Min kamp. Sjette bok
Bien es sabido que Karl Ove Knausgård es un autor que despierta grandes pasiones o enormes aversiones. Hay quien no entiende en absoluto su obra o el interés que pueda tener, y hay quien, como yo, encuentra que el autor noruego ha cambiado el panorama narrativo, ha sacudido el mundo literario al profundizar en la cotidianidad hasta un punto en el creo que todos podemos ver ciertas similitudes con nuestras propias vidas y arrastrarnos con él a la reflexión sobre nuestras propias miserias diarias.
Con «Fin» acaba la mastodóntica obra que inició con «
La muerte del padre» y, más que un final, este libro nos narra la consecuencia de la publicación de la misma, pues el autor da un paso más en la narración de su propia vida y, ya en el mismo libro, describe sus recelos por la publicación del libro que nos ocupa. Porque de eso trata principalmente este volumen, de las consecuencias de su obra, del impacto que supondrá en su vida y en las de quienes participan en ella. Ese era el riesgo al escribirlo y publicarlo, ese era el dilema, y el autor, finalmente, se da cuenta de ello, aunque puede que algo tarde. También habla de Hitler, el nazismo y otras disertaciones ensayísticas, pero de eso casi ni hablaremos porque, personalmente, encuentro algo forzado que el autor se haya ido por esas ramas. Así que vayamos por partes, que las más de mil páginas de este volumen dan para mucho.
Empieza el libro y ves que quizá sí, que quizá hay un exceso de detalle, que quizá nuestros uladianos Santi o Koldo tienen algo de razón en que hay una desmesura descriptiva en la narración, pero es un efecto bastante efímero, porque una vez se avanza en la lectura, los recuerdos que tenemos de la calidad del autor vuelven, todas las sensaciones de lo anteriores libros retornan como si no hubieran pasado dos años desde la publicación del quinto volumen. Porque es Knausgård, y cuando entras en su mundo, no puedes volver atrás; él se queda ahí, en tu interior, esperando a sacar su espíritu crítico y contundente para hacerte reflexionar sobre los aspectos más ocultos de la vida interior. Siempre presente, siempre al acecho, siempre recordándote que no todo es bonito, que no todo es alegre, y que a veces conviene sacarlo fuera antes de que permanezca dentro y, finalmente, estalle.
Estructuralmente, el libro se divide en tres capítulos muy diferenciados. En el primero se centra principalmente en la desazón del autor ante la inminente publicación de su obra, por las consecuencias que pueda suponer en la relación con quienes aparecen en ella. Y el autor empieza a intuir el efecto de su obra cuando envía algunos ejemplares a sus allegados. En su narración, Knausgård nos trasmite los nervios, por aquello que ha escrito, por los efectos en aquellos sobre quienes ha escrito, porque saldrá a la luz lo que dice de ellos, de Linda, Yngve, Gunnar, Vidar, Tonje, Hanne, lo que piensa de ellos, lo que siente por ellos. Y eso es mucho, y no siempre es bueno. Los nervios se convierten en miedo, el miedo en indecisión, la indecisión en la duda, y tras la duda, la desconfianza y el cuestionamiento sobre la idoneidad de la publicación y la consecuencia para los que en ella salen y también para él mismo, en forma de la vergüenza. Knausgård nos habla de la culpa y de la dualidad entre el deseo de querer publicar el libro y la carga de consciencia que le acarrea saber el daño que hará a quienes salen en él. Y esa pena le carcome, le afecta, le ataca y permanece dentro de él, extendiéndose a lo largo de su cuerpo y más allá, a sus amigos, a su pareja a su familia. Y en contraposición, la opinión de su amigo Geir, que cuanto mayor escándalo más ventas, más fama, más dinero. Aunque sea a costa de los demás, o a costa de sí mismo.
Knausgård también utiliza esta primera parte para tratar hasta qué punto el relato es fiable, sometiendo su memoria a un juicio sobre la veracidad de lo sucedido, sobre cuánto hay de real y cuanto de invención. De esta manera, el propio autor ya se adelanta a lo que algunos críticos apuntarían una vez publicado: ¿hasta qué punto la autoficción debe narrar aquello sucedido realmente? ¿Es posible y legítimo añadir capas de ficción a lo que serían unas memorias? Así, Knausgård utiliza este último libro para autocuestionarse y nos habla también sobre el porqué de su enfoque sobre el libro y de su motivación para ello; él quería hablar sobre la realidad de la vida, «pero no de un modo general, porque lo general está emparentados con lo ideal, en realidad no existe, sólo existe lo particular, y como lo particular en este caso soy yo, eso fue sobre lo que escribí.» En este aspecto, este último volumen se aparta en momentos de la narrativa autobiográfica para acercarse al ensayo, a la reflexión sobre realidad y percepción.
Y en esta narración a medio camino entre narrativa y ensayo literario y filosófico, el autor empieza una digresión sobre el lenguaje y la sociedad, dedicando decenas de páginas al poema «Stretta» de Celan para, a continuación, seguir con su análisis hablando sobre Marx, sobre el trabajo y su exceso, sobre la identidad y cómo la conseguimos. También habla de la cultura y su singularidad, la originalidad y cómo afecta de manera diferente a cada individuo y, a partir de ahí, nos habla de la
literatura del yo. Y aquí es donde el libro empieza a ponerse cuesta arriba, por caminos tortuosos y poco satisfactorios. Porque entramos en la segunda parte del libro y, a pesar que en la primera parte ya se intuía una cierta inclinación al ensayo, aquí Knausgård se deja ir y nos ofrece una disquisición de unas cuatrocientas páginas sobre Hitler, su vida y su obra, justificando este excurso en que ambas obras comparten el título de su biografía: «Mi lucha».
Lamentablemente, encuentro esta segunda parte sobrante y, a mi parecer, está totalmente desvinculada de toda «Mi lucha» siendo puramente un ejercicio literario ensayístico sobre Hitler, ni más ni menos, por mucho que el autor intente encontrar puntos de conexión a partir del lenguaje utilizado y su enfoque hacia el
yo, el
nosotros, el
ellos... ¡Ah!, y habla también de la Biblia, de Leonardo Da Vinci, Shakespeare, El Quijote… un sinfín de ideas mezcladas que poco aportan al resto de la narración, por muy bien documentado que el autor noruego parezca estar sobre estos temas. Pero no, mi admirado Karl Ove, no hemos venido aquí a hablar de Hitler. Eso hubiera podido ir en un libro aparte, no como parte de tu biografía. Así que, amigos lectores, si queréis saltaros esta parte, no os perdéis nada, incluso saldréis ganando pues el libro os parecerá bastante mejor.
De todos modos, y afortunadamente, entramos en el tercer capítulo, el mejor de todos y la parte en la que Karl Ove nos devuelve esa ilusión por leer la historia que empezó con su primer libro. En este último capítulo el autor retoma las riendas que perdió en el capítulo anterior y nos ofrece, otra vez, su mejor literatura. Porque en esta parte, Knausgård sale de su universo personal en el que estaba encerrado en la primera parte (una parte con aún más detalle sobre la cotidianidad de lo que nos tenía acostumbrados) y cierra el abanico de sus problemas ciñéndose al ámbito estrechamente familiar: el de la pareja e hijos. En este último capítulo del libro (o su último tercio) el autor vuelve al nivel al que nos tenía acostumbrados, abandona el exceso de egocentrismo de la primera parte, deja de lado su ensayo sobre la biblia, Hitler, Celan, etc. y vuelve a hablar de su vida, de la familia, de sueños olvidados entre realidades obstinadas, de ilusiones perdidas entre escenas cotidianas, de remordimientos y lamentos entre destellos de alegría. Ahí sí vemos al Knausgård que nos ha atrapado en esta inmensa y titánica aventura que durante seis grandes volúmenes nos ha ido guiando por su vida, esperando encontrar en su camino las trazas de nuestra propia existencia. En este último tramo nos muestra otra vez esa soledad, esa lucha (aquí sí, aquí sí está su lucha real), una lucha que guarda relación a la lucha entre la vida que quiere y la que tiene, entre el sueño de ser escritor y una realidad que le ata a un presente del que no puede huir, que le traba en su intento de lograr ser quien quiere ser, que le limita y le absorbe sin dejar mucho lugar a que su
yo aparezca y destelle. Y el autor, consciente de ello, lo expone claramente diciendo que «eso era lo que tiraba de mí. Se trataba de estar abierto ante el mundo, de dejar que ocurriera lo que tuviera que ocurrir y no permitir que estuviera dirigido por esas estructuras determinadas formadas por la educación, el trabajo, los niños y la casa».
Knausgård planea su lucha en un escenario donde la cotidianidad le arrastra de manera inexorable a la realidad, donde sus anhelos y su elevado sentido de la profundidad en la que se mueve una vida quedan absolutamente devastados por una rutina que le ata a la tierra, que le impide ser quien realmente querría ser. Pero también le sirve como excusa, pues se percibe cierta dejadez en las funciones, trasmite que, en parte, ya le va bien que le
impidan ser quien querría, pues el esfuerzo y dedicación serían de titánicas dimensiones. Esa es otra de sus luchas, la lucha entre quien quiere ser y quien realmente es, la lucha entre un mundo que vive en su cabeza con su entorno real. Así, una vez terminado el libro, queda claro que
mi lucha no es respecto a su padre, o a su familia, o incluso tampoco hacia su vida exterior, sino respecto a él mismo, una lucha respecto a su yo personal y su yo literario. Y gana su parte artística, dejando a un lado, como víctima de su lucha como un cadáver sin posibilidad de redención, o tan siquiera perdón, todo el resto.
Con este libro Knausgård sitúa su obra en un lugar destacado junto a otros autores que han marcado precedentes y distancias en la literatura, por romper esquemas o cambiar el enfoque sobre lo tratado. Knausgård justifica su narración y la rodea de un relato analítico sobre el mundo que nos rodea, sobre el porqué de su intencionalidad, y escribe un libro sobre su propia obra, reafirmándose en la literatura del yo, ya no únicamente como auto ficción narrativa sino también como un ejercicio meta literario donde se cuestiona a la vez que se reafirma sobre la necesidad de publicar una obra que va más allá de sí mismo, nos interpela a todos. Ese es probablemente su mayor ambición, partir de uno mismo para llegar a cada uno de nosotros y vernos reflejados, desde lo plural a lo individual, desde lo genérico a la especifico, desde la sociedad a un mismo. Puede ser él, o cada uno de nosotros, pues esta obra es el espejo en el cual podemos contemplarnos a nosotros mismos, y calibrar en su reflejo cuánto hay de esa cruda realidad en nuestras propias vidas.
Terminado el libro, terminados sus seis volúmenes y más de 3.500 páginas, puedo discrepar con rotundidad con aquellos que cuestionan del por qué hay necesidad de tanto detalle sobre la vida cotidiana de una persona. La respuesta es clara: porque su vida al escribir la obra era como la de cualquier otro y su lucha también, una lucha consigo mismo, con su
yo que tiene una familia, amigos y obligaciones y un
yo más elevado, más aspiracional, más deseoso de querer conseguir alcanzar sus sueños. Knausgård sabe que ahí está la lucha verdadera, la que cada uno de nosotros libramos con nosotros mismos día a día, decepción a decepción y en contra de la rutina. Una lucha que determinará si nos sometemos a una vida acomodaticia o aspiramos a hacer aquello que realmente nos mueve y luchar contra todo si hace falta; contra uno mismo, también. Él ha librado su lucha, arriesgando su vida personal. El precio pagado es alto, pero, ¿cuál hubiera sido el precio personal en su consciencia en caso de no haberlo hecho?