lunes, 31 de agosto de 2015

Eduardo Halfon: Signor Hoffman

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: muy recomendable

Puede que a alguno le frustre que Halfon despache en solamente 144 páginas este Signor Hoffman. Normal. Quedarse con ganas de más. Lógico. Pero parece que con Halfon hayamos de acostumbrarnos a esa austeridad y esa concisión, aunque sea en aras de compensar sus enormes cualidades. Poner cada palabra en su sitio, sin aparatosidad. Usar frases cortas, puros brochazos, para retratar a la perfección una situación, un ambiente, una sensación. Solamente al alcance de unos pocos. Que Halfon va a ser un grande, de esos que se escriben con mayúsculas, ya dependerá de alguna otra cosa. De la promoción, claro, del boca-oreja, de alguna traducción de esas que hacen mucho ruido. De que algún día se decida a regalarnos su estrella distante o se atreva con su 2666.
Mientras tanto, ocurra ello o no, disfrutemos con sus obras de corta extensión, sobre sus propias experiencias o las de las generaciones de su familia, apreciemos esa cercanía que proclamaba Salinger, la del escritor al que quisieras telefonear en cuanto acabas su libro. Signor Hoffman visita lugares comunes con su fascinante predecesor, Monasterio. De hecho, si atendemos al color elegido por Asteroide y al argumento de alguno de los relatos, diríamos que ya vamos por el tomo tres (aunque El boxeador polaco, que no he leído, salió en otra editorial) de una serie dedicada a indagar en los orígenes de su familia, en ese abuelo que emigró, huyendo de los nazis, a Guatemala, y que no volvió, sintiéndose traicionado, a pronunciar una palabra en polaco. Un detalle poderoso, el origen judío, una referencia de peso, la mera mención a Auschwitz, un ingrediente que hay que tener cuidado en dosificar. Halfon, de momento, consigue que no se le vaya de las manos. 
Los relatos de Signor Hoffman parten de las propias experiencias de Halfon. Belice, Italia, Polonia, son algunos de los lugares en que se desarrollan. A veces le acompaña un viejo coche prestado. Visita a personas que no conoce, o se las encuentra esperándole. Viajes: si Monasterio empezaba en un aeropuerto, aquí tenemos carreteras de costa, desplazamientos. Alguien acogiéndolo, como escritor de fama en ascenso, para explicarle cómo se reconstruyeron, para no olvidarlos, campos de confinamiento de la Italia de Mussolini. O explicándole historias de Lodz, ciudad de Polonia que abandonó su abuelo. Visitando su antigua casa y sorprendiéndose de quién ahora vive en ella. Tenga enfrente a quien tenga, sea un amable anfitrión o un vigilante aduanero con celo por su trabajo, Halfon consigue del lector esa rara complicidad. Observa la realidad y escribe sobre ella. Le es más difícil no escribir, claro. Puestos a hacerlo, lo hace de la mejor manera y ahorra relleno. Evoca ese pasado, mantiene encendido el rescoldo del recuerdo al que rinde tributo, el de las decisiones familiares que han condicionado ese presente desde el que hace testimonio. El amago metaliterario está servido y, quizás con Signor Hoffman, con sus lugares comunes y sus destellos de intertextualidad, Halfon cierre este ciclo en un punto álgido, sin que haya dado muestra alguna de agotamiento, y, permitidme que me erija en portavoz, yo le agradecería, la expectativa es grande, el potencial anda ahí, le sobran las cualidades, se decida a dar el salto a la ficción abierta. Porque le podría decir que así es suficiente, podría regalar un titular tan adecuado de que da igual, que escriba sobre lo que le pasa, que la vida es literatura y la literatura es la vida. Pero creo que, en su caso, el momento de dejar de ser algo comedido y dar el paso hacia la grandeza ha llegado.