domingo, 24 de octubre de 2021

Carlota Gurt: Sola

Idioma original: catalán
Título original: Sola
Traducción: Palmira Freixas
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Después de debutar en narrativa con el libro de cuentos «Cabalgar la noche», y hacerlo de manera bastante destacada, Carlota Gurt ha ampliado su campo de acción adentrándose en el mundo de la novela. Para hacerlo, la autora ha reformulado la novela «Solitud», de Victor Catalá, utilizándola únicamente a modo de base para, a partir de pequeños mimbres, desplegar una historia que sorprende por su ritmo, su calidad lingüística y una radicalidad en forma y fondo que desnuda y profundiza la condición humana en su estado más puro: la soledad.

Con un primer párrafo cautivador, la narración viene de mano de Mei, la protagonista, que tras un desengaño laboral en la editorial donde trabajaba, busca refugio en la casa de campo que fue su hogar en la infancia para escribir una novela; una llegada a su pasado algo atropellada, algo agitada, pues, «cuando el camino se ha adentrado en el bosque, el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa». Esta premura, esta urgencia y la narración en primera persona sitúa al lector al lado de la protagonista y nos invita, o nos alienta, a entrar con ella en su antigua casa, un lugar lleno de recuerdos, de pasado y de experiencias; un lugar antiguo y conocido, pero al que se debe acostumbrar de nuevo y hacérselo suyo eliminando capas de polvo, limpiando muebles y muchos (y no siempre agradables) recuerdos que la autora sintetiza afirmando que «frotaba con pasión, a veces me daba un calambre en los dedos de agarrar el cepillo con tanta fuerza, sentía que me estaba limpiando la mugre de los pliegos mentales, como si me estuviera lustrando los recuerdos para hacerlos más bonitos». Con ello, la autora ya nos hace ver que no todo es placentero en su pasado, que no todo es agradable y que habrá que sacudir el polvo de unos recuerdos y añadir capas de olvido en otros.

Situados en escena, el libro no deja respiro. El ritmo de lectura es ágil, la escritora nos contagia su vitalidad y la de su protagonista, pues de la misma manera en la que empieza la novela al afirmar que «el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa», la autora hace lo propio, y con su ritmo rápido (en claro contraste con la supuesta calma del pequeño pueblo en la montaña en el que se halla) nos empuja hacia la historia, nos mete en su casa con ella, y nos encontramos de golpe rodeados también de sus recuerdos y también de sus temores.

Mei habla en primera persona, y se convierte en narradora omnipresente y se nos muestra de manera espontánea en una cualidad que comparte con su autora, pues uno puede sentir en el desparpajo de Mei a Carlota Gurt, directa y visceral, mostrándose de manera franca, sin esconder sus debilidades ni sus miedos, dando la sensación de que ese tono desenfadado es pretendido, es buscado, es una extensión de ella misma. Ya la propia autora coquetea con ello al afirmar que «esta novela es un error; alguien me lo dirá en algún momento, y tendrá razón. Entonces, cuando las dudas se me arrapan a la piel, empiezo a picar más fuerte para que el terremoto continuo de las teclas desmorone mis inseguridades», o también «Mei, tendrías que haberlo revisado más. Qué te has creído, impostora, imbécil» o capitulando al afirmar «este cuento no va a ningún lugar, farsante». Gurt juega con el lector, y le hace confidente del propio relato, en un ejercicio metaliterario que sorprende y funciona perfectamente engrasado porque ese guiño al lector es una muestra más de la ironía y el sentido del humor de la autora, que retrata a su propio personaje como «la bobalicona de ciudad plantada en medio del camino» ejemplificando así la torpeza social de la protagonista, en una desubicación mental, vital, pero también física de la mujer de ciudad yendo al campo, como si la protagonista se hubiera extraído de su entorno acomodado y confortable para someterla a la transformación y adaptación a un entorno ajeno emocionalmente, laboralmente, vitalmente, luchando contra unos recuerdos que permanecen imborrables y contra novedades vitales que llegan de golpe y la inquietan, la turban, pues a pesar de los esfuerzos de Mei, «llevo dos días concentrándome para mantener las ilusiones fuera de las murallas y ya no puedo más. Hostia, es que yo no quiero imaginar porque las murallas son débiles y el ejército de la ilusión es invencible».

De esta manera, y evitando todo spoiler en esta reseña, a medida que avanza el libro vamos viendo que esa fina ironía que desprende el tono del libro en boca de Mei es una manera de captar al lector, es un anzuelo al que nos enganchamos de manera inevitable (y nos plegamos y disfrutamos con él) para entrar en una historia que no tiene nada de alegre, porque Gurt lo utiliza como un acto de la ilusionismo en el que nos envuelve para hacernos creer que lo que leemos es ligero, que lo devoraremos en unas pocas horas (aunque eso es cierto, pero tardaremos mucho más en olvidarlo), pero ella, hábil narradora de cuentos, sabe lo que es el impacto, sabe cómo causarlo y cuando hacerlo. Y sabe cómo sacudir de golpe la inocencia y la ligereza y abrir un surco profundo y oscuro, porque la grieta que abre en la narración a partir de cierto momento llega como un torrente, como un rio desbocado de caudal incontrolable. Y Mei lo confirma, afirmando que «he salido de la realidad y me he metido en un paréntesis lleno de ojos que no paran de chorrear», afirmando con pesar que «si estoy sola la tristeza la tengo confinada, pero si hay alguien más me desbordará».

Gurt es atrevida, de lengua rápida e inteligencia aguda, y estas cualidades hacen que el ritmo de lectura sea torrencial, pasional, casi visceral. Mei es contundente y sarcástica, con cierto punto de una mala leche que no esconde, como al afirmar, ante uno de los personajes que sufre osteoporosis, que «he pensado que esa enfermedad le encajaba perfectamente: es tan blanda que incluso su cuerpo le niega unos huesos como Dios manda». Esa vehemencia imprime un tono que atrapa, y que no da descanso al lector al igual que no se lo da a Mei, que parece perseguida por las circunstancias y por lo que sucede, siempre a remolque, siempre intentado comprender y adaptarse a un mundo que cambia de forma cada vez que parece que le tiene tomadas las medidas. Y, en el avance del día a día, en la soledad de una casa, de pocas personas apenas conocidas, va inundando de dudas e incertezas a Mei que se va recluyendo, se va cercando, se va aislando en un mundo que cada vez desconoce más, en una contienda entre presente y futuro, porque «el ejército de los recuerdos avanza, pero es necesario que los soldados de la supervivencia lo aniquilen sin piedad. Todo el día con esta batalla agotadora contra la memoria dentro de la cabeza, y mientras dominar el arte de la guerra, empujando las horas: desayunar, escribir, comer, dormir. ¿Para qué? La vida, qué etcétera más tedioso».

Es curioso que cuando uno de sus vecinos lee las primeras páginas de su novela y le da su opinión, ve en esa novela algo muy parecido a lo que podemos ver nosotros en esta: «la lengua está muy bien, trabajada sin empalagar, ni demasiado simple ni demasiado retorcida. La primera persona me gusta, siempre ayuda a estar más cerca de los personajes, a olerles la piel, pero tiene el peligro de caer demasiado en el yo, de revolcarse en él». Esas sensaciones se repiten exactamente en la lectura de este libro, y da una buena muestra de que la autora, que destila honestidad y espontaneidad, se conoce perfectamente y se muestra ante nosotros tal y como es. Y precisamente, y seguramente gracias a esto, su prosa fluye de manera vertiginosa, limpia, contundente y sin parecer que le importe mostrar ciertas imperfecciones, pues la acerca a una protagonista que las tiene y vive en ellas y contra ellas. 

Gurt sobresale cuando da rienda suelta a su desenfreno, cuando narra escenas de deseo incontrolable, cuando deja salir toda la pasión que su imaginación es capaz de poner y se deja llevar, sin contención, sin cortapisas, sin obstáculos que, de haberlos, los barrería y los engulliría, los arrasaría y los quemaría con el ardor y la pasión que irradia el relato. Rabia y deseo se unen, y de la unión nace una ira incontrolable que todo lo barre, incluso su vergüenza, sus recelos, ella misma, porque «la vergüenza y la rabia pueden con todo». Porque ahí es donde más me gusta Gurt, en la visceralidad, en el descaro, en el atrevimiento, en la valentía… mejor transmitiendo sensaciones que historias largas, mejor buscando el impacto que tramas de fondo y me gustaría verla en un registro de relaciones incendiarias, de claroscuros amorosos, donde la fuerza del relato resida en la duda y la incertidumbre, y la pasión, siempre necesaria, en la vida y en el amor. Hay mucha corporalidad en la narración, la protagonista es mujer y su personaje así lo muestra hablándonos de menstruaciones, orgasmos o masturbaciones. Ese es otro ejemplo del desparpajo de la autora, que no se esconde en clichés o en metáforas para narrar lo que considera, lo expone directamente, abiertamente, de manera natural y sin nada que esconder. 

Asimismo, la cuenta atrás que pone nombre a cada capítulos funciona a modo de McGuffin que empuja al lector, insuflando un aliento adicional por si el ritmo vertiginoso de la narración no fuera suficiente. Esta es la crónica de un delirio, de una vida que se tuerce a cada esquina, a cada bifurcación del camino que trazamos a nuestro paso pero que parece ya predeterminado de antemano porque Gurt coge su personaje y lo despedaza, se mete dentro de él como un Caballo de Troya y desde dentro lo desmenuza y lo destripa, mostrando ante el mundo sus virtudes y sus crecientes defectos, alimentados por una soledad que la envuelve y la rodea de miedos y temores y que la lleva a firmar que «y entonces he visto todo aquello, como un relámpago que lo ilumina todo un instante y después la oscuridad no puede volver a ser negra como antes porque ya sabes qué se esconde en ella».


Dice la autora, en boca de Mei, «¿Qué narices te creías? ¿Que vendría aquí y te diría que habías escrito una puta obra maestra?». Pues diría que no, claro, que la autora no iba a escribir una obra maestra en su primera novela, pero que sí muestra unos dotes que hacen que creamos que algún día pueda escribirla porque, con «Sola», Carlota Gurt demuestra un gran talento a la hora (y especialmente) de narrar las pulsiones vitales de una persona que se encierra en una soledad buscada en un inicio, para tratar a partir de ella la psicología humana de quien se consume, a medida que se adentra, en su propia espiral de emociones. Por ello, y destacando especialmente su gran primer tercio y un final que brilla por su radicalidad, la autora ha escrito un libro que por su historia y visceralidad es de los que se quedan dentro una vez terminado, y queman, y carcomen y nos arrastran hacia unos delirios y unos demonios interiores que únicamente la soledad puede crear, o callar.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la noche

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