Idioma original: español
Otras obras perpetradas por Vilas y reseñadas por ULAD, aquí
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Título original: Marcher jusqu'au soir
Año de publicación: 2019
Traducción: Marta Cerezales Laforet
Valoración: decepcionante
La información contenida en sinopsis y solapa de este libro insisten en que su autora ha ganado el Goncourt en 2014. No estoy muy al día del prestigio de los premios literarios franceses. De los de aquí, por ejemplo, mi recuerdo más fresco es que le han dado el Nadal a Manuel Vilas. El Nadal se lo dieron hace unas cuantas décadas a Juan José Saer. En 2023, a Manuel Vilas.
Pero mi primera intención era afrontar esta reseña con cierto sentido del humor, no con la indignación propia de alguien que asiste a la degradación del reconocimiento del mérito a favor de los imperativos comerciales y la mediocridad. De hecho, a mitad del libro estaba a punto de insinuar si a esta novela (o lo que sea) no le hubiera encajado mejor el título del último libro de Santiago Lorenzo. Todo ello me parecía un poco frívolo, incluso poco respetuoso con el trabajo de su editorial, El Desvelo, una editorial independiente santanderina a cuenta de cuyo nombre me permitiré una pequeña broma, ya que este libro no es que desvele precisamente, atendiendo a su primera mitad. Su ritmo es lento, inexplicable cuando el planteamiento puede suponer incluso cierto reto creativo. Una escritora acepta pasar una noche en un museo con la mera compañía de una obra de arte, en este caso una escultura de Giacometti. Digamos que una experiencia que ha de generar un texto interesante basado en su reacción. Pero no: lo que resulta es un anodino stream of consciousness donde las reflexiones en todo el proceso resultan recargadas, monótonas, a veces anegadas de erudición y citas poéticas, a veces más mundanas y asociadas al devenir de lo cotidiano - coqueteando con la autoficción - siempre con un uso abusivo de las anáforas, aspecto muy significativo en el estilo del texto y que lastran el ritmo, marcan un compás que podría ser disruptivo y acaba provocando cierto sopor. Siendo justos, pero hay que llegar ahí con no poca dificultad, el texto recupera cierto sentido hacia el último tercio, cuando una semblanza biográfica de Giacometti y algunos párrafos sobre Picasso resultan interesantes entre tanto análisis algo redundante entre intenciones de la obra - aquella con la que la autora ha pernoctado - y funcionalidad y pertinencia del arte.
Seguramente un libro más experimental e íntimo que puramente narrativo, pero, en conjunto, poco entusiasmo por indagar en más obras de su autora.

Queridos responsables de promoción de las editoriales. Primero de todo agradeceros las copias que de vez en cuando me enviáis, aunque a veces los libros no acaben de gustarme. Ya sabéis lo de la coherencia y la independencia a ultranza de este blog. Solo un detalle a comentaros: cuidado con exagerar con determinadas obras. Ya sabemos que habéis de vender libros y que los super-ventas (se dice) pueden permitir acometer proyectos más artísticamente arriesgados. Pero cuidado con las expectativas. Y con lo que ponéis en las fajas, ya de paso.
Pág. 84.
Eran guapos. Los dos eran guapos. Por eso estoy escribiendo este libro, porque los estoy viendo.
Los vi entonces, cuando eran guapos, y los veo ahora que están muertos.
Que mis padres fueran tan guapos es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Pág, 219
Los muertos anónimos están libres del ridículo del paso del tiempo. No fueron motivo de fotografías recordadas. Son nadie, son viento, y el viento no hace el ridículo.
Pág. 197
No puedes renunciar a la catástrofe, es el gran orden de la literatura, el viento de la maldad y el viento de todas las cosas que han sido.Qué pesao con el viento. Obviamente, Vilas también tiene como ejemplo a Knausgard. Me lo va a negar. Solo espero que algunas de las elipsis de este libro (adolescencia, matrimonio, relación con el alcohol) no sirvan para eventuales nuevas entregas. Pero Knausgard, al menos, escribe con fuerza y convicción, puede que hasta con chulería. Vilas combina momentos de complejo de inferioridad con arreos de intelectual sensible y esa combinación no funciona. NO FUNCIONA.
Pág. 17
Antes la vida valía menos. Ahora vale más.
Pág. 371
El poder en todo tiempo siempre igual a sí mismo.
La historia humana en todo tiempo como ya fue hace tiempo.
El mismo tiempo siempre.
Repitiéndose la esencia de España, la esencia del mundo grande.Vilas, por eso, es el típico escritor que genera cierto efecto de llamada. Algún pesado (me viene a la cabeza Risto Mejide), lee un libro así, se entera de su inexplicable exitazo, y piensa qué guay, que sencillo, ser escritor no parece difícil, yo podría intentarlo.
Pág. 29
Los muertos no fumanPero a mí, sobre todo, me ha venido a la cabeza otro plasta: Albert Espinosa. Otro maestro de la repetición y la vuelta una y otra vez sobre el mismo registro.
La literatura francesa tiene una larga tradición en lo que a autobiografía personal y familiar y/o autoficción se refiere. No nos remontaremos mucho en el tiempo y nos centraremos en literatura escrita por mujeres para dar dos ejemplos: Delphine de Vigan y Brigitte Giraud. En esa tradición y en el mismo epígrafe que estos nombres podemos situar el libro de debut de la bilbaína residente en Francia María Larrea. Luego preguntaremos a la autora si esta comparación es acertada o no, pero creo que puede servir para una ubicación inicial.
Resulta casi imposible hablar de Los de Bilbao nacen donde quieren sin hacer "spoiler". La historia que en el se narra resulta tan tremenda que es muy difícil no destripar el libro, pero lo vamos a intentar.
Estamos ante una autobiografía familiar que transcurre entre la posguerra española y el París del siglo XXI, ante un drama almodovariano (cambiando los colorinchis del manchego por el gris del Bilbao preGuggenheim) en el que la búsqueda y construcción de la identidad personal y familiar/colectiva ocupa el lugar central.
Por tanto, no es solo la historia de María Larrea sino también, y especialmente, la de Victoria y Julián. Vidas marcadas por unas condiciones terribles en la infancia, por abandonos, violencias, exilios, soledades, estrecheces, revelaciones, dudas, etc, aunque siempre con un punto de esperanza y ternura entre todo ese sufrimiento.
En este tipo de textos siempre existe el riesgo de que la propia historia acabe devorando otros aspectos del libro. Es innegable la potencia que aquella posee, pero también es cierto que Los de Bilbao nacen donde quieren posee, además, un alto valor literario. Por varios motivos:
Si hay una máxima periodística que dice que no hay nada más viejo que el periódico de ayer, imaginad cómo me siento programando hoy una reseña como esta. Ni tan siquiera cuento con la coartada de la efemérides o de la rememoración de algún hecho relacionado con cierta fatídica fecha, no hay nada (aparte de las referencias el texto en cierta lectura reciente de Susan Sontag) que justifique que recupere o reabra el interés por este personaje que, cuesta encontrar los términos para ser preciso, es historia de la humanidad. Porque han pasado casi veintitrés años de ese momento que, como muy pocos, queda definido en la memoria colectiva con la consabida frase ¿dónde estabas cuándo cayeron las Torres Gemelas? Y para los muy jóvenes o muy despistados, un gentle reminder sobre los motivos por los que cada vez que tomas un vuelo hay que pasar por los farragosos controles de equipaje y los rutinarios arcos de seguridad. O porque en los puertos hay controles aleatorios de escaneo de los contenedores. Y un largo etcétera de cosas que el liderazgo de Osama Bin Laden provocó. Bueno, y los actos de sus seguidores y su organización terrorista. claro.
De hecho, cuando este libro se publicó ni siquiera se había producido el misterioso episodio de su muerte (o de su desaparición) y el libro, antes de epílogos y apéndices finales, aún habla en tiempo real del cabecilla de Al Qaeda y, con un respeto distante pero respeto al fin y al cabo, se refiere a él como lo que fue durante años: el hombre más buscado del planeta. Un respeto precavido que, ya sabemos cómo se las gastan, habré de mantener para no excitar los ánimos. A ver si habiendo sobrevivido a los fanáticos de Manuel Vilas voy a caer con esto.
Peter Bergen articula un texto extenso y documentado con dos centros de gravedad: la entrevista que le hizo al propio líder de Al Qaeda y ese crescendo hasta el 11-S al que ineludiblemente el libro nos arrastra. En medio, fragmentos de entrevistas, testimonios y confesiones de detenidos y condenados, confesiones, semblanzas de acólitos y enemigos, recortes biográficos, declaraciones propagandísticas y textos con un claro factor diferencial entre el frío relato de los hechos y el fervor, diría ingenuo pero no, religioso, que tizna las declaraciones y me corrobora en mi opinión expresada no hace demasiado sobre lo pernicioso de las religiones y lo curioso que es que, en los sectores más extremistas, se deteste con tanto encomio a los ateos, como si se tratara de invididuos rebeldes incapaces de acatar un orden superior, bajo el nombre en que este pueda presentarse. Aunque el texto tenga ese efecto colateral de la humanización, al que muchas veces se presenta como un hombre educado, austero, de maneras y ademanes correctos y matizados, apenas hay que raspar un poco para ver cómo sus ideas influyen en sus seguidores, cómo éstas anulan a las de los suyos, cómo el discurso se inflama y se convierte en un díálogo cansino y monocorde (mencionando, eso sí, a Dios cada tres frases) y cómo calaba o cómo cala.
Porque aún asistimos a los poderosos coletazos de esos hechos y Osama Bin Laden, sin lugar de entierro al que peregrinar, sin que la gente lo lleve en camisetas como a Pablo Escobar, aún está vivo en su estela en el presente. Y no sólo por la escasa habilidad de la civilización occidental para neutralizar su influencia. Cuidado, que los frentes que abrió aún están muy lejos de cerrarse.
