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domingo, 24 de octubre de 2021

Carlota Gurt: Sola

Idioma original: catalán
Título original: Sola
Traducción: Palmira Freixas
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Después de debutar en narrativa con el libro de cuentos «Cabalgar la noche», y hacerlo de manera bastante destacada, Carlota Gurt ha ampliado su campo de acción adentrándose en el mundo de la novela. Para hacerlo, la autora ha reformulado la novela «Solitud», de Victor Catalá, utilizándola únicamente a modo de base para, a partir de pequeños mimbres, desplegar una historia que sorprende por su ritmo, su calidad lingüística y una radicalidad en forma y fondo que desnuda y profundiza la condición humana en su estado más puro: la soledad.

Con un primer párrafo cautivador, la narración viene de mano de Mei, la protagonista, que tras un desengaño laboral en la editorial donde trabajaba, busca refugio en la casa de campo que fue su hogar en la infancia para escribir una novela; una llegada a su pasado algo atropellada, algo agitada, pues, «cuando el camino se ha adentrado en el bosque, el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa». Esta premura, esta urgencia y la narración en primera persona sitúa al lector al lado de la protagonista y nos invita, o nos alienta, a entrar con ella en su antigua casa, un lugar lleno de recuerdos, de pasado y de experiencias; un lugar antiguo y conocido, pero al que se debe acostumbrar de nuevo y hacérselo suyo eliminando capas de polvo, limpiando muebles y muchos (y no siempre agradables) recuerdos que la autora sintetiza afirmando que «frotaba con pasión, a veces me daba un calambre en los dedos de agarrar el cepillo con tanta fuerza, sentía que me estaba limpiando la mugre de los pliegos mentales, como si me estuviera lustrando los recuerdos para hacerlos más bonitos». Con ello, la autora ya nos hace ver que no todo es placentero en su pasado, que no todo es agradable y que habrá que sacudir el polvo de unos recuerdos y añadir capas de olvido en otros.

Situados en escena, el libro no deja respiro. El ritmo de lectura es ágil, la escritora nos contagia su vitalidad y la de su protagonista, pues de la misma manera en la que empieza la novela al afirmar que «el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa», la autora hace lo propio, y con su ritmo rápido (en claro contraste con la supuesta calma del pequeño pueblo en la montaña en el que se halla) nos empuja hacia la historia, nos mete en su casa con ella, y nos encontramos de golpe rodeados también de sus recuerdos y también de sus temores.

Mei habla en primera persona, y se convierte en narradora omnipresente y se nos muestra de manera espontánea en una cualidad que comparte con su autora, pues uno puede sentir en el desparpajo de Mei a Carlota Gurt, directa y visceral, mostrándose de manera franca, sin esconder sus debilidades ni sus miedos, dando la sensación de que ese tono desenfadado es pretendido, es buscado, es una extensión de ella misma. Ya la propia autora coquetea con ello al afirmar que «esta novela es un error; alguien me lo dirá en algún momento, y tendrá razón. Entonces, cuando las dudas se me arrapan a la piel, empiezo a picar más fuerte para que el terremoto continuo de las teclas desmorone mis inseguridades», o también «Mei, tendrías que haberlo revisado más. Qué te has creído, impostora, imbécil» o capitulando al afirmar «este cuento no va a ningún lugar, farsante». Gurt juega con el lector, y le hace confidente del propio relato, en un ejercicio metaliterario que sorprende y funciona perfectamente engrasado porque ese guiño al lector es una muestra más de la ironía y el sentido del humor de la autora, que retrata a su propio personaje como «la bobalicona de ciudad plantada en medio del camino» ejemplificando así la torpeza social de la protagonista, en una desubicación mental, vital, pero también física de la mujer de ciudad yendo al campo, como si la protagonista se hubiera extraído de su entorno acomodado y confortable para someterla a la transformación y adaptación a un entorno ajeno emocionalmente, laboralmente, vitalmente, luchando contra unos recuerdos que permanecen imborrables y contra novedades vitales que llegan de golpe y la inquietan, la turban, pues a pesar de los esfuerzos de Mei, «llevo dos días concentrándome para mantener las ilusiones fuera de las murallas y ya no puedo más. Hostia, es que yo no quiero imaginar porque las murallas son débiles y el ejército de la ilusión es invencible».

De esta manera, y evitando todo spoiler en esta reseña, a medida que avanza el libro vamos viendo que esa fina ironía que desprende el tono del libro en boca de Mei es una manera de captar al lector, es un anzuelo al que nos enganchamos de manera inevitable (y nos plegamos y disfrutamos con él) para entrar en una historia que no tiene nada de alegre, porque Gurt lo utiliza como un acto de la ilusionismo en el que nos envuelve para hacernos creer que lo que leemos es ligero, que lo devoraremos en unas pocas horas (aunque eso es cierto, pero tardaremos mucho más en olvidarlo), pero ella, hábil narradora de cuentos, sabe lo que es el impacto, sabe cómo causarlo y cuando hacerlo. Y sabe cómo sacudir de golpe la inocencia y la ligereza y abrir un surco profundo y oscuro, porque la grieta que abre en la narración a partir de cierto momento llega como un torrente, como un rio desbocado de caudal incontrolable. Y Mei lo confirma, afirmando que «he salido de la realidad y me he metido en un paréntesis lleno de ojos que no paran de chorrear», afirmando con pesar que «si estoy sola la tristeza la tengo confinada, pero si hay alguien más me desbordará».

Gurt es atrevida, de lengua rápida e inteligencia aguda, y estas cualidades hacen que el ritmo de lectura sea torrencial, pasional, casi visceral. Mei es contundente y sarcástica, con cierto punto de una mala leche que no esconde, como al afirmar, ante uno de los personajes que sufre osteoporosis, que «he pensado que esa enfermedad le encajaba perfectamente: es tan blanda que incluso su cuerpo le niega unos huesos como Dios manda». Esa vehemencia imprime un tono que atrapa, y que no da descanso al lector al igual que no se lo da a Mei, que parece perseguida por las circunstancias y por lo que sucede, siempre a remolque, siempre intentado comprender y adaptarse a un mundo que cambia de forma cada vez que parece que le tiene tomadas las medidas. Y, en el avance del día a día, en la soledad de una casa, de pocas personas apenas conocidas, va inundando de dudas e incertezas a Mei que se va recluyendo, se va cercando, se va aislando en un mundo que cada vez desconoce más, en una contienda entre presente y futuro, porque «el ejército de los recuerdos avanza, pero es necesario que los soldados de la supervivencia lo aniquilen sin piedad. Todo el día con esta batalla agotadora contra la memoria dentro de la cabeza, y mientras dominar el arte de la guerra, empujando las horas: desayunar, escribir, comer, dormir. ¿Para qué? La vida, qué etcétera más tedioso».

Es curioso que cuando uno de sus vecinos lee las primeras páginas de su novela y le da su opinión, ve en esa novela algo muy parecido a lo que podemos ver nosotros en esta: «la lengua está muy bien, trabajada sin empalagar, ni demasiado simple ni demasiado retorcida. La primera persona me gusta, siempre ayuda a estar más cerca de los personajes, a olerles la piel, pero tiene el peligro de caer demasiado en el yo, de revolcarse en él». Esas sensaciones se repiten exactamente en la lectura de este libro, y da una buena muestra de que la autora, que destila honestidad y espontaneidad, se conoce perfectamente y se muestra ante nosotros tal y como es. Y precisamente, y seguramente gracias a esto, su prosa fluye de manera vertiginosa, limpia, contundente y sin parecer que le importe mostrar ciertas imperfecciones, pues la acerca a una protagonista que las tiene y vive en ellas y contra ellas. 

Gurt sobresale cuando da rienda suelta a su desenfreno, cuando narra escenas de deseo incontrolable, cuando deja salir toda la pasión que su imaginación es capaz de poner y se deja llevar, sin contención, sin cortapisas, sin obstáculos que, de haberlos, los barrería y los engulliría, los arrasaría y los quemaría con el ardor y la pasión que irradia el relato. Rabia y deseo se unen, y de la unión nace una ira incontrolable que todo lo barre, incluso su vergüenza, sus recelos, ella misma, porque «la vergüenza y la rabia pueden con todo». Porque ahí es donde más me gusta Gurt, en la visceralidad, en el descaro, en el atrevimiento, en la valentía… mejor transmitiendo sensaciones que historias largas, mejor buscando el impacto que tramas de fondo y me gustaría verla en un registro de relaciones incendiarias, de claroscuros amorosos, donde la fuerza del relato resida en la duda y la incertidumbre, y la pasión, siempre necesaria, en la vida y en el amor. Hay mucha corporalidad en la narración, la protagonista es mujer y su personaje así lo muestra hablándonos de menstruaciones, orgasmos o masturbaciones. Ese es otro ejemplo del desparpajo de la autora, que no se esconde en clichés o en metáforas para narrar lo que considera, lo expone directamente, abiertamente, de manera natural y sin nada que esconder. 

Asimismo, la cuenta atrás que pone nombre a cada capítulos funciona a modo de McGuffin que empuja al lector, insuflando un aliento adicional por si el ritmo vertiginoso de la narración no fuera suficiente. Esta es la crónica de un delirio, de una vida que se tuerce a cada esquina, a cada bifurcación del camino que trazamos a nuestro paso pero que parece ya predeterminado de antemano porque Gurt coge su personaje y lo despedaza, se mete dentro de él como un Caballo de Troya y desde dentro lo desmenuza y lo destripa, mostrando ante el mundo sus virtudes y sus crecientes defectos, alimentados por una soledad que la envuelve y la rodea de miedos y temores y que la lleva a firmar que «y entonces he visto todo aquello, como un relámpago que lo ilumina todo un instante y después la oscuridad no puede volver a ser negra como antes porque ya sabes qué se esconde en ella».


Dice la autora, en boca de Mei, «¿Qué narices te creías? ¿Que vendría aquí y te diría que habías escrito una puta obra maestra?». Pues diría que no, claro, que la autora no iba a escribir una obra maestra en su primera novela, pero que sí muestra unos dotes que hacen que creamos que algún día pueda escribirla porque, con «Sola», Carlota Gurt demuestra un gran talento a la hora (y especialmente) de narrar las pulsiones vitales de una persona que se encierra en una soledad buscada en un inicio, para tratar a partir de ella la psicología humana de quien se consume, a medida que se adentra, en su propia espiral de emociones. Por ello, y destacando especialmente su gran primer tercio y un final que brilla por su radicalidad, la autora ha escrito un libro que por su historia y visceralidad es de los que se quedan dentro una vez terminado, y queman, y carcomen y nos arrastran hacia unos delirios y unos demonios interiores que únicamente la soledad puede crear, o callar.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la noche, Biografía del fuegoEls erms

jueves, 10 de septiembre de 2020

Carlota Gurt: Cabalgar toda la noche

Idioma original: catalán
Título original: Cavalcarem tota la nit
Traducción: Carlos Mayor
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Los caminos que uno puede emprender para llegar a publicar un primer libro de narrativa son múltiples. Hay casos en que ese acercamiento se produce desde la poesía (ya hemos visto recientemente los casos de Irene Solà o Xavier Mas Craviotto, para escoger autores de similar procedencia), pero hay otros que llegan desde el no menos imprescindible (y a veces infravalorado) mundo de la traducción. Este es el caso de Carlota Gurt, que tras años de experiencia en ese campo e incluso acercándose a artes relacionadas como el teatro haciendo de productora de La Fura dels Baus, se ha lanzado definitivamente a escribir su primer libro como autora. Y se trata de una recopilación de relatos cortos, independientes, aunque relacionados temáticamente.

El título del libro hace referencia al poema «La canción del amor y la muerte del corneta Christoph Rilke» donde empieza diciendo «cabalgar, cabalgar, cabalgar, todo el día, toda la noche, todo el día» y es toda una declaración de intenciones, pues como indica en la contracubierta, «cabalgar toda la noche es avanzar en la oscuridad hacia unas fronteras que parecen inalcanzables, pero que no siempre lo son». Así la autora habla de cabalgar toda la noche como una necesidad, casi un apremio, de aventurarse sin fallecer a las sombras que habitan dentro de nosotros y el mundo que nos rodea, sin que el miedo nos paralice, sin que nos detenga, y seguir cabalgando entre la oscuridad buscando una salida, o al menos una luz, que nos siga empujando, como un señuelo, hasta conseguir salir de esa noche siempre presente y atenazadora.

Estructurado en doce cuentos más un epílogo, este recopilatorio narra diferentes situaciones cotidianas, donde los personajes a menudo se sienten inseguros, en ocasiones sobrepasados por la realidad que los envuelve, por sus vidas anodinas y sin un horizonte claro, en ocasiones como personas individuales, pero a menudo con historias que giran en torno a la pareja. El estilo de Carlota Gurt es mordaz, con un humor agrio y ciertas dosis de mala leche, con un tono oscuro como la noche por la cual cabalga sobre las palabras, guiándonos hacia un lugar oscuro del que no estamos muy seguros de querer entrar, pero que su atrayente voz nos empuja a ello de manera irresistible.

Como en todo libro de relatos, y más en este caso al no ser pocos, las historias narradas son diversas, y no tiene sentido en esta reseña entrar en cada una de ellas, pero sí destacaré las que más me han gustado. Ya para empezar, el primer relato, «Las compuertas», donde la autora narra una historia de deseos e inseguridades, de la fina línea que separa la convicción de la suposición, y el paso siempre difícil de dar para pasar de un estado seguro a un territorio por conocer. Las compuertas del título, la separación entre estados, entre personas, pero también entre sentimientos propios, aquello que las separa o que las une con tan solo la voluntad o la posibilidad de hacerlo y que enlaza perfectamente con el segundo relato («La bóveda que los cubría») en el que narra la indecisión de una pareja que encuentra la entrada de un túnel y hay diferencia de opiniones sobre si entrar o no, por miedo a los desconocido, por no estar suficientemente preparados... clara metáfora del mundo de la pareja.

También el mundo de la pareja, o de las relaciones sentimentales, es tratado en otro gran relato como «El verano eterno» en el que narra la relación entre una chica y su vecino, que flirtean constantemente en un vaivén de quiero/no quiero, porque el deseo existe pero difícilmente es tan intenso en la realidad como en el pensamiento, o también en «La tierra no me acuna», en el que explica la obsesión de una chica con el mar, con cruzar lagos, en hacer todas las travesías, excepto las que conlleven un compromiso o todo aquello que suponga un reto que no implique echar raíces ni suponer ataduras. Y el agua, a menudo presente en gran parte de los cuentos, como metáfora también de un lugar en el que uno puede sentir cierta tranquilidad pero que a la vez puede suponer un riesgo, una amenaza.

Dejo para el final, dos de sus mejores cuentos, «Segundos hechos a nuestra medida», en el que un hombre debe llevar un pastel a su mujer, pero es incapaz, cada vez le pesa más. El cuento es una clara alegoría del desgaste de una relación, al principio ideal e ilusión ante pero que el paso del tiempo diluye y desvanece sin tan siquiera la posibilidad que reconozca en ella aquello que hubo años atrás. Y, finalmente, el más diferente de todos, el más impactante, el más visceral, el gran cuento que es «Bestias carnívoras», ambientado en los casos de violaciones grupales, en clara referencia a La Manada, y donde expone cómo se siente la víctima, como lo vive, como nadie es consciente de aquello que han provocado incluso en ella misma. Destaco este cuento por su calidad, pero también como demostración de que, a través de un humor ácido, punzante y negro, y sin entrar en detalles, se puede denunciar con bastante (pero justificada) mala leche, la mentalidad de algunas bestias que también viven entre nosotros. El cuento que ha escrito es una manera muy gráfica de decir que ya basta.

Cabe decir que el estilo de Gurt es directo, a pesar de las habituales metáforas que contienen sus cuentos, pero que no dejan lugar a dudas sobre qué pretende contar la autora. Porque lo que pretende contar, es los diferentes relatos, está envuelto de cierto fatalismo, de finales que solo son una continuación de otros finales ya pasados; la autora carga los relatos de una sensación de decadencia y desaliento, no falta de futuro, aunque tampoco los viste de nostalgia. Sus relatos nos invitan a pensar hacia dónde vamos, sin asegurar que otros posibles pasados nos hubieran llevado a mejores presentes. Y habla en ellos de la soledad, la que se encuentra dentro de uno mismo, independientemente de si se encuentra en compañía o sin ella.

Lo mejor del libro es el estilo de la autora, atrevido, valiente, con cuentos en gran mayoría sin principio ni final, como si la autora echara una breve, pero acertada mirada a vidas ajenas que no dejan de ser similares a las nuestras o de gente a quien podríamos conocer. Hay mucho mensaje contenido en los cuentos y, a pesar de su tono agridulce (más agrio que dulce) la sensación que uno tiene terminada la lectura es que la autora sabe exponer perfectamente las deficiencias y carencias de las personas que, faltas de afecto o de ambición, transitan por la vida sin pretender demasiado, quizá tan solo soñar pensando que podría ser mejor, pero sin dar ese paso necesario por no acabar estando convencido del todo.

Los cuentos narrados dejan entrever un sentimiento de desencaje respecto al mundo, de inconformidad respecto al mundo en el que vivimos, a la propia vida. Como si los personajes intentaran encontrar su lugar en el mundo, encajar en una vida que, como los cuentos, parece como si hubieran sido encajadas en ella por accidente. Así los cuentos empiezan y acaban como si captáramos un instante de sus vidas, y la sensación que tiene uno al leer el libro es que a sus personajes les ocurre bastante lo mismo: se encuentran y narran su situación personal como si no tuvieran un pasado que les hubiera llevado a ahí. Y aquí está uno de los puntos fuertes del libro, Carlota Gurt no necesita construir un pasado en torno a ellos para narrar lo que pretende. Y es un gran mérito porque lo que pretende, no es precisamente poco.

También de Carlota Gurt en ULAD: Sola, Biografía del fuego, Els erms

jueves, 2 de abril de 2026

Carlota Gurt: Els erms

Idioma original: catalán
Título original: Els erms
Traducción: traducción al castellano en proceso en el momento de escribir esta reseña
Año de publicación: 2026
Valoración: recomendable


Siempre he admirado de Carlota Gurt su carácter atrevido y su honestidad expositiva al hablar sobre el mundo de la literatura a través de sus incontables artículos en prensa. Y, también, su osadía al hacer el salto a la escritura después de décadas dedicada a la traducción (que no deja de ser también un tipo de trabajo como escritor). Y de ahí salieron sus cuentos (interesante primera incursión con “Cabalgar toda la noche”) y también su primera novela (“Sola”) que me sorprendió por su estilo.

En este libro, segunda novela de la autora, da la sensación de que deja algo de lado sus influencias literarias en cuanto estilo, pero sigue tratando los temas que acostumbra: las relaciones personales. Así, abandona levemente cierta crudeza expositiva, cierta tosquedad y aridez de sus anteriores obras, para pasar a una prosa más equilibrada, más accesible, más limpia, aunque sin que ello signifique que sea inferior, más bien al contrario: Gurt demuestra tener muchas tablas en el arte de narrar y es algo constatable ya desde sus primeras páginas en las que la autora consigue atraparte completamente en la historia a través de un tono desenfadado pero no desprovisto de calidad, tirando de socarronería pero a la vez de elaboradas metáforas con las que la autora demuestra poseer una gran variedad de recursos. Asimismo, el ritmo es alto, la tensión latente y la intriga mesurada. Pulso firme en la autora que parece tener claro dónde está, dónde quiere llegar y hasta dónde quiere narrar (y también qué quiere mantener oculto).

Argumentalmente, la autora nos presenta a los que serán sus dos personajes protagonistas, describiendo la relación que tienen entre ellas y situándolas en una fecha bastante emblemática (la Nochebuena) y un paraje de lo más particular: el pantano de Sau (cuya característica principal es que otrora se trataba de un pueblo que cubrieron para hacer el embalse y que, en los tiempos más secos, aun se puede observar con totalidad su iglesia que, por el contrario, se encuentra sumergida bajo el agua en tiempos lluviosos). Esta elección del escenario en el que arranca la narración no es casual, puesto que el entorno juega también un papel importante en el desarrollo de la trama, ya sea como ubicación donde trascurre parte de la historia, ya sea como también todo lo que conlleva a nivel metafórico y simbólico (lo que se muestra visible y lo que permanece oculto).

Así, los protagonistas de la historia son una pareja de adultos en su cincuentena: en primer lugar, Ramona que con su pelo negro, 1.83 de altura y elegancia natural llega al hotel del parador para pasar la Navidad. Y allí, en la entrada, topa con Faust, nuestro segundo protagonista, un hombre de elevado peso, baja estatura y que espera repantigado en un sofá de la entrada. El contraste en ambos es evidente, al menos a nivel físico, pues tal y como aprecia Faust, ella está «hecha de ángulos. Una escultura de Giacometti pintada por Picasso. No como él, que proviene salido de un cuadro de Botero. A Fausto no le gustan las mujeres de alambre». 

Establecida la premisa inicial, con un innegable gancho argumental tras el encuentro fortuito entre ambos, la historia traza dos narraciones paralelas para desgranar la vida de ambos personajes. Con ello, profundizamos en sus caracteres, sus pensamientos, sus pasados y sus inquietudes y desencantos, pero a la vez, a medida que avanza el libro, vamos despegándonos del engrudo que unía ambas historias y que contenía un innegable interés asociado por las discrepancias, las dicotomías, los márgenes del espectro a cada uno de los lados enfrentándose y encontrándose. El contraste entre ambos, tan evidente, tan preciso, servía de prometedor inicio para ver donde llevaba la historia, pero la autora lanza un salto temporal (algo abrupto en mi opinión) y establece una (des)conexión con cierto tiempo entre historias. Así, este libro es un libro que trata, más que de relaciones, de predicciones, de ilusiones, de conjeturas a partir de un encuentro fortuito y casual. Trata sobre como proyectamos en alguien a quién acabamos de conocer una idea de relación, una figura ficticia pero que, por contra (o precisamente gracias a ello) de apariencia muy real pues copa todo aquello que nos atrae y no damos la oportunidad a comprobar o rebatir. Así la autora construye ante los personajes un castillo de naipes aun dispuesto sobre un tapiz, una posibilidad infinita de ser aquello que queramos ser, aquello que buscamos. Porque en nuestra cabeza, todas las vidas imaginadas son posibles en ese momento inicial, todo lo que vivimos en ese instante no es el presente sino todos aquellos futuros que esperamos que surjan a partir de esa oportunidad. Y ese punto de partida, nos lleva a reflexiones sobre los comienzos (lo que me lleva al gran libro homónimo de Claire Marin): un momento donde existe todo, incluso lo malo, incluso lo que sí ya vemos, pero a lo que no le damos importancia porque en ese momento pensamos que probablemente quedará allí.

Por todo ello, y con todas las capas que la autora teje en este relato, se hace evidente que Carlota Gurt tiene oficio, tiene tablas a la hora de escribir; se nota y lo demuestra en la solidez de un estilo sin altibajos, con ritmo y calidad constante, manteniendo un equilibrio muy bien trabado entre alta literatura y una narrativa accesible, con el punto justo de metáforas sin excesos ni necesidad de demostrar nada. Pero, también es cierto, que la historia es muy irregular: de un arranque más que interesante, pasamos a una bifurcación en la que cuesta situarse al principio y la curiosidad despertada en cada una de las tramas se hace muy dispar lo que produce que el interés en el libro oscile de manera muy marcada entre ambas, haciendo que la irregularidad lastre la lectura y el lector se encuentre a medio camino entre el interés y la apatía, pues, a pesar de todos los temas que toca de manera tangencial (las parejas, el futuro, el trabajo, los móviles, la obsesión por el cuerpo, al sequía, los problemas de comunicación) al final parece que el argumento sea lo de menos y eso es algo, que al menos a mí, en este tipo de libros y especialmente por lo que el argumento apuntaba, sí es importante. Aún y así, este libro, con sus posibles puntos débiles, trata de manera bastante certera varios aspectos de la sociedad actual, especialmente la soledad y lo que hacemos para lidiar con ella. Y abre la puerta a creer que, a veces, es únicamente necesario un momento, un punto de enganche con una ilusión, para que nos llevemos esa relación con nosotros tanto tiempo como dejemos que nuestra imaginación nos conduzca hacia la búsqueda de una felicidad que puede que no encontremos en la realidad del día a día. 

Dice la autora que, «todo son ficciones dentro de nuestras cabezas, y el futuro también, una ficción más que nos contamos, las ficciones nos empujan adelante y nos permiten creer en lo que todavía no existe, y esta es la grandeza del ser humano», y es que, al fin y al cabo, lo que nos hace vivir y sentir son nuestros sueños e ilusiones. El resto, nos es ya conocido y no siempre ilusionante.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la nocheSolaBiografía del fuego

lunes, 29 de enero de 2024

Carlota Gurt: Biografía del fuego

Idioma original: catalán

Título original: Biografia del foc

Traducción: la propia autora

Año de publicación: 2023

Valoración: muy recomendable

La autora hace una curiosa advertencia en el índice donde se relacionan los cuentos contenidos en este volumen. Leerlos en orden y no más de dos seguidos. Curiosa instrucción que hace unos semana oía cómo explicaba en un podcast y que tiene cierta lógica reivindicativa del género y de la colección de relatos como una vertiente literaria con personalidad y entidad propias. Lo cual no deja de alinearse con cierto tipo de acceso al estrellato (...) por cuanto hoy en día, aunque no falten las excepciones, muchos autores usan el relato corto como una especie de jam session, incluso una especie de tanteo de en qué registro se sienten más cómodos. Gurt reivindica orgullosa y no ve la necesidad de acometer la novela, aunque fue lo primero que publicó como si se tratara de una puesta de largo.

Bueno. A tenor de lo leído en esta Biografía del fuego no tiene sentido especular. Puede ser cierto, de ahí esa curiosa instrucción de la autora sobre el ritmo de lectura, que, sin llegar a estar más que puntualmente relacionados, los cuentos de esta colección, pueden superponerse de cierta manera, vistos en su conjunto sus protagonistas, casi siempre de mediana edad, en entornos urbanos, con cierto perfil formativo, son personajes a los que les suceden cosas posibles, quizás haya algún detalle surrealista, algún guiño a los grandes del género como Cortázar, Carver o Monzó, aunque aquí el aderezo es sumamente contemporáneo, y el armazón de la serie de relatos la constituyen ciertas sutiles coincidencias como la presencia de aves (de ahí la portada, que parece beber de las imágenes de Chernobyl) o esos planteamientos levemente surrealistas, cuentos modernos sin ironía en el adjetivo: recorridos en coche, parejas en diversos grados de (des)consolidación, curiosas aficiones - ¿seré el único que recuerda que Richard D. James AKA Aphex Twin también se compró un tanque? - y una percepción muy subliminal que parece impregnar esa continuidad: la extraña incerteza de la clase media.

No había leído a Gurt hasta ahora. Será, quizás, por el formato, pero me ha gustado su estilo directo y alérgico a lo periférico, su aplomo narrativo incluso en los cuentos más modestos. Curioso, con estos autores suele sucederme que me quedo con los desarrollos más prolongados, habré desarrollado alergia al microrrelato. He de decir, no quiero ser malinterpretado, que su nombre quedaba disuelto en cierta nube que podríamos etiquetar como narradoras/más bien jóvenes/catalanas, últimamente demasiado homogeneizadas por la industria (como si cada editorial temiera quedarse sin la suya), pero esta Biografía del fuego me genera curiosidad por el resto de su obra.


También de Carlota Gurt en ULAD: Aquí

domingo, 27 de febrero de 2022

Eva Baltasar: Mamut

Idioma original: catalán
Título original: Mamut
Traducción: Nicole d'Amonville Alegría
Año de publicación: 2022
Valoración: entre está bien y recomendable

Parece cuestión de casualidad, pero últimamente están apareciendo libros donde sus protagonistas se trasladan de la ciudad al campo. Es posible que sea debido a que hayamos llegado a un momento en el que las ciudades nos expulsan económica pero también emocionalmente y nos devuelven a los entornos rurales, allí donde todo parece más genuino y veraz. Este tipo de migración física pero ligada también a un cambio interior que encontramos en esta última obra del tríptico de Baltasar, la encontramos (y disfrutamos) recientemente en la novela «Sola», de Carlota Gurt, obra con la cual guarda ciertos paralelismos por esa huida adelante, pero también por una narración muy visceral, orgánica, casi salvaje que acompaña el escenario físico en el que transcurren ambas novelas. Parece como, si de golpe, recobrara peso la narración desde la ruralidad para volver a unos orígenes de los que la ciudad, inmensa, grande, hostil y antipáticamente fría nos ha alejado.

La novela empieza cuando la protagonista, narradora en primera persona, nos recuerda el día en que cumplía veinticuatro años, el día previamente elegido en el que debía lograr quedarse embarazada. Así, organizando una fiesta de fecundación en la que quería ser madre soltera, pues tenía claro que no quería que «nunca ningún padre me reclamara la parte», intenta encontrar quién pueda participar en el acto para conseguir su propósito. Así, como ocurría ya con «Boulder», en este caso también encontramos una mujer joven, en apariencia solitaria y en la que la maternidad incide en su vida, aunque en este caso de manera algo diferente pues la decisión está basada concretamente en el acto de dar a luz que en la maternidad futura porque «no era el deseo de tener un hijo, lo que me había secuestrado, era el deseo de gestarlo, el de hacer pasar la vida cuerpo a través, el de crear».

Especialmente en el primer tramo del libro reconocemos a la autora que ya nos impactó con sus anteriores libros, por la potencia narrativa, por la claridad expositiva y por un estilo poético que llena el relato de frases como «era abril y la primavera reventaba los ventanales con una bocanada de vida en suspensión» o cómo, al narrar los trabajos precarios que tenía, la protagonista afirma que «dejaba los trabajos al cabo de poco de haberlos empezado, cuando ya me estaba acostumbrando a ellos, porque me aterraba la sensación de habituarme a la explotación» porque «vi claro que, en el mundo laboral legalizado, era una tomadura de pelo. Trabajando para otro entregaba lo más valioso que tenía (…): la dignidad». Por todo ello, tras algún intento de quedarse embarazada infructuoso, decide abandonar una vida que no le aporta nada e irse a vivir al campo, apartada de la civilización y de trabajos mal pagados. Así, con ello, la autora apunta a uno de los males de la sociedad y que lleva a su protagonista a abandonar la ciudad, rompiendo con el mundo en el que vivía para encontrarse ella misma y lograr un cambio de vida abrupto y drástico que da pie a un cambio de aires de la protagonista, pero también de estilo en la autora en la que no encaja de manera tan fluida.

A partir de ese cambio, constamos un evidente cambio de estilo; Baltasar deja de lado metáforas y los aires poéticos a los que nos tenía acostumbrados para escribir desde la ruralidad, desde un paisaje que se intuye infinito para los acostumbrados a las grandes ciudades, con la presencia constante y vigilante de los bosques que amenaza la protagonista por su desmesura y hostilidad y que constata afirmando que «a pesar de que el camino entre el albergue y el bosque discurre entre vegetación, es fácil saber cuando he llegado propiamente al bosque. Es cuando empiezo a notar que los árboles hablan de mí con un lenguaje que se me escapa», porque «el bosque tiene manos y me tapa los ojos. Hace que gire sobre mí misma hasta marearme. Me incita para que corra, me araña, me hace caer». Y la soledad, que hace mella en ella, viviendo en medio de la nada, en una «casa que es más grande por dentro que por fuera», pero que no la aparta de la idea de dar a luz a un bebé, una idea que no la abandona y provoca que esa necesidad imperiosa de gestar un bebé la cambie, la transforme en un ser muy animal, muy visceral, muy orgánico. Y, con ello, la historia se dirige hacia un estado donde la ruralidad la posee y la absorbe, donde lo terrenal plana sobre un relato que se centra y obsesiona en nuestros aspectos más primitivos y carnales, donde la vida y la muerte se encuentran de cara y se rehúyen para encontrarse de nuevo, donde la exploración de la vida parte la consciencia del dolor y del sufrimiento, y de la lejanía anímica hasta el punto de saberse otra persona. El relato gira y cambia, hasta el punto de no parecerse en nada al del principio del libro asemejándose de manera inexorable a un relato crudo y visceral, sin poesía ni adornos, pero que a la vez parece desconectado también a nivel argumentativo, como si el cambio que sufre la protagonista lo hubiera sufrido también la historia, como si fueran dos relatos casi inconexos.

Sin desvelar el avance de la trama ni su desenlace, sí cabe decir que la lectura ofrece sensaciones encontradas; su primer tramo es realmente bueno (aunque sin llegar al nivel de sus anteriores novelas), pues vemos a la autora que nos sorprendía por la belleza de sus metáforas, pero lamentablemente en la mayor parte del libro parece como si hubiera dejado de lado esas reflexiones y aires poéticos que nos impactaban para dejar que el impacto venga de la mano de las escenas, narradas de manera cruda y sin cortapisas. Es un giro estilístico arriesgado que puede sorprender a muchos y no siempre de manera grata, porque aquí la potencia viene de las escenas mientras las pequeñas pinceladas de poesía quedan diluidas y perdidas como el eco que uno busca en medio de la soledad; tampoco la extensión tan corta del libro ayuda a acompañar a la protagonista en una transición tan radical dificultando entrar en una narración sin una clara continuidad argumental que nos lleva a una historia que a menudo no se sabe dónde va ni dónde pretender llegar. Por todo ello, al lector, a pesar de los grandes momentos que ofrece la novela, le puede ocurrir como a la propia protagonista, que en ocasiones parece perdida y desconcertada ante un cambio en el que no se siente nunca cómoda ni en calma. 

También de Eva Baltasar en ULAD: Permafrost, BoulderOcaso y fascinación, Peces

sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

sábado, 15 de enero de 2022

Malditas cubiertas: Las mejores de 2021

Los seres humanos somos superficiales por naturaleza  (al menos,  yo) y nuestras elecciones ha menudo están determinadas  más por motivos estéticos que por razones más profundas. Bien que  han sabido siempre los artistas,  diseñadores y publicistas lo mucho que nos cuesta resistirnos a lo que nos entra por los ojillos,  ya se trate de comida, automóviles o modelos de Victoria's Secret libros... En este último caso, ¿ quién no se ha sentido  atraído  alguna vez por la cubierta de un libro que luego ha resultado ser un auténtico tru... más bien mediocre? O viceversa: nos hemos resistido a leer otros excelentes porque su envoltorio nos tiraba para atrás...

Atendiendo a estas premisas, se me ha ocurrido hacer algunas consideraciones  sobre cubiertas de libros publicados en el estado español el recién finiquitado año. He de decir, antes que nada, que, en mi opinión, el nivel del diseño gráfico en España y Europa, en general, es bastante notable (mejor, por ejemplo, que en EEUU, donde los diseñadores muchas veces echan mano al recurso facilón y sobado de los colores llamativos y el lettering que imita un trazo informal); de hecho, para el apartado de las mejores cubiertas del año he tenido que dejar fuera muchas que me gustan, para no alargar en exceso este post. De las que no me gustan, en cambio, he tenido que buscar ex profeso unas cuantas.

Un par de cositas más: esta clasificación  no pretende ser un ranking de mejores o peores libros, sino que se refiere en exclusiva a la estética e idoneidad de sus cubiertas (aparte de que yo no los he leído todos y muchos ni siquiera tienen entrada en este benemérito blog). Por otra parte, los gustos y criterios expresados en esta entrada me pertenecen solamente a mí; no los he consultado con mis compañeros (a quienes he pillado a traición, de hecho), aunque, sin duda, cada uno y una tendrán las suyas propias. Ahora bien, los míos son mucho mejores, claro...; )

De lo güeno, lo mejor:

- La ciudad de la euforia, de Rodrigo Terrassa (Libros del K.O.) tiene, para mí, la mejor cubierta del 2021, pues sintetiza en una imagen divertida y comprensible al primer vistazo el tema del que trata el libro: los años de la burbuja económica, la corrupción política y el caloret en Valencia. En la mejor tradición de las míticas cubiertas de Daniel Gil para Alianza.

- Lo mismo ocurre con Gordo de feria, de Esther García Llovet, que es otro estupendo ejemplo de síntexis conceptual, aunque en este caso un poco más hermética, pues es necesario haber leído la novela para entenderla bien. Pero resulta, además de un homenaje a ciertos tóxicos pero deliciosos pastelitos, un ejemplo de la discreta pero continua mejoría en los últimos tiempos en las cubiertas de Anagrama que, sin renunciar a los emblemáticos (aunque feos ) colores de sus colecciones más populares, parece haber dejado atrás, por fortuna, la época de colocar cualquier foto más o menos random y chimpún...





- También en Anagrama, aunque en edición conjunta con Acantilado, destacan sus elegantes cubiertas para algunas novelas de Georges Simenon. Preciosas y elegantes, sobre todo la de El fondo de la botella, en mi opinión.

- No menos divertidamente conceptual (o viceversa), también este Diccionario del mentiroso, de Eley Williams (Sexto Piso). Sencilla y ocurrente, un tanto surrealista, casi se diría que es uno de los poemas visuales de Joan Brossa.

- Por seguir en la misma línea, la cubierta para La Ola, de Todd Strasser (Blackie Books) resume también a la perfección los elementos que encontramos en esta historia, como cualquiera que haya leído el libro o visto la película del mismo título podrá reconocer. de las pocas cubiertas, además en las que aparece una esvástica sin dar demasiado cringe.






- En el mismo estilo conceptual (quizás un pelín obvio), una cubierta adecuada para un libro titulado No puedo más. Cómo se convirtieron los Millenials en la generación quemada, de Anne Helen Petersen (Capitán Swing). La cosa no puede quedar más clarinete, amigos y amigas de ULAD...

- En una entrada sobre las mejores cubiertas de cualquier año no puede faltar alguna de Impedimenta. Es posible que alguno de sus libros publicados el año pasado tenga una más primorosa, pero a mí me ha caído en gracia ésta de Una libertad luminosa, de T. C. Boyle, que resulta algo diferente al estilo habitual de esta editorial, pero sin perder el aire vintage.









- Las cubiertas ilustradas con dibujos o cuadros, por lo general dependen (no siempre) de la calidad de éstos para la excelencia o mediocridad de su resultado final. Cuando la ilustración elegida es tan exquisita, a la par que llamativa (aunque también inquietante) como ésta de Sola, de Carlota Gurt, en Edicions Proa, el resultado es igualmente extraordinario.









- En principio, no quería incluir en esta selección las cubiertas de novelas gráficas o libros ilustrados, porque en ese caso, posiblemente hubieran copado la lista, pero no me he podido resistir a dos: la colorida cubierta "mexicana" de Dr. Alderete para El año de la rata (Libros del zorro rojo), un libro escrito con Mariana Enriquez y que resulta en las antípodas de las que le suelen poner a los libros de esta autora, mucho más tétricas; en segundo lugar, como ya confesé mi debilidad por las ilustraciones de Sara Morante en la reseña de ésta su última novela, la bella cubierta en collage de Flor fané (Astiberri), igual de excelente:






- Dando un último giro de 180º, acabaré con dos cubiertas de Blackie Books completamente opuestas al estilo de las anteriores: la muy sobria de El evangelio, de Elisa Victoria, con una edición cuyo diseño recuerda, precisamente, el que suelen ostentar las biblias (otra cosa es que la novela tenga algo que ver, que no sé).

- Y siguiendo el mismo concepto minimalista, pero, en este caso, luciendo un color vibrante (aunque no menos elegante), encontramos Simon, de Miqui Otero. Dos distinguidos ejemplos de una editorial que suele acertar con sus cubiertas, aunque también tiene algún que otra más cuestionable, como ya veremos...

No me quiero extender más, pero sí aconsejar a quien esté interesado en el diseño de cubiertas de libros o simplemente quiera recrear un poco la mirada, que le eche un vistazo a los catálogos de éstas y otras editoriales que también publican libros de un aspecto atractivo y original, como Ático de los Libros, La Felguera, La Navaja Suiza, Errata Naturae... entre otras muchas. Por lo general, se trata de editoriales independientes, cuya labor de edición, al menos en el caso español, alcanza frecuentemente niveles de excelencia.

Mañana, vamos con las peores... No os lo perdáis.



lunes, 20 de diciembre de 2021

2021: No nos lo hemos leído todo, pero... (antiguamente conocido como Lo mejor del año)

Lo que ha leído Juan:


Koldo TOP 10 Leído en 2021 + 2 Relecturas

Mención de honor para la parte fotográfica de Vale un Potosí de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougere. Dicho esto:
 
10. Humo de José Ovejero
9. No es un río, de Selva Almada
8. Simpatía de Rodrigo Blanco Calderón
7. Alguien camina sobre tu tumba de Mariana Enríquez
6. Caracas muerde de Héctor Torres
5. La canción de NOF4 de Raúl Quinto 
4. Contra vosotros de Mercedes Soriano
3. La última niebla / La amortajada de María Luisa Bombal
2. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (Juan: no te reto a duelo porque en el fondo te tengo cariño)
1. Los galgos, los galgos de Sara Gallardo

Las dos mejores relecturas del año: Caballos desbocados de Yukio Mishima y Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq.
 
Actualización de última hora: La Capilla Sixtina. Relato de una obra maestra

Montuenga:

Lo mejor que he leído este año:

Ficción:


No ficción:

Y lo peor:

Ficción:

  • Novela decepcionante de autor prestigioso: Muerte de Sevilla en Madrid de Alfredo Bryce Echenique.
  • Volumen de relatos que abandoné por indigesto para la mentalidad actual: Pájaros de fuego de Anaïs Nin.
  • Texto de auto ficción más anodino: El sistema del tacto de Alejandra Costamagna.

No ficción:

  • El más flojo e inconexo (Sin género definido): Devoción de Patti Smith.
  • Un testamento vital decepcionante: Gratitud de Oliver Sacks.
  • Biografía peor documentada: La virgen roja de Fernando Arrabal.
  • Autobiografía más tópica y repetitiva: El lugar de Annie Ernaux.

Carlos Bookboard 2021:
Como siempre, y como es bien lógico, ha habido algunas cosas algo decepcionantes, pero para qué darles más publicidad. Bastante tienen con haberles hecho un hueco.


Marc Peig:


Oriol Vigil:


Beatriz Garza:


Francesc Bon:

Otro año en que defraudo hasta mis peores expectativas, leyendo poco, tarde y mal. O a lo mejor es la cosa esta del mercado, vendiendo la moto de modo tan constante y repetitivo, que me refugio en lo conocido, temeroso del fulgor que desprenden los actos promocionales y las fajas. 
Así que:
  • Libro del año - por su modestia y por su panorámico alcance casi involuntario: Anna Ajmátova, de Eduardo Jordá - o como cubrirlo todo - ficción, historia, crónica, crítica, poesía - en unas cuantas páginas. 
  • Medalla de plata, ex aequo Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega, o cómo gestionar el aire nostálgico con elegancia y sin sonarse los mocos. Y un 10 absoluto por su enorme valentía. Y Jordi Amat: El hijo del chófer que, aparte del orgullo intrínseco de mostrarse contestatario con el statu-quo, es un inmenso ejercicio de periodismo crítico, que empezaba a parecer un oxímoron.
  • Pelotón - demasiados y demasiado dispersos, algún ensayo muy disfrutable en su momento, pero algo ligero y, por lo tanto, no siempre memorables como para fortalecer las convicciones, así que me ahorro las menciones, perdonen los afectados.
  • Rezagados - un nutrido grupo de lecturas para cubrir el expediente, que incluyen alguna tenue decepción: Revancha tampoco es la obra de madurez de Kiko Amat, El teatro de Sabbath me tuvo demasiadas páginas preguntando por Zuckerman, y sigo sin comprender como, al margen del voyeurismo social, se ensalza tanto el valor de Valle inquietante o de Mi año de descanso y relajación, que me parecieron, ambas retratos de una sociedad o de un mundo ajeno y casi elitista.
  • Descalificado por tramposo (y por pesado) - Casi que voy a tirar la toalla con Javier  Cercas, que en Independencia demuestra que está tan obstinado en usar sus libros para restregarnos sus rancias quejas ideológicas que se ha olvidado de interesar a sus lectores, gustarles o aportar algo relevante. Así que le enseño amablemente la puerta de salida. Adeu siau.
  • Propósitos para 2022: más tiempo para alternar re-lecturas (no reseñables, ay) con algo que mitigue mi encasillamiento.

Santi (que ha leído este año menos que nunca pero aun así no ha ido mal):

Tres textos autobiográficos imprescindibles:

Cuatro novelas sobre la memoria (individual o colectiva):
 
Tres libros que te reconcilian con el mundo y con la humanidad
 
Cuatro libros de terror

Un clásico que tenía pendiente: La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. LeGuin
 
Un libro que leí porque, en fin, alguien tenía que hacerlo: Feria de Ana Iris Simón

También leí pero no me animé a reseñar: Tú también vencerás, de Jose||González; Días de euforia, de Pilar Fraile; Causas naturales, de Claudia Hernández.



NOTA FINAL:
Queridos lectores: podéis enviar vuestras listas al correo del blog: unlibroaldia@gmail.com. A finales de enero publicaremos una entrada con todos vuestros correos (indicad, por favor, si se puede mencionar vuestro nombre al publicarla).