezando por lo que cabía esperarse de un Premio Nobel: Patrick Modiano escribe bien, y no me refiero tanto al estilo sino a la construcción de la novela, autorreflexiva y consciente en todo momento del ritmo narrativo. La novela se desarrolla a través de los recuerdos más o menos fiables, más o menos deshilachados del autor sobre acontecimientos que ocurrieron casi cincuenta años antes; para reconstruirlos se ayuda de una pequeña libretita negra en la que anotaba casi arbitrariamente nombres, direcciones, frases, descripciones, y de un dossier policial que le entrega un funcionario jubilado.

Esa es una de las claves para que me haya gustado esta novela más que En el café...: que hay, aunque sea sutilmente, un cierto aire de misterio casi detectivesco en la novela. Relativamente pronto en la novela descubrimos que casi todos los personajes guardan algún secreto, que casi todos (solo se salvaría prácticamente el narrador) están envueltos en algo turbio, y tendremos que esperar casi hasta el final para descubrir de qué se trata. Es sobre todo el personaje femenino principal, Dannie, quien más evidentemente esconde algo, o mejor dicho, casi todo. (Aunque el desenlace, dicho sea de paso y sin querer hacer spoilers, no termina de responder a tantas expectativas).

Lo peor: Que, como el propio Modiano ha declarado, en realidad siempre escribe la misma novela. Sí, esta me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, pero hay tantos elementos comunes que no me extrañaría acabar confundiéndolas, con el tiempo: tenemos París, por supuesto, con sus barrios numerados, sus líneas de metro, sus bulevares y sus cafés noctámbulos; tenemos a una muchacha misteriosa que lleva al narrador de un sitio para otro como un perrito faldero; tenemos un ambiente entre bohemio y patibulario con un conjunto de personajes secundarios bastante sospechosos...

En fin, que si todas las novelas de Modiano van a ser así, con leer una o dos es suficiente. Escribe bien, faltaría más, tiene sensibilidad para crear personajes y ambientes; pero con eso no basta -no debería bastar- para que te den un Nobel. Para eso, que se lo hubieran dado a Murakami, y acabábamos...

También de Modiano en ULAD: En el café de la juventud perdidaTres desconocidasEl lugar de la estrellaRopero de la infanciaCatherine

sábado, 27 de febrero de 2016

José Carlos Llop: Reyes de Alejandría

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Lo siento: Reyes de Alejandría me ha decepcionado. Aunque puede que por los mismos motivos por los que a otros puede gustar. Así de equívoco vengo hoy tras haber dado cuenta del libro en tres ratitos de nada. 
Modiano. Uno de esos Nobel polémicos. Para mí, a pesar de la poca atención que he prestado a su obra (quizás sea este un buen momento para un propósito de enmienda), uno de esos Nobel inexplicables. Pues algunas menciones hay a Modiano aquí, y encima una notita en el fajín llama a Llop el Modiano español. Así que si eres seguidor del francés que monta un libro con tres cosicas de trama, quizás este sea tu libro.
La cuestión metaliteraria. Aparte de ese tono elegíaco hacia dos ciudades, Palma y Barcelona (no sin ahorrarse sutiles varapalos hacia cómo ciertas cuestiones políticas las han hecho evolucionar, del mencionar a Marguerite Duras, y de andar constantemente con una ambigüedad (que zanja proclamando que se trata de una novela, y no de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica o de cualquier otro circunloquio con el que se nos endilgue una narración que bebe del pasado de su narrador), y de usar expresiones trufadas de profunda volubilidad (valga el oxímoron), no sé el motivo por el que, especialmente superadas las primeras 70 u 80 páginas, me ha empezado a invadir una honda sensación (agudizada por la portada; aire de Dylan) de que Llop ha leído alguna que otra cosilla de Vila-Matas. No lo sé, lo juro. 
El empacho cultural. Casi podría hacer una reseña tan extensa como el libro si empezase a elucubrar con todos los iconos culturales propios de la generación del autor a que se hace mención aquí. Voy a permitirme ni siquiera consultar el libro para enumerar aquellos que han dejado más huella en mi memoria. Dylan, of course. Serrat, Sisa, Traffic, Creedence Clearwater Revival, Pink Floyd, Leonard Cohen, Crosby, Stills, Nash & Young, Ezra Pound, T.S.Eliot, Kavafis, Duras, Modiano, Rilke, Hesse. Una sustancial parte del libro parece una enumeración de gustos no por defendibles menos obvios y que, perdonen que tire de cierta subjetividad, parecen alineados para epatar, como para decir qué gusto tiene el autor (perdón, el protagonista) y, de paso, situar inequívocamente la narración en tiempos y lugares reconocibles: la transición, los años 70, esas cosas que a la vez suenan lejanas en el tiempo pero accesibles en la memoria colectiva.
Y aunque Llop ejerza esa especie de crónica de hermano mayor (cuánto porro, cuánta noche de juerga), resulta que lo que en la brillante Solsticio fluía de forma natural, aquí se anquilosa y se hace pesado y hasta reiterativo. Tanta insistencia en las menciones culturales convierte Reyes de Alejandría en un conato de obra generacional que se autoexcluye de hacer guiños a otros sectores. Ni siquiera la esporádica inclusión de personajes ajenos al narrador (amigos, novias) dinamiza una obra que (como Modiano) se extiende en una divagación estética y de  falso sentido progre que (aunque el estilo la sustente) se pierde en constantes falsos arranques sin que la cosa llegue a concretarse.
Y en la contratapa insisten en que esto es una novela.

También de José Carlos Llop en ULAD: Solsticio

martes, 27 de agosto de 2019

Zoom: Lacombe Lucien, de Louis Malle y Patrick Modiano

Idioma original: francés
Título original: Lacombe Lucien
Año de publicación: 1974
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Valoración: interesante y está bien

Durante la ocupacion alemana de Francia, en la II Guerra Mundial, Lucien Lacombe es un muchacho de un pueblo del sudoeste del país, hijo de un soldado cautivo y empleado a su vez en un hospicio de ancianos. Tras intentar incorporarse al maquis, acaba un poco debido al azar y otro poco al resquemor, integrándose en un grupo parapolicial que ayuda a la Gestapo en la represión de los resistentes. 

De esta forma, de un día para otro, en el verano del 44, Lucien se ve formando parte de una pandilla variopinta, que comprende desde el fascista convencido al resentido o a quien no ha encontrado su lugar en otro sitio. Además, por medio de uno de sus compañeros, entra en contacto con el sastre judío Horn, que espera escondido la oportunidad de pasar a España, y con su hermosa hija France. En fin, que con las cartas repartidas, con los papeles asignados, ya puede empezar la historia... es decir, la película.

Porque este libro no es una novela, aunque pueda leerse como tal, ni una obra de teatro, aunque ídem, sino un guión cinematográfico, el que escribieron Patrick Modiano y Louis Malle para el filme que éste dirigió en 1974 y que en su momento supuso una conmoción en Francia, puesto que trataba sobre un tema casi tabú hasta ese momento: el del colaboracionismo con los invasores nazis durante la guerra mundial (tema que ya había tocado Modiano, cierto es). Pero, sobre todo, porque además el protagonista no se metía a colaborador filonazi por fanatismo u odio a judíos y comunistas, sino por cierta dejadez, por dejarse llevar, por estupidez, incluso... Vamos, por las mismas razones que la mayor parte de la población francesa (y la de cualquier otro país) tomó partido en aquel entonces, supongo. Es más, en algún lugar he leído que lo que pretendían hacer los guionistas era ejemplificar en su protagonista aquel concepto acuñado por Hannah Arendt de "la banalidad del mal"; mal que así no estaría encarnado por un sturmbannführer de las SS convencido de que su superioridad racial le eximía de cualquier escrúpulo ético o moral, sino por un campesino francés capaz de cometer cualquier atrocidad sólo porque se ha juntado con unos amigachos que le invitan a beber y le permiten vaguear a sus anchas cuando no tienen que perseguir a los maquis.

En este punto, sin embargo, quisiera, si no defender, sí resaltar una mayor complejidad de la que parece en el personaje de Lucien: su posicionsmiento y actuación no son sólo frutos del azar, de la pusilanimidad o la molicie, sino también, en gran medida, debidos a un rencor social que, en vez de manifestarse a través de la lucha de clases colectiva, lo hace por medio de una violencia individual, utilizada, en este caso, por un grupo fascista. Y hay también, claro, una urgencia juvenil, una necesidad de expresarse, de ser oído y de conseguir aquello que algunos disfrutan por nacimiento o por edad, pero que un adolescente pobre no tiene paciencia para esperar.

Estas circunstancias le dotan al personaje de Lucien de un carácter algo más trágico de lo que sugiere la propia peripecia política o bélica, algo que se percibe mejor en la película (según yo recuerdo) que en la lectura del libro. Porque si leer un guión no deja de ser un ejercicio interesante, cuando se trata de un determinado tipo de historia y determinado estilo de cine, no deja de resultar una lectura incompleta, me temo.


Otros títulos de Patrick Modiano reseñados en Un Libro Al Día: Tres desconocidasEl lugar de la estrellaCatherineRopero de la infanciaLa hierba de las noches,En el café de la juventud perdida

viernes, 24 de junio de 2011

Patrick Modiano: En el café de la juventud perdida


Idioma original: francés
Título original: Dans le café de la jeunesse perdue
Año de publicación: 2007
Valoración: Se deja leer


Fascinación, ambigüedad y mito son los ingredientes básicos de una novela que en principio prometía, en cuyo ambiente uno se introduce como en el viejo café que menciona, paso a paso, disfrutando de la penumbra y de una vaga promesa de serenidad y misterio a la vez.

La encargada de fascinarnos es Louki, una chica que completa el paisaje del local y cuya figura se mezcla superficialmente con las de los parroquianos en imágenes fugaces e inmóviles, como retratos de la memoria. El rastreo de sus pasos y la reconstrucción de su personalidad serán intentos fallidos de crear suspense. Porque sólo una serie de cuadros aislados y un protagonista ambiguo no pueden mantener la intriga mucho tiempo. Hay otros personajes igual de imprecisos que se nos van presentando en actitudes poco convincentes o bien lanzando frases lapidarias. Esta ambigüedad puede resultar atractiva durante unas docenas de páginas pero si el autor no se ha guardado ninguna carta, si no cuenta con unos antecedentes verosímiles y unas personalidades coherentes, la fábula se acaba derrumbando. ¿Cómo pretende Modiano sostener este entramado hasta la última línea? Por medio del mito, supongo. El del viejo café que custodia secretos, el mito de los bohemios que formaron parte de una década – la de 1960 – ya de por sí mítica y que remite, o eso pretende, a más historias. Sin olvidar el mito que encierra París mismo y el evocado por los nombres de calles y garitos, que van puntuando e intentan prestar sustancia a un relato que no la contiene en sí mismo. Ni siquiera se logra inculcar en el lector la nostalgia que, imaginamos, sienten los personajes, ya que no se trata de una nostalgia real y vivida, sino sólo nominal y literaria.

Una novela que, en cuanto la acabamos, se nos empieza a olvidar rápidamente, en la que abundan los tópicos y lugares comunes, dónde la ausencia de acción ha de sustituirse por palabras huecas (como esa alusión a la vida de verdad, en mayúsculas) y por constantes preguntas sin respuesta, en la que los distintos puntos de vista no difieren entre sí demasiado; incluso el desenlace, en su pretensión de impresionar al lector, no pasa de ser un episodio absurdo más, entre tantos, que no logrará conmovernos. Aunque algo permanece: un estilo agradable, un conjunto de referencias culturales, en principio atrayentes pero muy gastadas ya, unas cuantas imágenes borrosas, sin entidad, en blanco y negro, una anécdota inconsistente y fragmentaria, y un regusto tristón y amargo, en el fondo bastante insustancial.

También de Modiano en ULAD: La hierba de las nochesTres desconocidasEl lugar de la estrellaRopero de la infanciaCatherine

lunes, 8 de diciembre de 2014

Joyce Carol Oates: Violación: Una historia de amor

Idioma: inglés
Título original: RAPE A love story
Año de publicación: 2004
Traducción: Santiago Roncagliolo
Valoración: muy recomendable

Dijeron Patrick Modiano. Yo había apostado, internamente, por una descabellada teoría, la de que los de la Academia optarían por desconcertar al planeta concediendo dos premios seguidos a dos mujeres que escribieran en inglés. Y Joyce Carol Oates es, igual que era Munro, igual que, espero, sigan siendo algunos otros, una de esas eternas aspirantes. Así que, obediente y planificador, opté por una de esas novelas cortas, por uno de esos platos degustación. Pues menudo acierto, si toda su obra es así. Porque Violación, una historia de amor es una joya. De síntesis, de estructura, de ritmo narrativo. De todo. Puede que abuse algo de esa especie de sentido del suspense, tan cinematográfico y tan propio de los géneros judiciales y/o policíacos, Pero eso dista mucho de ser un defecto. Puede que a muchos les parezca hasta un poderoso incentivo.
Como se deduce de su sinopsis, de su título y hasta de la foto que ilustra la portada de la edición que he leído, nos enfrentamos a una situación dura. Dura y cruel. Añadámosle injusta. Teena Maguire, viuda de 35 años, decide volver a casa con su hija de 12 años tras las celebraciones de una noche de 4 de Julio. Por el camino del parque de Niagara Falls acortarán diez minutos. En teoría: porque están siendo seguidas por un grupo de jóvenes vecinos, que, bajo los efectos del alcohol, las drogas, y una cierta sensación de impunidad, violarán a Teena y la golpearán hasta dejarla al borde de la muerte. Bethie, la niña, se escapará por los pelos de un destino tan trágico, pero quedará marcada por ser testigo de la agresión que sufre su madre. Y la novela se embarca, a partir de esa fuerte imagen inicial, la de Teena postrada agonizante en una cabaña en el parque, en una historia que es a la vez de hundimiento y de resurgimiento. Nada puede seguir siendo igual cuando Teena, que salva la vida, sabe que los que la han agredido son vecinos y conocidos que pensaban que tenían derecho a hacerlo. Nada puede seguir cuando, a medida que son detenidos, un abogado sin escrúpulos pero con una tarifa espectacular, logre hacer dudar al jurado de aquello que es más que obvio. La agresión en toda regla empieza a ser puesta en tela de juicio en un juego tan legal como inmoral. Teena empieza a temer por cómo acabe todo.
Y hasta aquí explico. 
Construida como una narración de suspense, Violación, una historia de amor, es, virtualmente, una de esas novelas que no se puede soltar hasta acabarla. Con su ligera sensación coral y con la apuesta por personajes muy hábilmente huidizos del estereotipo, esta es una de esas novelas que cala en el lector y que sirve, con sus 160 páginas, como aperitivo para abordar alguna de las obras en gran formato de Joyce Carol Oates. 
Pero dijeron Patrick Modiano.

Otras obras de Joyce Carol Oates reseñadas en Un Libro Al Día: Puro fuegoRey de Picas, Bestias

miércoles, 22 de febrero de 2023

Mercedes Guillén: Picasso con los exiliados

Idioma original: Español 

Año de publicación: 1973 (2023)

Valoración: Recomendable

Aclaración previa nº 1: El texto que hoy traemos a este blog faro de la intelectualidad de oriente y occidente es la reedición parcial de la primera parte del libro "Picasso", publicado originalmente en 1973, al que hay que sumar un más que interesante epílogo de carácter biográfico que sobre la autora de este texto escribe Laura Vicente. De ahí esa doble fecha que indico en el año de publicación.

Aclaración previa nº 2: Se cumplen este año, y más concretamente el día 8 de abril, el 50º aniversario del fallecimiento del que a buen seguro sea el pintor español más importante del siglo XX (y de la historia, why not?). Nos adelantamos, por tanto, a la previsible avalancha de libros y lo hacemos con uno que muestra una faceta íntima y cotidiana del malagueño.

Al lío. "Picasso con los exiliados" son parte de las memorias de Mercedes Guillén, fundadora de Mujeres libres, asociación situada en la órbita de la CNT con la que peleó por la liberación social y de género en los años previos a y durante la Guerra Civil española, y abarcan en su gran mayoría los años 1939-1946 y su amistad con Pablo Ruiz Picasso en el exilio parisino.

Son años de inestabilidad, de abandono, de inseguridad, de choque brutal entre la España devastada por la guerra y la abundancia (inicial) de París, de una guerra que sucede a otra guerra. Son momentos en los que sale a relucir el heroísmo de los pequeños gestos frente a los recelos de las autoridades galas y aquí es donde surge la figura de un Picasso preocupado por el destino de los españoles que llegan a París con una mano delante y otra detrás.

Guillén nos presenta, con su mirada tierna, a un Picasso llano y natural que trata de hacer más llevadera la situación siniestra y el ambiente denso y angustioso del París de la Ocupación. No es ni pretende ser este un texto hagiográfico sino más bien un texto que presenta a un hombre "normal y corriente", a un Picasso en las distancias cortas, más allá de que para buena parte de los españoles de la época y lugar fuese una figura mitad paternal mitad deificada.

Pero estamos en París, en 1940, en un ambiente artístico,  y es inevitable la abundancia de nombres y referencias (calles, plazas, bares...), lo que otorga al texto un aire evanescente que, por momentos, trae a la cabeza las novelas de Patrick Modiano. Nombres que apenas aparecen y desaparecen, lugares de paso, etc. Y quizá el texto adolece de lo que me parece lastra las novelas de Modiano: cierta "livianidad", cierto no profundizar en demasía... O, al menos, no tanto como a mi me hubiese gustado.

Más allá de todo lo anterior, creo que el texto de Mercedes Guillén merece ser destacado, especialmente, por tres motivos: su magnífico retrato de la irrespirable atmósfera del París de la Ocupación, sus reflexiones sobre la obra picassiana y por ciertas figuras secundarias (Eluard, Sabartés...) muy sugestivas.

Un último apunte, referente al epílogo: llama poderosamente la atención el repliegue interior de Mercedes Guillén tras el exilio. De la fundación de Mujeres Libres a consagrar la casi totalidad de su vida a la obra de su pareja, el escultor Baltasar Lobo, o de su amigo Picasso apenas hay un intervalo de 5-10 años. Este repliegue puede ser debido en parte por la pobreza y la enfermedad, pero no sé si estos factores explican tal cambio. ¿Asunción de la derrota, tal vez? No lo sé, pero me quedo con ganas de conocer algo más. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Svetlana Alexiévich: Los muchachos de zinc


Idioma original: ruso
Título original: Cíncovie málchiki
Año de publicación: 1990
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González
Valoración: muy recomendable alto

¡Pero qué tranquilos vivimos en esta parte del sur de Europa! Nos quejamos del calor en verano y de lo cortas que son las vacaciones y de que la cerveza no está lo bastante fría. Y cada año despotricando un poquito de lo inmerecido del último Nobel, con la de escritores buenos que hay para descubrir. 

Entonces, qué pasa con el Nobel de Alexiévich. Nos desconcierta. Andaba en alguna "quiniela" del Nobel, pero no esperábamos esto. Hasta a sus editores parece haber pillado de sorpresa: que répido se inundaron los estantes de Coetzee o de Modiano, escritores en idiomas asequibles en traducción "express" como el inglés o el francés. Pero una escritora bielorrusa. Hay que digerirlo y la cosa lleva su tiempo. Pero casi que mejor. No hemos de darnos prisa: los libros se van traduciendo y (un poco como cuando surgió el boom de Kapuscinski) su disfrute puede ser pausado y sostenido. Aunque un guapo pajarito me ha chivado que en septiembre va a salir otro, este Los muchachos de zinc es el último título traducido.

Y es glorioso.
Repito: glorioso.

Apenas una veintena de páginas y Alexiévich ya nos ha regalado una frase sencilla, obvia y lógica, pero de tan esencial y aplastante nos perseguirá a largo de todo el libro.
Mientras tanto, nuestros chicos se están muriendo en un país lejano por algo que desconocemos.
Porque el zinc del título es el material del que están confeccionados los ataúdes en que los cadáveres de los soldados son repatriados. Sí: esos que se recubren con una bandera y ante los que un militar de rango medio (o un ministro, si se acercan elecciones) se cuadra como si tuviera el mínimo respeto hacia los que él mismo, o los suyos, ha enviado a morir.

Por cuestiones geo-estratégicas. Por una ideología. Por un subsuelo trufado de combustible. Por la locura de un mandatario. Por la religión. Porque un dictador criminal dijo hace ochenta años que la patria era una.

Alexiévich confiesa en las primeras páginas que escribir su libro anterior ( La guerra no tiene rostro de mujer ) la ha dejado tocada. Pero ahí está. Por esa literatura que se ha inventado. La crónica testimonial donde, parece, ella interviene lo mínimo. Y en Los muchachos de zinc habla de los soldados soviéticos en Afganistán. Afganistán fue el Vietnam de la URSS. El país al que fueron a ganar con la gorra y del que tuvieron que salir por patas. Dicen, uno de los factores que precipitaron el hundimiento del bloque soviético. Y aunque Alexiévich intente moderar (aunque sea para mitigar el dolor), el tono de Los muchachos de zinc resulta tan duro y tan implacable como el de otro texto imprescindible como Voces de Chernóbil . Dureza física, me refiero. El llanto y el dolor y la desesperación las damos por supuestas. Pero la descripción del daño físico, de la devastación de los cuerpos. Qué poco propia nos parece, más cuando la escritora, en aras de la sinceridad de la escritura, no duda en reconocer que se ha desmayado en algún momento, ante la dureza de lo que se ha obligado a presenciar y describir. Que algunos testimonios la han sumido en el mismo llanto del testigo. Dureza que consigue traspasar al texto y hacer llegar al lector. Yo ya he hablado muchas veces de libros ante los que existe la opción de mirar a otro lado. Actitud completamente legítima, pero, permitidme, que me sorprendería en el perfil del lector de este blog. Aunque sepamos, algunas veces, lo que buscamos, no siempre la literatura debe depararnos su encuentro, de forma tan cruel, tan abrupta, tan descarnada. Buscar literatura del sufrimiento, de la devastación, puede que no sea un objetivo usual. Buscar placer, escapismo, estímulos, todo legítimo. Pero encontrarse lo que Alexiévich ofrece. No apto para según que paladar, para según que estómago. Claro. La guerra de Afganistán nos pilla muy lejos, en espacio y en tiempo. No parecemos muy preparados para que nos planten 300 páginas de testimonios así como así. Que agobian y saturan, cierto, tanto como lo es que no se puede, no se puede dejar de leer.
Y como colofón, un buen puñado de páginas adicionales nos describen todas la consecuencias de la publicación de este libro. Alexiévich fue demandada por algunos de los testimonios (de todos ellos se ocultan identidades en el texto original) que la acusaban de haber alterado o falseado situaciones, de haber llevado más allá la pura edición e interpretación de los testimonios, de haber publicado el libro en el extranjero para socavar esa noble finalidad patriótica. En un libro dentro del libro, las demandas, los argumentos a favor y en contra de la escritora y la obra, las sentencias, los alegatos, nis hacen comprender su importancia y su necesidad. Afganistán fue una guerra absurda más, perpetrada con la única finalidad de extender a cualquier lugar necesario la partida de ajedrez global que era la (ya entonces agonizante) Guerra Fría. Se cobró víctimas, Alexièvich lo explicó, los testigos muestran la cruel sinceridad que solo puede emanar de la verdad. Alexiévich molestó con su obra, en su momento, y puede que aún lo haga hoy. Qué se puede decir mejor que eso.

Otras reseñas de Alexiévich en ULAD: El fin del Homo Sovieticus, Voces de Chernóbil, que nos gustó tanto que mereció una doble reseña

sábado, 14 de octubre de 2017

Danielle Collobert: Asesinato

Idioma original: francés
Título original: Meurtre
Año de publicación: 1964
Traducción: Pablo Moíño Sánchez
Valoración: Muy recomendable

Si uno se fija únicamente en el título del libro, “Asesinato”, puede llegar a pensar que se encuentra ante una novela negra. Nada más lejos de la realidad. Ni novela ni negra. Y no es necesario adentrarse demasiado en el libro para darse cuenta de por dónde irán los tiros porque ya en la tercera o cuarta página puedes leer “y a qué agarrarse cuando uno ya no reconoce ni sus propias manos, ni su propio paso, ni siquiera la pequeña dosis de desesperación cotidiana”.

Se trata, como poco a poco vas comprobando, de un libro, a medio camino entre el diario, el relato breve y el poema en prosa, con el que la autora parece colocarse frente a un espejo para estirar el brazo,  sacarse las vísceras y, así, extirpar el dolor (dolor de vivir, dolor de sentir).

No es, como ya habréis imaginado, un libro “fácil” ni “cómodo”. Es un libro breve, de unas 130 páginas, que apenas ofrece resquicios por los que entre el aire fresco, con el dolor, la muerte y la desesperanza como hilos conductores, plagado de imágenes y sensaciones, y tremendamente personal. Es uno de esos libros no "hechos para disfrutar".

En cuanto a posibles influencias o similitudes, la más evidente es “El oficio de vivir”, de Cesare Pavese. Párrafos como los que transcribo a continuación podrían formar parte del testamento vital y literario del italiano sin ningún problema:

Tengo la impresión de vivir una muerte

Estoy perdida en las calles…El día se desgarra

Una mañana tendría que rechazar el cansancio del día, todo el cansancio de los días por venir. Marcharme

Estoy sin fuerza. Me aferré a ella y por eso la engullí, la vomité, la pisoteé.

Como con un buril, en cobre, tengo que grabar las últimas palabras, en el centro de un dibujo que debería traducir la calma la serenidad, y también todo ese tiempo vivido y devorado


Pero no solo Pavese. También tiene uno la impresión de estar leyendo, por momentos, a un “Maldoror” infinitamente más terrenal que el de Lautreamont, aunque cargado de la misma lucidez y radicalidad. Y también, en ocasiones, uno cree estar inmerso en alguna de esas búsquedas,  imprecisas y condenadas de antemano al fracaso, de los personajes de Modiano.

En cualquier caso, esto son solo referencias para tratar de situar una obra altamente recomendable, densa y oscura, a la que no conviene acudir en caso de depresión. Avisados estáis.

jueves, 29 de octubre de 2015

Ignacio Martínez de Pisón: La buena reputación

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Con los premios literarios (me refiero a los que quieren mantener cierto prestigio y rigor crítico, no a iniciativas de autopromoción comercial como el Planeta) ya se sabe lo que pasa: unas veces aciertan y otras veces dan la nota de mala manera. Que valga lo mismo el Premio Nobel de Coetzee que el de Modiano es algo que no se termina de entender, y si algún día se lo dan a Murakami... Pero bueno, hoy hablamos de un Premio Nacional de Narrativa, y los Premios Nacionales de Narrativa suelen ser bastante fiables, por no decir que, por lo general, apuestan sobre seguro. Si vemos la lista de los últimos premiados, casi parece que estamos a leer el canon de Los Consagrados de la literatura española actual: Cercas, Marías, Chirbes... (Ninguna mujer en los últimos veinte años, por cierto...)

El premio a La buena reputación de Ignacio Martínez de Pisón está en esa misma línea de apostar por un valor seguro, no porque Martínez de Pisón esté a la altura de canonización casi unánime de Marías o Cercas, sino porque se trata de una novela clásica, muy clásica, lo que no quiere decir que sea una mala novela. De hecho, esa es la mayor crítica que se le puede hacer a la obra y a su autor (y a los que la han premiado): que se trata de una novela mucho más moderna que posmoderna; casi decimonónica, como han dicho ya otros críticos, por su objeto, por su técnica, incluso por su extensión.

Para empezar, La buena reputación cuenta la historia de tres generaciones de una misma familia. ¿Qué puede haber más decimonónico que contar la historia de tres generaciones de la misma familia? (Sí, Kirmen Uribe también hacía lo mismo en Bilbao-New York-Bilbao, pero con una técnica completamente diferente y mucho más actual). En este caso se trata de una familia de origen judío que reside en Melilla: los padres, Samuel y Mercedes; las dos hijas, Miriam y Sara, y más adelante, los nietos, Elías y Daniel. A cada uno de estos personajes (salvo Sara, por algún motivo) se dedica una de las secciones del libro,: "La novela de Samuel", "La novela de Mercedes", "La novela de Miriam, etc.

Quizás el tema más recurrente en el texto sea el de los orígenes y su relación con la identidad: Samuel es un judío muy poco apegado a su religión, pero aun así arriesgará su vida, su dinero y su salud para salvar a los que intentan huir de Marruecos; Mercedes hace todo lo posible por volver a Zaragoza, como Miriam, años después, hará todo lo posible por volver a Melilla. También la culpa, el remordimiento, la inocencia y la redención son cuestiones que parecen transmitirse de generación en generación, infectando a todos los miembros de la familia.

Quizás sea porque el exotismo los hace más atractivos, o porque tienen mayor carga épica, pero los capítulos que más enganchan son los dedicados a la estancia de la familia en Melilla, hasta que por miedo a una posible anexión a Marruecos deciden trasladarse a Málaga, y poco después a Zaragoza. A partir de ese momento, la familia se vuelve más anodina, los personajes más planos (salvo el tremendo personaje de Felisa, la criada, que sobresale como si tuviera más dimensiones que el resto) y el interés de la acción decae levemente. Técnicamente, no hay diferencia entre unas novelas y otras, más allá del cambio del cambio de foco de unos personajes a otros: la historia siempre nos es presentada por un narrador omnisciente levemente irónico pero en general poco interventivo, y con un estilo cuidado y libre de clichés, pero sin ornamentos de excesivos.

Por eso, nadie podrá decir que darle un premio a La buena reputación sea un error: es una buena novela, un novelon decimonónico en pleno inicio del siglo XXI, bien documentado, bien escrito, bien construido, que juega con un inteligente perspectivismo que no intenta ser efectista sino eficiente. (Samuel es un héroe en su propia novela; lo es mucho menos en la novela de su mujer). Lo que tampoco podrá decir nadie es que Martínez de Pisón haya revolucionado la novela española con esta obra; tampoco se lo proponía, seguramente.

También de Ignacio Martínez de Pisón: Enterrar a los muertosDerecho natural

martes, 22 de diciembre de 2015

ULAD: Nuestros libros del 2015

Montuenga

Mejor novela del s. XX: Los reconocimientos, de William Gaddis
Mejor novela del s. XXI: Abril rojo, de Santiago Rocangliolo
Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre
Mejor novela iniciática: Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil
Mi gran descubrimiento: La escritura peligrosa de Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna 
Mejor ensayo: La insensatez de los necios, de Robert Trivers
Mejor volumen de relatos: Extinción, de David Foster Wallace
Peor novela: 1914. El asesinato de Sarajevo, de Eladi Romero García
No he pasado de la cuarta página en: El día en que Nietzsche lloróde Irvin D. Yalom

Juan G. B. 

Novelón del año (en todos los sentidos): Los reconocimientos, de William Gaddis.
Sorpresa (se entiende que agradable): Londres después de medianoche, de Augusto Cruz.
Novela negra para-disfrutar-más-que-un-cochino-en-un-lodazal: Lennox, de Craig Russell.
Libros que me removieron las entretelas (y algo más): Poeta muerta, de Patricia Heras y La captura de Macalé, de Andrea Camilleri.
Mejor carta de navegación por los procelosos piélagos de nuestra época: La piel de la frontera, de Francesc Serés
Escollos evitados a tiempo: Lección de anatomía, de Marta Sanz y Un mal año para Miki, de José Ovejero.
Libros más preciosamente ilustrados: La vida de las paredes de Sara Morante e Ilustre Ruritania ilustrada de Ainize Santos y Santi Pérez Isasi (lástima de texto, en este caso).
Novela gráfica del año: Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko.
Publicación y recopilación del año (y obra maestra): Torpedo 1936 (integral), de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.

Santi
Novela española del año: Cicatriz de Sara Mesa
Novelón del año: El museo de la inocencia de Ohran Pamuk
Clásico del año: Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell
Descubrimiento del año: Anna Starobinets, en particular sus relatos.
Autor al que ya no daré más oportunidades: Patrick Modiano
Fenómeno literario del año: Elena Ferrante y su serie de novelas sobre Dos Amigas
Fenómeno literario que no entiendo: la seride de novelas Mi lucha Karl Öve Náusea 
Curiosidades literarias: En Nadar-dos-pájaros de Flann O'Brien y Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Mestre 
Literatura y/o periodismo, a quién le importa: La agonía de Francia de Chaves Nogales y El fin del 'homo sovieticus' de Svetlana Aleksievich

Carlos Andia
Libro de viajes del año: En mares salvajes, de Javier Reverte
Novela apetecible 2015: Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga
Decepciones de mayor o menor rango: En la orillade Rafael Chirbes, y Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero
Para sumergirse en la Historia: Los Austriasde John Lynch
Clásico recuperado (y con mucho gusto): Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán
Tocho superlativo del año: Las mil y una noches (la reseña, antes de fin de año)

Francesc Bon 

Un año en que publican dos de mis autores favoritos no debería ser malo. Aunque lo hagan con obras que quizás, no sean sus mejores. Pero si bien a Houellebecq todos los acontecimientos ajenos han contribuido a que Sumisión gane en relevancia, crezca en trascendencia y rabie de actualidad y, por lo tanto, sea indiscutiblemente la novela más importante del año y su lectura obligatoria. A su lado, y no por deméritos, Pureza palidece, aunque crece en el recuerdo, lo cual no está nada mal. No suelo ponerme al lado de los vilipendiados por el mero hecho de serlo, pero ¿Franzen? El mejor de los que lo despedazan, que escriba un párrafo como el peor de los incluidos en Las correcciones y entonces hablamos.
Un autor con el que repetiré: aparte de decenas de clásicos, creo que volveré a probar a DeLillo para ver si el brutal desequilibrio entre Ruido de fondo y Cosmópolis tiene algún matiz. Y caerá algún Faulkner más, supongo. 
De este año no pasa: que encuentre unas semanas para apartarme del mundo y lea El día del Watusi de Francisco Casavella.
El libro que marcó mi añoSumisión, y aún podría exponer una docena de nuevos motivos por los que seguiré defendiendo esta novela.
El accésitaunque plantee dudas sobre si son puntos de partida de una carrera o no, libros como Nuevo destino son auténticos ganchos en la quijada.
Una apuesta personalSantiago Lorenzo cambiando de registro o Jenn Díaz poniendo su brillante prosa al servicio de asuntos más carnales. Peligro de que estilo, por brillante y solvente que este sea, devenga encasillamiento, amigos.
Frustrado: por no poder aportar mucho nuevo aquí ya que prácticamente todo lo que he leído ha caído en ULAD. Sí que he reconocer que este año ha sido para mí más un año de editoriales que de autores. Cualquier cosa de Sajalín, muchísimas cosas de Malpaso y bastantes de Blackie Books y Asteroide,
Incomprensible: Anagrama convirtiendo en emblemas de su producción dos naderías como Blitz y También esto pasará.

Y, como siempre, emplazar a nuestros lectores a que aprovechen los comentarios para dejarnos sus listas, sus sugerencias, preferencias, filias y fobias. Que ya tardabais.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Eduardo Halfon: Monasterio

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

A veces uno se pregunta por la cuestión de la suerte asociada al éxito literario. No al crítico, pues de esto, modestia aparte, acaba encargándose este magma igualitario que es internet y que somos los blogs, que procuraremos poner, aunque sea por el efecto abrumador del aluvión de opiniones, los puntos sobre las íes. Despojando de prestigio a quien no lo merece y otorgándoselo a quien le es negado. Los blogs somos Fuenteovejuna, señor. Y que Halfon no se haya mudado a Brooklyn o no haya sido objeto (supongo) de la atención de Bloom o Kakutani es una circunstancia que (sigo suponiendo) le es ajena. Pero si sigue escribiendo como en Monasterio, igual ni le es necesario. Porque estas ciento y pico páginas son una pura maravilla, equiparable a la obra de muchos autores mucho más divulgados. mucho más premiados (ay, que se me escapa el nombre de Modiano) y mucho más vendidos. Porque otras novelas cortas se contentan, perdonad que insista en alegorías musicales, en insistir en la misma melodía una y otra vez, pero Monasterio, como narración, va sobrada de líneas argumentales, y podríamos decir que, de alguna manera, Halfon dilapida alguna de las historias zanjándolas en unas pocas líneas, lujo que pocos pueden darse.
Así, de la historia principal, la de los dos hermanos que están en el aeropuerto de Tel Aviv esperando sus maletas, viajando para acudir a la boda de su hermana (que ha abrazado la ultraortodoxia religiosa), van surgiendo otras: la de la relación entre Eduardo, el protagonista, con Tamara, aeromoza de Lufthansa, el origen de sus familias, la diáspora ocasionada por el nazismo, el ghetto de Varsovia, la complicada relación con los árabes, las tretas necesarias por parte del pueblo judío para su supervivencia, la contradicción latente en formar parte de Occidente y conservar absurdas leyes religiosas basadas en preceptos más anticuados e inamovibles que la Constitución Española. Todas las explica Halfon con un estilo claro, directo, ágil, a la vez que seductor. No hablamos de dejar el relato en su estructura mínima, de desecarlo al sol hasta que solamente queda su armazón, sino de elegir en todo momento el término y el ritmo preciso: se hable de hechos históricos o se hable de curiosos gustos en el ámbito sexual. Halfon está cómodo, se le nota, y escribe desprendiendo esa sensación, tanto que, una vez leido, volveríamos a empezar Monasterio para constatar que no nos hemos olvidado pasar por ninguno de sus rincones. 

También de Eduardo Halfon en ULAD: Signor Hoffman

miércoles, 11 de enero de 2023

Mohamed Mbougar Sarr: La más recóndita memoria de los hombres

Idioma original: francés
Título original: La plus secrète mémoire des hommes
Traducción: Oriol Valls (en catalán para Més Llibres) y Rubén Martín Giráldez (en castellano para Anagrama)
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En el panorama literario actual, en los que la publicación de títulos es tan avasalladora que ni publicando la reseña de un libro al día únicamente de las novedades destacadas llegaríamos a cubrir todo lo que el mercado ofrece, la otorgación de premios literarios sirve para situar una obra en el escaparate. Y este hecho hace que, también, cada vez haya más premios literarios, más apariciones en listas “reputadas”, más focos ante los que poner una reciente publicación para que sobresalga entre el resto. Pero hay premios y premios y el Goncourt es uno de los que tiene más prestigio, por su antigüedad de más de cien años, pero también por sus premiados a lo largo de la historia (Proust, Houellebecq, Modiano, Duras, etc. etc.). Y, en 2021, Mbougar Sarr ganó este prestigioso premio con esta novela, convirtiéndose en el primer autor senegalés en hacerlo. Y tiene todo su sentido, por lo que expone y por cómo lo hace. ¡Veamos! 

Hay libros que plantean un reto lector importante, ya sea por el estilo del autor, por la estructura de la novela o por la ambición del escritor. Este libro se situaría en este último grupo, pues Mbougar Sarr teje una novela que mezcla reflexiones en torno a la propia literatura y que nos interpela directamente ubicando al narrador en un escenario que trasciende la propia narración, así como una trama descompuesta en fragmentos que, desde diferentes ángulos, nos presenta una historia en torno a una figura central, T.C. Elimane, que ejerce como protagonista ausente y que sirve como MacGuffin a través del cual Mbougar Sarr nos lleva a diferentes territorios, físicos y mentales, desde los que nos habla de guerras mundiales, de colonización y de dramas familiares.

A nivel argumental, la novela nos presenta Diégane Latyr Faye, un autor senegalés, que por cuestiones del azar descubre a T.C. Elimane, alguien que «había jugado las tres cartas más poderosas de las que se puede disponer: primero, había escogido un nombre de iniciales misteriosas; después, había escrito un solo libro; finalmente, había desaparecido sin dejar rastro», y sin poder afirmar a ciencia cierta si había existido o se trataba de un seudónimo. Elimane, un autor que «figuraba en el Compendio de Literaturas Negras, una de las infatigables antologías que, desde la era colonial hasta nuestros días, servían de libro de consulta a los escolares de África francófona» y que, tras publicar un único libro ganador de numerosos premios, después de estallar la guerra destruyó todos los ejemplares, siendo imposible encontrar ninguno de ellos hasta que, por cuestiones de azar, Diégane accede a un ejemplar. Por ello, este hallazgo del único libro del autor, publicado en 1938 y que fue un acontecimiento que elevó a su autor hasta ser considerado «el Rimbaud negro» le causa un impacto y más teniendo en cuenta que, tras ser su autor acusado de plagio, desapareció sin dejar rastro convirtiéndose en un ser entre mítico y fantasma. Atraído por el misterio que envuelve el libro y el autor, Diégane Latyr Faye decide investigar sobre lo sucedido, embarcándose en un viaje emocional que le absorbe y le obsesiona enormemente.

Con este punto de partida, el relato alterna la búsqueda de Elimane por parte de Diégane con la narración del pasado del autor así como del contexto histórico en el que se encuentran. Ahí entra en juego sus mejores páginas, en una narración sostenida en la transmisión de una honestidad y cercanía. Las confesiones siempre tienen ese punto de nostalgia, y el autor hace que empaticemos con su estado anímico, tanto en la subida explosiva propia de los enamoramientos casuales como en sus declives y pesares en los que el autor nos habla de la colonización y la necesidad casi imperiosa por parte de los escritores africanos de traspasar fronteras y ser reconocidos más allá de su territorio aunque «ningún escritor africano establecido aquí lo confesará públicamente. Todo el mundo lo negará (…) pero, en el fondo, esto formaba parte del sueño de muchos de nosotros (…): la entronización por parte del mundo literario francés (…) es nuestra vergüenza, pero también nuestra gloria fantaseada; nuestra servitud, y la ilusión envenenada de nuestra elevación simbólica». Unos recuerdos rodeados de nostalgia, pues «nada entristece tanto un hombre como sus recuerdos, incluso cuando son felices».

Estilísticamente, la prosa de Mbougar Sarr es potente, directa y profunda. Se ha comentado mucho que se asemeja a Bolaño (y no seré yo quién lo discuta), pero veo en él también rasgos de Cărtărescu cuando nos habla de literatura, de la necesidad imperiosa de escribir, cuando, ya en la primera página trata la relación entre escritor y obra, afirmando que «el uno y la otra caminan juntos en el laberinto más perfecto que podemos imaginar» porque «un gran libro no tiene tema y no habla de nada, solo busca decir o descubrir algo, pero este solo ya lo es todo, y este algo también lo es todo». O también, cuando en un diálogo entre escritores uno de ellos espeta al otro que «aquí está tu error. Aquí está el error de todos los individuos como tú. Creéis que la literatura corrige la vida. O la completa. O la sustituye. Es falso (…) los escritores como tú están atrapados en sus ficciones. Sois narradores permanentes. Es la vida, lo que cuenta. La obra únicamente viene después». Estas páginas en las que habla de la literatura desde la fatalidad, desde el que afrenta la escritura como única vía de redención aún a sabiendas que no existe y si lo hace no es a través de los libros, nos atan a la literatura y a una espiral en el que no hay salida. Y en esos recovecos metaliterarios uno recuerda a Cărtărescu (también en ciertos episodios oníricos) y Lispector, en esa meta literatura que constatamos al leer que «escribían porque no sabíamos nada, escribían para decir que ya no sabíamos qué hacía falta hacer en el mundo, más allá de escribir». Asimismo, también en ciertos fragmentos, cuando habla sobre tragedias familiares en la tierra natal de Elimane, con las disputas entre hermanos, fallecimientos y secretos, veo a Mouawad y sus extraordinarias tragedias por la manera de abordarlas y la crudeza de su narración porque cuando el autor traza el origen y pasado de Elimane desde su nacimiento, en clave retrospectiva una vez establecido el misterio en el primer tramo del libro, hay ecos significantes del autor libanés en la tragedia familiar y las herencias heredadas de un pasado entre hermanos mal resuelta, y la descendencia vital que reclama ser atendida «era responsable de la descendencia de mi hermano», un niño al que, cuando lo miraba sentía que «en el corazón de su inocencia, a veces batía, como un nervio doloroso, todo el odio que había sentido por su padre. ¿Puede ser responsable un niño de un pasado que no ha conocido? ¿Es forzosamente el heredero de los sucesos que le han precedido? ¿Podemos estar resentidos con él por los errores de su ascendencia? (…) Elimane arrastraría por todos los sitios la sombra y el recuerdo de Assane. Sería este recuerdo y esta sombra. Solo por este hecho, sabía que siempre me recordaría a mi hermano. Nunca conseguiría liberarme de él».

Particularmente, encuentro el libro fascinante y muy potente en su primer tramo, cuando se envuelve de literatura, de reflexiones, de dudas existenciales y de inseguridades relacionadas con la creación literaria y con la vida. En este aspecto el libro es sublime. Es por ello que, a mi entender, va de más a menos, reduciendo impacto cuando deja parcialmente de lado estos aspectos para centrarse en la búsqueda del autor y su historia pasada, una búsqueda que pasa por diferentes ciudades y países y momentos históricos que marcaron el siglo XX. La ambición de Mbougar Sarr es muy grande, y esto es algo digno de elogio y también lo es que consiga mantener el interés a lo largo de toda la narración y a pesar de intercalar cartas, narradores y puntos de vista para dar forma a la figura del misterioso autor a través de diferentes personajes que coincidieron puntualmente con él. Ya lo apunta el autor al interpelarnos indirectamente cuando afirma que «todas las siluetas de este pasado de repente abierto se mueven delante de mí en una coreografía tan compleja como fascinante». Y tiene toda la razón en esta afirmación porque en este juego metaliterario en el que nos vemos arrastrados al leer el libro nos ocurre lo mismo, compartiendo así experiencia con el propio protagonista al desenredar la trama argumental de la vida de tan misterioso y enigmático personaje. El reto era mayúsculo, y las múltiples capas que ofrece la lectura de este libro dan fe de ello, aunque en ocasiones la dispersión roza el exceso.

Mbougar Sarr reivindica con este libro su propio espacio en el mundo literario, y lo extiende a sus compatriotas pues en boca del protagonista se dirige a ellos afirmando que «nos decía a nosotros, los escritores africanos: inventad vuestra propia tradición, fundad vuestra historia literaria, descubrid vuestras propias formas, experimentadlas en vuestros espacios, fecundad vuestro imaginario profundo, tened una tierra que sea vuestra, porque solo allí existiréis para vosotros, pero también para los demás». Esta reivindicación de la literatura africana es otro gran eje del libro, y que nos hace recordar al gran Ngũgĩ wa Thiong’o.

El autor es consciente de la literatura y su poder hasta el punto que afirma que «es mejor no escribir si como mínimo no tienes la ambición de hacer temblar el alma de una persona» y profesa, especialmente en la primera parte del libro, su gran devoción por la literatura al hablar de los escritores confesando que «si los escritores no hablan de literatura, es decir, si no hablan de ella desde dentro, como a prácticos, obsesionados y poseídos, como enamorados, como locos (…), ¿quién lo hará? (…) Nuestra vida es esto: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar de ella también es mantenerla con vida, y mientras tenga vida, la nuestra, aunque sea inútil, incluso trágicamente cómica o insignificante, no estará perdida del todo». Y esta es una misión que compartimos desde este pequeño espacio literario.

También de Mohamed Mbougar Sarr en ULAD: Purs homes

sábado, 7 de octubre de 2017

Françoise Hardy: La desesperación de los simios y otras bagatelas

Idioma original: Francés
Título original: Le désespoir des singes...et autres bagatelles
Traducción: Felipe Cabrerizo
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy recomendable (sobre todo, para mitómanos)

Recuerdo haber pasado muchas madrugadas de mi adolescencia y tardoadolescencia escuchando "Flor de Pasión", el mítico programa de Radio 3 conducido por el no menos mítico Juan de Pablos, y recuerdo haber descubierto gracias a él multitud de artistas de la "prehistoria" del pop y del rock. Nombres como los de France Gall, Serge Gainsbourg, Sylvie Vartan, Michel Polnareff y, cómo no, Françoise Hardy forman parte de mi "educación sentimental". Así que cuando me enteré de la publicación en castellano de la autobiografía de la Hardy, allá que me lancé.

Ay, Françoise, Françoise..."Je ne sais pas ce que je veux", "Tous le garçons et les filles", "Comment te dire adieu", "Ma jeneusse fout le camp", "La question" al completo, "Je te cherche", etc, etc. Tantas canciones, tantos discos desde aquel lejano 1962 en el que saltó a la fama y alcanzó la astronómica cifra de dos millones de discos vendidos (solo en Francia, eh!). Cincuenta y cinco años al pie del cañón son muchos años y las casi cuatrocientas páginas de esta autobiografía resumen lo más relevante de todos estos años, tanto en la parte artística como en la personal y familiar.

En el plano artístico descubrimos no solo el éxito que desde bien joven cosechó y, al mismo tiempo, la abrumó, sino que también nos acercamos a sus altibajos creativos, a sus manías, sus miedos y frustraciones (muy unidos a los de su vida personal), a su fobia al directo, a los vaivenes de la industia, etc. Esta parte artística es todo un compendio de nombres casi legendarios, un deleite para mitómanos. La lista es abrumadora: Dylan, Beatles, Rolling Stones, Celentano, Gainsbourg, Stockhausen, Nick Drake, Ettiene Daho, Michel Berger (clave en su evolución musical), etc.

En la parte más personal y familiar, el libro está atravesado fundamentalmente por la relación, digamos un tanto destructiva, que la Hardy ha mantenido con Jacques Dutronc a lo largo de casi cincuenta años. Pero más allá de hechos conocidos, esta autobiografía nos permite acercarnos a otras vertientes que pueden haber quedado eclipsadas por la figura pública. Por ejemplo, su infancia y adolescencia, sus celos, sus inseguridades, sus complejos (ay, esa relación con su madre y sus abuelos), sus opiniones en materia política o religiosa, su forma de afrontar la maternidad, su afición por la astrología, etc. También aquí la vida de Hardy aparece rodeada de nombres más que conocidos: Patrick Modiano, Georges Pompidou, Michel Houellebecq,  Dalí, el doctor Barnard, etc

Los dos planos se van entrelazando a lo largo del libro, que sigue un orden estrictamente cronológico, lo que hace que la acumulación de nombres, fechas y datos no resulte pesada. Además, el estilo de Hardy es directo y sencillo, sin florituras ni artificios, lo que favorece un lectura de lo más ágil.

Más allá del aspecto mitómano que uno busca en este tipo de libros, es de agradecer que los mismos no se reduzcan a mero exhibicionismo o a simple autobombo sin asomo alguno de autocrítica. En este caso, me gustaría destacar la ausencia de autocomplacencia. Hardy reparte palos, sí, pero los principales palos se los lleva ella misma, ya que el reconocimiento de sus errores en la vida de pareja y en su vida artística está muy presente.

En definitiva, una lectura muy disfrutable, sobre todo si estás interesado en la música y en la cultura POP, que permite constatar, una vez más, cuánta verdad hay en esos versos de Kirmen Uribe que dicen "cierto, en tres generaciones hemos recorrido un largo trecho en la historia de la escritura (digamos la música). De todas formas, las preocupaciones, los miedos son los mismos y lo seguirán siendo".