viernes, 18 de abril de 2014
Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte
Año de publicación: 1942
Valoración: Muy recomendable
Hace poco, cuando preparaba mi biografía lectora, descubrí con cierto asombro que todavía, después de cinco años, no habíamos reseñado nada de Cela. Creo que esto es significativo; no sé exactamente de qué, pero es significativo. Once o doce personas a las que les encantan los libros y la literatura, y nadie ha sentido la necesidad de reseñar ninguna obra del último Premio Nobel español... Creo que puede haber varios motivos para esto: en primer lugar, la imagen pública de Cela, que en los últimos años se convirtió en una caricatura de sí mismo; también, su postura política: Cela fue censor y reconocido colaborador del régimen franquista; por último, tampoco ayuda el que sus obras sean casi siempre ásperas, oscuras y de lectura difícil.
Y sin embargo, si olvidamos al personaje y su significación política y nos centramos en la obra, Cela es un escritor notable, un innovador y un experimentador con una prosa muy personal. Que no enamore es otra cosa; pero su calidad es innegable.
La trayectoria novelística de Cela se abrió precisamente con esta novela, La familia de Pascual Duarte, una obra que ya ha pasado a ocupar un lugar central en el canon de la novela de posguerra como iniciadora del "tremendismo" (así lo dicen todos los manuales) y que tiene fuertes lazos con la tradición literaria española, en particular con la picaresca -Cela escribió, unos años después, una continuación del Lazarillo- e incluso del Quijote por su estructura estratificada de narradores y manuscritos.
El núcleo central de la novela está compuesto por la confesión de Pascual Duarte, escrita desde la prisión (o mejor dicho, las prisiones) en la que espera para ser ejecutado mediante garrote vil por sus múltiples crímenes. A través de esta confesión descubrimos a un ser embrutecido, condicionado por su origen y su ambiente (un planteamiento bastante naturalista) y dominado por sus instintos y una irracionalidad violenta. La miseria y la muerte dominan el texto desde la primera hasta la última página, y por la fecha en que se publicó, y el periodo en que transcurre la acción, no es difícil imaginar el trasfondo de la brutalidad de la Guerra Civil en la imaginación del autor, y de sus lectores.
Con todo, también hay tiempo en la novela para momentos más tiernos, más líricos, en los que Cela demuestra su capacidad para una escritura poética que no suele asociarse con su obra. Se trata, por ejemplo, de las páginas que describen el duelo por la muerte de Pascualillo, o los enamoramientos de Pascual por sus sucesivas esposas, tan apasionados como sus odios. (Si resulta coherente que un personaje semianalfabeto escriba como escribe Pascual Duarte, esa es otra cuestión; aunque a lo mejor sobre eso deberíamos preguntar al ficticio transcriptor, y no a Camilo José Cela...).
No puedo dejar de comentar, también, el elemento más moderno en una novela por lo demás muy clásica, incluso en el estilo: me refiero a los cortes -líneas de puntos suspensivos que atraviesan el texto, en algunos pasajes de manera casi continua-, y que el lector puede suponer que corresponden con aquellos momentos en que el transcriptor ha preferido ahorrarnos la lectura de pasajes poco edificantes o demasiado gráficos; así, aunque lo que se nos narra es a veces muy duro, se deja a la imaginación lo peor, lo que ni siquiera puede ser dicho.
No sé, sinceramente, si La familia de Pascual Duarte es la novela de un Premio Nobel. Me cuesta mucho juzgarla desprejuiciadamente, como si no supiera quién es Cela, como si no hubiera visto sus anuncios de la guía Campsa ni su entrevista con Mercedes Milá hablando de sorber agua por el recto. Ni su carta ofreciéndose para delatar a otros escritores. Pero lo que sí puedo decir es que, releyéndola ahora, después de muchos años, la he disfrutado, y hasta me ha sorprendido en algunos pasajes menos conocidos. Quizás con el paso del tiempo, cuando se borre la memoria de su autor, la obra de Camilo José Cela merezca ser rescatada...
Otros libros de Camilo José Cela reseñados en Un Libro Al Día: La colmena, Pabellón de reposo
viernes, 2 de agosto de 2019
Camilo José Cela: Pabellón de reposo
jueves, 24 de noviembre de 2016
Camilo José Cela: La colmena
Idioma: castellanoAño de publicación: 1951
Valoración: imprescindible (en principio)
Y tampoco está perfectamente representada la sociedad de la época: como se ha señalado alguna vez, no aparecen ni miembros de la élite vencedora en la guerra (se entiende que eso tampoco habría pasado la criba censora), ni tampoco de la clase obrera industrial -y mucho menos organizada políticamente, por el mismo motivo que el caso anterior-, en todo caso, hay trabajadores subalternos: camareros, planchadoras... o directamente representantes del lumpenproletariat. La sociedad que retrata Cela es sobre todo la de la pequeña burguesía o clase media en una situación de equilibrio inestable. Algo parecido ocurre con los muchos personajes femeninos que aparecen en la novela; la mayoría, o son "mujeres de la vida", o jóvenes en plena ebullición hormonal engañadas por charranes o, si son mujeres de cierta edad, componen un repertorio de viejas arpías, beatas, tontas del bote o dementes... En fin, es comprensible que la visión sobre la mujer que podía tener un escritor español y franquista en los años cuarenta no fuese igualitaria y mucho menos feminista; obviamente, tampoco se trata de que una obra literaria lo sea por decreto. Pero puesto que hablamos de una novela coral por antonomasia (inspirada, por cierto, en Manhattan Transfer, según parece), hubiera sido de agradecer un poco más de apertura de miras, de forma que no nos dejase, al leerla, la impresión de hallarnos ante un catálogo de descripciones misóginas. Aunque tal vez esta tendencia sea tan sólo resultado de la tensión que la miseria sexual del momento producía en el escritor y es de suponer que en sus coetáneos... Miseria sexual que se une a la miseria económica e incluso moral que exudan las páginas de esta novela y que la recubren como una capa aceitosa, como un pringue... Sí, quizás sea esa miseria general -y ya digo que no en último término, precisamente, la referente al sexo- el verdadero tema y motor del libro.
Ahora bien, no quiero ser injusto y dejar una impresión equivocada sobre la novela a quien no la haya leído: también se pueden encontrar aquí un humor irónico, cuando no socarrón, ciertos momentos de ternura y, a pesar de la mirada displicente del autor, no poca admiración hacia la resistencia, algo cazurra si se quiere, incluso pasiva, pero incombustible y tenaz, de la que es capaz el ser humano contra la adversidad. Y sobre todo, una de las mejores prosas que se cristalizaron en el siglo XX en España (otra cosa discutible es si cela la consiguió repetir, antes o después de esta novela). En definitiva: ¿nos encontramos ante un libro imprescindible? Pues depende: dentro de la narrativa española, sin duda; si hablamos de la narrativa en español, seguramente también. Pero si nos referimos a la Historia de la literatura mundial, no lo tengo tan claro... es posible y hasta probable que no lo sea. Lo que no significa, claro está, que no merezca la pena leer este libro; todo lo contrario.
Otras obras de Camilo José Cela reseñadas en Un Libro Al Día: La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo
domingo, 21 de febrero de 2021
Camilo José Cela: San Camilo, 1936
Título original: Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid
Año de publicación: 1969
Valoración: Recomendable
Sobre Camilo José Cela y su personaje hemos hablado ya aquí en varias ocasiones, así que dejaré de lado ese aspecto. Centrándome estrictamente en su faceta de escritor, hay algo que me llama la atención y que en mi opinión engrandece su mérito, porque es una cualidad no demasiado habitual: su capacidad para tocar palos bastante diversos desde el punto de vista formal, como esos (no muchos) actores difíciles de encasillar que poseen registros muy diferentes. Al menos en una etapa inicial (pero muy amplia), Cela brilla primero con el tremendismo de Pascual Duarte (una poderosa vuelta de tuerca a cierto realismo rural), se aproxima a la prosa poética y algún grado de experimentación estructural (Pabellón de reposo), construye un interesante modelo de novela coral (La colmena) y se pasea por el intimismo de un monólogo femenino (Mrs. Caldwell habla con su hijo), además de alguna obra más que no conozco pero que, por referencias, creo que también incorporan elementos muy alejados de los anteriores. O sea, interesante versatilidad, desde luego con mayor o menor acierto según los casos, y sin que pueda afirmar si continuó más allá de los años 70 del siglo pasado porque no he leído nada de él posterior a esas fechas.
Con esta pequeña chapa pretendo ubicar mínimamente la novela de hoy porque, como veremos, presenta también algunas cosas novedosas en la carrera del escritor junto con otras que entroncan con títulos anteriores, y parece servir de punto de apoyo a la apuesta por lo más arriesgado y hermético que vendría poco después con Oficio de tinieblas 5.
El San Camilo es una narración situada en unos pocos días anteriores y posteriores al levantamiento militar de 1936. El escenario es el Madrid de los prostíbulos y las aventuras sexuales, gente corriente vista desde la perspectiva de lo que a veces se conocía como ‘vida privada’, el encuentro de los amantes en un meublé, el respetable caballero que tiene su entretenimiento semanal en el burdel, los estudiantes que buscan desahogo, las hermanas que no pierden ocasión de explayarse. Un enorme mosaico de decenas de actores en el mercado, remunerado o no, del sexo, dibujado con precisión un poco al estilo de La colmena, sin dejar que ninguno cobre protagonismo, como si no interesasen sus circunstancias personales (profesión, clase social) sino su simple presencia para componer ese cuadro. No hay tampoco sordidez ni violencia ni crítica. Es un telón de fondo de gentes que viven ese aspecto lúbrico de la vida con naturalidad y cierta despreocupación.
En ese bullicio multitudinario (que puede llegar a saturar al lector, es cierto) se empieza a colar la realidad histórica de los acontecimientos que precedieron a la sublevación del 18 de julio, y ahí, como una grieta cada vez más inquietante y profunda, contemplamos los dos crímenes tradicionalmente considerados como desencadenantes inmediatos de los acontecimientos: el asesinato del teniente Castillo y, poco después, el de Calvo Sotelo. Asistimos a esos acontecimientos desde fuera, como si fuéramos parte de ese gran elenco del Madrid nocturno, simples espectadores de hechos terribles pero que todavía se perciben como lejanos. Porque sobre ese frenesí de polvos y magreos se extienden con rapidez el temor y la incertidumbre frente al ambiente cada vez más enrarecido de las calles, y la vida alegre –una especie de Belle Époque cutre- se empieza a teñir de gris. El tono es cada vez más oscuro cuando llega a conocerse la insurrección y se multiplican las noticias contradictorias sobre su éxito o fracaso, el apoyo de unos u otros altos mandos, o las decisiones (o indecisiones) del Gobierno. Con la mecha de la guerra ya encendida, el asalto al cuartel de la Montaña es el punto donde confluye el destino de buena parte de esos personajes, unos en un bando y otros en el otro, y algunos simplemente arrastrados por las circunstancias, con aquella vida disipada como tragada por un enorme desagüe.
Con estos pocos episodios concentrados en escasos días, asistimos al derrumbe de aquel mundo que, aunque imperfecto, representaba la cotidianeidad que ahora se resquebraja, la irrupción del enfrentamiento y la muerte como seguramente nunca lo pudieron sospechar aquellos personajes. Porque en definitiva son ellos los protagonistas del libro, no seres anónimos sino simples ciudadanos con sus identidades y sus trayectorias, aunque su misión parezca reducida a componer el decorado en el que insertar la tragedia de la guerra. En medio de todo ese material, disperso pero colectivamente uniforme, encontramos retazos del monólogo interior de un joven (quizá el propio Cela, que pronto sería movilizado) que se enfrenta a un espejo, reflexionando sobre sí mismo y su destino. En cierto sentido con un claro eco de la ya muy lejana generación del 98, con la recurrente alusión al sinsentido del enfrentamiento y la fatalidad de un país que parece siempre abocado al desastre.
El esquema está muy conseguido, con una dosificación casi matemática de cada personaje para que ninguno descompense el conjunto, y la incisión progresiva de los acontecimientos que en poco tiempo van a cambiar sus vidas, o directamente a acabar con ellas. Y desde el punto de vista formal, en esa especie de búsqueda de nuevos espacios narrativos a la que me refería al principio, parece que Cela se apunta a la corriente de experimentación que en España habían desarrollado Martín-Santos, Goytisolo o el primer Guelbenzu, por ejemplo, aunque ciertamente con unos cuantos años de retraso. En realidad, al margen de la laxitud en el manejo de los signos de puntuación y de ese ritmo en aluvión, los riesgos que asume tampoco son demasiado importantes, y el libro permite una lectura convencional sin ningún problema. En este sentido, digamos que Cela llega tarde a la modernidad y lo hace, de momento, con bastante contención.
No deberíamos dejarnos influenciar por prejuicios ni intimidar por el aspecto monolítico de las páginas, ni siquiera deberíamos dejarnos vencer por la un poco cansina carga sexual (y, no sin cierto esfuerzo, hasta se le pueden perdonar arranques de homofobia rampante). Desde luego tiene defectos, pero en general San Camilo, 1936 me parece un buen libro, diferente, relativamente atrevido y que ofrece una perspectiva interesante de esos episodios históricos decisivos que hemos visto relatados de tantas formas y con tan variadas intenciones.
P.S: Por cierto que, aunque el santoral no es precisamente mi fuerte, creo que la festividad de San Camilo de Lelis es el 14 de julio, y no el 18 como dice Cela. Bueno, tal vez una pequeña licencia literaria.
Otras obras de Camilo José Cela en ULAD: La colmena, Pabellón de reposo, La familia de Pascual Duarte
domingo, 1 de octubre de 2017
Por qué (a algunos) no nos gusta Marías
Empecemos por el principio.
Marías empezó a publicar en los años 70; no hace falta recordar cuál era la situación política y cultural de España en esa altura: un país cerrado en sí mismo y que soñaba con abrirse al mundo, política, cultural y socialmente. En narrativa mandaban, a lo mejor, Delibes; a lo peor, Camilo José Cela; Juan Goytisolo llevaba ya unos cuantos años exiliado. En comparación, los 80, en los que Marías se consolida como novelista, son los años del aperturismo, de la movida, del destape, de las primeras películas de Pedro Almodóvar (que, hasta cierto punto, es el Javier Marías del cine): son los años de la Esperanza en el Futuro y la Democracia.
En ese contexto, Javier Marías representaba algo muy diferente: un escritor criado entre Estados Unidos y Madrid, hijo de un prestigioso filósofo republicano (Julián Marías, nada menos), profesor en Oxford… No hay más que comparar Cristo versus Arizona de Cela (1988) con Todas las almas de Marías (1989): son casi del mismo año, pero parecen provenir de mundos completamente diferentes, por el lenguaje, el tono, el espíritu, la pesadez de una frente a la levedad de la otra... Sería interesante recuperar lo que se escribió y lo que se dijo de las novelas de Marías en los años 70 y 80 (si todavía no se ha hecho, ahí hay tema para una tesis); sospecho que mientras los tótems de la crítica establecida lo ignoraban, toda una generación (o más de una) de lectores más jóvenes se reconocieron en él, y lo convirtieron en un símbolo: Marías era la España que España quería ser. ¡Ya basta de realismo mal entendido, de vanguardismo trasnochado, de tremendismo rancio! ¡Queremos ser europeos, cosmopolitas, universales!
De hecho, la oposición entre lo viejuno y lo nuevo se hizo patente en un conflicto que Marías ha recordado hace poco: su oposición al premio Nobel para Camilo José Cela, que le valió la enemistad de Cela, y con él el rechazo de una parte del establishment literario español. Sí, aunque ahora nos cueste creerlo, Marías fue antisistema, eso hay que reconocérselo.
Pasa el tiempo; y no un poquito de tiempo: casi cuarenta años. Estamos en 2017. Aquellos jóvenes lectores que auparon a Marías a la categoría de símbolo son hoy los críticos que dictan las líneas maestras de la narrativa española desde las páginas culturales de los periódicos. Y Marías, aunque le cueste admitirlo, no es que ya no sea antisistema, es que es el sistema. Cada vez que publica novela tiene derecho a publirreportajes en todos los medios del país (prensa, radio, televisión), escribe una columna en uno de los semanales de más tirada, ha recibido (y rechazado) prácticamente todos los premios literarios imaginables, es miembro de la RAE como su amigo Arturito… Cuando Marías dice que siempre ha sido un aguafiestas, y que por eso ahora resulta incómodo, se olvida de que su propia posición en el sistema cultural y literario ha cambiado: antes era un joven melenudo (es un decir) que luchaba contra el poder (cultural, al menos); ahora es el Papa de la literatura española que mira hacia abajo a quienes osan criticarle; es el poder encarnado y algo más calvo.
Porque Javier Marías ya no es de hoy; las generaciones más jóvenes (digamos, de los cuarenta años para abajo) ya no lo ven como algo nuevo o diferente, sino como lo antiguo, lo de siempre, más de lo mismo: ahora es Marías quien es viejuno. Como tantos otros fenómenos y productos derivados de la Transición, Marías y muchos de sus defensores se resisten a ver que España ha cambiado, que los tiempos son otros y que el inmovilismo no funciona en cultura como no funciona en política. Por eso suenan tanto a rabietas de cascarrabias sus críticas al feminismo (que no entiende), a las redes sociales (que no entiende) o a sus detractores (que no entiende). Marías ya no representa la España que España quiere ser, sino la que nos han querido imponer a través de los documentales de Victoria Prego.
Sé que habrá muchos lectores del blog que estén pensando: “sí, bueno, pero ¿Javier Marías es buen escritor?” Aquí ya habrá opiniones para todos los gustos. Creo que es innegable que tiene valores y talentos que sus detractores prefieren ignorar (es un buen estilista, construye escenas poderosas, sus novelas casi siempre contienen ideas o intuiciones sugerentes), pero en mi opinión también tiene carencias que sus defensores ocultan (le cuesta construir una trama sólida, no sabe diversificar la voz, su estilo a veces se vuelve rocambolesco por intentar ser preciosista). Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí me parecen buenas novelas; Todas las almas es muy divertida. En cambio, Los enamoramientos me pareció una malísima novela, y que le concedieran el Premio Nacional de Narrativa creo que fue más un ejercicio de nostalgia que de verdadera crítica literaria. No es, en mi opinión, un candidato serio al premio Nobel; pero tampoco es un tuercebotas, no exageremos.
En todo caso, que Marías escriba bien o no es lo de menos; importa más lo que representa, para unos y para otros. De hecho, me atrevería a apostar que muchos de los que le atacan no han leído ninguna de sus novelas; y a lo mejor muchos de los que le defienden (¡glups!) tampoco.
domingo, 1 de marzo de 2020
ULAD CUMPLE ONCE AÑOS. Reseña + Entrevista: Jorge Herralde: Un día en la vida de un editor

En las entrevistas nos encontramos, claro, con conceptos que pueden repetirse, sobre todo porque muchos entrevistadores repiten preguntas lógicas, interpelaciones que destilan admiración y,a través de su lectura, comprendemos no solamente el devenir de la editorial, sus puntos álgidos y algunos periodos de incerteza, su portentoso camino de evolución de editorial comprometida políticamente con la lucha antifranquista (con la censura intentando ahogarla económicamente) para, sin abandonar cierta militancia, evolucionar hacia el poderoso e influyente conglomerado de hallazgo y promoción de primeras figuras literarias, que es absurdo enumerar otra vez...sino que también confirmamos el extremado amor y respeto por la literatura que Herralde desarrolló (desarrolla aún a otro ritmo menos extenuante) en su carrera, algo que se detecta en cada uno de sus pasos y en cada párrafo, respeto hacia autores, competidores, colaboradores, diríase que ese concepto de elegancia impera en el libro a toda costa, ése y la enorme lucidez que surge a cada línea: la visión del mundo editorial, su actitud hacia los voraces cambios de las últimas décadas, su paciencia con los autores, su coherencia combinada con su tesón y su determinación, él comprenderá que use el término "tozudez" como calificativo de quien no tolera el adormecimiento del ciudadadano ante lo que se le presenta sin exigir esfuerzo. Anagrama es una editorial fundamental para comprender la evolución de la lectura en español de un cierto perfil, nivel y exigencia. Sin Anagrama, las cosas simplemente no serían cómo son, y Herralde fue su máximo responsable a lo largo de décadas, y aquí nos lo explica: em trec el barret.*
*Catalán por "me quito el sombrero".
Y, como acompañando su primer medio siglo con nuestra primera década, nos contesta unas cuantas modestas preguntas. No toco ni una coma, este texto es sagrado.
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martes, 22 de abril de 2014
Juan Goytisolo: Señas de identidad
Año de publicación: 1966
Valoración: Muy recomendable
El otro día reseñaba La familia de Pascual Duarte, de Cela; hoy le toca el turno a otro clásico de la narrativa española del Franquismo: Señas de identidad de Juan Goytisolo. Y las dos décadas y media que las separan, y los diferentes posicionamientos ideológicos de sus autores, se hacen notar: Señas de identidad es una novela experimental, formalmente arriesgada y difícil (como también llegarían a ser las novelas de Cela), y también una visión crítica y corrosiva no solo del Franquismo y sus mecanismos de represión, sino también de la(s) izquierda(s) y su incapacidad para constituirse en una oposición sólida y con capacidad de reacción. Porque Señas de identidad es una novela marcada por la derrota: es una novela de exiliados, represaliados, torturados y fusilados. Pero no todos ellos son heroicos: los hay que son mezquinos, calculadores, vividores o simplemente pesados.
El protagonista de la novela (una novela, por lo demás, muy coral) es Álvaro Mendiola, trasunto no demasiado escondido de Juan Goytisolo (como él, escritor/periodista barcelonés con apellido vasco), quien recorre, con el cuerpo o con la memoria, los fragmentos de su pasado y del pasado de su familia y de su país que lo han condicionado, reconstruyendo así sus "señas de identidad". (El mismo protagonista reaparecerá en dos novelas más de Goytisolo: Reivindicación del conde don Julián y Juan sin Tierra).
Dos rasgos característicos sobresalen en esta novela, como decía antes: su ambición formal, y su crítica política (lo que hizo que las siguientes obras de su autor fueran prohibidas en España). Formalmente, la novela es casi un laboratorio de técnicas experimentales de narración, comenzando con el narrador en segunda persona que domina en el texto, e incluyendo fragmentos de monólogo interior, collage de textos, multilingüismo, deformaciones de la realidad, etc. Es, en ese sentido, una obra muy de su tiempo: recordemos que Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, se publicó cuatro años antes, en 1962.
El otro rasgo fundamental en Señas de identidad es la construcción de una visión negativa de España, no solo de la España franquista sino, prácticamente, de cualquier posible idea de España. La tauromaquia, "seña de identidad" española por antonomasia, aparece repetidamente como símbolo o metonimia de la brutalidad hispánica (persecución, tortura, asesinato de hombres como de animales). Cuando el protagonista vuelve a España, después de una larga ausencia, ya no reconoce su propio país; ya no se reconoce en su propio país.
No es Juan Goytisolo, como en general los escritores preocupados por la experimentación formal, un autor para todos los gustos; pero es sin duda un autor imprescindible para comprender la realidad, y la literatura, españolas del siglo XX; y Señas de identidad es una de sus obras fundamentales.
También de Juan Goytisolo: Las virtudes del pájaro solitario, Don Julián y Juan sin Tierra, Campos de Níjar
jueves, 30 de octubre de 2025
Colaboración: A la intemperie, de Roberto Bolaño
Año de publicación: 2024
Valoración: Interesante (para completistas)
Seguramente pensarían ustedes que ya no quedaba ningún escrito de Roberto Bolaño por publicar. Craso error. Debolsillo, dado el seguimiento que tienen las novelas del escritor chileno en nuestro país, se ha preocupado de saciar las necesidades de los “bolañistas” publicando un volumen titulado A la intemperie.
En este caso, no nos encontramos con una nueva novela inédita, puesto que a estas alturas los baúles están vacíos. Se trata de un volumen que recopila los artículos, columnas y reseñas que publicó Bolaño desde los años 70 hasta poco antes de su muerte. También se recogen prólogos a obras de otros autores y algunas conferencias y discursos.
Con estos antecedentes, como ustedes fácilmente comprenderán, el interés que pueda suscitar esta obra es muy relativo. La temática es muy dispersa y el estilo varía mucho entre los distintos escritos puesto que pertenecen a épocas muy dispares, por lo que la coherencia general de la obra brilla por su ausencia.
En este sentido, quizás no resultan especialmente atractivos tantos relatos sobre ambientes y personajes de Blanes, su lugar de residencia, ni tampoco los numerosísimos artículos dedicados a autores chilenos que no son conocidos por estos pagos, pero lógicamente hay que situarlos en el contexto de los medios informativos, especialmente el Diari de Girona y Las Últimas noticias de Chile, en que fueron publicados.
Mucho más interesantes son los artículos en los que habla de literatura. Aunque debe quedar claro que no son críticas literarias ni artículos de opinión. Bolaño introduce sus valoraciones, principal aunque no exclusivamente, de escritores españoles e hispanoamericanos, donde desgrana sus filias y fobias personales, con las que el lector podrá estar o no de acuerdo. El autor chileno ensalza entre los autores españoles a Javier Cercas, Javier Marías o Vila-Matas y nos recomienda encarecidamente que si nos gustan los cuentos “un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Lo repito una vez más, por si no ha quedado claro, a Cela y Umbral ni en pintura”. Y poco más adelante concluye que como cuentista “con Poe tendríamos de sobra”. No creo que Harold Bloom estuviera de acuerdo.
En cuanto a la literatura hispanoamericana deja claramente de manifiesto su predilección por los autores argentinos, especialmente Borges y Cortázar, y en cuanto a la literatura chilena, sobre todo destaca a Huidobro y Nicanor Parra, a los que dedica varios artículos. En cuanto a fobias, aquí queda su valoración de Isabel Allende: “su literatura es mala, viva, pero mala”.
En fin, un volumen que puede resultar útil para completistas a los que les guste coleccionar todo lo publicado por Bolaño, pero prescindible para todos los demás.
Firmado: José Miguel Martínez
Otras muchas obras de Roberto Bolaño reseñadas en ULAD: aquí
miércoles, 10 de julio de 2024
Lorenzo Montatore: La mentira por delante
Año de publicación: 2021
Valoración: está bien (sobre todo para fans)
Contra lo que pueda sugerir la valoración de este libro y antes que nada, debo decir que yo nunca he sido demasiado fan de Francisco Umbral. En mi juventud de aspirante a cultureta leí dos libros suyos que no me entusiasmaron, precisamente (uno de ellos sobre Valle-Inclán, que me pareció directamente un timo y el otro, una novela que se desarrollaba en un poblado chabolista de Madrid anejo a cementerio, al menos tenía la gracia (?) de ser bastante delirante... Sí, ya sé lo que me vais a decir: que debería de leer Mortal y rosa, pero mirad, ya tuve suficiente). Sus celebradas columnas periodísticas tampoco me llamaban la atención, aunque debo reconocer su facilidad para la metáfora ocurrente. Y, como personaje público, Umbral era, en mis años mozuelos, uno de los pocos escritores (junto al ínclito Cela, Antonio Gala, Sánchez-Dragó... aunque me cuesta incluir a este señor en el gremio) que salían a menudo por la tele e incluso eran carne de imitación por los humoristas, por lo que eran reconocibles para una mayoría de gentes que nunca habían leído sus libros ni se les pasaba por la cabeza hacerlo. En el caso de Francisco Umbral, se hizo más célebre aún por haberle soltado una encendida diatriba a Mercedes Milá (visto lo visto, bien que hizo), que se convirtió en una ocurrencia recurrente en España durante años y aun décadas.
Ahora bien, que a mí no me gustara este escritor no quiere decir que no haya, incluso hoy, gente fascinada por su prosa sonajero florida, su voluntariosa figura de dandy (?) y su aún más férreo propósito de convertirse en una personalidad literaria de renombre (este es el caso, creo, de Alberto Olmos, aunque no sé si él ya ha renunciado a hacer lo propio). esta misma maravilla por el influjo umbraliano es la que debe haber impulsado al autor de este cómic, él sabrá por qué, a realizar el mismo, que resulta ser una suerte de panegírico caricaturesco a mayor gloria de Umbral y sus contemporáneos.
Digo "caricaturesco" no porque este libro -tebeo, según su propio autor- sea una sátira o parodia de nada o de nadie, sino por el estilo de dibujo de Lorenzo Montatore, con evidente influencia tanto de la "escuela Bruguera" como de la mítica revista La Codorniz. Que tiene gran talento para la caricatura lo atestiguan los retratos que hace de los ya mencionados Umbral y Milá, pero también de Lola Flores, Massiel, Carrillo, los ya mencionados Cela y Sánchez-Dragó, Delibes, Pérez-Reverte, Los Ramones, Ramoncín, el Rey Emérito, García Berlanga, Jesús Hermida, Pitita Ridruejo,... en fin, toda una heteróclita colección de personajes que tienen en común, aparte de ser en su mayoría escritores (juntaletras, en algún caso), eran una parte importante de esa sociedad que salía en los medios (es decir, la tele) en aquellos procelosos y demasiado recordados años 80 y 90, cuando el protagonista de esta biografía era también una estrellita mediática, al menos en España. También aparecen otros escritores de otro tiempo que Umbral tenía o pretendía tener como refrentes (en algún caso, para criticarlo): Valle-Inclán, Pío Baroja, Gómez de la Serna, Larra...
lunes, 3 de marzo de 2014
Biografías lectoras: La vida en libros
Mi paso a la juventud literaria estuvo marcada por dos libros que me regalaron: uno de Monterroso y otro de Chejov. Mi reacción inicial, propia de un adolescente, fue de rechazo: los cuentos son para niños, pensé, los adultos leen novelas. Afortunadamente, vencí aquel rechazo y los leí. Aquello no eran cuentos para niños, aquello era otra cosa. Así se me abrió todo un mundo.Tuve luego fases monotemáticas: durante una época solo leía a Buero Vallejo, a Cela, a Delibes; durante otra, a Borges, Cortázar, García Márquez (que me impactaron más que Buero Vallejo, Cela o Delibes, todo hay que decirlo). Cuando llegué a los dieciocho años, pensé que sabía algo de literatura; luego un día me vi en medio de una comida con escritores que hablaban de otros escritores, y descubrí que no sabía nada de nada.
Si Monterroso y Chejov me abrieron un mundo, Faulkner me mostró que ese mundo puede contarse de otra forma. Leer ¡Absalón, Absalón! (el primer libro suyo que encontré por casualidad en casa) fue un shock. Nunca había leído nada como aquello. Pocas veces he leído un libro que me haya impresionado tanto.
Aprendí mucho durante los años de la carrera, no siempre de los profesores. El aprendizaje con mis compañeros de clase y del Taller Literario de la universidad era más próximo, más vivo, más significativo (como ahora se suele decir). Así, en aquellos años descubrí a los simbolistas franceses, a Galeano, a Brecht, a Kundera. Benedetti y Neruda eran nuestro pan de cada día: organizábamos recitales de poesía amorosa o social con música de Silvio Rodríguez y cada vez menos público.
Fueron también años de leer a los clásicos, desde Homero hasta los novelones realistas del XIX: años de intentar ser enciclopédico, de intentar leer lo que hay que leer. También mi trabajo me obligaba a leer (o releer) ciertos textos: así me enamoré del Lazarillo, el Quijote o el primer acto de la Celestina (de los actos siguientes ya no tanto)
El lector que soy ahora es (en parte gracias a, por culpa de, Un libro al día) algo diferente: intenta leer más literatura contemporánea (amor eterno a Philip Roth, Auster, Coetzee), más literatura española actual (Cercas y Vila-Matas bien; Marías mal), más literatura vasca (Saizarbitoria, más que Atxaga). Tengo mis filias (la novela policiaca, en especial Camilleri) y mis fobias (¡Murakami!), pero no digo que no, a priori, a casi ningún libro.
Eso sí, confieso que al lector que ahora soy a veces le gustaría poder volver a leer como cuando tenía diez años, trece años, dieciocho años, con esa inocencia y esa pasión absoluta. Y no siempre lo consigue.
domingo, 24 de julio de 2016
John Dos Passos: Manhattan Transfer
Título original: Manhattan Transfer
Traductor: José Robles Piquer
Año de publicación: 1925
Valoración: Recomendable / Muy recomendable
1.- Cuando estudiábamos La colmena de Cela en el colegio, recuerdo que se nos decía que seguía el modelo de novela coral de Manhattan Transfer de John Dos Passos. Es una referencia que se me quedó grabada, y hace ya muchos años, me compré esta novela con intención de leerla inmediatamente. Como suele pasar, se metieron otras lecturas de por medio, y solo ahora me he decidido a leerla.
2.- Manhattan Transfer se publicó en 1925. Ese mismo año se publicaron El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Mrs Dalloway de Virginia Woolf o La prisionera, quinto volumen de En busca del tiempo perdido. En 1922 se había publicado el Ulises de Joyce. No lo digo con intención de comparar o de decir que unas obras sean mejores de otras; simplemente me llama la atención la distancia estética que separa a obras y escritores coetáneos.
3.- Tal y como nos decían cuando estudiábamos a Cela, Manhattan Transfer es una novela coral: sigue a un grupo de personajes, más o menos interligados, que viven en el Nueva York de los años 10 y 20, inmediatamente antes y después de la Primera Guerra Mundial. Es una novela coral, sí, pero poco a poco se van destacando algunos personajes centrales: Ellen (o Elaine, o Helena), modelo de mujer irresistible y voluble que vuelve locos a los hombres y los hace infelices; Jimmy Herf, descendiente de buena familia que dilapida su fortuna y su felicidad; George Baldwin, un ambicioso abogado que aspira a ascender sin abandonar sus ideales (y a casarse con Ellen); Joe Harland, un exitoso broker de Wall Street arruinado y alcoholizado...
4.- La imagen que la novela transmite de Nueva York es ambigua: el innegable atractivo de sus edificios, sus atardeceres y su actividad incesante contrasta con la crueldad con que devora a sus hijos. Todos los personajes, incluso los que consiguen ascender, viven vidas difíciles, insatisfactorias, vacías. Muchos de ellos beben como cosacos, tienen affaires, malviven con unos pocos dólares, o incluso centavos, en los bolsillos. (Más o menos por estos años, García Lorca visitó la ciudad y escribió su famoso Poeta en Nueva York; su visión es todavía más oscura que la de Dos Passsos). Dos Passos, un autor con una aguda conciencia social y política, se preocupa particularmente por mostrar el destino de los que no forman parte del sueño americano; de los que no encuentran su oportunidad en la tierra de las oportunidades.
5.- La mayor originalidad de Manhattan Transfer, lo que lo diferencia de novelas realistas al estilo decimonónico, es precisamente su estructura fragmentaria y descentrada, una técnica que Dos Passos desarrolló después en su trilogía USA. No se encuentra aquí una gran experimentación estilística (desde luego, nada comparable a Joyce o Woolf), aunque sí se emplea el estilo indirecto libre y el stream of consciousness, con especial acierto cuando se retrata el pensamiento de personajes ansiosos o borrachos. También hay un esfuerzo por retratar el habla de los personajes de distintos orígenes y niveles sociales y educativos, esfuerzo que ha realizado igualmente el traductor, José Robles Piquer, con resultados más que dignos dada la dificultad de la tarea.
6.- Manhattan Transfer es un clásico, lo que es al mismo tiempo una bendición y un castigo. Es un libro que "hay que leer", lo que puede llevar a que dé pereza leerlo. Tiene indudables virtudes, una complejidad impropia de un autor que no tenía ni treinta años cuando la escribió. Las descripciones de la ciudad, quizás el aspecto más preciosista del texto, resultan algo anticuadas y hasta kitsch; en cambio, el retrato de la vida laboral, cultural y social del Nueva York de la época sigue resultando atractivo, aunque terrible (o porque es terrible, y terriblemente actual). Es una novela de cocción lenta, en la que puede costar entrar, precisamente por la pluralidad de historias, pero también una novela que deja poso, imágenes y personajes en la memoria. Un clásico, como decía, en el buen sentido del término.
martes, 10 de enero de 2023
Concha Alós: Los enanos
Año de publicación: 1962
Valoración: recomendable
Al comienzo de Los enanos se nos narra una escena que bien podría resumir toda la novela: en el fondo del patio de luces de un edificio de pisos de Barcelona, donde se encuentra la pensión Eloísa, en la que se desarrolla la historia, entre un montón de desechos se mueven unas ratas, cuyos requiebros y peleas entretienen a los vecinos del inmueble y, sobre todo, a a los inquilinos de la pensión. La metáfora resulta más que clara, puesto que esta novela lo que nos cuenta son los quehaceres, sinsabores y enfrentamientos entre una serie de personajes, a cada cual más mísero y desgraciado. Sin embargo, y aunque la autora no renuncie a esa imagen de las ratas, el título del libro, aunque vaya en el mismo sentido, hace referencia a una reflexión que una de las pensionistas escribe en un cuaderno:
"Huir, locamente, alegremente, de ese gigante que nos fuerza a ser lo que somos y nos obliga a andar por donde él quiere. Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se esconden para reírse."
Tales "enanos", como he comentado, por tanto, son los habitantes de una cutre pensión de Barcelona allá en la época en que España comenzaba a salir, aun muy poco a poco, de los rigores de la larga posguerra; una colección de perdedores, ya sea por las circunstancias de la vidao de nacimiento, que han recalado allí por diversos motivos: el boxeador Mohatá, que un promotor utiliza como saco humano para impulsar la carrera de otros púgiles, el señor Alfredo, judío de Tánger y su esposa doña Cleo, que abandonaron la ciudad marroquí tras su independencia de España y sobreviven malvendiendo lo poco que salvaron de su anterior vida acomodada; la planchadora Sabina, huida de su pueblo y dispuesta a prosperar, aunque sea ofreciendo su cuerpo al mejor postor... y así todo un reguero de personajes no demasiado afortunados, en el mejor de los casos, o abocados a la miseria material y anímica, en los demás. El contrapunto, siquiera en el tono, a la narración de tantas cuitas y sinsabores cotidianos de estas vidas desgraciadas lo ponen las confesiones y reflexiones, en primera persona, que escribe en un cuaderno la señorita María, una joven de Mallorca, hermana de un cura, que en su momento escapó a Barcelona con su amante, un hombre casado, y ahora sobrevive cuidando niños de familias burguesas. Pero ya digo que es un contrapunto relativo, pues puede que ella sea la más desdichada de todas.
Es ésta una novela dura, no tanto por la truculencia de lo que nos cuenta o por un lenguaje áspero y chabacano, sino porque no da tregua al lector; en todo momento deja claro que a los personajes no les va a ir mejor e incluso, seguramente, su situación empeorará, con lo que, aunque algunos no sean demasiado simpáticos, es inevitable sentir lástima por ellos. Sin duda, se trata de una novela propia de su época, cuando estaba en auge el realismo social y deudora, sin demasiado disimulo, de La colmena, de Cela, aunque más limitada a un espacio concreto y a menos personajes (también se percibe un cierto regusto a Nada, por lo menos a su primera parte). Además, en Cela se aprecia un menor apego por sus criaturas, una mirada más fría, de entomólogo, mientras que Alós muestra una mayor empatía, una comprensión más acentuada, especialmente en lo que le ocurre a las mujeres de su novela, quienes, por otra parte, llevan el mayor peso de la historia.
Concha Alós, escritora valenciana (aunque criada en Castellón) que tuvo su mejor momento en los años 60 y 70, ha sido felizmente recuperada en los últimos tiempos por La Navaja Suiza, y fue, no cabe duda, una gran escritora, con un estilo limpio y directo, pero sin renunciar a la complejidad narrativa. Esperemos que no vuelva a caer en el olvido.
Como curiosidad, decir que Los enanos ganó el premio Planeta en 1962 (está claro que eran otros tiempos), pero su autora hubo de renunciar a él porque ya había comprometido la publicación de la novela con otra editorial. Quizá en compensación por este contratiempo, le volvieron a conceder premio dos años después, con Las hogueras esta vez sin problema alguno.
También de Concha Alós y reseñada en Un Libro Al Día: Las hogueras
sábado, 3 de mayo de 2014
Miguel Delibes: La mortaja
Año de publicación: 1970
Valoración: Recomendable
Pues sí, me ha dado por leer literatura española de mediados de siglo XX, qué pasa: Cela, Goytisolo y ahora Delibes. Una visita a casa de mis padres, robo (perdón, "cojo prestados") cuatro o cinco libros, y el resultado es este. La verdad es que hay poco que se pueda añadir sobre Delibes a estas alturas: hemos reseñado ya bastantes de sus libros (pero no, incomprensiblemente, Los santos inocentes) y es un autor de sobra conocido por todos. Yo mismo tuve, en mis tiempos mozos, una altura en la que devoraba sus libros, y los de Cela, y los de Buero Vallejo...
Si todavía queda alguien en este planeta que no conozca a Delibes, puede empezar a conocerle con este libro, La mortaja, una recopilación de cuentos escritos entre 1948 y 1963. En estos relatos, está todo Delibes: el más crudamente realista en "La mortaja", el humorístico en "El amor propio de Juanito Osuna" o el más tierno (sí, a veces Delibes puede ser tierno) de "El patio de vecindad". La técnica de "El amor propio..." recuerda, como recuerda en el prólogo Miguel Ángel Pastor, al largo monólogo de Cinco horas con Mario, mientras que algunos personajes, como el cazador de "La perra", muestran rasgos que se repetirán en Los Santos Inocentes.
El Delibes más conocido (aunque no es el único) es el del primer relato, que es también el más extenso y el que da título al volumen: "La mortaja". En él un niño (los niños son a menudo protagonistas en las ficciones de Delibes) debe enfrentarse a la repentina muerte de su padre, lo que implica enfrentarse a sus propios miedos y reconocer, por primera vez, cómo funciona de verdad el mundo. Es sin duda el relato de mayor calado, y también el más redondo del volumen: otros se quedan en simples esbozos de personajes, siempre creados con mano maestra, pero con menos hondura que en el caso del primer texto.
No sé si ya lo he dicho en alguna otra reseña de Delibes, o de otro autor: a veces me cuesta juzgar a estos escritores como si fueran desconocidos para mí. Los tengo tan metidos en la memoria personal, y han sido tan glorificados por la crítica española, que me cuesta leerlos con cierta distancia y crearme una opinión propia. Como lector, he disfrutado de algunos relatos de "La mortaja"; pero no sé si es un libro que recomendaría así, en seco, si no fuera porque sé que su autor es Delibes.
Esto no me pasa, por ejemplo, con Los santos inocentes, que me parece un novelón; por eso no me explico que todavía no lo hayamos reseñado...
También de Miguel Delibes: El disputado voto del señor Cayo, La hoja roja, Diario de un jubilado, La sombra del ciprés es alargada, Cinco horas con Mario, El príncipe destronado, entrada in memoriam tras su fallecimiento














