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lunes, 2 de julio de 2012

Sylvia Plath: una poeta visionaria

Idioma original: inglés
Valoración: imprescindible

Antes de leer esta reseña, invito a los lectores a que se detengan a preguntarse por la imagen que les viene a la mente al escuchar el nombre de la poeta estadounidense Sylvia Plath.

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¿Ya?

Seguramente, el primer adjetivo que os habrá venido a la cabeza haya sido el de "suicida". Si estáis algo familiarizados con su obra poética, tal vez le hayáis colgado instintivamente, además, la etiqueta de "confesional". Mi intención es que, para cuando terminéis de leer esta entrada, hayáis desechado tales ideas preconcebidas, inútiles para entender y analizar su poesía con la amplitud de miras que se merece.

Vamos allá.

* * *

Sylvia Plath se suicidó, es cierto, el 11 de febrero de 1963 (inciso-escalofrío: el día de mi cumpleaños). Su vida, su obra y, especialmente, su muerte propiciaron en las décadas posteriores la excusa perfecta para el estudio de enfermedades mentales. Muchos críticos creyeron hallar en sus poemas migajas que marcaban "el progresivo camino hacia la locura" (traduzco-cito de memoria y no sé ni a quién, pero no importa: esto es un blog, no una tesis doctoral). No solo eso: pasó a simbolizar, para muchos, la quintaesencia del poeta, que derrama su sufrimiento sobre el papel.

Pero si nos detenemos a estudiar su poesía dejando a un lado interpretaciones biográficas —como muchos otros críticos, por fortuna, han hecho—, nos encontramos con una obra extensa de notable calidad. Y, teniendo en cuenta que el ritmo vertiginoso de su producción se vio inexorablemente interrumpido a los apenas 30 años, nos damos cuenta con estupor de que lo que tenemos entre manos no es más que el aperitivo de lo que podría haber sido. Y nos deja con hambre.

lunes, 15 de octubre de 2018

Semana del arte #1: Sylvia Plath: Dibujos


Idioma original: Inglés
Título original: Drawings
Traducción: Guillermo López Gallego
Año de publicación: 2014
Valoración: Recomendable para interesados

Este volumen rescata la obra gráfica de Sylvia Plath, una de las mejores poetas norteamericanas del siglo XX. El encanto de Dibujos, pues, más allá del que pueda tener su cuidada edición, es el de dar visibilidad a la faceta artística de Plath; faceta oculta bajo la densa sombra que proyecta su trabajo literario. 

Dibujos recopila un total de cuarenta y cinco apuntes. La gran mayoría han sido hechos con pluma y tinta, aunque en alguno que otro se ha utilizado el lápiz. Todos estos apuntes se han tomado del natural y son completamente respetuosos, a la hora de plasmarlo, con el referente al que aluden: o bien lo retratan con fidelidad, o bien lo idealizan con gracia. Es por ello que el acabado general de estos dibujos oscila entre la minuciosidad naturalista y el preciosismo halagador. De modo que no os podéis imaginar mi desconcierto cuando la propia Plath afirma que se inspira en el primitivismo, y que persigue dicho acabado formal en sus obras. Lo cierto es que nada me parece más opuesto a la burda y arcaica tosquedad del primitivismo que estas estampas contemporáneas de motivos cotidianos, refinadas y hasta cierto punto virtuosas. Para que os hagáis una idea, Plath llegó a vender algunos de estos dibujos para ilustrar publicaciones en revistas que exigían un estilo tipo The New Yorker. Así que, ¿soy el único incapaz de establecer una relación entre ellos y el primitivismo?

Casi todos los dibujos compilados en este libro (excepto dos) son monocromos, basados en el fuerte contraste que existe entre el negro de la tinta y el color neutro del soporte. En ellos, la línea es omnipresente (la mancha, en cambio, aparece mucho menos), y define tanto el contorno de las figuras como sus volúmenes o texturas. Se nota que Plath tiene algunos problemas resolviendo la figura humana, sobre todo su anatomía; en cambio, presenta una facilidad envidiable a la hora de afrontar paisajes, objetos o animales. También se le da de maravilla el planteamiento espacial del dibujo: sus composiciones, a veces más tradicionales, en otras ocasiones más atrevidas, siempre ofrecen un atractivo diálogo entre los distintos elementos que componen sus dibujos, soporte incluido.

Se hace extraño saber que esta producción gráfica, tan bella y sosegada, acompañada por unas cartas y un diario íntimo igual de luminosos, son de Plath. Cualquiera que haya leído su lírica contrastará estas encantadoras imágenes, estos textos optimistas, con la voz áspera y amarga que impera en la poesía de la autora. Ya puestos, ¡quién iba a decir que una persona que escribe estas cartas, que dibuja así, acabaría quitándose la vida! Sucede, sin embargo, que el material recopilado en Dibujos (es decir, tanto las misivas y el diario como los propios dibujos) es previo al sufrimiento que acuchilló la biografía de su autora. Pertenece, de hecho, a uno de sus periodos vitales más pletóricos y felices: justo cuando obtuvo una beca Fulbright, se casó en secreto con Ted Hughes y visitó con él, en su idílica luna de miel, París y España.


En definitiva, Dibujos es un libro encantador. En especial para alguien como yo, que adora este tipo de propuestas. Quizás trascienda por poco la mera anécdota bibliográfica, pero creedme cuando os digo que hará las delicias del interesado. Y, ya de paso, dejadme aprovechar esta oportunidad para recomendar también las recopilaciones de dibujos de otros tres poetas: Jean Cocteau, Federico García Lorca o Günter Grass. ¡No tienen desperdicio!  


miércoles, 12 de agosto de 2009

Sylvia Plath: La campana de cristal

Idioma original: inglés
Título original: The Bell Jar
Fecha de publicación: 1963
Valoración: Muy recomendable

"La locura no tiene cura", decían en una de sus bromas televisadas un popular dúo cómico español. Y qué razón tenían...Es que la locura no tiene solución, que sí alivio.

La locura no entiende de sexo, ni de belleza, ni de bondad, inteligencia o posición social. La locura ataca sin mirar a quién, no necesita motivos. Más que a las enfermedades físicas (porque, al fin y al cabo, la locura es una enfermedad mental), la locura se parece a la muerte. Atrapa y hace daño a cualquier tipo de persona, sin favoritismo de ninguna clase (aunque sea cierto que los más adinerados posean más vías e instrumentos para contenerla y encauzarla).

En la Antigua Roma, a los locos se les llamaba los furiosos, un curioso dato que cuando mi profesora de latín del instituto nos contó hizo que la gente se riera mucho, aunque yo no le encontré la menor gracia, la verdad. Los furiosos. Los locos. Ambos me dan respeto y lástima; más los segundos que los primeros.

Y tras estas líneas, llego al fin a Sylvia Plath, una loca que poseía un físico envidiable, una cara angelical, una gran inteligencia y una escalofriante creatividad, y que además, era hija de un prestigioso profesor de origen alemán especialista en insectos (cuyo único "defectillo" era que le hacía tilín el nazismo) y de una bondadosa ama de casa.

Y sí, pese a tener tanta suerte en tantas cosas, sucedía que Sylvia estaba loca.

Su cuadro psiquiátrico era muy variado: depresión, neurosis, trastorno obsesivo-compulsivo, coqueteos con la anorexia (derivados de su ansia de perfección física)...Aunque ahora, nuestros sesudos psiquiatras resumirían semejante crisol de desgracias mentales así: trastorno bipolar de la personalidad.

A la chica le pasaba que quería ser la mejor en todo, y cuando llegó a la conclusión de que tenía talento de sobra para ser escritora, quiso ser la mejor escritora. Por eso, su rígida persona, poseedora de una autoestima pendular (que cambiaba en base al reconocimiento y halagos que recibía) no toleraba el menor menosprecio, como podía ser que una revista rechazara uno de sus cuentos o poemas, o que no se le concediera una beca (esto último la llevó a los veinte años a su primer intento de suicidio, del que sobrevivió gracias a que la encontraron inconsciente tras una sobredosis en un rincón casi oculto de su sótano).

Muchos de los que estén leyendo esto sabrán que Sylvia Plath escribió sobre todo poesía, y que acabó sus días malamente, cuando su marido, el poeta Ted Hughes, la abandonó por otra poetisa y la dejó sola y casi arruinada, al cuidado de sus dos hijos de corta edad.
Sylvia se suicidó con treinta años metiendo su rubia cabecita en el horno de su casa tras dejar el desayuno preparado a sus niños.

Y aún hay más acordes suicidas rodeando la triste leyenda de esta dama: la poetisa con la que Hughes la traicionó también se suicidó; y me quedé de piedra cuando supe, a primeros de 2009, que su hijo, un tímido profesor de Alaska, también se fue de este mundo como su célebre mamá.

Lo dicho: la locura no tiene cura.

Ah, se me olvidaba...: La campana de cristal cuenta en primera persona el testimonio de Sylvia, llamada en esta ocasión Esther, y su descenso al infierno de la Furia.

Los primeros capítulos hacen que este libro parezca una obra en la que se narra la vida de una chica que está empezando a vivir y a despuntar como escritora, pero enseguida llegaremos al dolor, el desequilibrio, la institución mental de rigor, y la lenta y costosa operación de salir a flote, de romper esa "campana de cristal" macabra e inclemente que los locos llevan a todas partes con ellos, doloridos y desesperados por no poder librarse de ella.

PD: no merece la pena ver "Sylvia", con la sosa de la Paltrow. Con Kate Winslet (es mi opinión) hubiera sido otra cosa...

También de Sylvia Plath en ULAD: Una poeta visionaria, La campana de cristal (contrareseña), Dibujos

jueves, 13 de septiembre de 2012

Contrarreseña: La campana de cristal, de Victoria Lucas / Sylvia Plath

Idioma original: inglés
Título original: The Bell Jar
Año de publicación: 1963 (1971)
Valoración: recomendable

Los lectores que lleven mucho tiempo siguiéndonos tal vez se den cuenta de que algo pasa con la entrada de hoy. Quizás algunos sufran un ataque de pánico: pero... pero... ¡¡si ese libro ya está reseñado!!

No les falta razón: la "contrarreseña" pretende ser un recurso excepcional en términos de frecuencia y fructífero en su capacidad para crear un poco de polémica. Una contrarreseña permite ofrecer un punto de vista radicalmente distinto de un libro ya reseñado por otro miembro del equipo. En el caso que nos ocupa, la valoración final que hago de La campana de cristal no dista mucha de la que en su día hiciera Ian. El planteamiento, sin embargo, es diametralmente opuesto. Ni más ni menos acertado; simplemente, distintos lectores hacen lecturas distintas.

Y, una vez dicho esto, allá voy: a saltarme las normas, que para eso las hemos puesto.

★

La campana de cristal, es ante todo, una novela de aprendizaje. Y como tal funciona a las mil maravillas. Esther Greenwood es una brillante estudiante de diecinueve años que nos narra en primera persona los acontecimientos previos a su fallido intento de suicidio y las experiencias vividas posteriormente en la institución mental donde pasa seis meses internada.

El cambio registrado en el personaje es estremecedor y enternecedor a partes iguales. De ser una becaria modélica a punto de comprometerse con el chico perfecto, Esther llega a convertirse en una caricatura. Cuando le preguntan por qué lleva el pijama por debajo de la ropa, responde que así se ahorra el tener que andar poniéndoselo y quitándoselo todo el tiempo.

La gran virtud de la novela es precisamente la construcción del personaje, con sus luces y sus sombras, con su carácter ambivalente y contradictorio. Se trata de una mujer joven, apenas una adolescente todavía, en plena lucha por definirse a sí misma en un entorno -el Nueva York de los años 50- que le resulta extraño e inhóspito. Si en una página Esther nos sorprende haciendo gala de una frivolidad sin límites, en la siguiente sus reflexiones, sumamente lúcidas algunas de ellas, nos revelan una persona reflexiva e independiente que se cuestiona su propio papel como mujer y que se niega a verse relegada al de ama de casa. Pese a que en ocasiones desee ponerle la cara del revés de un bofetazo, el lector llega a empatizar con el personaje: no está hecha para el mundo de las apariencias neoyorquinas, ni para leer relatos estúpidos en estúpidas revistas femeninas. No está hecha para dejarse engañar por la doble moral de los hombres. Y en esa tremenda lucidez radica también la soledad más absoluta.

Hay quien dice que La campana de cristal es una novela en clave. A mí, sinceramente, me da igual hasta qué punto Sylvia Plath se basó en sus propias experiencias para escribirla; me niego a interpretar la ficción en términos autobiográficos, por mucho que la literatura pueda nutrirse de la vida. Además de psicológica perspicaz y técnicamente habilidosa, Sylvia Plath confirma en La campana de cristal su condición de creadora de historias y personajes, además de imágenes poéticas. Es una pena que esta faceta creativa quedara, a su temprana muerte, insuficientemente explorada.


** Con todo mi respeto y mi cariño para Ian Grecco, autor de la reseña original **
*** ¡¡PELEA!! ¡¡¡PELEA!!! ***

También de Sylvia Plath en ULAD: La campana de cristal, Una poeta visionaria, Dibujos

martes, 28 de agosto de 2018

Eduardo Halfon: Saturno

Idioma original: Español
Año de publicación: 2003 (en Guatemala, junto a "Pan y cerveza") - 2017 en España (y en solitario)
Valoración: Muy recomendable

Al grano. Este libro en una pequeña joya, por dentro y por fuera. Punto. Si hay que decirlo, se dice. Pero vayamos por partes.

El exterior. Libro pequeñito, de apenas 16,5 * 11,5 cm, con preciosa encuadernación en cartulina negra con impresión en oro y papel ahuesado de alto gramaje, es decir, nada de papel de fumar. Un único pero: la fajita (manía personal del que suscribe: quitar  todas o casi todas). Pese a este pequeño detalle, esta edición de Jekyll & Jyll es una maravilla.

El interior. “Saturno” es un librito de solo 68 páginas cuyo título hace alusión al mito según el cual al dios Saturno le fue concedido reinar con la única condición de no criar hijos, lo que provocó que fuese devorando a los pobres churumbeles que iba teniendo. Esta figura de padre devorador es la que pone el libro en movimiento.

Y es que “Saturno” es la dolorosa carta de un hijo a un padre castrador, lejano y ausente (en lo afectivo, no en lo económico), a un padre que ignora o se burla de los anhelos literarios de su hijo. Es una carta que funciona como un llamado de socorro, un exorcismo, una confesión y un ajuste de cuentas al mismo tiempo, una carta en la que lo particular y lo general se acaban fundiendo.

Por un lado tenemos la experiencia personal del autor, su tumultuosa relación con la figura paterna y la escritura y la creación literaria como válvulas de escape. Quisiera destacar, sobre todo, el dolor que desprende esta parte del libro ("Porque materialmente, padre, no me faltó nada. Pero nunca pudo usted entender que más que dinero yo necesitaba un padre).

El dolor también está muy presente en la vertiente más "general" de "Saturno", esa en la que, partiendo de esa relación del autor con su padre, se recuerdan la más que variadas relaciones de una serie de famosos escritores suicidas (o famosos suicidas que también escribían) con sus padres. La lista es extensa y bastan algunos nombres (Virginia Woolf, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Cesare Pavese (maravilloso epígrafe, por cierto), Hemingway, etc) para imaginar que esta parte hará las delicias de bibliófilos y mitómanos. Pero más allá de la enumeración de nombres y datos conocidos por todos, me quedo con el tratamiento, lleno de delicadeza y belleza, que les otorga Halfon.

El todo: Decía anteriormente que lo general y particular se funden en "Saturno", pero también lo personal y lo literario se entrelazan en una narración de difícil clasificación en cuanto a género ("nouvelle" quizá?), pero muy recomendable en cualquier caso. Y es que se trata de un libro precioso, doloroso y bello a partes iguales, cuyo único pero es su brevedad (Eduardo Halfon: ¡no nos puedes dejar así, con solo 68 páginas, hombre!).

También de Eduardo Halfon en ULAD: Biblioteca bizarra, Duelo, Signor Hoffmann, Monasterio

viernes, 31 de diciembre de 2021

Reseña + entrevista: Flor fané de Sara Morante

Idioma: español

Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable

Siempre he tenido debilidad por las ilustraciones de Sara Morante, desde que las descubrí en las cubiertas de libros de Impedimenta o Contraseña y era un placer reconocerlas entre las demás en las mesas de las librerías (ayudaba, por supuesto, su estilo tan característico, aunque éste también ha ido evolucionando con el tiempo); mayor satisfacción  aún supone verla convertida  en una ilustradora exitosa y hoy en día casi emblemática dentro de esta actividad, que en los últimos tiempos vive, al menos en España, un florecimiento más que notable. Morante, además de continuar ilustrando libros ajenos (de autores como Mark Twain, César Vallejo, Emily Brontë o Sylvia Plath), siempre con ese toque exquisito y enigmático que le es propio, realizar el cartel de la Feria del Libro de Madrid, etc. también  es autora de algunas novelas propias, que ilustra: así fue, en 2015, con la elegante  La vida de las paredes y ahora con esta Flor fané, de muy reciente aparición. 

Ahora bien, a diferencia de La vida de las paredes, que, aún con sus momentos  oscuros, era una narración más amable, Sara Morante ha optado en este nuevo libro por impactarnos con una historia dura, descarnada, aunque tampoco se recree en los momentos más brutales -de hecho, al sortearlos en general, consigue que los percibamos como más escalofriantes,  me parece-; Flor fané nos cuenta la historia de una niña, Olga, desde que es prácticamente un bebé hasta el fin de su adolescencia. Vive en un caserón de una localidad costera con una madre apocada y un padre controlador y violento que pronto comienza a maltratarla con las excusas más nimias, tras años de hacer lo mismo con su esposa. Tan sólo las esporádicas visitas de la abuela de Olga otorgan alguna tregua a la perenne tortura física y psíquica que el tipo inflige a su familia. La niña y luego joven Olga se refugia en el mundo secreto y silencioso de sus juegos y dibujos y, más tarde, en la relación con sus amigas, pero sabiéndose siempre diferente a ellas, marcada por el infierno que vive en su casa.

Este proceso, en un principio gradual y en el que tan perturbadora resultan la amenaza constante y la erosión psicológica que conlleva como las agresiones en sí, está narrado con gran habilidad por la autora, de igual forma que demuestra una gran sensibilidad a la hora de plasmar el mundo propio en el que se refugia, o trata de hacerlo, Olga. Cierto es que cuenta con el recurso de las ilustraciones  -aunque el nivel literario de la novela resulta ya de por sí notable-, que añaden a la historia un plus simbólico e incluso un tanto onírico. Porque tampoco es que se trate de reflejar, sin más, lo que podemos leer en el texto; en general, las ilustraciones forman parte intrínseca de la narración, que sin ellas resultaría menos completa. Ilustraciones realizadas, además, con una variedad de técnicas para adecuarse a cada momento de la historia, desde el dibujo a lápiz o a dos tintas -negro y rojo sobre blanco, característicos de alguna etapa anterior de esta ilustradora- al uso de collages o dibujos infantiles  para plasmar el universo interior de Olga.

Una novela, en fin, que incide sobre un tema espinoso y difícil con una delicadeza y sensibilidad dignas del mayor elogio, amén de que como libro en sí mismo resulta una delicia por su estupenda edición.



La autora de esta novela, ha tenido la amabilidad de contestar algunas preguntas para Un Libro Al Día, así que no podemos sino agradecerle doblemente (o triple) habernos hecho un hueco en el trajín de las fiestas navideñas y, además, de la promoción de su libro:

- Flor fané representa cierto cambio respecto a tu anterior La vida de las paredes, que aunque también tenía algún rincón oscuro, era una ficción más amable, mientras que aquí la historia es mucho más dura. ¿Esto lo tenías claro desde que te planteaste su escritura o fue adquiriendo ese cariz al ir tomando forma?


- Tenía claro que iba a ser una historia más profunda y más íntima. La vida de las paredes es una historia coral narrada en tercera persona; Flor fané es el monólogo interior de una niña hasta que alcanza la adolescencia, y su contexto personal es duro. Es inevitable que se aprecien las diferencias entre las dos historias. En el caso de Flor fané, la violencia no es el único tema que se trata, pero sí condiciona su vida, su actitud y su mirada, inevitablemente. Partiendo de esto, sabía que tenía que llegar hasta el hueso y que iba a ser una narración cruda, pero con momentos de luz, porque ese contraste es tan real como la vida misma.



- Además de una historia de maltrato, también es una historia de crecimiento y superación, e incluso más allá....¿Te planteaste siempre que fuera una suerte de "viaje del héroe (heroína, en este caso)"?


- Me interesaba sobre todo su mirada y su evolución a medida que alcanza la adolescencia, y explorar esa fortaleza que nace de la ira; la ira que la quema y que llega a confundir con la felicidad. Tal vez haya una tendencia a evitar  sentimientos como la rabia y la ira, pero a mí me parecen fundamentales, necesarios y humanos. Las rendiciones, las resistencias, la capacidad de sentir apego, y otra serie de aprendizajes y revelaciones con los que se va encontrando también vertebran ese camino hacia la madurez. Con todos sus errores y todos sus aciertos.


- La figura de la madre es la más ambigua o indefinida de la novela, pues aunque en principio nos la presentas como indudable víctima, luego adquiere el carácter de cómplice del maltrato, o así la ve Olga...¿Tan fácil es caer en un lado u otro de la línea que separa a víctimas de victimarios?


- La madre es víctima, y ese autoritarismo del padre anula poco a poco su propia autoridad e identidad  -tal vez porque le falta esa ira de la que hablábamos-, y tras esa sumisión está su papel de cómplice. No obstante, es la voz y la mirada muy personal de Olga, me he querido centrar en ella y en cómo percibe a sus padres. Así que, sí, percibe a su madre de forma ambigua e indefinida. Ahí reside lo complejo y perverso de la situación, ¿cómo son en realidad sus padres? 


- Me ha gustado mucho la sensibilidad con que reflejas el mundo imaginario y secreto en el que se refugia Olga, pero que creo común a todos o a muchos niños es algún momento. ¿Te ha costado mucho rememorar esa etapa de la infancia o quizás las personas con ocupaciones creativas (y en especial la ilustración) no habéis nunca perdido el contacto con ella?


- Sinceramente: me ha costado muchísimo recuperar la mano de mis cinco años. Es verdad que los dibujantes e ilustradores mantenemos esa conexión con el lenguaje visual, que no hemos dejado de expresarnos a través de dibujos, pero, al igual que pasa con el léxico, la forma de dibujar y de mirar de un niño es diferente, y yo he tenido que quitarme de encima once años de dibujo profesional y un buen puñado más para volver a esa forma de expresar sentimientos y pensamientos que tienen los niños. Y no ha estado nada mal como experiencia, por cierto.


- ¿Cómo ha sido el proceso creativo de este libro? ¿Primero escribiste el texto y luego hiciste las ilustraciones o viceversa? ¿O fue un proceso conjunto, de ambos elementos al mismo tiempo?


- Terminé la novela en 2019 sin ninguna intención de ilustrarla, pero siendo consciente de que faltaban partes muy importantes por contar; darle más peso a los personajes secundarios y los momentos que Olga pasa con ellos, y muy especialmente desarrollar esas formas de matar al padre, ese universo simbólico al que recurre como lugar seguro, para racionalizar lo que sucede a su alrededor. En otoño de 2020 surgió la posibilidad de trabajar con Astiberri y vi claro que con ilustraciones y secuencias de dibujos podía darle profundidad e intimidad a su voz, y completar la historia con esas partes de la narración que no estaban en el texto. 


- En este libro has utilizado diversas técnicas de ilustración, desde dibujos a lápiz, a color, collages...¿Esto lo has hecho así porque querías darte el gusto de desplegar toda las posibilidades que se te ocurrían o fue una decisión que tomaste según desarrollabas la historia?


- Al principio quería centrarme en los lápices negros. Veía la historia oscura, sobria. A medida que empecé a sumergirme en la voz de Olga, en su mirada infantil, me di cuenta de que los colores son muy necesarios y se puede narrar la crudeza a todo color. Luego se me ocurrió utilizar distintos estilos, para dar forma a los que hace la misma Olga, desde los dibujos infantiles a las hojas de diario en la adolescencia, que narran en primera persona lo que siente, lo que sucede a su alrededor, y lo hace de forma más oscura, también con un lenguaje más duro. Haber utilizado todas las técnicas me ha facilitado dar realismo a su voz. 


7- Supongo que no vas a dejar tu labor ilustradora de otros libros, pero ¿tienes planes para algún otro completamente tuyo o vas a dejar que se asiente bien Flor fané antes de planteártelo?


Hay una historia tomando forma en mi cabeza/ordenador/libreta, llevo unos meses trabajando en ella, pero todavía no he salido del todo de la historia de Olga. No tengo prisa y creo que las historias necesitan ritmos pausados, así que sin urgencia la escribiré, como escribí Flor fané. 


Agradecemos una vez más su amabilidad a Sara Morante y le deseamos lo mejor para este nuevo año ( y a todos/as vosotros/as). Para quien tenga interés, aquí encontraréis más reseñas de sus libros en Un Libro Al Día: La vida de las paredes

lunes, 31 de octubre de 2016

Anexo a la semana del libro de culto: Diccionario de literatura para esnobs, de Fabrice Gaignault

Idioma original: francés
Título original: Dictionaire de Littérature à l'usage des snobs
Año de publicación: 2009
Traducción: Wenceslao Carlos Lozano
Valoración: muy recomendable para aspirantes a esnobs

Otra cosa no, pero en este blog somos de lo más esnob para esto de los libros. Por ejemplo, hemos tenido a uno de nuestros galeotes compañeros leyendo día y noche, para poder reseñarlos, todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido , sólo por haberlos escrito el santo patrón de los esnobs literarios (quién apunto al respecto que "el esnobismo es una grave enfermedad del alma, pero localizada y que no la echa del todo a perder"). Además, ¿no acabamos de dedicar una semana al libro de culto?; categoría que, si bien no es equivalente a la de la literatura para esnobs, en más de un caso pueden coincidir; ahora bien, que un libro devenga "de culto" es consecuencia de una obsesión genuina, sospecho, ya sea individual o tribal, mientras que el esnobismo literario por definición es más superficial... o mejor dicho, resulta de una voluntad de ser más superficial (según Olivier de Magny: "El esnobismo consiste en un conjunto de prejuicios que un grupo de personas convierte en estrategia para que el resto de los humanos se sienta, eternamente y en todo, carente de elegancia..."), con el objeto de convertirse, siquiera de una forma íntima y hasta secreta, en uno de los elegidos happy-few. En fin, en el prefacio del libro,  Fabrice Gaignault, periodista cultural de una de esas revistas de impronta indudablemente francesa y al que se le supone buen conocedor del tema, se extiende con bastante lucidez al respecto, para concluir que "el esnobismo literario debe tomarse con la máxima ligereza (...). Al fin y al cabo, solo se trata de atribuirse y de inventarse unos códigos un poco más sutiles y refinados que la "lectura de confección" al uso..."

Visto lo cual, lo cierto es que no tiene sentido tratar de engañarnos: en este blog no somos para nada esnobs, como resulta tristemente evidente (¡si hasta hemos reseñado libros de Jorge Javier Vázquez, por el amor bendito!), pero es que este libro en realidad tampoco está destinado a los esnobs, como reza su título completo: Diccionario de literatura para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son. Así que tranquilos: en este diccionario , ordenados alfabéticamente, como debe ser, encontramos autores que resultarán prácticamente desconocidos para la mayoría de los aficionados a la lectura, pero también otros muchos que, pese a haber sido adoptados por los esnobs en algún momento, ya han pasado al conocimiento no sé si del gran público, pero sí de los letraheridos o gafapastas de provincias e incluso de pueblo (como un servidor, que conste). me refiero a nombres como los de Von Rezzori, Raymond Roussel, Marcel Schwob, Ambrose Bierce o Terry Southern, por no hablar de William Burroughs, Lovecraft, Sylvia Plath... Incluso aparecen autores de best-sellers como Harold Robbins o Maurice Dekobra, que sirviera de modelo, según se dice, al personaje de Tintin. En cambio, el único premio Nobel digno de salir en este diccionario es, precisamente, el más desconocido de todos: Winston Churchill (y no sólo por haber recibido ese premio, claro está). Cierto es que la perspectiva del autor del libro es evidentemente francesa, como no podía ser de otra forma y también bastante americano-anglófila, siendo el resto de literaturas del mundo prácticamente olvidadas; como representación en lengua hispana, menciona sólo, aunque ya es bastante, al internacional Max Aub, a la cada vez más reivindicada Silvina Ocampo y a José Carlos Llop, autor que explica su sorprendente inclusión en uno de los prólogos.

Lo interesante de este peculiar diccionario, además, es que no se limita a un mero prontuario de autores poco -o nada- conocidos por la mayoría de los lectores; aparecen también otros artistas (como Andy Warhol o el elegante ilustrador Berdsley), editores y editoriales, célebres revistas literarias (Granta, McSweeney's, Tel Quel), lugares con algún tipo de impronta libresca (el Sendero de Rilke en Trieste, Tánger, el pueblo de Cajarc, en el Lot...). E interesante, además, porque nos permite seguir el rastro a lo largo de sus páginas, como si fueran los ramales de una corriente subterránea, de diversos grupos y facciones literarias; algunos bien conocidos, como el Círculo de Bloomsbury, la famosa mesa redonda del Hotel Algonquin o los Husáres franceses, (derechistas y antiexistencialistas, fanáticos de la frase corta y afilada); otros, sospecho que más fruto de la socarronería del propio Gaignault o de Paul Morand que otra cosa: el Club de los Bigotes Largos -esto es, decadentes finiseculares de segunda fila-, la Escuela de Montana -Norman Maclean o el propio Richard Ford- o los amantes del cuello vuelto, entre otros... Todos estos junto con simbolistas -empezando por Barbey d'Aurevilly pero también el wagneriano y excesivo Joséphine "el Sâr" Péladan- beatniks, vanguardistas de todo pelaje, (vorticistas, el Outlaw Liberation Army...) estetas lunáticos como el baron Corvo, embaucadores canallas como Maurice Sachs, ermitaños de los libros, drogadictos, suicidas...  entre todos van tejiendo un tapiz fascinante en sus claroscuros, en la brillantez o lo desvaído de sus colores, que convierte la lectura y consulta de este diccionario en una sorpresa permanente (sin olvidar sus otros irónicos apartados:

-Diez libros odiados por los esnobs literarios.
-Chuleta imprescindible para ahorrarse pifias monumentales.
-Las diez muertes (más o menos) esplendorosas plebiscitadas por los esnobs literarios.)

Aun a riesgo de que esta reseña resulte demasiado larga, no puedo acabarla sin incluir la entrada correspondiente, cómo no, a "Proust, Marcel: El maestro de ceremonia anuncia a los invitados que han llegado y los que están por llegar, pero tiene la suma cortesía de no extenderse sobre sí mismo (1871-1922)"

Nota final (lo prometo): un libro ilustrado y editado con exquisito gusto, como suele suceder con Impedimenta. Un placer tenerlo entre las manos... y hasta leerlo.




miércoles, 8 de enero de 2025

Irene Cuevas: Un momento de ternura y de piedad

Idioma: español 

Año de publicación: 2024

Valoración: entre recomendable, está bien y se deja leer

Esta novela parte de una premisa de lo más sugestiva: la protagonista -no conocemos su nombre- se dedica a asesinar ancianas, por encargo de sus herederos, para poder así mantener a su madre ingresada en una clínica psiquiátrica debido a sus continuos intentos de suicidio (es obvia la lectura psicoanalítica del argumento, más aún cuando la novela va acompañada, al menos en su primera edición, por un opúsculo titulado Matar a las madres). En principio, parece un plan sin fisuras que, dentro de su dinámica macabra, transcurre según lo esperado por la protagonista. Hasta que un día acepta el encargo de finiquitar a una víctima que no encaja exactamente con su target habitual...

Aquí he de mencionar un punto que, aunque pueda parecerlo, no resulta en absoluto baladí: varios de los personajes femeninos que aparecen, entre ellas estas víctimas de nuestra asesina -a las que, cierta mente, mata con toda ternura y piedad, como describe el título de la novela- están inspiradas en escritoras a las que admira la autora de la novela (no es que yo sea muy listo, es que lo explica ella en el epílogo); así, encontramos a Sylvia Plath, Diane di Prima, Patricia Highsmith... y, sobre todo, a Lucia Berlin, que no tiene tan sólo una presencia anecdótica, sino que se convierte en un personaje central de la novela. La inclusión de esta escritora -o del personaje inspirado en ella- va, por tanto, más allá del simple guiño (incluso del guiño-guiño-codazo-codazo); de hecho, podría interpretarse como una metáfora de la influencia que ha tenido su obra literaria en la de Irene Cuevas o incluso en su vida, en general, aunque yo diría que llega más allá, hasta caer en cierta fantasía mitómana... En fin, eso tanto da, pero el caso es que esta aparición puede provocar en un eventual lector o lectora lo mismo una sonrisa cómplice que un cierto rubor debido a lo que en inglés se conoce por spanish shame... En todo caso, que cada cual decida o se deje llevar por sus propias reacciones.

Por ir avanzando: ¿a qué viene, os preguntaréis (supongo yo, aunque puede que no) la indecisión que muestro en la valoración de este libro? Pues me explico: por determinados aspectos, tanto el  humor negro pero suave y con un punto de absurdez (que podríamos entroncar con cierta tradición española, desde Jardiel Poncela o Miguel Mihura a, por ejemplo, Juan José Millás), así como los deliciosos diálogos de la protagonista con su madre suicida frustrada, la novela me parece, sin duda, recomendable. Por otro lado, está bien en cuanto a las referencias que prodríamos calificar de "metaliterarias" (las comillas no sobran) que incluye, pues, aunque sean muy explícitas, tampoco tienen por qué condicionar la lectura de quien no las conozca o no las pille. Ahora bien, como ya he comentado, también pueden producir un creciente rubor que no beneficia a la impresión final que deja la novela.

Por último, la novela contienne también algún momento propio de "novela romántica para jóvenes adultos" (momentos Heartstopper, por decirlo así, con personajes que se diría fueran a aparecer en First dates). Seguro que a más de un lector o lectora le resultarán de lo más satisfactorio estos momentos y diálogos -y no me refiero a las escenas eróticas, bastante logradas, por lo demás-, pero a mí, que ya soy todo un señoro que perfectamente podría tomarse un brandy Soberano en cordial sobremesa con Pérez-Reverte, me han parecido morralla que le sobra a una novela que muestra otras virtudes interesantes. Por ejemplo, el estilo ágil, fresco y con una pátina poética, el humor y, por qué no aplaudirlo, la ternura y la piedad que muestra Irene Cuevas, y que nos indican que podemos esperar  de ella cosas muy interesantes en el futuro.

martes, 1 de noviembre de 2022

Entrevista a la Reina del Terror: MARIANA ENRIQUEZ

Madrid. Martes, 25 de octubre de 2022. 13:30. Esta es la primera entrevista "presencial" de la historia de ULAD. Con los nervios propios de un fan y con el miedo a que las preguntas preparadas sean ridículas, reiterativas o fuera de lugar, a que el móvil no me grabe o a que empiece a sudar como si estuviera subiendo el Tourmalet (en agosto), acudo a la cafetería del Hotel Las Letras para, gracias a la amabilidad de María Teresa Slanzi y Lidia Lahuerta (Anagrama), charlar con la Reina del Terror. Estas son nuestras preguntas y las respuestas de la gran Mariana Enriquez.

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ULAD: Si ahora saliéramos a la calle y encontráramos a una persona que no ha leído nada tuyo (que lo dudo), ¿cómo le definirías tu obra?

ME: Yo diría que, sobre todo, soy una escritora de ficción en el sentido amplio. Es decir, novelas y cuentos de ficción oscura. No diría especialmente de terror porque “Bajar es lo peor” a mí no me parece, por ejemplo, un libro de terror, sino más bien me parece un libro de ficción oscura con algún elemento muy ambiguamente sobrenatural. Y, después, también una periodista que, sobre todo en los libros, se interesa por temas más bien periféricos o directamente frikis, como el libro sobre cementerios, por ejemplo.

ULAD: ¿Y cuál de tus libros sería el que mejor condensa tu universo?

M.E.: “Nuestra parte de noche” creo que es el que condensa todo porque, de alguna manera, es como que ahí se llega a la constelación de temas. Los otros son como planetas y ahí están todos juntos.

ULAD: Si ahora ese alguien fuera a buscar tu nombre en internet una de las primeras “etiquetas” que encontraría sería la de gótico latinoamericano, cosa que a mí personalmente me parece un poco reduccionista. ¿Te encentras cómoda dentro de esas etiquetas?

ME: Yo entiendo que son etiquetas. Entonces, como tales, son cosas que sé que tengo que aceptar y no frustrarme demasiado o discutirlas demasiado porque son cosas que pasan, pero yo personalmente me considero más una escritora de terror. Incluso si decís terror latinoamericano, me parece más sensato. El gótico no sé bien de qué estamos hablando. A mí me parecen más cuentos de terror. En fin, tampoco me quita el sueño. Bueno, está bien, si quieren poner gótico latinoamericano, adelante. Alguien puso alguna vez realismo gótico, lo que es un disparate, así que prefiero que pongan gótico latinoamericano porque realismo gótico no hay.

ULAD: Para terminar con el tema de las etiquetas… parece que cada vez hay más escritores de “géneros” y que estos son cada vez más tenidos en cuenta a nivel de público y de crítica. ¿Te parece que hay cada vez una mayor hibridación o contaminación entre ellos y con la corriente “central” de la literatura o que es un mundo cada vez más más aislado, tanto a nivel de escritores como de lectores?

M.E.: Yo creo que cada vez más hibridación y también hay un poco más de concentración en ciertos fans del género que les interesa que el género se mantenga puro. Eso pasa siempre, es una cosa absolutamente normal. Pero creo que lo que pasa con cierta generación de escritores que escriben terror o ciencia ficción es que no son solo lectores de ciencia ficción o solo lectores de terror, sino que leen de una manera mucho más amplia y no solo libros. Quiero decir que también miran otras cosas de la cultura: cine, series, arte, música, moda, lo que quieras. Entonces me parece que por eso también se da la hibridación, no solo entre géneros literarios sino entre otras expresiones. Entonces me parece que ahí se produce una sinergia que es muy importante. Y después, como contrafenómeno de eso, está el fan que es el fan del terror, que quiere al terror puro sin la contaminación de la realidad, sin la contaminación de lo social, sin la contaminación de otros géneros, etc. También me parece bien, también me parece honesto. Me parece como el fan de futbol, ¿viste? que dice “soy fan de mi equipo y no de la selección nacional”. Y está bien. No hay problema en eso.

ULAD: Cambiando un poco de tema (o quizá no tanto)… Desde siempre, la literatura latinoamericana ha estado muy influenciada por las vanguardias literarias europeas o de Estados Unidos. En los últimos tiempos, esa influencia se extiende a la cultura de masas a través de la música, del cine, de la televisión o de literatura más “mainstream”. En ese sentido, ¿podemos decir que la literatura latinoamericana tiene más de continuidad que de ruptura con vuestra tradición anterior?

M.E.: Es raro porque yo creo que hay mucho de la literatura latinoamericana que fuera de Latinoamérica no sé no se difunde. Quiero decir que tenemos como como tradiciones muy variadas que, en muchos casos, tienen que ver con las diferentes inmigraciones… Y además que Latinoamérica es un continente, por ejemplo, en el que está Brasil, un país con otra lengua y con otra tradición.

Por poner un ejemplo, en la tradición de la literatura uruguaya tenés cosas muy extrañas como Marosa Di Giorgio, que es una especie de poeta de la metamorfosis del cuerpo, una cosa totalmente rarísima que está en la onda de “Las flores del mal” y Baudelaire, y después tenés a Juan Carlos Onetti, que es como una versión dark de Faulkner, si una cosa así es posible. Y después tenés, por ejemplo, en Argentina a Roberto Arlt, que es un realista medio obsesionado con el ocultismo y está Borges, que es el escritor insignia de la Argentina y es una cosa rarísima porque es un poeta y cuentista (nunca escribió una novela) medio obsesionado con las sagas finlandesas. Y después si te vas a Chile tenés una tradición súper realista pero también escritores que están totalmente chiflados como José Donoso. O en Brasil está Clarice Lispector, que es como una post-surrealista. O Alejandra Pizarnik, que es una poeta surrealista, etc.

Entonces, yo creo que en realidad a cada país hay que pensarlo solo, así como pensamos en la literatura española o literatura francesa y no en literatura europea, digamos. Y que cada uno tiene una tradición donde hay un montón de escritores que, por lo locales que son, a veces no trascendieron incluso entre países. Hay escritores que son tan particulares, que por ejemplo trabajan tanto con la historia argentina o con la historia paraguaya, que no se conocen en otros países. O como el Caribe, que para mi es como otro mundo. ¡Si casi no entiendo ni cómo hablan! Bueno, sí, porque al tener la misma lengua hay como algo de la gramática que funciona y todos nos entendemos, pero desde dónde vienen ciertos temas que a ellos les preocupan es totalmente lejano para mi.

ULAD: Con las influencias no voy a insistir. Ya se ha escrito mucho y bien, pero sí quería preguntarte una cosa sobre “Bajar es lo peor”: Igual no fue una influencia en su momento pero ¿ves algún paralelismo con “Azul casi transparente”, del Murakami bueno (Ryu Murakami).

M.E. Sí, yo era fan y creo que lo leí en esa época y lo sigo leyendo (Los chicos de las taquillas, Sopa de miso), pero “Azul casi transparente” era el único que en ese momento había publicado “Compactos Anagrama” y yo leía eso y Dennis Cooper. En ese momento esos eran mis escritores de lo sórdido.

ULAD: Del otro Murakami mejor ni hablamos…

M.E.: No, bueno…Yo no lo odio. Me aburrió, pero tampoco me molesta. Quiero que le den el Nobel para se pelee 3 días la gente en Twitter y dejen de hablar pavadas.

ULAD: Centrándonos un poco en “El otro lado”… Aunque es algo común a toda tu obra, en “El otro lado” hay 3 pilares: lo terrorífico/terrible/horrible, lo político y lo popular, y eso hace de tu literatura algo perfectamente reconocible. Entonces, en cuanto a la parte terrorífica, ¿es un poco como decía la cabecera de Expediente X: “la verdad está ahí fuera”?

M.E.: Sí. Sí, definitivamente. Yo lo que trato es de lo terrorífico en general. Yo uso mucho lo sobrenatural (y me gusta muchísimo) y me gustan, sobre todo, ciertas cosas en particular como el ocultismo, los fantasmas, etc, más que los monstruos y otras cuestiones, pero creo que lo verdaderamente terrorífico es la realidad. Entonces, lo que yo hago es como recortar algo de la realidad, subirle el volumen y pasarlo a sobrenatural o fantástico. Y a veces, no, a veces hay cuentos que son muy ambiguos que uno no sabe si hubo una intervención o no porque a veces, no sé, yo siento que la realidad es muy endeble y que nunca sé lo que está pasando de verdad.

ULAD: En cuanto a la parte política, ¿puede ser una especie de intento de desactivar el legado que persigue a América Latina desde hace décadas?

M.E.: Siglos, diría yo. Sí hay algo de, digamos, de empezar a aprender. Yo creo que uno de los tantos problemas que tiene América Latina es una especie de disfuncionalidad por ser un continente que se independizó pronto, con mucha fuerza (la Revolución Mexicana, nuestra revolución…) y después algo como “¿y con toda esta riqueza qué hacemos?". Y ahí, en ese momento de debilidad como que empezó la depredación y en esa depredación hubo mucha complicidad de parte de la gente de América Latina porque hay una especie de fascinación… Como si estuvieses huérfano y entonces buscás un padre y viene este padre que te abusa y vos te lo bancás porque decís “bueno, al menos es un padre”

Es una explicación absolutamente absurda del problema sociopolítico de tanto tiempo, pero hay algo de eso. Hay algo de abandono y hay algo de las élites blancas controlando estos países de alguna manera que tiene que ver con racismo estructural del que no nos podemos desprender del todo. Por eso, para mí es tan complejo todo.

En Estados Unidos, por ejemplo, si me preguntan “¿sos una escritora de color?”. A ver, para vos que sos caucásico y rubio, sí. Pero si yo voy a Argentina y se enteran de que yo estoy apareciendo en público como persona de color a mí me matan, me linchan, porque en Argentina hay personas de color, que son, en general, la gente descendiente de indígenas, que la pasaron muy mal, que fueron masacrados, que al día de hoy son muy discriminados, de los que se habla despectivamente, etc. Entonces yo no puedo robarles la historia, hay como una imposibilidad de hacerse cargo de estas cuestiones que creo que está en el fondo estructural de los problemas y también en lo fascinante que es el continente en cuanto a contrastes. Es una mezcla de tradiciones que es bastante fascinante. La gente va y te dice “¡qué vivo que está!”. Bueno, está demasiado vivo. Igual un poco de aburrimiento…

ULAD: En cuanto a la parte pop (aunque “odies” a los Beatles) o popular: ¿es un intento de sacar la literatura de cierta burbuja de cristal o simplemente son influencias, sin más?

M.E.: Para mí termina siendo un intento involuntario porque la literatura nunca estuvo en una burbuja de cristal, al menos desde mi experiencia. Mi experiencia era leer Truman Capote, Graham Greene, Shakespeare, Borges, Cortázar, Alan Moore, Gaiman… Para mi todo es lo mismo. Y después me empezó a pasar de encontrar escritores y qué sé yo que te hablan de los haikus…. Yo ya había leído haikus y estaban buenísimos, pero no me parecían… Y como escritora de mi edad siempre digo lo mismo pero un poco es así:. yo crecí con Star Wars, con Twin Peaks , con ET…. Yo creo que mi primer llanto en un cine fue en ET, que me sacaron desmayada, más o menos. No soportaba y no soporto la injusticia. En la realidad convivo con ella, pero en la ficción me enloquece. Es como cuando abandonan a Frankenstein. Yo lloro y digo: “¡Pero no podés ser tan malo de crearlo y abandonarlo! No lo soporto”. O como en “Eduardo Manostijeras” cuando se le muere su creador, lo mismo me agarra como una especie de rebelión. No sé qué es, pero es solo en ficción. En la vida real digo “bueno, la vida es injusta”, pero en la ficción como que no lo soporto.

Entonces, toda esa cuestión emocional….Aprender a leer, más o menos, literatura con Stephen King…. Para mí no había ninguna diferencia, digamos, jerárquica entre Shakespeare y Stephen King. Yo me podía dar cuenta de lo qué había, pero entonces me parece que lo popular, lo oral (en cuanto a las historias que se cuentan oralmente: los Santos populares, las leyendas urbanas…., todo lo que es esa narrativa) y la narrativa también cinematográfica están incorporados en la literatura porque me parece que hoy pensar en la literatura como un compartimento estanco fuera de todas las otras influencias culturales es imposible. Es decir, tendrías que aislarte en una especie de torre, rodearte de libros y pasar de la vida, cosa que a mí me parece una vida muy aburrida. Básicamente, a mi me divierte escribir.

ULAD: Ojalá tuvieras más tiempo, ¿verdad?

M.E.: Sí, claro. No puedo estar con la pipa hablando de escritores, de ideas… Veamos el capítulo blanco y negro de la tercera temporada de Twin Peaks y discutamos sobre ello, si podemos, dos días. ¡Es más literario!

ULAD: Siguiendo con “El otro lado”, el libro que se acaba de publicar en España, hay en el 200000 referencias (musicales, cinematográficas, literarias…). Aparte de cierta fascinación morbosa por ellos o por su muerte, ¿qué nos atrae tanto de figuras como Brian Jones, Kurt Cobain, River Phoenix, Sylvia Plath y toda esta gente?

M.E.: Yo creo que hay algo de la muerte joven y bella que es totalmente imbatible iconográficamente. Desde Rimbaud, si lo pensamos, hasta Ofelia en Hamlet, hasta Romeo y Julieta, pasando por Alejandro Magno, hay algo de la figura de ese talento y de esa belleza congelados. Quiero decir, por ejemplo, como Cobain, que es una persona que no va a hacer un mal disco (te gusten o no los discos de Nirvana). Es decir, que al nivel que estaba es una persona que no la va a cagar, ¿no? Es una persona que quedó congelada en ese momento. 

Brian Jones es distinto porque es como que entra en una decadencia muy pronto, a los 27 años, pero es lo mismo en algún sentido: el joven que cae en desgracia rápido y que no se le da la oportunidad de redención. Entonces siempre queda como congelado en el malditismo. Y hay algo en esa vida interrumpida y congelada que es una especie de foto fascinante que es muy difícil que después no se vuelva iconográfica.

Y después Sylvia Plath es un caso un poco diferente porque, aunque se quita la vida igual que Cobain, el montaje de su suicidio es muy particular, ¿no? Poner la cabeza dentro del horno, dejar ese libro y a los chiquitos, a sus hijitos, en la otra habitación con comidita… Es como muy tétrico. Pero deja ese libro maravilloso, “Ariel”, y entonces como que en eso hay una especie de gesto que tiene tal teatralidad y tal puesta en escena que es muy difícil negarle la potencia que tiene iconográficamente. Si no hubiera dejado ese libro de poemas, no estaríamos hablando en el mismo sentido. Sería solo la puesta trágica y ya, una performance, pero deja “Ariel” . Y es como la muerte de Bowie, más o menos. Solo el sabía que se estaba muriendo y de repente deja un disco y un video ¡¡¡donde se muere en el video!!!. Es como esa esa cosa de arte y vida, ¿no?, de hacer una obra de arte de tu vida y de tu muerte. Me parece muy difícil que no te resulte atractivo y, en todo caso, un poco hipócrita decir “no, no me atrae” porque si te atrae. Y el morbo es parte de la atracción. El morbo es todo. Las cosas nos dan morbo.

ULAD: Y ahora que le han dado el Nobel a Ernaux y que parece que vuelve la autoficción. ¿Podríamos decir que la autoficción de Mariana Enriquez está en “El otro lado” y en “Alguien camina sobre tu tumba”?

M.E.: Sí, en “El otro lado” y en “Alguien camina sobre tu tumba”, si bien este es más honesto. No es que “El otro lado” no lo sea, sino que ahora no soy la misma que cuando escribí esos textos. Revisándolos con Leila Guerriero, en ocasiones ella me preguntaba: ¿Realmente querés incluir esto?. Y sí, claro, esa era yo en aquella época. Es más bien que “El otro lado” funciona más como un registro de lo que voy siendo, como una especie de diario.

ULAD: En “El otro lado” hablas del fenómeno fan y de algunas de las “locuras” que has hecho como fan. Por el lado contrario, ¿cuál es la mayor locura (que se pueda contar, claro) que ha hecho un fan relacionada con tus libros o con tu persona?

M.E.: Sí, sí, claro que se pueden contar. Hay dos que me impresionaron. Una es de una chica que cuando salió “Bajar es lo peor” me llama al diario (entonces era fácil encontrarme porque yo trabajaba en un diario) y me dice que me quería conocer porque se había separado de su mujer (de su chica o de su novia) y que quería regalarme a mí, es decir, presentarme a su mujer como una especie de prenda de reconciliación, digamos. Y si lo podíamos hacer en el bar, como acá, y yo dije que sí y vino con su chica y no sé qué pasó. La chica era súper dura, me dio mala onda. Bueno…

Y hace unos meses, en París, había una chica que tenía una remera de Rimbaud, vino a que le firmara y yo le dije “¡Qué linda remera!” y… ¡¡¡¡se la sacó y me la dio y se quedó como en ropa interior!!! Bastante fuerte el momento. Pero yo la tengo y la uso, sí. Me dijo: “la usé una sola vez. Lavala y ya”. Espero que la vea en fotos o algo porque fue un momento y se fue. Yo le decía “no, no, no no” porque hacía frío pero no la pude parar.

ULAD: “Tantos libros y tan poco tiempo”, pero si tuvieras que decir “Estos tres, por poner un número (o, si son más, más), son mis imprescindibles. Creo que todo el mundo debería leerlos”, ¿cuáles serían?

M.E.: Para mí… tres es difícil. Vamos a decir cinco: “El país de octubre” de Ray Bradbury, “Ficciones” de Borges, “Beloved” de Toni Morrison, “Cementerio de animales” de Stephen King y, posiblemente, los poemas completos de T.S. Eliot.

ULAD: Y ya la última y más importante: ¿por qué Enriquez sin tilde?

M.E.: Eso pasa mucho con los inmigrantes en Argentina. Vos le decías el apellido al tipo que te anotaba y te anotaba como quería. Así que el misterio es solo un error burocrático.

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Paro la grabación. Sigue la charla durante unos 15 minutos: cementerios (si venís alguna vez a Madrid, visitad el de San Isidro), guerra civil, dictadura militar, Argentina 1985... Hay que ir terminando, así que saco los libros de Mariana (soy tan idiota que con las prisas me he dejado en casa los dos libros de cuentos) y, como buen friki y buen fan, le pido unas firmas. Entrevista hecha y libros firmados. ¡Misión cumplida!)

miércoles, 7 de julio de 2021

Ana Iris Simón: Feria

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bien como autobiografía. No está bien como panfleto político.

Antecedentes
Una de las primeras veces que oí hablar de Feria fue a través de una reseña infame que Juan Soto Ivars escribió en El Confidencial (y que me niego a enlazar), en la que usaba el libro de Ana Iris Simón como ariete para ajustar cuentas con otra escritora (a la que cobardemente no mencionaba, pero describía de forma que todo el mundo la identificase). "Ana Iris Simón ha escrito una novela rojísima que le encanta a la derecha", venía a decir esa reseña, algo que como después se verá es una soberana estupidez. Pero pensé que la escritora no tenía la culpa de que le salieran defensores tan lamentables, así que me compré la novela para formarme mi propia opinión.

Después, mientras Feria ocupaba su lugar en mi tsundoku, pasaron otras cosas, que creo que muchos (al menos los que vivan en España y tengan Twitter) recordarán: la propia Ana Iris Simón escribió también en El Confidencial una crítica de El Madrileño, el disco de C. Tangana, que también me pareció bastante desafortunada; después vino aquella participación de la autora en un acto del Gobierno, en la que defendió la vuelta al campo, a la natalidad y a la españolidad (las mismas ideas, como veremos, que en Feria, y citando incluso varias frases textuales del libro); y el último antecedente, de la semana pasada, cuando yo ya estaba leyendo la obra, es que Santiago Abascal, el líder de VOX, subió al atril del Congreso llevando consigo una copia de Feria, aunque luego, por lo que sé,  no lo mencionó ni hizo ningún comentario al respecto.

Con estos antecedentes, era muy difícil que consiguiese hacer una lectura "exenta" o "desapasionada" de la novela. Ni falta que hace, claro. Creo, eso sí, haber conseguido leer Feria con ojos propios, teniendo en cuenta naturalmente todos los antecedentes y las opiniones (a favor y en contra), y sobre todo la repercusión política del libro, de la que el texto es solo uno de los elementos. Porque, efectivamente, Feria es ya, además de una obra literaria, un objeto político e ideológico, y como tal hay que leerlo.
 
 
Feria como novela de familia
Si lo leyésemos Feria de forma algo ingenua, y obviando los momentos en los que la autora desliza de forma más o menos sutil su mensaje ideológico, podríamos catalogarla como unas memorias familiares, un subgénero que ha tenido un cierto apogeo en los últimos años: una obra en la que el autor o autora cuenta la historia de sus antepasados cercanos o lejanos, y a través de ellos explica la construcción de su propia identidad. Se me ocurriría mencionar, por ejemplo, el Libro de familia de Galder Reguera o Ama de José Ignacio Carnero, con sus muchas diferencias, o algo más atrás, Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino. Creo, de hecho, que es así como lo está leyendo la mayor parte de los lectores, los que, en palabras de la autora, se le acercan en las presentaciones del libro a decirle que se han sentido muy identificadas y a contarle las historias de sus propias madres, tías, abuelas, familias extendidas.

Porque, efectivamente, Feria es un viaje a la infancia, adolescencia y primera juventud de Ana Iris Simón, en el que un papel central lo ocupan sus padres (o mejor dicho, su padre y la Ana Mari, porque a su madre casi nunca la llama "madre"), y junto con ellos los abuelos de ambas ramas, los tíos, primos, toda la familia extendida de la escritora, en el manchego Campo de Criptana. Es un retrato de una familia rural y trabajadora, con una rama nómada (los feriantes de los que la autora inicialmente se avergonzaba, y ahora se enorgullece) y otra más sedentaria, los Simones; una de esas familias con decenas de miembros que de vez en cuando se reúnen a comer alrededor de una mesa descuadernada pero generosa. Una familia con sus conflictos (en los que la autora casi no se centra) y sobre todo con una especie de solidaridad primaria o esencial. 

Y para contar esta historia, Ana Iris Simón escoge un estilo rápido, que imita hasta cierto punto la oralidad con sus frases inacabables y retorcidas que amenazan con caer en el anacoluto, sus repeticiones, su ironía y su abundancia de nombres propios, que llegan a ser mareantes. Es un estilo que por momentos resulta ágil y otras veces, quizás por acumulación, me ha resultado cargante, pero que creo que intenta transmitir que "es así como habla la gente normal". De ahí también que abunden las referencias a la cultura popular (desde el "flamenquito" a Lina Morgan), y los referentes cotidianos como el supermercado Leclerc o la Thermomix, aunque mezclados, eso sí, con referencias de la "alta cultura" que van desde Machado a Ramiro Ledesma, y por supuesto al Quijote, inevitable en un texto situado en Campo de Criptana. Los capítulos, que no siguen un orden cronológico, presentan diferentes escenas de la vida de Ana Iris Simón o de su familia; algunas son muy divertidas, otras entrañables y emocionantes; otras parecen más prescindibles y algunas banales. El conjunto es algo irregular, aunque crea un universo de personajes a los que se acaba cogiendo cierto cariño.

Pero lo que Feria ofrece es también (y aquí ya nos deslizamos también hacia lo ideológico), un retrato cargado de nostalgia, de lamento por un mundo perdido, y que no tiene que ver solo con la idealización de la infancia (en la que casi todos podemos caer en algún momento) sino también con la nostalgia por un modo de vida que ya no existe: el de los feriantes que viajan de pueblo en pueblo con sus puestos y espectáculos, y en general el de la vida de rural, familiar, tradicional y también, sí, española y muy española. Por comparación, en los últimos meses he leído y reseñado otros dos libros protagonizados por niños (Panza de burro y El secreto de la hierba), y aunque en ambas se percibe y se transmite esa mirada alucinada y algo desenfocada del niño, que ve más de lo que entiende y entiende más de lo que sabe transmitir, en ninguna de las dos se ocultan los conflictos, las miserias, las rencillas o incluso los odios que pueden llegar a anidar en las familias y en los pueblos, y en ninguna de las dos se propone (casi todo lo contrario) una recuperación de esos modos de vida como solución a los problemas del presente. 
 
Y esta es una parte, pero solo una parte, de la carga ideológica del libro.
 
 
Feria como manifiesto ideológico (emboscado)
Decía antes que para leer Feria como "solo" unas memorias familiares había que leerlo de forma ingenua, y también pasar por alto varios pasajes y páginas. Porque hay capítulos que son puro discurso político (lo que en sí mismo no tiene nada de malo, que conste), por ejemplo el que abre el libro, "Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad", que ha sido muy comentado; u otro de título claramente provocador, "Toda mujer ama a un fascista" (cita de un ambiguo verso de Sylvia Plath). Pero es que incluso en los capítulos más narrativos y memorialísticos, aquí y allí se van dejando caer mensajes ideológicos más o menos evidentes, en incisos o escenas breves a las que un lector menos atento podría no dar importancia. Y en esa faceta política, aunque a Ana Iris Simón no parece gustarle que se lo digan, Feria es un libro netamente conservador (por mucho que Soto Ivars quiera hacernos creer lo contrario).

Y la verdad es que me sorprende que la autora no lo acepte, porque creo que es algo bastante evidente: todos sus mensajes transmiten la misma idea, la de que el "progreso" es pernicioso y ha arruinado la vida de varias generaciones (porque identifica progreso con neoliberalismo, individualismo y globalización, culpables de todos los problemas contemporáneos), y la de que el mundo de antes (y para ello, ese "antes" tiene que ser ambiguo e indefinido) era más semcillo, más limpio, mejor, y se está perdiendo de forma irreparable. Da igual de qué ámbito se hable: familia, urbanismo, entretenimiento, trabajo, feminismo, relaciones sentimentales o sexuales... El progreso, que asume muchas formas (urbanizaciones, rotondas, luces de neón, el satisfyer, los "hombres blandengues", el perreo, etc.) es siempre malo en comparación con el modelo tradicional (que vendrían a ser las casas de pueblo, ferias, familias extensas y bien avenidas, hombres y mujeres como dios manda y el flamenco/flamenquito). En algunos casos esto se dice de forma bastante diáfana, mientras que en otros la posición de la autora se diluye entre las voces de varios personajes, y aún hay casos en que esta defensa nostálgica se hace en base a lo que los clásicos llamaba exempla, esto es, la presentación de narraciones o modelos moralizantes, lo que podría ayudar a Ana Iris Simón a jugar al juego de decir que no defiende lo que defiende, como creo que en ocasiones hace. 
 
No me resisto a copiar un fragmento, en primer lugar porque es representativo del estilo del libro y de la idea general del "progreso" que lo impregna, pero también porque, en este caso concreto, Ana Iris Simón se está lamentando de que en las ferias y circos ya no se permita el maltrato animal (ni humano), algo de lo que, creo, cualquiera con un mínimo de empatía se alegraría:
 
En las ferias que yo conocí ya no había enanos recortadores ni zoos chicos y a mí ni siquiera me pusieron mi propio puesto, porque lo de hacer trabajar a los niños, como lo de la explotación animal o lo de los saltimbanquis con acondroplasia, empezaba ya a estar mal visto en los noventa. El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5,4.
 
Es verdad que Ana Iris Simón identifica los problemas esenciales de su generación (y de la mía, y de las posteriores), como los identifica cualquier persona con dos dedos de frente y ojos en la cara: precariedad, dependencia económica, precios prohibitivos de la vivienda, imposibilidad de planear un futuro (el que sea) en términos laborales o familiares... E incluso llega a identificar (sin nombrarlo muy explícitamente) al culpable: el sistema neoliberal amparado o apoyado por estados débiles o cómplices. Lo malo es que, ante estos problemas, la solución que parece ofrecer Ana Iris Simón es una vuelta al pasado, a un momento (por supuesto, mítico) en el que las cosas eran normales y funcionaban. Una vida sencilla, de pequeñas cosas e ideas firmes (nada líquido, nada fluido), que ve pasar las generaciones sin alterarse ni conmoverse.
 
Esta idea general tiene diversas aplicaciones, una de las cuales (y una de las más comentadas) se refiere al reparto de los roles de género. En Feria y en sus intervenciones posteriores, Ana Iris Simón defiende, al menos para sí misma, un retorno a los modelos de género tradicionales: dice que le gustaría ser "un poco mujer florero", o mejor dicho, "ama de casa", que querría ser madre y dedicarse al cuidado de los hijos; que los "hombres blandengues" son una plaga (y aunque su padre era muy niñero y cuidó de su hermano, ya se encarga ella de aclarar que a pesar de ello no era un blandengue sino un hombre de verdad), y que se debería fomentar la natalidad en vez de importarla (lo que es cuestionable también por otros motivos). Y aquí creo que hay que deshacer un equívoco, tal vez interesado: naturalmente que Ana Iris Simón tiene todo el derecho a querer ser madre y poder cuidar a sus hijos (de hecho esta es una demanda también de al menos una parte del feminismo actual), y claro que debería tener las condiciones sociales y materiales para poder desarrollar el modelo de vida que ella escoja. Lo problemático es proyectar, como se hace en Feria o en los discursos públicos posteriores, ese modelo como el ideal, el privilegiado o incluso el único válido, y el que debe ser protegido, alentado y estimulado por los poderes públicos, lo que se traduce, por ejemplo, en ayudas públicas a cierta natalidad, pero también en el retorno de la presión para que sea la mujer la que abandone (quiera o no) su carrera profesional para dedicarse a las tareas domésticas.

(Recordemos, por otra parte, algo evidente: que para muchas personas, en particular las que no se adaptan a modelos tradicionales, y significativamente para muchas mujeres, el pueblo y la familia pueden ser cárceles e infiernos, y no esa Arcadia feliz de la que Ana Iris Simón siente nostalgia. Recordemos también que en cierto momento el padre de la autora le dice que con diez años tuvo que ponerse a vendimiar, y que la autora lo minimiza con un "bueno, pero tú por lo menos pudiste tener hijos", porque no encaja con su discurso ni su idea motora. Recordemos, por último, que este idea de volver a la vida rural resistiendo el llamado de las grandes urbes y la globalización no coincide tampoco con la propia experiencia vital de la autora, pues ella sí salió del campo, estudió en la universidad, vivió en Madrid, y solo después de tener esas experiencias decidió que quería volver a Aranjuez, que tampoco es que sea Panzabajo del Archiduque).
 
Otra víctima del progreso (sic), además de los hombres-hombres y las mujeres-mujeres, es también España, o mejor dicho, la españolidad de España. Es muy significativo que una de las secciones del libro se titule "La pérdida de la excepcionalidad". Porque el progreso, en este caso sinónimo de europeización y globalización, ha traído consigo "el fin de España, del fin de la excepcionalidad", lo que viene a significar la aparición tanto de McDonalds como de autopistas y rotondas, que parecen ser igualmente despreciables. Y esa reflexión sobre España (sobre la necesidad de captar y recuperar su esencia, o también, metonímicamente, de "preservar la riqueza del castellano"), entronca con toda una línea de pensamiento nacionalista, uno de cuyos ejemplos, que ha dado lugar a muchos comentarios, es Ramiro Ledesma Ramos, que quería "quijotizar España" (como también lo quería Unamuno, pero la autora decidió no citarlo a él sino a un fascista redomado). Puede discutirse si la propia idea de España (o de nación, en general) es conservadora, y la figura del padre comunista de la narradora sirve para plantear esta pregunta; yo defiendo que si se basa en la identificación de esencias atemporales o en la defensa de la excepcionalidad frente al otro (o también en la promoción de la natalidad local en detrimento de la inmigración), sí lo es, como lo es la idea (que una vez más flota en el texto sin llegar a concretarse) de que la patria es una extensión de la familia, como elemento orgánico y vertebrador de la sociedad.

(El tema de la religión vamos a dejarlo, porque no todo cabe en una reseña; digamos simplemente que es otro de esos temas en los que Ana Iris Simón juega a la ambigüedad).


Feria más allá de Feria
Desde la publicación de Feria, el libro se ha convertido en centro de la polémica, en parte por el contenido del propio libro, pero más aún por la campaña promocional de un nutrido grupo de columnistas "de extremo centro", como el ya citado Juan Soto Ivars, pero también Daniel Bernabé, Víctor Lenore, Cristian Campos o Alberto Olmos (casi todos "señoros", por cierto), que la encumbraron como "aquella que dice las verdades incómodas", como Phoebe Buffay en un capítulo de Friends. Por contraposición, y como respuesta, una parte de la izquierda la identificó con el rojipardismo (una especie de obrerismo antiliberal) o incluso con un falangismo redivido. 
 
Creo, insisto, que tanto Feria como su autora son propagandistas de una visión conservadora del mundo, que identifica progreso con neoliberalismo y con individualismo, y por lo tanto con decadencia y pérdida de lazos sociales, y exige una vuelva a valores y formas de vida tradicionales, "naturales" (como si fueran orgánicas formas de vida que no pasan de ser construcciones sociales). Partiendo de los evidentes problemas actuales de la juventud, en vez de separar el grano de la paja e identificar los aspectos positivos de la ruptura con modelos sociales arcaicos (como la liberación de la mujer, la ruptura de estructuras sociales cerradas y patriarcales, la superación de la miseria material y cultural en la que vivía una buena parte de la sociedad española hasta hace dos días), Ana Iris Simón propone "tirar el bebé con el agua del baño" y volver precisamente a esos modelos, sin pensar (o sin importarle) en todos aquellos, y sobre todo aquellas, a los que esos mismos modelos oprimían y reprimían, y que en la mayoría de los casos no tuvieron, como ella, la oportunidad de experimentar lo que significa vivir una vida cool de chica universitaria joven en piso compartido en Malasaña. 
 
No sé si es prematuro acusar a Ana Iris Simón de rojipardismo, aunque la inconfundible mezcla de crítica social y discurso antiliberal (incluidas muy veladas críticas a la democracia) está presente en Feria. Lo que está claro es que algunos de sus mensajes han sido fácil y felizmente adoptados por la derecha conservadora (como el caso del cheque bebé de Ayuso, dirigido a madres jóvenes residentes en Madrid desde al menos 10 años, o sea, a anairisimones) y por la extrema derecha, como demuestra el guiño de Santiago Abascal en el Congreso. Y que Ana Iris Simón ha estado muchísimo más preocupada por defenderse de las críticas de la izquierda, que en desmarcarse mínimamente de esos guiños de la (extrema) derecha. Y eso no puede ser casualidad.