Idioma original: inglésTítulo original: Water music
Año de publicación: 1981
Traducción: Manuel Pereira
Valoración: muy recomendable... e incluso imprescindible
Más aún cuando la novela es, como ésta, de lo más punki que uno pueda echarse al coleto. Y eso que lo que cuenta son las aventuras de un explorador del siglo XVIII, el celebérrimo Mungo Park -¿qué pasa?: os aseguro que en su momento no había nadie más famoso en el Reino Unido pre-Brexit-, el primer europeo que vio el legendario río Níger, se dio un chapuzón en él y volvió para contarlo. Pero la novela no deja de ser hija del año 81, una época grata para la iconoclastia y la heterodoxia; para que nos hagamos una idea, así comienza la novela de -el gran- T.C. Boyle:
"Mientras la mayoría de los jóvenes escoceses de su edad araban y sembraban con las faldas arremangadas, Mungo Park enseñaba las nalgas a Haj' Alí Fatoudi, emir de Ludamar." A partir de ahí -el gran- Boyle nos ofrece una narración apabullante, opulento en el relato de todas las miserias humanas que pueden concebirse, minucioso en los detalles más sórdidos y desesperanzadores, desapasionado como una miríada de insectos devorando un cadáver putrefacto, revelador de toda la hez que cabe en este mundo y en los mundos que hay dentro de cada mundo... tan escéptico sobre los hombres que casi es incapaz de despertar indignación alguna. Ante nuestros ojos pasarán viejas brujas purulentas, jerifaltes ensoberbecidos, ladrones de cadáveres, erotómanos pervertidos, sinvergüenzas de toda ralea y condición.... y eso sin apenas salir de Inglaterra; en los territorios africanos nos aguardan también moros crueles y fanáticos, mandingas avariciosos, caníbales sonrientes, fieras salvajes e inmisericordes, enfermedad y podredumbre sin mitigación posible. Y sobre todo, una Naturaleza avasalladora, asesina...
Tampoco es que Mungo Park no fuese el hombre indicado para domeñar a los elementos y sortear las trampas de la Fortuna... Bueno, en realidad no lo era, o por lo menos no es esa la visión de él que nos ofrece -el gran- Boyle: el héroe escocés se nos presenta como un joven intrépido y ambicioso, sí, pero como todos, sometido más a los designios del dios Azar que de la Fortuna, zarandeado y arrastrado como una ramita por el agua de un arroyo que desemboque en ese río que andaba buscando como un enajenado. y los demás personajes que le acompañan o que cruzan por esta novela tampoco parecen mucho más dueños de su propio destino que él: ni su guía el bibliófilo Johnson, ni su prometida Ailie, ni el prometido de su prometida (es una lega historia, George Gleg), ni su enemigo el bereber Dassoud; ni mucho menos el superviviente nato Ned Rise, ni su beodo amigo Boyles, ni su amor arrebatado Fanny Brunch... Ni el mismísimo rey de Inglaterra, más loco que una cabra, parece ser dueño de su destino. Ni el lector de la novela, que se deja, sin otra posibilidad, arrebatar por una historia que te lleva a lo largo de dos continentes, de un sinfín de penalidades y maravillas casi secretas, te deja exhausto ante el despliegue de crueldad de la que es capaz el ser humano, casi sin darse cuenta, como niños que juegan a verter agua hirviendo sobre un hormiguero. O dioses que se divierten contemplando cómo los hombres dan tumbos de aquí para allá, persiguiendo, con más o menos convicción, sus -nuestros- sueños y sus infortunios, que nosotros confundimos con designios.
Y sobre todo, el lector -este lector- se queda maravillado por la prosa, de -el gran- T. C. Boyle, capaz de la mayor precisión posible con una prosa sobria e impresionista, erudita pero no pedante, rica pero no grandilocuencia, sensible sin caer en la sensiblería... ¡qué narices, le voy a poner un "imprescindible"!



