Idioma original: francésTítulo original: En attendant Godot
Traducción: Ana María Moix
Año de publicación: 1952
Valoración: Imprescindible
Uff, qué difícil, no? A la hora de comentar un libro podemos hablar sobre su argumento, el perfil o evolución de los personajes, el escenario, los temas que trata, el lenguaje, no sé, mil cosas. Pero cuando el autor voluntariamente despoja a la obra de casi todo esto, y lo que deja es vacío y sinsentido, la cosa se pone dura.
Hablaba del escenario. ‘Esperando a Godot’ se desarrolla en un ‘camino en el campo, con árbol’ (sic). El mismo durante toda la representación. Por su parte, los personajes son en total cinco, pero sólo dos de ellos permanecen en escena durante toda la obra. Son dos vagabundos bien entrados en años que la mayor parte del tiempo mantienen una conversación incoherente, con continuas interrupciones, cambios de tema y de tono. Vamos, que ni ellos mismos se entienden entre sí, sólo son conscientes de que esperan a un tal Godot. Hablan mientras esperan, y en un par de ocasiones irrumpen en escena otros dos ancianos, un esclavo-sirviente-bufón y su dueño, que le sujeta con una cuerda. El esclavo no habla –a lo sumo, canta un poco- y la charla de su dueño difiere muy poco de la de los vagabundos. El último personaje es un muchacho que sólo aparece para comunicarles que Godot todavía tardará en llegar. Y ya está.
Poco más se puede decir: los personajes no tienen historia ni apenas atisbo de personalidad, tampoco cuentan nada que ocurriese antes ni que fuese a tener lugar después, sus escasas reflexiones son más bien incongruentes y tampoco hacen nada que pueda traducirse en un argumento dramático. Tampoco es sencillo añadir más sin desvelar lo que no es debido.
Podemos decir entonces que lo que plantea Beckett es más bien una situación, sólo una situación. Y para ello se sirve de algo a lo que algunos artistas plásticos han dedicado buena parte de su obra, o al menos de su búsqueda: el vacío. Beckett desnuda a la obra de todo lo que convencionalmente sería importante -escenario, argumento, diálogos sensatos, emociones- y consigue con ello la magistral representación de un vacío. Pero ¿para qué?
Volvamos al escenario, que ya da alguna pista. Ciertamente es escueto, pero no es un desierto ni un espacio artificial. Estamos en el campo, y hay un árbol que, como en un momento se deja muy claro, no está seco, todo lo cual sugiere vida. Hay además un camino, que es un elemento que admite mucho significado, tránsito, búsqueda. Así que algo parece indicar que debemos pensar en la vida, quizá en el tiempo, en los seres humanos.
De esto último hay también, aunque en principio no lo parezcan mucho. Pero Beckett se cuida mucho de subrayar su humanidad: cierto que les priva de casi todas las cualidades, pero es meticuloso al describir cada gesto, cada mirada o movimiento, de ninguna manera quiere que sean tipos inexpresivos o esclerotizados. Tampoco están exactamente perdidos, sino que están simplemente ahí, les oímos hablar, parecen malhumorados y otras veces divertidos, de vez en cuando repiten lo ya dicho, no saben muy bien qué hacer para pasar el tiempo, se entretienen con menudencias, piensan en voz alta, se pelean un poco, caen, se enfadan. Brota de ellos la crueldad, puede que de forma algo inconsciente. Pero lo importante es que sobre todo esperan. Esperan todo el tiempo y sólo eso parece su razón de ser y de estar ahí.
Nada de todo esto tiene sentido, porque tampoco parecen muy seguros de a quién esperan, y mucho menos para qué. De forma que, borrando esos elementos que parecerían esenciales es como el autor induce a la reflexión que buscaba: es la vida, la condición humana la que parece no tener sentido, en efecto hay un camino pero no sabemos a dónde lleva, la existencia se reduce a un mero esperar que llenamos de nimiedades, de palabras; lo que hagamos o digamos, sea simpático o atroz, carece de valor, y el tiempo pasa mientras seguimos esperando.
Bueno, pues por ahí anda el enfoque existencialista que unos cuantos autores trabajaron en diferentes direcciones con especial relevancia a mediados del siglo pasado, y que Beckett plantea con crudeza en esta obra. E íntimamente emparentado con aquél, el teatro del absurdo, que a veces utiliza recursos como la caricatura, el lenguaje del clown (muy nítido en este caso), el non sense, y cosas similares para avanzar por estos terrenos. O así lo veo yo.
Iba a advertir que no se espere que la lectura del libro resulte entretenida, pero tampoco sería del todo correcto. Esos diálogos absurdos terminan teniendo gracia, y tiene momentos divertidos, como un tronchante intercambio de sombreros que podrían haber firmado los Hermanos Marx. Pero sobre todo, cuando terminemos de leer o ver la representación lo fundamental sería pararnos un segundo a pensar en lo que hemos tenido delante. Yo creo que Beckett consigue que lo hagamos, y ese es el gran mérito de esta obra excepcional.
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