Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer
Reconozco que me acerco de vez en cuando a las novedades de Anagrama. Lo hago con la ingenuidad esperanzada del adolescente que pasea cerca del portal donde vive el objeto de su deseo, lo hago esperando el encuentro casual que vaya a más, lo hago confiando que algún día se acaben los chascos y las decepciones.
Lo hago porque Jorge Herralde estuvo al mando de una editorial que me presentó a Bolaño, a Houellebecq, a Kapuscinski y al Hornby de los mejores tiempos y a algunos Auster, a Sebald y a Richard Ford. Demasiado bagaje para olvidar y demasiado bagaje para que me retraiga de hacer sangre.
Porque luego, tiempos más recientes, se unieron a esa selecta fiesta invitados no deseados. Nothomb, Trueba, algunos ya directamente deleznables, aguafiestas que les llaman, como Pablo Rivero o, el colmo de la vacuidad y la insustancialidad, el esperpento llamado También esto pasará, colofón de la infumabilidad y, en la apuesta de la editorial por atribuirle miles de cualidades, la terrorífica conquista de la sima de lo admisible, el momento en que la duda ha manchado lo que era una enseña casi inapelable.
Cómo dejar de escribir, título que parece hacer la competencia a los clickbaits, no os va a aclarar gran cosa. Novela corta que se lee en apenas una hora (curioso tanta concisión cuando la contratapa define a la autora como una admiradora de Bolaño o Foster Wallace) y en la que suceden pocas cositas. Renfo, curioso nombre para hijo y nieto de celebridades de origen latinoamericano, a la búsqueda de un manuscrito de su padre escritor, mientras se encuentra y desencuentra con personajes a la medida de la noche madrileña y de la volatilidad de los niños bien que gustan de paseos por el lado salvaje. Claudia, novia o algo así de vaivén, amigos de no menos curiosos nombres, va por aquí, va por allá, un coche viejo, poca cosita que pasa en una novela que parece un ejercicio de estilo por cuanto no hay una frase fuera de sitio, nada malo sucede en términos literarios, se va leyendo, se nota alguna hechura de influencias, se nota cierta seguridad de ser aplaudida por los de siempre por alguna ocurrencia, que para eso el mundo literario es pequeño y entre bueyes no hay cornadas.
Sin ánimo de ofender, leo que en el último Premio Herralde (el ganado por la entretenida novela de Juan Pablo Villalobos) el jurado decidió, sin premiarla, recomendar la publicación de esta obra. Que no resulta ni ofensiva ni inofensiva. que se lee tan fácil como si fuera un relato alargado publicado en una recopilación entre unos cuantos. Un viaje de autobús entre provincias, una espera que se alarga en alguna sala por una urgencia leve.
Y ahora me pregunto si he hallado en ella una sola razón para recomendar, yo, ya no publicarla, sino meramente leerla.