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sábado, 5 de marzo de 2016

Ambrose Bierce: Cuentos negros

Idioma original: inglés
Año de publicación: a partir de 1891
Traducción: Aitor Ibarrola-Armendariz
Valoración: entre recomendable y está bien

Aquí tenemos una estupenda recopilación de cuentos de Ambrose Bierce, el legendario autor de El diccionario del diablo... ¿Cómo, que no conocen aún El diccionario...? Pues dejen de leer ahora mismo esta reseña y vayan a la biblioteca o librería más cercana, busquen en la web... lo que sea; quizás se trate del libro más imprescindible de todos los reseñados en ULAD... Para quien sí lo haya leído, en estos cuentos puede encontrar una buena continuación o aplicación literaria de su espíritu: los Cuentos negros lo son, en efecto, pero no sólo por el toque terrorífico o sobrenatural que anima alguno de ellos -se han emparentado los relatos de Bierce con los de Edgard Allan Poe, para que nos hagamos una idea-, sino, sobre todo, por el humor más que negro, negrísimo, amargamente caústico, que está presente en la mayoría. Como es sabido, el concepto que Bitter Bierce tenía de sus semejantes no era precisamente muy elevado: tras crecer en una rigurosa familia calvinista (su madre, descendiente incluso de uno de los puritanos del "Mayflower"), conoció de primerísima mano los horrores de la Guerra de Secesión norteamericana y, más adelante, los turbios tejemanejes de los politicastros, en su etapa de periodista en San Francisco. En consecuencia, consideraba a las personas interesadas, de poco fiar e incluso despreciables y se diría que, en su opinión, tan sólo el sentido del humor parecía posibilitar una cierta redención.

Un sentido del humor, el suyo, quizás no compartido por todo el mundo, de todas formas: en Aceite de perro, una familia de laboriosos emprendedores -como se dice ahora- se lanza por el camino del crimen con un entusiasmo digno de la mejor causa; en Una tumba sin fondo, el humor absurdo nos hace recordar los monólogos del añorado Gila, aunque con unas dosis mucho mayores de causticidad. Y el comienzo de La ciudad de Los-Que-Ya-Se-Han-Ido (toda una sátira sobre el culto necrófilo) no deja lugar a dudas: 

"Nací pobre porque mis padres eran honrados y hasta que no cumplí los veintitrés años nunca fui consciente de que la posibilidad de ser feliz se escondía en el dinero de los demás (...)"

La familia, en efecto, resulta ser una de las dianas favoritas de los aguzados dardos de Bierce: los hijos sufren las consecuencias de la inmoralidad y falta de escrúpulos de sus padres... y actúan respondiendo con la misma moneda. El parricidio es un elemento que aparece en buena parte de los cuentos y también el uxoricidio, aunque sea de manera indirecta (en La vaca almohazada, uno de los mejores cuentos, en mi opinión). El mundo parece no ser para el autor sino un lugar repleto de cínismo, hipocresía y malicia. Incluso cuando algún personaje está lleno de las mejores intenciones, como el protagonista de La voltereta del sr. Swiddler, todo se conjura para hacerle fracasar de la forma más ridícula... Está claro que para Ambrose Bierce los humanos no tenían -no tenemos- arreglo alguno (los animales tampoco salen bien parados, me temo). Y a lo peor, resulta que tenía razón...


Otros libros de Ambrose Bierce reseñados en Un Libro al Día: El diccionario del diabloEl clan de los parricidas y otras historias macabras  (he de señalar que algunos de los relatos recopilados en este último libro aparecen también en Cuentos negros).



domingo, 29 de mayo de 2011

Ambrose Bierce: El clan de los parricidas y otras historias macabras

Idioma original: inglés
Valoración: recomendable

Este volumen recopilatorio de "relatos fantásticos" de Ambrose Bierce demuestra de manera práctica un axioma (venga, sí, vamos a llamarlo "axioma de Santi") que vengo defendiendo desde hace tiempo: el humor y el terror son incompatibles. Pueden darse juntos en un mismo libro, pero siempre deben mantenerse claramente separados. El terror exige implicación emocional, empatía, inmersión; el humor imprime distancia y quiebra la ilusión de realidad de la ficción. Un chiste mal puesto te puede destrozar una película de miedo.

Viene esto a cuento de la diferencia esencial que hay entre varios de los relatos recopilados en este volumen: los que componen el apartado "El clan de los parricidas", y casi todos los demás. Los primeros son cuentos macabros, sin duda (su tema central es uno o varios asesinatos, descritos con toda crudeza), pero no producen terror, sino risa, por el modo irónico, despreocupado y por momentos absurdo con que están escritos; los segundos darán más o menos miedo según el lector, pero son cuentos puramente terroríficos, con sus fantasmas, muertos vivientes, maldiciones y casas embrujadas, y sus ambientes lúgubres y misteriosos.

Para mi gusto, el mejor Ambrose Bierce (el que también luce en El diccionario del diablo) es el primero: el escritor irónico de humor ácido y absurdo, que no deja títere con cabeza ni tiene problema en mostrar la mayor crueldad con sus congéneres. Como escritor cómico, pondría a Ambrose Bierce entre los mejores que he leído. Vean algunas frases como ejemplo:
La transformación de sus vecinos en aceite de perro llegó a ser, en pocas palabras, la pasión de sus vidas.
En junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una tremenda impresión.
El comisario comprendió el peso de estas consideraciones -él también era un asesino con gran experiencia.
...de no haber sido por una madre justa y cariñosa que relegó al resto de los hermanos y se encargó personalmente de mi educación, habría crecido en la ignorancia y me habría visto obligado a dedicarme a la enseñanza.
Papá tuvo la desgracia de morirse cuando yo tenía diecinueve años. Como siempre había disfrutado de una salud de hierro, él fue el primer sorprendido por el hecho.
Me detuvieron por perturbar el orden público y desde entonces siempre he sido juzgado por un Tribunal de Detalles Técnicos y Aplazamientos. Por ello, después de quince años, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que mi caso sea transferido al Tribunal de Revisión de Nuevos Procesos.
No es que los cuentos de terror sean malos: son correctos, consiguen crear esa atmósfera alucinatoria, esa mezcla de atracción y repulsión tan característica, e incluso algunos son notables en su concepción; pero no pasan de ser relatos de terror sin una grandísima originalidad, ni de temas ni de estilos. Son obras puramente de género. No están mal, pero los hay mejores.

Por cierto que el hecho de que esta reseña no tenga ni título original ni fecha de publicación, se debe a que el volumen recopila relatos dispersos de Bierce, publicados en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Y habría sido muy largo enumerarlos todos...


También de Ambrose Bierce: El diccionario del diabloCuentos negros

lunes, 23 de agosto de 2010

Ambrose Bierce: El diccionario del diablo


Título original: The devil's Dictionary
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1911
Valoración: recomendable

Tuve que pasar una Navidad lejos de casa porque había encontrado trabajo en una especie de feria del libro, vendiendo libros, naturalmente. Y en los momentos en los que no había mucha gente pululando por los puestos, oséase, a primera hora de la mañana y al mediodía, me dediqué a hacer autodefinidos y a fisgonear todo lo que había en la caseta. Me llamó la atención el título de esta obra, y el autor no me sonaba de nada, así que lo abrí y comencé a leerlo. Y vaya, estuve un buen rato riéndome y dándome cuenta de que puedo llegar a ser aún más cínica de lo que pensaba!

No sin razón, Ambrose era conocido como “el amargo” Bierce. Un hombre muy peculiar, misántropo, cínico y desafiante. Lovecraft lo menciona varias veces como referente y se les suele asociar, junto con Poe, como los grandes escritores estadounidenses del género de terror. Una buena presentación para un autor de culto que tiene numerosos seguidores.

Y no, esta obra no tiene nada que ver con el diablo,al manos en sentido literal. A lo mejor hace referencia al propio autor, y no a entidades sobrenaturales. Así, podemos leer una serie de entradas, a manera de diccionario, pero cuyas definiciones son un tanto diferentes. Por ejemplo:

“Batalla: s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua.”

Cientos de definiciones oscuras y satíricas, o con muy mala leche, que nos hacen sonreír por lo acertadas que resultan. Aguda crítica del ser humano, en el que no veía ni un ápice de bondad, y de la sociedad que ha construido. Sonreímos, sí, pero nos damos cuenta del terrible mensaje que se oculta tras la provocación de esa mueca: no hay altruismo, ni salvación.

“Complacer: v. t. Poner los cimientos para una superestructura de imposiciones.”

Entretenido, desternillante, satírico y lúcido, un libro que a pesar del tiempo transcurrido, sigue gozando de toda su frescura. (Otro mensaje terrible)

Como curiosidad, apuntar que no se conoce la fecha exacta de su muerte, pues decidió marcharse a México dejando a sus familiares la siguiente nota: «Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!».


Y si gustáis del terror, es imprescindible leer el resto de su obra, carne de futuras reseñas.


Otros libros de Ambrose Bierce reseñados en Un Libro Al Día: El clan de los parricidas y otras historias macabrasCuentos negros

jueves, 6 de febrero de 2020

Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)

Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).

Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...

Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):

-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.

-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.

-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con  sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.

-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.

-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.



Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.

Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).


Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar  Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.


Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...


Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.

sábado, 22 de abril de 2017

Arthur Conan Doyle: Cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: Tales of the Unease
Valoración: Recomendable
Año de publicación: como relatos sueltos, en fechas diversas entre 1883 y 1922
Valoración: recomendable

Arthur Conan Doyle es, para la mayor parte de los mortales, sinónimo de Sherlock Holmes: son los relatos sobre su detective excéntrico y brillante los que le han asegurado la fama póstuma. Sin embargo, Conan Doyle era un hombre de muchos intereses y habilidades, y su producción es amplia y variada: poesía de guerra, relatos policiacos, novelas históricas, panfletos, ensayos... Además de todo esto era también, como muchos de sus contemporáneos (incluida la propia reina Victoria de Inglaterra), aficionado al ocultismo y al espiritismo, temas a los que dedicó una buena docena de obras de mayor o menor enjundia. Así que no sorprende que también escribiera una serie de relatos de terror, publicados en diversas revistas a lo largo de casi cuarenta años, y que Penguin ha recopilado, al menos parcialmente, con el título de Tales of Unease (algo así como "cuentos que causan inquietud").

Para el lector de los relatos policiacos de Conan Doyle, y también para el lector habitual de relatos de terror, esta colección contiene algunas sorpresas agradables. Así, por ejemplo, tenemos el relato "El lote 249", que es uno de los primeros, si no el primero, en el que aparece una momia revivida como elemento terrorífico; "La mano marrón", que es un clásico cuento de fantasmas con un título un pelín racista; "El horror de las alturas", que recuerda un poco a Lovecraft aunque sin llegar a desarrollar toda su mitología, o "El terror de la sima de Blue John", que bien podría haber inspirado las películas de la serie The descent.

Algunas de estas historias recurren a trucos bien conocidos del género, como el manuscrito encontrado o el juego de espejos entre terror y locura, y no todos se leen con igual placer (algunas de estas historias, hoy, en el siglo XXI, suenan ya muy sabidas), pero en otras, como en "El fiasco de Los Amigos" hay un sentido del humor irónico que recuerda a los relatos de terror de Ambrose Bierce.

Sin embargo, mis cuentos favoritos de la colección no son precisamente los sobrenaturales, sino aquellos en los que la inquietud proviene de la propia crueldad humana: de los trucos, engaños y torturas que somos capaces de producirnos los unos a los otros por ambición, envidia, celos o avaricia. A este grupo pertenecen "La nueva catacumba" (que quizás es demasiado obvio en su final); "El gato de Brasil", con un ambiente de locura opresiva casi digna de Poe; o mi favorito, "El caso de Lady Sannox", un cuento con un final retorcido que hace que nos preguntemos qué tenía dentro de la cabeza el bueno de Conan Doyle.

En conjunto, esta colección de relatos de terror no desmerece en absoluto a otras colecciones semejantes de autores más asentados en el género. Es cierto que la relevancia mundial de Sherlock Holmes ha eclipsado el resto de la obra de Conan Doyle, y hasta cierto punto es justo, ya que consiguió crear uno de los personajes más icónicos de la literatura universal, de esos que son reconocibles solo con ver su silueta. Pero merece la pena darle una oportunidad a sus otros libros. A veces uno se lleva sorpresas agradables.

lunes, 31 de octubre de 2016

Anexo a la semana del libro de culto: Diccionario de literatura para esnobs, de Fabrice Gaignault

Idioma original: francés
Título original: Dictionaire de Littérature à l'usage des snobs
Año de publicación: 2009
Traducción: Wenceslao Carlos Lozano
Valoración: muy recomendable para aspirantes a esnobs

Otra cosa no, pero en este blog somos de lo más esnob para esto de los libros. Por ejemplo, hemos tenido a uno de nuestros galeotes compañeros leyendo día y noche, para poder reseñarlos, todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido , sólo por haberlos escrito el santo patrón de los esnobs literarios (quién apunto al respecto que "el esnobismo es una grave enfermedad del alma, pero localizada y que no la echa del todo a perder"). Además, ¿no acabamos de dedicar una semana al libro de culto?; categoría que, si bien no es equivalente a la de la literatura para esnobs, en más de un caso pueden coincidir; ahora bien, que un libro devenga "de culto" es consecuencia de una obsesión genuina, sospecho, ya sea individual o tribal, mientras que el esnobismo literario por definición es más superficial... o mejor dicho, resulta de una voluntad de ser más superficial (según Olivier de Magny: "El esnobismo consiste en un conjunto de prejuicios que un grupo de personas convierte en estrategia para que el resto de los humanos se sienta, eternamente y en todo, carente de elegancia..."), con el objeto de convertirse, siquiera de una forma íntima y hasta secreta, en uno de los elegidos happy-few. En fin, en el prefacio del libro,  Fabrice Gaignault, periodista cultural de una de esas revistas de impronta indudablemente francesa y al que se le supone buen conocedor del tema, se extiende con bastante lucidez al respecto, para concluir que "el esnobismo literario debe tomarse con la máxima ligereza (...). Al fin y al cabo, solo se trata de atribuirse y de inventarse unos códigos un poco más sutiles y refinados que la "lectura de confección" al uso..."

Visto lo cual, lo cierto es que no tiene sentido tratar de engañarnos: en este blog no somos para nada esnobs, como resulta tristemente evidente (¡si hasta hemos reseñado libros de Jorge Javier Vázquez, por el amor bendito!), pero es que este libro en realidad tampoco está destinado a los esnobs, como reza su título completo: Diccionario de literatura para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son. Así que tranquilos: en este diccionario , ordenados alfabéticamente, como debe ser, encontramos autores que resultarán prácticamente desconocidos para la mayoría de los aficionados a la lectura, pero también otros muchos que, pese a haber sido adoptados por los esnobs en algún momento, ya han pasado al conocimiento no sé si del gran público, pero sí de los letraheridos o gafapastas de provincias e incluso de pueblo (como un servidor, que conste). me refiero a nombres como los de Von RezzoriRaymond Roussel, Marcel Schwob, Ambrose Bierce o Terry Southern, por no hablar de William BurroughsLovecraftSylvia Plath... Incluso aparecen autores de best-sellers como Harold Robbins o Maurice Dekobra, que sirviera de modelo, según se dice, al personaje de Tintin. En cambio, el único premio Nobel digno de salir en este diccionario es, precisamente, el más desconocido de todos: Winston Churchill (y no sólo por haber recibido ese premio, claro está). Cierto es que la perspectiva del autor del libro es evidentemente francesa, como no podía ser de otra forma y también bastante americano-anglófila, siendo el resto de literaturas del mundo prácticamente olvidadas; como representación en lengua hispana, menciona sólo, aunque ya es bastante, al internacional Max Aub, a la cada vez más reivindicada Silvina Ocampo y a José Carlos Llop, autor que explica su sorprendente inclusión en uno de los prólogos.

Lo interesante de este peculiar diccionario, además, es que no se limita a un mero prontuario de autores poco -o nada- conocidos por la mayoría de los lectores; aparecen también otros artistas (como Andy Warhol o el elegante ilustrador Berdsley), editores y editoriales, célebres revistas literarias (Granta, McSweeney's, Tel Quel), lugares con algún tipo de impronta libresca (el Sendero de Rilke en Trieste, Tánger, el pueblo de Cajarc, en el Lot...). E interesante, además, porque nos permite seguir el rastro a lo largo de sus páginas, como si fueran los ramales de una corriente subterránea, de diversos grupos y facciones literarias; algunos bien conocidos, como el Círculo de Bloomsbury, la famosa mesa redonda del Hotel Algonquin o los Husáres franceses, (derechistas y antiexistencialistas, fanáticos de la frase corta y afilada); otros, sospecho que más fruto de la socarronería del propio Gaignault o de Paul Morand que otra cosa: el Club de los Bigotes Largos -esto es, decadentes finiseculares de segunda fila-, la Escuela de Montana -Norman Maclean o el propio Richard Ford- o los amantes del cuello vuelto, entre otros... Todos estos junto con simbolistas -empezando por Barbey d'Aurevilly pero también el wagneriano y excesivo Joséphine "el Sâr" Péladan- beatniks, vanguardistas de todo pelaje, (vorticistas, el Outlaw Liberation Army...) estetas lunáticos como el baron Corvo, embaucadores canallas como Maurice Sachs, ermitaños de los libros, drogadictos, suicidas...  entre todos van tejiendo un tapiz fascinante en sus claroscuros, en la brillantez o lo desvaído de sus colores, que convierte la lectura y consulta de este diccionario en una sorpresa permanente (sin olvidar sus otros irónicos apartados:

-Diez libros odiados por los esnobs literarios.
-Chuleta imprescindible para ahorrarse pifias monumentales.
-Las diez muertes (más o menos) esplendorosas plebiscitadas por los esnobs literarios.)

Aun a riesgo de que esta reseña resulte demasiado larga, no puedo acabarla sin incluir la entrada correspondiente, cómo no, a "Proust, Marcel: El maestro de ceremonia anuncia a los invitados que han llegado y los que están por llegar, pero tiene la suma cortesía de no extenderse sobre sí mismo (1871-1922)"

Nota final (lo prometo): un libro ilustrado y editado con exquisito gusto, como suele suceder con Impedimenta. Un placer tenerlo entre las manos... y hasta leerlo.




jueves, 21 de noviembre de 2013

Edward Bulwer-Lytton: La casa y el cerebro

Idioma original: inglés
Título original: The Haunters and the Haunted, or The House and the Brain
Traducción de Arturo Agüero Herranz
Año de publicación: 1859
Valoración: recomendable
 
Qué pena no haber conocido esta novela para nuestra serie de terror de hace un par de semanas, porque la verdad es que habría encajado perfectamente, entre El castillo de Otranto y los Mitos de Cthulhu de Lovecraft, por ejemplo. Pertenece, de hecho, a esa tradición tan honorable de la literatura de terror que es el "relato de casa encantada". Y tiene un inconfundible olor a siglo XIX, a Poe, a Maupassant, a los relatos clásicos de fantasmas de un Dickens o de un Ambrose Bierce.

Resumir el argumento es un poco grautito, porque lo hemos visto repetido, con variaciones, en cientos de cuentos, novelas y películas: el narrador se entera de que en el mismo centro de Londres existe una casa encantada en el que nadie consigue pasar más de tres noches seguidas, porque se ven perseguidos por extrañas apariciones malignas. ¿Y qué hace nuestro intrépido narrador? Pues, naturalmente, se va a pasar una noche en la casa acompañado por un criado y un perro. Y las malignas apariciones, claro, aparecen.

Hay algo de entrañable en estos relatos de fantasmas del siglo XIX que intentan ser, al mismo tiempo, científicos e irracionales. Son tiempos en los que el magnetismo, el hipnotismo (o mesmerismo) y la telepatía podían ponerse en el mismo plano de realidad sin quedar en ridiculo (recuérdese El Horla de Maupassant o "El extraño caso del señor Valdemar" de Poe). Un escritor de terror del siglo XX probablemente no se preocuparía por explicar el origen ni los mecanismos "físicos" (con muchas comillas) en que se apoyan; de ahí que tenga un aire algo anticuado, o hasta ingenuo.

Pero, visto con la perspectiva del momento en que fue escrita, esta pequeña novella es sin duda una joya de su género, con una tensión constante casi desde la primera página hasta casi la última. Creo, la verdad, que esa especie de epílogo o coda que empieza en "Pero mi historia no acaba aquí", que el propio autor suprimió en alguna de las ediciones, no contribuye al interés del conjunto, por ser demasiado explicativa; pero en cualquier caso no cabe duda de que, dentro de los cánones de "cuento de fantasmas", este es un ejemplo muy acabado.

Nota curiosa sobre el autor: Edward Bulwer-Lytton es también el autor de la novela Paul Clifford, que empieza con la frase "It was a dark and stormy night", convertida con el tiempo en un clásico de las peores primeras frases para empezar una novela, sobre todo si es de terror; y también a él le debemos la frase "The pen is mightier than the sword", que aparece en su obra Richelieu; Or the Conspiracy. Ahí queda eso...

domingo, 24 de marzo de 2013

Jaime Rubio: El problema de la bala

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: está bien

Hace ya bastantes años empecé a seguir un blog de humor absurdo llamado La decadencia del ingenio. Hace algunos meses empecé a seguir a un twittero gracioso, de un humor bastante absurdo, llamado Jaime Rubio. Hace algunas semanas descubrí dos cosas: que Jaime Rubio es el autor del blog La decadencia del ingenio, y que es también el autor de tres novelas de humor absurdo (como era de esperar): La decadencia del ingenio, El secreto de mi éxito y El problema de la bala. Cuando vi que la tercera estaba disponible en la página Libro de Notas a un precio más que asequible (ahora cuesta 2,40€, pero creo que yo la compré de oferta por 1€...) me decidí a probar...

Me gustaría hacer una aclaración antes de pasar a hablar del libro: creo que hay dos cosas que son especialmente difíciles para un escritor: escribir una escena de sexo sin caer en lo cursi ni lo pornográfico; y hacer reír al lector sin caer en el humor fácil de caca culo pedo pis. Son pocos los libros con los que recuerdo haberme reído (no una sonrisa irónica de complicidad, sino una carcajada que se oiga desde la habitación de al lado): así a bote pronto me acuerdo de haberme reido con Sin noticias de Gurb, con Wilt de Tom Sharpe, con algunos relatos de Woody Allen y Groucho Marx... y sí, lo confieso, con algunos pasajes del Quijote. Digo esto para que se ponga en perspectiva todo lo que voy a decir a continuación sobre la novela de Jaime Rubio.

Porque El problema de la bala es (¿ya lo había dicho?) una novela de humor absurdo, un poco en la línea de Christopher Moore. El protagonista de la novela decide un buen día suicidarse pegándose un tiro, sin saber que ese será solo el principio de sus problemas: acusado de asesinato (porque de hecho ha matado a una persona), debe enfrentarse simultáneamente a su propia putrefacción y a un proceso judicial rocambolesco en el que acabará sentenciado a muerte (otra vez) y recluido en la cárcel Modelo a espera de que se cumpla la sentencia.

Que conste que la novela me ha entretenido, que es para lo que se compra y se lee una novela como estas. Así que, en ese sentido, prueba superada, Jaime Rubio. Ahora, la mayor pega que le pongo al texto es que el humor que utiliza es muy blando, muy blanco, me habría gustado que fuese más incisivo y más ácido, y que no recurriese tanto a determinados tópicos o estereotipos (los abogados solo quieren dinero, los políticos son unos idiotas corruptos, etc.). He echado en falta en la mezcla un poco de Ricky Gervais o de Masaenfurecida, por decirlo así. O un poco más de absurdez, aunque parezca mentira leyendo el argumento de la obra del párrafo anterior. En algunas páginas da la impresión de que se acaba el impulso de la idea inicial y se sigue leyendo un poco por inercia, a la espera de que el tono remonte...

Y es una pena, porque tengo la impresión de que no haría falta mucho para afilar el texto, solo una dosis de ironía al estilo de Ambrose Bierce (cuando se pone irónico) o de sátira a lo Jonathan Swift (cuando se pone satírico). Recuerdo por ejempo un pasaje en que un personaje dice (aproximadamente, cito de memoria): "Usted no es perfecto: estudiaba Filosofía y seguro que se hizo algunos enemigos en la Facultad"; con haber cortado la frase después de "Usted no es perfecto: estudiaba Filosofía", ya habría sido más gracioso (aunque también más ofensivo para miles de estudiantes de Filosofía everywhere, claro).

En fin, que es una novela divertida, alocada, entretenida pero blandita. No descarto en algún momento (dentro de algún tiempo) comprarme alguna otra del mismo autor, aunque, entre tanto, me contentaré con seguir a Jaime Rubio en su blog y en Twitter.

domingo, 15 de julio de 2012

Ford Madox Ford: El buen soldado

Idioma original: inglés
Título original: The Good Soldier
Año de publicación: 1915
Valoración: Muy recomendable

Muchas veces se habla del siglo XIX como "el siglo de la novela", lo cual es evidentemente reduccionista (hacia el siglo XIX y hacia el concepto de novela) pero refleja también un fondo de verdad: que durante el siglo XIX, en especial en su segunda mitad, la novela pasó de ser un género secundario en los cánones literarios nacionales (en los que la poesía lírica o el teatro ocupaban el centro indiscutible), a ser el motor del sistema literario, con la aparición de grandes maestros como Balzac, Flaubert o Zola, Tolstoi o Dostoievski; Galdós o Clarín; Eça de Queirós o Dickens. Por diversos caminos, estos escritores y muchos otros alcanzaron una maestría en el manejo de la descripción, de la creación de personajes, tramas y universos ficcionales. Y uno de los aspectos en los que destacaron más especialmente los novelistas del siglo XIX fue en la creación de grandes narradores: narradores (a veces testigos, a veces con voz y personalidad propia que condicionan radicalmente el modo en que el lector accede a la historia.

El buen soldado de Ford Madox Ford (aunque escrita ya a comienzos del siglo XX, que conste) podría servir de ejemplo perfecto para esta afirmación, al igual que muchas novelas de su "antecesor" Henry James. En efecto, el narrador, John Dowell, es un modelo de lo que Wayne Booth denominó unreliable narrator, "narrador no confiable": es un narrador desordenado, confuso, olvidadizo, parcial y a menudo manipulador, que nos da una visión determinada de los hechos o de los personajes en las primeras treinta páginas, para dedicar las otras doscientas a destrozar meticulosamente esa visión en las restantes doscientas.

La trama como tal es bastante convencional, y podría haber dado para algo así como Madame Bovary o Fortunata y Jacinta: cuenta la historia de dos matrimonios de "gente bien" (así llamados por el propio narrador): los Dowell -John y Florence, americanos- y los Ashburnham -Edward, inglés, y Leonora, irlandesa-. Al principio son presentados como dos matrimonios ideales, elegantes, felices; luego se verá que todo es apariencia, que todos se engañan a todos, que no hay en realidad apenas afecto entre ninguno de ellos, y que, queriendo o sin querer, se han destrozado la vida unos a otros.

El motivo por el que esta trama no se convierte en un Madame Bovary o Fortunata y Jacinta es precisamente por la voz de ese narrador-testigo, John Dowell, que cuenta la historia en forma de una larga confesión escrita durante varios años, con incoherencias, desorden, olvidos y manipulaciones: "...cuando se analizan unas relaciones amorosas", dice "tan pronto se avanza como se retrocede. [...] Tiene usted los hechos aunque haya de molestarse en buscarlos".

Hay otra característica del narrador que hace la lectura mucho más llevadera: su humor cínico y sarcástico, que disecciona al resto de personajes, a la alta sociedad y a sí mismo con una divertida crueldad. Algunos de sus latigazos tongue-in-cheek, que se dice en inglés, recuerdan a los aforismos de Ambrose Bierce. Por mucho que se esfuerce en decir que Edward y Leonora eran personas nobles y "gente bien", la imagen que queda de ellos es la de unos seres egoístas, torpes, hipócritas y traicioneros.

En fin, que esta novela de Ford Madox Ford no sirve para solucionar aquella discusión que tuve con un compañero de trabajo, sobre si es mejor la novela del XIX o la del XX; porque aunque su trama está cerca de la de muchos novelones del XIX, gran parte de sus técnicas (fragmentación, desorden, ironía, autoconsciencia) pertenecen más bien al "Modernismo" y lo acercan, salvando las distancias, a la narrativa de Virginia Woolf.

Sea como sea, es una gran novela: Un clásico.

miércoles, 16 de mayo de 2012

In memoriam Carlos Fuentes

Ha muerto Carlos Fuentes, uno de los narradores fundamentales del siglo XX y una de las figuras imprescindibles del boom de la literatura hispanoamericana. Menos mediático, quizás, que Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, pero igualmente dotado para la construcción de tramas y la experimentación narrativa y lingüística, nadie podrá negar a Carlos Fuentes su lugar de privilegio en las letras mexicanas del siglo XX, en las que quizás solo Juan Rulfo pueda hacerle sombra.

Este año se cumplían, precisamente, 50 años desde la publicación de dos de sus obras, muy distintas entre sí pero independientemente geniales: Aura, una pequeña joya del género fantástico, y La muerte de Artemio Cruz, una novela en la que Carlos Fuentes exploraba la historia de México de la primera mitad del siglo XX, a través de los recuerdos de un corrupto (en todos los sentidos) político y hombre de negocios. En realidad, casi toda la obra narrativa de Carlos Fuentes, desde La región más transparente hasta La silla del águila gira en torno a México, su historia y su identidad. Terra Nostra, obra de una elaboración formal complejísima, es probablemente el punto más extremo en este cuestionamiento colectivo.

En mi relación como lector con Carlos Fuentes, Gringo viejo ocupa un lugar particular. Quizás no sea su mejor obra, pero para quienes disfrutamos leyendo es una novela entrañable: cuenta los últimos meses de vida del escritor estadounidense Ambrose Bierce, que decide perderse en el torbellino de la Revolución Mexicana para tener un final honorable. La mezcla de historia, literatura y ficción; el estilo cortado de Fuentes y la densa representación de las relaciones entre México y EE.UU. me encantaron entonces; y creo que volverían a encantarme si lo releyera.


Hace poco Carlos Fuentes declaraba en una entrevista: "Miedos literarios no tengo ninguno. Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo." Como me decía una alumna en un email que acabo de recibir: "es envidiable morirse con esas ganas de vivir."

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