Mostrando las entradas para la consulta mas craviotto ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta mas craviotto ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

martes, 4 de abril de 2023

Xavier Mas Craviotto: La pell del món

Idioma original: catalán
Título original: La pell del món
Traducción: publicado en catalán por L'Altra Editorial, sin traducción al castellano en el momento de publicar la reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


Tenía curiosidad por saber cómo sería la nueva novela del autor de «La mort lenta», una opera prima muy interesante que mostraba indicios de gran potencial en su autor. Han pasado ya cuatro años desde la publicación de esa novela y por el camino ha escrito poemarios como «La gran náusea» (aprovecho aquí para reivindicar su lectura), otra de las vías creativas del autor y más prolíficas. Y debo decir que en este libro ambos géneros se encuentran muy próximos, pues el estilo de Mas Craviotto se ha afilado y ha ampliado y perfeccionado el uso de metáforas y alegorías, a menudo recursos más próximos a la poesía que a la novela.

En una clara muestra de influencias literarias (que el autor no esconde, como detalla en su nota final), el libro empieza con la cita de un libro de Clarice Lispector, y eso ya es algo admirable y un acierto por lo que el libro ofrece. Y a esa cita le sigue una entrada de las impactan y suponen toda una declaración de intenciones, la apertura a una antesala de introspección: «Querrías saber cómo soy. Querrías entenderme. Pero cuando piensas en mí, solo sabes ver la muerte». Con ello, una de las protagonistas se nos dirige en una suerte de monólogo interno o introspectivo en el que afirma que «las preguntas que se hacen por dentro solo pueden tener respuestas que también vengan de dentro. Y piensas que hacen mucho ruido, las preguntas que vienen de dentro. Mucho más que las que se hacen en voz alta.»

Así, con pocas páginas, el lector toma consciencia de cómo ha evolucionado la prosa de Mas Craviotto, pues ha agudizado su estilo y le ha dado un contenido más profundo, más introspectivo y estilísticamente más próximo a la poesía. Aun así, es claramente identificable y deslumbra en el uso de sus alegorías, como cuando afirma que «porque las imágenes y los recuerdos, como las bacterias, te habitan el cuerpo y la mente y, con la paciencia persistente y tozuda de las hormigas, te van creando túneles de memoria por dentro». De esta manera, este libro se acerca a «La gran náusea» en la sabia elección de las palabras y en el viaje al interior de los sentimientos sin mostrar miedo alguno a aquello que se encuentre en el arduo viaje. Y la cita inicial de Lispector no es gratuita, tiene su más alto sentido, pues el libro conecta de manera ineludible las reflexiones sobre la vida y la muerte y aquello que somos, en un continuo diálogo laberíntico en el que la única salida válida es la cordura. Porque el pasado marca la vida y el presente, a veces, nos lo exhibe de nuevo como desafiándonos, como sometiendo nuestra fortaleza con clara intención de quebrantarla. Porque la protagonista habla de su madre que está en un hospital en los últimos días de su vida, en un cuerpo que ya no responde, con «dos ojos vivos dentro de una cosa quieta y dura e inerte. Dos ojos vivos dentro de una cosa muerta. Como si los ojos fueran la única ventana de vida que le queda abierta. La única puerta que la conecta con el mundo» e intuimos con ello que la relación entre madre e hija no fue fácil, o simplemente no fue y, ahora que la tiene enfrente, postrada en la cama del hospital, reconoce que «te esfuerzas a recordar que la madre es una mala persona. Te lo recuerdas porque te ha parecido que te empezaba a dar un poco de pena (…) La maldad de la madre era de las silenciosas. Una maldad pasiva, cómplice». Tampoco la relación con el hermano fue fácil, ni entre ellos dos ni con los padres, pues «nunca hablaba de vosotros, como hacen todas las madres del mundo. Las madres que conoces siempre hablan de sus hijos. Como si fueran la cosa más importante que les ha sucedido nunca. Pero madre era diferente. No hablaba nunca, de vosotros.»

A nivel estructural, el autor alterna tres momentos narrativos, tres líneas temporales: las escenas en las que están en el hospital y que le sirven al autor para profundizar en los recuerdos pasados acerca de la relación familiar entre hermana, hermano y padres, la evocación de escenas de la infancia y, por otra parte, breves pinceladas con las sesiones con el terapeuta con quién repasa su estado anímico en un punto indefinido temporalmente y hacen de puente entre presente y pasado y la infancia como tercer y marcado momento. Esta alternancia está bien estructurada ya que no rompe el ritmo narrativo sino que sirve para aplicar una especie de zoom emocional reviviendo momentos puntuales que van estrechamente enlazados con lo descrito en la trama principal en la que dirige su mirada especialmente a la infancia. Porque la infancia nos marca, a todos, y Mas Craviotto sabe utilizar sus recursos poéticos para describir los ambientes opresivos de una casa donde el padre impone su voluntad y el resto calla, por falta de opciones pero también por costumbre. Y por miedo. Y el ambiente es incómodo, hasta el punto de que se nota que hay «una calma tensa quieta que molesta un poco, porque es la calma que siempre hace la casa después que padre se enfade y chille e insulte a madre. Una calma peligrosa. Como si la casa aguantara la respiración para no molestar demasiado, ahora que todos estáis tristes». Y aquí vemos otro aspecto singular (por inusual) de la novela: la narración en segunda persona, un punto de vista que emula a un testigo presencial y que añade tensión a la propia de los protagonistas. Un «tú» que sitúa al narrador (y por extensión al lector) en una posición a medio camino entre testigo y juez.

La novela nos habla también de la relación entre la protagonista y su hermano al que vuelve a ver después de muchos años, de quién no sabía apenas nada, en un reencuentro siempre tenso, siempre violento, porque después de tanto tiempo «entre vosotros nacían, muy lentas, todas las distancias». Un hermano del que se distanció después de la adolescencia, alguien por quien siente rabia por haber sigo tan débil en los momentos en los que ella tenía que ser fuerte; alguien que a sus ojos es un extraño («no podía ser que aquel hombre fuera tu hermano (…) pero al mismo tiempo aún podías reconocerle alguna facción, algún tipo de movimiento facial, un batido casi imperceptible en las aletas de la nariz que te decía que sí, que ese era tu hermano, y era el de siempre»). De esta manera, a medida que avanzamos en la lectura entendemos el ambiente dentro de la familia y el por qué ella se marchó del pueblo. Pueblos pequeños, cotilleos grandes. Y situaciones familiares conflictivas. E inevitables. Como si fueran contagiosas, como si fuera una plaga de la que lo mejor es apartarse. Porque «estas cosas se transiten de padres a hijos. La rabia y el odio se heredan. Pasan de una generación a la siguiente» y en la escuela lo sabían, porque «cuando entras en el aula, todos los silencios hablan de ti», porque en sus casas se hablaba de ello y «aquella escuela era como el pueblo pero en miniatura». 

Parece que hay una literatura centrada en las relaciones familiares desestructuradas, narradas desde los más damnificados, los pequeños, indefensos, frágiles…. Hay casos en los que vemos de manera clara que el amor existe y también el afecto aunque sea unidireccional y en el que la protección va en sentido inverso al natural. Hablamos de Douglas Stuart con «La historia de Shuggie Bain» o también de Jesmyn Ward y «La canción de los vivos y los muertos», por poner un par de ejemplos. Pero hay otros casos en lo que el amor no existe en ningún caso ni de ninguna forma, donde lo que abunda es miedo, temor y odio. Porque existe también, y nos lo cuentan perfectamente Winkler, Bastašić y Kristof, entre otras. Este libro se enmarcaría en este último grupo, a pesar de la belleza de su narración poética. Y ubica la acción del reencuentro familiar en el hospital, ese lugar donde parece que el pasado nos atrape después de una vida huyendo de él, un lugar común de reencuentro y revisión (como hizo Mouawad en «Todos pájaros» o también Annie Ernaux en «No he salido de mi noche»), como si el lecho de muerte fuera la pasarela por la que desfilan los recuerdos y los rencores pasados, en un camino ineludible a la muerte que transitamos acompañados de dolor, pérdida pero también añoranza. Pero la aridez de esta lectura también nos hace llegar ecos que resuenan fuerte a Bendicho y sus «Tierras muertas» por la dureza del relato, por ese padre desgraciado («un grandísimo hijo de puta», según un conocido), y al que también, de manera similar, topa con el final de su vida de manera abrupta y sin saber el rostro del verdugo que ha terminado con su camino de desgracias infringidas o también por el entorno rural y la brutalidad de estar rodeados de muerte, en los animales y en sus propias almas. El autor nutre el relato de una fuerte tensión ambiental y emocional, a veces contenida a través de forzados silencios («Pero callas. Porque hay muchas cosas a decir y pocas palabras que puedan decirlas. Y porque los silencios te gustan más que las palabras»), otras veces expuesta, porque inevitablemente hay momentos en que «percibes muchas cosas. Cosas que dormían alrededor, silenciosas y quietas. Nunca te las habías mirado demasiado. Porque no os las miráis demasiado, las cosas que duermen. Pero hoy tu hermana las ha despertado todas. Y madre quería que siguieran dormidas, porque las cosas dormidas no hacen ruido». 

Por todo ello, y a pesar de su innegable dureza, la novela de Mas Craviotto es un claro ejemplo de que la belleza de un texto está muy por encima de la amarga historia que presenta y que, a pesar de la tristeza que desprende, uno puede disfrutar de su lectura solo por el placer de encontrar un autor que sabe plasmar con las palabras unas emociones que, con o sin experiencia previa, podemos comprender y compartir.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàuseaAnimals inexpressiusLa llum subterrània

domingo, 26 de julio de 2026

Xavier Mas Craviotto: La llum subterrània

Idioma original: catalán
Título original: La llum subterrània
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


No es algo que creo que sorprenda al lector habitual de este blog si afirmo con rotundidad que, a mi parecer, Xavier Mas Cravitto es uno de los valores más prometedores que hay en la actual literatura catalana. Poseedor de una versatilidad creativa que le permite moverse perfectamente en diferentes formatos (poesía, novela o cuentos) su juventud le despoja de cualquier anquilosamiento y convierte cada libro en una oportunidad para llegar más lejos y mejor.

En este breve libro de poemas que le valió el premio de poesía Ausias March de Gandia en el año 2022, el autor trata sobre lo que vendría a ser el principal tema de su obra: las relaciones. Unas relaciones en sentido amplio: la relación entre personas, con el entorno o con uno mismo. Así podríamos, por extensión, hablar del encaje en la vida, en su más vasto sentido; un acoplamiento que (y como acostumbra a dejar entrever el autor) no parece fácil ni tampoco siempre placentero; por el contrario, uno lo vislumbra rocoso, astilloso, hasta incluso a veces árido y reseco; a veces esperanzador, también, pero en pocas ocasiones. Porque Mas Craviotto es muy hábil en explorar esos recovecos por donde la calma se escurre, esas grietas que filtran la paz interior y la vacían casi sin hacer ruido ni notarse su presencia o su ausencia, como cuando nos habla del silencio, que «llegó muy quieto, como cuando el cielo se nos vuelve blanco antes de la nevada y se nos confunde con el paisaje». Así, poco a poco, esa sensación de que falta algo, de que siempre falta algo va calando, de manera suave, con tono sedoso pero consistente, tejiendo como una especie de manto que nos envuelve y nos limita el movimiento. Por ello, en este poemario, el autor incide en los temas habituales: la no pertenencia, la eterna e infructuosa búsqueda de un lugar donde reposar los sentimientos, un sitio que pueda considerarse hogar, con la dificultad que eso conlleva pues habita en sus poemas una sensación de soledad y de cierto desánimo, aunque sin llegar a un abandono; hay indicios de tenue esperanza, tal vez aunque sea únicamente porque ya no queda nada más, quizá como ese último aliento, un último empeño para conseguir ver algo de luz en la oscuridad. Hay búsqueda, tal y como expone en uno de los poemas donde un personaje pide y reitera que «me gustaría tener un lugar donde volver». Esa es la idea que emana su texto, no solo la búsqueda de un lugar donde ir sino también de un lugar donde volver, expresando así una doble pérdida: la del pasado y la del futuro a la vez, un doble vacío que nos deja en la estrecha cornisa de un presente incierto.

Por todo ello, y siendo conocedor de la obra de Mas Craviotto, uno puede divisar y anticipar en este libro lo que vendría después en alguno de sus futuros textos, como cuando nos habla de «el cráneo inexpresivo de este mundo nuestro con los ojos llenos de no-mirar». Son esas caras inexpresivas que tan bien sabría transmitir después en su gran libro de relatos «Animals inexpressius», esos rostros casi inertes, de mirada vacía e indescifrable. O, también, cuando habla de relaciones y el sentimiento de soledad, de abandono, al afirmar que «como todo era tan lejano, no había distancias. Pero estábamos tú y yo, el barro en las uñas y en las manos, el batido que no para: y debajo, el mundo que callaba, el mundo que callaba y no sabíamos si aquel silencio era el silencio protector que hacen las madres o el mutismo sigiloso y traicionero que precede un disparo de bala», o cuando en una despedida triste y desolada, cuando ya no queda nada que decir, uno le dice al otro «márchate: las palabras renacerán cuando estés lejos». O también, cuando afirma con pesar y desespero, «que no es una cama, que es una fosa; que no es ciudad, que es cementerio; que no es un cubil, que es una gruta por debajo de los pies causándonos dolencia; que no es semilla, que es una larva anidándonos dentro con rabia muda (…) que es el ataúd, noche tras noche, haciéndonos de lecho».

También diré, y es algo que los que no estamos acostumbrados a leer poesía podemos agradecer, que en este libro el formato poético es libre, sin las constricciones típicas de las métricas; incluso en ocasiones se trata de prosa poética (o poesía novelada) por lo que, aunque sí encontramos las características de la poesía (sonoridad, exquisitez verbal, cuidada elección de las palabras, etc.) no nos topamos con el encorsetamiento ni las formalidades típicas de la poesía clásica. Aquí el estilo es más próximo a la poesía moderna, más libre, hasta el punto que incluso hay partes del texto en prosa y eso es algo que va en consonancia con lo que ha dicho el autor en alguna ocasión: que él parte de una idea en mente y es la idea la que elige la forma que debe tomar el texto (ya sea poesía, narrativa o cuento) porque, de algún modo, a pesar de que su obra está relacionada a nivel temático, emocional y estilístico, el cuerpo bajo la cual se nos aparece no siempre es el mismo, se adapta a lo que el texto demanda.

Dice Mas Cravitto en un fragmento de este libro que «de día ahuyentábamos los monstruos con rayos finos de tinta». Quizás en el fondo se trate de esto, de conseguir que las palabras expresen lo que llevamos dentro y expurguen los sedimentos del dolor como si fuera un exorcismo, para evitar que estratifiquen y nos aten a un fondo donde todo parece oscuro, inhóspito y solitario.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàusea, Animals inexpressius, La pell del món

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Xavier Mas Craviotto: La gran nàusea

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción hasta la fecha
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
Título original: La gran nàusea

En la gran variedad de géneros literarios, hay pocos más adecuados para trasladar emociones y sentimientos que la poesía. Y esta puede adoptar diferentes estilos, aunque manteniendo en todos ellos la idea inicial, aquello que el autor alberga en su interior y que, ya sea estructurada en versos o en narrativa, trasladen unos sentimientos a partir de la elección muy cuidada de cada palabra y que, en su conjunto, adapten una musicalidad que hace que nos llegue y nos alcance como ningún otro registro literario. Xavier Mas Craviotto se mueve perfectamente en estas esferas, pues lo demostró como poeta ganando, pese a su corta edad, una veintena de premios literarios de poesía y luego también el Premio Documenta en narrativa con «La mort lenta». Y aquí vuelve a su terreno originario, el de la poesía, y vuelve con una gran potencia emotiva.

El autor, con el sugerente título de «La gran náusea», impregna su relato de un malestar, interno, sensorial, en torno a la pareja formada por dos individualidades, a menudo solitarias, a menudo yuxtapuestas aunque unidas en un desencaje, piezas diferentes que unidas dejan espacios, vacíos, no siempre rellenos de la existencia de los dos, sino por huecos que se expanden o se contraen, encontrando malestar en ellos o a veces una comodidad que no deja de ser el preludio de la muerte del futuro que el autor expresa al decir «palpitándote y palpitándome / y hacer un sepulcro / cincelado por cada duda», porque «el cielo se nos hizo atardecer, y la calma se nos hizo noche».

A lo largo de todo el libro hay una idea que permanece y se traslada de relato en relato, el triángulo amoroso que conforman el Yo, el Tú y el Nosotros, que a veces deja un espacio que rellena un no-elemento: el Vacío. Un vacío que aparece cuando el triángulo se decanta hacia un desequilibrio, hacia uno de los lados que deja al otro en suspensión y que se encuentra entre los dos, o entre la nada, que el autor describe y proclama, como un grito de auxilio desesperado, en una angustia vital que le muestra abatido y exasperado al decir «Yo diciéndote Yo y Tú diciendo que no. Y Yo gritándote Yo y Tú diciendo Nosotros. Y Yo berreándote y Tú tapiándome dentro de ti y tapiando Vacíos para que la voz no tenga espacio para existir ni existirme. Calla y duerme. No digas nada, que me harás daño. Y Yo vaciándome de ser Yo. Y Tú tapiándome hacia dentro de una jaula con un nosotros». Porque en el espacio conformado entre dos, «había el Vacío indócil, descosiéndonos todos los límites y rompiendo la bizna pacífica que nos separa» porque entre ambos se erige una fisura, una grieta, esa «tenia solitaria que se nutre de este Nosotros».

Así, el autor centra el relato en el Tú y el Yo, conformados a menudo de manera hostil, en una lucha de dominios emocionales sin vencedores, buscando coincidencias en los espacios vitales que orbitan de manera concéntrica sin hallar esos puntos en común que romperían la distancia, que les permitiría hallar una coincidencia suave y cálida, evitando con ella el choque entre expectativas y realidades abismalmente separadas por el poder ejercido por uno sobre el otro, que lo impacta y lo absorbe, que lo neutraliza y lo diluye mientras la víctima yace, desarmada y abatida, recluida en su propio ser y en sus esperanzas ya diluidas en las voluntades del otro.

El Vacío que el autor describe, no es únicamente un Vacío emocional, sino también un Vacío comunicativo, quien sabe si el preludio de todas las grandes derrotas, expresado con la absencia de unas palabras que por descuido o por hastío ya no se expresan, porque «en el reverso de cada sonido, se nos erigía, muy lento, el eco moribundo de las renuncias», porque «salivamos / y se nos acortaron todos los vocablos de la lengua / y se quedaron desnudos / (…) y salivamos / tan solo para notar / en el reverso de la lengua / la certeza del Vacío» porque «seremos el eco de las curvas de dentro de la amnesia / los labios de la herida que hace ya tiempo que nos cuelga de cada vocablo». Así, el autor describe la importancia de «las palabras expuestas al peligro / de poder decirlas, / el vértigo de las bocas a ras de palabra».
En este libro de narrativa poética, el autor recurre a menudo a una serie de imágenes comunes que copan gran parte de los textos encontrando así la imagen altiva, serenamente implacable y orgullosa del cuervo, presagio de mal agüero, indicador de una muerte próxima. También nos habla de órganos vitales como metáfora de un malestar general o de ciudades abandonadas, en el sentido de lugares habitables como lo es el propio cuerpo. Y las palabras y su ausencia, los silencios que se forman por abandono, por dejadez, o por incapacidad de romperlos y llenarlos de vida. Porque el autor nos traslada, con este libro, un agotamiento, una extenuación debida al exceso de Vacío, a un exceso de absencias de estímulos, poblado de sentimientos ya antiguos, viejos, caducos, habitando cuerpos cerrados y ciudades decadentes. 

El autor envuelve de una gran náusea el relato, la náusea conformada a partir de ese Vacío que lo inunda todo antes que la explosión en forma de vómito se produzca. Un vómito que, aunque agrio y desagradable, nauseabundo y atroz, saque del propio cuerpo y de la propia mente aquello que nos ha incomodado, enormemente, orgánicamente, hasta generar en ellos un gran hastío que solo su expulsión y la creación de un nuevo Vacío, ya limpio, puro, virginal y nuevo, permita reconstruir, no a través del pasado sino de nuevos sentimientos, el paisaje emocional creado y destruido por un Tú y un Yo de difícil mezcla y combinación y que acaba en «la gran náusea de no estar cuando estamos uno cerca del otro».

Por todo ello, en este precioso pero duro texto que ha escrito Mas Craviotto podremos hallar, también en nuestras curvas de la memoria aquellos rincones donde dejamos abandonados, pequeños pero nunca plenamente olvidados, nuestros recuerdos de antiguos Yo, nuestros sueños que nunca crecieron por el poco espacio que tenían para imaginar y expandirse, para inundar una vida que ahora está repleta de absencias y renuncias mal digeridas que alimentan una náusea que todo lo impregna, que se expande a través del espacio viciado, cargado y repleto de costumbres y hábitos irrenunciables, llevando así, con él, el regusto amargo que viene de muy dentro de nosotros, y sube, a través de una garganta que ya no puede pronunciar los nombres, ni tan solo un grito de auxilio, y que ahoga y apaga las palabras que tanto necesitamos decir y ya no encontramos.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La pell del mónAnimals inexpressiusLa llum subterrània

lunes, 13 de abril de 2020

Xavier Mas Craviotto: La mort lenta

Idioma original: catalán
Título original: La mort lenta
Traducción: sin traducción a otras lenguas
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Hay veces en que la juventud de un autor se intuye por un atrevimiento narrativo inusual, incluso algo temerario o arriesgado. En otras ocasiones, se denota la edad por los temas tratados, por un estilo desenfadado o incluso por cierta inexperiencia. Pero hay otras donde sí, a pesar de que se vislumbra la temprana edad por ciertos aspectos narrativos o incluso el contenido (pues acostumbran a transmitir historias protagonizadas por personajes también jóvenes), el relato va mucho más allá, pues trata temas de mayor calado, profundos, y que dejan cierto poso reflexivo que uno no esperaba de antemano en un autor joven de tan solo veintipocos años.

El libro que nos ocupa empieza con el epílogo, que ya de muestras del sentimiento y emoción que envuelve el relato, con una prosa limpia y emotiva, cálida, aunque no cándida, pues en su comienzo narra una escena triste y melancólica, aunque se atisba un rayo de esperanza. Porque hay calma después de la tempestad, y una luz que, aunque brille tenue y difusa, puede ser suficiente para ver el futuro o quizás un nuevo comienzo.

Con este inusual inicio partiendo del epílogo, se evidencia uno de los aspectos más destacables de la novela, uno de sus grandes aciertos, y es la narración fragmentada en capítulos que no siguen un estricto orden cronológico en su totalidad. Normalmente esto demandaría un esquema o ser un autor muy detallista fijando escenas temporales clave que faciliten al lector la ubicación de cada uno de los capítulos, pero Mas Craviotto, sabiamente, los enumera de manera correspondiente a su orden cronológico. Así, el lector incluso podría ir buscando los capítulos acorde a su numeración, cortarlos, reubicarlos y leer el libro de manera continua cronológicamente, aunque perdería parte de su encanto pues los recuerdos (narrados y vivamente sentidos por los protagonistas) no tienen por qué guardar un orden cronológico. Los recuerdos vienen cuando vienen, sin orden ni elección, y apenas los recordamos con precisión. Porque la narración no tiene por qué avanzar hacia adelante para enriquecerse, porque la novela parte de la mitad de la historia, de la mitad de la vida, porque es importante saber hacia dónde va, pero eso no tendría sentido sin saber de dónde se viene.

De esta manera, la narración fragmentada (y parcialmente desordenada, aunque solo en lo tocante a episodios del pasado), permite al lector hacer saltos que permiten conocer a los personajes y saber cómo han llegado hasta aquí en cuanto a su manera de ser. Vemos episodios del pasado que van conformando su carácter en la mente del lector que establece conexiones temporales entre los episodios vitales y va entendiendo, poco a poco, su personalidad y los hechos que marcaron su vida. Porque la vida de los dos hermanos protagonistas, Aram y Lena, no ha sido fácil: la muerte de sus padres en un accidente siendo ellos aún jóvenes les marcó profundamente a nivel individual, pero también como hermanos; una muerte que fortaleció su relación fraternal a pesar de las grandes diferencias de carácter: introspectivo él hasta el punto de aparentar un pasotismo envuelto de cierta actitud nihilista hacia la vida, extrovertida y fuerte ella, o al menos en apariencia. Y una vida por delante, aunque con la mirada vuelta hacia atrás. Y una antigua relación de uno de ellos, que vuelve para renacer, o para volver a morir.

El estilo del autor es dinámico, desenfadado y atrevido (algo propio a la edad del autor que escribió la obra con veintipocos años), pero, a pesar de ello, el lenguaje es cuidado, es delicado, es acertado, con metáforas precisas que impulsan y añaden dotas de madurez a un estilo en apariencia juvenil. El paso del autor por la poesía se nota, y eso es algo que se evidencia en las metáforas elegidas meticulosamente, dejando abiertas reflexiones que interpelan al lector y llegan de manera altamente emotiva. (Nota: de hecho, no es la primera vez que destaco el pasado ligado a la poesía en novelas reseñadas de un autor, pues parece ser un rasgo común de un conjunto de prometedores escritores catalanes como Irene Solà o Eva Baltasar. Y se nota en el estilo).

El libro es interesante pues nos habla de los deseos vitales y de la pérdida, de la solitud y la dependencia, de los instintos y los miedos, de la vida y de la muerte, la muerte que llega de golpe, pero también la muerte lenta, aquella que va ocupando los huecos de la vida que por dejadez o desatino olvidamos, abandonando una vida que se va perdiendo por el camino, un camino que sólo comprendemos asi echamos una mirada atrás al pasado, un pasado que aparece y desaparece sin orden, como reflejos momentáneos de una imagen que nunca vemos del todo completa, como fragmentos episódicos de una vida que en su sucesión de hechos queda siempre a expensas de que queden rotos por un acto fortuito o una mala decisión. Porque a pesar de que nuestra vida es un continuo, hay momentos puntuales que suponen que la vida se rompa, o que tome una deriva hacia nuestra felicidad o nuestro abismo.

El estilo del autor es simple, entendiéndose como espontáneo, empático,  que acerca al lector a la narración, pues parece que hablan de la misma forma; un estilo que permite al lector conectar con los personajes, en sus diferentes edades y este se ubica mentalmente de manera totalmente natural en Aram y Lena, y los entiende, y los comprende, pues esas escenas y la manera en la que son más que contadas, vividas, rememoran a uno los recuerdos de una infancia que siempre deja capítulos abiertos,  y que somos incapaces de cerrar por más que pensemos en ellos. Igualmente, la narración en tercera persona es un acierto, pues analiza y describe sin juzgar el punto de vista de ambos hermanos, tan diferentes, tan distantes, pero tan íntimamente ligados por una estrecha relación de la que es difícil entender uno sin comprender al otro, a pesar que el peso principal de la narración está en Aram, por ser el eje central y núcleo común de los tres personajes.

Cabe decir, de igual manera, que la narración tiene algún punto flaco, y son algunos fragmentos algo naifs y especialmente los breves anexos que se intercalan en la historia a modo de apuntes vitales para conocer mejor los personajes a través de sus gustos, sus lamentos o sus proezas. Estos apuntes rompen la narración y se acercan demasiado a un público juvenil que no se corresponde con el trasfondo de la historia. El autor sobresale mucho más cuando entendemos a los personajes a través de sus reflexiones y comportamientos, sin detallarlos tan explícitamente, tan desde una supuesta objetividad que aparta al lector del acercamiento que el resto de la narración propicia.

El libro avanza en la vida de los hermanos, principalmente Aram, y a medida que avanza, retrocede en el tiempo, hacia el momento crítico de la muerte de sus padres. Y el libro se vuelve oscuro, se vuelve triste, se vuelve incluso hostil hacia una vida echada por la borda, hablando sobre una muerte que nació tiempo atrás, una muerte lenta que va llegando, poco a poco y sin hacer ruido. Una muerte anímica, de quien ve más pasado que futuro a pesar de la corta edad. Y nos habla de ella, y de las relaciones, con las personas, pero también con la vida. Y es en esa relación y en las reflexiones que el autor hace donde explota su potencial y donde demuestra que sus veintipocos años puede que no sean tan pocos, y que hay mucha vida vivida y más aún comprendida, y que la profundidad de una narración va emparejada con la capacidad del autor en llegar más allá de lo esperado. Se nota que Mas Craviotto tiene mucho que contar y espero con ganas que el futuro le depare lo que su prometedor presente augura.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La gran náusea, La pell del món, Animals inexpressius, La llum subterrània

viernes, 28 de noviembre de 2025

Xavier Mas Craviotto: Animals inexpressius

Idioma original: catalán
Título original: Animals inexpressius
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable


Hay talentos que, ya de bien jóvenes, destacan por tener una sensibilidad especial a la hora de escribir, ya sea una novela, relatos cortos o poesía. Pero hay autores que justamente su paso por todas las disciplinas literarias (y especialmente la poesía) les otorga un valor adicional no siempre al alcance de todos. Porque es difícil destacar en cada una de esas facetas, pero Mas Craviotto lo consigue, pues este libro de relatos (su primer recopilatorio) se suma a los éxitos en clave de calidad literaria que consiguió con las novelas o sus poemas. Veamos lo que nos ofrece en esta antología.

El libro que nos ocupa nos presenta una recopilación de diez relatos, de duraciones entre las cincuenta páginas el más largo y catorce el más corto, escritos todos ellos en una misma época. Y, como en todo libro de relatos que se precie, todos ellos tienen algo en común, un hilo conductor que permite al lector hilvanar las diferentes historias para que, también en conjunto, tengan sentido, que a su manera se puedan entender como una continuación uno del otro, no ya a nivel argumental sino a nivel emocional, casi sensorial que los conecta de manera orgánica y natural. En este caso, el nexo común a todos ellos es la inercia, una inercia que empuja a los personajes a seguir con unas vidas que no perciben ya como propias, sometidas a una desconexión permanente ya sea de la pareja, del mundo, del futuro o incluso de su propia vida. Así, los personajes que protagonizan los relatos se ven arrastrados por una cotidianeidad de la que no saben cómo escapar, por unas expectativas que les empujan adelante sin ver (o pretendiendo no hacerlo) el abismo que se abre ante sus vidas; un abismo que sortean como pueden, empujando los días, uno a uno, intentando así salvar el escollo que les niega la felicidad, sin tener en cuenta que, en cada decisión, la cuerda que los sostiene es más débil, más fina, casi un hilillo en el que agarrarse justo antes de la caída final que no siempre se produce, aunque quizás paradójicamente sería esa su salvación.

Para no extenderme demasiado, no desgranaré cada uno de los relatos porque, además, con ello, hurtaría a los futuros lectores parte del encanto que tienen de manera intrínseca los relatos: la contundencia de esa ventana temporal que se abre in media res a una historia y que nos permite ser testigos por un corto espacio de tiempo de unas vidas que uno percibe más amplias de las que se nos refleja. Y es que, en parte, ese es uno de los puntos fuertes de las grandes narraciones en el genero de los cuentos: la capacidad del autor en dejarnos ver, a través de unas pocas páginas, unos personajes que por lo que se insinúa en el relato tienen vidas previas y posteriores al momento narrado, podemos intuir su pasado y su futuro fuera del cuento convirtiéndonos momentáneamente en testigos temporales de sus vivencias. A pesar de ello, sí diré que mis preferidos son el primero de ellos («La noche atrapada dentro del retrovisor») en la que el autor teje un relato duro, intenso, con una tensión palpable que se extiende como un manto a lo largo del relato. Una historia de vacíos, de silencios, pero sobre todo de una inercia que empuja a sus personajes hacia un abismo, cada uno el suyo, con su propio interminable fondo al que ni la oscuridad propia de los propios temores les hace apartarse de un borde que les tienta absorbiéndoles hacia un agujero existencial en sus vidas. También me ha parecido sublime el relato «El laberinto», sobre un niño prodigio, que conoce todas las banderas de los países del mundo, sus capitales y la forma de sus países. Un niño incomprendido por los padres porque ven que en su cerebro hay como una especie de laberinto donde se encuentra todo lo que recuerda y que, a diferencia de ellos que «sólo tenemos una calle», su hijo nació «con una ciudad en la cabeza». Un niño inteligente con unos ojos que «eran de alguien que había entendido la vida mucho mejor que los adultos. Alguien que había entendido el mundo y se aburría porque ya no había nada que hacer en el mundo, cuando lo has entendido». También resulta sobrecogedor el relato «El día que desapareció el Sol» o también triste y desesperanzador «El iceberg».

En esta recopilación, Mas Cravitto ha bordado un libro a través de un conjunto de textos enlazados, no solo simbólicamente sino también sutilmente a través de puntos de unión argumentales entre ellos, que desprenden violencia, alguna vez física, alguna vez psicológica pero siempre interior, por la frustración de no haber conseguido una vida mejor, por no haberse rebelado en los momentos en que la vida lo exigía o demandaba, por ser demasiado débil o demasiado fuerte, por una pérdida o por un exceso, por uno mismo o por los demás. Violencia contenida o explícita que rodea a sus personajes, así como lo hace también la desesperación o la tristeza, todas rodeadas en un abrazo letal que lo arrastra y los condena. No hay redención, no hay una brecha por lo que la luz pueda asomar y mostrar un nuevo camino, todos parecen perdidos y condenados a una vida que no quieren, pero de la que no consiguen encontrar escapatoria porque, tal y como dice el autor en uno de los cuentos, «es cabrona la inercia. Hace que dejes de entender cosas. Hace que dejes de entender las cosas porque antes ha hecho que dejes de hacerte preguntas. Dejas de preguntarte por qué haces lo que haces, qué sentido tiene todo lo que te envuelve. Entonces sí que estás muerto». Una muerte muy presente en los relatos, pues en uno de ellos afirma, sabiamente, que «las personas que amamos no se mueren solo una vez. Se mueren muchas veces. Cada vez que las recordamos vuelven a morirse. Una y otra vez. Infatigablemente. La muerte no se cansa nunca».

Para terminar, dijo el autor, en una charla en la que participé, que cuando empieza a escribir un nuevo texto no parte de un propósito sobre en qué campo situará el texto: deja que la idea le venga a la mente y luego busca qué cuerpo encaja mejor con la idea. Y, una vez leídas varias de sus obras, no me cabe duda de que todas ellas encajan como un guante, aunque no siempre de seda.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lentaLa gran nàusea, La pell del mónLa llum subterrània

jueves, 27 de agosto de 2020

Irene Solà: Els dics

Idioma original: catalán
Título original: Els dics
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hay autores que tienen un estilo inconfundible, que con pocas frases imprimen su sello y dan una muestra evidente de ello. Es el caso de Irene Solà, que con tan solo un par de libros de narrativa publicados uno puede ver clarísimamente en ellos su autoría.

La manera de escribir de Irene Solà es inconfundible. Solo cuatro frases bastan para encontrar nuevamente ese tacto literario que tanto entusiasmó en su última novela publicada «Canto yo y la montaña baila». Porque la historia que cuenta es también coral, con una voz narradora que nos va introduciendo los personajes, uno a uno, presentándolos de una manera constante y específica, indicando «este es...», «este es ...», señalándolos como si sobrevolase la acción. Y esta actitud contemplativa, esta mirada hacia la historia, es acorde al inicio del libro, en el que la autora sitúa la escena inicial en un tejado, contemplando la acción desde una ubicación elevada, pero no superior, no juzgando a sus personajes, sino por encima de todos ellos, viendo las escenas como personajes dispuestos de manera perfectamente delimitada en un escenario que la autora teje a la perfección y donde todos tienen su sitio, su lugar y un encaje en la historia que se mueve en sincronía bajo la batuta que imprime la mano firme, precisa y delicada de Solà.

Tal y como repetiría posteriormente en «Canto yo y la montaña baila», Solà parte de pequeñas historias, algunas entrelazadas y otras no, para hablarnos de la vida cotidiana, de las vidas en los pueblos pequeños, de sus gentes, sus animales, sus costumbres y sus vidas. Del tiempo, de su paso y de su impacto, de la meteorología. Porque aquí también habla la lluvia, aunque no en primera persona, sino que la autora nos la presenta, como un personaje más, como algo que incide también en nuestra vida, o también la presencia de una vaca de nombre Samantha; todos ellos componen la amalgama de pequeños detalles que conforman nuestra existencia e Irene Solà los reúne a todos para mostrarnos lo pequeñas que son nuestras vidas, pero también la importancia de cada uno de los elementos que la constituyen. Porque también hay animales, y plantas y árboles, y naturaleza. Porque en todo el libro hay algo que los engloba a todos: hay vida.

Más allá del estilo, la historia que nos narra en este libro Irene Solà es la historia de Ada, de su vida y sus relaciones,  con la familia,  con el entorno, con las vidas que suceden también más allá de su realidad tangible, en una ficción en forma de cuentos que escribe e idea, que piensa e imagina, intercalada en la narración conformando, otra vez y a otro nivel, un engranaje narrativo que bordea e imbrica diferentes historias entremezcladas y vinculadas en su realidad, en un paisaje que se mueve entre la ruralidad tan característica de la autora como en grandes ciudades como Florencia o Londres, ubicadas mentalmente como contrapunto al entorno rural al que pertenece. Libro de contrastes, de idas y venidas entre ciudades y entre relaciones, de ficción dentro de la ficción, de realidades e ilusiones. Y los diques, como elemento de contención real o imaginario que controlan y evitan desbordamientos, de los ríos, o de los sentimientos.

Debo decir que es sumamente difícil no comparar este libro con la magnífica obra que es «Canto yo y la montaña baila», y no lo digo únicamente por tratarse de la misma autora, sino porque también estilísticamente son muy parecidos, beben de la misma fuente y se estructuran de manera igualmente fragmentada, aunque enlazadas de manera parecida: Solà juega con las pequeñas historias para construir una novela coral en la que habla de las pequeñas cosas pero que con su lenguaje y enfoque se hacen grandes. En eso se asemeja mucho a su otro libro, pero con diferencias evidentes, no en cuanto a estilo, sino en profundidad argumental e incluso literaria y es que uno podría pensar que este libro fue como un ejercicio de preparación (sin desmerecer su calidad) de su más reciente libro, como si preparara el tapiz, mental, prosístico y estilístico sobre el cual desplegar todo el talento que saldría finalmente en su siguiente novela.

Es probable que este libre guste más al lector si es el primero de la autora que lee que si el orden es el contrario, aunque también leerlos en orden inverso al que fueron publicados sirve, con precisa exactitud, para ver cómo se evoluciona y se autoconstruye la carrera literaria de una inmensa autora. Así, si uno lee primero este libro, puede que le parezca inferior, menos redondo y completo, pero no hay que olvidar que este es el inicio de una carrera literaria de una autora que promete ser brillante. Y como inicio, es más que destacable.

Como peculiaridad, hay algo en este libro que me parece curioso y es observar un cierto paralelismo con el autor Xavier Mas Craviotto en su «La mort lenta»: no únicamente comparten que ambos ganaron recientemente el Premi Documenta (Solà un año antes que Mas Craviotto), sino también la manera en situar la novela en el imaginario del lector, en la presentación de las situaciones, en describir las acciones presentando a los personajes. Craviotto las empezaba con un «imagina a…», y Solà con un «este es...» estableciendo un paralelismo curioso entre dos voces de autores jóvenes y con un estilo prosístico cuidado y preciso nacido de su paso por la poesía. Parece que este estilo gustó al jurado del premio. Claro está, que también a este reseñista.

jueves, 25 de diciembre de 2025

LO MEJOR DE 2025

Un año más llega a las pantallas de los lectores ULADianos la lista que importa, la que todos estaban esperando, la lista para acabar con todas las demás listas: lo mejor del año para nuestros reseñistas. ¡Deseamos a todos los que nos acompañan unas Felices Fiestas, y un 2026 cargado de buenas lecturas!
 
Oriol:

Resumen del año: No he leído ningún libro imprescindible (salvo, quizá, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt). Aun así, he descubierto novelas, antologías y cómics notables, y he entrevistado a mi admirado Jared Roberts.

Libros que parecen escritos específicamente para mí: The Machine Stories, de Jared Roberts, With Teeth, de Christian Wallis, Yongüein’s Massacre, de Myke Babylon, La pianista, de Elfriede Jelinek, La bestia entre las sombras, de Edogawa Rampo, La estancia oscura, de Leonard Cline, y Paperbacks from hell, de Grady Hendrix.
Novelas destacables: Gente adinerada, de Joyce Carol Oates, y Posesión, de A. S. Byatt.
Novelas que logran dar una visión panorámica de su mundo: El gusano, de Luis Carlos Barragán, y La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek.
Antología destacada: Ni una palabra, de Caroline Blackwood.
Mejor novela gráfica: La formidable invasión mongola, de Shintaro Kago (aunque Insolitus Los reinos silenciosos, de VV.AA., están muy bien).
Mejor libro de no ficción: Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt.
Mejor volumen ecléctico: Madurar hacia la infancia, de Bruno Schulz.


Koldo:

Novelas: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau, Camino de sirga, de Jesús Moncada, y El siguiente en el paraíso de Marek Hlasko
Autobiografía (o similar): Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, En las kátorgas del zar, de H. Leyvik, y Triste tigre, de Neige Sinno
Cuentos: Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, y Mentirosos enamorados, de Richard Yates
Viajes: Los viajes de Júpiter, de Ted Simon
Poesía: Mientras tanto cógeme la mano, de Kirmen Uribe
Crónica (o similar): No matarían ni una mosca, de Slavenka Drakulic

Juan:

Un 2025 muy prolífico en lecturas, aunque como de costumbre y curiosamente (ignoro la causa), las mejores concentradas sobre todo en la última parte del año. A saber:

Libros de miedito: HEX de Thomas Olde Heuvelt, Negro tal vez de Attila Veres y Fundido a negro de Jesús Cañadas (éste, en libertad provisional).
Noir a pleno sol: Los niños están mirando de Laird Koenig y Peter L. Dixon.
Distopía chanante: La infancia del mundo de Michel Nieva.
Distopía no tan chanante: Las indignas de Agustina Bazterrica.
Cómic Novela gráfica más divertida del año: Consumida de Alison Bechdel.
Biografía: Revelando a Vivian Maier de Ann Marks.
Ensayos del año: Quiero y no puedo de Raquel Peláez, Pornocracia de Jorge Dioni López y (quizás) Catedral de escombros de Pedro Torrijos...
Una batalla tras otra: Se acabó el recreo de Darío Ferrari, Operación Apolo de Sergi Moyano Hurtado, El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano y Ovni 78 de los Wu Ming.
Novela por la que deberían darle al autor algún premio o algo: Tango satánico de László Krasznahorkai.

 

Francesc:

Ensayo: Sin centrarme en una obra específica, creo que el europeísmo escéptico/pragmático de Finkielkraut es algo que hay que reivindicar (porque hacerlo con Huxley ya sería demasiado, ¿no?)

Narrativa de largo: La obra de Catherine Lacey me ha ofrecido ciertas esperanzas.

Narrativa de corto: María Bastarós, una escritora que busca camorra (o sea, que no es de sofá, mantita y libro).

Expectativa superada (tanto con tan poco) :El comandante yanqui de David Grann

Expectativa defraudada (aunque temida): Sally Rooney en concreto con Intermezzo, pero creo que cualquiera serviría.

Comentario que no viene a cuento: alejaos, por favor, de libros que cuenten con esas irritantes fajas empeñadas en asignar y etiquetar. A la papelera, ya.

  

Marc:
Año flojo en cuanto a mi elección de las lecturas pero, aun y no habiendo acertado en general, sí hay algunos libros a destacar:

Libro del año: «Animals inexpressius», de Xavier Mas Craviotto
Ensayo del año: «La passió dels estranys», de Marina Garcés
Autobiografía del año: «Dietarios», de Mircea Cărtărescu
Experimentos exitoso del año: «La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas», de Gaétan Soucy, por el estilo y lenguaje utilizados, y «El volumen del tiempo», de Solvej Balle, por planteamiento y argumento.
Reencuentros satisfactorios: Philip Roth, Jon Fosse, Henrik Ibsen
Caerán más libros de: Pol Guasch, Xavier Mas Craviotto, Siri Hustvedt, Jon Fosse
Propósitos para el 2026: aumentar el ritmo de lecturas, más poesía y recuperar algun clásico pendiente

Félix:
Resumen del año: bastante bien hasta mitad de año, leyendo un par de imprescindibles y, en general, de todo un poco. Luego decayó en frecuencia y calidad, aunque dejando, todavía, algún que otro libro muy recomendable.

Top 3 del año: 
- Bella del señor, de Albert Cohen.
- Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau.
- Middlesex, de Jeffrey Eugenides, o El quinto hijo, de Doris Lessing.
Accésit: La higuera, de Ramiro Pinilla, Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, o la serie el Cuarteto de Buru, de Pramoedya Ananta Toer.
Cuento del año: El cuento más hermoso del mundo, de Ruydard Kipling.
Ensayo del año: hago trampa porque es una relectura, pero la maravilla de Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, no puede obviarse nunca.
Cómic del año: El Eternauta, de Oesterheld y Solano López.
Decepciones (sonadas): 
- El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas (por el tema y las ínfulas que se carga el texto).
- La invención de todas las cosas, de Jorge Volpi (ni ganas de reseñarlo me dan).
- El ayudante, de Robert Walser.
Lo leí aunque casi lo tiro por la ventana: Cómo leer y por qué, de Harold Bloom.
Abandonos: Hay ríos en el cielo, de Elif Shakar (por tratarme de tonto varias veces).
Amor-odio excesivo: los dos libros de Renaissance, de J.J. Lucas.
Descubrimientos: Albert Cohen, Pramoedya Ananta Toer, Olaf Stapledon, Ramiro Pinilla.
Constatación de lo pésimo que es el marketing para la calidad de una obra: los pesos pesados de la literatura argentina contemporánea.
Esperanza del 2026: leer algo del calibre de Bella del señor o Minimosca.

Carlos:

En un año que en general ha sido de lecturas más bien flojas, esto es lo poco que he podido rescatar:

Novela: La aventura de un fotógrafo en La Plata, de Adolfo Bioy Casares; La guerra de nuestros antepasados, de Miguel Delibes; El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Al final tres clásicos, o casi.
Novela gráfica (y quizá descubrimiento del año)El color de las cosas, de Martin Panchaud
Novela corta: Relato soñado, de Arthur Schnitzler
Humor: Alacranes en su tinta, de Juan Bas
Autobiografía: Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino
Música: Quadrophenia, de Àlex Oró
ClásicoEl crimen de Lord Arthur Savile, de Oscar Wilde
Ensayo ligero (pero muy logrado): La radio puesta, de Javier Montes
Libro de relatos: Lazos de familia, de Clarice Lispector (reseña en breve)
Y por no dejarlo con apariencia tan limitada, haré mención a otros tres que se quedaron cerca del galardón, quizá un pasito por detrás: La liebre con ojos de ámbar, de Edmund De Waal; El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz; Crónica de Dalkey, del admirado Flann O´Brien

Alain:
Este año, trabajar en el blog me produjo muchas satisfacciones: poder entrevistar a escritores y artistas, enfocarme en la lectura y la escritura, trabajar en una app del blog (solo disponible por el momento en App store, esperen un poco más para usarla en Android), y lo más importante, pertenecer a una comunidad de amantes de la literatura y de la creación humana. A pesar de que las vistas del blog son mínimas comparadas con booktokers, booktubers, bookstagramers…, hemos mantenido un año más la independencia y la honestidad en las reseñas. Cuando el internet y las redes sociales exploten debido a la inteligencia artificial y a los intereses de esos billonarios hijos de puta, aquí seguiremos. ¡Qué chinguen a su madre los que usan la IA para socavar la creatividad humana, y que chingue a su madre Elon Musk!

Aquí mi resumen del año:
Texto revelador: Historia general de las drogas, Antonio Escohotado.
Noir que me regresó la esperanza en este género: El gran desierto, James Ellroy.
Descubrimiento: La obra de Shintaro Kago (por cortesía de Oriol). Pueden ver una entrevista con él aquí.
Libro contra el que tenía un prejuicio y me sorprendió: The stand, Stephen King.
Decepción por hacerle caso a las voces de las masas: Cadaver esquisito, Agustina Basterrica.
Libro con sountrack: Héroes del Blues, Jazz y Country, Robert Crumb.
Relecturas que me conmueven como la primera vez: Mañana en la batalla piensa en mi, Javier Marías; El juego de Abalorios, Hermann Hesse; Música de cañerías, Charles Bukowski.
Adaptada al cine con spice lésbico: Arenas movedizas, Junichiro Tanizaki.
Decepción del año: Retratos de jazz, Haruki Murakami y Makoto Wada

José Miguel:
Estimados seguidores de Ulad, en estas fechas tan señaladas me llena de orgullo y satisfaccion entrar en vuestros hogares para dejaros mi lista de mejores lecturas del año.

Novelas:
Calabobos de Luis Mario. Original, delicada, poética.
Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Hipnótica. Cómo he podido desconocer esta maravilla? 
Cuentos:
60 relatos de Dino Buzzati. Inquietantes, desasogantes y muy bien escritos.
Cuentos de Pio Baroja. Sólo por la preciosidad de Mari Belcha, ya merece la pena volver a Baroja.
Ensayo:
Mapa de soledades de Juan Gomez Barcena. Barcena hace tiempo que dejo de ser una joven promesa. Siempre buscando nuevos temas y nuevos enfoques. Muy recomendable cualquier novela suya.
El hombre horizontal de Bruno Remaury. Cuestionando el espacio q ocupa el ser humano en este mundo enloquecido.
Clasico incontestable:
Almas muertas de Nicolai Gogol. Ahhhh, los rusos.
Decepciones (no hay que comprar a lo loco):
Bruno Schulz, Madurar hacia la infancia. En la pagina 429 nos da la clave de su escritura "el tema como siempre, sin importancia y dificil de narrar". Pues, no esperes a la pagina 429 para decirnoslo, avisanos en la 1.
Adan y Eva de Aarto Paasilina. Humor finlandes, no trasladable a estas latitudes. Si ellos se rien con esto, es que somos muy, pero que muy diferentes.

Pues eso es todo. 
Felices fiestas y buenas lecturas para el proximo año.

Santi:
Un año muy irregular en cuanto a lecturas: un verano inusualmente descansado en el que por fin pude leer hasta (casi) hartarme, y un resto del año usualmente ocupado en el que casi solo he (re)leído lo que me exigía mi trabajo. A pesar de ello, ha habido unas cuantas muy buenas lecturas, y otras más decepcionantes... Aquí va mi lista: 
 
Mejores novelas: Todo empieza con la sangre de Aixa de la Cruz, Limpia de Alia Trabucco Zerán, El acontecimiento de Annie Ernaux
Mejor 2x1: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Linea nigra de  
Mejor cuento: "El ojo en la garganta", incluido en El buen mal de Samanta Schweblin
Mejor libro de poesía: Amor y pan de Paula Melchor 
Mejor ensayo: Lo que una ama de Miren Billelabeitia
Clásico recuperado: Tea rooms de Luisa Carnés
Clásico que no me convencióTodos los nombres de Saramago 
Decepción del año: La península de las casas vacías de David Uclés

jueves, 10 de septiembre de 2020

Carlota Gurt: Cabalgar toda la noche

Idioma original: catalán
Título original: Cavalcarem tota la nit
Traducción: Carlos Mayor
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Los caminos que uno puede emprender para llegar a publicar un primer libro de narrativa son múltiples. Hay casos en que ese acercamiento se produce desde la poesía (ya hemos visto recientemente los casos de Irene Solà o Xavier Mas Craviotto, para escoger autores de similar procedencia), pero hay otros que llegan desde el no menos imprescindible (y a veces infravalorado) mundo de la traducción. Este es el caso de Carlota Gurt, que tras años de experiencia en ese campo e incluso acercándose a artes relacionadas como el teatro haciendo de productora de La Fura dels Baus, se ha lanzado definitivamente a escribir su primer libro como autora. Y se trata de una recopilación de relatos cortos, independientes, aunque relacionados temáticamente.

El título del libro hace referencia al poema «La canción del amor y la muerte del corneta Christoph Rilke» donde empieza diciendo «cabalgar, cabalgar, cabalgar, todo el día, toda la noche, todo el día» y es toda una declaración de intenciones, pues como indica en la contracubierta, «cabalgar toda la noche es avanzar en la oscuridad hacia unas fronteras que parecen inalcanzables, pero que no siempre lo son». Así la autora habla de cabalgar toda la noche como una necesidad, casi un apremio, de aventurarse sin fallecer a las sombras que habitan dentro de nosotros y el mundo que nos rodea, sin que el miedo nos paralice, sin que nos detenga, y seguir cabalgando entre la oscuridad buscando una salida, o al menos una luz, que nos siga empujando, como un señuelo, hasta conseguir salir de esa noche siempre presente y atenazadora.

Estructurado en doce cuentos más un epílogo, este recopilatorio narra diferentes situaciones cotidianas, donde los personajes a menudo se sienten inseguros, en ocasiones sobrepasados por la realidad que los envuelve, por sus vidas anodinas y sin un horizonte claro, en ocasiones como personas individuales, pero a menudo con historias que giran en torno a la pareja. El estilo de Carlota Gurt es mordaz, con un humor agrio y ciertas dosis de mala leche, con un tono oscuro como la noche por la cual cabalga sobre las palabras, guiándonos hacia un lugar oscuro del que no estamos muy seguros de querer entrar, pero que su atrayente voz nos empuja a ello de manera irresistible.

Como en todo libro de relatos, y más en este caso al no ser pocos, las historias narradas son diversas, y no tiene sentido en esta reseña entrar en cada una de ellas, pero sí destacaré las que más me han gustado. Ya para empezar, el primer relato, «Las compuertas», donde la autora narra una historia de deseos e inseguridades, de la fina línea que separa la convicción de la suposición, y el paso siempre difícil de dar para pasar de un estado seguro a un territorio por conocer. Las compuertas del título, la separación entre estados, entre personas, pero también entre sentimientos propios, aquello que las separa o que las une con tan solo la voluntad o la posibilidad de hacerlo y que enlaza perfectamente con el segundo relato («La bóveda que los cubría») en el que narra la indecisión de una pareja que encuentra la entrada de un túnel y hay diferencia de opiniones sobre si entrar o no, por miedo a los desconocido, por no estar suficientemente preparados... clara metáfora del mundo de la pareja.

También el mundo de la pareja, o de las relaciones sentimentales, es tratado en otro gran relato como «El verano eterno» en el que narra la relación entre una chica y su vecino, que flirtean constantemente en un vaivén de quiero/no quiero, porque el deseo existe pero difícilmente es tan intenso en la realidad como en el pensamiento, o también en «La tierra no me acuna», en el que explica la obsesión de una chica con el mar, con cruzar lagos, en hacer todas las travesías, excepto las que conlleven un compromiso o todo aquello que suponga un reto que no implique echar raíces ni suponer ataduras. Y el agua, a menudo presente en gran parte de los cuentos, como metáfora también de un lugar en el que uno puede sentir cierta tranquilidad pero que a la vez puede suponer un riesgo, una amenaza.

Dejo para el final, dos de sus mejores cuentos, «Segundos hechos a nuestra medida», en el que un hombre debe llevar un pastel a su mujer, pero es incapaz, cada vez le pesa más. El cuento es una clara alegoría del desgaste de una relación, al principio ideal e ilusión ante pero que el paso del tiempo diluye y desvanece sin tan siquiera la posibilidad que reconozca en ella aquello que hubo años atrás. Y, finalmente, el más diferente de todos, el más impactante, el más visceral, el gran cuento que es «Bestias carnívoras», ambientado en los casos de violaciones grupales, en clara referencia a La Manada, y donde expone cómo se siente la víctima, como lo vive, como nadie es consciente de aquello que han provocado incluso en ella misma. Destaco este cuento por su calidad, pero también como demostración de que, a través de un humor ácido, punzante y negro, y sin entrar en detalles, se puede denunciar con bastante (pero justificada) mala leche, la mentalidad de algunas bestias que también viven entre nosotros. El cuento que ha escrito es una manera muy gráfica de decir que ya basta.

Cabe decir que el estilo de Gurt es directo, a pesar de las habituales metáforas que contienen sus cuentos, pero que no dejan lugar a dudas sobre qué pretende contar la autora. Porque lo que pretende contar, es los diferentes relatos, está envuelto de cierto fatalismo, de finales que solo son una continuación de otros finales ya pasados; la autora carga los relatos de una sensación de decadencia y desaliento, no falta de futuro, aunque tampoco los viste de nostalgia. Sus relatos nos invitan a pensar hacia dónde vamos, sin asegurar que otros posibles pasados nos hubieran llevado a mejores presentes. Y habla en ellos de la soledad, la que se encuentra dentro de uno mismo, independientemente de si se encuentra en compañía o sin ella.

Lo mejor del libro es el estilo de la autora, atrevido, valiente, con cuentos en gran mayoría sin principio ni final, como si la autora echara una breve, pero acertada mirada a vidas ajenas que no dejan de ser similares a las nuestras o de gente a quien podríamos conocer. Hay mucho mensaje contenido en los cuentos y, a pesar de su tono agridulce (más agrio que dulce) la sensación que uno tiene terminada la lectura es que la autora sabe exponer perfectamente las deficiencias y carencias de las personas que, faltas de afecto o de ambición, transitan por la vida sin pretender demasiado, quizá tan solo soñar pensando que podría ser mejor, pero sin dar ese paso necesario por no acabar estando convencido del todo.

Los cuentos narrados dejan entrever un sentimiento de desencaje respecto al mundo, de inconformidad respecto al mundo en el que vivimos, a la propia vida. Como si los personajes intentaran encontrar su lugar en el mundo, encajar en una vida que, como los cuentos, parece como si hubieran sido encajadas en ella por accidente. Así los cuentos empiezan y acaban como si captáramos un instante de sus vidas, y la sensación que tiene uno al leer el libro es que a sus personajes les ocurre bastante lo mismo: se encuentran y narran su situación personal como si no tuvieran un pasado que les hubiera llevado a ahí. Y aquí está uno de los puntos fuertes del libro, Carlota Gurt no necesita construir un pasado en torno a ellos para narrar lo que pretende. Y es un gran mérito porque lo que pretende, no es precisamente poco.

También de Carlota Gurt en ULAD: Sola, Biografía del fuego, Els erms

sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

lunes, 20 de diciembre de 2021

2021: No nos lo hemos leído todo, pero... (antiguamente conocido como Lo mejor del año)

Lo que ha leído Juan:


Koldo TOP 10 Leído en 2021 + 2 Relecturas

Mención de honor para la parte fotográfica de Vale un Potosí de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougere. Dicho esto:
 
10. Humo de José Ovejero
9. No es un río, de Selva Almada
8. Simpatía de Rodrigo Blanco Calderón
7. Alguien camina sobre tu tumba de Mariana Enríquez
6. Caracas muerde de Héctor Torres
5. La canción de NOF4 de Raúl Quinto 
4. Contra vosotros de Mercedes Soriano
3. La última niebla / La amortajada de María Luisa Bombal
2. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (Juan: no te reto a duelo porque en el fondo te tengo cariño)
1. Los galgos, los galgos de Sara Gallardo

Las dos mejores relecturas del año: Caballos desbocados de Yukio Mishima y Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq.
 
Actualización de última hora: La Capilla Sixtina. Relato de una obra maestra

Montuenga:

Lo mejor que he leído este año:

Ficción:


No ficción:

Y lo peor:

Ficción:

  • Novela decepcionante de autor prestigioso: Muerte de Sevilla en Madrid de Alfredo Bryce Echenique.
  • Volumen de relatos que abandoné por indigesto para la mentalidad actual: Pájaros de fuego de Anaïs Nin.
  • Texto de auto ficción más anodino: El sistema del tacto de Alejandra Costamagna.

No ficción:

  • El más flojo e inconexo (Sin género definido): Devoción de Patti Smith.
  • Un testamento vital decepcionante: Gratitud de Oliver Sacks.
  • Biografía peor documentada: La virgen roja de Fernando Arrabal.
  • Autobiografía más tópica y repetitiva: El lugar de Annie Ernaux.

Carlos Bookboard 2021:
Como siempre, y como es bien lógico, ha habido algunas cosas algo decepcionantes, pero para qué darles más publicidad. Bastante tienen con haberles hecho un hueco.


Marc Peig:


Oriol Vigil:


Beatriz Garza:


Francesc Bon:

Otro año en que defraudo hasta mis peores expectativas, leyendo poco, tarde y mal. O a lo mejor es la cosa esta del mercado, vendiendo la moto de modo tan constante y repetitivo, que me refugio en lo conocido, temeroso del fulgor que desprenden los actos promocionales y las fajas. 
Así que:
  • Libro del año - por su modestia y por su panorámico alcance casi involuntario: Anna Ajmátova, de Eduardo Jordá - o como cubrirlo todo - ficción, historia, crónica, crítica, poesía - en unas cuantas páginas. 
  • Medalla de plata, ex aequo Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega, o cómo gestionar el aire nostálgico con elegancia y sin sonarse los mocos. Y un 10 absoluto por su enorme valentía. Y Jordi Amat: El hijo del chófer que, aparte del orgullo intrínseco de mostrarse contestatario con el statu-quo, es un inmenso ejercicio de periodismo crítico, que empezaba a parecer un oxímoron.
  • Pelotón - demasiados y demasiado dispersos, algún ensayo muy disfrutable en su momento, pero algo ligero y, por lo tanto, no siempre memorables como para fortalecer las convicciones, así que me ahorro las menciones, perdonen los afectados.
  • Rezagados - un nutrido grupo de lecturas para cubrir el expediente, que incluyen alguna tenue decepción: Revancha tampoco es la obra de madurez de Kiko Amat, El teatro de Sabbath me tuvo demasiadas páginas preguntando por Zuckerman, y sigo sin comprender como, al margen del voyeurismo social, se ensalza tanto el valor de Valle inquietante o de Mi año de descanso y relajación, que me parecieron, ambas retratos de una sociedad o de un mundo ajeno y casi elitista.
  • Descalificado por tramposo (y por pesado) - Casi que voy a tirar la toalla con Javier  Cercas, que en Independencia demuestra que está tan obstinado en usar sus libros para restregarnos sus rancias quejas ideológicas que se ha olvidado de interesar a sus lectores, gustarles o aportar algo relevante. Así que le enseño amablemente la puerta de salida. Adeu siau.
  • Propósitos para 2022: más tiempo para alternar re-lecturas (no reseñables, ay) con algo que mitigue mi encasillamiento.

Santi (que ha leído este año menos que nunca pero aun así no ha ido mal):

Tres textos autobiográficos imprescindibles:

Cuatro novelas sobre la memoria (individual o colectiva):
 
Tres libros que te reconcilian con el mundo y con la humanidad
 
Cuatro libros de terror

Un clásico que tenía pendiente: La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. LeGuin
 
Un libro que leí porque, en fin, alguien tenía que hacerlo: Feria de Ana Iris Simón

También leí pero no me animé a reseñar: Tú también vencerás, de Jose||González; Días de euforia, de Pilar Fraile; Causas naturales, de Claudia Hernández.



NOTA FINAL:
Queridos lectores: podéis enviar vuestras listas al correo del blog: unlibroaldia@gmail.com. A finales de enero publicaremos una entrada con todos vuestros correos (indicad, por favor, si se puede mencionar vuestro nombre al publicarla).