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martes, 9 de enero de 2018

Samuel Beckett: Esperando a Godot

Idioma original: francés
Título original: En attendant Godot
Traducción: Ana María Moix
Año de publicación: 1952
Valoración: Imprescindible


Uff, qué difícil, no? A la hora de comentar un libro podemos hablar sobre su argumento, el perfil o evolución de los personajes, el escenario, los temas que trata, el lenguaje, no sé, mil cosas. Pero cuando el autor voluntariamente despoja a la obra de casi todo esto, y lo que deja es vacío y sinsentido, la cosa se pone dura.

Hablaba del escenario. ‘Esperando a Godot’ se desarrolla en un ‘camino en el campo, con árbol’ (sic). El mismo durante toda la representación. Por su parte, los personajes son en total cinco, pero sólo dos de ellos permanecen en escena durante toda la obra. Son dos vagabundos bien entrados en años que la mayor parte del tiempo mantienen una conversación incoherente, con continuas interrupciones, cambios de tema y de tono. Vamos, que ni ellos mismos se entienden entre sí, sólo son conscientes de que esperan a un tal Godot. Hablan mientras esperan, y en un par de ocasiones irrumpen en escena otros dos ancianos, un esclavo-sirviente-bufón y su dueño, que le sujeta con una cuerda. El esclavo no habla –a lo sumo, canta un poco- y la charla de su dueño difiere muy poco de la de los vagabundos. El último personaje es un muchacho que sólo aparece para comunicarles que Godot todavía tardará en llegar. Y ya está.

Poco más se puede decir: los personajes no tienen historia ni apenas atisbo de personalidad, tampoco cuentan nada que ocurriese antes ni que fuese a tener lugar después, sus escasas reflexiones son más bien incongruentes y tampoco hacen nada que pueda traducirse en un argumento dramático. Tampoco es sencillo añadir más sin desvelar lo que no es debido.

Podemos decir entonces que lo que plantea Beckett es más bien una situación, sólo una situación. Y para ello se sirve de algo a lo que algunos artistas plásticos han dedicado buena parte de su obra, o al menos de su búsqueda: el vacío. Beckett desnuda a la obra de todo lo que convencionalmente sería importante -escenario, argumento, diálogos sensatos, emociones- y consigue con ello la magistral representación de un vacío. Pero ¿para qué?

Volvamos al escenario, que ya da alguna pista. Ciertamente es escueto, pero no es un desierto ni un espacio artificial. Estamos en el campo, y hay un árbol que, como en un momento se deja muy claro, no está seco, todo lo cual sugiere vida. Hay además un camino, que es un elemento que admite mucho significado, tránsito, búsqueda. Así que algo parece indicar que debemos pensar en la vida, quizá en el tiempo, en los seres humanos.

De esto último hay también, aunque en principio no lo parezcan mucho. Pero Beckett se cuida mucho de subrayar su humanidad: cierto que les priva de casi todas las cualidades, pero es meticuloso al describir cada gesto, cada mirada o movimiento, de ninguna manera quiere que sean tipos inexpresivos o esclerotizados. Tampoco están exactamente perdidos, sino que están simplemente ahí, les oímos hablar, parecen malhumorados y otras veces divertidos, de vez en cuando repiten lo ya dicho, no saben muy bien qué hacer para pasar el tiempo, se entretienen con menudencias, piensan en voz alta, se pelean un poco, caen, se enfadan. Brota de ellos la crueldad, puede que de forma algo inconsciente. Pero lo importante es que sobre todo esperan. Esperan todo el tiempo y sólo eso parece su razón de ser y de estar ahí.

Nada de todo esto tiene sentido, porque tampoco parecen muy seguros de a quién esperan, y mucho menos para qué. De forma que, borrando esos elementos que parecerían esenciales es como el autor induce a la reflexión que buscaba: es la vida, la condición humana la que parece no tener sentido, en efecto hay un camino pero no sabemos a dónde lleva, la existencia se reduce a un mero esperar que llenamos de nimiedades, de palabras; lo que hagamos o digamos, sea simpático o atroz, carece de valor, y el tiempo pasa mientras seguimos esperando.

Bueno, pues por ahí anda el enfoque existencialista que unos cuantos autores trabajaron en diferentes direcciones con especial relevancia a mediados del siglo pasado, y que Beckett plantea con crudeza en esta obra. E íntimamente emparentado con aquél, el teatro del absurdo, que a veces utiliza recursos como la caricatura, el lenguaje del clown (muy nítido en este caso), el non sense, y cosas similares para avanzar por estos terrenos. O así lo veo yo.

Iba a advertir que no se espere que la lectura del libro resulte entretenida, pero tampoco sería del todo correcto. Esos diálogos absurdos terminan teniendo gracia, y tiene momentos divertidos, como un tronchante intercambio de sombreros que podrían haber firmado los Hermanos Marx. Pero sobre todo, cuando terminemos de leer o ver la representación lo fundamental sería pararnos un segundo a pensar en lo que hemos tenido delante. Yo creo que Beckett consigue que lo hagamos, y ese es el gran mérito de esta obra excepcional.

Otras obras de Samuel Beckett en ULAD: Fin de partida

martes, 25 de enero de 2011

Samuel Beckett: Fin de partida

Idioma original: francés
Título original: Fin de partie
Año de publicación: 1957
Valoración: Imprescindible

¿Dónde? En un bunker aparentemente post-apocalíptico. ¿Cuándo? No se sabe: en un tiempo sin tiempo, en el final de todo, en el último día de los últimos seres humanos (¿seres humanos?) sobre la faz de la tierra. ¿Quiénes? Cuatro personajes: Hamm, anciano postrado en una silla de ruedas; Clov, su criado, acompañante, esclavo, que amenaza con abandonarlo pero no lo hace; Nagg y Nell, los padres de Hamm, tullidos y confinados en sendos cubos de basura. ¿Y qué? Pues que el mundo se acaba, que estamos al final de todos los finales, y que las personas son lobos para las personas.

Como en Esperando a Godot, la otra obra maestra teatral de Beckett, Fin de partida se construye a través de los silencios, los diálogos que no lo son, los juegos en el límite de lo absurdo, la crueldad entre personajes, los sobrentendidos y los vacíos que el espectador debe intentar llenar. Al igual que en aquella, las posibles significaciones son muchas, porque el autor se cuida mucho de ofrecer respuestas ("¿No estaremos a punto de significar algo?", se pregunta un personaje); y en efecto, todo lo que vemos (ese horizonte vacío, esas relaciones de odio e interdependencia, esas historias que se entreven, y que quizás se refieran, o quizás no, a los propios personajes) pueden estar hablando del fin de la Humanidad, literalmente; o del fin de su humanidad, después de la 2ª Guerra Mundial y el Holocausto; de un mundo sin dioses ni verdades ni valores. O de otra cosa completamente diferente.

Los diálogos, o monólogos entrelazados, podríamos decir, son brillantes, a veces descorazonadores, otras divertidos, irónicos, crueles. Los personajes repiten una y otra vez las mismas frases, con o sin modificaciones ("Te dejo. Tengo trabajo", "¿Es ya la hora de mi calmante?", "Algo sigue su curso"), cumplen con rituales que parecen tenerlos atrapados (el perro de trapo, el catalejo, las historias repetidas una y otra vez). ¿Es el desenlace final equiparable al portazo de Nora en Casa de muñecas, o una rutina más que se repetirá al día siguiente? ¿Es este un día como cualquier otro, o verdaderamente asistimos al "final de la partida"?

Fin de partida está ahora de gira, en un magnífico montaje del Teatro de la Abadía, con José Luis Gómez en el papel de Hamm. Parece que Lisboa es el último punto de la gira; pero si no lo es, si siguen representándola y os queda cerca, no perdáis la oportunidad: es una experiencia teatral extraordinaria...

Otras obras de Samuel Beckett en ULAD: Esperando a Godot

miércoles, 18 de marzo de 2009

Etiquetas y fronteras

Uno de los primeros problemas a los que nos hemos enfrentado durante estos primeros quince días de publicación de este blog, ha sido el de cómo etiquetar a los autores, siempre teniendo en cuenta que la finalidad de las etiquetas es guiar al lector en su navegación por el blog. En un primer momento, Jaime, guiándose por el idioma y por lo que podríamos denominar el "sistema cultural o literario" en el que se integra, clasificó a Stefan Zweig como "literatura alemana"; Santi, en cambio, guiándose por el lugar de nacimiento, clasificó a Gustav Meyrink como "literatura austriaca". Los dos nacieron en Viena, los dos escribieron en alemán. ¿Qué etiqueta les correspondería?

Estos son solo dos ejemplos, pero los casos conflictivos son numerosísimos, y varios de ellos han aparecido o van a aparecer próximamente en el blog. Sándor Márai, por ejemplo, nació en Kassa (o Košice), en la actual Eslovaquia, pero que en el momento de su nacimiento pertenecía a Hungría, y escribió toda su vida en húngaro; Kant nació en Königsberg o Kaliningrado, en la actual Rusia, pero no creo que a nadie se le ocurra llamarle "filósofo ruso"; Augusto Monterroso nació en Honduras, se trasladó con 15 años a Guatemala, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en México. Por no hablar de autores ya clásicos como Nabokov, Beckett o Conrad, que no sólo abandonaron su país sino también su lengua materna al escribir...

Realmente, ninguna clasificación en categorías estancas logrará describir la heterogeneidad de los fenómenos literarios: ni la clasificación por idioma ni la clasificación por lugar de nacimiento (aunque la primera tiene mucho más sentido tratándose de literatura y ofrece relativamente menos problemas). Por ello, hemos optado finalmente por un criterio mixto, similar al que utiliza la Wikipedia: no elegir, sino multiplicar las clasificaciones de los autores. Así, por ejemplo, Stefan Zweig y Gustav Meyrink son "escritores austriacos", pero también "literatura en alemán".

Por otra parte, no tiene tampoco sentido ser estrictos con el lugar de nacimiento de los autores: es preferible clasificarlos en aquellas literaturas en las que se integraron o con las que se identificaron: Kant con la filosofía alemana, Márai con la literatura húngara, Beckett con la irlandesa y con la francesa... Somos también conscientes de que esta clasificación crea anacronismos, nacidos de proyectar al pasado los esquemas estatales o nacionales presentes -anacronismos comunes en la crítica y la historia literaria en general, y en los sistemas educativos en particular...-; pero pensamos que la alternativa -etiquetar a Dante como "escritor florentino" en vez de como "escritor italiano", o a Goethe como "escritor del Sacro Imperio Romano Germánico" en vez de "escritor alemán"-, aunque históricamente más exacta, dificultaba en vez de favorecer la navegación por el blog.

En todo caso, no deberíamos olvidar que la finalidad de las etiquetas en el blog -lo mismo que la de las categorías de wikipedia- es facilitar la navegación del lector; y si Samuel Beckett debe aparecer como "literatura irlandesa", "literatura francesa", "escritores en inglés" y "escritores en francés", no hay ningún problema. Después de todo, no nos cobran por cada etiqueta...

lunes, 7 de marzo de 2016

Colaboración: El canon occidental de Harold Bloom

Idioma original: inglés

Título original: The Western Canon: The Books and the School of the Ages

Año de publicación: 1994

Traducción: Damián Alou

Valoración: repugnante


Una tarea titánica la de compilar la lista de los libros imprescindibles de Occidente, lo que quiera que sea eso. Como el autor es un simple mortal, su fracaso es previsible, aunque podía haberlo sido menos de conducirse con más modestia.

Bloom es demasiado ignorante para el empeño y muestra un vicio muy presente en algunos autores de habla inglesa, considerar prioritario frente al resto lo que está escrito en inglés. Enmascaran así su flaqueza para leer en otros idiomas. Un ejemplo claro es su tratamiento de la literatura medieval: dedica un capítulo entero a glosar Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer -magnífico libro, por otra parte-, pero ignora a Boccaccio, a Juan Ruiz, a don Juan Manuel (donde podrá encontrar la semilla de La fierecilla domada de su adorado Shakespeare), la literatura de exempla y las farces, sotties y fabliaux en francés, por no seguir con la lista, todos ellos anteriores y de los cuales bebió Chaucer en abundancia.

A ver, cualquiera diría que para hacer un canon no ya occidental sino -seamos más modestos-, sólo europeo, habría que dominar el inglés, pero también al menos el castellano, el francés, el alemán y el italiano, pero no es el caso. Así que para ocultar sus carencias se refugia en la soberbia y la displicencia. Shakespeare es el mejor autor que ha pisado la Tierra. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Si un mindundi como Leon Tolstoi osa decir que todos los personajes de Shakespeare hablan igual es porque Tolstoi no sabe suficiente inglés. Y sin embargo, es cierto. Todos los personajes de Shakespeare hablan igual, una de las muchas críticas que cabe hacer al sobrevalorado dramaturgo inglés. Lo que no sucede con Calderón de la Barca, por ejemplo, donde los reyes hablan como reyes y los criados como criados. Claro, ese es el problema de los cánones, que son fruto de un lugar y una época; si lo hubiera escrito un alemán aparecería Calderón, pues fue en Alemania donde se rescató su figura después del olvido al que le condenó el tiempo y aún hoy muchas de las mejores ediciones calderonianas se hacen en territorios de habla alemana. El libro está lleno de ejemplos así. Entroniza a Samuel Beckett pero ignora la existencia del Teatro del Absurdo, como si Beckett no debiera nada a Alfred Jarry, a Dadá y su Cabaret Voltaire o a Antonin Artaud o si su obra fuese una isla solitaria sin comparación con, por ejemplo, la de Eugène Ionesco.

Por otro lado, Bloom es un resentido y lo hace notar. Para él la culpa de la decadencia en la transmisión de la literatura la tienen las feministas, los negros y los homosexuales, bien claro lo escribe. Por supuesto, no cabe un gramo de responsabilidad en profesores ignorantes y dogmáticos como él. Supongo que aquí cuentan mucho las pequeñas miserias de la vida universitaria...

Ojo, le he llamado ignorante, soberbio y resentido, pero no tonto. Tuvo la suficiente astucia para dedicar un espacio separado al catalán en su maravillosa lista y eso le valió un Premi Internacional Catalunya otorgado por la Generalitat y dotado con una muy buena bolsa...

Lo leí hace unos cuantos años, al poco de aparecer, y lo encontré un ejercicio gratuito de arrogancia. Medida por medida, no me he tomado la molestia de repasarlo.



                                                                                             Firmado: Pedro el Negro


Otros títulos de Harold Bloom reseñados en Un Libro al Día: Genios, La religión en Estados Unidos 


sábado, 7 de noviembre de 2009

250 entradas - 250 años (y II)

Y aquí, la segunda parte de la lista de "los mejores libros escritos en los últimos 250 años", con los 14 libros que aparecen en más de una lista, y que por lo tanto son, a juicio de los que hacemos este blog, "lo mejor de lo mejor":

Con 2 votos:

  • Crimen y Castigo, de Dostoievski
  • Esperando a Godot, de Samuel Beckett
  • Fundación, de Isaac Asimov
  • La peste, Albert Camus
  • Las flores del mal, Baudelaire
  • Maus, de Art Spiegelman
  • Pedro Páramo, de Juan Rulfo
  • Ulises, de James Joyce

Con 3 votos:
  • Cuentos de Edgar Allan Poe
  • Ficciones, de Jorge Luis Borges
  • La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
  • La metamorfosis, de Franz Kafka
  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Y con 4 votos, y por lo tanto elegido como "el mejor libro publicado en los últimos 250 años", Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Enhorabuena a los premiados, y como siempre, se abren los comentarios para aplaudir, completar o criticar nuestro particular "canon".

martes, 13 de septiembre de 2011

François-Marie Banier: Pasado compuesto

Idioma original: francés
Título original: Le passé composé
Fecha de publicación: 1971 en Francia; 2010 en España
Valoración: Está bien

Otro libro que cacé en la biblioteca gracias a sus lomos, anterior y posterior. En la portada, primerísimo plano, en blanco y negro, de un joven con cara de melancólico interesante, pinta de extranjero (para qué nos vamos a engañar) y frondosa melena; en la contraportada, resúmen de un argumento donde la palabra "incesto" brilla como sangre sobre la nieve, buenas palabras para el escritor y un trocito del glorioso prólogo, escrito por Louis Aragon. "Toma ya, este me lo llevo para casa", me dije. Porque la cosa prometía, ¿que no?

Para quien no lo sepa, François-Marie Banier es uno de esos franceses intelectuales, existencialistas y polifacéticos que le hacen sentirse a uno insulsa carne humana. Escritor de varias obras apadrinado en sus inicios por celebrities estilo Salvador Dalí o Samuel Beckett, amigo de cineastas y mentes brillantes de todas las áreas y actor secundario en numerosos filmes (era el secundario predilecto del peculiar Rohmer, fíjate tú), la novela que hoy nos ocupa fue su segundo engendro. La escribió con 23 otoños; la primera, con 21.

Y sí, en Pasado compuesto hay incesto, como promete su contraportada...

En el seno de una familia de franceses muy poco familiares, la bella y rarita Cécile se enamora de su hermano Olivier y aprovechando que se quedan solos una semana en su casa de la costa, dan rienda suelta a su insana pasión mezclando sexo desenfranado con extraños juegos más propios de niños (al leer estas páginas no pude evitar acordarme de los Soñadores de Bertolucci que, por cierto, no me gustó nada de nada). Pero luego Olivier, frágil y aún más peculiar que Cécile, no aguantará tantas encontradas emociones y se suicidará. Poco tiempo después, Cécile, aún obsesionada por el fantasma de su hermano/amante, inicia una extraña relación con un apuesto pero trepa muchacho (apunte: la familia de Cécile está montada en el dólar) al que quiere transformar en una suerte de sosias de Olivier, un poco en la línea del Vértigo hitchcockiano...

Termino dejando claro que para mí Pasado compuesto es una novela corta, ágil, apasionada y muy bien escrita, pero algo sobrevalorada y no lo suficientemente armada y densa como para ser recomendada. Quedémonos en que está bien y ya verán los lectores de esta reseña si desean adentrarse en los tumultuosos territorios que contiene esta obra de Banier.

PD: como se puede comprobar una vez más, en ULAD no hacemos ascos al incesto literario...

miércoles, 28 de agosto de 2024

José Sanz: Duelos patológicos

Idioma original: Español  
Año de publicación: 2024
Valoración: Está bien

Duelos patológicos es un volumen que recopila cinco textos de José Sanz. Aunque misceláneo en cuanto a formatos y registros (aglutina cuatro relatos y una obra de teatro en tres actos), guarda bastante coherencia tonal y temática. Al fin y al cabo, abunda en humor y explora cómo distintos personajes gestionan sus respectivos duelos (la muerte de alguien cercano, la agónica decadencia de su afición, una ruptura amorosa...).

En "El hombre más rico del país", aquel que da nombre al relato, que es también el ser humano más odiado del país, obliga a su gestor patrimonial a seguirle en una alucinante empresa. En "El gran reemplazo", un anciano se niega a aceptar que el fútbol ya no le interesa a nadie. En "Su indiferencia me da ganas de romper cosas" (la obra de teatro), un cura a tiempo parcial es llamado para efectuar un exorcismo. En "La vía diplomática", un ser humano divorciado interactúa con un pasillo cuyas paredes y techo tienen pelo. En "Líneas rojas", un autónomo que trabaja desde casa se obsesiona con un televisor que parece mostrarle a sí mismo con la que fue su ex.

De los textos de Duelos patológicos destacaría la excentricidad de sus premisas y, sobre todo, la eficacia de su antes mencionado sentido del humor. Y es que el humor de Sanz, aunque más cándido del que yo acostumbro a leer, nos saca una sonrisa de vez en cuando y tiene ocasionales destellos de genialidad. Donde brilla más es, a mi juicio, en "Su indiferencia me da ganas de romper cosas", cuya lógica absurda y diálogos estrafalarios recuerdan al Esperando a Godot de Samuel Beckett o al Otoño en Pekín de Boris Vian. 

Quizá esta pieza teatral se alargue más de la cuenta, por cierto, pero en general deja un buen sabor de boca. Aunque también me gustaría verla representada, me satisface haberla leído (¿de qué modo si no hubiera podido experimentar sus hilarantes acotaciones?).

A Duelos patológicos le achacaría dos pegas. 

  • Que su estilo, aunque funcional, podría depurarse. En "El hombre más rico del país", por ejemplo, hay un par de imágenes que la prosa de Sanz no plasma nítidamente, por lo que al lector le cuesta visualizarlas. Asmismo, en "La vía diplomática" encontramos varias oraciones cuya redacción y estructura resulta un tanto confusa: «Del Campamento como tal no recuerdo gran cosa de mi estancia» o «Echo de menos muchísimo eso», entre otras.
  • Que las ideas que sustentan sus textos podrían haberse exprimido más. El niño enfermo de "El gran reemplazo" cumple su función, no lo niego, pero se siente algo desaprovechado. Idéntica impresión me suscita el «Campamento» de "La vía diplomática".

Sea como fuere, Duelos patológicos es una antología disfrutable. Su heterogeneidad, sus modestas pretensiones, sus conceptos extravagantes y su logrado sentido del humor menguan sin duda sus posibles defectillos e imperfecciones.

martes, 16 de agosto de 2011

Jorge Luis Borges: Autobiografía

Idioma original: inglés
Título original: Autobiographical Essay
Fecha de publicación:
1970
Valoración: muy recomendable

Sí, sí, habéis leído bien. Idioma original: inglés. Todo buen borgiano sabe que por las venas de Borges corría también el inglés; su padre daba clases en este idioma, que era la lengua materna de su madre (abuela de Borges), y el propio escritor aseguraba a veces en broma (o no se sabe si en serio) que él había leído el Quijote, por primera vez, en una traducción inglesa. Pues bien, con todo ese bagaje no sorprende saber que Borges hablaba inglés perfectamente y que incluso se atrevió a escribir alguna cosa. Los magníficos Two English poems, por ejemplo.

En este caso, se trata de un texto concebido originalmente en inglés, y dictado en esa lengua a quien fue su traductor e introductor en EEUU: Norman Thomas di Giovanni. El ensayo autobiográfico fue publicado en 1970 en The New Yorker, y poco después se añadió como introducción de la versión inglesa de El Aleph. Quiere esto decir que uno no puede esperar alguna suculenta y morbosa confesión en un texto con tan oficiales propósitos. De hecho, quien haya visto las míticas entrevistas a Borges en el programa de TVE A fondo, y conozca bien su obra, apenas aprenderá nada nuevo con este libro.

Eso sí, disfrutará de la ventaja de tenerlo todo escrito juntito y en orden, y con la magnífica prosa de Borges (que los traductores al español, el propio di Giovanni y Marcial Souto) han sabido conservar (o crear, es curioso...). El recorrido por la vida de Borges se detiene 16 años antes del fin, claro está, pero justo en un momento en que le está llegando al escritor una fama inesperada. El pistoletazo de salida fue la concesión del recién creado premio Formentor en 1961, ex aequo con Samuel Beckett. A partir de ahí, invitaciones a universidades de todo el mundo, viajes, premios, condecoraciones...

Otras obras de Jorge Luis Borges en ULAD: Aquí

domingo, 10 de junio de 2012

Carlos Granés: El puño invisible

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Imprescindible para los que quieran entender algo del arte actual.



¿Cómo hemos llegado a esto? me preguntaba delante de algún cuadro o performance en alguna icónica galería, o recorriendo algún emblemático museo de arte contemporáneo. También leyendo en prensa las vertiginosas cifras que se pagan por… ¿nada?

Desde Duchamp, que al exponer aquel orinal hace poco menos de un siglo, abrió las puertas a la relativización de los criterios proclamando que todo vale en el ámbito del arte siempre que lo avale el propio artista, el subjetivismo más absoluto se ha extendido sin límites. Nadie discute ya que el valor artístico radica en el propio criterio, y eso ha conducido a la banalización. Artes plásticas y literatura, debido a las diferencias en la fisonomía de sus respectivos circuitos económicos, han seguido caminos diferentes para llegar al mismo resultado. Las primeras, salvo muchas y honrosas excepciones, lo que pretenden es escandalizar todo lo posible para entrar en los museos y poner los precios por las nubes, la segunda baja sus exigencias para llegar a un público, más y más conformista a medida que se le exige menos esfuerzo.

Una obra extraordinariamente bien documentada, argumentada con precisión y claridad utilizando una prosa concisa y enérgica que obtuvo el año pasado el Premio Isabel Polanco. Su autor, sin guiarse exclusivamente por criterios cronológicos, distingue entre un primer y un segundo tiempo artísticos. Éste es la madre de todos los desmanes, aquél – que ocupa la mayor parte del libro – engendró los movimientos que contribuyeron a eliminar el academicismo excesivo y renovaron los lenguajes considerados hasta entonces inamovibles. Hay que tener en cuenta que Granés se refiere, en primer lugar, a aquellas obras o acciones que supusieron una transgresión total en su época y, en tiempos más recientes, a aquellas cuya calidad es, como poco, discutible. Por eso no menciona a Picasso ni a ningún creador plástico que merezca recuerdo, o pone en tela de juicio a los Sex Pistols y a ninguna otra figura del rock, o se refiere a ciertas representaciones escénicas, nunca al teatro de Darío Fo o de Samuel Beckett. Su análisis se centra en el sector que, en su opinión, ha conducido al arte a un callejón sin salida. A las obras que, transgrediendo las acartonadas normas de un momento dado, abrieron el camino a un arte distinto o fueron ellas mismas materia artística, no tiene nada  que oponer.

En arte, por el trillado (sí, trillado) camino de la transgresión, lo hemos visto absolutamente todo: objetos cotidianos expuestos y pagados como genialidades gracias a interesadas justificaciones retóricas, basura, excrementos, animales muertos, mutilaciones y automutilaciones, mediocridades de grupos en alza. La revolución de las costumbres y el derecho a divertirse son producto de aquellas primeras conquistas, hoy no tiene sentido justificar determinadas obras con el pretexto de que están reivindicándolas. Sólo queda innovar de verdad con productos surgidos, como él mismo señala, del talento y del esfuerzo, emprender de nuevo el camino creativo, abandonado en líneas generales hace tanto tiempo, cotizar al alza los auténticos valores, diferenciarse de la telebasura. En suma, volver a conectar con la sensibilidad del ser humano y no sólo con las cuentas corrientes.

Granés es valiente. Siguiendo el ejemplo de los representantes de las primeras vanguardias  – esos aguerridos polemistas que se negaron a aceptar sin más los pesados esquemas de la cultura oficial – piensa que, para dar un vuelco a todo esto, lo primero que hace falta es no callarse. Son pocos los que se atreven a decir lo que piensan por miedo a quedar en ridículo. Y porque, además, ellos son los que saben. Pero ¿quiénes son esos ellos que gestionan el mecanismo del alza en la cotización de las obras, que comercian con prestigios y desprestigios, que fabrican, según convenga, criterios de calidad? En lo que Granés define como primer tiempo, los propios artistas, en la actualidad los conservadores y comisarios. En cualquier caso, ninguna mano inocente. Por mi parte, no tener en cuenta lo que he aprendido y lo que el sentido común me indica, tras años de lecturas, reflexiones y debates, para creer ciegamente lo que los actuales gurús proclaman a los cuatro vientos es algo que ni puedo ni quiero hacer. Este ensayo, por la información que aporta y, sobre todo, porque facilita la contextualización de datos dispersos, demuestra que ni deciden los más competentes ni los elegidos para elevarse a las alturas poseen necesariamente más meritos. He aquí sus últimas palabras:
"... me atrevo a decir que el engaño del arte contemporáneo no va a durar mucho más. Quienes invirtieron grandes sumas en tiburones, mojones y fluidos corporales, acabarán perdiendo su inversión y se quedarán con materia orgánica en descomposición, sin valor económico ni artístico. En cuanto a la literatura, resulta más difícil especular, pero me niego a pensar que la historia consagre a contadores de trivialidades o a falsos profetas de lo cool, esa bruma inocua que lo recubre todo de banalidad multicolor. ¿Puede la civilización vivir sin artistas ni escritores que escarben en sus entrañas? Tal vez por un tiempo, pero no indefinidamente. La única forma de no ser un pesimista cultural es confiar en que así sea."

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos: 'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos: 'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política: 'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética: 'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año: 'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      lunes, 15 de mayo de 2023

      RESEÑA + ENTREVISTA: Una canción para deshacer el mundo, de Brian Evenson

      Idioma original:
      Inglés
      Título original: Song for the Unraveling of the World
      Traducción: José Ángel De Dios
      Año de publicación: 2019
      Valoración: Recomendable

      Una canción para deshacer el mundo, antología de Brian Evenson, compila historias de distinta extensión; historias con premisas o planteamientos creativos e interesantes; historias que comparten atmósferas, temas e intenciones, pero que al mismo tiempo son gratamente diversas.

      Es verdad que algunas evocan a otros escritores; incluso las hay que homenajean de forma explícita a, por ejemplo, H. P. Lovecraft. Sin embargo, Evenson tiene por lo general una voz y un estilo marcadamente personales. 

      La mayoría de sus textos me han gustado, pues suelen ser originales y eficaces. Mis favoritos son, empero, esos en los que lo cotidiano se tiñe de extrañeza e inquietud: un padre que busca infructuosamente a su hija en el cuento que da nombre al conjunto; el perfeccionismo malsano de un director de cine en "Sonido ambiente"; la experiencia de estar en una relación que no te llena en "Camisas y pieles"; la búsqueda de respuestas en "La espuma de las moscas"...

      Evenson despunta en la creación de protagonistas no fiables. No es sólo muy bueno a la hora de retarar a esa clase de personajes, su caótica psicología y sus atormentadoras obsesiones; también sobresale al emplear diversos recursos expositivos o dar pequeñas pistas argumentales para que el lector les cuestione.

      Asimismo, sorprende la facilidad de Evenson para la imaginería terrorífica. El autor es capaz de diseñar a seres espeluznantes (el terapeuta nocturno de "Nacido Mortinato"; el hombre del traje dorado de "Un mundo resplandeciente"; la entidad parasitaria de "El agujero"...). Con idéntica maestría es capaz de urdir escenas cuyas implicaciones le ponen a uno la piel de gallina. 

      Quizá el texto menos convencional del conjunto es "Advertencia de contenido sensible", una hilarante gamberrada que se mofa de los trigger warnings. No le van a la zaga en lo que a rareza respecta otras piezas, que a pesar de catalogarse con holgura dentro de lo que conocemos como narrativa, siguen partiendo de ideas muy locas, como "La segunda puerta".

      En resumen: Una canción para deshacer el mundo es una colección de género tan ecléctica como satisfactoria. Aunque debo advertir que su aproximación al terror suele ser más sutil de lo habitual, en la línea de Thomas Ligotti. Además, aviso que muchas de sus ficciones son bastante abiertas, de modo que pueden decepcionar a los lectores que prefieren que se les dé todo masticado. Sea como fuere, Evenson es, a mi juicio, un gran escritor, a quien me alegro de haber conocido.



      ***********************


      A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Brian Evenson ha respondido con suma amabilidad:

      ULAD: ¿Cuál es tu relación, en tanto que autor, con H. P. Lovecraft? Me ha parecido que lo referencias varias veces.

      B.E.: Ciertamente, he escrito unas cuantas historias que dialogan con su obra (normalmente para revistas y antologías relacionadas con él). No leí nada suyo hasta que cumplí los 30. Sabía de su existencia, por supuesto, y muchísima gente me lo recomendaba, pero entonces me consideraba un escritor más literario que de género (pese a que mi obra tenía un fuerte componente horrorífico). Me impactaron especialmente El que susurra en la oscuridad y En las montañas de la locura. 

      ULAD: Además de Lovecraft, ¿qué otros escritores te inspiran? ¿Edgar Allan Poe, Richard Matheson, Shirley Jackson, Stephen King, Clive Barker o Thomas Ligotti, quizá?

      B.E.: Sin duda, Poe. Mi madre me leía sus historias cuando era pequeño, antes de irme a dormir, así que me han quedado grabadas. También Jackson y Ligotti han sido bastante importantes para mi carrera.

      Al igual que Lovecraft, no leí a Matheson, King o Barker hasta ser mayor. Aunque los admiro, no considero que me hayan influenciado. Peter Straub, en cambio, sí. Y Robert Aickman; de él es de quien he aprendido más cosas. 

      Otros autores que me gustan son Guy de Maupassant, M. R. James, Algernon Blackwood, Arthur Machen, Lucius Shepard, Paul Bowles, Franz Kafka y Samuel Beckett. 

      ULAD: ¿Crees que los escritores de terror moderno han introducido novedades en el género? 

      B.E.: Sí, pienso que los escritores contemporáneos de terror están logrando expandir el género. Sobre todo los jóvenes, pues arriesgan más. Además, cuando el horror se globaliza,  tiene a representantes cada vez más diversos: autores como Victor LaValle o N. K. Jemisin se adueñan de lo lovecraftiano y lo desplazan en direcciones inéditas, la filipina Kristine Ong Muslim narra desde la perspectiva de vivir en un sitio amenazado por un cambio climático que Occidente decide ignorar, Stephen Graham Jones entrega una perspectiva indígena y Attila Veres mezcla su experiencia en Hungría con sus lecturas americanas.

      ULAD: Me encanta cómo presentas personajes totalmente enajenados al lector. A la hora de crearlos, ¿te basas en enfermedades mentales existentes?

      B.E.: He investigado mucho en los campos de la psiquiatría y el psicoanálisis, y he sido cercano a gente con enfermedades mentales. También me he documentado sobre la psicopatía (incluso he conocido, lamentablemente, a un par de psicópatas). Además, imparto una clase sobre las representaciones de la locura en la literatura, así que le he dado muchas vueltas al asunto.

      Personalmente, creo que las enfermedades mentales, en general, no son tan inequívocas y definidas como la teoría dice, y que muchas de ellas se ignoran completamente. Es por esto que, en mi ficción, intento representarlas con toda su complejidad y confusión.

      ULAD: ¿Qué opinas de la implementación de trigger warnings en la ficción? Tu relato titulado "Advertencia de contenido sensible" parece una crítica gamberra y políticamente incorrecta a la gente que los demanda.

      B.E.: En realidad no me opongo a los trigger warnings, pero pienso que deberían situarse al final del texto, en vez de al inicio. De este modo, la gente que los quiera conocer puede localizarlos fácilmente, y los que no, no se topan con ellos involuntariamente.

      El motivo por el que los rechazo al inicio del texto es porque modifican la manera en que el lector aborda una historia: éste se prepara. Aunque entiendo que mi nivel de tolerancia es altísimo, pues jamás he leído nada y pensado luego: ¡ojalá un trigger warning me hubiera advertido de esto!

      Cuando enseñaba en la Brown University teníamos una política: en las clases de escritura creativa se leerían cosas incómodas, pero, en si era necesario, uno podía parar en cualquier momento. Un colega del trabajo opinaba que si te resulta problemático leer sobre algo, probablemente estés reprimiendo un trauma que debes tratar con un profesional y que, por tanto, ignorar en la ficción temas de ese tipo es contraproducente. Más o menos concurdo con él: la ficción tiene que provocar.  

      "Advertencia de contenido sensible" es una especie de crítica juguetona con la idea de los trigger warnings. Se me ocurrió porque uno de mis estudiantes insistía en usarlos hasta límites absurdos; ¡los suyos eran innecesariamente específicos! 

      ULAD: Has ganado varios premios a lo largo de tu carrera. ¿Hay alguno del que te sientas particularmente orgulloso?

      B.E.: Me hizo muy feliz el Premio Shirley Jackson por "Una canción para deshacer el mundo", ya que había sido nominado hasta en seis o siete ocasiones en ese certamen pero nunca lo había ganado.

      domingo, 9 de agosto de 2020

      James Joyce: Finnegans Wake


      Título original: Finnegans Wake

      Idioma original: inglés (¿)
      Traducción: Marcelo Zabaloy
      Año de publicación: 1939 (en castellano, 2016)
      Valoración: Necesario, agotador, cruel, inolvidable

      Las expectativas

      Lleva rondando mi cabecita la idea de leer Finnegans Wake desde que me enteré que existía un tal James Joyce, allá por mis diecisiete años o así (no ha pasado tanto tiempo, aunque sí más que en el caso de Oriol, y suficiente para que esta lectura postergada se fuese convirtiendo en algo parecido a una obsesión; pero sigamos). Este caballero, Joyce, había escrito cosas increíbles que fui leyendo una tras otra, pero por ahí andaba el monstruo, su obra cumbre, ese tocho esquivo al que dedicó más de quince años de trabajo. Un libro inclasificable que nadie había sido capaz de traducir completo al castellano, lo que era un síntoma preocupante pero que no hacía más que aumentar mi expectación. Nadie lo había traducido hasta que llegó Marcelo Zabaloy.

      La traducción

      Muchos (bueno, algunos que se atrevieron) había fracasado en la empresa. Por ejemplo, Salvador Elizondo se pasó no sé cuánto tiempo elaborando una traducción anotada y abandonó el trabajo cuando concluyó… la primera página. Por lo visto Zabaloy no le vio tanta dificultad al desafío, y lo terminó en unos cinco años. Hay toda una historia en torno a esos intentos de traducción, parte de la cual puede encontrarse por ejemplo aquí. El caso es que hay que hablar más de versiones que de traducciones, porque el libro está cuajado, línea por línea, de incrustaciones de otras lenguas y jergas, infinitos juegos de palabras, dobles sentidos y locos neologismos que multiplican hasta el infinito las posibles interpretaciones. El sitio web FWEET reúne más de 80.000 anotaciones sobre el Finnegans, y hay montones de libros escritos en torno a este fenómeno. De forma que, como seguramente hizo Zabaloy al traducirlo, al leerlo también habrá que utilizar un código diferente al habitual.

      El libro

      Como digo, las 628 páginas de Finnegans Wake son un torrente continuo de todos estos elementos que acabo de citar, mezclados, superpuestos, exhibidos sin tregua, hasta hacer el texto irreconocible, pantanoso, laberíntico. Como se puede suponer, tampoco es posible hacer una sinopsis normal. Por hacernos una idea mínima, se puede decir que se parte de la muerte del albañil Finnegan y su posterior velatorio, aunque eso es casi lo de menos, porque pronto revive y se transforma en el tabernero Earwicker. O tal vez es Earwicker el que sueña su propia muerte como Finnegan, porque el personaje es a fin de cuentas el protagonista de una vieja balada irlandesa. Podríamos decir que Earwicker es condenado por algún motivo que no conocemos y con todo ello se relaciona una misteriosa nota que desentierra una gallina. Pero también sabremos de su mujer, Anna Livia Plurabelle, y de sus dos hijos... y un millón de cosas más, con la presencia permanente de tres elementos esenciales: Irlanda, la religión y el sexo. Un millón de cosas que apenas intuimos, sumergidas en un colosal marasmo léxico al que luego me referiré. Se intuye que Joyce habla al mismo tiempo desde lo real y lo onírico, y el lenguaje y la lógica de los sueños (inestables, intuitivos) impregnan todo el libro. Los personajes se trasmutan unos en otros, aparecen y desaparecen o cambian de nombre, se encarnan en héroes y se materializan en paisajes, hay escenas que se repiten, sonidos que las interrumpen y evocan momentos pasados o futuros, guiños metaliterarios. Todo parece un gran chiste, una genialidad, una puta locura.

      La experiencia

      Esas etiquetas que tan poco usamos en el blog, Experimento o Artefacto literario, tienen aquí todo el sentido. El Finnegans es, en opinión de casi todos los que lo han leído, y yo lo corroboro en la medida de mis limitados conocimientos, el libro más extraño, complejo y hermético que nunca se ha escrito. Y sin embargo las sensaciones no son exactamente lo que puede esperarse. Se puede pensar que uno encara la lectura un poco por curiosidad y, visto lo que tiene delante, lo más probable es que enseguida deseche el libro, exasperado por no entender nada, o casi. Pero no necesariamente es así. Como decía antes, conviene deshacerse de prejuicios, abrir la mente y utilizar otras herramientas. Samuel Beckett recomendaba leerlo en voz alta, pero sin llegar a tanto, puede ser recomendable dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad del texto y, una vez integrados en ese fluir, ver cómo la información permea en la consciencia. El peso de la entonación y los sonidos tiene gran importancia por ejemplo en ciertos textos literarios árabes y, a veces de forma inconsciente, es también relevante cuando leemos poesía. Resultando imposible detenernos en cada escollo (porque no terminaríamos nunca, ni llegaríamos a superar más que un puñado de ellos) esta forma de lectura me parece la más útil (y menos dañina para la salud).

      Claro está que en este caso el éxito dependerá en buena parte de que el traductor haya sido capaz de transmitir los valores del original. Eso ya no me siento capaz de valorarlo en absoluto, aunque sí me suscita algunas dudas. En parte porque a veces el texto suena un poco a traductor de Google, dicho sea con todo el respeto. Y también porque he comparado algunos párrafos con otras traducciones y algunas cosas parecen no encajar del todo. Pero en fin,  la empresa es tan descomunal que no cabe más que admirar a este Zabaloy que ha conseguido llegar al final y, además, es lo que tenemos si queremos leerlo en castellano.

      Con todo, la sensación es un poco la de un paseo por el monte en un día de niebla. No disfrutamos del paisaje, pero vagar entre la bruma tampoco resulta del todo desagradable. Solo hay que verlo con otros ojos: sentir el fresco, el aire de misterio, el reto de encontrar el camino, y de vez en cuando notamos que se abre una pequeña ventana de luz y nos sorprendemos al ver el peñasco, los árboles, quizá un trozo de panorámica en alguna dirección. Así, somos medio conscientes de la desgracia del pobre albañil, asistimos a una singular borrachera de su sosias, conocemos algún tipo de rivalidad entre sus dos hijos, o entrevemos algunas experiencias sexuales (varias, reales, soñadas o deseadas, no sabemos). Cosas así, esporádicas, que asoman brevemente entre el enorme desparrame lingüístico, y son un alivio, un pequeño premio, porque también dejan ver la genialidad del autor y disfrutar de momentos brillantes cuando se aligera de trucos retóricos. Y es que, digámoslo ya, esto no es una lectura sino más bien una inmersión, una experiencia.

      Se podrá plantear si todo esto tiene realmente sentido, y de hecho algunos de los mayores valedores de Joyce pensaron que había perdido el juicio o que simplemente se le había ido la mano. Yo creo que desde luego el Finnegans tiene un valor inmenso, porque qué sería del arte si no hubiese gente decidida a explorar sus límites y a transgredirlos, y con talento para hacerlo. Tampoco una pintura abstracta representa cosas y no por ello parece razonable despreciarla sin más. Aquí se juega con otras reglas y no se puede mirar bajo los criterios habituales. El problema, claro está, es que hablamos de medios muy diferentes: una pintura la observamos durante unos segundos, hasta algunos minutos, pero leerse las seiscientas páginas del Finnegans lleva muchas horas. Así que, en su inmenso esfuerzo de años y su estratosférica creatividad, a lo mejor Joyce se olvidó de algo que puede tener cierta importancia hablando de un libro: el lector.

      Otras obras de James Joyce en ULAD: Ulises, Dublineses, Exiliados, Retrato del artista adolescente

      miércoles, 28 de diciembre de 2022

      ULAD 5000 versión Deluxe (anecdotario)

      Hace algunas semanas celebramos aquí mismo la publicación de nuestra entrada número 5.000 Desde entonces hemos recibido la felicitación de mucha gente, empezando, claro está, por quienes comentaron la efemérides en el propio blog y en nuestras redes sociales. Fuera de los focos recibimos también la enhorabuena y saludos de distinto carácter procedentes de gentes de la literatura (editores, autores, etc.), pero también de la crítica literaria, de los medios de comunicación, incluso de la política y, oh sorpresa, del mundo del deporte. A todos ellos agradecemos la atención y el interés que nos han prestado

      La época navideña nos ha parecido un buen momento para terminar de recopilar y ordenar esta apreciable cantidad de mensajes, y ahora mismo tenemos el placer de compartir con los lectores algunos de ellos, los que por alguna razón nos han parecido más llamativos, En la mayoría de casos hemos pedido autorización para poder hacerlos público, pero hay que reconocer que no en todos:

      Óscar López (Página 2): "Felicidades por vuestra permanente huida de la mediocridad, por la acertada combinación de autores estrella y nuevos talentos, por seguir sorprendiendo al lector cada semana."

      Santiago Muñoz Machado: "Desde una institución centenaria como la RAE, un afectuoso saludo para estas nuevas formas de expresión del siglo XXI."

      Risto Mejide: "Constancia, perseverancia e irreverencia no exentas de calidad. ¡Para mi sois un sí, chicos!"

      Tongoy: "Parece que no os cansáis, eso está bien. Seguid con vuestro buenrollismo beatífico, a ver si llegáis a 10.000 o a 50.000, y algún director de suplemento cultural os pone una columnita semanal. Vuestra vocación es la de estómagos agradecidos, vais por buen camino. Yo sigo por el mío."

      Alberto Olmos: "No me gusta la literatura española publicada en 2022, no me gusta la crítica literaria predominante y no me gustan los blogs, pero vuestras reseñas son una referencia (aunque no tanto como mis afiladas columnas)."

      Michel Houellebecq: "La poca esperanza de salvaguardar la cultura occidental está en manos de personas como vosotros, aldea gala frente a la multiculturalidad uniformadora."

      Carles Francino: "Una gente estupenda. Tuvieron la gran deferencia de venir a La Ventana y, sin duda, esa entrevista será el toque de calidad que servirá para proporcionarnos el próximo premio Ondas. Se lo dedicamos desde ya a Un Libro Al Día."

      Arturo Pérez-Reverte: "Espléndido blog, sin las mariconadas ni blandenguerías de esos 'wokes' y ofendiditos que avergüenzan a esta pobre España, hijos ingratos de una madre resignada, pero siempre digna."

      Benjamín Prado: "Mira que le dije a Francino que no os llamara, que le ibais a robar el programa... (bueno, vale, a mí)."

      La Sexta: "Gracias por vuestra eterna inspiración."

      Rosalía: "Una motomami siempre lee Un Libro al Día pa que parezca que se lo ha leído tó."

      Telecinco: "¿Un "qué" al día?"

      Lucía Etxebarria: "Un Libro al Día es un gran blog, pero porque plagia mi propio blog, 'Con Lucía, un libro cada día'. Es cierto que el blog no he llegado a hacerlo, pero la idea era mía."

      Paulo Coelho: "Felicitaciones y bienvenidos seáis, uladianos, si es que en estos años habéis conseguido aproximaros a la Vida Pura. Mirad en vuestro corazón y tal vez veáis alguna mancha, alguna pequeña injusticia cometida contra el inocente (y no voy a personalizar, no). No debéis temer. Si el Camino es recto, aunque no lo creáis, veréis enseguida la Luz, el daño será perdonado y volveréis a estar en comunión con Todas las Cosas."

      Mariano Rajoy: "Un libro al día son 365 (o 366) libros al año, lo cual no es una cosa menor. Ni mayor. Después de un día viene otro día. Con una noche por medio, dirán algunos. Y es verdad. Por tanto, felicidades a ULAD por las más de 5000 reseñas y los más de 5000 días y 5000 noches."

      Irene Montero: "He abierto expediente informativo para determinar si en ese blog se respeta la paridad de libros escritos por mujeres (que creo que no), si se presta suficiente atención a las personas del colectivo LGTBIQ+ y especialmente a las personas trans, y para tener constancia de si la proporción de reseñistes es también paritaria, lo que sospechamos que tampoco. Tomen nota y vayan corrigiendo sus micromachismos porque lo exigiremos con toda firmeza."

      Benjamín Prado: "¿Sabéis el chiste aquél de la enfermera y el loro?"

      Haruki Murakami: "Cuando vuelvo cada día de correr, después de una relajante sauna finlandesa y un exquisito té verde, me gusta sentarme a leer la reseña de Un Libro Al Día, mientras oigo algún disco de suave y melancólico jazz. Me resultan encantadoramente ingenuos, sobre todo porque se empeñan en reseñar los libros de Ryūnosuke pensando que son míos y siempre le ponen una buena valoración."

      Santiago Abascal: "Esta gente no parecen muy buenos españoles y, sobre todo, les gustan demasiado los libros, pero, al menos, seguro que son de los que madrugan, aunque sólo sea para llegar a tiempo con sus reseñas."

      Elon Musk: "Cuánto me pagaríais por la marca azul?"

      Felipe VI: "Todos los españoles merecen una buena reseña. Los Borbones, una mejor."

      Donald Trump: "Creo que sois buenos muchachos, pero a mí no me engañáis... ¿Cinco mil entradas? ¿Quién se va a creer que existen cinco mil libros diferentes? De todas maneras, me han dicho que no estáis en Truth Social, eso sí que no puede ser. ¡Venga, venid para acá, será salvaje!"

      Vladimir Putin: "El bombardeo de Kharkov de la 00:00 horas y la reseña de Un Libro Al Día de las 12:00 son las dos constantes que marcan mi férrea rutina diaria. Bueno, y el paseo a media tarde con el torso desnudo sobre mi fiero oso Anatol, pero eso lo hago mas por él que por mí."

      Samuel Beckett: "Lo leíste. Lo reseñaste. Da igual. Vuelve a leerlo. Reseña otra vez. Reseña mejor."

      Don Quijote: "Ah, hideputas, y cómo reseñades. Ríndovos pleitesía por tan tremenda fazaña. Desde Merlino el Reseñador no se veía tamaña labor y tan gratamente desenvolvida. ¡Albricias!"

      Leo Messi: "¿Qué leés, bobo? ¿Qué leés, bobo? ¡Andá a leer las reseñas de Un libro al día, bobo! ¡Andá a leerlas!"

      Benjamín Prado: "¡Hablando de argentinos! ¿Os acordáis de la frase de Cortázar?"

      Plataforma de Escritores Afectados por las Malas Reseñas: "Aficionaduchos" , "No tenéis ni idea", "No habéis entendido mi obra", "Vais de algo"... (extraídas al azar entre seis folios de dedicatorias y tres de amenazas)"

      lunes, 5 de abril de 2021

      Juan Benet: En el estado

      Idioma original: castellano

      Año de publicación: 1977

      Valoración: Raro


      No sé si con Juan Benet estoy empezando a deslizarme hacia el completismo, eso de leerse cualquier cosa que haya escrito un cierto autor, y que es algo que en realidad me repele un poco. Y eso que ni mucho menos he leído todo (ni casi todo) lo publicado por el autor madrileño, pero me he sentido en riesgo de caer en ese vicio al toparme con esta novela, que es sin duda una obra menor, y además extraña a lo que yo consideraba el mundo literario de Benet, incluso a su estilo, sus personajes, sus atmósferas.

      La verdad es que llegué a esta novela (por llamarla de alguna manera) de forma casual, y me llamó la atención porque nunca había oído hablar de ella y por ese título que, si nos olvidamos de la minúscula, parece más propio de un ensayo político (me recordó al difícil Jellinek). Pero no, es una especie de novela corta que, como decía, se aleja por completo de todo lo que conocía de este autor. En el estado es una narración algo caótica, con un tono sarcástico y desinhibido, que cuenta (es un decir) el encuentro de tres personajes que paran en una especie de mesón tras un viaje en autobús. Es en principio el clásico escenario de los viajeros que matan el tiempo de parada contándose cosas, aunque en realidad es la mujer prácticamente la única que refiere algunas historias personales. Relatos claro está completamente disparatados, casi siempre de índole sexual, que se sirven entremezclados con cosas sin conexión aparente, como largas exposiciones, algunas dramatizadas, sobre extrañas estrategias bélicas en la guerra franco-prusiana, complicadas digresiones filosóficas, o una hábil parodia sobre la creación literaria en la que medio mundo queda paralizado en la búsqueda de una única palabra que un misterioso autor necesita para continuar su obra.

      Y como esto, todo lo que vamos descubriendo tiene tintes de farsa: el mismo ambiente y algunos personajes informes hacen pensar en el esperpento de Valle-Inclán, pasajes de apariencia onírica tienen ecos surrealistas, la estaticidad y el sinsentido de los protagonistas y sus diálogos recuerdan a Beckett, y hasta hay un par de pasajes en que Benet parece parodiarse a sí mismo. Todo ello, eso sí, sin perder en ningún momento de vista esa prosa compleja pero en mi opinión especialmente brillante, capaz de emocionar con la sola mención de un árbol solitario o de arrastrar al lector a una ciénaga de sensaciones contradictorias. O de conseguir esta imagen lúbrica nada menos que del mar Mediterráneo:

      'Ese aparentemente apacible pero inquieto, tortuoso y multiforme mar interior, esa líquida lengua que al penetrar, invadir y sellar las profundas invaginaciones a que diera lugar la separación de los tres continentes históricos engendrará en las interioridades de cada seno y de cada golfo, las más delicadas, perversas, sugerentes y nocivas delicias de que puede presumir nuestra moribunda civilización'

      No solo la forma, también la capacidad narrativa de Benet tiene destellos extraordinarios cuando relata una absurda guerra en la que el enemigo nunca se defiende, de forma que el invasor avanza en busca de algún contendiente encontrando pueblos cada vez más lejanos y extraños, toda una demostración de que cuando quiere también sabe narrar de una forma nítida y lineal. Sin olvidar tampoco esos crípticos pero geniales juegos de palabras, como el del mismo título (una acepción en desuso de estado es la de un figón o posada), o el más increíble de uno de los capítulos, Fármaco con olor a vid, que es en realidad un ingenioso anagrama de la frase Cómo olvidar a Franco. Y seguramente descubriríamos mil juegos, alusiones y equívocos más si fuéramos capaces de (y tuviéramos humor y conocimientos para) desentrañar el texto completo.

      Yo creo que está bastante claro que este libro fue un simple entretenimiento, el pasatiempo de un escritor enorme que por ese tiempo debía estar sumergido en la redacción de Saúl ante Samuel, puede que su obra más compleja, que ya es decir, publicada un par de años después. Y puede que en el fondo  se encuentre también aquella reflexión que exponía en La inspiración y el estilo, según la cual (cito de memoria y aprox.) una vez conseguido un estilo personal, el autor puede librarse de la atadura del componente informativo del relato (argumento, desarrollo, desenlace) o, lo que es lo mismo o se parece bastante, tiene licencia para desparramar y lanzarse en varias direcciones sin importarle demasiado lo que piense el lector. O así lo interpreto yo al menos.  Así que el libro es un poco como el pintor que se distrae improvisando una cosa ligera con sus pinceles usados, se libera la mente y disfruta un rato de total libertad, lo que crea es algo muy diferente de aquello a lo que dedica su trabajo, pero no por eso deja de tener su sello personal.

      Así que tenemos varias perspectivas. Si pensamos en un lector digamos normal, puede tener cierto interés si lo que busca es algo un poco loco, fuera de los cánones aunque bien escrito. Si por el contrario es usted fan declarado de Benet, adicto a la severidad y los misterios de Región e incondicional de esa atmósfera donde el tiempo pierde su secuencia lógica, sin muchas ganas de reírle las gracias al genio cuando le da por ponerse chistoso, igual mejor que no lo intente.


      Otras obras de Juan Benet en ULAD: Volverás a Región, Nunca llegarás a nada, El aire de un crimen, Sub rosa, En la penumbra, Otoño en Madrid hacia 1950