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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

También de Thiong'o en ULAD: No llores, pequeño, Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, Descolonizar la mente, El río que nos separa, Luchar con el diablo

miércoles, 28 de marzo de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales

Idioma original: Inglés
Título original: Moving the centre (Studies in African literature)
Traducción: Víctor Sabaté
Año de publicación: 1993
Valoración: Muy recomendable

Bajo el más que sugerente título "Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales" se recogen una serie de conferencias impartidas / dictadas por el escritor keniata entre 1980 y 1992 en las que el tema principal fue lo que podríamos llamar la "descolonización cultural". Según Thiong'o, para alcanzar está "descolonización cultural" se hace necesario desplazar el centro. ¿A qué se refiere con esto? Pues tanto a desplazar los centros de poder cultural, político y económico desde las tradicionales potencias coloniales (Europa Occidental, Estados Unidos, etc) a los países africanos, asiáticos o latinoamericanos como a hacerlo desde las clases dominantes de los países "desarrollados y subdesarrollados" a las clases trabajadoras de los mismos. Casi nada, eh!

Centrándonos en el aspecto cultural, Thiong'o pone el foco en una serie de tareas tales como liberar la cultura del eurocentrismo, de los legados coloniales o del racismo. Pero no es tarea fácil. El peso de 400 - 500 años de Historia e historias de conquistas y expolios, no solo económicos sino también culturales, con unas lenguas, tradiciones y culturas impuestas y otras, mientras tanto, perseguidas, castigadas y exterminadas, es muy grande y el proceso de desplazamiento será largo y doloroso.

Pese a que algunas de las conferencias fueron dictadas hace más de 30 años, su contenido sigue, en la mayoría de los casos, plenamente vigente. Y es que términos como globalización, neocolonialismo, imperialismo, luchas de liberación nacional, etc siguen, aunque sea disfrazadas de eufemismos, en primera plana de la actualidad política. En el caso que nos ocupa, estos término son puestos en relación con la cultura, la educación, la literatura o el papel de los intelectuales, tanto de los países del mal llamado Tercer Mundo como de los países "occidentales".

Es obvio que Thiong'o aborda estos temas desde un punto de vista progresista, en el que se nota la influencia de líderes como Fanon o Nkrumah, pero independientemente de que uno pueda o no estar de acuerdo con el autor (en mi caso, lo estoy), se trata de textos absolutamente necesarios ya que nos ofrecen puntos de vista diferentes a los que estamos acostumbrados a ver y escuchar desde nuestros cómodos sillones. Además, y pese a que el tema pueda parecer un tanto "áspero", se nota la mano del Thiong'o profesor ya que los textos no son particularmente complejos o inaccesibles.

Es, resumiendo, una selección de textos de fuerte carga política que consigue reivindicar el valor imprescindible de las "pequeñas" culturas, esas que permiten a los diferentes pueblos acercarse desde lo particular a lo general.

También de Thiong'o en ULAD: Sueños en tiempo de guerra, No llores, pequeño, Descolonizar la mente, El río que nos separa, Luchar con el diablo

martes, 11 de mayo de 2021

Ngũgĩ Wa Thiong'o: Luchar con el diablo

Idioma original: inglés
Título original: Wrestling with the Devil
Traducción: Josefina Caball (ed. en catalán). Sin traducción al castellano de momento.
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Considerado uno de los grandes escritores africanos actuales, la obra de Ngũgĩ wa Thiong’o se desarrolla principalmente en torno a la denuncia sobre la falta de libertades, a la crítica del sistema opresor contra las minorías y a la defensa de unos ideales enraizados en la defensa de las lenguas oprimidas por el ansia de las culturas colonizadoras que someten y ejercen presión sobre territorios ajenos.

El libro que nos ocupa es un ejemplo de la literatura de Thiong’o, pues ya desde las primeras páginas denuncia la situación en la que se encuentra, indicando su estancia en una prisión, el 12 de diciembre de 1978, combatiendo el insomnio recostado en la incomodidad de un colchón, escribiendo en una hoja de papel higiénico y afirmando que «ocupo la celda 16 de un bloque donde hay dieciocho presos políticos más. Aquí no tengo nombre. Sólo soy un numero en un expediente: K6,77».

Así, desde el presidio de máxima seguridad de Camita, una de las mayores de África, Thingo’o nos narra el motivo de su encarcelamiento en una prisión que le demuestra «aquello que tendría que haber sido obvio: que el sistema carcelario es un instrumento represivo en manos de una minoría que gobierna para garantizar la máxima seguridad para su dictadura de clase por encima del resto de la población». Thiong’o es consciente del poder de la prisión y de su cultura represiva, porque «no necesito mirar por la puerta para saber que el guardia me vigila. Lo noto en los huesos» en una brutal invasión del espacio íntimo, vigilado 24h al día por un guardia que le sigue a todas partes, con la luz de la habitación siempre encendida incluso de noche para poder ser vigilado. Un lugar lúgubre del que afirma que «el estado me ha enviado aquí para que mi cerebro se me derrita y se me pudra» en su intento de conseguir que ceda de sus ideales políticos, tras haber sido secuestrado y detenido por parte de la policía por haber escrito una obra de teatro. Y, como ya hacía también Erri De Luca en «Imposible», Boochani Behrouz en «Sin más amigos que las montañas» o incluso el gran Victor Hugo en su «Último día de un condenado a muerte», nos relata la dureza emocional y anímica que supone estar encerrado, pues «en el silencio de la celda, tenías que luchar, completamente solo, contra mil demonios que querían hacerse amos de tu alma». 

En esta obra autobiográfica, Thiong’o nos narra la presión política y la represión contra los disidentes, encarcelando activistas, porque «se hace imprescindible educar al pueblo en la cultura del miedo y el silencio», porque «el objetivo de la prisión y las condiciones dentro de la misma, así como el recordatorio constate de que estás solo, es conseguir que los patriotas sientan que los han olvidado completamente, que todas sus palabras y acciones relacionadas con las luchas del pueblo han estado gestos inútiles» en un relato que evoca de manera ineludible a la represión sufrida por todos aquellos que de manera legítima y pacífica han defendido sus ideales y luchado por los derechos civiles.

El libro se estructura, en forma y enfoque, en dos ejes principales relacionados aunque distintos: por un lado, nos narra su experiencia como preso, dirigiendo el relato en torno a la necesidad de luchar por los derechos civiles a pesar de la represión; por otro lado, el libro nos narra la colonización del ejército británico contra el pueblo keniata. Así, el libro se abre en dos frentes con resultado, a mi juicio, muy irregular, pues mientras que la experiencia personal es potente, emocional, de alto ritmo narrativo y que posibilita una conexión inexorable en aquellos que compartimos con el autor ciertos ideales, la parte centrada en la historia de Kenia y su colonización es más distante, analítica y ensayística, con un exceso de casos en los que el colonialismo británico abusa de su poder y somete a los que puedan suponer un peligro por sus actos o por sus ideales. Así, el autor nos pone ejemplos de lucha anticolonizadora contra los británicos, en las figuras de Barbara Castle, Marcus Garvey, Harry Thuku entre otros y es interesante a nivel histórico pues permite constatar cómo el estado encarcela y detiene todo aquel que puede suponer una amenaza.

Thiong’o defiende la necesidad de la lucha en todos los frentes, también desde la cultura, y pone como ejemplo el teatro popular de Kenia, amenazado por el Teatro de Kenia impulsado el 1951 por el gobierno británico para colonizar a la población, pues es en las escuelas y en los campos de concentración donde «intentaban organizar grupos de teatro entre los presos políticos para que representaran obras cristianas amables». Pero el teatro popular sobrevivió a partir de aquello que prohibían los británicos, haciendo obras de teatro en kikuyu e incluso en algunas escuelas se rebelaron contra el culto a Shakespeare y empezaron a escribir obras en Swahili representándolas en territorio colonizado, en Nairobi y Nakuru. Así, nos narra de la creación de un comité cultural y el logro de que en 1976 una clase de más de cincuenta obreros y campesinos supieran leer y escribir en kikuyu. A partir de ese hecho afirma que «ahora ya estamos preparados para aventurarnos en actividades culturales». Lamentablemente, en 1977 se retira el permiso para las funciones teatrales, una injusticia que Thiong’o expone afirmando que «la burguesía vendida podía tener su golf, polo, críquet (…) carreras de cabellos y coches, cacerías reales (…), ¿pero los payeses? Sucios de tierra no podían tener un teatro que reflejara sus vidas, miedos, esperanzas y sueños y la historia de su lucha». Y ese sueño parece llegar a su fin el 1977, el 30 de diciembre, con su detención en un acto que sentencia afirmando que «habían resucitado el lázaro colonial de entre los muertos. ¿Quién lo volvería a enterrar?» evidenciando una lucha constante y desigual, en la que el autor constata con pesar que «el Sísifo africano empujaba con gran esfuerzo la roca de la opresión hacia arriba y cómo la roca se precipitaba, pendiente abajo, hacia donde estaba antes».  

De esta manera, el autor alterna su relato y crónicas desde la cárcel con las memorias de su pasado y la lucha contra la colonización de su tierra. Y la prohibición de su libro, pues no criticaba el papel colonizador británico, sino que también podía alimentar una lucha de clases, y como siempre ocurre, «la élite keniana que gobernaba creía en la mágica omnipotencia de una cultura colonial imperialista» y se encontraba cómoda entre los colonizadores. Mucho más interesante en los capítulos en los que habla de su detención o su reclusión que cuando detalla la historia del pasado de Kenia, pues, aunque sea interesante y añada contexto, pierde intensidad emocional al centrarse más en datos y hechos históricos y, a menos que uno sea un conocedor del tema, se puede hacer cuesta arriba. 

En esta obra desigual, Thiong’o narra en este libro los abusos de los colonizadores, su afán por someter y castigar, haciendo que sirva como ejemplo, a los disidentes políticos, a quienes cuestionan el poder, a quienes se resisten a la opresión. En un canto a favor de las minorías oprimidas y a la necesidad vital de luchar por aquello que creemos, este libro cobra especial importancia por ofrecernos, con su propio testimonio, la fuerza necesaria para no desfallecer en la lucha, a menudo desigual, de nuestra cultura y nuestras ideas políticas, porque «frente a la brutalidad, la inocencia siempre pierde». Una prohibición y espíritu de venganza de los británicos hacia el pueblo keniano que, como ocurre a menudo, solo se entiende por un sentimiento: el miedo, el miedo a la cultura del heroísmo y el coraje del pueblo.

Con este relato, y desde la prisión, Thiong’o nos habla de la necesidad de buscar en pequeños detalles aquellos motivos para no caer en la depresión ni el abandono, pues señala que uno de los principales problemas que sufren los presos políticos sin juicio ni condena es no saber cuánto tiempo durará su castigo. Y eso es una forma de tortura, tanto para los que están dentro de los muros como los que están fuera. Para vencer esa tortura, el autor confiesa que «no pretendo escribir una historia de heroísmo. Solo soy un letraherido que utiliza las palabras», pues «tenía que encontrar maneras de no perder el sentido común. Escribir una novela era una de ellas»; la lucha, los ideales, como puntal anímico y soporte, como punto de agarre, porque «sabía que, si no quería perder el sentido común, especialmente debía ser capaz de continuar diciendo ‘no’ a cualquier manifestación de injusticia y a cualquier falta de respeto a mis derechos humanos y democráticos».

Por todo ello, el libro que ha escrito Thiong’o es interesante por su canto a favor de la lucha, de las convicciones, de los derechos humanos y políticos, de la férrea voluntad de defender la identidad y la cultura de un pueblo pese a la opresión del gobierno colonizador y el beneplácito de las clases más altas en favor del ocupante porque «los que están en el otro lado de la alambrada de pinchos y de los muros de piedra tienen que poden hacer preguntas y exigir respuestas. Es la única manera de derrotar la cultura del miedo y del silencio. Si una comunidad con millones de personas hiciera preguntas y exigieran respuestas, ¿quien se las podría negar?». Lamentablemente, y a pesar de lo irrefutable de este argumento, muchos países actuales demuestran que, a veces, el poder no entiende de derechos, sino únicamente de poder.

jueves, 12 de junio de 2025

Colaboración: El diablo en la cruz, de Ngugi wa Thiong’o

Idioma original: Kikuyu o gikuyu

Título original: Caitaani mũtharaba-Inĩ

Traducción (del inglés): Alfonso Ormaetxea

Año de publicación: 1980

Valoración: Tendría que ser kikuyu originario para poder hacer una valoración justa.


El diablo en la cruz es un libro muy especial, algo totalmente inesperado en Europa y en el resto de lo conocido como mundo occidental. Fue el primer libro que Ngugi wa Thiong’o escribió en su lengua materna, en kikuyu o gikuyu. Lo escribió para los pueblos de su cultura natal, sin importarle que pudiera tener otros posibles lectores. Eso hace que toda su primera parte nos desconcierte a quienes no somos nativos de la cultura kikuyu. Además lo escribió pensando en los que no saben o no quieren leer en inglés y para aquellos a quienes recomienda que lean y escriban en su idioma materno. Tal vez eran muy pocos los que 1980, año de su primera edición, sabían leer kikuyu ¿Cuántos libros escritos en ese idioma existirían por entonces? Según nos cuenta el mismo Thiong’o, en la escuelas de Kenia, cuando él estudió en ellas, se prohibía hablar kikuyu; educar era enseñar a hablar, leer y escribir en inglés.

En algunas de sus obras escritas en el idioma de los colonizadores, libros que le dieron una muy merecida fama, Ngugi propone Descolonizar la mente y escribe una tesis para impulsar la escritura en las lenguas de los habitantes originarios de Kenia. Aquí, en El diablo en la cruz, Thiong’o no propone, lo hace y elige atinadamente personajes y costumbres sumamente populares para demostrar a su pueblo lo que considera de primordial importancia: con los colonizadores llegó a Kenia un sistema hecho para robar y depredar, que logró instalarse manejado por quienes quedaron al frente del país, al servicio de los antiguos colonizadores, después de la independencia política.

A nosotros, los “occidentales”, la primera parte de la novela nos parece no solo una ironía, más bien la vemos como una burla grotesca del sistema económico en que vivimos. Desde nuestro rincón cultural, preferimos leer, para criticar al sistema, a sesudos pensadores: Marx, Arendt, Althusser, Habermas, Zizek. Y los comentaristas damos maromas para defender a un gran literato que escribió, para hablar del sistema económico imperante, lo que dicen los choferes ilegales del transporte público más usado en nuestros barrios marginales. Definitivamente Thiong’o no escribió El diablo en la cruz para nosotros ¿Cómo juzgar desde nuestra cultura egocéntrica a quien escribe para una cultura que podría salvarnos de devorar nosotros mismos nuestra biósfera?

Intrigado, todavía sin entender y molesto por lo grotesco de las burlas, seguí leyendo la novela hasta el final y apareció, no podía ser de otra forma, la magia de Ngugi, con la que, a una de las protagonistas, una mujer del pueblo, la convierte, sin alardes, con una enorme sencillez, en símbolo del pueblo kikuyu: hermosa, que luce con orgullo su atuendo tradicional que la embellece aún más, segura de sí misma, que asume su pasado donde fue mancillada sin negarlo, amando a la hija de ese pasado y firme en la defensa de un futuro de cuya construcción se hará responsable, superando cualquier dificultad: Wariinga, la mujer kikuyu que representa a todo su pueblo natal, por arte mágico de Nugi wa Thiong’o.

Firmado: David Batista

Más reseñas de Ngugi wa Thiong’o en ULAD: aquí

miércoles, 24 de octubre de 2018

Ngũgĩ wa Thiong'o: El río que nos separa

Idioma original: Inglés
Título original: The river between
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez
Año de publicación: 1965
Valoración: Recomendable

Volvemos a la carga con “El río que nos separa”, la segunda novela de ese eterno candidato al Novel uladiano (y al sucedáneo ese que concedían los suecos) que es el keniata Ngugi Wa Thiong’o. Publicada apenas un año después que “No llores, pequeño”, guarda con esta primera novela muchas similitudes, tanto en “continente” como en “contenido”.

Para empezar, y aunque quizá esto carezca aparentemente de importancia, ambas novelas están escritas en inglés, idioma que más adelante “abandonaría” para volver a su idioma materno, el kikuyu. Este abandono será parte fundamental en la vida y obra de Thiong'o y aparecerá explicado en algunos de sus textos posteriores.

Comparten, además, unos temas o unas inquietudes comunes ya que “El río que nos separa” trata nuevamente de las consecuencias que tiene entre los kikuyu la aparición del hombre blanco en su región. Otros temas, también recurrentes en la obra del keniata, como la intolerancia en sus más variadas formas o el papel primordial de la educación como motor de desarrollo personal y comunitario, tienen un peso importante a lo largo de la novela. 

Por último, al igual que “No llores, pequeño”, “El río que nos separa” es una novela interesante que podría haber dado aún más de sí. A ver si me explico!

“El río que nos separa”, que vuelve a superponer el plano particular y general, narra el paso de la infancia a la madurez de Waiyaki y podríamos dividirla en dos partes bien diferenciadas. La primera, que comprendería la infancia y adolescencia de Waiyaki, me parece sensiblemente más floja. Los hechos que configuran la visión del mundo que poseerá el Waiyaki adulto son apenas pinceladas trazadas con demasiada celeridad. Me da la impresión de que a esta parte le falta algo de consistencia o de desarrollo. Claro que, en ese caso, a lo mejor estaríamos ante un novelón de 500 o 600 páginas y esa no era la idea de Thiong’o. ¡Quién sabe!

Por el contrario, la segunda parte, esa en la que en conflicto entre tradición y modernidad se hace más presente y acaba afectando de manera directa a Waiyaki, me parece mejor construida. Se ofrece de manera mucho más clara la complejidad de causas y efectos que el citado conflicto provoca, tanto en  la sociedad como en personaje, y la evolución de unos y otros aparece mucho más trabajada y “mejor explicada”.

Esta creo que es la principal virtud de libro, la de ser capaz de analizar los efectos que tuvo la colonización y de mostrar los conflictos y contradicciones que, a raíz de la misma, surgieron dentro de los pueblos africanos. Eso sí, creo que en obras posteriores (ya reseñadas en ULAD, por cierto), estos temas están más y mejor desarrollados. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ngũgĩ wa Thiong'o: No llores, pequeño

Título original: Weep not, child
Idioma original: Inglés
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez
Año de publicación:1964
Valoración: Recomendable (o algo más)

Ngugi Wa Thiongò es uno de los eternos favoritos al Premio Nobel y eternos, al menos hasta el momento de publicación de este reseña, no ganadores del mismo. Personalmente, y habiendo leído unicamente dos libros del keniata, me atrevo a afirmar que sería un más que digno ganador.

Ya reseñamos en este visionario blog "Sueños en tiempo de guerra", memorias del escritor, y coincido plenamente tanto con la reseña como con la valoración. Se trata de un gran libro.

En esta ocasión reseñamos la primera novela del autor, escrita hace más de cincuenta años. Se trata de un libro con un fuerte caracter autobiográfico o, al menos, esa impresión da tras haber leído "Sueños en tiempo de guerra". En este caso, se ambienta en la época final de la colonización inglesa y en los efectos de la misma y de la revuelta de los Mau-Mau (1952-1960) sobre los miembros de la familia de Ngotho, en particular sobre el propio Ngotho y sobre Njoroge, su hijo pequeño.

La novela transita de lo general a lo particular. En su primera parte, Thiongó describe ambientes, personajes y situaciones, haciendo especial hincapie en las relaciones sociales, familiares, culturales y económicas en la Kenia de finales de los 50. A modo de ejemplo: el acceso a la educación del pueblo kikuyu, la poligamia, la segregación racial, la cuestión de la tierra, las relaciones con los colonos blancos, etc. Esta parte del libro es, en mi opinión, la más interesante. Con un estilo aparentemente sencillo, que parecer beber en abundancia de la rica tradición oral africana, Thiong'o logra envolver al lector en la historia (o en las múltiples historias). Ese es su gran mérito: hacer fácil lo difícil.

La segunda parte se centra más en la propia revuelta y en su influencia sobre el vitalista y optimista Njoroge, quien trata de "ascender" a través de la educación. Esta segunda parte, mucho más dura que la anterior, creo que está menos lograda. Pese a que los personajes están, en general, bien construidos y siguen una evolución coherente, las situaciones son resueltas por Thiong'o con demasiada celeridad, como si hubiese una cierta premura por terminar la novela. Los hechos y el final, ojo que no es un mal final, se precipitan y dejan un regusto algo amargo después de una primera parte tan prometedora.

En cualquier caso, se trata de un buen libro, aunque algo inferior a "Sueños en tiempo de guerra". Pese a todo, es una buena oportunidad de acercarse a la obra del keniata, no vaya a ser que este año le den el Nobel y no puedas presumir de haberle leído antes.

También de Ngugi Wa Thiong'o en ULAD: Sueños en tiempo de guerra, Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, Descolonizar la mente, El río que nos separa, Luchar con el diablo

martes, 21 de agosto de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Descolonizar la mente

Idioma original: inglés
Título original:  Decolonising the Mind
Traducción: Marta Sofía López Rodríguez (castellano), Blanca Busquets (catalán)
Año de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable

Poco se puede decir ya a estas alturas que no se sepa de Thiong'o, y menos aún después de las reseñas publicadas en ULAD sobre sus ensayos críticos con el sistema. Que Thiong'o es una de las voces más destacadas de la literatura africana es indudable, y hablando de literatura, hablamos de la lengua, del idioma y, en este caso, de su uso con fines políticos. Porque de eso trata el magnífico libro que nos ocupa.

Con la lengua como centro neurálgico en torno al cual gira la obra, el autor nos habla en esta novela de la importancia de la lengua en la sociedad, como herramienta de cohesión. La importancia de usar la lengua propia no únicamente en el seno familiar y en el trabajo sino también con las autoridades y estamentos oficiales. Así el autor, basándose en su propia experiencia, nos narra el primer impacto que tuvo cuando de pequeño fue a la escuela, una escuela colonial, y en la que, por tanto, la lengua de su educación ya no era la lengua de su cultura. La lengua de la colonización, el inglés, debía ser preferente e imponerse por encima de la lengua de la comunidad (kikuiu o kikuyu), a menos de que uno quisiera ser sancionado o incluso castigado físicamente, pues la escuela implantaba un sistema donde eran los propios alumnos los que denunciaban a sus compañeros, estableciendo un sistema de caza de brujas. Por contra, el uso del inglés era premiado, subvencionado. El acceso a la universidad era en inglés y era obligatorio obtener un notable en la lengua inglesa para pasar, indiferentemente del resultado o las notas del resto de materias. Así, utilizando la lengua, los apartaban cada vez más de ellos mismos, de su mundo.

El autor nos habla así sobre cómo el colonialismo vinculó el progreso, la cultura y el liderazgo a la lengua colonizadora, relegando el idioma autóctono al idioma de la clase trabajadora, de los pobres, de los pequeños pueblos. Pero fueron los propios campesinos quien mantuvieron la lengua, pues creían compatible el inglés como idioma de ámbito continental con la lengua materna para su uso diario. Por contra la burguesía se arrimaba al lado colonizador, buscando los intereses económicos.

Extendiendo la lengua a otros ámbitos de la sociedad, el autor nos habla también de la importancia del teatro, un espacio de representatividad cultural de la sociedad. Por ello, importaba el idioma en el que se realizaban las obras pues pasar del idioma inglés al africano aproximaba más el teatro a la vida de las gentes, identificándose con la obra y con su propia cultura y vida. El autor también nos habla de la represión que sufrieron en el sector teatral por parte de los colonialistas, como respuesta presumible al auge e importancia que estaba adquiriendo el teatro, no como diversión, sino como campo de denuncia. Ello le valió al autor no poder regresar a su país, pues corría el riesgo de ser arrestado y aprisionado sin juicio.

Y como en toda ideología hay detrás una carga política, y viceversa, el autor va más allá de la imposición de la lengua para cargar las tintas sobre la imposición del sistema económico. Así, el autor denuncia el capitalismo, el imperialismo que, a base de ocupar y confiscar tierras, imponiendo su tecnología y su capacidad de producción, despliega su motor económico negando a los pueblos a hacerlo por sí mismo y destrozando la naturaleza y el entorno con el que convivían hasta el momento, alterando el orden lógico en el que sus vidas estaban integradas en él. El imperialismo, que causó un gran desarraigo y desplazamiento de poblaciones enteras, rompiendo familias, que también fue causa de aparición de enfermedades sobre las personas y animales, enfermedades que llegaron con los colonizadores. Y como en toda expansión económica, el aumento de la diferencia entre clases sociales y el auge del racismo, con la riqueza concentrada en unos pocos, especialmente blancos. De esta manera el imperialismo incidía en la pobreza y el subdesarrollo en la población; y con el desarrollo llegó la imprenta, pero mientras los libros en inglés se publicaban sin problemas los libros en lenguas africanas sufrían censura, el imperialismo controlaba el contenido. Todo lo publicado era porque era favorable a los intereses del imperialismo, y las imprentas controladas por el poder y los misioneros. De esta manera, la población sólo podía leer aquello que comulgaba con las ideas del imperio colonizador. Los misioneros también colaboraron con la implantación del catolicismo, arrinconando las creencias ancestrales. Así se consigue desconectar a la población de su lengua, y por extensión de su cultura y su pasado.

Por todo ello, por el sistema implantado en la sociedad durante gran parte de su vida, el autor reconoce la dificultad en volver a escribir y publicar un libro en lengua africana pues la colonización ha acostumbrado a los lectores, no únicamente a leer en una lengua no nativa como el inglés, sino también al contenido, estructura, ambientación y tipo de literatura, muy diferente a la propia en África. Es por ello que el autor reivindica la necesidad de devolver la lengua africana al primer plano de la literatura, porque con ello se crearía una sinergia entre las diferentes lenguas de África devolviendo la cultura originaria de los pueblos.

El mensaje que transmite el autor en este gran libro es claro y evidente: hay que reconectar la literatura con las tradiciones orales. Hay que reconectar los pueblos a su lengua, hay que volver a enlazar la cultura con sus gentes. En definitiva, hay que volver a conectar la lengua con la historia, antes que la utilicen para modificar también el pasado de los pueblos.

PD: Aunque el libro se encuentra traducido al castellano, he preferido esta portada de la edición en catalán. La encuentro particularmente bonita.

También de Thiong'o en ULAD: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, No llores, pequeño, Sueños en tiempos de guerra, El río que nos separa, Luchar con el diablo

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

miércoles, 26 de junio de 2019

Chinelo Okparanta: Bajo las ramas de los udalas

Idioma original: Inglés
Título original: Under the udala trees
Traducción: Iballa López Hernández
Año de publicación: 2017
Valoración: Bastante recomendable

Es triste comprobar la escasa presencia de literatura africana en nuestras librerías. No sé si tendrá que ver con la distancia cultural y geográfica o con motivos crematísticos, pero resulta complicado encontrar libros de autores que no sean los ya consagrados Ngugi wa Thiong'o, Chinua Achebe o Chimananda Ngozi Adichie y los "no tan africanos" Coetzee o Gordimer. Y es una pena porque así pasan desapercibidos libros tan interesantes como este "Bajo las ramas de los udalas" de la nigeriana (residente en Estados Unidos) Chinelo Okparanta.

"Bajo las ramas de los udalas" es, casi a partes iguales, una novela de formación y novela de denuncia en la que se narra la infancia, adolescencia y juventud de Ijeoma, joven de la etnia igbo cuya vida está marcada por dos hechos: la guerra y su orientación sexual.

La historia comienza allá por 1968, año en el que la provincia de Biafra se enfrentó con el gobierno federal nigeriano en una cruenta guerra civil. Ijeoma es testigo de la guerra y, con la inocencia de sus escasos diez años, nos ofrece una visión casi "infantil" del conflicto. Poco dura esta visión ya que un hecho trágico marca una ruptura total en la vida de Ijeoma y su madre. El dolor y la devastación provocados por la violencia suponen un cambio radical en el desarrollo de la novela, la cual pasa a ser la historia de una permanente huida, ya sea voluntaria o forzada por las circunstancias.

Lo que hasta ese momento parecía la narración de los terribles efectos de la guerra desde la óptica de una niña se convierte en novela de formación y denuncia. Lo que hemos dado en llamar "novela de formación" abarcaría desde el despertar sexual de Ijeoma hasta su toma de conciencia adulta, pasando por sentimientos contradictorios o complementarios (según se mire) como el amor, el deseo, el remordimiento y la culpa. Estas dos palabras son clave en la novela: remordimiento y culpa. Ambos derivan del ambiente de violencia y extremada religiosidad mal entendida en el que viven Ijeoma, Amina, Ndidi y compañía, asfixiadas todas ellas por tradiciones y supersticiones que suponen una pesada losa capaz de aplastar bajo su peso a quien se "atreva a  desafiarlas". Ante un entorno así, ante el miedo, cada uno actúa según sus posibilidades e Ijeoma trata de llevar una vida "normal", cosa de lo más complicada.

Es en ese momento en el que Ijeoma alcanza la edad adulta cuando la novela se convierte en denuncia, ya sea de la situación de la mujer, de la del colectivo LGTB, del machismo, la violencia o de la intolerancia religiosa. Esta parte me ha recordado (y mucho) al recientemente reseñado "Formas de estar lejos" de nuestra querida Edurne Portela.

Por otro lado, y a la hora de valorar la obra, quisiera dividirla en dos partes: la ambientada en la infancia y adolescencia de Ijeoma y la de su "edad adulta". Me parece más conseguida la primera de ellas. Okparanta configura el personaje de Ijeoma lentamente, en base a una serie de sucesos clave que determinan su vida y su conducta. Toda esa pausada construcción psicológica del personaje se acelera en la edad adulta y momentos determinantes en la historia son cerrados a través de elipsis, no sé si buscadas intencionadamente o no, que dejan con la sensación de cierre un tanto "apresurado". 

Pese a este último apunte, lo positivo de "Bajo las ramas de los udalas" supera ampliamente a lo negativo. Es, por encima de todo, una buena novela, bien narrada y bien construida, que nos pone frente a frente con una realidad que no por lejana en el tiempo y en el espacio podemos dejar de ignorar. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Premio Nobel 2012: Hagan sus apuestas

Un año más ya estamos en vísperas de que se conozca el Premio Nobel de Literatura, y como siempre cada cual tiene sus favoritos. En ULAD no vamos a ser menos, así que aquí va nuestra particular quiniela (mañana sabremos si hemos acertado).

Vamos a proceder por eliminación: a la Academia Sueca le gusta repartir sus gracias con variedad (un año aquí, otro en la otra punta del globo...), así que nuestra primera apuesta, considerando que el año pasado ganó Tranströmer, es que este año el premio no será para ningún europeo, o por lo menos para ningún europeo-occidental (dejamos fuera de las apuestas, por tanto, a candidatos sólidos como McEwan, Magris, Lobo Antunes o Cees Nooteboom). Por el mismo motivo, también apostaría a que este año no va a ganar un poeta (lo siento, Adonis, otro año más que te quedas sin premio).

Don DeLillo
Seguramente, por lo tanto, volverá a ganar un narrador (novelista o cuentista), no europeo. Los estadounidenses pueden tener muchas opciones, por dos motivos: hace ya casi veinte años que ningún yankee gana el Premio Nobel (la última fue Toni Morrison en el 93), y además hay varios candidatos fuertes, con lo cual podrían premiar a uno para, simbólicamente, premiarlos a todos. Los principales favoritos estadounidenses hoy en día son Philip Roth (de quien sin embargo dicen que tiene mala prensa en la Academia Sueca), Don DeLillo, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy, entre otros. DeLillo o Pynchon son, creo, los que más posibilidades pueden tener, porque son casi unánimemente aclamados por la crítica. Lo del Premio Nobel para Bob Dylan yo no me lo acabo de creer.

Alice Munro
Si miramos fuera de EE.UU., los académicos también tiene donde elegir: todavía en América, pero más al norte, nos encontramos a Alice Munro, cuentista canadiense que puede beneficiarse si los suecos deciden darle el premio a una mujer este año (lo que no quiere decir, ojo, que no se merezca el premio). En África el candidato más fuerte es Chinua Achebe, grandísimo narrador nigeriano, aunque también suena el nombre de Ngũgĩ wa Thiong'o; en Asia, por mucho que me duela, el nombre más repetido es el de Murakami, junto con el del chino Mo Yan. Y en Europa, pero en Europa del Este, tenemos también grandes candidatos como Ismail Kadaré, Milan Kundera o Peter Nadas, del que confieso que no he leído nada (perdón por el chiste).

Enrique Vila-Matas
¿Y los españoles, preguntará alguno? Pues se habla de los de casi siempre: Javier Marías, Enrique Vila-Matas y, algo que a mí me sorprende, Eduardo Mendoza. Pero este no va a ser el año: no solo porque como he dicho antes no creo que este año gane ningún europeo, sino porque está muy reciente el premio a Vargas Llosa, y que ganasen dos escritores hispanohablantes tan seguidos sería muy sorprendente. (Dejando aparte el hecho de que la literatura española actual no está EMHO a la altura de las más grandes de la literatura mundial, pero ese es otro asunto).

En fin, que si nos pedís uno o dos nombres, nos quedamos con DeLillo y Pynchon. Pero también es posible que la Academia Sueca nos sorprenda a todos premiando a un casi-desconocido. Mañana lo sabremos...

miércoles, 11 de enero de 2023

Mohamed Mbougar Sarr: La más recóndita memoria de los hombres

Idioma original: francés
Título original: La plus secrète mémoire des hommes
Traducción: Oriol Valls (en catalán para Més Llibres) y Rubén Martín Giráldez (en castellano para Anagrama)
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En el panorama literario actual, en los que la publicación de títulos es tan avasalladora que ni publicando la reseña de un libro al día únicamente de las novedades destacadas llegaríamos a cubrir todo lo que el mercado ofrece, la otorgación de premios literarios sirve para situar una obra en el escaparate. Y este hecho hace que, también, cada vez haya más premios literarios, más apariciones en listas “reputadas”, más focos ante los que poner una reciente publicación para que sobresalga entre el resto. Pero hay premios y premios y el Goncourt es uno de los que tiene más prestigio, por su antigüedad de más de cien años, pero también por sus premiados a lo largo de la historia (Proust, Houellebecq, Modiano, Duras, etc. etc.). Y, en 2021, Mbougar Sarr ganó este prestigioso premio con esta novela, convirtiéndose en el primer autor senegalés en hacerlo. Y tiene todo su sentido, por lo que expone y por cómo lo hace. ¡Veamos! 

Hay libros que plantean un reto lector importante, ya sea por el estilo del autor, por la estructura de la novela o por la ambición del escritor. Este libro se situaría en este último grupo, pues Mbougar Sarr teje una novela que mezcla reflexiones en torno a la propia literatura y que nos interpela directamente ubicando al narrador en un escenario que trasciende la propia narración, así como una trama descompuesta en fragmentos que, desde diferentes ángulos, nos presenta una historia en torno a una figura central, T.C. Elimane, que ejerce como protagonista ausente y que sirve como MacGuffin a través del cual Mbougar Sarr nos lleva a diferentes territorios, físicos y mentales, desde los que nos habla de guerras mundiales, de colonización y de dramas familiares.

A nivel argumental, la novela nos presenta Diégane Latyr Faye, un autor senegalés, que por cuestiones del azar descubre a T.C. Elimane, alguien que «había jugado las tres cartas más poderosas de las que se puede disponer: primero, había escogido un nombre de iniciales misteriosas; después, había escrito un solo libro; finalmente, había desaparecido sin dejar rastro», y sin poder afirmar a ciencia cierta si había existido o se trataba de un seudónimo. Elimane, un autor que «figuraba en el Compendio de Literaturas Negras, una de las infatigables antologías que, desde la era colonial hasta nuestros días, servían de libro de consulta a los escolares de África francófona» y que, tras publicar un único libro ganador de numerosos premios, después de estallar la guerra destruyó todos los ejemplares, siendo imposible encontrar ninguno de ellos hasta que, por cuestiones de azar, Diégane accede a un ejemplar. Por ello, este hallazgo del único libro del autor, publicado en 1938 y que fue un acontecimiento que elevó a su autor hasta ser considerado «el Rimbaud negro» le causa un impacto y más teniendo en cuenta que, tras ser su autor acusado de plagio, desapareció sin dejar rastro convirtiéndose en un ser entre mítico y fantasma. Atraído por el misterio que envuelve el libro y el autor, Diégane Latyr Faye decide investigar sobre lo sucedido, embarcándose en un viaje emocional que le absorbe y le obsesiona enormemente.

Con este punto de partida, el relato alterna la búsqueda de Elimane por parte de Diégane con la narración del pasado del autor así como del contexto histórico en el que se encuentran. Ahí entra en juego sus mejores páginas, en una narración sostenida en la transmisión de una honestidad y cercanía. Las confesiones siempre tienen ese punto de nostalgia, y el autor hace que empaticemos con su estado anímico, tanto en la subida explosiva propia de los enamoramientos casuales como en sus declives y pesares en los que el autor nos habla de la colonización y la necesidad casi imperiosa por parte de los escritores africanos de traspasar fronteras y ser reconocidos más allá de su territorio aunque «ningún escritor africano establecido aquí lo confesará públicamente. Todo el mundo lo negará (…) pero, en el fondo, esto formaba parte del sueño de muchos de nosotros (…): la entronización por parte del mundo literario francés (…) es nuestra vergüenza, pero también nuestra gloria fantaseada; nuestra servitud, y la ilusión envenenada de nuestra elevación simbólica». Unos recuerdos rodeados de nostalgia, pues «nada entristece tanto un hombre como sus recuerdos, incluso cuando son felices».

Estilísticamente, la prosa de Mbougar Sarr es potente, directa y profunda. Se ha comentado mucho que se asemeja a Bolaño (y no seré yo quién lo discuta), pero veo en él también rasgos de Cărtărescu cuando nos habla de literatura, de la necesidad imperiosa de escribir, cuando, ya en la primera página trata la relación entre escritor y obra, afirmando que «el uno y la otra caminan juntos en el laberinto más perfecto que podemos imaginar» porque «un gran libro no tiene tema y no habla de nada, solo busca decir o descubrir algo, pero este solo ya lo es todo, y este algo también lo es todo». O también, cuando en un diálogo entre escritores uno de ellos espeta al otro que «aquí está tu error. Aquí está el error de todos los individuos como tú. Creéis que la literatura corrige la vida. O la completa. O la sustituye. Es falso (…) los escritores como tú están atrapados en sus ficciones. Sois narradores permanentes. Es la vida, lo que cuenta. La obra únicamente viene después». Estas páginas en las que habla de la literatura desde la fatalidad, desde el que afrenta la escritura como única vía de redención aún a sabiendas que no existe y si lo hace no es a través de los libros, nos atan a la literatura y a una espiral en el que no hay salida. Y en esos recovecos metaliterarios uno recuerda a Cărtărescu (también en ciertos episodios oníricos) y Lispector, en esa meta literatura que constatamos al leer que «escribían porque no sabíamos nada, escribían para decir que ya no sabíamos qué hacía falta hacer en el mundo, más allá de escribir». Asimismo, también en ciertos fragmentos, cuando habla sobre tragedias familiares en la tierra natal de Elimane, con las disputas entre hermanos, fallecimientos y secretos, veo a Mouawad y sus extraordinarias tragedias por la manera de abordarlas y la crudeza de su narración porque cuando el autor traza el origen y pasado de Elimane desde su nacimiento, en clave retrospectiva una vez establecido el misterio en el primer tramo del libro, hay ecos significantes del autor libanés en la tragedia familiar y las herencias heredadas de un pasado entre hermanos mal resuelta, y la descendencia vital que reclama ser atendida «era responsable de la descendencia de mi hermano», un niño al que, cuando lo miraba sentía que «en el corazón de su inocencia, a veces batía, como un nervio doloroso, todo el odio que había sentido por su padre. ¿Puede ser responsable un niño de un pasado que no ha conocido? ¿Es forzosamente el heredero de los sucesos que le han precedido? ¿Podemos estar resentidos con él por los errores de su ascendencia? (…) Elimane arrastraría por todos los sitios la sombra y el recuerdo de Assane. Sería este recuerdo y esta sombra. Solo por este hecho, sabía que siempre me recordaría a mi hermano. Nunca conseguiría liberarme de él».

Particularmente, encuentro el libro fascinante y muy potente en su primer tramo, cuando se envuelve de literatura, de reflexiones, de dudas existenciales y de inseguridades relacionadas con la creación literaria y con la vida. En este aspecto el libro es sublime. Es por ello que, a mi entender, va de más a menos, reduciendo impacto cuando deja parcialmente de lado estos aspectos para centrarse en la búsqueda del autor y su historia pasada, una búsqueda que pasa por diferentes ciudades y países y momentos históricos que marcaron el siglo XX. La ambición de Mbougar Sarr es muy grande, y esto es algo digno de elogio y también lo es que consiga mantener el interés a lo largo de toda la narración y a pesar de intercalar cartas, narradores y puntos de vista para dar forma a la figura del misterioso autor a través de diferentes personajes que coincidieron puntualmente con él. Ya lo apunta el autor al interpelarnos indirectamente cuando afirma que «todas las siluetas de este pasado de repente abierto se mueven delante de mí en una coreografía tan compleja como fascinante». Y tiene toda la razón en esta afirmación porque en este juego metaliterario en el que nos vemos arrastrados al leer el libro nos ocurre lo mismo, compartiendo así experiencia con el propio protagonista al desenredar la trama argumental de la vida de tan misterioso y enigmático personaje. El reto era mayúsculo, y las múltiples capas que ofrece la lectura de este libro dan fe de ello, aunque en ocasiones la dispersión roza el exceso.

Mbougar Sarr reivindica con este libro su propio espacio en el mundo literario, y lo extiende a sus compatriotas pues en boca del protagonista se dirige a ellos afirmando que «nos decía a nosotros, los escritores africanos: inventad vuestra propia tradición, fundad vuestra historia literaria, descubrid vuestras propias formas, experimentadlas en vuestros espacios, fecundad vuestro imaginario profundo, tened una tierra que sea vuestra, porque solo allí existiréis para vosotros, pero también para los demás». Esta reivindicación de la literatura africana es otro gran eje del libro, y que nos hace recordar al gran Ngũgĩ wa Thiong’o.

El autor es consciente de la literatura y su poder hasta el punto que afirma que «es mejor no escribir si como mínimo no tienes la ambición de hacer temblar el alma de una persona» y profesa, especialmente en la primera parte del libro, su gran devoción por la literatura al hablar de los escritores confesando que «si los escritores no hablan de literatura, es decir, si no hablan de ella desde dentro, como a prácticos, obsesionados y poseídos, como enamorados, como locos (…), ¿quién lo hará? (…) Nuestra vida es esto: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar de ella también es mantenerla con vida, y mientras tenga vida, la nuestra, aunque sea inútil, incluso trágicamente cómica o insignificante, no estará perdida del todo». Y esta es una misión que compartimos desde este pequeño espacio literario.

También de Mohamed Mbougar Sarr en ULAD: Purs homes

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica Ojeda, Imogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri Hustvedt, Irene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.