viernes, 28 de junio de 2019

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes

Idioma original: inglés
Título original: Sleepless Nights
Traducción: Marta Alcaraz
Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable

El afán lector, la voracidad, o incluso el ansia por leer todo lo posible, lo antes posible, lo máximo posible, imprime a veces una velocidad de lectura por encima de la que el texto pide o demanda. Pero hay libros que te obligan a parar, interrumpir esa velocidad de crucero para marcar una pausa y ponerse cómodos y, especialmente, atentos. Y Elizabeth Hardwick sabe hacer eso, sabe hacernos tomar consciencia de que debemos encarar la lectura de un modo pausado. Porque pocas palabras bastan para darse cuenta que este libro no es de consumo rápido, nada más lejos del típico fast food libresco. Aquí hay profundidad, y prosa medida y precisa. Y eso requiere calma, y se agradece que la mano de la autora sepa hacerte tomar consciencia de ello.

Porque hablamos de Hardwick, una escritora con un inmenso talento oculto tras la sombra del que fuera su marido, Robert Lowell (uno de los grandes poetas estadounidenses de la post-guerra), que demuestra en este libro autobiográfico su enorme potencial, en una narración plagada de reflexiones y situaciones diversas, de estructura casi anárquica, casi desorganizada, o al menos en apariencia, pues las reflexiones, como la memoria y los recuerdos, vienen cuando vienen, cogen la forma que les conviene y se van cuando aún estás pensando en ellos. Pero, en ese camino del lector a la adaptación del estilo narrativo, la autora lo pone extremadamente fácil, pues ya en las primeras páginas topas con perlas, con frases como «entonces yo era un ‘nosotros’». Y los ojos de quedan ahí, sin parpadear, como si con esa simple acción pudiéramos conseguir fijar esta compleja frase en la memoria. Porque esta es una de las maravillas de este libro, pues la autora sabe hallar el canal preciso para llegar al lector y, una vez encontrado, llenarlo con multitud de reflexiones. Y preguntas, y respuestas.

En su narración, nutre y viste el relato de referencias a Borges, Goethe, Pasternak, Ibsen, Rilke, y ese bagaje intelectual y cultural de la autora se hace evidente en la calidad que su obra atesora. La formación académica que recibió está marcadamente presente, pero como todo en la vida tiene matices a la hora de recordar qué le aportó, para bien y para mal; una formación académica a la que le dedica también unas palabras en el libro, al narrar «Kentucky, Lexington, la universidad, Henry Clay High School, Main Street. El cementerio donde reposan tu hogar, tu educación, tus nervios, tu herencia y tus tics. Su desaparición apena; su permanencia duele».

Más allá de ciertas referencias literarias, en este libro de memorias y reflexiones, las autora nos traslada a la época de sus primeros amores y recuerda ese enamoramiento propio de la edad en la que sabemos poco, del amor y de nosotros, y que nos lleva en ocasiones a depositar nuestros sentimientos y deseos en un destinatario no adecuado, no aconsejable, en un acto de enamoramiento ciego, que cierra los ojos a una realidad escondida tras un manto de inocencia y deseo, que pone un cerrojo a nuestras más humildes e inocentes intenciones. También nos habla del tiempo pasado en Holanda, y nos hace testigos de encuentros amorosos de conocidos y amigos, exponiendo en sus recuerdos aquellas dudas, dificultades y amores florecientes, origen de tan habituales pasiones y desengaños. Relaciones a tres, amantes desconsolados, infidelidades que desafían a matrimonios en declive, estabilidades conyugales de apariencias férreas, pero de frágil equilibrio e incierto futuro. La autora lo recuerda al afirmar que «la paradoja de la mujer que solo después de casarse y sentar la cabeza alcanza la verdadera soltería. Toma las riendas y adquiere un estado de dependencia dominante de la que solamente ella tiene la llave. Cuánta confianza en su reinado; cuánta habilidad en la diplomacia solitaria, en la preparación del futuro y en el control del presente. Recauda las rentas y las administra, prudente, sin olvidar jamás que está sola».

Y entre idas y venidas, entre experiencias cargadas de intensidad tras su estancia en varias ciudades europeas o estadounidenses, y como si fuera Vivian Gornick en «Apegos feroces» o «La mujer singular y la ciudad», aparece Nueva York como un personaje más, como alguien a quien conoces en tu vida; es difícil explicar cómo era ella sin esa influencia, sin ese magnetismo, sin esa atracción que desprende una ciudad donde «en el cielo no se veían estrellas, pero siempre resplandecía con el titilar de luces constantes», una ciudad en la que «la cáustica luz del crepúsculo caía sobre los intersticios que separaban los edificios grises y rojos».  Y el jazz, siempre presente, como una banda sonora inherente, inseparable, de la ciudad, tomando cuerpo en la figura de Billie Holiday. Hay muchas historias de mujeres, a las que Hardwick habla desde el respeto y, en cierta medida, admiración, historias que en palabras de la propia de Hardwick merecerían bastante más que los breves párrafos que les dedica, personajes en apariencia comunes, pero con unas historias personales que despiertan la curiosidad de quien se acerca a ellas desde una distancia física y temporal que Hardwick reduce a décimas de segundo, lo que se tarda en interiorizar sus palabras siempre precisas y mesuradas.

La narración del yo, tantas veces criticada en la actualidad, en este caso es un yo que es una época, una sociedad cambiante a lo largo del tiempo que cubre la historia, que se transforma con el paso del tiempo, que conoce comunistas y socialistas, artistas y cantantes de jazz, pobres y clase media, así como relaciones rotas antes de empezar y sueños que se cumplen solo a medias, hasta el despertar a menudo abrupto y accidentado. Hay criadas y mujeres ricas, amantes y amigos, hay necesidades afectivas a cubrir, por todos, envueltos en situaciones de amores desvanecidos, que la prosa siempre afilada y precisa de la autora describe afirmando que «a menudo se observan mutuamente, pero miran sin ver, como dos espejos colgados de paredes enfrentadas» o también cuando hábilmente expone los encuentros sin porvenir, las citas sin futuro, en esas situaciones donde «la esperanza resistente y perenne no sobrevive al final de la cena. Esto es Nueva York, con sus tumbas al lado de la orilla».

También habla de personas sin un prometedor futuro, personas que «nunca conocieron la clase media ni el esperanzado temblor que se apodera de quien, tambaleándose, logra subir algunos peldaños. Ellos vivían en un mundo de ideas que había llegado hasta ellos como si de una carta con la dirección mal escrita se tratara…» o, al hablar de la clase trabajadora, afirmando que «hombre con los ojos surcados de venitas rojas, con pesados sellos del instituto, con camiseta de algodón blanco y jornadas en la gasolinera para trabajar en esa familia que, desde su primera adolescencia, ya imaginan».

Así, embelesado por la calidad de la prosa que transmite en cada párrafo y en un vaivén temporal que para nada dificulta la comprensión de la lectura, uno avanza por ella como quien ha sido invitado a una charla en la intimidad, como si fuéramos ese hombro sobre el cual la autora profesa y airea sus confesiones, reflexiones sobre la vida, de la suya, de la de todos, momentos que marcan el destino, que dejan huella en un presente lastrado a una experiencia, siempre buscada, aunque de resultado no siempre deseado. Y en el espíritu de confidencia que despiertan sus palabras, nos recuerda que «las preocupaciones y las lecturas de toda una vida pueden reportarte viajes gratis que no estás segura de querer aceptar». Porque en el fondo, de eso se trata, de abrir un libro como quién se abre al mundo, y que lo que nos llegue de él sepamos encajarlo en nosotros mismos de la mejor manera posible y obtener toda la enseñanza que nuestra mente acepte.

El estilo narrativo de Hardwick está repleto de una belleza inusual, de una redondez literaria fuera de lo común, de una potencia narrativa difícil de encontrar. Estamos hablando de un auténtico librazo, una de aquellas obras que siempre deben quedar en una zona destacada de nuestra librería por si, en un ataque de ansiedad cualitativa, o por si alguna vez dudamos sobre de qué trata esto que llamamos literatura, pueda uno alcanzarlo rápidamente y volver a creer en la fuerza de las palabras.

2 comentarios:

Diego dijo...

Dejas a la autora muy bien parada. La tendré en cuenta.

Quería comentarte sobre tu reseña. Hace un par de años te señalé que a veces te encontraba muy repetitivo dentro de una misma reseña. Que eso les restaba atractivo. Recuerdo que alguna de tus fans saltaron en tu defensa. En fin.
Pero creo que la reseña de hoy demuestra que has mejorado mucho. Teniendo en cuenta la consideración en la que tengo sus artes, entenderás que es un elogio decirte que al leerte hoy creía leer a Montuenga.
Felicitaciones, Marc. Buen trabajo.

Lo que planteas en el primer párrafo me trajo a la mente a Claudio Magris: en mi opinión, no hay escritor vivo que nos invite tanto a ir despacio. Creo que por eso lo considero "el mejor".

Saludos.

Marc Peig dijo...

Hola, Diego.
Gracias por tus elogios. Recuerdo que alguna vez habías comentado lo de mi tendencia a repetirme y no te quito razón. De hecho, y lo digo para agradecer que lo mencionaras, es que a menudo cuando reseño (y la reseña no es precisamente corta) pienso en tu comentario. Y te agradezco la crítica constructiva, siempre hay campo para mejorar, siempre.
Que te haya recordado a Montuenga es un honor para mí, pues sus reseñas son siempre estructuras y de calidad. Gracias también por eso.
Y sí, hay autores que te fuerzan a ir despacio y eso es claro síntoma de que prefieres no perderte ni una palabra ni un matiz sobre lo que escriben. Y Hardwick para mí es ejemplo de esto.
Gracias de nuevo por visitarnos tan a menudo y comentar.
Saludos
Marc