De influencia lovecraftiana, los relatos de La fábrica de pesadillas aúnan las inquietudes del escritor de Providence con las búsquedas del propio Ligotti. Así pues, están plagados de miedos inenarrables, mundos ajenos, entidades ante las cuales nos vemos impotentes, la curiosidad como conductor hacia la locura, viajes oníricos; en fin, todos esos clichés propios de Lovecraft. También, pero, permiten entrever otras cuestiones. Me atrevería a decir, incluso, que Ligotti supera a Lovecraft en ciertos aspectos, puliendo las bases que el maestro asentó. Por ejemplo, su planteamiento respecto a los manuscritos que encierran saberes prohibidos es más interesante que el de Lovecraft, a mi parecer. En sus ambientaciones y atmósferas tampoco tiene nada que envidiar al de Providence. Y su prosa... Su prosa es de otro nivel, sobre todo si la comparas con la de otros autores de género, la gran mayoría mucho menos sofisticados.
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viernes, 7 de diciembre de 2018
Thomas Ligotti: La fábrica de pesadillas
Idioma original: Inglés
Título original: The nightmare factory
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable
Con La fábrica de pesadillas, Ligotti nos zambulle en una habitación fría, oscura y claustrofóbica. En esta habitación hay impenetrables secretos que cohabitan con nosotros, secretos que quedan misericordiosamente velados por la penumbra reinante. Ligotti los ilumina débilmente, sin revelarlos jamás, pero descubriéndonos sus horribles proporciones, sus pavorosas implicaciones. Estos secretos permanecen, como digo, inaccesibles, por lo que nuestra curiosidad es casi tan grande como nuestro miedo. Y cuando, a mitad del libro, sabemos que la puerta de la habitación lleva abierta desde el principio, nos da igual; ya no queremos irnos. Lo que queremos es saber. Comprender.
Los veintitrés relatos de esta antología me han parecido extraordinarios. Su calidad es bastante uniforme, con discretos, casi imperceptibles, altibajos. Efectivamente, algunas historias son mejores que otras. Pero el listón está tan alto en todo momento que apenas nos percatamos de ello y las disfrutamos todas por igual. No en balde, la antología entera fue galardonada con el prestigioso premio Stoker (también el relato que la cierra, titulado "La torre roja") y nominada al World Fantasy.
De influencia lovecraftiana, los relatos de La fábrica de pesadillas aúnan las inquietudes del escritor de Providence con las búsquedas del propio Ligotti. Así pues, están plagados de miedos inenarrables, mundos ajenos, entidades ante las cuales nos vemos impotentes, la curiosidad como conductor hacia la locura, viajes oníricos; en fin, todos esos clichés propios de Lovecraft. También, pero, permiten entrever otras cuestiones. Me atrevería a decir, incluso, que Ligotti supera a Lovecraft en ciertos aspectos, puliendo las bases que el maestro asentó. Por ejemplo, su planteamiento respecto a los manuscritos que encierran saberes prohibidos es más interesante que el de Lovecraft, a mi parecer. En sus ambientaciones y atmósferas tampoco tiene nada que envidiar al de Providence. Y su prosa... Su prosa es de otro nivel, sobre todo si la comparas con la de otros autores de género, la gran mayoría mucho menos sofisticados.
De influencia lovecraftiana, los relatos de La fábrica de pesadillas aúnan las inquietudes del escritor de Providence con las búsquedas del propio Ligotti. Así pues, están plagados de miedos inenarrables, mundos ajenos, entidades ante las cuales nos vemos impotentes, la curiosidad como conductor hacia la locura, viajes oníricos; en fin, todos esos clichés propios de Lovecraft. También, pero, permiten entrever otras cuestiones. Me atrevería a decir, incluso, que Ligotti supera a Lovecraft en ciertos aspectos, puliendo las bases que el maestro asentó. Por ejemplo, su planteamiento respecto a los manuscritos que encierran saberes prohibidos es más interesante que el de Lovecraft, a mi parecer. En sus ambientaciones y atmósferas tampoco tiene nada que envidiar al de Providence. Y su prosa... Su prosa es de otro nivel, sobre todo si la comparas con la de otros autores de género, la gran mayoría mucho menos sofisticados.
En general, estos cuentos abordan el horror cósmico; uno muy vinculado a Lovecraft en estructura, y a veces, como en "La secta del idiota" (directamente basado en los Mitos), en sustancia. Eso sí, Ligotti no le teme a otras temáticas: el weird y el terror gótico también tienen su modesta aparición en esta antología. De todas formas, debo reconocer que esta variedad de subgéneros no logra disipar el empache que supone leer este libro de golpe. Por más incondicional que seas de este tipo de literatura, la reiteración de recursos estilísticos, estrategias narrativas y situaciones, te impedirá leerte La fábrica de pesadillas de una sentada.
Mis relatos favoritos son "La sombra en el fondo del mundo", "El manicomio del doctor Locrian", "Vastarien" y "La escuela nocturna". Sus finales, sugerentes o hasta abiertos, nos invitan a completar estas historias de las formas más retorcidas y horripilantes. Los ecos que desprenden estas narraciones, sus ramificaciones filosóficamente extraliterarias, nos persiguen con obsesiva resonancia. Una de las virtudes del autor es su capacidad de ofrecer historias a las que nosotros debemos forcejear para poner el candado. Y que nadie piense ni por un segundo, por cierto, que este candado va a retener por completo a lo que mora al otro lado.
Creo sinceramente que estos relatos de Ligotti pueden competir sin reparos en la disputa territorial con los más gráficos y explícitos Libros de sangre de Clive Barker. No sabría decir cuál de ambas propuestas es la mejor antología de terror de la actualidad. Pero Ligotti, que según el Washington Post es «el secreto mejor guardado de la literatura de horror contemporánea», se ha ganado indudablemente su lugar en el paisaje del género. Un paisaje, recordemos, en el que se tiene que combatir con auténticos titanes. Lo cual no es fácil. Ligotti es consciente del panorama, como demuestra en la introducción del libro, donde exhibe su conocimiento sobre el miedo en la ficción, haciendo hincapié en la figura de su admirado Lovecraft. Y en el prólogo ya veíamos que él mismo despierta admiración a las nuevas generaciones, cuando Poppy Z. Brite le dedicaba unas palabras preñadas de entusiasmo. Así que ya sabéis, hay que darle una oportunidad a este libro si os interesa el tema. Yo he leído un ejemplar de la ya difunta La Factoría de ideas, actualmente descatalogado. Si sois incapaces de encontrarlo, siempre podéis recurrir a Valdemar, que ha ido editado algunas cosillas del autor.
También de Thomas Ligotti en ULAD: Mi trabajo todavía no está acabado. Tres cuentos de horror corporativo
domingo, 22 de marzo de 2026
Thomas Ligotti: Mi trabajo todavía no está acabado. Tres cuentos de horror corporativo
Título original: My Work Is Not Yet Done. Three Tales of Corporate Horror.
Año de publicación: 2002
Traducción: Marta Lila
Valoración: se deja leer
La verdad de las verdades, llegué a este libro solo por el comentario de Juan acerca de la portada del libro de las entrevistas a Ligotti. Ese día me reí muchísimo, así que mis agradecimientos a mi compañero por alegrarme la tarde.
Dicho lo cual, qué decepcionante este libro de cuentos. Es cierto que el terror es uno de los géneros más difíciles de escribir, y más en estos tiempos, pero lo que menos me esperaba era una mezcolanza entre lo sádico, lo bizarro y lo onírico en donde ninguna de las tres partes consiguiera destacarse.
Vamos a desglosar uno por uno los tres cuentos. Bueno, técnicamente el primero es una novela corta. Mi trabajo todavía no está acabado trata sobre Frank Dominio y de cómo lleva años trabajando en la empresa. Cuando empieza la novelita, forma parte de un grupo en el cual todos son los representantes de sus áreas, y cada uno es más tonto y sádico que el otro. Y acá es donde ya comienza a hacerme ruido. Si bien el subtítulo de este libro es Tres cuentos de horror corporativo, me parece una falta de sutileza importante caracterizar a los demás trabajadores (todos chupamedias del gran jefe Richard, un personaje que surfea entre la condescendencia hacia Frank y el egoísmo y cinismo más frío) como inútiles superficiales que solo buscan destruir a su compañero. Por supuesto que existe gente así, y es la mayoría por lo general, pero en esta ocasión me parecieron un compendio de estereotipos. Sospecho que Ligotti busca ese efecto precisamente por lo que ocurre después, cuando la trama llega a su nudo.
Motivado por una gran idea, Frank la presenta al resto de su grupo y solo obtiene unos comentarios de compromiso, todo para que a los días descubra que Richard se apropió de su idea. A partir de ahí, nace en su mente la idea de matarlos, pero terminan atropellándolo y dejándolo en una cama mientras su consciencia cobra vida como un ente aparte que obtiene poderes para eliminar a todos aquellos que lo maltrataron en su vida. No puedo contar más, pero es justo este cambio de decisión, a primera visa original, lo que termina por desbarrancar a la novela. Se convierte en una sumatoria de ejecuciones (bien planteadas, pero que al final no son para tanto, porque uno, como lector, no obtiene placer ante las muertes de los compañeros estereotipados) y se acumula una tensión por lo que sucederá entre Frank y Richard que se resuelve de manera decepcionante. Casi me hizo pensar en por qué había leído un centenar de páginas de prosa alucinatoria y desconfiada y escenas con efectos especiales de clase Z.
El siguiente cuento, Tengo un plan especial para este mundo, tiene un tono más ominoso. El mal (o al menos la brutalidad empresarial) es más abstracto, y la crítica hacia la estructura de un mundo competitivo funciona mejor por el hecho de situarlo en una ciudad casi incognoscible, una especie de Gotham (de hecho la ciudad, antes de la llegada de la empresa, se llamaba Ciudad del Crimen) sin justiciero, donde existe una niebla amarilla que, en aquellos lugares donde se hace más densa, conlleva asesinatos macabros, y a medida que la empresa se asienta o se relocaliza, como mencionan algunos empleados, en la ciudad (y hasta le cambia el nombre a Ciudad Dorada por temas de publicidad) los supervisores empiezan a morir de manera despiadada. En esta ocasión el giro me pareció menos efectista y algo más acorde a la trama, ya que el elemento de la niebla amarilla juega a su favor, y el hecho de que el narrador contemple todo de forma desapasionada también ayuda, pero la falta de desarrollo, o mejor dicho, el excesivo desarrollo de la trama y la falta de un sentido o de un clímax, hace que termine con sabor a poco y hasta algo confuso.
El último cuento, La red de las pesadillas, es el más experimental. Ligotti utiliza anuncios empresariales y comerciales para ir contando la historia de una empresa llamada OneiriCon, cuyo auge, expansión y caída se va fundiendo con la necesidad de pervivir bajo la fusión con una compañía rival. Si bien este cuento tiene trazas de originalidad, su tono frío y posmoderno hace que el lector se mantenga alejado y casi sin interés acerca por lo que le está contando. De hecho, es más un relato que otra cosa, una demostración del mecanismo de una empresa que no aporta a lo que todos sabemos, más cuando ya existen escritores como Foster Wallace que logran abarcar y desarrollar matices más profundos acerca del ambiente empresarial.
En definitiva, me pareció un libro pasable. El tono y prosa delirante de Ligotti (los dos primeros comparten casi al mismo narrador, si bien en el primero el personaje es más sacado y paranoico y el segundo más formal) no es suficiente para sostener unas historias donde pesa mucho más la forma que el fondo, historias centradas en generar un ambiente de incomodidad que en aterrorizar de forma certera.
Más de Thomas Ligotti: La fábrica de pesadillas
lunes, 15 de mayo de 2023
RESEÑA + ENTREVISTA: Una canción para deshacer el mundo, de Brian Evenson
Título original: Song for the Unraveling of the World
Traducción: José Ángel De Dios
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable
Una canción para deshacer el mundo, antología de Brian Evenson, compila historias de distinta extensión; historias con premisas o planteamientos creativos e interesantes; historias que comparten atmósferas, temas e intenciones, pero que al mismo tiempo son gratamente diversas.
Es verdad que algunas evocan a otros escritores; incluso las hay que homenajean de forma explícita a, por ejemplo, H. P. Lovecraft. Sin embargo, Evenson tiene por lo general una voz y un estilo marcadamente personales.
La mayoría de sus textos me han gustado, pues suelen ser originales y eficaces. Mis favoritos son, empero, esos en los que lo cotidiano se tiñe de extrañeza e inquietud: un padre que busca infructuosamente a su hija en el cuento que da nombre al conjunto; el perfeccionismo malsano de un director de cine en "Sonido ambiente"; la experiencia de estar en una relación que no te llena en "Camisas y pieles"; la búsqueda de respuestas en "La espuma de las moscas"...
Evenson despunta en la creación de protagonistas no fiables. No es sólo muy bueno a la hora de retarar a esa clase de personajes, su caótica psicología y sus atormentadoras obsesiones; también sobresale al emplear diversos recursos expositivos o dar pequeñas pistas argumentales para que el lector les cuestione.
Asimismo, sorprende la facilidad de Evenson para la imaginería terrorífica. El autor es capaz de diseñar a seres espeluznantes (el terapeuta nocturno de "Nacido Mortinato"; el hombre del traje dorado de "Un mundo resplandeciente"; la entidad parasitaria de "El agujero"...). Con idéntica maestría es capaz de urdir escenas cuyas implicaciones le ponen a uno la piel de gallina.
Quizá el texto menos convencional del conjunto es "Advertencia de contenido sensible", una hilarante gamberrada que se mofa de los trigger warnings. No le van a la zaga en lo que a rareza respecta otras piezas, que a pesar de catalogarse con holgura dentro de lo que conocemos como narrativa, siguen partiendo de ideas muy locas, como "La segunda puerta".
En resumen: Una canción para deshacer el mundo es una colección de género tan ecléctica como satisfactoria. Aunque debo advertir que su aproximación al terror suele ser más sutil de lo habitual, en la línea de Thomas Ligotti. Además, aviso que muchas de sus ficciones son bastante abiertas, de modo que pueden decepcionar a los lectores que prefieren que se les dé todo masticado. Sea como fuere, Evenson es, a mi juicio, un gran escritor, a quien me alegro de haber conocido.
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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Brian Evenson ha respondido con suma amabilidad:
ULAD: ¿Cuál es tu relación, en tanto que autor, con H. P. Lovecraft? Me ha parecido que lo referencias varias veces.
B.E.: Ciertamente, he escrito unas cuantas historias que dialogan con su obra (normalmente para revistas y antologías relacionadas con él). No leí nada suyo hasta que cumplí los 30. Sabía de su existencia, por supuesto, y muchísima gente me lo recomendaba, pero entonces me consideraba un escritor más literario que de género (pese a que mi obra tenía un fuerte componente horrorífico). Me impactaron especialmente El que susurra en la oscuridad y En las montañas de la locura.
ULAD: Además de Lovecraft, ¿qué otros escritores te inspiran? ¿Edgar Allan Poe, Richard Matheson, Shirley Jackson, Stephen King, Clive Barker o Thomas Ligotti, quizá?
B.E.: Sin duda, Poe. Mi madre me leía sus historias cuando era pequeño, antes de irme a dormir, así que me han quedado grabadas. También Jackson y Ligotti han sido bastante importantes para mi carrera.
Al igual que Lovecraft, no leí a Matheson, King o Barker hasta ser mayor. Aunque los admiro, no considero que me hayan influenciado. Peter Straub, en cambio, sí. Y Robert Aickman; de él es de quien he aprendido más cosas.
Otros autores que me gustan son Guy de Maupassant, M. R. James, Algernon Blackwood, Arthur Machen, Lucius Shepard, Paul Bowles, Franz Kafka y Samuel Beckett.
ULAD: ¿Crees que los escritores de terror moderno han introducido novedades en el género?
B.E.: Sí, pienso que los escritores contemporáneos de terror están logrando expandir el género. Sobre todo los jóvenes, pues arriesgan más. Además, cuando el horror se globaliza, tiene a representantes cada vez más diversos: autores como Victor LaValle o N. K. Jemisin se adueñan de lo lovecraftiano y lo desplazan en direcciones inéditas, la filipina Kristine Ong Muslim narra desde la perspectiva de vivir en un sitio amenazado por un cambio climático que Occidente decide ignorar, Stephen Graham Jones entrega una perspectiva indígena y Attila Veres mezcla su experiencia en Hungría con sus lecturas americanas.
ULAD: Me encanta cómo presentas personajes totalmente enajenados al lector. A la hora de crearlos, ¿te basas en enfermedades mentales existentes?
B.E.: He investigado mucho en los campos de la psiquiatría y el psicoanálisis, y he sido cercano a gente con enfermedades mentales. También me he documentado sobre la psicopatía (incluso he conocido, lamentablemente, a un par de psicópatas). Además, imparto una clase sobre las representaciones de la locura en la literatura, así que le he dado muchas vueltas al asunto.
Personalmente, creo que las enfermedades mentales, en general, no son tan inequívocas y definidas como la teoría dice, y que muchas de ellas se ignoran completamente. Es por esto que, en mi ficción, intento representarlas con toda su complejidad y confusión.
ULAD: ¿Qué opinas de la implementación de trigger warnings en la ficción? Tu relato titulado "Advertencia de contenido sensible" parece una crítica gamberra y políticamente incorrecta a la gente que los demanda.
B.E.: En realidad no me opongo a los trigger warnings, pero pienso que deberían situarse al final del texto, en vez de al inicio. De este modo, la gente que los quiera conocer puede localizarlos fácilmente, y los que no, no se topan con ellos involuntariamente.
El motivo por el que los rechazo al inicio del texto es porque modifican la manera en que el lector aborda una historia: éste se prepara. Aunque entiendo que mi nivel de tolerancia es altísimo, pues jamás he leído nada y pensado luego: ¡ojalá un trigger warning me hubiera advertido de esto!
Cuando enseñaba en la Brown University teníamos una política: en las clases de escritura creativa se leerían cosas incómodas, pero, en si era necesario, uno podía parar en cualquier momento. Un colega del trabajo opinaba que si te resulta problemático leer sobre algo, probablemente estés reprimiendo un trauma que debes tratar con un profesional y que, por tanto, ignorar en la ficción temas de ese tipo es contraproducente. Más o menos concurdo con él: la ficción tiene que provocar.
"Advertencia de contenido sensible" es una especie de crítica juguetona con la idea de los trigger warnings. Se me ocurrió porque uno de mis estudiantes insistía en usarlos hasta límites absurdos; ¡los suyos eran innecesariamente específicos!
ULAD: Has ganado varios premios a lo largo de tu carrera. ¿Hay alguno del que te sientas particularmente orgulloso?
B.E.: Me hizo muy feliz el Premio Shirley Jackson por "Una canción para deshacer el mundo", ya que había sido nominado hasta en seis o siete ocasiones en ese certamen pero nunca lo había ganado.
domingo, 26 de enero de 2025
Malditas cubiertas: lo peor y lo regulinchi de 2024 (Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate)
Ya estamos aquí de nuevo, dispuestos (espero) a visitar los no sé cuántos círculos del Infierno de mano de Virgilio o, en su ausencia, de Morgan Freeman en Se7en (vale, pido perdón). Pero antes, démonos una vuelta por el no tan popular pero sí apañado Purgatorio, donde las almas que han sido un poco traviesas en su paso por la Tierra deben aguardar a que sus pecados sean perdonados. Vaya, que viene a ser como una lavandería automática, pero sin máquinas de vending... En el caso de las cubiertas de libros, serían aquellas, según mi criterio personal aunque infalible, que, o bien no soy capaz de sentenciar con un pulgar para arriba o para abajo, o bien me gustan pero no sé si cumplen su cometido de atraer a un posible lector a ese libro...
-Tal es el caso de la primera cubierta, que, para ser sincero, he estado a punto de enviar al Cielo de los libros, pero algo me lo ha impedido. Se trata de la de Teoría del Gran Infierno -aunque no merece ir allí, en ningún caso- de Iván Humanes, una cubierta que ha merecido los elogios de todo el mundo, al menos entre los aficionados al género de terror. y que a mí también me gusta, a decir verdad, pero que encuentro un tanto excesiva y abigarrada para ponerla junto a las exquisiteces que componen el grupo de las mejores cubiertas del año pasado. De todas formas, aunque la haya enviado al Purgatorio, os prometo que por poco tiempo... (aunque no sé si el dueño o dueña de la pierna que se va a zampar el cocodrilo estaría de acuerdo con eso).
- Algo similar se puede decir de El amor edípico contra la lujuria sadomasona de... ejem, Oriol Vigil (aquí se demuestra que en Un Libro al Día somos tan íntegros que no nos casamos ni con nosotros mismos. Justos como la balanza del arcángel San Miguel que pesará las almas en el Juicio Final). He de decir que a mí la cubierta no me disgusta, pues representa bastante bien tanto la trama sadomasona de la novela, como la personalidad de su autor (también quizás, el carácter de los lectores de esta literatura bizarra... Sé bien de lo que hablo pues me encuentro entre ellos, siquiera de forma esporádica). Ahora bien, seamos honestos: bonita, lo que se dice bonita, no es... Incluso puede repeler un poco, según a quién; en todo caso, dudo que alguien se sintiera atraído por ella en la sección de libros de El Corte Inglés, que es donde suele acudir a comprarlos la gente de bien. Claro, que tampoco creo que vendan este libro en El Corte Inglés...
-Sin salir del mundo bizarro, en este caso de terror, encontramos La maldición del segador, a cuya cubierta le ocurre algo parecido: ciertamente, parece y es un despiporre ejecutado de manera un tanto cutre, pero que se corresponde con el delirante argumento de la novela. Además de poder considerarse, sin duda, un homenaje a las indescriptibles cubiertas de las novelas pulp y weird de mediados del siglo pasado, así como a las de bolsillo de los años 70 y 80 (sobre las que Grady Hendrix tiene un estupendo ensayo, que seguramente también merezca una reseña). De todos modos, recordemos que en el género de terror existe toda una tradición de colocar a los libros cubiertas no ya feas sino horripilantes (no sólo por lo que ilustran, sino también por mal hechas), algo que se está perdiendo, me parece en los últimos tiempos, en los que editoriales y aficionados nos hemos vuelto un poco pijipis... Aún hay ejemplos, sin embargo, de las viejas costumbres, como atestiguan las cubiertas de Un payaso en el maizal (1 y 2), de esta misma casa editorial, Dimensiones Ocultas:

-Cambiando de tercio, encontramos La estrella más hermosa de Yukio Mishima: sobre esta cubierta he tenido mis dudas porque cuando la vi, en un principio me resultó original e incluso me gustó bastante, hasta el punto de que estuve tentado a enviarla al Cielo de las cubiertas de libros. Ahora bien, pensando un poco en ello, me fue pareciendo cada vez más fruto de una idea algo infantil. Es verdad que corresponde con el argumento de la novela (no lo voy a contar aquí, por si algún día cae reseña), pero, teniendo en cuenta las muy maravillosas cubiertas, en mi opinión, que le ha puesto Alianza a otros libros de Mishima, me pareció que con quedarse en el Purgatorio ya estaba bien... Curiosamente (quiero pensar), el concepto de la cubierta es baastante similar a una novelette, asimismo publicada en España el año pasado por la editorial Satori, del también japonés Angō Sakaguchi.
-La central de Élizabeth Filhol: a decir verdad, esta cubierta me parece muy adecuada para el tema del libro (el trabajo en una central nuclear) y hasta me llama la atención, por esa forma de romper el marco fotográfico clásico de las cubiertas de Anagrama e incluso invertirlo, convirtiendo la imagen en el marco del fondo de color. Sin embargo (y este es un problema que arrastran muchos otros libros de Panorama de Narrativas, en esta editorial... sólo que aquí se nota más), la combinación o más bien contraste, entre los grises de la foto y el color crema amarillento -o amarillo cremoso, no sé-, característico de esta colección me causa bastante dentera. A ver si sale en los Compactos y le ponen otro fondo...
-A ver, señores y señoras de Impedimenta , ¿qué les ha hecho el pobre Eurípides? Porque de ese insigne dramaturgo griego es el cabezón escarlata que han plantado en mitad de la cubierta y, lo que es peor, le han puesto esos ojos saltones de broma, supongo que para representar lo picueto que se quedaría el buen hombre si conociera el argumento de esta novela (que en efecto, va sobre un montaje harto peculiar de algunas de sus obras). Vale, puedo entender la relación, pero quizás habría alguna manera gráfica más sutil para expresarlo, digo yo... Que el pobre parece el culo del un mandril, coño. aún así, como la cubierta tiene una relación evidente con el texto que ilustra (qué menos, por otra parte), dejémosla en el Purgatorio...
-Y por último en este apartado, esta cubierta que... bueno, sí, lo sé: es horrenda a varios niveles, tanto estéticos como éticos... ¿Por qué no la he enviado directamente al octavo círculo del Infierno, que es donde le correspondería? Porque fijaos en lo extraordinariamente bien que le queda el traje a este hombre. Sólo por eso, la he colocado en el Purgatorio, aunque ya os digo que ésta sí que por mucho tiempo. Muchísimo...(Nota: si el de la foto fuera Mazón, la enviaba al Infierno de cabeza, sin dudarlo)
Ahora sí que sí, amigues i amics; lo que llevábais esperando, cuando poco, desde el día de ayer y, en muchos casos, desde hace un año: la lista de las cubiertas condenadas al fuego eterno, a los tormentos inacabables que les esperan en el Averno. Como siempre, repito que es mi criterio y sí vosotros/as no estáis de acuerdo, ¡Al Infierno también, a que Pedro Sánchez Botero os pinche con el tridente! Que oye, también puede tener su punto... En fin, aquí van, las cubiertas más feas que pegar a un padre con un calcetín sudao y, encima, de poliéster:
-Planeta solitario de Ana Flecha Marco... Yo supongo que con esta cubierta se siguió la misma idea que con la de, por ejemplo Chamanes eléctricos en la fiesta del sol: poner colorinchis llamativos para que un posible lector o lectora (y, sobre todo, comprador) lo pudiese identificar el libro desde lejos en una librería abarrotada de novedades o, si no lo conocía de antemano, sentirse atraído por él. Vale, me parece una estrategia inteligente, ¡pero, coño, curraoslo un poquito, no hagáis la cubierta con el Paint! Más aún cuando se trata de una pequeña editorial (Mr. Griffin o Menoslobos... no tengo muy claro cual es el nombre) que cuida mucho el diseño gráfico de sus libros... menos éste, por lo que sea. "No, es que se trata de una imagen irónicamente naïf para expresar el extrañamiento que podemos sentir al viajar y que..." Bueno, vale, me creo lo que me digáis, pero a mí, así, no me dan ganas de leerlo. Quizá poniéndole una funda, no sé...
-Si no recuerdo mal la geometría básica, el volumen de un cilindro se obtenía multiplicando la superficie de la base por la altura. Y una cubierta como ésta se obtiene multiplicando las pocas ganas de trabajar del ilustrador o ilustradora por la desidia del o la responsable editorial que aprueba semejante dejadez. Que vale que El volumen del tiempo I parte de una idea bastante abstracta, si se quiere, pero como la prota es anticuaria especializada en libros del siglo XVIII, que pongan una foto de Bill Murray con una peluca empolvada, aunque sea...
-Me sabe mal enviar al Infierno la cubierta de un libro que he reseñado hace poco, pero es que la de esta novela no hay por dónde agarrarla, lo siento... Entiendo, tras haberla leído, el significado que pretende transmitir: ese sentimiento casi amoroso -y sin casi, en algún caso- que experimenta la asesina protagonista hacia sus víctimas y los ambientes domésticos en los que transcurre la acción, simbolizados en un vaso de Cola-Cao con galletas. Muy bien, pero me temo que esos tonos color ca... amarronados, quiero decir, en constraste con el alicatado en azulejo blanco, que los hace resaltar aún más, no son los más apropiados para atraer a los posibles lectores que no sepan nada del libro. El fucsia de las letras del título parece elegido para, precisamente, paliar un poco el escaso atractivo del cromatismo de la foto, pero casi es peor, creo yo...
En fin, para quien quiera leer la reseña de Un momento de ternura y de piedad, aquí está el enlace.
- Nacido para el miedo. Entrevistas a Thomas Ligotti: Que Thomas Ligotti no es la alegría de la huerta ni tampoco Jude Law cuando era joven y tenía más pelo lo tenemos todos claro, ¿no? Pero tampoco hacía falta retratarlo con esa pinta de jubilado en viaje del IMSERSO que lleva una semana sin hacer de vientre... No dejes que te hagan esto, Thomas, que así no vas a conseguir convertirte en el Dan Brown o el John Grisham de los escritores de terror... ni siquiera en Brandon Sanderson (no digo en el Stephen King porque sería un pleonasmo y, además, tampoco es que el Rey sea un adonis). La imagen se corresponde bien con el título, no obstante, porque parece que el pobre Ligotti está muy agobiado por la posibilidad de que el laxante no le haga efecto. O le haga demasiado...
-Si ya no apetece mucho llevarse el anterior libro a casa y ver todos los días la jeta de Ligotti, no digamos ya el de esta antología de relatos, también publicada por Valdemar (ya siento que tengan dos cubiertas en el Infierno... aunque igual no les desagrada tanto estar aquí). Es verdad que, como he comentado antes, el género de terror admite e incluso pide imágenes horrísonas, pero en este caso ya no es sólo eso, sino que el personaje de la cubierta recuerda a alguna de esas amigas de tu abuela que se empeñaban en que les dieras un beso cuando eras pequeño (y, pero aún, te lo daban ellas a ti) o a la portera del edificio donde estabas de estudiante y que controlaba todos tus movimientos. ¡Ah, que igual es un tío! Pues el yonqui del barrio, que tras sobrevivir al caballo y a innumerables lonchas de speed, se ha regenarado gracias a la Iglesia Evangélica y ahora ejerce de vigía moral de la juventú...
-Como sin duda os habréis dado cuenta a lo largo de esta entrada -y la de ayer- yo no tengo ni idea de diseño gráfico, así que es absolutamente imposible que acabe impartiendo clases de esta materia. Pero en el hipotético caso de que lo hiciera, os puedo decir que mi primera clase empezaría dictando la siguiente regla al alumnado: "NUNCA, JAMÁS, BAJO NINGÚN CONCEPTO coloquéis la imagen de un INODORO en la cubierta de un libro". Creo que no es una norma absurda y hasta diría que resulta de sentido común... algo con lo que no están de acuerdo los responsables de la edición de Que tenga una casa de Florencia del Campo. No he leído esta novela, así que a lo mejor resulta que toda la acción se desarrolla dentro de ese pequeño aseo y por eso resulta pertinente su imagen, pero aún así... Yo veo un libro con un puto váter en la cubierta y ya os digo que no me gasto ni un solo lerele en comprarlo. Es más, ni siquiera se me pasaría por la cabeza mangarlo...
En fin, lo dejo ya, que de lo que se trata es de dar sólo una muestra de lo que se puede encontrar por esas librerías y bibliotecas de Dios. Aún así, me quedo con ganas de poner alguna más (por ejemplo, la de Minimosca, de Gustavo Faverón , más fea aún en comparación con la cubierta que le puso Candaya a Vivir abajo, con una prisión de Piraniesi, nada menos), pero no vamos a hacer eterna esta agonía. Quedaría por hacer, además, porque sería interminable o, cuando menos, merecería (es un decir) otra entrada exclusiva, un repaso a tres de los géneros que más cubiertas horrorosas y kitsch proporcionan al sufrido público lector: el llamado romántico (ponedle comillas, si queréis), el conocido como "histórico" (a este se las pongo yo) y el de fantasía (sin comillas). Y no digamos ya la combinación de dos de ellos o de todos... Como fin de fiesta, os dejo aquí un surtido de estas clases de libros, para que soñéis esta noche (si son pesadillas o sueños húmedos depende de vosotros/as). Arrivederci!
jueves, 6 de febrero de 2025
Reseña + Entrevista: The Machine Stories, de Jared Roberts
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)
Jared Roberts es uno de mis escritores de creepypastas favoritos. Su prosa no es la más cuidada, ni sus personajes los más complejos. Pero su obra, publicada originalmente en su mayoría en el foro nosleep de Reddit, es creativa y personal (pues mezcla elementos weird con terror y ciencia ficción), además de desconcertante y desasosegante de un modo único e inimitable. Ah, y tiene algunos planteamientos, ideas y giros extremadamente alocados.
Así que, cuando supe que Roberts había publicado The Machine Stories, la compré sin pensarlo un segundo. Quería apoyar a tan talentoso autor, e incluso estaba dispuesto a hacerlo a pesar de que su antología la imprimiera y distribuyera Amazon, adoleciera de una cubierta horrenda hecha con IA y compilara algunos relatos que yo ya conocía, pues los había escuchado locutados en YouTube.
¡Y cuánto me alegro de haber adquirido The Machine Stories! Al fin y al cabo, es un festín para los incondicionales de Roberts; también es una toma de contacto inmejorable para todo aquel que quiera adentrarse en su universo surreal y enigmático, o una buena adquisición para los amantes de la literatura extraña que no le teman a la complejidad y la ambigüedad.
Los doce textos compilados en The Machine Stories tienen una calidad bastante homogénea. El único que no me ha gustado, pues me ha parecido muy pobre en su simpleza y linealidad, ha sido "More Channels". "Push the Blue Botton", por su parte, tiene un planteamiento interesante, pero no lo desarrolla de forma convincente y recuerda vagamente a una parte de La ciudad de Mario Levrero mucho más lograda. "The Arkansas Sleep Experiments", la interpretación de Roberts de uno de los subgéneros fundacionales de los creepypastas, resulta efectivo, pero se queda corto en impronta autoral e intensidad argumental cuando lo comparamos con otras obras del escritor.
De los demás textos, insisto en que todos ellos muy dignos, destacaría si acaso, por su absoluta genialidad, la novela corta "The Hidden Webpage", por su protagonista, "The Trees Are Not What They Seem" y, por su atractivo formato (se concibió para ser narrado en un podcast) y sus giros, "Sunburn".
Los textos de The Machine Stories parten de la misma premisa: personas corrientes con vidas anodinas se ven súbitamente envueltas en una serie de eventos bizarros. En ellos hay también una serie de elementos recurrentes: memorias de las que no te puedes fiar o directamente alteradas, angustia existencial y universos paralelos. Además, todos desdibujan la realidad con tanto éxito (o quizá es que la percepción de los protagonistas es errónea) que, al terminarlos, resulta imposible saber qué ha sucedido realmente.
Teniendo este contenido y estética unificadores en cuenta, uno podría pensar que, leídos de corrido, los textos de The Machine Stories se antojarían reiterativos. Sin embargo, la inagotable inventiva de su autor convierte a cada uno de ellos en una experiencia distinta.
Dejad que os hable un poco de mis favoritos:
"The Hidden Webpage" inaugura el volumen. Es, sin duda, un clásico de los creepypastas. Uno extremadamente original, capaz de apilar detalles extraños (aparentemente interconectados pero cuya lógica interna somos incapaces de establecer) con suma facilidad, erigir una atmósfera muy lograda e incrementar la tensión paulatinamente. Uno que se apropia de una imagen tan ridícula como lo son dos hombres disfrazados de abeja y hace que ésta te provoque un escalofrío.
"The Trees Are Not What They Seem" es creativo, intenso y atmosférico. Ciertamente, resulta menos original que "The Hidden Webpage", y su manera de amontonar detalles extraños sin dar tregua al lector o a los personajes no fluye tan orgánicamente como en esa genialidad inspirada. Aun así, me parece un relato muy recomendable, y tiene la particularidad de que su protagonista es más proactivo y tiene una personalidad más marcada de lo habitual en la obra de Roberts.
"Sunburn" cierra la antología. Y lo hace por todo lo alto, con una historia redactada a modo de guion que sabe llevar su premisa hasta límites insospechados. Roberts en estado puro, señores.
Ahora permitid que liste algunos pasajes del libro:
«If you've been on the internet long enough you learn that. There's evil out there. Not the child porn or torture videos. Something deeper. Something hidden in all the code and connections.» ("The Hidden Webpage", página 10)
«When something dies, (...) there’s just this emptiness there. I think sometimes that emptiness can get filled with something else. Maybe that might look to us like a ghost. It’s nothing we should have anything to do with.» ("An Old-Fashioned Ghost Story?", página 128)
«(...) natural selection has nothing to do with with truth and everything to do with survival. It’s as reasonable to think we survive by being constantly deceived as to belive we survive by knowing reality as it is. Maybe we were naturally selected to detect the world all wrong.» ("We Built a Machine that Told Us Everything We Wanted", página 137)
Poco más que añadir. The Machine Stories no gustará a todo el mundo. Al fin y al cabo, los textos que compila son, al igual que la mayoría de Roberts, sumamente desconcertantes (incluso diría que herméticos), y suelen cerrarse con finales abiertos que pueden frustrar a cierto tipo de lectores.
Aun así, esta antología autopublicada hará las delicias a los amantes de la literatura de lo extraño. Porque Roberts es uno de sus mejores cultivadores, y no sabéis lo afortunados que somos de que mucha de su obra se pueda leer o escuchar en internet de manera totalmente gratuita. Ojalá saque otro libro pronto para poder seguir apoyando su carrera; evidentemente, lo compraré sin pensarlo dos veces, aunque me gustaría que en esta ocasión el autor cuidara la edición (¡si hace falta hago yo la ilustración de cubierta!), no se decantara tanto por los elementos de ciencia ficción e incluyera más textos inéditos.
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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Roberts ha respondido con suma amabilidad:
ULAD: ¡Hola, Jared! ¿Cómo estás? Soy un gran admirador de tu obra y me hace mucha ilusión poder entrevistarte. En primer lugar querría preguntarte cómo te definirías en tanto que autor. ¿A qué género te adscribes y a qué público quieres llegar?
J.R.: Definir mi obra me provoca ansiedad, pues al hacerlo corro el riesgo de gafarla. Como cuando notas que las cosas están yendo bien y luego dejan de hacerlo. O cuando descubres que eres un escritor de terror e inmediatamente no puedes escribir nada que dé miedo. Así que intento no darle muchas vueltas.
Escribo situaciones que nacen de sentimientos, fantasías y percepeciones de experiencias propias. Quiero captar sentimientos para que podamos hablar sobre ellos. Creo que a todos nos interesa la vida interior, especialmente la oscura. Supongo que el éxito de A24 prueba que mi público no es tan de nicho como en un inicio llegué a pensar. La gente busca complejidad, honestidad y sombras.
ULAD: ¿Qué obras te inspiran?
J.R.: Miro muchas películas. Sobre todo de terror. Y dramas lentos y sombríos, como Paterson y Manchester by the Sea. También me gusta la TV. Twin Peaks. Y esa serie de los 90 llamada Millennium.
En cuanto a literatura. Thomas Bernhard supuso una revelación la primera vez que lo leí. También me gusta mucho John Updike. Y esa novela extraña titulada A Voyage to Arcturus es una gran influencia.
El misticismo católico también me inspira. Estuve a punto de convertirme en un monje benedictino. Cuando tenía 18, leí a Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Juan de la Cruz, Pseudo-Dionysus, Augustine, Evagrius Ponticus, Ángela de Foligno, etc... Ahora soy ateo, pero católico al mismo tiempo.
ULAD: ¿Cuál es tu trayectoria como escritor?
J.R.: No tengo mucho bagaje como escritor. Estudié filosofía. Dirijo una PMO (Oficina de Gestión de Proyectos). Escribo porque lo necesito, porque es una pasión, un propósito.
ULAD: ¿Qué ha supuesto autopublicar The Machine Stories, tu primer libro? ¿Tienes algún otro proyecto en mente, literario o de otra índole?
J.R.: No me ha gustado publicar The Machine Stories. Supuso una capitulación, porque nunca quise autopublicar. Sin embargo, suspendieron mi cuenta de Reddit por un tiempo (ya la he recuperado) y pensé que debía preservar de alguna manera las historias que subí ahí por si acaso.
Estoy trabjando en múltiples proyectos. Es uno de mis defectos. Estoy enfangado con tres guiones. Uno de ellos, sobre "The Hidden Webpage". Un talent manager de Hollywood me lo pidió hace ocho años, pero la cagué. Por entonces no estaba preparado. También estoy escribiendo una novela, que ya tengo a medias. Y otra antología. ¡Eres el primero en saberlo, sin contar a mi mujer! Asimismo, querría montar un podcast con las últimas historias que he escrito. Y tengo listo un ensayo monstruoso basado la historia y cultura de una de mis pasiones, los estudios de internet.
ULAD: He visto que, entre tus referentes, citas a Robert Aickman, John Carpenter y David Lynch. ¿Puede que, en tu literatura, también haya algo de Philip K. Dick, y de escritores de terror contemporáneo (ya sea de otros cultivadores de nosleep y creepypastas o de autores como Thomas Ligotti o Michael Wehunt)?
J.R.: Realmente sólo he leído una novela de Philip K. Dick, Valis. Fue hace años, y me gustó mucho. En esa novela, Dick retrata eventos e ideas cósmicos al hacer que afecten la vida de un tipo corriente. Eso me impresionó sobremanera, aunque no lo consideraría una influencia. Pero corrígeme si me equivoco, ¡no dejes que me autoengañe!
Sobre los otros autores. No he leído a Thomas Ligotti, y no conocía a Michael Wehunt. ¿Te suena el concepto alemán del zeitgeist? Quizá nuestras similitudes se deban a ello. Distintas personas llegarán a los mismos sentimientos e ideas, y acabarán reflejándolos en obras similares, pues la época y el contexto geográfico lo propician.
ULAD: Tus ficciones dejan entrever una visión del mundo y del hombre muy específicas. Hablan de universos incognoscibles y hostiles, llenos de eventos y conexiones que tus protagonistas apenas pueden asimilar o comprender, en los que gobiernan fuerzas aterradoramente poderosas. ¿Esta aproximación existencial es meramente literaria o, al igual que la de H. P. Lovecraft se nutría del materialismo y miedo a lo desconocido del autor, la tuya tiene raíces en creencias personales?
J.R.: Bueno, en la mayoría de mis historias abordo la memoria. A grandes rasgos, la memoria construye nuestro mundo. Si recuerdas a tus padres como abusivos, incluso si no lo eran, esto tendrá consecuencias en tu vida. Yo mismo he tenido memorias de cosas raras que otra gente niega que hayan sucedido. No sé. Todo esto se coló en mis historias. Algunas están más interesadas en plasmar la extrañeza y la liminalidad. Nada de lo que he escrito es puramente litetario.
ULAD: Ya que he mencionado a Lovecraft, me gustaría saber si te sientes influenciado por él de algún modo. Superficialmente, creo que vuestra obra no tiene nada que ver la una con la otra. Sin embargo, al menos en mi opinión, compartís temas y recursos narrativos. Uno de dichos temas sería la representación de un universo hostil hacia el ser humano repleto de fuerzas que escapan a nuestra comprensión. Y un recurso narrativo, el usar protagonistas con poca personalidad y proactividad para acentuar su universalidad e indefensión.
J.R.: Hmm, bueno, ciertamente disfruto sus historias. Me gusta bastante, por ejemplo, Dreams in the Witch House, donde los ángulos de la habitación no tienen sentido matemáticamente. ¿Qué es más inherente al orden del universo que las matemáticas? El protagonista atraviesa un mal ángulo o algo así, y luego se concatenan una serie de imágenes delirantes que te obligan a forcejear para darles sentido. Así que supongo que Lovecraft me influye en cierto modo.
Me gusta cómo rompe las reglas. No le importa la narrativa convencional. Exploraba, ante todo, sus sentimientos. Antes de él, la gente ya sentía el horror cósmico. Más inmigrantes de lo habitual llegaban a ciudades históricamente insulares. Einstein nos descubría cosas nuevas sobre el universo. El universo devino enorme y complicado y abrumador. Las historias de Lovecraft transmutan los sentimientos de su mundo provinciano y de sus intereses siendo opacados por la inmensidad del universo.
A pesar de que mucha gente a día de hoy la disfruta superficialmente, su obra nos permitió crear un vocabulario para un sentimiento concreto, el del horror cósmico. Y estoy seguro de que muchos de sus lectores identificarán sus propios sentimientos gracias a su obra. Esto es lo que pretendo lograr yo. Querría enriquecer el entendimiento de nuestra vida interior al imbuirlo en mis historias.
Y es cierto que mis protagonistas son poco proactivos (exceptuando el de "The Trees Are Not What They Seem", que tiene mucha personalidad). Quizá esto es algo en lo que emulo a Lovecraft.
ULAD: He notado que muchas de tus historias están contextualizadas por una mitología propia y comparten elementos, aunque de una manera tan críptica que al lector le cuesta hacerse una visión panorámica nítida. ¿Tienes muy trabajado ese universo englobador, o te limitas a interconectar superficialmente tus ficciones?
J.R.: En la mayoría de casos, establezco esas conexiones según me parece. A veces tengo una noción más clara de cómo conectan las cosas, como en "The Trees Are Not What They Seem". Pero, al contrario que J. R. R. Tolkien, no dibujo mapas ni establezco genealogías antes de empezar a escribir. ¡Eso me volvería loco!
ULAD: Se puede extraer una lectura simbólica a tus textos. A "The Hidden Webpage", por ejemplo, el cómo internet puede absorver nuestra vida por completo; a "Remember that David Lynch movie, Dune? About that", "How to Lose Friends and Terrify People" o "Three Visits to a Hidden Tribe", el cómo familiares o amigos devienen irreconocibles. ¿Sueles tener en cuenta un núcleo temático alrededor del cual desarrollar tus historias?
J.R.: Yo forcejeo más bien con impresiones y sentimientos, que supongo que son similares a un tema. Pero señalar ese tema, o mejor dicho, buscar la palabra que lo defina, es trabajo de los críticos literarios. A ellos se les da bien.
Mis temas provienen de la sección de mi paisaje interior que en ese momento quiera explorar. Me gusta pensar que otras personas tienen pensamientos y sentimientos similares a los míos, porque si no, todo es en vano. Todos tenemos pensamos y sentimos cosas que no sabemos cómo definir o expresar.
O sea, ¿sabes lo que es el ASMR? Yo sentí eso toda mi vida, pero hasta que se popularizó en YouTube no fui capaz de ponerle un nombre. Durante dos décadas estuve intentando transmitir a otros ese cosquilleo placentero sin éxito alguno.
ULAD: Me ha parecido que tu antología The Machine Stories, aunque adscrita como la mayoría de tu obra dentro del género de terror, se decanta bastante hacia la ciencia ficción. En ella no hay solamente otras dimensiones y entidades cósmicas, sino que también tecnología futuristas y experimentos imposibles. ¿Fue el toque de ciencia ficción un criterio a la hora de seleccionar varios de los relatos que la compondrían? ¿Cómo decidiste qué historias la conformarían y en qué orden las situarías?
J.R.: No me gusta recurrir a lo sobrenatural en mis historias, quizá porque no creo en ello. Pero sí que creo que el mundo natural es inmensamente más complejo de lo que suponemos, y que el poder de la tecnología será cada vez más aterrador. Así que la tecnología misteriosa sustituye a demonios y fantasmas para mí. The Machine Stories agrupa historias con máquinas que distorsionan la realidad, nunca para bien. A veces de forma maliciosa, y otras no tanto, aunque siempre como las entidades amorales del Gran Colisionador de Hadrones de Lovecraft.
ULAD: Hay personas a las que tu literatura no les atrae. La consideran demasiado hermética. Tampoco les gusta que les obligue a estar atentos a múltiples pistas y detalles, ni que tenga finales abiertos y ambiguos. ¿Por qué decidiste abanderar este tipo de ficción? ¿Cómo la reivindicarías ante gente reticente?
J.R.: ¡Hermética! Me encanta esta palabra.
A ver, ninguna obra de arte gustará a todo el mundo. Scorsese odia el cine de Marvel. A mí me encanta Deadpool y en cambio jamás miraré The Irishman. Mi película favorita del año pasado fue Hundreds of Beavers, pero poca gente se tragará una comedia de dos horas grabada como una película muda.
Por mucho que disfruto las historias bien atadas y con un desenlace definido, no me siento cómodo escribiéndolas, porque al hacerlo siento como si estuviera jugando con figuras de acción. Movamos este juguete de plástico aquí y este otro allá y hagamos que peleen y fin. Cuando yo escribo historias misteriosas y ambiguas, me siento confiado en lo que hago. Estoy hablando de la realidad en toda su escurridiza gloria. No de plástico. Aunque entiendo que, a veces, demasiada vaguedad puede ser frustrante y pretenciosa. Yo mismo fui incapaz de terminar Skinamarink.
También de Jared Roberts en ULAD: Aquí
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lunes, 16 de diciembre de 2019
ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año
Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.
Palabra de Juan G. B. :- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica Ojeda, Imogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.
Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker
Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"
Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri Hustvedt, Irene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año: «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
-Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)
Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.
Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina
Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.
viernes, 31 de marzo de 2023
VV.AA.: Manifiesto conspiracionista
Título original: Manifeste conspiracioniste
Traducción: Emilio Ayllón Rull / Julio Monteverde
Año de publicación: 2022
Valoración: Curioso
Vaya por delante que me parece razonable, incluso sensato, mostrarse escéptico, cuando no abiertamente desconfiado, ante el prójimo; sobre todo si ese prójimo detenta el poder, se oculta tras una institución o justifica su proceder con una ideología. Es por ello que siempre me he sentido cercano a los conspiranoicos. No a los más trasnochados, por supuesto, pero sí a esos que exhiben unas dosis de saludable recelo y misantropía.
Espero que el resto os mostréis, también, abiertos a las ocurrencias conspiranoicas. O que, al menos, no entorpezcáis las que tienen sentido. Recordad que «El objetivo de la retórica anticonspiracionista es asegurar a los propietarios de este mundo el monopolio de la capacidad de conspirar.» (34) ¡De modo que no os interpongáis entre aquellos que pretenden «reapropiarse del arte de conspirar» y sus, ¿nuestros?, enemigos! (290)
Los autores, varios y anónimos, del Manifiesto conspiracionista pertenecen a la rama de conspiranoicos moderados. Esos que tiran de hilos tangibles y no se montan pajas mentales esquizofrénicas. Esos que, como ellos mismos insinúan en las páginas de este libro, se adscriben en el linaje de pensadores proclives a la sospecha, como por ejemplo Foucault, Hegel, Marx, Nietzsche, Freud o Adorno, entre otros.
La forma de abordar y recibir el COVID les ha alarmado. Aunque sus denuncias se remontan a periodos anteriores, estos últimos años de pandemia son los que más rechazo les producen; años en los que, según afirman, se ha llevado a cabo una campaña de «ingeniería social» y «biocontrol» para someter a los ciudadanos, restringir sus libertades y, encima, volverlos cómplices de lo anterior. (258-259)
Los conspiranoicos del Manifiesto conspiracionista, sin andarse con rodeos, abordan las críticas obvias que uno podría formularles. Por citar una bastante previsible: sí, el mundo es complejo, pero «Un mundo tan hostil como el que se vislumbra no se hace solo. Nos han hecho (…) un mundo a nuestras espaldas. (…) El solo hecho de que haya un mundo y no varios (…) es fruto de un esfuerzo concentrado.» (23)
Admito que los conspiranoicos de Manifiesto conspiracionista no están libres de defectos. Ni ellos en tanto que conspiranoicos ni sus argumentos para serlo. A veces desprenden un tufo a excepcionalismo que tira para atrás, establecen paralelismos algo forzados o mean fuera del tiesto. Sea como fuere, vale la pena leerlos. No sólo porque sueltan reflexiones que, aunque matizables o abiertamente discutibles, son bastante curiosas. También porque la prosa con que las comunican es deliciosamente torrencial y expresiva. Más próxima, en efecto, a la de un manifiesto que a la de un ensayo propiamente dicho. A veces peca de exaltada, cae en redundancias o dilata en exceso los capítulos, pero insisto en que para mí ha sido una gozada paladearla.
Personalmente, me ha encantado el rapapolvo que se lleva la izquierda en este Manifiesto conspiracionista. Yo, que me considero un izquierdista desencantado, aprecio declaraciones tan honestas y lúcidas acerca de la izquierda como las que siguen:
«Se ha mostrado (…) irracional a fuerza de racionalismo, oscurantista a fuerza de cientifismo, insensible a fuerza de sensiblería, mórbida por higienista, odiosa por filantrópica, contrarrevolucionaria por progresista, estúpida por creerse cultivada y maléfica a fuerza de querer estar del lado del Bien.» (35-36) «De la derecha nunca ha habido nada que esperar, excepto la perpetuación de la injusticia heredada. Pero que, en el fondo, la izquierda ha estado siempre del lado de los vencedores, limitándose a ser su mala consciencia histérica, eso solo había aparecido a la vista de todos, a lo largo de la historia, en destellos que se olvidaban rápidamente. (…) Reactiva, embrollada, peso muerto, la izquierda ha sido siempre contrarrevolucionaria de la manera más eficaz en que podía serlo: pretendiendo “apoyar al movimiento”. Siempre ausente en el momento en que hay que estar ahí, vive solo en el futuro perfecto, para producir los relatos, los conceptos, las justificaciones que explican y ratifican la derrota.» (40)
PD: A los interesados en esto de las conspiraciones, les recomiendo indagar en aquella de la que nos alertaba Thomas Ligotti en La conspiración contra la especie humana. Esa es la verdadera conspiración. También recomiendo el ensayo de Donatella di Cesare, titulado El complot en el poder.
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