sábado, 10 de abril de 2010

Miguel Delibes: Cinco horas con Mario

Idioma original: español
Año de publicación: 1966
Valoración: imprescindible

Irónicamente, la muerte de un escritor suele ser el acontecimiento más rentable de su carrera: los críticos alaban su trabajo, las editoriales reeditan sus obras, el público vuelve los lacrimógenos ojos a él... En este blog conmemoramos la obra de Miguel Delibes el día de su fallecimiento, día en que nos dimos cuenta de que apenas habíamos reseñado nada de uno de los maestros de la narrativa española del siglo XX.

A Delibes no le hizo falta irse para que críticos, editores y lectores le hicieran justicia: afortunadamente, llevaba años ostentando esa bien merecida posición entre nuestras letras. Yo no lo descubrí ni lo redescubrí a su marcha, ni tampoco he necesitado releer Cinco horas con Mario durante este último mes porque hacía muy poco que lo había leído. Sin embargo, sí me ha influido este fenómeno "post-mortem" en un sentido: sin saber bien por qué -tal vez movida por un sentimiento de "si todos seguimos leyendo a Delibes evitaremos que se haya marchado del todo"-, ahora me he animado a regalar esta obra literaria con mayúsculas.

Excepto por un prólogo y un epílogo, la novela está escrita en clave de monólogo interior (técnica narrativa que, sin ser una novedad en 1966, Delibes demuestra conocer y manejar con habilidad y efectividad pasmosas). Cinco horas con Mario se desarrolla, precisamente, durante las cinco horas que pasa una mujer de mediana edad velando el cadáver de Mario, su marido. Cinco horas que se pasa hablando consigo misma y con su esposo muerto, durante las cuales va desgranando los detalles de su vida juntos.

La verborrea de esta mujer -cotilla, autoritaria y un poco mezquina- es irritante y adictiva al mismo tiempo. Aunque queremos meternos de un salto entre las páginas para espabilarla de una bofetada, no podemos evitar seguir leyendo: en cada capítulo, entre repeticiones y reiterados "si ya te lo decía yo", se nos va ofreciendo nueva información, como con cuentagotas. Cuando la novela termina -sorpresa final, relacionada con nuestra parlanchina protagonista, incluida-, nos damos cuenta de que el triste de Mario ha muerto siendo un completo desconocido para su mujer. Éste es el mayor logro de la novela: cómo el lector llega a comprender a un personaje que sólo está de cuerpo presente precisamente a través de las palabras de quien jamás logró hacerlo.

Creo que Cinco horas con Mario es, para muchos de nosotros, el típico clásico que acumula polvo en lo más hondo de la estantería y que no leemos porque "ya la leeremos algún día". Por favor, quien lo esté haciendo que no lo siga posponiendo: habrá a quien no le guste, pero no creo que deje indiferente a nadie.

También de Miguel Delibes: La sombra del ciprés es alargada (su primera novela).

3 comentarios:

Pablo D. dijo...

Yo también recomiendo a los que lo tienen olvidado en u ricón de su estantería que lean el libro.

Como todas las obras que he leído de Delibes, me encantó.

Genio y figura Don Miguel...

Un saludo!

Jaime dijo...

Mientras lo leía, recuerdo que por momentos odiaba a esa señora con toda el alma: esa mezquindad total que la encierra en sí misma, sin tener el mínimo interés -como dices- por conocer de verdad a su marido, por acercarse a aquello que a él le preocupa, a aquello por lo que vive. Pero luego sentía también una inmensa ternura y compasión por ella. Su obsesión por el estatus, por el qué dirán, no revela más que una inseguridad terrible, una dependencia total de las apariencias, casi trágica (y que de hecho trae consigo la tragedia, como se ve). Al fin y al cabo, ella también vive convencida de que es su marido quien no la entiende a ella. Y en cierto modo es verdad...

En fin, es increíble que Delibes consiguiera meterse de esa manera en la cabeza de un ama de casa de provincias, y consiguiera presentar su pequeño mundo mezquino como una muestra enorme de humanidad (ante la que asustarse).
Tuve la suerte de ver a Lola Herrera representando Cinco horas con Mario, y fue una de mis mejores experiencias teatrales. Una pena que ya no lo vaya a hacer más.

Paula dijo...

Sí... Yo creo que es esa ternura la que hace que el personaje sea tan humano en vez de una mera caricatura. Y creo que tienes toda la razón con lo de la inseguridad.

En resumen: que resulta increíble cómo Delibes se supo meter en la cabeza de esa mujer...