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jueves, 1 de febrero de 2024

Ramón María del Valle-Inclán: Jardín peregrino (Relatos dispersos y extraviados)

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2023 (textos entre 1888 y 1936)

Valoración: Entre está bien y recomendable

Pues igual hace casi 30 años que no leía a Valle-Inclán, concretamente desde aquellos no tan maravillosos años (ya vale de nostalgia, joder) del Bachillerato en los que Luces de bohemia era de obligada lectura. Y así como otros libros de aquella época sí los tengo, más o menos, en la memoria, no recuerdo prácticamente nada del libro de Don Ramón María.

Así que no esperéis una lectura "profunda" que compare Jardín peregrino con el resto de la obra valleinclanesca ni os llevéis las manos a la cabeza si algo de lo que diga a continuación os sorprende para mal o resulta demasiado obvio. ¡Al lío!

Jardín peregrino recoge textos que se agrupan en tres bloques:

  1. Relatos dispersos publicados en periódicos o revistas entre 1888 y 1892
  2. Relatos descartados de la edición de 1920 de Jardín novelesco
  3. Relatos o nouvelles de tema histórico, de diversas épocas y de marcado tono coral
Los dos primeros bloques me sorprenden por la temática de los textos en ellos contenidos. Buena parte de los mismos están vinculados al romanticismo y a lo gótico y eso es algo que uno no esperaba de Valle-Inclán: sátiros, brujas, sueños premonitorios, ambientación rural, etc. Todo ello acompañado, eso sí, de un lenguaje que por momentos abruma (arcaísmos, galleguismos, etc) y que hacen recurrente el uso del diccionario. 

Cierta irregularidad pesa sobre estos relatos, lastrados en buena medida por la sobreadjetivación de los mismos. Puestos a elegir, me quedo con la plasticidad descriptiva de El mendigo, la teatralidad y el manejo de los diálogos de Don Juan Manuel, relato en el que se introduce el elemento político que caracterizará parte de la obra del gallego, y con la imaginería de Fue Satanás y La hueste, dos de los textos más cercanos a lo gótico.

Más destacables son algunos de los textos que componen el bloque "histórico" del volumen. No sé si se deberá a que se trata, en su mayoría, de textos de la etapa más madura del autor, pero el caso es que resultan más complejos en lo técnico (utilización de herramientas cercanas a lo cinematográfico, como el travelling de Fin de un revolucionario, manejo de diferentes voces, recreación de atmósferas, etc) y más "punzantes" por el uso de lo grotesco, lo exagerado y lo absurdo para denunciar esa España bufa y trágica de finales del XIX y principios del XX que tan bien reflejada aparece en la ya citada Fin de un revolucionario o en El trueno dorado. Todo ello sin perder de vista el diccionario, que el bueno de Valle-Inclán nos sigue poniendo a prueba con ese lenguaje rico en registros pero algo alejado de estos tiempos que corren.

Lo dicho, irregular aunque interesante recopilación de un autor fundamental de las letras españolas de la primera mitad del siglo XX que pinta una España quizá no tan alejada en el fondo de la actual. O sí, vosotros diréis.

Más reseñas de libros de Valle-Inclán en ULAD: Sonata de primaveraTirano BanderasDivinas palabras y Luces de bohemiaLa guerra carlista

viernes, 12 de mayo de 2017

Ramón María del Valle-Inclán: Sonata de primavera

Resultado de imagen de sonata de primavera amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1904
Valoración: Muy recomendable



La gran ventaja de un escritor es que puede vivir varias vidas. Crear un alter-ego que protagonice aventuras imposibles, viaje a lugares ignotos, nazca en una cuna diferente o posea unas dotes de seducción de las que carece el original es una tentación demasiado fuerte en la que muchos escritores han caído para satisfacción de su público y en beneficio de la excelencia literaria.
El Marqués de Bradomín, como Peter Pan, Sherlock Holmes y otros muchos, es uno de los personajes que flotan en el panorama cultural sin que haga falta haber leído ni una página de las obras en que aparecen para tener una ligera idea –demasiado ligera, a menudo– de quiénes son y lo que significaron en su contexto social y literario. Su acogida y trascendencia se ha visto reflejada en el marquesado que se concedió a los descendientes del escritor hace unas décadas, en el premio literario creado en su honor y hasta en una breve mención en un poema de Antonio Machado. Este Valle Inclán idealizado no solo aparece en las cuatro novelas autobiográficas denominadas Sonatas y en su adaptación teatral de 1906, lo encontramos también en la trilogía carlista titulada Comedias bárbaras. Y fue, precisamente, un militar carlista quien sirvió de modelo al autor para crear uno de sus personajes más célebres.
Valle Inclán era un maestro de la caricatura, facultad que puso en práctica ante todo con su propia persona, estilizándola y añadiendo a su figura ciertos rasgos inconfundibles que la memoria colectiva ha guardado desde entonces. Lo mismo hizo con el marqués: con solo tres adjetivos (feo, católico, sentimental) consiguió dotarle de entidad convirtiéndolo en una figura inconfundible. Conseguir esto con un personaje que de original tiene más bien poco y cuyo precedente -ese don Juan, tan reconocido, que transita por las obras más diversas- no es un secreto para nadie, podría considerarse una de las grandes operaciones publicitarias de la historia de la literatura. Los otros donjuanes se pueden confundir entre ellos, este no, pues a un apelativo diferente y a los –más que significativos– rasgos mencionados se añade un título nobiliario nada menos.
El marqués cuenta su historia en primera persona, pero no lo hace por orden cronológico: comienza en la edad adulta o verano de la vida, continúa en la época otoñal, para descender a continuación a esa primavera juvenil que ambienta esta novela y, ya en la última etapa, poner el broche a sus confidencias. Lo hará durante aquel invierno en el que, se supone –dejando aparte pequeñas inexactitudes cronológicas–. tienen lugar las anotaciones que acabarán constituyendo sus memorias.
Hablamos de un individuo que, ya desde su primera juventud, posee una alta opinión de sí mismo, que se vanagloria de cada una de sus ocurrencias, tengan las consecuencias que tengan para otros, y que, en general, se mueve por el mundo pisando fuerte y guardándose muy bien de darlo a entender, al menos desde un principio.
Las grandes obras literarias lo son, entre otras cosas, porque se convierten en un retrato fidelísimo de personajes, actitudes y conductas de cara a la posteridad, independientemente de las intenciones de quienes las firman. Ese es el motivo de que a su creador le cayese más simpático Bradomín que a nosotros. Él triunfa, él se vanagloria, pero el lector de hoy puede considerarlo hipócrita –más aún, si cabe, que su entorno–, calculador, desconsiderado, frívolo, egocéntrico y soberbio. Nada ni nadie puede interferir en los planes de este enviado de su Santidad que viaja por Italia para otorgar los honores cardenalicios a un obispo y se lo encuentra en su lecho de muerte. Pero, teniendo en cuenta que los desplazamientos eran entonces mucho más largos e incómodos y que nadie con un ego de ese tamaño se va a desplazar para nada, Bradomín tiene a bien encapricharse de la hija mayor de la Princesa que le da hospedaje, además del tiempo que necesita para llevar a cabo el encargo, todo el  que considere conveniente. No sé si les sonará de algo esto, pero se trata de una chica muy joven, que no conoce nada del mundo y está a punto de entrar en un convento. La opresión de las convenciones religiosas –que unos padecen y otros se saltan a la torera–, la del ambiente de palacio, la de las reglas no escritas y la de los testigos que rodean a los personajes principales –que apenas conocemos pero cuya mirada fija en lo que ocurre el lector tiene muy presente gracias a la habilidad de Valle Inclán– va creando un caldo de cultivo cada vez más angustioso que acabará convirtiéndose en tragedia.

martes, 21 de mayo de 2013

Ramón del Valle Inclán: Tirano Banderas

Idioma original: español
Año de publicación: 1926
Valoración: Imprescindible


Ha pasado mucho tiempo desde que leí por primera vez Tirano Banderas y no me quedaba más que una impresión muy vaga de ambiente, lenguaje y asunto. Se haya leído o no la novela, todo el mundo sabe que narra la caída del dictador Santos Banderas, un personaje que no encarna una figura histórica concreta pero es compendio de la de muchos dictadores latinoamericanos que prosperaron gracias al apoyo de Estados Unidos. La novela retrata su despotismo, su manejo del terror, la multiplicación durante su mandato de delaciones y espionaje, así como la existencia de una represión generalizada y el mantenimiento de una corte incondicional que responde sin rechistar a sus caprichos y órdenes.
Después de un tercer viaje a Méjico, Valle empieza a escribir su novela americana, “la novela de un tirano con rasgos del doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López y de don Porfirio”. En un principio, a partir de 1925, aparece en forma de entrega para distintas publicaciones como era su costumbre, más tarde en forma de libro cuya primera edición publica por su cuenta.

La intención, claramente satírica, se logra a partir de su ya mítico recurso de fabricación propia, el esperpento (deformación de la realidad, destacando lo grotesco para afilar la crítica). A Banderas se le caricaturiza repetidamente como rata fisgona y el Licenciado Veguillas salta como una rana aduladora. Podemos encontrar decenas de ejemplos con solo leer una página. El tirano animaliza a sus vasallos y Valle Inclán, a su vez, le animaliza a él. Destaca además la prodigiosa utilización del lenguaje latinoamericano, del que realiza una inteligente mixtura superponiendo al castellano multitud de voces de uso común en la mayor parte del subcontinente, con alguna invención de cosecha propia y la repetición del diminutivo, dando como resultado un conjunto de lo más convincente. Un efecto así no podía haberlo conseguido más que un oriundo de esas tierras o el propio Valle que, sin embargo, incluye aquí todos los rasgos de su escritura, su inteligente manejo de las situaciones, ese modernismo que defendió con brillantez, esa amargura y sentido crítico de la política española de entonces.
Del tirano, hasta el nombre de pila, Santos, es irónico. Pero el autor tampoco tiene piedad con el resto del reparto. Destacaré, al Doctor Polaco, un mago que ejerce en la casa de lenocinio y que, junto a la señorita médium (también Lupita la Romántica, prostituta que parece leer el pensamiento) protagoniza una de las escenas más divertidas de la novela, o el honrado gachupín Quintín Pereda (nótese la ironía en el adjetivo), o Merlín, el perro faldero del ministro que subraya sarcásticamente sus rasgos más ridículos, o Cucarachita, la madame del prostíbulo, o doña Lupita, que se ocupa del servicio de cantina durante los esparcimientos del dictador y sus secuaces.

Pocos se salvan de la quema efectuada por Valle Inclán, solo unos pocos insurgentes en los que recae, a golpe de heroísmo, revertir el actual estado de cosas. Países, clases sociales, profesiones son vapuleados sin piedad. En particular los gachupines (españoles) de los que se destaca su ambición y prepotencia. Como el citado ministro de España y barón de Benicarlés o el próspero don Celes, avaro hasta el delirio, sin otro interés que la adulación y la riqueza, que sirve de correveidile entre este y Santos Banderas o el prestamista Quintín Pereda, que con su enorme ruindad contribuye indirectamente a poner en marcha la acción. También son atacados los criollos y sus privilegios. En cambio, vemos al doctor Sánchez Ocaña pronunciando un alambicado discurso que enardece a las masas acelerando el comienzo de la revolución latente.
Es patente el desprecio que siente Banderas por el indio, al que considera incapaz de trabajar e indigno de cualquier consideración. Y, sin embargo, él es uno de ellos, no un gachupín imperialista, no un privilegiado criollo: su sangre es indígena cien por cien. Con ello, se multiplica exponencialmente la impresión que produce su actitud.

La obra es corta pero densa. Valle hace gala de economía de recursos concentrándose en unos cuantos rasgos significativos, inteligentemente elegidos, muy elocuentes, presentados con vigor y repartidos en una serie de escenas. A partir de ellas, el lector puede hacerse cargo de la situación sin que se le abrume con un exceso de datos. Por eso es fácilmente adaptable a la escena, dónde se ha llevado a menudo. Existe también una película, dirigida por José Luis García Sánchez en 1993.
Obras herederas de esta son, entre otras, El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez, “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa y “Yo, El Supremo” de Augusto Roa Bastos.

También de Valle-Inclán: Sonata de primavera, Luces de BohemiaDivinas palabrasLa guerra carlistaJardín peregrino

miércoles, 22 de enero de 2025

3 x 1 Ramón del Valle-Inclán: La guerra carlista

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1908-1909

Valoración: Recomendable



Dentro de la trayectoria literaria de don Ramón del Valle-Inclán la serie dedicada a la Guerra carlista es una especie de continuación de la etapa modernista de las Sonatas, aunque dejando asomar elementos que apuntan en otras direcciones. También podemos detectar datos que nos sitúan en el itinerario ideológico de Valle, pero vayamos al grano, que hay mucho que contar.

Aunque con el tiempo fue evolucionando hacia posiciones republicanas y finalmente cercanas al anarquismo, el autor gallego se encontraba inicialmente muy próximo al carlismo, no tanto por convicciones dinásticas como por su repudio al liberalismo y cierta identificación con las tradiciones y el alma rural de su tierra natal. Esto se aprecia muy bien en Los cruzados de la causa, la primera de las tres novelas del ciclo carlista y, en mi opinión, la más brillante. Manejando personajes que antes y después tendrían protagonismo en otras obras (el marqués de Bradomín, Montenegro y Cara de Plata, por ejemplo), la narración se centra en esa Galicia oscura y de rasgos primitivos más que tradicionales, poblada por nobles de pasado glorioso venidos a menos, jóvenes inflamados por convicciones conservadoras que comparten con aldeanos analfabetos, y siniestras monjas dispuestas a la acción en defensa de sus valores. 

El cuadro se presenta sumido en una atmósfera turbia de violencia y conspiración, una niebla misteriosa bajo la cual parecen reunirse fuerzas tan heterogéneas como coincidentes en el avance hacia un objetivo que, por encima de lo político, parece espiritual. El ambiente, tenso y asfixiante, recuerda a veces la fascinante oscuridad de Divinas palabras, anticipando la inmersión en ese mundo bárbaro.

El resplandor de la hoguera, cuya prosa recupera con más vigor elementos modernistas, traslada el escenario y algunos de sus personajes a Navarra, uno de los principales focos de resistencia carlista. En este punto Valle muestra un elenco más amplio de los combatientes, sin dejar de mostrar su arraigo con el mundo rural donde se desarrollan las escaramuzas bélicas. A mi juicio demasiados personajes, y episodios algo confusos que deslucen en alguna medida el conjunto porque pienso que lo narrativo no es el fuerte de Valle, hasta diría que no es lo que más le interesa. Disfruta dibujando tipos humanos, haciendo que evolucionen e interactúen, y así el relato de la guerra queda claramente en un segundo plano. Las descripciones y, sobre todo, los diálogos, son siempre lo más importante, hasta el punto de que parece perfectamente viable representar cualquiera de estas obras sobre un escenario (no sé si ha llegado a hacerse).

Aun así, este segundo libro nos deja caracterizaciones memorables, como la del héroe Miquelo Egoscue, y escenas brutales, tan valleinclanescas, como la de Roquito, cuyos ojos se abrasan mientras se esconde en una chimenea (y perdón por el espoiler). También aquí asoma tímidamente el personaje del cura Santa Cruz, que cobrará todo el protagonismo en la tercera entrega.

Efectivamente, en esta, Gerifaltes de antaño, el conocido guerrillero carlista eclipsa por igual al resto de personajes y el propio desarrollo de la acción. Santa Cruz es como un malo (o un héroe, según se mire) de película. Salido de una pequeña parroquia guipuzcoana, su razón de ser y de vivir no es otra que combatir a los liberales, la guerra se ha convertido en un fin en sí mismo, y sus habilidades para escapar, camuflarse o sembrar emboscadas solo son comparables a su inflexibilidad y falta de escrúpulos. Los lugareños se identifican con el héroe solitario aunque también le temen, y el carácter ingobernable del cura y la extensión del terror por sus seguidores terminan por unir a liberales y carlistas oficiales para combatirle. 

La semblanza de Valle no tiene apenas pliegues porque Santa Cruz, o no tiene fisuras, o si en algún momento muestra duda solo servirá para reafirmarse en su posición y optar por la solución más brutal. No es desde luego una caricatura, sino el dibujo de un personaje que parece sentir en sí mismo la cristalización de todos los valores tradicionales y la determinación de hacerlos triunfar sea cual sea el precio. Se puede decir que Valle disfruta manejando al cura guerrillero, viéndole evolucionar ocupando todo el espacio narrativo, y vuelve a dejar en un segundo plano el desarrollo de la guerra. Le interesa más descubrir al individuo que encarna una posición ideológica y espiritual llevada al extremo.

De manera que la trilogía (que estaba previsto ser completada con dos títulos más) puede atraer menos a quien busque una novela propiamente dicha o un relato descriptivo de carácter histórico, pero dejará satisfechos a los que admiramos a un maestro en descubrir el alma de las cosas a través de sus diálogos, sus personajes y sus atmósferas.

Otras obras de Ramón del Valle-Inclán reseñadas en ULADDivinas palabrasTirano BanderasLuces de bohemiaSonata de primaveraJardín peregrino (relatos dispersos y extraviados)


lunes, 20 de abril de 2009

Ramón María del Valle-Inclán: Luces de Bohemia

Idioma original: español
Año de publicación: 1920
Valoración:
Imprescindible

Con Luces de Bohemia me pasa como a Santi con Pedro Páramo: me da cierto reparo recomendar un libro que es ya parte indiscutible del canon literario, pero también me siento obligado a hacerlo. Supongo que, como yo mismo, muchos de vosotros habréis leído esta obra en el instituto. Es curioso, a mí la obligación de aquellas lecturas no consiguió nunca hacérmelas insufribles. Todo lo contrario. Supongo que se debe a que tuve muy buenos profesores de literatura.

Luces de Bohemia
es, claro, el prototipo del esperpento, casi su mito fundacional. Son célebres las definiciones que da Valle en la obra misma sobre esta forma del teatro, que es invención suya y, al mismo tiempo, nuestra estética inevitable: "El sentido trágico de la vida española sólo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada". Ésta siempre me ha parecido una de las mayores verdades de Luces de Bohemia. El espíritu español, si es que hay algo así, ha oscilado entre la mística y la farsa, y ha alcanzado, quizá, su más extravagante grandeza cuando ambas se han unido en un mismo caso. La mística imbuida de farsa dio, por ejemplo, a la monja de Ágreda: visionaria consejera de Felipe IV que aseguraba tener el don de la bilocación y evangelizar a medio México sin salir de su convento soriano. Luces de Bohemia completa a la perfección el movimiento contrario: es una farsa de pillos y putas, pero también una Pasión.

Valle no deja títere con cabeza: en su viaje por la noche madrileña, Max Estrella atraviesa todas las clases sociales y todos los ambientes culturales para descubrir en todos lados vileza, mediocridad y corrupción. Casi todos los personajes están retratados, como decía el mismo Valle, desde arriba, como fantoches o marionetas. Un par de trazos geniales bastan para caracterizar su funesta ruindad. Pero si la farsa es también una Pasión es gracias a que no todo sucumbe a esta geometría de espejo cóncavo. Algunos personajes (la mujer y la hija de Max, por ejemplo) se nos presentan como seres humanos, iguales a nosotros y dignos de compasión; otros (el mismo Max, el preso con que comparte celda) adoptan en su dolor inmerecido una estatura trágica que nos hace admirarlos.

Con Luces de Bohemia Valle supo eludir uno de los mayores peligros de cualquier artista, el de sucumbir a la tiranía de sus propios principios: porque define el esperpento y a la vez lo incumple es una obra grande, capaz de transmitir verdad y despertar emoción.

También de Valle Inclán: Sonata de primavera, Tirano BanderasDivinas palabrasLa guerra carlistaJardín peregrino

sábado, 26 de agosto de 2017

Ramón del Valle-Inclán: Divinas palabras

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1919
Valoración: Imprescindible

Estamos en una aldea remota de Galicia, hace aproximadamente un siglo. Olvidémonos de los tópicos de brumas y meigas. Aquí sólo hay miseria, mujeres vestidas de negro, gañanes y trileros. Una mendiga arrastra un carretón llevando en él a su hijo deforme, un enano hidrocéfalo al que exhibe de feria en feria. Esta mujer, que apenas aparece unos instantes al principio de la obra, sintetiza en sí misma todo el panorama que a continuación vamos a tener ante nuestros ojos.  La madre muere en plena calle y el engendro (así lo llaman, sin piedad pero sin desprecio, es una descripción meramente objetiva) queda huérfano. Pero en ese mundo degradado, lejos de ser una carga, es una estimable fuente de ingresos de la que todos quieren sacar partido. 

De esta forma surge la disputa entre sus tías, que se presenta mediante unos breves flashes y una trama sumamente simple, aunque suficiente para asistir a todo un desfile de personajes bárbaros, abyectos, avariciosos, impulsados por las pasiones más primarias, personajes que no parecen llegar al nivel de humanos, o que quizá, por los mismos motivos, resultan brutalmente humanos. Al margen de que técnicamente 'Divinas palabras' se sitúe o no dentro del ámbito del esperpento, es innegable que todos ellos muestran rasgos esperpénticos, empezando por sus propios nombres o motes, son figuras torsionadas hasta el extremo en lo físico o en lo moral, sujetos que incomodan al lector y provocan repulsión. Con todo, ese subtítulo de ‘Tragicomedia de aldea’ lo pone Valle con un punto de negro sarcasmo, porque encontramos muy poco de comedia y sí alguna de las imágenes más espantosas que podemos encontrar en un libro.

A pesar de la grotesca caracterización de los personajes, 'Divinas palabras' tiene menos que ver con ‘Luces de bohemia’ que con las ‘Comedias bárbaras’, con las que comparte ambientación y visión del mundo rural. Como habitualmente ocurre con Valle, la obra se encuentra en realidad flotando entre géneros literarios: se muestra formalmente como una obra dramática, pero su desarrollo temporal y argumental (incluso la profusión de escenarios exteriores) se aproximan más a la novela. Pero todavía hay más. Los diálogos, cortantes y casi siempre brevísimos, crean un ritmo seguramente más musical que poético que, pese al desarrollo objetivo de la trama, nos sitúan muy lejos del realismo.

Con todos estos elementos, es de suponer la gran dificultad de adaptar la obra a la escena, pese a que, si no estoy equivocado, es la más representada de Valle. Pero, oiga ¿cómo recrear sobre el escenario ese ambiente fantasmagórico? ¿Cómo recrear animales, que actúan a veces de forma determinante? Y, sobre todo, ¿cómo trasladar a lo físico la maestría de las acotaciones que encabezan cada escena, toda una joya literaria cada una de ellas? 

'Divinas palabras' admite desde luego distintas lecturas, más o menos simbólicas: el bien contra el mal, una metáfora de España, cristianismo vs. paganismo, la espiritualidad frente al goce por la vida. Pero personalmente, como lector, me quedo con las sensaciones que transmite, el terror ante sujetos abominables, el ambiente opresivo de la miseria, el recelo hacia el punzante coro de secundarios que jalean la acción y multiplican sus hitos, como en los clásicos griegos. Es un libro que no se devora, requiere leerlo muy despacio, admirando cómo cada palabra está en su lugar exacto, cómo ese viejo gallego maneja el lenguaje con la naturalidad de un genio, necesitando sólo un trazo para convocar la belleza, el desasosiego, el estupor, la crudeza de las escenas. 

No, este libro sí que no se lo pueden perder.   


miércoles, 10 de julio de 2024

Lorenzo Montatore: La mentira por delante

Idioma: español

Año de publicación: 2021

Valoración: está bien (sobre todo para fans)

Contra lo que pueda sugerir la valoración de este libro y antes que nada, debo decir que yo nunca he sido demasiado fan de Francisco Umbral. En mi juventud de aspirante a cultureta leí dos libros suyos que no me entusiasmaron, precisamente (uno de ellos sobre Valle-Inclán, que me pareció directamente un timo y el otro, una novela que se desarrollaba en un poblado chabolista de Madrid anejo a cementerio, al menos tenía la gracia (?) de ser bastante delirante... Sí, ya sé lo que me vais a decir: que debería de leer Mortal y rosa, pero mirad, ya tuve suficiente). Sus celebradas columnas periodísticas tampoco me llamaban la atención, aunque debo reconocer su facilidad para la metáfora ocurrente. Y, como personaje público, Umbral era, en mis años mozuelos, uno de los pocos escritores (junto al ínclito Cela, Antonio Gala, Sánchez-Dragó... aunque me cuesta incluir a este señor en el gremio) que salían a menudo por la tele e incluso eran carne de imitación por los humoristas, por lo que eran reconocibles para una mayoría de gentes que nunca habían leído sus libros ni se les pasaba por la cabeza hacerlo. En el caso de Francisco Umbral, se hizo más célebre aún por haberle soltado una encendida diatriba a Mercedes Milá (visto lo visto, bien que hizo), que se convirtió en una ocurrencia recurrente en España durante años y aun décadas.

Ahora bien, que a mí no me gustara este escritor no quiere decir que no haya, incluso hoy, gente fascinada por su prosa sonajero florida, su voluntariosa figura de dandy (?) y su aún más férreo propósito de convertirse en una personalidad literaria de renombre (este es el caso, creo, de Alberto Olmos, aunque no sé si él ya ha renunciado a hacer lo propio). esta misma maravilla por el influjo umbraliano es la que debe haber impulsado al autor de este cómic, él sabrá por qué, a realizar el mismo, que resulta ser una suerte de panegírico caricaturesco a mayor gloria de Umbral y sus contemporáneos.

Digo "caricaturesco" no porque este libro -tebeo, según su propio autor- sea una sátira o parodia de nada o de nadie, sino por el estilo de dibujo de Lorenzo Montatore, con evidente influencia tanto de la "escuela Bruguera" como de la mítica revista La Codorniz. Que tiene gran talento para la caricatura lo atestiguan los retratos que hace de los ya mencionados Umbral y Milá, pero también de Lola Flores, Massiel, Carrillo, los ya mencionados Cela y Sánchez-Dragó, Delibes, Pérez-Reverte, Los Ramones, Ramoncín, el Rey Emérito, García Berlanga, Jesús Hermida, Pitita Ridruejo,... en fin, toda una heteróclita colección de personajes que tienen en común, aparte de ser en su mayoría escritores (juntaletras, en algún caso), eran una parte importante de esa sociedad que salía en los medios (es decir, la tele) en aquellos procelosos y demasiado recordados años 80 y 90, cuando el protagonista de esta biografía era también una estrellita mediática, al menos en España. También aparecen otros escritores de otro tiempo que Umbral tenía o pretendía tener como refrentes (en algún caso, para criticarlo): Valle-Inclán, Pío Baroja, Gómez de la Serna, Larra...

La parte mollar del libro, no obstante, y quizás lo más destacable para retratar al biografiado, puede que sean, más bien, las muchas sentencias de este escritor recogidas aquí, toda una serie de frases lapidarias, a modo de aforismos en las que Umbral, un escritor especialmente dotado para el regate en corto (desde luego, más que para el juego estratégico), mostraba su versión más brillante. La mayoría de estas sentencias tratan, cómo no, sobre la literatura, aunque no todas: 

-"Soy un vendedor de metáforas de parroquia."
- "Prefiero el robo a la influencia. El robo y el asesinato."
-"La literatura se erige sobre un crimen o no es verdad."
-"La vejez es asistir al propio pasado."
-"Yo no he vivido, no he llegado a tocar nunca la realidad porque todo lo he vivido literariamente."
-"Mis libros me vivirán cuando yo muera."
-"Poeta es el que sólo escribe cuando se le ha ocurrido algo. Prosista es aquel a quien se le ocurren las cosas escribiendo."
-"Había nacido poeta lírico y lo puse todo en prosa para vivir."
-"Hace falta mucha humanidad para mirar como mira un perro."
-"El niño nos lleva a los reinos de lo pequeño. Acude a nuestra propia infancia dormida."
-"La infancia es una multitud, una aglomeración, una angostura. cada cinco o seis meses el niño es otro. El niño es sucesivo."
- "El dandismo tiene que ir por dentro."
-"Soy un quinqui vestido por Pierre Cardin."

Sin embargo, la frase por la que pasará a la Historia, aquella que recuerdan todos los que vivieron aquel momento y también muchos que no lo vivieron no la escribió, sino que la pronunció cual Zeus tonante en un plató de televisión. Una frase mítica, por menos de la cual a algunos les han dado el premio Nobel (que no digo que Umbral se lo mereciera, ojo, ni de lejos, pero algún contemporáneo suyo, tampoco):

Amén.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

El teatro en las manos


(Se encienden las luces. En el escenario, Beatriz Garza y Carlos Andia sentados frente a una mesa rebosante de todo tipo de alimentos).

Beatriz Garza: Si nos ponemos analíticos, lo de leer teatro parece que albergue ciertas connotaciones negativas. Por un lado, estás abordando algo en una fase prematura, antes de que llegue a su estadio final que es el escenario, donde el texto se ha desvanecido en pos de unos personajes de carne y hueso que actúan en tiempo real, y con una puesta en escena previamente estudiada y definida por el director y su equipo. (Si buscamos una metáfora gastronómica, es como comer masa cruda de galleta antes de hornearla). Por otro lado, leer una obra de teatro también es adentrarse en el germen mismo de la historia, ya que de unas cuantas paginitas con diálogos acompañados de escuetas indicaciones acabarán germinando cerca de dos horas de representación con música, vestuario, escenografía, gestos, matices… un montón de elementos que no estaban sobre el papel. (Eso es como degustar un cubito de sopa concentrada sin primero diluirlo en agua caliente). 
Se mire por donde se mire, puede parecer que leer teatro lo lleva indefectiblemente a uno hacia una indigestión antológica. Pero no solo no es así si no que a muchos nos resulta una experiencia verdaderamente gratificante. Efectivamente, somos muchos y estamos muy locos. 

Carlos Andia: El rasgo fundamental del teatro leído es su desnudez: ante el lector aparecen varios personajes y, en principio, sólo tenemos de ellos sus palabras. Se podrá decir que esto no siempre es así, el autor puede describir un escenario con características determinadas, y los hay que son auténticos maestros en introducir la acción en una atmósfera definida y poderosa, como ocurre, como mejor ejemplo, en las maravillosas acotaciones de Valle-Inclán. Pero esto es la excepción. En la mayoría de los casos disponemos de una somera descripción que sirve a lo sumo para situarnos. Por otra parte, cuando la obra se representa tenemos ya a actores que, literalmente, ‘interpretan’; es decir, conducidos por un director y acompañados de más o menos medios técnicos, presentan al espectador su ‘versión’ de lo que escribió el autor. 
Pero cuando uno tiene en la mano el texto original solo tiene frente a sí a esos personajes y sus palabras, a lo sumo algún lenguaje gestual definido por el autor. Estamos en una posición de voyeur, asistiendo a un trozo de su vida, sin que ningún elemento externo incida en lo que estamos percibiendo. Esa inmediatez hace del teatro leído una experiencia diferente, en la que el lector debe integrarse con aquello a lo que está asistiendo, y tiene que valorarlo como se valora a alguien con quien conversamos. En este sentido, leer teatro es quizá la experiencia literaria que más se parece a la vida. 
Por el mismo motivo, entiendo que el trabajo del dramaturgo resulta especialmente complejo y, por lo tanto, su talento aún más admirable cuando con esa limitación de medios consigue transmitir sensaciones poderosas. Y en estos casos, para el lector la intensidad de la gratificación puede ser mayor que en otros géneros. Ya que estamos con metáforas gastronómicas, algo así como comerse unas anchoas de Santoña, crudas con solo un poco de aceite. 

Beatriz Garza: Luego, claro está, aunque el teatro sobre el papel parezca de lo más austero, no significa que no haya lugar para que cada autor pueda impregnarlo de su estilo personal. Incluso en las acotaciones, como decía Carlos en relación a Valle-Inclán, podemos hallar el sello diferencial de un dramaturgo. A mí personalmente me gustan los estilos depurados más alejados de los cánones clásicos de la dramaturgia (Tennessee Williams, por ejemplo) porque resultan más intensos y dan mayor espacio a la interpretación, lo que me parece una gran cualidad (¡esa Poncia de La casa de Bernarda Alba! ¡qué oportunidad para la exploración psicológica!) teniendo en cuenta que ese texto va a manos de un director que puede darle un matiz u otro y lograr que su montaje sea único. También porque me gusta ir al grano: ¡más albóndigas y menos patatas! 

Carlos Andia: Con personajes más abiertos o más acabados, es en todo caso el lector el que valora. Estamos frente a frente con Max Estrella, Calígula, Nora Helmer o el vagabundo Vladimir, les oímos hablar y, leyendo, imaginamos sus gestos o sus movimientos, conocemos lo que hacen y cómo se relacionan con el resto del reparto. Así les juzgamos, sin un envoltorio que distraiga la atención ni una mano que nos dirija. 
Y, oiga, qué experiencia literaria puede ser más estimulante que respirar el mismo aire que esos personajes, acercarnos a ellos lo que nos apetezca o hacer resonar sus palabras tantas veces como queramos. La lectura de una obra dramática es algo inigualable si el texto merece la pena. Y hay tantos extraordinarios que tenemos a nuestra disposición todo un fantástico menú. 

P.D. Seguro que las analogías gastronómicas van a entusiasmar a algunos de los habituales del blog.

miércoles, 4 de julio de 2012

Fernando Aramburu: Años lentos

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Con tanta novela sobre la Guerra Civil y la posguerra (ya reseñamos aquí El lector de Julio Verne de Almudena Grandes, por ejemplo), se agradece que algunos autores nos hablen de hechos más recientes, y cuyas consecuencias se notan todavía en nuestra sociedad. El tardo-franquismo y el nacimiento de ETA, dos temas menos transitados por la narrativa española, coexisten, casi sobreentendidos, en Años lentos de Fernando Aramburu.

La novela alterna los recuerdos de un chiquillo de ocho años, que se ve obligado a trasladarse a la casa de su tía Maripuy en un barrio humilde de San Sebastián, con los "Apuntes" del propio Fernando Aramburu, quien con mucha autoironía se plantea distintas opciones para la construcción de la novela. A lo largo de las páginas veremos al protagonista enfrentarse a un mundo nuevo y moderadamente hostil (si el olor a pies de su primo puede considerarse hostilidad), comprender cada vez más cosas y tomar sus primeras decisiones vitales importantes, en un entorno de nacionalismo antifranquista cada vez más próximo a la violencia.

Después de haber leído ya varios libros de Fernando Aramburu (Los peces de la amargura, El vigilante del fiordo, Los ojos vacíos) uno va aprendiendo a reconocer sus tics, sus manías y sus trucos como escritor. Esta novela es de hecho una mezcla entre Los ojos vacíos y Los peces de la amargura o El vigilante del fiordo: las técnicas deformantes a lo Valle Inclán (la pequeña Julia, retrasada, quejica y cubierta de babas recuerda mucho al enano de Divinas palabras; pero no es el único caso de deformación esperpéntica ni mucho menos) y el marco narrativo de la "novela de aprendizaje" que ya aplicó en la primera novela, se aplican ahora a un espacio y un tiempo realistas, en una especie de síntesis de las anteriores líneas creativas de Aramburu.


En esta novela hay mucho de Fernando Aramburu, por lo tanto, pero también hay mucho, tengo la impresión, de literatura "clásica" española; he hablado ya de Valle Inclán, pero también el Lazarillo es un modelo genérico visible desde las primeras páginas ("Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueves años...", equivalente al "Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso" del Lazarillo); también asoma en la novela una autoconsciencia narrativa que podríamos llamar cervantina si no fuera porque forma parte ya del corazón mismo de la novela moderna.

Lo que le reprocho a Fernando Aramburu en esta novela, y es algo que resalta también en Los peces de la amargura, es una cierta unidimensionalidad de los personajes y de la historia: además de su tendencia a la caricatura, de la que ya he hablado, da la impresión de que Aramburu intenta explicar la aparición de ETA recurriendo a dos o tres factores (ambiente represivo + nacionalismo social + influencia de la Iglesia vasca), dando una imagen excesivamente simplista de algunos de los fenómenos más complejos de la historia reciente.

Mi resumen respecto a Los años lentos, por lo tanto, sería el siguiente: como artefacto literario funciona, entretiene, crea un mundo narrativo e incluso lingüístico propio; como intento de explicación de la realidad, en cambio, no funciona tanto.

También de Fernando Aramburu: El vigilante del fiordo, Los ojos vacíos

domingo, 28 de junio de 2009

Novela de dictadores (I)

Si hay una tradición temática propiamente hispanoamericana, ésa es la novela de dictadores. Por desgracia, en la historia de Hispanoamérica no han faltado los regímenes autoritarios; por fortuna, tampoco los escritores que se decidieron a narrar sus atrocidades. Un par de ellos ya han ido saliendo en este blog. Trataré de dar una pequeña visión de conjunto en un par de entradas.

Comienzos
Si bien son quizá los autores del llamado "boom" los que consagraron este subgénero de la novela, lo cierto es que sus orígenes se remontan bastante atrás en el tiempo. El comienzo suele situarse en Facundo o Civilización y barbarie (1845), de Domingo Faustino Sarmiento, biografía novelada del caudillo Facundo Quiroga y concebida como una severa crítica al régimen de Rosas en la Argentina. En este caso, el autor es desde luego parte interesada, ya que Sarmiento (que llegó a ser presidente) fue uno de los principales representantes de la facción unitaria, enfrentada por aquellos años a los federales, comandados por Rosas.

Aunque no quizá de una manera tan directa, todas las novelas de dictadores se caracterizan por un cierto compromiso político: el que conduce a denunciar la tiranía. Quiero decir que no se adopta nunca un punto de vista complaciente o ni siquiera neutral, sino que se muestra la figura del dictador en sus aspectos más manipuladores o ridículos. Sin embargo, yo diría que esto no basta para englobar estas novelas en la llamada "literatura comprometida", porque no suelen adoptar una perspectiva política demasiado definida y porque en muchos casos no puede afirmarse claramente que el autor busque influir sobre una concreta situación social. De ahí que muchas de ellas no traten de dictadores reales, con nombre y apellidos, sino que inventen sus propios tiranos para contar mejor lo que les interesa, que es el tema de la desmesura del poder.

Pese a que se trata, como ya he dicho, de un subgénero típicamente hispanoamericano, uno de sus primeros cultivadores fue español: Valle Inclán con Tirano Banderas (1926). Justamente por su condición de europeo, Valle no ha escapado a las críticas que le achacan usar un dialecto pretendidamente americano muy artificial y narrar además desde un cierto desapego estético, que revela su desconocimiento vital de la tiranía (aunque, por esas fechas, Valle era un decidido opositor a la dictadura de Primo de Rivera).

Consolidación
La novela que más habría de influir en la formación definitiva del subgénero es El señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias. Se basa en la dictadura de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala, aunque no se dice explícitamente y el tiempo y el lugar permanecen ambiguos. Presenta un notable influjo del surrealismo, así como del trasfondo mítico y legendario de Guatemala, que Asturias estudió a fondo. Esta mezcla logra armar un retrato alucinado del régimen tiránico, que apunta a las profundas fuerzas psicológicas y a los relatos heredados que lo sostienen. Asturias se explicaba la prevalencia de las dictaduras americanas apelando, no a razones sociales, sino a toda una simbología insconsciente y compartida del "hombre-mito", astutamente aprovechada. A partir de él, los dictadores literarios se cargarán de un aura mítica, propia ya de ese realismo maravilloso que llevó la literatura hispanoamericana del siglo XX a sus más altas cotas de madurez.

Continuación: Novela de dictadores (y II)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Rufus T. Firefly: El Gran Engaño

Idioma original: inglés
Título original : The Great Hoax. Trues and Lies in the Spanish Literature
Año de publicación: 2015
Valoración: sorprendente


Demoledor. Tremebundo. Apocalíptico. Fatal... Así ha sido calificado este libro que está haciendo temblar los cimientos de la literatura española. Más aún, de los clásicos dorados de la literatura española... Y eso, sin haber sido aún traducido al castellano ni, claro está, publicado en España (y dudo mucho que alguna vez lo sea). Aunque también hay quien considera las tesis defendidas en el libro de otras maneras: Inconcebibles. Increíbles. Fantasiosas. Timo... En cualquier caso, este libro del prestigioso (admito que mi total ignorancia a este respecto) hispanista y profesor de literatura española comparada, en la Trump University de Atlantic City (NJ), Rufus T. Firefly, no ha dejado indiferente a nadie, más allá, incluso, del especializado circuito de los hispanistas norteamericanos. No es para menos: las afirmaciones que defiende el profesor Firefly difícilmente pueden dejar indiferente a ningún estudioso o incluso mero aficionado la literatura.

Según la teoría defendida por el profesor, los bombardeos sobre Madrid durante la Guerra Civil arrasaron en buena medida tanto la Biblioteca Nacional, destruyendo fondos de incalculable valor, como el Archivo Histórico Nacional, dándose además el caso de que gran parte de las obras de referencia al respecto fueron destruídas también durante los combates de la Ciudad Universitaria -recordemos los libros utilizados para levantar parapetos- y los tres años de sitio que sufrió la capital de España. Paradójicamente, el bando "nacional" vencedor de la contienda se encontró sin las fuentes de una historia literaria nacional que poder oponer a la de los países que en ese momento se le antojaban rivales, aunque fuera meramente en el ámbito cultural. Deseoso de poder presumir de sus glorias patrias, que además debían servir para cimentar la automitología del nuevo régimen, el gobierno franquista -el profesor Firefly sospecha que la sugerencia fue de Sánchez Mazas, aunque parece que el mayor valedor de la idea fue el "cuñadísimo" Serrano Suñer, conocido por su sagacidad- puso en marcha una operación de "recuperación" de la tradición literaria española: la Operación Calíope, también conocida en ciertos círculos criptohumorísticos del régimen como "Chotacabras".

Bajo la dirección de uno de los más destacados hombres de letras del momento (de los que quedaban vivos y en España,  se entiende),  el Bardo de la Patria, el insigne José María Pemán, un selecto grupo de profesores y literatos fieles al nuevo régimen victorioso -Firefly habla de Laín Entralgo o de un joven y ambicioso Cela- se dedicaron a reconstruir, cuando no directamente a mixtificar, desde el romance seminal de la épica patriótica hispana, el del Mío Cid -cuyo protagonista es, al parecer, de dudosa existencia- a la inverosímil Celestina; de la absurda metafísica calderoniana a la cursilería de las Sonatas de Valle-Inclán (escritor que, como tantos otros estudiados y a veces leídos por generaciones posteriores, nunca existió... en este caso, las fotografías que lo muestran son retratos tomados a un pintoresco chamarilero del Rastro madrileño, célebre por sus barbas y por estar un poco tocado del ala). 

En otros casos, se respetó la existencia de autores reales -de los que se conservaba cierta documentación-, pero adaptando sus características a la conveniencia del gobierno o según la ideología dominante. Así, se eliminó de la obra de García Lorca toda referencia a sus veleidades falangistas y se le atribuyó malévolamente una condición homosexual que el poeta granadino estaba lejos de detentar, con el fin de justificar (según, ya digo, el punto de vista de aquel régimen fascista) su muerte en un confuso episodio de espionaje y doble juego. En cambio, se negó cualquier tipo de querencia hacia su mismo sexo en uno de los autores con más pluma -en todos los sentidos- del Siglo de Oro: don Francisco de Quevedo (cuyos conocidos versos: "No he de callar, por más que con el dedo..." serían, por ejemplo, referencia á clef a cierta riña con su furtivo amante Góngora sobre la conveniencia o no de salir del armario). Ni que decir tiene que se cambió de arriba a abajo todo el sentido del argumento de El Buscón y se obvió toda explicación sobre lo que iba buscando don Pablos,  en realidad...

¿Sorprendidos? ¿Asombrados, incluso? Pues Rufus T. Firefly va incluso más lejos. Según el profesor norteamericano, en la Operación Chotacabras participaron también prisioneros de guerra republicanos que, por su condición de intelectuales o profesores -incluso algún maestro de primaria- fueron apartados de los trabajos forzados para dedicarse a la elaboración de estas falsificaciones literarias: así, mientras unos esclavizados presos construían el Valle de los Caídos, otros, recluidos en su abadía, se dedicaban a esta invención sin precedentes en la Historia de toda una literatura nacional (de hecho, Firefly cuenta que su primera pista sobre la operación la obtuvo al caer en sus manos, de forma casual, el diario de uno de los abades del Valle. Y que en una de sus estancias allí para investigar lo ocurrido, trabó conocimiento nada menos que con el Ministro del Interior español, quien, aconsejado por la Virgen de las Angustias, le puso en contacto con un misterioso agente Marcelo, del CNI, que le sirvió de gran ayuda).

Estos prisioneros se ocuparon, además, de las falsificaciones e invenciones más llamativas y flagrantes, quiźa por su garantizada discrección, pues tendían a "desaparecer" una vez completada su misión; de los cruciales Episodios nacionales se ocuparon un historiador marxista y un ex-funcionario del Ministerio de Agricultura que escribía cartas para otros presos. El caso más llamativo, por supuesto, es el de El Quijote, obra, al parecer, de un profesor de Bachillerato de Tomelloso, Miguel Rinconete Cortado, que se limitó, en principio, a transcribir anécdotas de juerguistas y chascarrillos de un tío suyo de Campo de Criptana, apodado "el Cerbantana". Especialmente doloso es también el caso de la principal novela picaresca española, cuyo autor fue "desaparecido" antes de poder firmar el trabajo, por lo que se firmó como tal uno de los libros anónimos más famosos de la literatura universal...

¿Les resulta increíble toda esta historia? Motivos hay, desde luego... ¿Cómo pudo prosperar esta "estafa" sin despertar la alarma no ya de los estudiosos españoles -cómplices, exiliados o muertos- sino de los otros países europeos o amercanos? Bien, recordemos que en aquellos años 40 el mundo estaba pendiente de otros asuntos más acuciantes que la verosimilitud de la literatura española... En fin, el profesor Firefly promete aportar el grueso de sus pruebas -irrefutables, según él-, en próximas publicaciones. Veremos entonces hasta donde llega la verosimilitud de sus tesis, pero de momento, éstas ya han servido para remover hasta lo más profundo la historia de la literatura española, uno de los símbolos culturales y hasta políticos señeros de la España de los últimos 500 años.

sábado, 14 de enero de 2017

Gabriel Miró: Las cerezas del cementerio

Idioma original: español
Año de publicación: 1.910
Valoración: Está bien

No hace mucho tiempo comentaba cómo Max Aub se había quedado en tierra de nadie, ensombrecido por la generación del 98 y el grupo del 27. Algo parecido le ocurre a Gabriel Miró, figura siempre descolocada, como a rebufo de los grandes popes de las letras españolas y, como dice en su introducción Vázquez-Rial, ‘salvo excepciones, la permanencia de un autor en la historia de la literatura depende de su instalación en la sociedad literaria de su tiempo’. O sea, que el que no queda asignado a una generación o grupo concreto, lo tiene bastante crudo para fijarse en los libros de literatura. Por si fuera poco, parece que Ortega y Gasset crucificó desde el punto de vista artístico al pobre Miró, y de nada sirvió que Valle y algún otro salieran en su defensa, porque entonces Ortega era mucho Ortega. En definitiva, yo creo que lo que le pasa a don Gabriel es que es más modernista que noventayochista y, sobre todo, más poeta que novelista, como vamos a comprobar a continuación.

En ‘Las cerezas del cementerio’ no ocurre realmente casi nada, al menos nada interesante, lo cual ya sabemos que no tiene por qué ser un problema, siempre que a cambio se ofrezcan otras cosas. La pequeña historia la protagoniza un tal Félix, un jovencito enamoradizo que parece la caricatura almibarada del joven Werther. En una travesía en barco, el chico queda prendado de una bella treintañera, lo que no tendría nada de particular, si no fuera porque también siente cosquillitas cuando piensa en la hija adolescente de su amada. Y algo parecido le pasará con otra mujer que encuentra en un tren, o con su prima Isabel, con la que se reencuentra en el pueblo. Pero ¿qué le pasa a este muchacho? ¿estamos acaso ante la figura, tan poco frecuente en la literatura española de la época, de un depredador sexual? Pues no. En efecto, Félix se ve tocado por el rayo del amor casi a cada paso, pero es que todo lo que le rodea le genera un impulso irresistible al disfrute y la admiración: un amanecer, los campos de cereales, las recias casas de los labriegos, todo es éxtasis vital, el chico fundido felizmente con la creación (o claro candidato a una buena depresión, que también).

Precisamente es este derroche lo que Miró maneja con maestría. Todo en el relato son emociones, aromas, colores, todo un despliegue sensorial en el que el enamoramiento permanente constituye un eje que vertebra y ayuda a explicar lo demás; pero tampoco es del todo (ni principalmente, creo yo) una historia de amores, como pudiera parecer. Desde luego, la técnica de Miró se ajusta a la perfección al contenido, con un diluvio de figuras retóricas, tropos, superlativos, y una riqueza léxica que, dejando a un lado a Valle-Inclán, no recuerdo haber visto jamás. Y además deja algunas imágenes excepcionalmente dibujadas, como ésta de la sombra de un carruaje, que me permito transcribir:

‘Las luces de gas sacaban un estrecho espectro de la bestia del carruaje; lo tendían en la tierra y en las paredes, lo doblaban, lo arrugaban entre las jambas, canales y fenestras, y lo hundían en los hoscos portales’

Tampoco voy a negar que toda esta artillería literaria puede resultar excesivamente abrumadora, en especial en las primeras páginas, cuando todavía no hemos cogido el pulso a la novela. Pero si nos ponemos a buscar una simbiosis lógica entre forma y contenido, no podemos encontrar nada más conseguido.

No obstante, al margen de esta borrachera estilística, hay que admitir que el relato encalla sin que el autor parezca saber por dónde salir, se vuelve un círculo cerrado que se va agotando en sí mismo, y no se ve a dónde conduce lo ya conocido. Por el camino se queda la oscura historia del tío Guillermo (que acaba siendo una especie de muy cuestionable mcguffin) o las fantasmales apariciones de un asesino, todo lo cual, lejos de darle a la narración la entidad que se esperaba, queda como adornos superfluos que ni se desarrollan ni terminamos de entender qué pintan. Ni siquiera la previsible metáfora que da título al libro se explota con todas sus consecuencias. Al final, todo se resuelve en dos o tres páginas, un final atropellado en el que se presenta el montón de cosas que antes no habían ocurrido.

O sea, que sí, que don Gabriel escribía muy bien a su estilo y dominaba el léxico de forma apabullante, pero la verdad es que plantea una historia un poco tontorrona en la que no supo profundizar, ni fue capaz de darle un esqueleto argumental interesante o un desenlace que suscite el interés. Así que se queda uno con la sensación de fuegos artificiales, despliegue de medios técnicos ilimitados, pero sin eso que a veces he llamado chicha, enjundia, peso, nada que nos haga la novela un poquito inolvidable.

Y, pese a todo, igual es un tipo de literatura que conviene conocer y admirar por las cualidades que sí tiene.


domingo, 14 de noviembre de 2021

Alfonso Sastre: La taberna fantástica

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1966

Valoración: Bastante recomendable

 

Hace poco más de un mes murió Alfonso Sastre. Por lo que yo sé, su pérdida ha pasado más bien desapercibida en la mayoría de medios, y que aparezca ahora en el blog es una simple casualidad. En ULAD solo había una reseña de este autor (ver enlace abajo), por lo demás bastante prolífico (y longevo), lo que me parece una pequeña injusticia, quizá explicable porque el teatro, que ocupa la mayor parte de su obra, es un género que por lo que sea tiene aquí un hueco bastante reducido. Pero tengo que decir que, aun sin conocerlo con mucha profundidad, me parece un autor interesante, alguien que desde los lejanísimos, y difíciles, años 50 del siglo pasado se ha movido por diferentes corrientes y ha contribuido a dinamizar el teatro desde la base promoviendo iniciativas sin descanso. Activo luchador antifranquista, puede que su prestigio se viera lastrado, al menos a ciertos niveles, por sus relaciones poco claras con el entorno del terrorismo de ETA. Pero centrémonos en el libro.

La taberna fantástica, escrita en 1966 pero no estrenada hasta 1985, supuso un cierto éxito de público, y tiene los ingredientes para ello. En un bar de mala muerte de los arrabales de Madrid coinciden varios personajes de los bajos fondos. Rogelio, perseguido quizá sin razón por el asesinato de un policía, aparece con intención de acudir al entierro de su madre, y se encuentra en el bar algunos parroquianos habituales, Paco y Caco, dos jóvenes del lumpen que parecen mostrarle un respeto reverencial, y el Carburo, un gallo que dice tener alguna cuenta pendiente con él. Todo presidido por el tabernero Luis, bregado en la relación con este tipo de clientes y cuyo principal interés es mantener cierto equilibrio entre todos para poder seguir sirviendo alcohol a mansalva.

Porque, señores, no encontraremos muchos libros en los que la priva corra con mayor caudal que en este. Exceptuando obviamente al dueño del bar, todos los personajes llevan una cogorza de campeonato a nada que pasemos un par de páginas. Rogelio la lleva puesta desde mucho antes, y ninguno de ellos hace una mínima pausa hasta que cae el telón. Se pueden imaginar los derroteros que toma el asunto. El conflicto, alimentado por el ego y exacerbado por el estímulo espirituoso, se mueve en el campo del amago intermitente (esa bravuconada tan española), y se incendia con la posterior llegada de otros personajes… que se suman, cómo no, al festival etílico. Y ya no puedo contar más.


Podemos verlo desde perspectivas muy diferentes. Si nos contentamos con el lado cómico de unos cuantos quinquis borrachos en un bar, la obra resulta realmente divertida, incorporando un lenguaje barriobajero convincente que acerca los diálogos a cierto tipo de sátira costumbrista. Este punto de vista es seguramente el dominante para explicar el relativo éxito que obtuvo en su estreno, ya bien entrados los años 80, es decir, cerca de veinte años después de escrita.

La parte más seria de la crítica pone de relieve el probable mensaje social, con la representación de los estratos más degradados de los arrabales, delincuentes de poca monta, macarras manejando chuscos códigos de honor, desplazados de la sociedad sometidos sin escapatoria posible a la violencia y el alcohol (por esa época la droga todavía no había triunfado como años más tarde, y además, de haber estado presente le hubiera dado al texto, digo yo, un tono muy diferente).

Desde el punto de vista literario La taberna se inscribe en una zona mixta, diríamos intermedia entre el teatro de Brecht y el esperpento de Valle-Inclán, ambos con una fuerte distorsión en el dibujo de los personajes, aquél más escorado (decisivamente escorado) hacia la crítica social, el gallego más próximo al alma humana y al absurdo. Personalmente me parece que el cuadro de Sastre es algo más cercano a Valle, aunque sin su profundidad y su fuerte corriente poética. En cualquier caso, el retrato de los personajes es afilado y certero sin perder la comicidad: Luis el tabernero podría ser una caricatura del burgués, serio, contemporizador pero afianzado en la defensa del negocio; los secundarios, más jóvenes, temerosos de entrar en disputas, chicos sin expectativas de ningún tipo, se dejan llevar por el ambiente marginal siempre a las órdenes de los capos. Y estos, en especial Rogelio (llamado el Rojo, no sé si con alguna intención), ejercen su supremacía incluso desde lo más profundo de su intoxicación alcohólica. Personajes que permiten cualquiera de esas lecturas que apuntaba antes, o todas ellas a la vez.

Es esta fotografía de lo más bajo de la delincuencia pasado por el tamiz del humor lo que me parece más atractivo del libro, porque resulta realmente convincente, y consigue captar al lector-espectador mediante la risa para hacerle partícipe de una forma de vida miserable que de alguna manera replica las relaciones de poder y sometimiento más o menos inconscientes, imperantes en la sociedad. Todo ello visto desde el casi tópico espejo distorsionado (hoy hablaríamos de un filtro), que muestra la degradación mediante el siempre eficaz vehículo de lo cómico.


También de Alfonso Sastre en ULAD: Escuadra hacia la muerte


lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN: