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sábado, 1 de julio de 2023

Alessandro Tota & Pierre van Hove: El ladrón de libros

Idioma original: francés

Título original. Le vouleur de livres

Año de publicación: 2015

Traducción: Isabel Pérez van Kappel

Valoración: está bien

Esta galardonada novela gráfica -aunque ha tardado en publicarse en España- nos remonta al parís de 1953, en el que el joven estudiante Daniel Brodin trata de descollar como poeta, al tiempo que se dedica a su secreta afición -o pulsión, más bien- que es la de robar libros. En una de estas "travesuras" conoce a otro par de jóvenes, Gilles y Linda, que junto al fornido Jean-Michel le introducen en un curioso grupo que se reúne en el café Sully y se mueve entre la vanguardia más extrema -digamos que están inspirados en los situacionistas y en el primer surrealismo-, la anarquía y directamente, la delincuencia común. Desprecian tanto a la burguesía biempensante como a la intelectualidad parisina, representada por los existencialistas reunidos alrededor de Jean-Paul Sarte.

Con ellos, Daniel recorrerá desde los selectos salones literarios como las sórdidas afueras de la ciudad, conocerá a personajes de lo más variopinto y también el amor, en la persona de Colette. de error en confusión, el joven va transitando por aquella vida improvisada y bohemia, huyendo tanto del ideal burgués, que representa su compañera Nicole y su familia, como del comunista, al que se adscriben sus tíos. En cierto momento, empero, Daniel tiene que elegir si dejarse arrastrar por esa vida despreocupada y delincuencial o volver a cierto orden... Aparte de esta elección, como trasfondo de la historia está también el tema de la impostura en el mundo literario y artístico (más frecuente de lo que pensamos, parece...) y cómo el éxito depende del talento, pero también en buena medida de la suerte y del morro o jeta que le eche el artista en cuestión.


Aunque quizá no, y el verdadero tema y protagonista de este libro sea París, un París de hace ya 70 años, no sé si algo idealizado, pero, en cualquier caso, convincentemente recreado, aunque sin alardes estéticos, por los trazos de van Hove (parece ser que éste fue su debut como historietista, lo que me resulta asombroso). Por ponerle un pero al cómic, quizás alguno de los personajes esté algo desdibujado y algún otro desaparece sin más, dejándonos un poco in albis, espero son detalles menores: en conjunto, es este un libro que sin duda despertará el interés de todo lector amante de la novela gráfica y de la cultura europea.

viernes, 30 de septiembre de 2022

Gabrielle Wittkop. El necrófilo

Idioma: francés

Título: Le nécrophile

Año de publicación: 1972

Traducción: Lydia Vázquez Jiménez

Valoración: repugnante (a ser posible, pronúnciese a la manera gallega: "repunante")

Hay en el mundo literario francés toda una tradición, ejercida con mayor o menor fortuna y por voluntariosos enfants terribles (o no tan enfants), de épater les bourgeoises (en los últimos años, más bien, épater les progressistes). Algo menos evidente, pero quizás más interesante sea toda una corriente, o quizás tan sólo un hilo, a través del tiempo, de escritoras francesas que han escandalizado a la sociedad bienpensante con sus narraciones o incluso autoficciones en la que el tema sexual no sólo resulta explícito, sino que se lleva a extremos que pocos de su colegas varones han tocado. A bote pronto, se me ocurren los nombres de Anaïs Nin, Marguerite Duras, Catherine Millet, Marie Darrieusecq, Anne Serre, Virginie Despentes... (tal vez debería empezar por Colette, pero a estas alturas resulta de lo más pudorosa) y seguro que hay muchas más.  A pesar de que alguna de éstas ha escrito libros de agárrate que vienen curvas, ninguna ha llegado, creo, a traspasar la frontera de  uno de los comportamientos más execrados por la sociedad, bien pensante o no, como Gabrielle Wittkop en esta novela, que, sin más artificio, cuenta la historia de un necrófilo; es decir, alguien que se pone verraco se excita sexualmente con los cadáveres.  

En este caso, se trata de un anticuario parisino llamado Lucien, que se dedica a profanar tumbas recientes en diversos cementerios de la ciudad para llevarse los cuerpos a su apartamento -suena harto complicado, lo sé- y allí hacer guarrerías disponer de ellos a su antojo y satisfacción... Un asco, sí, y más aún cuanto que madame Wittkop no nos ahorra detalles sobre las maniobras que ejecuta el susodicho Lucien ni sobre la evolución natural de los cuerpos en descomposición, que como todo el mundo sabe, no permanecen precisamente inalterados a temperatura ambiente... (y no sigo, porque me están dando arcadas al acordarme). Todo ello envuelto en el delirio en el que vive este hombre, aparentemente un tipo tranquilo y educado, pero en su interior como las maracas de Machín. A través de su diario, que es la forma en que está conformada la novela, nos enteramos de sus cuitas para conseguir "amantes", aquéllas y aquéllos que le han dejado un recuerdo más imperecedero, de dónde le viene tan morbosa querencia por la carne muerta... en fin, toda una serie de pormenores de los que casi mejor hubiera sido no saber nada, por más que se trate de una ficción. Ojo, que tampoco digo que éste sea un mal libro, ni mucho menos; de hecho, cuenta con páginas bellísimamente escritas, con ese estilo suntuoso y alambicado, pero fascinante y que no pierde el nervio narrativo, que tan bien les sale a los literatos/as franceses (a algunos/as, por lo menos). Atendiendo a este aspecto (y como pasa, por ejemplo, con ¡Ponte, mesita!, de Serre), la novelita sería, sin duda, recomendable... si obviáramos todo lo demás. Porque, así como otras reseñas que califican a su libro reseñado como "repugnante" parecen utilizar este calificativo en el sentido de "muy malo", "inadecuado" o incluso "inmoral", yo lo he usado aquí de acuerdo con su más estricto significado: "repugnante" quiere decir que da mucho repelús, carallo...

¿Qué le pudo inducir a una señora en apariencia tan reflexiva, culta y distinguida como era Gabrielle Wittkop (recomiendo a todo el mundo que vea la entrevista que concedió en un programa de Bernard Pivot y que se puede enlazar desde la página web de la editorial Cabaret Voltaire) a escribir una novela tan escabrosa como ésta, descartada, creo yo, la motivación de épater, etc.? Puede que, como declara ella en esa entrevista, la idea de que las mujeres no han de ponerse límites, tampoco en literatura. O su ansia y voluntad de libertad en todos los ámbitos, como se puede deducir a tenor de la muy interesante biografía de esta escritora (por lo demás, discípula declarada del marqués de Sade, según ella)... pero yo tengo la sospecha que quizá esta idea de ir más allá de cualquier límite permisible o al menos permitido (se entiende que en la ficción) venga del acicate que supuso, en su momento, el éxito de la Lolita de Nabokov y que pudo hacerle pensar: "Si tú te has atrevido a contar una historia desde el punto de vista de un pederasta, yo voy a ir más allá, viejo ruso de los co..." Dicho de otro modo. un "sujétame el cubata" en toda regla. O quizás simplemente lo hizo porque pudo y porque quiso, como otro marqués, el del Viso, qué sé yo. En todo caso, advierto a quien se plantee leer esta corta (afortunadamente) novela: por utilizar el argot taurino, aténse los machos y que Dios reparta suerte... La van a necesitar.

Nota final: por un momento pensé en programar esta reseña el día 31 de octubre o el 1 de noviembre, pero, visto lo visto, hubiese resultado de pésimo gusto hasta para mí...

sábado, 4 de junio de 2022

Lev Tolstói: La mañana de un terrateniente

Idioma original: ruso

Título original: Утро помещика

Traducción: Selma Ancira

Año de publicación: 1856 (en castellano, que yo sepa, 2021)

Valoración: Recomendable


Acantilado viene aplicando hace tiempo la política de rescatar títulos poco conocidos de autores relevantes, como Pessoa, Erasmo, Colette o Auden, varios de los cuales hemos traído ya al blog. Creo que también Tólstoi ha visto publicada alguna otra obrita anterior en este catálogo. Y no hace mucho comentaba sobre los posibles prejuicios (positivos o negativos) con que existe el riesgo de que se afronten estas lecturas, así que no me voy a repetir. En el caso del gran autor ruso, aviso solamente que el libro que nos toca hoy tiene un trasfondo autobiográfico que puede añadir interés para sus fans.

Don León, como se le conocía tradicionalmente por estas tierras, procede de un cierto linaje aristocrático, aunque por lo visto tuvo desde joven inquietudes en torno al bienestar de los más desfavorecidos, y desarrolló algunas iniciativas en beneficio de los campesinos, no tengo claro si se trataba una escuela gratuita o algo parecido. El carácter autobiográfico que decía antes queda claro si pensamos que Tolstói tenía unos treinta años cuando escribió el libro, tal vez menos, y esa preocupación por la situación de los más miserables había brotado ya con fuerza, seguramente preludiando la deriva filosófica que le dominó con el paso de los años, una mezcla de altruismo y religiosidad que sedujo a un amplio y heterogéneo grupo de admiradores.

El alter ego del autor es entonces el joven príncipe Nejliúdov, un joven terrateniente que abandona sus estudios para dedicarse de lleno a mejorar las condiciones de vida de sus mujiks, los campesinos sin propiedades que trabajaban las tierras del señor a quien les unía una relación poco menos que feudal. El chico tiene una especie de revelación, una visión muy clara de lo que quiere hacer, acercarse personalmente a sus campesinos e intentar mejorar su situación. Desde el principio es consciente de que nadie en su entorno, ni siquiera su querida tía y consejera, va a apoyarle, pero no por ello se desanima, y emprende un recorrido por unas cuantas isbas en las que residen algunos de esos aldeanos para conocer sus necesidades.

Lo que va encontrando es algo que a buen seguro supera las negras expectativas que se había planteado. Churis es un viejo que vive en una choza infrahumana, la tierra que le corresponde es incapaz de dar ningún tipo de fruto, está enfermo y sin fuerzas, y responde con sutil ironía a cuantas posibilidades de mejora le propone Nejliúdov. Solo tiene un hijo varón, apenas un chaval y, en uno de los momentos más duros y clarificadores del relato, se niega en redondo a que vaya a la escuela porque el hijo constituye su única posibilidad de ayuda. Yuvanka no está en mucho mejor situación, es un borracho cuya aspiración es vender un caballo para poder seguir pagando el alcohol que consume. Davidka es un muchacho albino, gordo y pasivo, quizá con algún tipo de problema, a quien su madre no consigue hacer que trabaje. A Dutlov las cosas parece que le van mejor, apoyado por sus dos hijos, pero es especialmente celoso de que nadie sepa el dinero que tiene, ni siquiera su señor, y ha construido una burbuja en la que prosperar dentro de lo que cabe sin interferencias externas, seguramente consciente de su situación excepcional.

En ese mundo inhóspito de temperaturas gélidas, maderas podridas, tierra infértil y pobreza extrema el príncipe se mueve con dignidad, intentando resultar cercano sin abandonar su status, y aportar ideas, luchando por evitar que sus ideales se tambaleen, aunque es a cada paso más consciente de la dificultad de la empresa. Porque aquí surgen con toda su crudeza algunas de las taras clásicas asociadas a eso que se llama el alma rusa, singularmente el fatalismo, que a veces se traduce en la muy conocida afición al alcohol, y casi siempre en una cierta pasividad, la incapacidad para buscar una salida, el sometimiento al sistema y la convicción de que lo único que se puede hacer es intentar sobrevivir con lo que a cada uno le ha tocado.

Nejliúdov, siempre bienintencionado, intenta atender a las necesidades más inmediatas de sus campesinos, les invita a cambiar de isba, les ofrece trigo, intenta cambiar sus costumbres, pero choca siempre con la negrura de quienes han aceptado su destino como irrevocable y reciben con cierta sorna, cuando no con desconfianza, las buenas palabras de su amo. El inevitable paternalismo del joven idealista se va así encontrando con un muro que le deja claro lo complicado que será llevar adelante sus propósitos. No bastará con buenas palabras ni con una ayuda momentánea, nada cambiará en lo sustancial mientras el sistema siga funcionando de la misma manera, y removerlo ni es su intención ni, a lo que se ve, la de quienes deberían estar luchando por cambiarlo.

El viejo maestro ruso, aun todavía en una fase casi embrionaria, nos deleita con su estilo limpio, elegante pero directo, pero sobre todo nos invita a pensar en la situación: nadie pone en cuestión el funcionamiento de las cosas pero, aun dentro del esquema, es el señor quien intenta mejorarlas, y sus campesinos quienes se muestran más inmovilistas. Cuestiones que, más que con la economía o la política, tienen que ver con la cultura y una determinada forma de ver el mundo.


Otras obras de Lev Tolstói en ULAD: Guerra y paz, Anna Karenina, Sonata a Kreutzer, La felicidad conyugal, La muerte de Iván Ilich, Los dos húsares, La mañana de un terrateniente, 


jueves, 21 de abril de 2022

Colette: El quepis y otros relatos

Idioma original: francés

Título original: Le képi

Traducción: Núria Petit Fontserè

Año de publicación: 1943

Valoración: Recomendable alto


Reconozco que me provoca cierto recelo asomarme a un autor al que conozco poco a través de algo que tiene todo el aspecto de una obra menor, en este caso un pequeño puñado de relatos, cuatro para ser exactos. Existe el riesgo de desenfocar la valoración partiendo de un prejuicio, tanto en una dirección como en la contraria: sobrevalorar la obrita en base a la celebridad del autor, o bien denostarla sabiendo que ocupa un lugar secundario en su bibliografía. Soy consciente del problema e intento por encima de todo ser objetivo y, cómo no, disfrutar de la lectura, eso siempre.

El carácter libre y rompedor de Colette y su vida escandalosa, al menos para la época, no me interesan más que, a lo sumo, como marco de referencia donde situar el apreciable aire autobiográfico que asoma en algunos momentos. Más interesante me parece que en estos textos, bastante tardíos (al menos cuando se publican, 1943, ella tiene cerca de setenta años), siguen en primer plano algunas de las constantes que se muestran en sus obras más significativas: la relación de pareja, o más bien sus inicios, la atracción mutua o las circunstancias que concurren cuando el azar reúne a dos personas de edades muy diferentes.

Los dos primeros relatos (El quepis y La mocita) exploran estas situaciones. En el primer caso, se trata de una mujer madura con un pasado complicado, que contacta de forma inesperada con un joven militar. En el segundo, es un cincuentón aficionado a las jovencitas que se encuentra con una de ellas. Como se ve, son parejas que se salen de lo usual y que se observan más que se examinan. A la autora no parecen interesarle demasiado los problemas que pueden plantear esas relaciones, de hecho más bien se diría que no ve en ellas ningún inconveniente especial. Colette se limita a mirar y describir (y describe con elegancia y con soltura), evitando intervenir y mucho menos juzgar. De hecho se aparta de la figura del narrador y se coloca como un personaje más, completamente secundario, cuya finalidad es solo sostener el hilo narrativo. En El quepis la voz la lleva una amiga de la protagonista que se interesa por su aventura amorosa, y en La mocita, la autora, o narradora, es la simple destinataria del relato que del escarceo hace el hombre que lo protagonizó.

No son solo pequeñas historias galantes. Aunque en ningún momento se entra en el terreno de los sentimientos, la narración tiene el mérito de hacer que el lector se los plantee: se nos cuentan hechos, lo que la amiga ve y oye, lo que el hombre cuenta que vio y que hizo, pero no nos queda más remedio que intentar escudriñar qué sienten aquella mujer madura y esa rústica adolescente, todo en base a lo que cuentan los respectivos narradores. Este manejo de la información y la sutilísima invitación al lector me parecen un juego muy sugestivo, signo de buena literatura y también una velada insinuación para respetar cualquier tipo de relación, aunque pueda parecernos inconveniente, problemática o directamente reprobable. El subtexto de estas historias lo tiene que poner el lector, si quiere.

Hay también algún otro rasgo común, como la tendencia a resolver la narración con un final más bien abrupto, sorprendente y de mayor profundidad en el primer relato, más humorístico en el segundo, y decididamente absurdo en el último, Armande, tal vez el más flojo aunque tampoco carente de interés. El tono es también cambiante, destacando el aire más clásico e irónico de La mocita, en tanto que en El quepis parece mantenerse a propósito una distancia respetuosa con la protagonista.

Tampoco hay que olvidar El lacre verde, cuyo argumento se aparta de las relaciones que centran los demás relatos, aunque también se remite a pasajes de la adolescencia que parecen habituales en la autora. Excelentemente escrito, es un muy bonito híbrido donde se mezclan recuerdos de la casa familiar con secretos y viejas historias de pueblo pequeño, todo ello con un trasfondo, siempre más bien sugerido que explícito, de novela negra.

Un pequeño repertorio que resulta sugerente, gotas de buena literatura que inducen a buscar más cosas de esta autora, un personaje singular, libre, que parece flotar entre escuelas, corrientes y etiquetas, para presentarnos una visión de la vida que merece mucho nuestra atención. Porque lo hace muy bien.

Otras obras de Colette en ULAD: La vagabunda, Dúo, Chéri

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí

martes, 15 de febrero de 2022

Vivian Gornick: Cuentas pendientes

Idioma original: inglés
Título original: Unfinished business
Traducción: Martí Sales (edición en catalán) y Julia Osuna Aguilar (edición en castellano)
Año de publicación: 2020
Valoración: entre está bien y recomendable

A aquellos a los que nos gusta leer y que llevamos décadas haciéndolo, siempre nos asalta la duda sobre si vale la pena volver a esos libros que nos fascinaron, que nos dejaron una huella imborrable, aquellos que por su argumento, pero diría que especialmente por su estilo, ocupan un lugar destacadísimo en nuestra memoria. Y la duda respecto a si volver a ellos no reside únicamente en si vale la pena dedicar nuestro valioso tiempo a leer un libro ya leído en lugar de dedicarlo a un libro por descubrir, sino especialmente, o al menos en mi caso, la duda está en qué pasaría si leyera de nuevo ese libro en concreto. ¿Me gustaría de igual modo? ¿Encontraría de nuevo en él todo aquello que me cautivó? O, por el contrario, ¿me decepcionaría? Esto mismo es lo que Vivian Gornick trata en esta recopilación de ensayos.

En esta recopilación de ensayos literarios (y pongo especial énfasis en lo de “literarios”), la autora estadounidense aborda precisamente el tema de las relecturas, ofreciéndonos una reflexión sobre cómo los libros impactan de diferente manera según nuestro momento vital, nuestra madurez o nuestro estado de ánimo. Y, para ello, nos ubica de manera muy resumida en su infancia, afirmando que «crecí en una ruidosa casa de izquierdas donde Karl Marx y la clase obrera internacional eran dogmas de fe: el sentimiento de injusticia social se daba por hecho». También nos cuenta sus primeras incursiones en el mundo periodístico a través de The Village Voice y cómo a raíz de tener que escribir un artículo sobre el feminismo se dio cuenta de que ella lo era. Y, ese trayecto vital coincidió, como no podía ser de otro modo, con un recorrido lector, y en esta recopilación hace una parada para examinar y comentar esos libros que, de un modo u otro, le causaron un impacto, no una única vez, sino que se lo causaron en sus diferentes lecturas porque como gran lectora, ensayística, crítica literaria y periodista que es, afirma justo al inicio del libro que «como la mayoría de lectores, a veces pienso que nací leyendo» y confirma su pasión por la literatura al afirmar que en la introducción que «el mundo continua desapareciendo cuando leo y no dejo de maravillarme» y, como buena lectora, no le cuesta empatizar con sus propios lectores como demuestra libro tras libro manteniendo un firme propósito: «cuando escribo aún espero poner los lectores detrás de mis ojos, que vivan el tema tal y como yo lo viví, que lo sientan tan visceralmente como lo sentí yo».

De esta manera, y haciendo un repaso a las lecturas que más la marcaron, Gornick nos habla en primer lugar de «Sons and lovers», de D. H. Lawrence, la primera novela de aprendizaje que leyó y nos cuenta cómo y por qué le impactó, no en una sino en las diferentes ocasiones en las que leyó el libro. Esta ‘lectura’ es interesante, pero vemos ya en ese primer capítulo el principal punto débil de esta obra: la autora utiliza las casi veinte páginas de este primer ensayo para explicar el libro y las diferentes lecturas del mismo que hizo a lo largo del tiempo con sus diferentes interpretaciones según el momento vital en el que lo leía, pero lo hace de un modo demasiado exhaustivo, contándonos todo el libro y eso es algo que puede tener cierto interés si uno ha leído el libro pero en caso contrario no es algo que aporte demasiado a la lectura aparte de un conjunto de spoilers, explicar toda la trama argumental de principio a fin y añadir unas cuantas citas o incluso párrafos del libro en cuestión.

Ya en el segundo ensayo continua con Colette, de la que afirma que «en su obra, nos podíamos ver no tal y cómo éramos, sino tal y cómo probablemente seríamos», pues «parecía que supiera todo lo que le pasaba por dentro a una mujer ‘bajo presión’». Tras Colette, la autora sigue con su análisis más próximo a la crítica literaria con Marguerite Duras y «El amante» y sigue con Elizabeth Bowen, Delmore Schwartz y Yehoshua donde aprovecha para narrar lo que supone ser judío en Estados Unidos, afirmando que «la mía fue la última generación de criaturas nacidas en Estados Unidos hijas de los judíos europeos que llegaron a este país a finales del siglo XIX. En gran parte, quedamos marcados de por vida en la experiencia angustiante de nuestros padres de vivir en la periferia, colectivamente hablando; empezamos temprano a dejar un testimonio literario de qué quería decir ser judío en los Estados Unidos». La autora se percata de que «últimamente, me he encontrado pensando en este corpus de obras escritas por norteamericanos para los cuales ser judío era central». Asimismo, se confiesa al afirmar que su visión de judía estadounidense le chocó enormemente con la realidad existente en Israel, pues tras su visita a ese país finales de los 70, afirma que «por más que lo intentara, durante los meses en los que viví en Israel, mediante cualquiera de los rasgos identitarios que tenía a mano (judía, mujer y norteamericana), no fui capaz de conectar. Como hija de judíos seglares que hablaban yidis, la lengua hebrea me decía lo mismo que cualquier otra lengua extranjera; como mujer, retrocedí al encontrarme un país aún más machista que el mío; como producto del individualismo de los Estados Unidos, no podía superar el espantoso tribalismo de su cultura».

De igual manera, nos habla también de feminismo al hablarnos de Elizabeth Stanton, quién fue presidenta de La Asociación norteamericana de Mujeres Sufragistas y de cómo conectó profundamente con su obra «The Solitude of Self», pues «ningún libro judío norteamericano había retratado con tanta precisión mi interior, atrapado entre la naturaleza y la historia». Nos habla también de Natalia Ginzburg de quien afirma que, «leyéndola, como he hecho repetidamente a lo largo de muchos años, experimento la euforia de cuando te recuerdan intelectualmente que eres un ser sensible» y nos revela que la propia Ginzburg descubre que «el truco era prestar mucha atención a la propia experiencia y después encontrar la manera de hacer que la escritura se acomode a ella». Su conexión con la autora italiana era tal que parecía que «sus escritos le hablaran directamente. A la larga, parecía que los hubiera escrito para mí». Finalizando los ensayos con las figuras de J. L. Carr y Pat Barker, nos habla también de la predisposición del lector hacia un libro y cómo está condiciona irremediablemente la valoración y el disfrute de su lectura, y de Doris Lessing (y su relación con los gatos) o Thomas Hardy y su libro «Jude». Ya hacia el final del libro, Gornick nos cuenta cómo se encuentra con un libro que leyó y subrayó hace tiempo y cómo aquello que destacó antes no le parecía tan importante y sí en cambio otras frases del libro; esto la sorprende hasta el punto de que lo relee de nuevo siendo consciente que, quizá en una tercera lectura más adelante, encontrará otras partes interesantes a las que ahora mismo no le aportan o impactan en exceso. 

De esta manera, en este recopilatorio de ensayos, Gornick nos narra cómo esas lecturas la impactaron, cómo se identificaba con algunas escenas, pasajes y pensamientos. Por ello, en este libro, más cercano a una recopilación de reseñas o crítica literaria que a un ensayo reflexivo sobre ella o sobre la sociedad, Gornick parece destinarlo a aquellos que en algún momento de su vida se han interesado por esas mismas lecturas que la autora analiza y desgrana, pero que no contará con gran interés por parte de aquellos que no los han leído o que la temática que tratan no se encontrarían entre sus preferencias lectoras. Es posible que mi valoración del libro nos sea mejor debido a las expectativas que tenía sobre él, más cercanas a una especie de Bildungsroman literario donde la autora nos deleitara (como de costumbre) acerca de reflexiones sobre su vida y evolución, que no al análisis de las propias obras. Esperaba de esta lectura que Gornick nos explicará su vida lectora (algo parecido a lo que hicimos en una de nuestras semanas temáticas) ligada a su evolución vital, pero se centra en exceso (según mi opinión) en desgranar las propias obras expuestas y su argumento.

En cualquier caso, la lectura del libro sirve para constatar que «la experiencia del arte solo se produce en el encuentro entre el espectador y el objeto artístico» tal y como afirma Hustvedt en «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», y esta experiencia es diferente cada vez, pues el espectador cambia con el paso del tiempo y con ello su visión del mundo. Por ello, parafraseando a Heráclito, quien afirmó que «no nos podemos bañar dos veces en el mismo río» porque las aguas siempre son otras, yo afirmaría que no podemos leer dos veces el mismo libro, puesto que, aunque el texto siempre es el mismo, nosotros cambiamos con el paso del tiempo por lo que nuestra lectura será diferente a cada vez que lo intentemos. Y es bonito que así sea, porque significa que evolucionamos y que siempre podremos sorprendernos con los libros, aunque ya los hayamos leído.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XX: El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXI: Corazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vida: La democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajes: En las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del año: El templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

Relecturas: Los pasos perdidos, La marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil. 

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...

 


jueves, 6 de febrero de 2020

Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)

Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).

Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...

Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):

-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.

-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.

-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con  sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.

-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.

-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.



Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.

Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).


Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar  Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.


Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...


Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.

jueves, 16 de enero de 2020

Colette: La vagabunda


Idioma original: francés
Título original: La vagabonde
Año de publicación: 1910
Valoración:Bastante recomendable



Colette (1873-1954). Otra autora de indudable calidad, espíritu libre y pionera en su época, que solo encontraremos en librerías de viejo, bibliotecas bien surtidas o, como mucho, en alguna estantería heredada. Quizá el nombre les suene por Gigí, su novela más conocida, adaptada al cine en 1944 y al teatro en alguna ocasión. Casada tres veces, protagonista de sonados escándalos, de personalidad polifacética –también fue bailarina y actriz de cabaret– y escritora más que prolífica con más de cuarenta títulos en su haber, llegaría a integrar –incluso a presidir– la prestigiosa Academia Goncourt y a obtener varias veces la Legión de Honor, el mayor galardón de Francia.
Tanto aisladamente como su obra completa ha sido traducida al castellano, las más recientes fueron Chéri y El trigo tierno. Hoy traigo aquí La vagabunda porque he pensado que entre tanto título recién salido del horno que pretende situarse en primer lugar del ranking dejando patidifuso al lector poco avezado, a veces hay que apostar por lo seguro. Y es que, aparte de escribir de maravilla –si obviamos adjetivos y expresiones, por almibarados, radicalmente pasados de moda– plantea cuestiones universales con la sinceridad y conocimiento de causa de quien ha vivido bastante. Aunque no podemos identificarla con Renée Néré, su protagonista, la autobiografía es, obviamente, su fuente de inspiración: (…decidí someter mi tarea de escritor al ritmo de mi existencia de artista. Lo raro es que lo lograra.”).
Nos creemos a Renée porque narra su historia en presente al albur de los acontecimientos, porque se describe a sí misma y a quienes la rodean, así como lugares y ambientes, con el mayor desparpajo y detalle y, por encima de todo, porque nos aporta un punto de vista que es exclusivamente suyo, pues sabe desnudarse tan bien por dentro que es fácil llegar a conocerla.
Superviviente de un primer matrimonio que la marcaría de por vida, entre otros motivos, por haberse apropiado el marido de la autoría de sus escritos, Colette crea un personaje dolorido, precozmente frustrado, que no es capaz de olvidar y empezar de nuevo, aunque a su modo, melancólico y autosuficiente, se siente más o menos feliz. Ambas, autora y personaje, se caracterizan por anteponer su afán de independencia a cualquier eventualidad que se presente, ambas creen que el sentido común, la capacidad de disfrutar de lo que ofrece la vida (arte, amistad, naturaleza… ) y de ofrecer al público sus propias dotes artísticas pueden resultar satisfactorios.
De un modo que parece casual, se nos ofrece un magnífico retrato de ambientes: el particular carácter de los actores de revista, la cicatería de los empresarios, la vulgaridad y sordidez de algunos entornos, las penalidades de una vida precaria. Paradójicamente, a su comprensible temor al futuro se une el agradable vértigo de la aventura y el disfrute de sentirse bohemio.
El argumento es muy simple y tiene una importancia relativa, así que me lo callo si no les importa. Destacaré que quien maneja los hilos de la trama es el (estupendamente caracterizado) personaje femenino, un personaje tan agudo como escéptico. Conocemos sus opiniones, vida pasada, previsiones de futuro y este, su momento vital. Renée y su soledad, que le desespera a ratos pero  que es requisito fundamental del escritor (“Escribir… Derramar con rabia toda la sensibilidad de sí misma sobre el papel tentador, tan de prisa, tan de prisa, que a veces la mano lucha y se encabrita, agotada por el dios impaciente que la conduce…”), Renée y su dignidad, que defiende a capa y espada, Renée y sus errores juveniles, Renée y su fuerza casi indestructible (“En mis horas buenas me digo y me repito alegremente que me gano la vida. El music-hall donde me convertí en mima, danzarina, hasta comediante, hizo de mí una pequeña comerciante honrada y dura.”). Y es que tuvo que reinventarse porque la sociedad que abandonó no aceptaba su petición de divorcio. Con estos elementos, desembocamos en una encrucijada que tarda en resolverse, y sin embargo el clímax se mantiene con un pulso tan firme que nunca llega a decaer.
Como ven, el mundo de 1910 retransmitido en directo, un mundo que, en efecto, es distinto del nuestro pero menos de lo que suponíamos. Por eso, casi cualquier cuestión relacionada con las mujeres que pueda surgir ahora mismo nos la muestra Renée a través de un cristal distinto: la realidad distorsionada por el tiempo, es decir, caricaturizada, que es la mejor forma de verla claramente. (“¿Qué demonios vas a hacer en esa galera…, ni siquiera eso, en esa barcaza-lavadero sólidamente anclada, donde se lava una ropa patriarcal?”).
Lo dicho, hay que recuperar a Colette, ella sí que era valiente.

Traducción: E. Piñas


También de Colette: Chéri, Dúo