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sábado, 23 de septiembre de 2023

Erri De Luca: Napátrida

Idioma original: .italiano
Título original: Napòlide
Traducción: Carlos Gumpert Melgosa para Periférica
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable


Bien es sabido, por estos lares nutridos de textos de ULAD, mi admiración por Erri De Luca, pues en sus textos siempre se puede encontrar la delicadeza, la pausa y la admiración por el entorno que el autor contempla con serena nostalgia y emotividad. También es cierto que Erri De Luca deja que su pasado tome forma en la prosa de sus libros, que exudan notas de la vida del autor napolitano. Por ello, los protagonistas de sus textos están, a menudo, situados entre la soledad y la compañía de los habitantes de los pequeños pueblos, entre la costa y las montañas, entre paisajes de idílica visión y añorado recuerdo.

De esta manera, el libro empieza con los recuerdos del autor, narrando su partida de Nápoles, su ciudad natal, a los 18 años, «tras una infancia soportada como una cuarentena». Una salida deseada, esperada, aunque en cierta manera también trágica dejando atrás su infancia, una infancia no siempre agradable ni acogedora, y nos lo transmite recordando que «escogí un tren y un horario para no entregarme al azar de un viaje en coche: quería ser el dueño de mi partida» (…) «cuando me picaron el billete de tren, sonó con la furia de un portazo a mis espaldas». Una salida de la ciudad que se asemeja a una huida, aunque acompañada de una nostalgia que le impacta en cada uno de sus retornos porque, tal y como afirma, cuando vuelve a Nápoles no tiene la sensación de estar de vuelta, pues «una ciudad no perdona la separación, que es siempre una deserción. Estoy de acuerdo con ella, con la ciudad: quien no estuvo o se ausentó ahora no está; su derecho a la ciudadanía ha prescrito».

Como se puede observar en estas primeras reflexiones, este relato de Luca es un relato marcadamente autobiográfico y, si bien es cierto que en la mayoría de sus obras hay trazos de su vida representadas  en ellas, esta es una narración en la que sus recuerdos y memorias son narradas de manera explícita y en los que no solo los recuerdos de su infancia cobran fuerza sino también en ella nos habla de la relación con sus padres y la educación recibida, una educación impartida en casa pero también en la escuela, estricta, con un profesor «justo, según la justicia de los tiempos» en una escuela que «punteaba y aporreaba los nervios de sus alumnos». 

El autor nos narra su vida con la mirada siempre puesta en la ciudad de Nápoles, a veces inmerso en la propia ciudad, otras mirándola desde la influencia del Vesubio, pero también desde sus alcantarillas y su mirada al mar, desde el fútbol y las creencias religiosas, desde la mirada de la gente que sigue en la ciudad y no la abandona pese a todo. Una ciudad muy singular que durante su infancia post Segunda Guerra Mundial, define como «la Norteamérica en casa» con «el dinero fácil de los puertos militares del mundo». Una ciudad viva y agitada, que marcó sus primeros años a nivel incluso sensorial afirmando que «tuve una infancia acústica; el oído era el órgano maestro. Después de la guerra, Nápoles era una ciudad a voz en grito: los insultos, las maldiciones, las lágrimas, las palizas y las llamadas a los soldados norteamericanos, de ronda alcohólica y en celo, subían hasta las ventanas». Esta es la ciudad real, la vivida y la narrada, porque «la Historia pasa por ahí, no por los libros ni las series ni la televisión, sino de boca en boca por las noches, en las fiestas de guardar, cuando los adultos se juntan y se ponen a recordar».

En esta corta obra, De Luca hace también en este relato un canto a favor de las mujeres y del feminismo, confesando que «soy consciente que soy testigo y partícipe de una decadencia del género masculino, al que veo vacilar ante el femenino con una consternación que al final de convierte en furiosa arremetida contra las mujeres. Lo que acaba matando a muchas jóvenes es la rabia por el complejo de inferioridad que sienten algunos hombres rechazados», una violencia que vemos continuamente en nuestro mundo, en todos lados, porque «hoy leemos historias de furores que estallan dentro de la impotencia, de varones a los que un nuevo analfabetismo sentimental incita al odio, por el desaliento de ser, ante la mujer deseada, el apéndice de la nada».

Por todo ello, este libro de Erri De Luca es recomendable para quien quiera conocer un poco más a un autor a través de la propia narración de su vida. Un autor que siempre y en cada uno de sus libros deja frases de gran belleza poética acompañadas de reflexiones que nos invitan a pensar sobre el mundo que vivimos y que dejamos.

martes, 26 de octubre de 2021

Lucia Berlin: Bienvenida a casa


Idioma original: inglés

Título original: Welcome home

Año de publicación: 2019

Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino

Valoración: recomendable

Es lógico que del gran éxito que tuvo, ya hace cierto tiempo, la brillante colección de relatos titulada Manual para mujeres de la limpieza surgiera un interés sobre la obra de Lucia Berlin. Lamentablemente, no fue muy prolífica y de hecho ni siquiera llegó al tan socorrido bautismo de la novela. Así que la única manera de atenuar el ansia surgida en el aficionado fue a) completar la publicación de su obra con una segunda colección de cuentos irremisiblemente condenada a ser algo inferior y b) organizar este Bienvenida a casa. 

Se trata de una obra interesante, pero siempre es un complemento a la lectura de su obra narrativa. Sin llegar a ser (no tendría sentido) un estudio a fondo, en el sentido académico, de sus textos, como si sus relatos no fueran claros y diáfanos en retratarla a través de sus innegables rastros biográficos, aquí nos encontramos material que rehúye la mitificación pero que asienta la figura. Berlin escribió montones de cartas, se mudó un montón de veces (por motivos laborales de su padre o de alguno de sus maridos), se hizo un montón de fotos - apoyo gráfico que hace aún más amena la lectura - y todo ese conjunto define no solo a la escritora en su modo de relacionarse con el mundo, sino hasta cierto punto a la sociedad de la época.

Evidentemente el nudo más propiamente narrativo del libro lo constituyen sus cartas, situadas en la segunda mitad del libro. Antes hemos leído cosas acerca de su vida y sus continuas mudanzas que incluyen varios estados USA (nació en Alaska, pero llegó a desplazarse a Chile), pero las cartas que envía a amigos, familiares, incluso a alguno de los editores que le pagaban por sus textos, empieza a mostrar detalles. Su minuciosidad en la descripción de los lugares que habitaba, la vegetación, los olores, el trasiego de sucesivas parejas e hijos, las adicciones como telón de fondo en algún caso. Una vida que por momentos parece frívola y desahogada tanto como precaria y apurada. Su tesón en la escritura y una cierta manía perfeccionista, el goteo de influencias.

A pesar de la entidad propia de algunos de estos textos, el proceso es claro: uno lee esta especie de memorias exógenas antes o después de leer sus relatos, un ciclo tan inexorable como placentero.

sábado, 19 de junio de 2021

Tove Ditlevsen: Trilogía de Copenhague

Idioma original: danés
Título original: Barndom. Ungdom. Gift.
Traducción: Maria Rosich Andreu (ed. en catalán) y Blanca Ortiz Ostalé (ed. en castellano)
Año de publicación: entre 1967 y 1971
Valoración: muy recomendable

Hay relatos que conmueven, pues no únicamente están narrados con un estilo preciso y cuidado que llega al lector, sino también por la propia historia contada. Y sí, se ha hablado muchas veces de la literatura del yo (y en muchas tantas ocasiones se ha infravalorado), pero ¿por qué deberíamos dar más valor a una vida ficticia que a una vida real? ¿Por qué aceptamos como lectores que nos cuenten vidas de personajes imaginados mientras que recelamos de las de los propios autores? A fin de cuentas, todo son experiencias narradas ya hayan vivido en nuestro mundo o en el imaginario de sus autores.

En este libro autobiográfico, la prolífica autora Tove Ditlevsen hace un recorrido vital desde su infancia hasta una edad avanzada que no se especifica en el relato, pero que nos sitúa en un punto final donde ya apunta lo que acabará siendo su trágico destino, a manos de una muerte autoinfligida en un suicidio por sobredosis de pastillas. Así, esta obra se estructura en tres volúmenes diferenciados correspondientes a «Infancia», «Juventud» y «Dependencia» (editados de manera independiente en su versión original).

En el primer volumen, la autora retrata una infancia marcada por una profunda falta de amor, comprensión y estima principalmente por parte de su madre, alguien que la propia autora define como «bonita, inalcanzable, solitaria y cargada de pensamientos secretos que yo nunca conocería», una mujer «distante y enigmática» con quien tiene un trato frío y áspero, confesando que «mi relación con ella es íntima, dolorosa y frágil, y siempre ando buscando alguna señal de amor. Todo lo que hago, lo hago por complacerla, para que sonría, para desvanecer su ira»; con esta frialdad, la autora profesa la tremenda soledad que vive en su hogar, pues el día a día se resume en que «mi padre se había ido a trabajar y mi hermano estaba en la escuela. Entonces mi madre estaba sola, a pesar de que yo también estaba». Y un padre, con buena intención, pero carente de afecto, que «no se dirige a mí por iniciativa propia, porque no sabe qué decir a las niñas pequeñas»; alguien de quien afirma que, en contraposición con una madre que «la pegaba a menudo y fuerte», «mi padre no me pegaba nunca. Al contrario, era bueno conmigo. Todos los libros de mi infancia eran suyos (…) A pesar de todo, yo no sentía nada especial por él (…) Yo era la niña de mi madre y Edvin el niño de mi padre, y eso era una ley natural inmutable»; un padre con trabajos mal pagados que les llevó a pasar en varias ocasiones por apuros económicos. Un padre con una visión totalmente diferente sobre el futuro que esperaba a sus hijos, pues «las niñas no pueden ser poetas» a lo que ella, de manera reivindicativa y a la postre certera, afirma que «alguna vez escribiré todas las palabras que fluyen dentro de mí. Alguna vez otras personas las leerán en un libro y se sorprenderán de que las niñas sí pueden ser poetas» (una declaración que recuerda muchísimo a lo que escribió Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro»). 

De esta manera la autora nos retrata su infancia, una infancia difícil que ya la propia autora asevera con rotundidad al decir que «la infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no puedes escapar de ella tu sola (…) no puedes escapar de la infancia, la llevas pegada como la peste (…) te gires hacia donde te gires chocas con tu infancia y te haces daño, porque es angulosa y dura y no se termina hasta que te ha destrozado completamente». Una infancia en la que únicamente los libros y sus poemas presentan una vía de escape, el mundo infinito que encuentra cuando le dan permiso para acceder a la biblioteca y que expande y extiende a través de la escritura de poemas porque «a pesar de que a nadie le importen necesito escribirlos, porque amortiguan la tristeza y los anhelos de mi corazón».

En esta narración de su propia infancia se observa claramente el estilo de Ditlevsen: duro, muy duro, marcado por una infancia que recuerda con dureza, como una obligación y un infierno más que como un camino lleno de esperanzas. Aquí la única esperanza que transmite es la de que la infancia acabe, porque no sirve prácticamente para nada, únicamente para ser ignorada, maltratada, porque «siempre pienso que mi mare no me amará hasta que yo sea adulta (…) mi infancia la enoja tanto como a mí».

La autora sabe transmitir esa sensación de desamparo, de un gran abismo afectuoso del que solo se puede apartar momentáneamente cuando todos olvidan que existe. Esta es la dureza que hábilmente rezuman unas páginas llenas de impactantes y precisas frases que sin tapujos ni paliativos nos muestran una infancia triste y maltrecha. Una infancia llena de vacíos emocionales, de cierta hambruna y apetito, un apetito físico, pero también creativo, con su libro de poemas escritos a escondidas, un “lugar” donde depositar sus esperanzas y sus deseos, un espacio en el que poner sus expectativas a la altura de una calidad que ya de joven aventuraba que algún día destacaría hasta poder vivir de ella. El resto de su infancia, simplemente habitada por amistades casuales, tristeza, soledad, y tres meses de difteria que la dejarían con tanta anemia física como moral.

En «Juventud», la autora nos narra sus inicios en el mundo laboral, un mundo mal pagado y que le deja poco tiempo libre para leer o escribir, pero en el que, gracias a conocer a algunas personas que llegarían a ser clave en su vida, empieza a tener sus primeras relaciones sentimentales, muy vinculadas en su mayoría a los libros; su real y única pasión. Una juventud que, aunque deseada, le provoca insatisfacción y cierto desamparo en el siempre difícil paso a la edad adulta; un estado temporal en el que se siente pérdida y fuera del mundo, en el que «todo cambia sin parar, la único que permanece es el mundo de mi infancia». Pero, a pesar de cierto desánimo, empieza a encontrar un lugar en su mundo literario, con ciertos intentos en el teatro, pequeños encargos no retribuidos para escribir alguna canción de cumpleaños, algún poema, u otros pequeños actos para dirigirse al mundo de la creación literaria, su única pasión que confiesa afirmando que «no sé por qué tengo tantas ganas de que se editen mis poemas para que la gente con sentido poético pueda gozar con ellos. Pero lo quiero. Es hacia donde avanzo por caminos oscuros y tortuosos. Es lo que me da fuerzas para levantarme un día tras otro e ir a la oficina de la imprenta». Una juventud de la que, como la infancia, no siente que le aporte nada, y que aborrece afirmando que «mi juventud no es más que un defecto y un obstáculo que quiero sacarme de encima lo más pronto posible».

De esta manera, en esta segunda etapa vital, la narración destaca por ofrecer una visión terriblemente arrebatadora por la escritura, no únicamente como vía de escape de la autora, sino como un sueño que se eleva por encima de su reducido mundo; la poesía se convierte en centro y a la vez horizonte de su vida, estableciendo y construyen un pilar en torno a ella que deberá sustentarla y arraigarla a un mundo que se le antoja algo ajeno a sus deseos, aspiraciones e incluso manera de ser y ver la vida porque «la familia no entiende nunca a los artistas (…) los artistas solo se tienen los unos a los otros». Son esas edades tempranas cerca de los veinte años donde todo es posible, aunque parezca justo lo contrario, y donde la tenacidad, la determinación y la (casi) obsesión en la poesía se transforman en una persecución de determinación inquebrantable hacia la consecución de su más preciado deseo: dar a conocer al mundo su poesía.

Ya en su tercer volumen, «Dependencia», la autora nos relata sus diferentes matrimonios, el primero de los cuales con una edad aun muy joven y con alguien con quien «es como si antes de casarnos yo nos hubiéramos dicho todo lo que teníamos que decirnos y hubiéramos gastado todas las palabras que hubiéramos tenido que hacer durante los próximos veinticinco años». Es en este último tercio de libro entramos en su fase más “desencantada” donde sus inseguridades afloran mientras marchitan sus relaciones, llenas de dudas y reservas, de seguir los caminos marcados por las huellas de otros, dejándose llevar o arrastrar por la vida si tener en cuenta los deseos que van más allá de su ambición literaria. El tono en esta parte entra en el desencanto y el desánimo, la decadencia de una vida que, a pesar de ser aún joven, pierde el encanto de una juventud no aprovechada ni comprendida, y que se llena de matrimonios por la dependencia emocional de quien necesita a alguien a su lado, alguien a quién agarrarse para conseguir llegar donde quiere, o incluso donde teme.

Esta última parte del libro es realmente dura, donde la autora expone sin tapujos su caída a los infiernos tras una dura dependencia a las drogas, que únicamente y de manera puntual la escritura de un nuevo libro la mantienen a flote, pues la droga le obnubila y le adormece y eso es algo que no puede permitirse, porque «si mi vida se complica no podré trabajar, y cada vez soy más consciente de que lo único que me sale bien, lo único para lo que realmente tengo habilidad, es formar frases y combinaciones de palabras y escribir estrofas sencillas de cuatro versos». Así, el retrato de la vida de Tove queda completo y sometido a la dependencia que sintetiza el título de esta tercera parte: una dependencia al amor y al matrimonio, una dependencia a la escritura y una dependencia a las drogas, quizás para evadirse de una vida que no le satisface, de la que se siente ajena y poco merecedora, y en cierto punto incluso impostora. Una adicción soportada y fomentada por su propio marido que la atan a él hasta el punto de afirmar que «quiero vivir siempre así, no tengo ninguna necesidad de volver a experimentar con la realidad».

Estas páginas finales son de auténtico horror, el horror de ver cómo la vida desaparece delante de uno, aún y permaneciendo vivo. Días y noches que se mezclan, voces de hijos que apenas reconoces. Un infierno en vida que te tienta y te absorbe, y solo puedes notar su calor, intenso y eterno, y arroparte en él antes de caer en el sueño eterno en el más oscuro y solitario de los avernos.

Es de celebrar que finalmente las editoriales hayan apostado por publicar la obra de esta autora y espero que este sea el primero de muchos, pues su obra cuenta con muchos conjuntos de poemas, novelas y relatos cortos que, vista la calidad de la autora, seguro que bien valen una lectura. A pesar de que la misma nos lleve a lugares en los que nos aterra llegar, ni aunque sea momentáneamente.

También de Tove Ditlevsen en ULAD: Las caras

jueves, 3 de diciembre de 2020

Saša Stanišić: Los orígenes

Idioma original: alemán
Título original: Herkunft
Traducción: Belén Santana López (ed. en castellano) y Eva Garcia Pinos (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

La impronta de la guerra en un territorio, la marca que deja en aquellos que se ven obligados a dejar su país es imborrable y, con la huida, el inexorable distanciamiento y disgregación de unos orígenes no enraizados completamente si esta se produce a edades tempranas. Porque es indudable que cualquier guerra deja una traza ineludible para aquellos que la sufrieron, ya sea de manera directa o porque les obligó a fugarse de su país justo antes de que estallara. Esto es lo que le ocurrió a Saša Stanišić, huyendo con su madre de su natal Višegrad (Bosnia) a la edad de catorce años, en verano de 1992, cuando empezaron a quemar casas de origen musulmán. Pero este libro no trata sobre la guerra, o al menos no de manera directa, sino que trata sobre los orígenes, sobre el sentimiento de pertenencia y la voluntad del autor de explicar su vida, décadas después, para reconectar con esos años de infancia y adolescencia marcados por la adaptación a un país extraño, a una lengua desconocida y a una vida abismalmente diferente a la que estaba acostumbrado. Y la necesidad, siempre imperiosa, de reencontrar, años después, sus orígenes.

El relato empieza con el autor contándonos su nacimiento en 1978, en Višegrad, en un lluvioso día de marzo. Nos habla del entorno donde se crio, con una madre que estudiaba y un padre que trabajaba. Y con una abuela, Kristina, que le puso el nombre y le cuidaba durante gran parte de la semana junto con su abuelo Pero, «comunista de corazón y de carné». Una abuela de quien afirma que «vivió las guerras en casa. La Segunda Guerra Mundial en Staniševac, el pueblo de su infancia, la guerra de Bosnia, en Višegrad». Así, a partir de fragmentos, el autor nos habla de su juventud, a pinceladas, a través de anécdotas, afirmando con nostalgia que «el país donde nací ya no existe» en una Yugoslavia desaparecida.

El estilo del autor es muy poético, cálido, sensible, pausado y próximo. Stanišić nos habla de su infancia en una tierra de pequeñas costumbres, de lugares atrapados en pueblos donde el tiempo no pasa ni pasa por ellos, de su abuela y su tía abuela con sueños de astronauta, alguien que «no quería seguir esperando otras épocas»; nos habla de los pueblos pequeños y sus vidas tan grandes que llenan el pueblo. Ese estilo tan rural que en ocasiones recuerda a Tokarczuk y sus pequeñas aldeas de Antaño, por su lenguaje terrenal y agreste, por unas costumbres arraigadas a vidas llenas de sacrifico y vacías de superfluidad; en otras ocasiones, también recuerda a la Lana Bastašić de «Atrapa la liebre», por el retrato tangencial de una guerra yugoslava que los marcó a todos y que les impulsa a hablar de ella años después. Al fin y al cabo, son los orígenes, es la antigua vida que uno busca cuando la cree ya olvidada. 

Así, el autor, partiendo el relato de su vuelta a Oskaruša, el pueblo de sus antepasados, en un viaje en 2009, nos pone rápidamente en situación para hablarnos de su pasado con la compañía de su abuela y de su amigo Gavrilo, visitando a la tumba de sus bisabuelos; una visita que abre un camino directo a su infancia. Ya el propio autor afirma que «la historia empezó con los recuerdos que se borran y con un pueblo a punto de desaparecer. Empezó en presencia de los muertos: en la tumba de mis bisabuelos»; unos abuelos que son parte esencial del relato, pues son las conversaciones con su abuela, afectada de demencia, las que impulsan al autor a querer llenar esos vacíos recordando su propia historia, buscando encontrar su origen y nutrirlo, completarlo, pues «esta historia empieza con el encendido del mundo sumándole historias». Porque su abuela es un personaje clave, es el enlace entre pasado y presente, el puente entre Yugoslavia y Alemania, entre origen y destino, entre un pasado marcado por la guerra y un presente marcado por la añoranza. Y, en esos recuerdos, la imperecedera permanencia de los sentimientos, testigos incuestionables que anclan los recuerdos a una época, a una familia, porque «yo digo que la tierra natal es aquello sobre lo que estoy escribiendo. La abuela», «el origen es la abuela. Mi madre, su abuela», «y lo es también la niña de la calle que solo la abuela ve. Mi origen es Gavrilo, que me dice adiós con la mano».  Porque, en el fondo, los orígenes no son el lugar donde nacimos; nuestro origen es el entorno, donde nos criamos, pero también las familias y sus gentes, sus costumbres, sus vidas, también los recuerdos de la infancia y la de todos aquellos enraizados a una tierra sometida a guerras que dividieron familias y pueblos.

Estilísticamente, la sensibilidad del autor es innegable, y se hace evidente en cada una de las páginas de este precioso libro, como cuando afirma que «por más vueltas que le demos, el origen continúa siendo un constructo. Una especie de vestido que tendrás que llevar para siempre una vez te lo hayan puesto». El estilo de Stanišić es arrebatadoramente bello, poético, nostálgico; es el estilo de quien siente dentro de sí mismo el transcurso de una historia que empezó en sus antepasados, en esos pueblos pequeños de vidas humildes donde parece que el tiempo no avance, pero sí las guerras que los cruzaron; nos habla de una tierra lejana en el tiempo, pero próxima dentro de uno mismo, que forma parte de su historia, de manera interna, como si siguiera creciendo dentro de él, como si la llevara incorporada, impregnada en su propio ser.  Y con ese estilo, el autor mezcla anécdotas personales, a menudo basadas en el mundo del deporte, para ubicarnos temporalmente y anclar esos recuerdos que a nivel personal le impactaron con lo que sucedía en el país; de esta manera el retrato personal del autor cobra un sentido, pues los sucesos se mezclan en la memoria y se afianzan a un estado de ánimo personal y social de manera inseparable.

Stanišić nos habla de los recuerdos y la memoria, en apariencia indisociables, aunque la memoria se va perdiendo mientras que los recuerdos se reconstruyen cada vez que acudimos a ellos o ellos aparecen de golpe. Y en esa memoria cabe una vida, la suya o la de un pueblo, y nos habla de guerras y un pasado marcado profundamente por la muerte de Tito, punto de inflexión en la historia de un país que partía de una unidad y se disolvía en partes más pequeñas y enemistadas; la grieta que se abrió después de su muerte y de cómo «el resentimiento étnico se utilizó para dar soporte a los esfuerzos por dividir, el resentimiento étnico era la respuesta. La política no hacía disminuir el miedo, sino que alimentaba las hostilidades». Dice el autor, hablando por primera vez con una chica que le gustaba, que «tendría que haber explicado algo sobre mí, pero sólo podía recordar la maldita guerra. Y de eso no quería hablarle». Y con esa frase, uno se da cuenta de cómo una vida puede quedar llena por un suceso, como los recuerdos son ocupados en su totalidad por la tragedia, aún y siendo vista desde la distancia, porque los orígenes no se dejan, los llevamos dentro, y lo que ocurre en ellos vive en nosotros porque «los orígenes es sobresaltarse cuando alguien te llama por el nombre en tu ciudad natal».

Con este estilo impregnado de emotivas palabras, la prosa del autor vuela y fluye, próxima y cercana al lector, en pequeñas pinceladas que marcan la silueta clara y nítida del cuadro sentimental que la obra destaca; el trazo es firme y decidido, pero, a la vez, delicado, apelando a los sentimientos. La belleza de la prosa del autor aparece en cada página para recordarnos que nuestro pasado está repleto de momentos que cobran importancia al paso del tiempo, al recordarlos, al revivirlos, al requerirlos. Ellos constituyen nuestra memoria y, por tanto, les debemos aquello que ahora somos. El propio autor declara, refiriéndose a su madre en que «lo que echa de menos hoy en día no lo llena de invenciones, como yo hago.» 

El estilo de Stanišić es pausado, pero no lento, tiene la cadencia propia de quien narra con la vista dirigida a un pasado que sigue muy presente, la mirada vuelta hacia unos orígenes que lleva dentro de sí y que marcaron su vida y su huida, descubriéndose a sí mismo en otra ciudad y otra lengua, otros rostros y otro entorno, pero no otra vida, sino una capa más que cubre y protege la que dejó atrás, aunque sólo físicamente. Stanišić recuerda que en su llegada a Alemania vivió en condiciones muy humildes, en casa pobladas de gente y muebles viejos y aprovechados. Con dos padres que abandonaron su profesión y trabajaron en lo que pudieron, la construcción él y la lavandería ella. Una vida precaria, donde «no valía la pena comprar nada porque podían ser deportados en cualquier momento», en una vida en la que uno se avergüenza de traer amigos a casa y que vean las condiciones en las que viven y la infancia en la nueva tierra de acogida, con nuevas amistades de distintas procedencias, pero con un mismo origen: el del migrante. Y, ante la duda de cómo reaccionar hacia ese nuevo entorno, con las amenazas y riesgos de caer en la marginalidad, la confianza en hacerlo de la manera más sabia posible: «mi rebeldía consistió en adaptarme». Una vida en Heidelberg, una ciudad sobre la que Stanišić afirma que tiene «sus fachadas de arenisca siempre delicadamente rojizas, avergonzadas de su propia belleza». 

Dice Stanišić que «no culpo la guerra ni la separación del distanciamiento de mi familia. Como ejercicio de acercamiento, fabrico historias que nos unen». Es evidente que su historia nos une a todos, al apelar a nuestra memoria y nuestros recuerdos, diferentes en cada uno, pero reclamados por motivos parecidos y, en ese proceso, tal y como dice el autor en un fragmento del libro, «las palabras me rondan, me desconciertan, me hacen feliz, tengo que seleccionar las adecuadas para esta historia». Y es evidente que el escritor ha cumplido con su propósito, pues ha encontrado, en cada una de ellas, la manera idónea de acceder a nuestros propios orígenes.

lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constate una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.

martes, 15 de octubre de 2019

Annie Ernaux: Los años

Idioma original: francés
Título original: Les Années
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez (ed. en castellano) / Valèria Gaillard (ed. en catalán)
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

«Todas las imágenes desaparecerán.»

Así empieza la novela de Annie Ernaux, y ya apunta de entrada hacia donde irá el libro, cuál es su propósito. Porque a esa frase le sigue un conjunto de imágenes, de recuerdos, que la autora narra siendo plenamente consciente que un día dejará de recordar, desparecerán, y se sumarán a las múltiples imágenes que nuestra memoria descarta y aleja de nuestra consciencia en un ejercicio de dudoso propósito.

Annie Ernaux acostumbra a basar su obra en su propia biografía y, fiel a su estilo, parte de momentos puntuales para dirigir la narración hacia un sitio u otro, hacia la adolescencia como en «Memoria de chica», hacia la madurez como en «La mujer helada» o hacia la enfermedad de su madre y cómo le afectó, como en «No he salido de mi noche». En este caso, hace algo diferente, y deja en parte de lado su parte más crítica para analizar su vida y la de la sociedad europea desde los años cuarenta hasta prácticamente nuestros días.

De esta manera, en orden cronológico, Annie Ernaux nos traslada de inicio a su infancia, en la década de los 40, una época donde la Segunda Guerra Mundial ocupaba el día a día, y nos recuerda sus años de escuela, aprendiendo el idioma a través de las reglas de la gramática del buen francés, un francés distinto al de casa donde había «la lengua original, la que no obligaba a reflexionar sobre las palabras». La autora brilla en el retrato de un pasado añorado, aunque difícil y, trasladándonos a esa época post Segunda Guerra Mundial, de penurias económicas y rigidez escolar, nos devuelve a la calidez de un hogar, de una infancia que aprovecha cada día sabiendo que el futuro está aún lejos, pero siendo consciente de los cambios que se acercaban. Desde su niñez contemplaba, finalizada la guerra, los avances de la sociedad y la cercanía de un progreso que prometía llevar a sus vidas el bienestar, la salud de los niños, casa luminosas y calles iluminadas. Un futuro que tenía forma de plástico, de fórmica, de antibióticos e indemnizaciones de la seguridad social.

La autora también nos recuerda la adolescencia, envuelta de un aura de sexo y deseo que la mentalidad de la sociedad constreñía y culpaba, el cambio físico y social existente que suponía para los jóvenes realizar el servicio militar, el paso del niño al hombre a ojos de uno mismo y de una mentalidad de costuras estrechas y rígidas como los uniformes que portaban. Y la juventud, con la sociedad que marca su horizonte, anclado por la alianza de un futuro matrimonio impuesto por la manera de pensar de una época que valora la virginidad y la castidad por encima de las libertades: «ni la inteligencia, ni los estudios, ni la belleza, nada contaba tanto como la reputación sexual de una chica, es decir, su valor en el mercado del matrimonio». Son párrafos que nos recuerdan inexorablemente a «La mujer helada», pero también a la experiencia narrada en «Memoria de chica».

Y en la madurez, la plena conciencia de verse realizada como mujer, de saber que el mundo está en las propias manos y que aquello que venga en forma de invento o progreso será mejor para sus vidas, unas vidas que avanzan rápidamente hacia un futuro altamente cambiante y prometedor, de tecnología y avances, de cambios sociales y apertura, de derechos y libertades; un momento en su existencia donde «nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie» y expresa la ilusión que sentían al afirmar «el futuro parecía radiante, las tareas pesadas y sucias las harían los robots, todos los individuos tendrían acceso a la cultura y el saber». Una madurez, también familiar y afectiva, que viene de la mano de una familia, que la llena de emociones y sentimiento a la vez que de dudas sobre sí misma, pues se ha desviado de sus objetivos anteriores, con un creciente «miedo de instalarse en esta vida tranquila y confortable, haber vivido sin haberse percatado de ello». Y la añoranza a unos tiempos ya pasados, plagados de ilusiones y sueños, que chocan frontalmente con ese futuro que viene lleno de cosas materiales e innecesarias, de manera que «el pasado y el futuro, en definitiva, se han invertido, es el pasado, no el futuro, que ahora es objeto de deseo».

Como no puede ser de otra manera, la autora francesa también hace un alto en el camino para destacar el cambio que supuso el año 1968 en la sociedad, rompiendo todas las cotillas que ataban una sociedad al corpiño de estrictas normas sociales y leyes. La apertura del mundo, de las universidades y las tertulias, de los teatros y la cultura ofreciendo así el bien más preciado: la accesibilidad a las ideas. «Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: sentíamos que no teníamos nada a perder si lo probábamos todo. 1968 era el primer año del mundo.»

Y ya en los 80, que dejó atrás muchas cosas del pasado, ya no se hablaba del antes, sino que se vivía el ahora, un ahora donde la religión había «dejado de atemorizar el imaginario de los adolescentes prepúberes, ya no se regulaban los intercambios sexuales y el vientre de las mujeres había salido de su control». Y el final de la década de la década, con la revolución de Tiananmén, la caída del muro de Berlín con la llegada del mundo del este a sus vidas, la difusión cada vez más de la enfermedad del sida, y la invasión de las tropas de Hussein a Kuwait, que prologaban una guerra, concepto que quedaba ya muy lejos en la memoria de la gente.

En sus recuerdos más cercanos a nuestros días, la autora destaca también el cambio de milenio, saltando de año con gran recelo por un efecto 2000 que no fue tal, pero que nos empujó a un mundo tecnológico que aceleró nuestras vidas, teniendo todo el mundo a nuestro alcance, consiguiendo alcanzar «el gran deseo de potencia e impunidad. Evolucionábamos en la realidad de un mundo sin objetos ni sujetos. Internet operaba la brillante transformación del mundo en discurso». Y con ello, la supresión de la paciencia, la rotura del tiempo entre privación y obtención, queriéndolo todo al instante, consumiendo información de manera voraz. «Con las técnicas digitales agotábamos la realidad».

Por todo lo expuesto, «Los años» se trata de una muy interesante obra que cuenta, de manera plenamente subjetiva, como la población asumió los cambios y el paso del tiempo, con los temores ante los cambios y la esperanza de un futuro que, en ocasiones se auguraba prometedor y, en otros casos, decepcionante o incluso aterrador. Menos contundente que en otras novelas, menos crítica hacia su vida o hacia la sociedad, el retrato que hace Ernaux tiene la belleza de la nostalgia del que ve su pasado como parte de uno mismo, como una época donde uno aguardaba con ilusión lo que el futuro cambiaría de sus vidas. Pero también la reflexión de quien, al ver el mundo que tenemos, siente cierta desolación por no estar a la altura de aquello que cobijábamos cuando soñábamos con él. La mirada que Annie Ernaux realiza sobre tantas décadas arroja una sensación de que hemos caído de manera inocente a las tentaciones que venían disfrazadas de progreso. Y nos hemos quedado en una época que no dejará demasiados recuerdos, aunque sí imágenes, hechos y tecnología que, como nosotros mismos, acabará siendo obsoleta al paso de los años.

PS: La edición que he leído es en catalán, por lo que es posible que la citas que he incluido no se ajusten a la edición en castellano

También de Annie Ernaux en ULAD: La mujer heladaMemoria de chicaEl uso de la foto, No he salido de mi nocheUna mujerLa otra hija, El lugar, El lugar (contrarreseña)

jueves, 1 de agosto de 2019

Karl Ove Knausgård: Fin

Idioma original: noruego
Título original: Min kamp. Sjette bok
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 2011
Valoración: recomendable para fans

Bien es sabido que Karl Ove Knausgård es un autor que despierta grandes pasiones o enormes aversiones. Hay quien no entiende en absoluto su obra o el interés que pueda tener, y hay quien, como yo, encuentra que el autor noruego ha cambiado el panorama narrativo, ha sacudido el mundo literario al profundizar en la cotidianidad hasta un punto en el creo que todos podemos ver ciertas similitudes con nuestras propias vidas y arrastrarnos con él a la reflexión sobre nuestras propias miserias diarias.

Con «Fin» acaba la mastodóntica obra que inició con «La muerte del padre» y, más que un final, este libro nos narra la consecuencia de la publicación de la misma, pues el autor da un paso más en la narración de su propia vida y, ya en el mismo libro, describe sus recelos por la publicación del libro que nos ocupa. Porque de eso trata principalmente este volumen, de las consecuencias de su obra, del impacto que supondrá en su vida y en las de quienes participan en ella. Ese era el riesgo al escribirlo y publicarlo, ese era el dilema, y el autor, finalmente, se da cuenta de ello, aunque puede que algo tarde. También habla de Hitler, el nazismo y otras disertaciones ensayísticas, pero de eso casi ni hablaremos porque, personalmente, encuentro algo forzado que el autor se haya ido por esas ramas. Así que vayamos por partes, que las más de mil páginas de este volumen dan para mucho.

Empieza el libro y ves que quizá sí, que quizá hay un exceso de detalle, que quizá nuestros uladianos Santi o Koldo tienen algo de razón en que hay una desmesura descriptiva en la narración, pero es un efecto bastante efímero, porque una vez se avanza en la lectura, los recuerdos que tenemos de la calidad del autor vuelven, todas las sensaciones de lo anteriores libros retornan como si no hubieran pasado dos años desde la publicación del quinto volumen. Porque es Knausgård, y cuando entras en su mundo, no puedes volver atrás; él se queda ahí, en tu interior, esperando a sacar su espíritu crítico y contundente para hacerte reflexionar sobre los aspectos más ocultos de la vida interior. Siempre presente, siempre al acecho, siempre recordándote que no todo es bonito, que no todo es alegre, y que a veces conviene sacarlo fuera antes de que permanezca dentro y, finalmente, estalle.

Estructuralmente, el libro se divide en tres capítulos muy diferenciados. En el primero se centra principalmente en la desazón del autor ante la inminente publicación de su obra, por las consecuencias que pueda suponer en la relación con quienes aparecen en ella. Y el autor empieza a intuir el efecto de su obra cuando envía algunos ejemplares a sus allegados. En su narración, Knausgård nos trasmite los nervios, por aquello que ha escrito, por los efectos en aquellos sobre quienes ha escrito, porque saldrá a la luz lo que dice de ellos, de Linda, Yngve, Gunnar, Vidar, Tonje, Hanne, lo que piensa de ellos, lo que siente por ellos. Y eso es mucho, y no siempre es bueno. Los nervios se convierten en miedo, el miedo en indecisión, la indecisión en la duda, y tras la duda, la desconfianza y el cuestionamiento sobre la idoneidad de la publicación y la consecuencia para los que en ella salen y también para él mismo, en forma de la vergüenza. Knausgård nos habla de la culpa y de la dualidad entre el deseo de querer publicar el libro y la carga de consciencia que le acarrea saber el daño que hará a quienes salen en él. Y esa pena le carcome, le afecta, le ataca y permanece dentro de él, extendiéndose a lo largo de su cuerpo y más allá, a sus amigos, a su pareja a su familia. Y en contraposición, la opinión de su amigo Geir, que cuanto mayor escándalo más ventas, más fama, más dinero. Aunque sea a costa de los demás, o a costa de sí mismo.

Knausgård también utiliza esta primera parte para tratar hasta qué punto el relato es fiable, sometiendo su memoria a un juicio sobre la veracidad de lo sucedido, sobre cuánto hay de real y cuanto de invención. De esta manera, el propio autor ya se adelanta a lo que algunos críticos apuntarían una vez publicado: ¿hasta qué punto la autoficción debe narrar aquello sucedido realmente? ¿Es posible y legítimo añadir capas de ficción a lo que serían unas memorias? Así, Knausgård utiliza este último libro para autocuestionarse y nos habla también sobre el porqué de su enfoque sobre el libro y de su motivación para ello; él quería hablar sobre la realidad de la vida, «pero no de un modo general, porque lo general está emparentados con lo ideal, en realidad no existe, sólo existe lo particular, y como lo particular en este caso soy yo, eso fue sobre lo que escribí.» En este aspecto, este último volumen se aparta en momentos de la narrativa autobiográfica para acercarse al ensayo, a la reflexión sobre realidad y percepción.

Y en esta narración a medio camino entre narrativa y ensayo literario y filosófico, el autor empieza una digresión sobre el lenguaje y la sociedad, dedicando decenas de páginas al poema «Stretta» de Celan para, a continuación, seguir con su análisis hablando sobre Marx, sobre el trabajo y su exceso, sobre la identidad y cómo la conseguimos. También habla de la cultura y su singularidad, la originalidad y cómo afecta de manera diferente a cada individuo y, a partir de ahí, nos habla de la literatura del yo. Y aquí es donde el libro empieza a ponerse cuesta arriba, por caminos tortuosos y poco satisfactorios. Porque entramos en la segunda parte del libro y, a pesar que en la primera parte ya se intuía una cierta inclinación al ensayo, aquí Knausgård se deja ir y nos ofrece una disquisición de unas cuatrocientas páginas sobre Hitler, su vida y su obra, justificando este excurso en que ambas obras comparten el título de su biografía: «Mi lucha».

Lamentablemente, encuentro esta segunda parte sobrante y, a mi parecer, está totalmente desvinculada de toda «Mi lucha» siendo puramente un ejercicio literario ensayístico sobre Hitler, ni más ni menos, por mucho que el autor intente encontrar puntos de conexión a partir del lenguaje utilizado y su enfoque hacia el yo, el nosotros, el ellos... ¡Ah!, y habla también de la Biblia, de Leonardo Da Vinci, Shakespeare, El Quijote… un sinfín de ideas mezcladas que poco aportan al resto de la narración, por muy bien documentado que el autor noruego parezca estar sobre estos temas. Pero no, mi admirado Karl Ove, no hemos venido aquí a hablar de Hitler. Eso hubiera podido ir en un libro aparte, no como parte de tu biografía. Así que, amigos lectores, si queréis saltaros esta parte, no os perdéis nada, incluso saldréis ganando pues el libro os parecerá bastante mejor.

De todos modos, y afortunadamente, entramos en el tercer capítulo, el mejor de todos y la parte en la que Karl Ove nos devuelve esa ilusión por leer la historia que empezó con su primer libro. En este último capítulo el autor retoma las riendas que perdió en el capítulo anterior y nos ofrece, otra vez, su mejor literatura. Porque en esta parte, Knausgård sale de su universo personal en el que estaba encerrado en la primera parte (una parte con aún más detalle sobre la cotidianidad de lo que nos tenía acostumbrados) y cierra el abanico de sus problemas ciñéndose al ámbito estrechamente familiar: el de la pareja e hijos. En este último capítulo del libro (o su último tercio) el autor vuelve al nivel al que nos tenía acostumbrados, abandona el exceso de egocentrismo de la primera parte, deja de lado su ensayo sobre la biblia, Hitler, Celan, etc. y vuelve a hablar de su vida, de la familia, de sueños olvidados entre realidades obstinadas, de ilusiones perdidas entre escenas cotidianas, de remordimientos y lamentos entre destellos de alegría. Ahí sí vemos al Knausgård que nos ha atrapado en esta inmensa y titánica aventura que durante seis grandes volúmenes nos ha ido guiando por su vida, esperando encontrar en su camino las trazas de nuestra propia existencia. En este último tramo nos muestra otra vez esa soledad, esa lucha (aquí sí, aquí sí está su lucha real), una lucha que guarda relación a la lucha entre la vida que quiere y la que tiene, entre el sueño de ser escritor y una realidad que le ata a un presente del que no puede huir, que le traba en su intento de lograr ser quien quiere ser, que le limita y le absorbe sin dejar mucho lugar a que su yo aparezca y destelle. Y el autor, consciente de ello, lo expone claramente diciendo que «eso era lo que tiraba de mí. Se trataba de estar abierto ante el mundo, de dejar que ocurriera lo que tuviera que ocurrir y no permitir que estuviera dirigido por esas estructuras determinadas formadas por la educación, el trabajo, los niños y la casa».

Knausgård planea su lucha en un escenario donde la cotidianidad le arrastra de manera inexorable a la realidad, donde sus anhelos y su elevado sentido de la profundidad en la que se mueve una vida quedan absolutamente devastados por una rutina que le ata a la tierra, que le impide ser quien realmente querría ser. Pero también le sirve como excusa, pues se percibe cierta dejadez en las funciones, trasmite que, en parte, ya le va bien que le impidan ser quien querría, pues el esfuerzo y dedicación serían de titánicas dimensiones. Esa es otra de sus luchas, la lucha entre quien quiere ser y quien realmente es, la lucha entre un mundo que vive en su cabeza con su entorno real. Así, una vez terminado el libro, queda claro que mi lucha no es respecto a su padre, o a su familia, o incluso tampoco hacia su vida exterior, sino respecto a él mismo, una lucha respecto a su yo personal y su yo literario.  Y gana su parte artística, dejando a un lado, como víctima de su lucha como un cadáver sin posibilidad de redención, o tan siquiera perdón, todo el resto.

Con este libro Knausgård sitúa su obra en un lugar destacado junto a otros autores que han marcado precedentes y distancias en la literatura, por romper esquemas o cambiar el enfoque sobre lo tratado. Knausgård justifica su narración y la rodea de un relato analítico sobre el mundo que nos rodea, sobre el porqué de su intencionalidad, y escribe un libro sobre su propia obra, reafirmándose en la literatura del yo, ya no únicamente como auto ficción narrativa sino también como un ejercicio meta literario donde se cuestiona a la vez que se reafirma sobre la necesidad de publicar una obra que va más allá de sí mismo, nos interpela a todos. Ese es probablemente su mayor ambición, partir de uno mismo para llegar a cada uno de nosotros y vernos reflejados, desde lo plural a lo individual, desde lo genérico a la especifico, desde la sociedad a un mismo. Puede ser él, o cada uno de nosotros, pues esta obra es el espejo en el cual podemos contemplarnos a nosotros mismos, y calibrar en su reflejo cuánto hay de esa cruda realidad en nuestras propias vidas.

Terminado el libro, terminados sus seis volúmenes y más de 3.500 páginas, puedo discrepar con rotundidad con aquellos que cuestionan del por qué hay necesidad de tanto detalle sobre la vida cotidiana de una persona. La respuesta es clara: porque su vida al escribir la obra era como la de cualquier otro y su lucha también, una lucha consigo mismo, con su yo que tiene una familia, amigos y obligaciones y un yo más elevado, más aspiracional, más deseoso de querer conseguir alcanzar sus sueños. Knausgård sabe que ahí está la lucha verdadera, la que cada uno de nosotros libramos con nosotros mismos día a día, decepción a decepción y en contra de la rutina. Una lucha que determinará si nos sometemos a una vida acomodaticia o aspiramos a hacer aquello que realmente nos mueve y luchar contra todo si hace falta; contra uno mismo, también. Él ha librado su lucha, arriesgando su vida personal. El precio pagado es alto, pero, ¿cuál hubiera sido el precio personal en su consciencia en caso de no haberlo hecho?

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: La muerte del padre (y su contrareseña aquí), Un hombre enamorado, Tiene que lloverLa importancia de la novela

viernes, 28 de junio de 2019

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes

Idioma original: inglés
Título original: Sleepless Nights
Traducción: Marta Alcaraz
Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable

El afán lector, la voracidad, o incluso el ansia por leer todo lo posible, lo antes posible, lo máximo posible, imprime a veces una velocidad de lectura por encima de la que el texto pide o demanda. Pero hay libros que te obligan a parar, interrumpir esa velocidad de crucero para marcar una pausa y ponerse cómodos y, especialmente, atentos. Y Elizabeth Hardwick sabe hacer eso, sabe hacernos tomar consciencia de que debemos encarar la lectura de un modo pausado. Porque pocas palabras bastan para darse cuenta que este libro no es de consumo rápido, nada más lejos del típico fast food libresco. Aquí hay profundidad, y prosa medida y precisa. Y eso requiere calma, y se agradece que la mano de la autora sepa hacerte tomar consciencia de ello.

Porque hablamos de Hardwick, una escritora con un inmenso talento oculto tras la sombra del que fuera su marido, Robert Lowell (uno de los grandes poetas estadounidenses de la post-guerra), que demuestra en este libro autobiográfico su enorme potencial, en una narración plagada de reflexiones y situaciones diversas, de estructura casi anárquica, casi desorganizada, o al menos en apariencia, pues las reflexiones, como la memoria y los recuerdos, vienen cuando vienen, cogen la forma que les conviene y se van cuando aún estás pensando en ellos. Pero, en ese camino del lector a la adaptación del estilo narrativo, la autora lo pone extremadamente fácil, pues ya en las primeras páginas topas con perlas, con frases como «entonces yo era un ‘nosotros’». Y los ojos de quedan ahí, sin parpadear, como si con esa simple acción pudiéramos conseguir fijar esta compleja frase en la memoria. Porque esta es una de las maravillas de este libro, pues la autora sabe hallar el canal preciso para llegar al lector y, una vez encontrado, llenarlo con multitud de reflexiones. Y preguntas, y respuestas.

En su narración, nutre y viste el relato de referencias a Borges, Goethe, Pasternak, Ibsen, Rilke, y ese bagaje intelectual y cultural de la autora se hace evidente en la calidad que su obra atesora. La formación académica que recibió está marcadamente presente, pero como todo en la vida tiene matices a la hora de recordar qué le aportó, para bien y para mal; una formación académica a la que le dedica también unas palabras en el libro, al narrar «Kentucky, Lexington, la universidad, Henry Clay High School, Main Street. El cementerio donde reposan tu hogar, tu educación, tus nervios, tu herencia y tus tics. Su desaparición apena; su permanencia duele».

Más allá de ciertas referencias literarias, en este libro de memorias y reflexiones, las autora nos traslada a la época de sus primeros amores y recuerda ese enamoramiento propio de la edad en la que sabemos poco, del amor y de nosotros, y que nos lleva en ocasiones a depositar nuestros sentimientos y deseos en un destinatario no adecuado, no aconsejable, en un acto de enamoramiento ciego, que cierra los ojos a una realidad escondida tras un manto de inocencia y deseo, que pone un cerrojo a nuestras más humildes e inocentes intenciones. También nos habla del tiempo pasado en Holanda, y nos hace testigos de encuentros amorosos de conocidos y amigos, exponiendo en sus recuerdos aquellas dudas, dificultades y amores florecientes, origen de tan habituales pasiones y desengaños. Relaciones a tres, amantes desconsolados, infidelidades que desafían a matrimonios en declive, estabilidades conyugales de apariencias férreas, pero de frágil equilibrio e incierto futuro. La autora lo recuerda al afirmar que «la paradoja de la mujer que solo después de casarse y sentar la cabeza alcanza la verdadera soltería. Toma las riendas y adquiere un estado de dependencia dominante de la que solamente ella tiene la llave. Cuánta confianza en su reinado; cuánta habilidad en la diplomacia solitaria, en la preparación del futuro y en el control del presente. Recauda las rentas y las administra, prudente, sin olvidar jamás que está sola».

Y entre idas y venidas, entre experiencias cargadas de intensidad tras su estancia en varias ciudades europeas o estadounidenses, y como si fuera Vivian Gornick en «Apegos feroces» o «La mujer singular y la ciudad», aparece Nueva York como un personaje más, como alguien a quien conoces en tu vida; es difícil explicar cómo era ella sin esa influencia, sin ese magnetismo, sin esa atracción que desprende una ciudad donde «en el cielo no se veían estrellas, pero siempre resplandecía con el titilar de luces constantes», una ciudad en la que «la cáustica luz del crepúsculo caía sobre los intersticios que separaban los edificios grises y rojos».  Y el jazz, siempre presente, como una banda sonora inherente, inseparable, de la ciudad, tomando cuerpo en la figura de Billie Holiday. Hay muchas historias de mujeres, a las que Hardwick habla desde el respeto y, en cierta medida, admiración, historias que en palabras de la propia de Hardwick merecerían bastante más que los breves párrafos que les dedica, personajes en apariencia comunes, pero con unas historias personales que despiertan la curiosidad de quien se acerca a ellas desde una distancia física y temporal que Hardwick reduce a décimas de segundo, lo que se tarda en interiorizar sus palabras siempre precisas y mesuradas.

La narración del yo, tantas veces criticada en la actualidad, en este caso es un yo que es una época, una sociedad cambiante a lo largo del tiempo que cubre la historia, que se transforma con el paso del tiempo, que conoce comunistas y socialistas, artistas y cantantes de jazz, pobres y clase media, así como relaciones rotas antes de empezar y sueños que se cumplen solo a medias, hasta el despertar a menudo abrupto y accidentado. Hay criadas y mujeres ricas, amantes y amigos, hay necesidades afectivas a cubrir, por todos, envueltos en situaciones de amores desvanecidos, que la prosa siempre afilada y precisa de la autora describe afirmando que «a menudo se observan mutuamente, pero miran sin ver, como dos espejos colgados de paredes enfrentadas» o también cuando hábilmente expone los encuentros sin porvenir, las citas sin futuro, en esas situaciones donde «la esperanza resistente y perenne no sobrevive al final de la cena. Esto es Nueva York, con sus tumbas al lado de la orilla».

También habla de personas sin un prometedor futuro, personas que «nunca conocieron la clase media ni el esperanzado temblor que se apodera de quien, tambaleándose, logra subir algunos peldaños. Ellos vivían en un mundo de ideas que había llegado hasta ellos como si de una carta con la dirección mal escrita se tratara…» o, al hablar de la clase trabajadora, afirmando que «hombre con los ojos surcados de venitas rojas, con pesados sellos del instituto, con camiseta de algodón blanco y jornadas en la gasolinera para trabajar en esa familia que, desde su primera adolescencia, ya imaginan».

Así, embelesado por la calidad de la prosa que transmite en cada párrafo y en un vaivén temporal que para nada dificulta la comprensión de la lectura, uno avanza por ella como quien ha sido invitado a una charla en la intimidad, como si fuéramos ese hombro sobre el cual la autora profesa y airea sus confesiones, reflexiones sobre la vida, de la suya, de la de todos, momentos que marcan el destino, que dejan huella en un presente lastrado a una experiencia, siempre buscada, aunque de resultado no siempre deseado. Y en el espíritu de confidencia que despiertan sus palabras, nos recuerda que «las preocupaciones y las lecturas de toda una vida pueden reportarte viajes gratis que no estás segura de querer aceptar». Porque en el fondo, de eso se trata, de abrir un libro como quién se abre al mundo, y que lo que nos llegue de él sepamos encajarlo en nosotros mismos de la mejor manera posible y obtener toda la enseñanza que nuestra mente acepte.

El estilo narrativo de Hardwick está repleto de una belleza inusual, de una redondez literaria fuera de lo común, de una potencia narrativa difícil de encontrar. Estamos hablando de un auténtico librazo, una de aquellas obras que siempre deben quedar en una zona destacada de nuestra librería por si, en un ataque de ansiedad cualitativa, o por si alguna vez dudamos sobre de qué trata esto que llamamos literatura, pueda uno alcanzarlo rápidamente y volver a creer en la fuerza de las palabras.

También de Elizabeth Hardwick en ULAD: Historias de Nueva York

sábado, 8 de junio de 2019

Rob Sheffield: Vives en las cintas que me grabaste

Idioma original: inglés
Título original: Love is a Mix Tape
Traducción: Carles Andreu
Año de publicación: 2007
Valoración: está bien

Los que tenemos cierta edad, tampoco mucha, creo, recordamos con nostalgia la época en que hacíamos recopilatorios en cintas de casete, seleccionando con cuidado un conjunto de canciones que nos gustaban. Algo parecido le ocurría al autor de este libro, columnista habitual de Rolling Stone, pero en este caso es algo mucho más triste: su mujer murió joven y, revolviendo cajas viejas, encuentra una cinta con títulos de canciones escritos a mano por ella. Y lo que ocurre en estos casos, solo hay que escuchar de nuevo esas canciones para que los recuerdos vuelvan, como si siempre hubieran estado ahí, esperándonos.

Porque, seamos honestos, ¿quién no ha grabado alguna vez una cinta con sus imprescindibles a la chica/o de nuestros sueños, tras horas de estudioso análisis sobre qué incluir y qué no, en tan limitado espacio? (Millenials, la tecnología del presente os ha quitado este placer, ¡que lo sepáis!) ¿Quién no ha hecho una recopilación de canciones para alguna fiesta, o para momentos adrenalínicos, para una velada romántica o incluso preparando un largo trayecto en coche? La nostalgia invade esos momentos de laborioso trabajo, para grabar una cinta de casete con esa doble pletina que sería nuestra salvación, con la cuál grabaríamos esa recopilación perfecta, encajando canciones, seleccionando el número de ellas para que en esos limitados minutos cupiera todo aquello que pretendíamos. Pero centrémonos, que los recuerdos me llevan por caminos interminables.

El autor parte de esa cinta encontrada para hablarnos de su vida y la que tuvo con su mujer, una relación vinculada inexorablemente a la música, formando un trío inseparable. El autor lo confirma afirmando, claramente, que «no teníamos nada en común, más allá de nuestra pasión por la música». Ambos apasionados por la música, ambos críticos de rock, escribiendo sobre música y participando en ella, pinchando canciones en emisoras locales. «Siempre había más música genial que tiempo para escribir sobre ella» (algo que, respecto a los libros, podríamos afirmar todos y cada uno de los miembros de ULAD, o también respecto a la música en nuestro blog hermano UDALS).

Por ello, en este libro autobiográfico hay muchísimas referencias a grupos musicales, pues aparecen The Replacements, Big Star y su «Thirteen» (¡cómo no!), The Smiths, Rolling Stones, Nirvana, Green Day, Bowie, REM, The Beattles, Marvin Gaye, Elvis Costello, Van Morrison, Bob Dylan, Roxy Music, Madonna, Ryan Adams, Garbage; el autor habla también de los inicios de su adolescencia escuchando Led Zeppelin, Van Halen, Fletwood Mac, Meat Loaf, Aerosmith,  Lou Reed, Simply Red, Prince, Elton John... a los que, más adelante, seguirían los Lynyrd Skynyrd, Tom Waits, Beach Boys, Matthew Sweet, Red Hot Chili Pepers, Dexys Midnight Runners, Morrissey, Teenage Fan Club, y una lista interminable de grupos que a buen seguro muchos de los amantes de la música conocemos y ligamos directamente a nuestra propia vida.

El autor estructura el libro en clave retrospectiva y en orden cronológico, separando los capítulos en los sucesivos años y en las cintas que grabó en cada uno de ellos. A partir de esas canciones, reconstruye la historia de su vida y, en ese aspecto, la música lo pone fácil, pues coincido totalmente con el autor cuando afirma que «nada te conecta tanto al momento como la música». Es algo inevitable, siempre recuerdas dónde y con quién escuchabas esas canciones que te marcaron, especialmente (diría yo) en la adolescencia. No sé si seguirá siendo así en los jóvenes actuales, donde las cintas han sido sustituidas por listas de reproducción en plataformas como Spotify o Youtube, donde los grupos viven de sus singles y no de sus álbumes, unos álbumes que escuchábamos de manera repetida, una y otra vez, hasta sabérnoslos enteros, pues la oferta musical estaba íntimamente limitada a nuestros recursos económicos y la radio. Y esa limitación convertía el placer de escuchar música, nuestra música, en algo especial. Me gustaría creer que aún pasa eso, que aún esas personas que han descubierto la música en época digital sienten lo que nosotros, que la música llena sus vidas como hizo con las nuestras. Y mientras pienso eso, me doy cuenta que nos vamos haciendo mayores, pero... ¡qué bien lo pasamos!.

Lamentablemente, la historia que narra el libro no engancha. No sé si es por sus múltiples referencias a grupos musicales (no creo que sea el caso, adoro «Alta fidelidad», de Nick Hornby) o si es que la disrupción temporal de una historia narrada a base de recuerdos puntuales hace que la historia no atrape, pues uno pierde hilo, pierde sintonía y pierde conexión. El caso es que la narración es altamente distante, y uno va leyendo casi sin interesarse por su historia, únicamente por su música, e intentar encontrar en ella aquellas referencias que le trasladen a sus propios recuerdos, a su propia vida. Le falta emotividad, le falta sentimiento, y le falta capacidad de transmitir, a pesar de la tragedia narrada; únicamente encontramos algo que nos conmueva en la parte final, donde habla de la pérdida y lo que significa, lo que se lleva de nuestras vidas. En esa parte sí creo que el autor encuentra el tono narrativo esperado.

Por todo ello, finalizado el libro uno se queda con la sensación de que, a pesar de que el autor nos narrara esa parte de su vida, conocemos más bien poco sobre cómo es él, y cómo era ella, qué pensaban y sentían, y sabe mal, pues en un libro con una historia tan traumática y orientándolo de la manera en la que lo hizo el autor, parecía interesante y, sinceramente, esperaba bastante más, pues a excepción de algún momento puntual, deja bastante indiferente. Al final, más allá de alguna interesante reflexión puntual sobre la vida y la muerte, lo que esta lectura nos aporta es un conjunto de referencias a grupos musicales que, si bien tienen incidencia en la historia del protagonista, uno acaba el libro pensando no en el autor y su experiencia, sino en cómo esos grupos afectaron a nuestra propia vida y cómo siguen haciéndolo, cada día, y que nunca nos falten esas canciones que nos conmuevan y nos hagan sentir vivos, componiendo la banda sonora de nuestras vidas.

viernes, 10 de mayo de 2019

Neus Canyelles: Les millors vacances de la meva vida

Idioma original: catalán
Título original: Les millors vacances de la meva vida
Año de publicación: 2019
Traducción: sin traducción a otros idiomas
Valoración: recomendable

En un mundo literario siempre exigente y cada vez más prolífico, la otorgación de un premio debería suponer un empuje en la carrera profesional de un autor. Se auguran grandes ventas, nuevos y mejores libros, y un status que debería dar al autor cierta tranquilidad por haber llegado a un punto importante en su trayectoria. Pero también puede ser motivo de una exigencia extrema hacia uno mismo, o acentuar el miedo al fracaso. Algo parecido le sucedió a la autora tras ganar el Premio Mercè Rodoreda en 2013 por su libro de cuentos «Mai no sé què fer fora de casa». Porque hubo un antes y un después, y el después no fue nada fácil. Y lo narra en este libro.

Escrito en clave biográfica, la autora nos cuenta su experiencia vital, partiendo de un punto que supuso la inflexión, no únicamente de su carrera literaria, sino también de su vida: ganar el premio Mercè Rodoreda. Tras la otorgación del premio, la autora sufrió una crisis literaria que arrastró al aspecto personal, pues el reconocimiento o empuje que esperaba no se tradujeron en resultados. Y ello fue gran parte de la culpa de que pasara por un estado de depresión que la llevó a acabar internada en un hospital psiquiátrico en dos ocasiones tras intentar sucidarse. Este momento supone el punto de partida de esta novela, una novela donde nos habla de la familia, la responsabilidad y la crisis anímica por la que pasó.

A menudo se dice que los inicios de una novela son la parte más importante, pues son los que te empujan rápidamente a seguir o, en otras ocasiones, los que te generan cierta sensación dubitativa ya desde el principio. Este libro claramente es un ejemplo de lo primero, pues hábilmente parte de un juego de su infancia para establecer el marco estilístico de la narración y marcar el tono que seguirá a lo largo del libro. Y rápidamente, una vez establecido el estilo y atraída la atención del lector, la autora nos sitúa rápidamente en contexto, y nos ubica en un centro psiquiátrico donde la protagonista (y autora) se halla internada.

A partir de ahí, narrando en primera persona, Neus Canyelles nos explica en retrospectiva los días que pasó internada en un hospital psiquiátrico, después de un abuso de medicamentos consumidos tras una época de decaimiento y abatimiento. Y la autora sabe mezclar los diferentes tiempos narrativos en los que sitúa la historia, en un vaivén de recuerdos que pasan desde el antes del hospital hasta el después, centrándose en esa estancia en el que la única misión, el único propósito, era dejar que el tiempo pasara y, si podía evitar pensar o incluso sentir, aún mejor.

De esta manera, la autora nos narra con detalle y desde el punto de vista de quién ha pasado por esa experiencia la dificultad del mundo literario, un mundo donde sobresalir es muy difícil, donde las expectativas (propias y ajenas) someten al autor a un nivel de exigencia no siempre fácil de soportar. Y esta exigencia puede tener resultados muy negativos pues, tras ganar el premio atraviesa por un gran bloqueo creativo al que se le suma una temible sensación de falta de energía y ello desemboca en un bajo estado anímico en el que la protagonista va quedando cada vez más relegada a la apatía que rige su vida, una vida sin alicientes.

Estilísticamente, la autora contagia hábilmente la soledad en la que se encuentra la protagonista, rehuyendo de episodios dramáticos o forzados, y ese en uno de los valores del libro, que suena muy cercano, que se avista muy real, y que la tristeza profunda se encuentra en ese vacío emocional y en las nulas ansias de tener un objetivo que empuje a seguir hasta alcanzar la vida. La autora se sirve de los recuerdos para hablar de la familia, de sus padres, pero también de su hija, y de cómo aprovechamos los tiempos compartidos con ellos, siendo pequeños o mayores, y sobre cómo intentamos encajar su mundo en el nuestro o nosotros en ellos.

La parte más interesante está en las reflexiones que hace respecto a su interés, o su pasión, por la literatura, pues ese impulso que la lleva o la obliga o la fuerza a escribir es un claro ejemplo de lo que uno siente cuando sabe que lo que lleva dentro necesita ser escrito, explicado, contado, no únicamente para que otros lo lean, sino para sacarlo de dentro de uno mismo y, al hacerlo, sentir esa sensación de haber hecho algo grande. Con este propósito, la novela intercala dosis de nostalgia y reflexión, una mirada al pasado buscando aquellos momentos de felicidad que pueda recuperar en un presente triste y sin esperanza.

La novela es interesante por las reflexiones que aporta y por un poso narrativo que uno siente como muy próximo, de frases cortas y honestas a ojos del lector. No parece forzado ni pretencioso, aunque sí es cierto que la fragmentación narrativa conlleva que ciertos párrafos o situaciones sean más logradas que otras. Hay cierta irregularidad a lo largo de la novela, pero no molesta en exceso, uno entra en sintonía con la autora y le disculpa esos momentos donde la reflexión no acaba de llegar, de entrar, de percibirse en la intensidad en la que la autora lo pretende exponer. Estos casos se repiten de manera más frecuente en la segunda mitad del libro, y diluyen la potencia atractiva y su impacto. Son episodios narrados desde la incomprensión de su estancia en el hospital, hablando desde la pérdida de libertad, desde una situación en la que desearía no estar ni tampoco sabe cómo salir de ella. Planteada a modo de un juego, gana quien sale, pero a juzgar por el tamaño del libro dedica demasiadas páginas a este episodio temporal, y el propio lector se ve inmerso en la propia incomprensión de la situación vivida por la autora quién no entiende qué hace allí encerrada siendo una persona totalmente normal y por qué el resto de personas con las que convive no la ven como tal.

De todos modos, a pesar de este tramo final, algo menos impactante y profundo que el resto de la novela, sí se trata de una lectura recomendable, pues tiene momentos de extrema lucidez y transmite interesantes reflexiones, no únicamente sobre el mundo literario, sino también sobre cómo vivimos y lidiamos con nuestras propias exigencias, qué puntos de apoyo encontramos en nuestras vidas, y en cómo conseguimos equilibrar esa balanza vital donde cada uno intenta mantenerse en un equilibrio emocional suficiente para no causar inestabilidad en el resto.

martes, 16 de octubre de 2018

Semana del arte #2: Annie Ernaux / Marc Marie: El uso de la foto

Idioma original: francés
Título original: L'usage de la photo
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

Annie Ernaux nos tiene acostumbrados a sus relatos autobiográficos, pues así son la mayoría de sus obras (y la totalidad de las reseñadas en ULAD). En este caso, hace un ligero cambio de registro y, sin abandonar la narración autobiográfica, se adentra en el terreno de las artes visuales, incorporando la fotografía como elemento nuclear del libro.

Este libro surge tras la constatación de la necesidad que la autora, juntamente con su pareja, tenía en fotografiar la ropa extendida por el suelo tras una noche de hacer el amor pues sentía la necesidad de plasmarlo, de dejar constancia, «como si el amor no bastara, como si hiciera falta conservar su representación material». La condición única de tal experimento era no modificar el escenario, debía fotografiarse tal cual quedaba expuesto. Los dos autores, pareja en ese momento, y tras meses de seguir este ritual, sintieron que no era suficiente con captar esos instantes, sino que también debían escribir sobre esas fotos, para dar forma y recuerdo a esos momentos amorosos. De ahí surgió la idea de la escritura, como complemento a la fotografía, como otro medio para captar una escena, pues tal y como indica la autora: «Foto, escritura, en ambos casos se trataba para nosotros de conferir más realidad a momentos de goce irrepresentables y fugitivos». Así, yendo más allá, Annie Ernaux determina claramente una relación entre la fotografía y el sexo, estableciendo como nexo de unión el deseo, quedando perfectamente expuesto en el siguiente párrafo escrito por la autora, al afirmar que «el clic de la máquina es una extraña simulación del deseo, que empuja a ir más allá. Cuando soy yo la que hago la foto, la manipulación, el enfoque del zoom es una excitación particular como si tuviera un sexo masculino

Los autores también destacan el uso de la fotografía como testigo visual de su historia. Así, los pequeños detalles que contienen las fotos sirven para plasmar no solo el momento en que fueron tomadas sino el antes y el después, enlazando de esta manera pasado y futuro, reconstruyendo la historia a base de pequeños momentos (quien sabe si de ahí el término instantáneas) para trazar una historia continua.

Estructuralmente, el libro está escrito con narraciones alternadas, donde el método y la estructura siempre es el mismo: en primer lugar, se muestra la foto tomada, luego uno de los dos explica su visión y sus recuerdos a partir de ella, y luego el otro autor hace lo mismo. Capítulo a capítulo, fotografía a fotografía. De esta manera, Annie y Marc, escriben sobre la importancia de la foto como canal de recuperación de, no únicamente las experiencias vividas, sino también de los recuerdos, aunque a veces la imagen representada no guarda relación con los sentimientos que se albergan del momento en que fue tomada.

Más allá de los recuerdos que les traen la revisión y análisis de las fotos, el uso de la foto sirve también para analizar los objetos en su naturaleza más azarosa y sirve para atribuirles cualidades emocionales que van más allá del propio objeto. Así lo refleja la autora en el siguiente párrafo: «De todas las cosas abandonadas en el suelo después de hacer el amor, los zapatos son los más conmovedores. Caídos de costado, manteniéndose de pie, pero mirando direcciones opuestas, o emergiendo de un montón de ropa, pero siempre alejados el uno del otro. Su alejamiento, cuando aparece en la foto, da medida de la violencia del gesto para desembarazarse de ellos. (...) A diferencia de otras prendas de vestir convertidas en formas abstractas, los zapatos son el único elemento de la foto que conserva la forma de una parte del cuerpo. Que realiza más la presencia en ese momento. Es el accesorio más humano». El análisis que hace de los objetos como elementos vivos, en la medida en que fueron móviles, flexibles, casi como si tuvieran vida propia (o la vida que tuvieron, cuando fueron ocupados por cuerpos humanos), es interesante y sugerente.

Dejando de lado el análisis puramente de los objetos en sí, los autores utilizan las fotos realizadas para, a partir del análisis de su composición, hablar de sus vidas y sus miedos, de su pasado y su futuro, que tratan con delicadeza y el conocimiento de que todo es efímero, pues puede terminar en cualquier momento; conocedores de la caducidad de la vida, la viven buscando y creando «instantes perfectos, como pequeñas burbujas», pues «de burbuja en burbuja, la muerte acaba por abandonar la presa». Las fotos son la representación del momento vivido, y ahí se alojan también los miedos por el cáncer de mama de la autora, los temores por una guerra de Iraq innecesaria y abominable, las inquietudes de cada uno y el temor de que todo acabe. Así, el hecho de que en las fotografías no aparezcan sus cuerpos les hace pensar en la ausencia de ellos, en su muerte, «no es el rastro de nuestro paso por ahí lo que veo, sino nuestra ausencia, e incluso nuestra muerte».

El libro es interesante especialmente si se ha leído previamente alguna de las otras obras de la autora, puesto que gran parte de la narración trata sobre su vida, sus relaciones, la enfermedad de cáncer que padeció Annie Ernaux, y por tanto es de gran contenido autobiográfico. Aún y así, tiene también interés des del punto de vista del uso de la fotografía y de su utilidad, de su función, pues la vida queda encuadrada y fijada en momentos concretos a partir de las fotos tomadas, y ese es el principal motivo de hacerlas, intentar crear momentos de nuestra vida que nos permitan enlazarla a un pasado que de otra manera quedaría postergado al olvido. Así, las fotografías, sirven para guardar no únicamente el recuerdo de donde estuvimos, sino para intentar guardar en ellas los sentimientos que teníamos en ese instante, como una evidencia o prueba material de la existencia de un sentimiento puntual, tal vez fugaz, que mediante el uso de la foto pretendemos fijar de forma permanente en nuestra vida.

Tambien de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, La mujer helada, No he salido de mi nocheLos añosUna mujerLa otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

domingo, 7 de octubre de 2018

Maya Angelou: Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

Idioma original: inglés
Título original: I know why the caged bird sings
Traducción: Carlos Manzano
Año de publicación: 1969
Valoración: está bien

«Éramos criadas, granjeros, mozos y lavanderas y cualquier aspiración a algo superior era ridícula y presuntuosa».

Este pequeño párrafo extraído del libro, nos da una clara muestra de lo que nos ofrece la autora en «Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado», primer volumen de su biografía (compuesta por un total de siete volúmenes). En este libro, la escritora y activista estadounidense nos narra los primeros años de su vida hasta que tenía la edad de dieciséis años, describiendo unos primeros años de vida llenos de dureza, temor, miedo y desamparo.

De esta manera, la autora sitúa la narración, ya desde un inicio, en su infancia en el pueblo de Stamps (Arkansas), donde vivía con su hermano Bailey, su abuela Yaya y su tío Willie. Los padres, ausentes, se encontraban en California desde donde los enviaron, a ella con tres años y a su hermano Bailey con cuatro, a vivir con su abuela. Así, en ese hogar formado por la abuela y el tío, crecieron Maya y su hermano; la autora rememora esos años y el ambiente en ese entorno, para hacer un retrato de la sociedad del pueblo, con las diferencias raciales propias de la época y de la zona sureña, con las estrictas normas de comportamiento y un dominio de la religión en todas las casas, que marcaba, dirigía y decidía cual era la conducta apropiada.

En una sociedad tan cerrada, por la rigidez religiosa y por la segregación racial existente, Maya creció en medio del respeto (y también temor) a la educación recibida en casa, pero también por el miedo infundido por una religión interpretada de manera estricta por la sociedad. Estamos hablando del sur de Estados Unidos, en los años treinta, y en un pequeño pueblo donde todos se conocen. No hay lugar para la libertad, o para el atrevimiento. Con la ausencia de la madre, la admiración profesada a la Yaya es innegable: su tenacidad, su capacidad de trabajar (pues era de las pocas negras que tenía un establecimiento), su rectitud y temperamento; esas cualidades hacían que la suya fuera una de las pocas familias negras que no necesitaba asistencia durante la gran depresión. El retrato familiar que nos ofrece la autora es el de una familia desestructurada, pero sin excesivos problemas económicos. Así, con los padres ausentes, la figura de la abuela es el eje central de su educación y formación como persona, junto con el cariño profesado a su hermano Bailey.

Sin querer explicar con detalle lo que ocurre en el libro, a pesar de ser algo que puede ser conocido pues estamos delante de una biografía, sí cabe indicar que la tierna edad de Maya contiene algunos episodios traumáticos que la marcaron profundamente. En esos episodios es difícil no apartar la mirada por su dureza, pues no únicamente se trata de lo que le sucedió, sino también como esos hechos la marcaron profundamente a nivel emocional, incidiendo también en su manera de ver el mundo, y un afloramiento de grandes sentimientos de culpabilidad y remordimiento, en un desequilibrio y distorsión sobre la justicia y la responsabilidad.

Mi valoración de esta primera parte de su autobiografía, a nivel global, es de sensaciones encontradas tras la lectura de este libro. No hay duda de que la autora escribe bien, y es capaz de tejer un buen relato, consistente, íntimo y descriptivo sobre la sociedad en la que tuvo lugar su infancia. En este aspecto el libro cumple con su cometido, pues la ambientación del libro es realmente buena, y retrata una sociedad con profundas convicciones religiosas, que marcan gran parte de los actos realizados por los ciudadanos creyentes, así como por el abuso y atrocidades de los que los niños eran víctimas en aquella época: hablamos desde abusos cometidos mediante castigos físicos por alguna maldad o travesura hecha, hasta el abuso sexual cometido sobre niños. La autora es valiente y audaz, pues incorpora estos episodios en la historia de manera adecuada, gradualmente, de manera homogénea. Igualmente, el retrato de la época y la sociedad, así como los roles dentro del clan familiar es otro de los puntos fuertes, pues están bien definidos y hay momentos realmente interesantes. Lamentablemente el libro no acaba de enganchar y le falta continuidad y capacidad de atraer la atención y el interés de manera continua y prolongada, pues le falta ritmo, le faltan intensidad narrativa, y cierto punto de familiaridad en los personajes que permita una conexión entre lector y libro más natural e intensa. El estilo de la autora, directo, seco, no otorga matices a los diferentes personajes, de manera que no se acaban de formar los rasgos de su personalidad a ojos del lector y eso genera cierto punto de desconexión en la lectura, al no conseguir atraparte ni engancharte a la historia.

Por eso, a pesar del retrato y la vida narrada por parte de la autora, el libro no tiene un atractivo claro, más allá del retrato social o para quien esté interesado en la vida de la autora. Algo largo y lento, a mis ojos, el estilo lastra en parte un relato que, por contenido y carga, hubiera podido ser más intenso e interesante. Más aún si tenemos en cuenta que este libro es solo el primero de siete, con lo que la recomendación de esta autobiografía sería para quienes tengan un profundo interés en conocer con mucho detalle la vida de la autora. Afortunadamente, el libro va claramente de menos a más ya que, a excepción de algún momento puntual, la primera parte transcurre sin demasiado interés. Mejora algo en su segunda parte, cuando Maya llega a la edad preadolescente y la autora abre la mirada hacia otros temas, como por ejemplo cuando oye, en boca de los políticos, que el futuro profesional de los negros queda relegado al deporte mientras que el de los blancos a la ciencia o las leyes. En esta parte el libro mejora pues se ensancha el análisis sociológico y se abre fuera de la familia, nutriendo el libro de una mayor carga histórica y dejando algo de lado la narración más puramente autobiográfica o centrada en su propia vida.

En cualquier caso, hay ciertos episodios donde el libro sí es interesante y te invita a seguir con la lectura, pues el retrato que hace de la sociedad es lo suficientemente rico como para formarse una idea de la realidad existente en esa época. Y siempre es interesante conocer la historia para evitar repetirla cuando contiene trazos de abusos, racismo y atrocidades.