martes, 18 de agosto de 2015

Jim Thompson: 1280 almas

Idioma original: español
Título original: Pop. 1280
Año de publicación: 1964
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: muy recomendable

Vaya: sé que no es muy correcto empezar una reseña con una palabrota.

Pero: joder con el sheriff Nick Corey. Vaya sentido de la moral y de la ética y del deber y de la rectitud. Un tipo curioso, una especie de canalla con suerte al que todo le ha ido saliendo a pedir de boca. Triunfa donde va: comete crímenes amparado por su estrella de representante de la ley, de cuyas consecuencias se zafa. Va de cama en cama de toda mujer que se le antoja, siempre diferentes de Myra, aquella con la que está casado. Se las apaña para aparecer como un impecable ciudadano empeñado en ayudar a todo el mundo cuando no es más que un gañán de la peor calaña que no tiene el mínimo escrúpulo, el mínimo miramiento en llevarse por delante a quien se interponga entre él y sus planes estrafalarios. Bragueta y gatillo fáciles, este Nick Corey, a lo que le ayudan no solamente la extraña disposición de las mujeres que frecuentan su compañía sino la torpeza de sus sucesivos antagonistas, sean estos macarras, maridos que aparecen en el peor momento, testigos potencialmente incómodos. Él va despachando los asuntos mientras en su cabeza configura algo parecido a un plan maestro. 
Ah! No olvidemos su sacrificado día a día, el que Jim Thompson nos describe con una retranca que pone de relieve el enorme cachondeo que es 1280 almas. Que si siestas, cómodas pernoctas de ocho o diez horas para reponerse de duras jornadas laborales dedicadas al paseo y al retozo en catre ajeno. Que si desayunos sencillitos de tres platos y postre. 
Si Jim Thompson no retratara, entreverado en tanto sarcasmo, el panorama de una América rural, sucia, racista hasta la naúsea, primaria, lúgubre y precaria, cercana a lo real, uno cerraría el libro y diría a otra cosa mariposa. Pero no: todo ese atrezzo no es más que un excipiente para colocarnos amarga medicina, para que apreciemos lo moderna que suena esta novela que cumple medio siglo justo este año. Va, pónganle una cara medio célebre y dejenlo vagar por uno de esos cochambrosos parques repletos de caravanas. Quítenle dos grados de violencia y de frialdad y rianse como si fuera un personaje de My name is Earl. Reconozcámonos pasmados y hasta algo ruborizados por el desparpajo con el  que Thompson intercala mala catadura, tabús (el incesto, como en Hijo de la ira), y banaliza la violencia. Un enorme favor a hacernos: no encerrar a Thompson en el restringido mundo de la "novela negra". Salta las barreras, dejando un enorme reguero tras de sí. De hedor, por eso.

También de Thompson en ULAD: Los timadores, El asesino dentro de mí

4 comentarios:

Carmen Joy dijo...

La verdad es que el libro tiene pinta de ser bastante bruto. Este tipo de personajes siempre me crean la misma inseguridad, porque igual te sientes atraídos por ellos porque son todo lo que nadie debería ser (para ser mínimamente convivible) o los odias y quieres que mueran todo el rato. En general, los libros encabezados por un machito con la bragueta fácil como dices me da coraje.
Gracias por la reseña. Saludos

aningunsitioperoquesealejos dijo...

Tras leerla, el protagonista de esta novela quedó en mi top de "grandes hijos de puta de la literatura". Me encantó.

Francesc Bon dijo...

Creo que es fascinante que la literatura sea capaz de crear (o a lo mejor, recrear) estos monstruos. Aunque sea para especular con lo horrible que fuera que existieran. No hay que tener miedo en encontrarnos cómodos, cómplices o incluso comprensivos. Siempre que la cosa quede ahí, claro.
Gracias por los comentarios.

Luz Olier dijo...

No estoy segura de que me haya gustado. Necesito identificarme con el protagonista o al menos con la historia y con esta novela me ha resultado imposible. Tanto el sheriff como los personajes que le rodean son odiosos, malvados o hipócritas, ambas cosas en general. Aun así la novela está bien escrita, lo reconozco, aunque no la recomendaría para alguien con un mínimo de sensibilidad. Un "andara" por anduviera lo achaco a su conversión a epub. Semejante barbaridad no cabe en la cabeza de ningún traductor.