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jueves, 7 de marzo de 2013

Hunter S. Thompson: Miedo y asco en Las Vegas

Idioma original: Inglés
Título original: Fear and loathing in Las Vegas
Año de publicación: 1971
Traducción: J. M. Alvarez / Ángela Pérez
Valoración: recomendable

Cuidado con según qué clásicos y lo que digas de ellos. Cuidado con pisar los cenagales críticos cuando uno se refiere a según qué libros. Yo he leído este libro dos veces: cerca de la veintena, rodeado de muchos compañeros de estudios que simplemente alucinaban con que un libro pudiese llegar a relatar en primera persona hechos tan alucinados como los que aquí se relatan, y ahora, ejem,  pasados los cuarenta, con la pura intención de comprobar si esa imagen que conservaba de su lectura llega más allá de lo epatante de su historia.
Y sí, diría que no es para tanto, aunque seguiré diciendo que todo el mundo, sobre todo en ese rango de edades, debería leerlo alguna vez. Lo cual no es difícil: la lectura es rápida, casi frenética, el descontrol inherente a la acción y a su, entiendo, rigurosa experiencia en carne propia, no afecta al estilo, que es claro, accesible, no tan confuso como todo lo que pasa (y las circunstancias en que pasa) podría sugerir.
Hunter S. Thompson creó un estilo con este libro: el llamado periodismo Gonzo, en el que el escritor y narrador era el propio experimentador de la acción. Para ello se encargó de procurarse esa mítica maleta de drogas, continuamente inventariada, y la compañía de su abogado samoano. Poco consciente de que crearía esa corriente que recorrerían escritores de todo tipo, ya sea tomándose a pecho la premisa Gonzo, ya sea generando veloces historias de coches, drogas, alcohol, sexo y descontrol generalizado. El término Gonzo ha franqueado barreras y se ha instaurado en la cultura contemporánea: no te limites a crear, forma parte de tu creación. Si hasta hay porno Gonzo.
Entonces me debato entre asignarle o no un valor concreto: el literario es relativo, aquí no se trata de estilo, de estructura, de lírica (madre mía, ¡pobre del que busque lírica aquí!). Se trata de dar primero y dar dos veces, y de, al nivel que se pueda, escandalizar de alguna manera, por lo atrevido, por lo osado, por lo limítrofe con el delito o la apología del exceso. Si se encuentra un escenario delirante, ponerlo: si puede darse una vuelta de tuerca, darla. En eso este libro tiene un innegable valor, abrir esa brecha por la que muchos otros autores han discurrido, desde Welsh a Easton Ellis o Palahniuk, esa especie de literatura pop ligeramente acelerada y aderezada de experiencias tóxicas y extremas. Aunque puede que, por ello, no sea más que un subgénero de gran calado, y que, por esa misma influencia, muchos se hayan sentido empujados a poner sobre papel cualquier desvarío por descabellado que este sea, sin considerar si eso interesa o tiene algún valor por encima de la crónica de la experiencia.
Hace cuarenta años, este libro fue considerado una especie de apología de las adicciones. Su autor entró de bruces en el cajón de los malditos, que, si ello llegó a preocuparle en algún momento, podría ser que hasta fuera su intención. No hay mejor publicidad que esa: vuelvo a mencionar a Easton Ellis.
La novela fue adaptada al cine en 1998 por Terry Gilliam, con muy poca fortuna. Con la intervención en el papel principal de Johnny Depp, a la sazón amigo personal del escritor, que organizó su funeral cuando, muy coherentemente con la vida de excesos y descontrol del que este libro es testimonio necesario, se suicidó en 2005 pegándose un tiro en la cabeza. Dice su entrada en Wikipedia que sus restos mortales fueron disparados desde un cañón en lo alto de una torre. Vaya tela.

sábado, 13 de abril de 2013

Colaboración: El periodista indeseable de Günter Wallraff

Idioma original: alemán
Título original: 
Año de publicación: 1966-1977
Valoración: Muy recomendable 

Dicen que los inventos se producen sólo cuando se dan las condiciones culturales propicias, y que cuando se alcanza ese momento es cuestión de tiempo que alguien llegue a desarrollarlos. Así podemos entender que tanto Newton como Leibniz llegaran casi simultáneamente al cálculo infinitesimal. O Darwin y Alfred Wallace a la teoría de la evolución. O Graham Bell y Antonio Meucci al teléfono. Desgraciadamente la historia sólo reconoce un ganador, que es quien ocupa un puesto en el imaginario colectivo. Los demás quedan injustamente olvidados por la mayoría.

Ese es el caso de Hunter S. Thompson y Günter Wallraff, que desde Estados Unidos uno y la República Federal Alemana el otro, llegaron de forma simultánea a lo que hoy conocemos como periodismo gonzo. Thompson quedó primero, y recientemente ha sido objeto de reseña en este blog su libro Miedo y asco en Las Vegas. Quisiera hacer justicia rescatando a Wallraff del olvido con El periodista indeseable: una recopilación de los mejores artículos publicados por el alemán entre 1966 y 1977.

Todos los artículos del libro están basados en su experiencia y escritos en primera persona. El método utilizado es siempre el mismo; adopta una falsa identidad, se infiltra en la acción, participa en ella y luego la narra. Rompe con el periodismo convencional y, en esto sí se diferencia de Thompson, no se identifica como periodista. Fue muy criticado por ello al considerarse que se saltaba uno de los principios básicos de la ética periodística, y estuvo a punto de ser condenado por ello.

Wallraff participa en la acción, se arriesga, experimenta aquello que luego plasma en sus obras. Es un militante político, un guerrillero de la información al servicio de la lucha de clases. Cuando el poderoso descubre que tiene al enemigo en casa ya es demasiado tarde. En las páginas del libro vemos a Wallraff ejerciendo de obrero en una cadena de montaje, ofreciéndose para colaborar con los servicios policiales como “soplón” para desarticular los movimientos universitarios de izquierdas, y convertido en un redactor sin escrúpulos en nómina del periódico con mayor tirada de Alemania occidental. Se trata de artículos independientes, y separados algunos de ellos por una década, pero el lector extraerá con facilidad el hilo conductor: el ciudadano común está sometido por un poder tricéfalo; la prensa le engaña, las empresas le explotan y los políticos garantizan que así sea.

 La Alemania que destripa Wallraff tiene unos rasgos externos muy diferentes de los del mundo actual. La economía era industrial y la guerra fría; nadie había oído hablar de internet ni de los teléfonos móviles, y la globalización económica (tal como hoy la entendemos) todavía no era tecnológicamente posible. Pero las relaciones de poder eran exactamente las mismas que en la actualidad. El fenotipo ha cambiado, pero el genotipo sigue siendo el mismo. La empresa Melitta podría llamarse hoy Mercadona, el periódico Bild podría ser El País, El Mundo o La Razón. El partido S.P.D. podría fácilmente cambiarse por PSOE, y el C.D.U. por el PP. Y los trabajadores inmigrantes españoles por… Vaya, la historia se repite.

La lectura es fácil, amena y gratificante. Muy recomendable para quienes deseen adquirir una visión global y retrospectiva de los tiempos en que nos ha tocado vivir.

Firmado: José Momblant

Otros libros de Günter Wallraff reseñados en ULADCabeza de turco

jueves, 6 de febrero de 2020

Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)

Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).

Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...

Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):

-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.

-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.

-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con  sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.

-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.

-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.



Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.

Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).


Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar  Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.


Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...


Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Jair Domínguez: Segui vora el foc


Idioma original: Catalán  
Año de publicación: 2014
Valoración: Se deja leer (siendo muy tolerante)

 La portada de Segui vora el foc da vergüenza ajena. Lo siento, pero es así. Estuve a punto de no leer la novela sólo por esto. Yo no conocía al autor, ni me sonaba el título de la obra. Lo único que tenía frente a mí era esta horterada. Y las primeras impresiones tienen mucho peso. La portada no es seria. Ni siquiera deliberadamente ridícula. Por favor, ¡si tiene la tipografía, los colores y la maquetación propias de un pakaging de muffins destinado a una target muy hipster!

 Cuánta cursiva, diréis. No os enfadéis. Parece que hablar así es de cronistas posmodernos. En Segui se explota mucho este recurso. Emo y selfie son sólo dos de las muchas palabras en cursiva que aparecen en este libro. ¡Menudo repertorio! 

 Perdón, ya me he tomado las tilas. Prosigo. Intentaré controlarme; ya está bien de tanto despotricar. A estas alturas de la reseña, parece que la novela no me haya gustado nada. Y debo decir que, aunque no me ha parecido nada espectacular, tiene un aspecto positivo a destacar. La historia es algo anárquica y no está muy pulida ni en tono ni en ritmo, su protagonista no evoluciona demasiado, y, no obstante, el libro tiene frases interesantes. No brillantes, pero sí perspicaces. El libro, de hecho, es un cajón de sastre (o a veces un "cajón desastre") donde Jair Domínguez volcó todas estas frases y las interconectó como buenamente pudo. Es decir, el libro es una excusa, vale, pero si fingimos que no nos hemos percatado de lo endeble que es su razón de ser, puede funcionar a su manera. 

  Quedémonos con las frases, que son, cuanto menos, interesantes. Abordan temas como la corrupción institucional de las editoriales, o la decadencia de la narrativa (¡qué ironía!). También señala el triunfo que la mediocridad ha logrado gracias a internet. La falta de moral en el sujeto contemporáneo. O la sociedad del cansancio, aunque expuesta desde una perspectiva muy distinta a la ya vaticinada por autores como Byung-Chul Han o Michele Serra. 

 El problema es que Jair Domínguez no denuncia críticamente estos aspectos de nuestro presente. Parece, más bien, señalarlos en un patético intento de ceñirse a un determinado modelo de literatura, un modelo irreverente y ácido. Ya sabéis, en plan Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk. Bueno, en los momentos en que ambos autores están en más baja forma. Ah, no olvidemos el aderezo a lo Hunter S. Thompson. Puro postureo, vamos. 

 Espontaneidad agradecida, pero sin contener mínimamente. Escándalo barato, (mal)entendido como fin, no como medio. ¿Absurdo y experimental a lo David Lynch, como pregonan algunos? ¡Ni de coña! ¡Ni de forma intencional ni sin querer! Pero las frases... Les falta honestidad y mala leche, y sin embargo las frases no están tan mal. Tenemos aquí a uno de esos escritores con la osadía de un acróbata a los que les falta la técnica necesaria para mantenerse en la cuerda. Jair Domínguez acaba por precipitarse al vacío. Al menos grita durante su caída, eso tengo que reconocérselo. Y las piruetas previas a la caída, aunque ahora sabemos que eran una fanfarronada, también han tenido su qué. 

sábado, 25 de marzo de 2017

Colaboración. Ben Hamper: Historias desde la cadena de montaje

Idioma original: inglés
Título originalRivethead: Tales from theAssembly Line
Traducción: Lucía Barahona
Año de publicación: 1.998
Valoración: Muy recomendable
  
Para los que no lo conozcan, Ben Hamper es un icono de las letras en la reciente literatura norteamericana. Desciende de una dinastía de trabajadores de la General Motors. Su padre, su abuelo y él mismo trabajaron durante más de 30 años en la producción de automóviles en la creciente industria norteamericana del siglo XX. Una dinastía de ratas de fábrica, según el propio Hamper. Antes de la llegada a la fama a través del presente libro, Hamper tenía una columna muy leída en La voz de Flint, que era editada por Michael Moore, con el que tuvo muy buena relación, siendo el que prologa esta edición, donde se dieron a conocer sus historias en la cadena a través del personaje Cabeza de remache.
A través de una narración sencilla y sin florituras, nos acerca a la problemática del obrero: la tiranía del reloj que les impide salir escopeteados al bar más cercano, la relación directamente proporcional entre los trabajadores de las fábricas con la cerveza, las resacas y el alcoholismo de los propios trabajadores, que están presentes día sí y día también. Todo narrado en el estilo característico que nos recuerda a Bukowski, a John Fante, a Hunter S. Thompson, y a toda la crew del realismo sucio.

Ben Hamper nos mete de lleno en la cadena de montaje; el olor a sudor, el aire asfixiante, la repetición de la repetición, la camaradería de los trabajadores, la verdadera libertad que da el dinero fácil y la vida sencilla de necesidades del alcohólico. Y no solo eso, además de la cadena, destripa su vida de obrero, las broncas con su pareja y el jefe, las anécdotas de los compañeros de trabajo cuando salen dispuestos a beberse una piscina, las intentonas de Ben y sus colegas de formar una banda de rock.
Las ganas de huir se leen entre líneas, su frustración al hacer un trabajo repetitivo, repitiendo los trabajos de sus progenitores y sus repetidos destinos. Pero todo ello desde la fortaleza del trabajador incansable capaz de aguantar horas y horas a destajo, que se emborracha con cerveza barata para no perder la cabeza.

El estilo de Hamper es directo, mordaz y, sobre todo, veraz. No narra sus penurias y su destino truncado con ningún atisbo de pena, sino con el orgullo obrero por delante, como si su vida fuera la mejor de las vidas posibles. Una tragicomedia moderna, entre restos de aceite entre las manos y parachoques. Un canto a la vida obrera, perra, mal pagada y de la que solo te queda el recuerdo del dolor de costillas de cargar todo el día con la maldita pistola remachadora.


Firmado: Guzmán García

domingo, 23 de octubre de 2016

El libro de culto y la madre que lo parió

Culto: concepto que huele a religión por bastantes lados. Libros que tenemos en un altar. Libros cuya lectura casi requiere una liturgia. Libros en que tenemos fe. Alguno se va a volver loco con el concepto. Porque, para empezar , los colaboradores de ULAD ya deben haber reseñado algunos de esos libros que cada uno considera de culto. Es algo casi fetichista y un concepto realmente difícil de definir. Porque encima hay autores de culto, cosa que ayuda, pero que amplia el rango y hace difusas sus fronteras. Voy a intentarlo.

- Best sellers: no, de ninguna manera, en un principio (aunque pasadas unas décadas, lo miraríamos).

- Best sellers que lo han sido, tras cierto tiempo, merced a la insistencia y tesón de los que han ido promocionando en petit comité, sus virtudes: quizás.

- Obras oscuras de autores conocidos (preferentemente saliendo de su estilo, temática o formato habitual): quizás tirando a sí.

- Obras oscuras de autores oscuros: ediciones limitadas, traducciones extrañas, obras intraducidas, obras que escritores han escrito en idiomas diferentes a los habituales, textos difíciles pero sujetos a interpretaciones, obras muy cortas u obras muy largas. Pseudónimos nunca aclarados. Temas oscuros (me apuesto algo gordo a que hay mucha ciencia ficción entre los libros de culto), significados ocultos (¡ocultos!), tanteos con lo esotérico, con lo misterioso: sí.
Plus: si los autores han enloquecido, delinquido, desaparecido en turbias circunstancias, desarrollado adicciones, dejado de publicar de forma repentina, cambiado de nombre, de sexo, de religión, de creencias políticas, de equipo de fútbol, de marca de refresco.

- Obras que no conoce nadie pero has leído ocho veces sin haber sido capaz de  encontrar NI EN GOOGLE nadie que haya oído o leído acerca de ellas: sí, absolutamente. 

- Obras inéditas pero de las que has oído hablar a cuatro amigos en una habitación cerrada, conversación que ha acabado súbitamente cuando has entrado: por favor, una de ésas.

Espero que os haya quedado claro. Porque a mí no: googleo "libro de culto" y me salen los sospechosos habituales. Salinger, varias veces, Kennedy Toole, Kerouac, Hunter S. Thompson. Todos norteamericanos, muchos asociados a esa época efervescente entre los 40 y los primeros 70. Parece que lo acaparen todo, los tíos, pero, ya dije, los hemos reseñado ya aquí. Obvio. Cualquiera que escribe sobre literatura en la red empezará por su libro de cabecera, y se obstinará en demostrar que vio algo que otros no vieron. Los libros de culto son tan inexplicables que, encima, han encontrado en algo como internet el espacio adecuado para agrandar su mito. Blogs y foros y chats privados son capaces de discutir eternamente no sobre un libro entero, sino sobre los significados de personajes, escenas, párrafos y frases. Fascinante, aunque también algo desorientador. Uno se siente desolado si no comprende qué le ve cierta gente a ciertos libros. Porque los fanáticos de un libro tienden a menudo a pensar que ese libro oculta el sentido de todo, y que ignorar esa cualidad es una forma de ceguera. Puede que lo de los libros de culto sea otra forma de ser snob. Uno divulgaría esa obra entre su entorno más inmediato, pero tampoco se sentiría incómodo si trascendiera de ese círculo: un libro de culto no puede ser fácil de encontrar, per se. Si vemos a alguien en el autobús leyéndolo, descartadas todas las posibilidades de la casualidad, miraremos fijamente a esa persona y esperaremos la señal.

Uh. Creo que es inútil extenderse en más explicaciones.

Porque, como ya podríais ir suponiendo, a eso vamos a dedicar la semana que viene. Pero no queremos estar solos en esta dura labor. Así que os vamos a pedir que uséis los comentarios para explicarnos sobre vuestros libros de culto, sus razones y, quizás, un breve alegato por si nos da a nosotros por considerarlos también. No pretendáis que os adelantemos cuáles vamos a incluir, por eso. No haremos más advertencias.

sábado, 25 de julio de 2015

Reseña Interruptus: Robert Juan-Cantavella: El Dorado

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: se deja leer

Si Jorge Carrión no nos regalara sus insanamente largas listas de referencias, yo hubiera dejado este libro algunos meses más en la estantería de casa, donde estaba desde cuando me hice con él, por un par de euros en un cajón de un puesto de segunda mano. Cosa nada significativa: he encontrado maravillas en esas condiciones, y, en el fondo, uno se pregunta de dónde salió el libro y quien decidió deshacerse de él. Y por qué.
La estela de Hunter S. Thompson irrumpe casi de inmediato al hacer acto de presencia algunos detalles: el arsenal de drogas, el encargo profesional, esa etiqueta adaptable del punk-journalism. Y puede que el estilo de Juan-Cantavella obedezca a esa necesidad de mostrar caos y aceleración, pero me acude cierta duda sobre si ello es necesario, más cuando el tramo inicial de la novela no pone las cosas fáciles. Miedo me da (no miedo y asco) enfrentarme a esas intrincadas composiciones que me recuerdan un poco a los desorientados libros de la trilogía Nocilla. A la vez, me planteaba si la presencia de Marina D'Or (trasunto de Las Vegas, megalomaníaco complejo vacacional situado en la costa de Castellón), como paradigma de la especulación inmobiliaria que devastó la Comunidad Valenciana, era un guiño a convertir esta novela, en algún modo, en una versión espídica y algo más irónica de Crematorio de Chirbes.
Pero no.

Varias veces he corroborado en diversas fuentes que esta no es la primera novela del autor. Pues ello explicaría (o disculparía) un poco una sensación que me inunda (mejor, en que me sumerjo, o que me cala) a cada página. Que es como si Juan-Cantavella quisiera mostrar todas sus cualidades, como con miedo a no volver a publicar nunca más en un gigante como Mondadori. Esa tensión no beneficia nada esta lectura. Vamos, se trata de plantearse una trayectoria, no de incluir todos los registros en una relación atropellada, como si, muy punk, no hubiera futuro. Sí. He dicho atropellada. Estructurar esta novela en tres partes: así, Primera, Segunda, Tercera. Construir esos títulos para abrumar al lector, mostrar esa amalgama de extraños personajes, trasladar la trama y complicarla por el gusto de hacerlo. David Lynch con una camiseta de la Anti-Nowhere League.
Trebor Escargot es el periodista cargado de drogas que recibe el encargo de hospedarse durante una semana en el complejo vacacional. Conforme va tirando del menú-degustación narcótico del que se ha provisto, sus andanzas químicas transcurren paralelas a la realidad. Luego aparecerá cierta cuestión medio policíaca y tendremos un fin de fiesta con presencia papal incluida. Todo ello con mucha fanfarria modernizante y con mucho énfasis subliminal en lo urbano, pero con un, lo siento en el alma (juro que siempre empiezo un libro esperando que me guste) escaso sentido de la voluntad narrativa.
A veces gustarse a uno mismo no es suficiente.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Eduard Limónov: Soy yo, Édichka

Idioma original: ruso
Título original: Это я, Эдичка
Año de publicación: 1979
Traducción:  Ana Guelbenzu
Valoración: muy recomendable


Repite un amigo mío constantemente aquello de que "escritor no es quien escribe sino quien no puede dejar de escribir". Y la definición le ajusta casi a la perfección a Eduard Limónov. Bueno, en función de las muchas cosas que parece no poder dejar de hacer, igual las "profesiones" se le amontonarían. No todas, parece ser, al gusto de las leyes: ha pasado diversas etapas en prisión debido a sus radicales actitudes políticas que le han situado siempre en una especie de encrucijada de constante polémica.
Y "Soy Yo, Édichka", primera de su serie de narraciones autobiográficas, no hace más que constatarlo lìnea tras linea. El joven escritor residente en Nueva York, donde de vez en cuando se lamenta de la fama y el prestigio que ha dejado atrás en la Rusia natal de donde ha salido y donde, proclama a lo largo de las páginas, no piensa volver. Cualquiera volvería, porque, aunque parece atravesar penurias económicas, el tipo se lo pasa en grande. Hasta alardea de que su casero en el Hotel Winslow le tenga manía por "no parecer infeliz".
Centrado en su estancia en diversos cuchitriles de los que se avergüenza, vagando entre cobro de subsidios y empleos de mala muerte, Limónov transita de catre en catre, apegado a un esquizoide recuerdo de su amada ex-mujer, la modelo Elena, cuyo recuerdo va y viene a lo largo de todo el libro y martiriza a Limónov. Obsesión que condiciona todos sus juegos, abundantes, variados, pues tras esa traumática experiencia matrimonial decide llevar a término todo tipo de escarceos relacionados con todo tipo de gustos sexuales.
Auténtico festín de encuentros, el que se avecina. Obsceno, por lo crudo y minucioso de sus descripciones le parecerá a alguno. Habrá quien exagerará y lo llamará hasta pornográfico, pero eso sería una equivocación de peso. Puesto que todas las proezas sexuales de Limónov son descritas con naturalidad, si acaso con cierto aire de chulería, pero en modo alguno con intención provocadora. Aquí el autor parece más un Serge Gainsbourg que un Hunter S. Thompson, aunque todo parezca muy gonzo. La cuestión es que, en ese mundo en el que parece estar de visita, Limónov está cómodo, observando todo el nutrido universo que le rodea y le observa a su vez. Sacando un extraño partido de su exotismo. Rodeado, en ese Nueva York revuelto y cosmopolita de la segunda mitad de los 70, de una combinación estrafalaria de intelectuales, compatriotas, y relaciones esporádicas. Limónov, rondando la treintena, teje en Soy Yo, Édichka un curioso canto a la vitalidad, una incontestable oda a la carnalidad más desinhibida, y aunque esto podría ponerse en duda viendo cómo el autor ha abrazado a posteriori algunos de los trazos ideológicos de los que aquí parece renegar, una involuntaria crítica, un ataque a la línea de flotación de los regímenes totalitarios. Porque esta es la sensación que permanece tras esta estimulante lectura: el aire libertino de un poeta ruso en medio de una gran ciudad americana. Duro, excesivo y descarnado, pero, a la vez, lírico y honesto.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Richard Brautigan: La pesca de la trucha en América

Idioma original: inglés
Título original: Trout Fishing in America
Año de publicación: 1967
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Valoración: ¿Recomendable? Humm... ¡diablos, sí!

Inclasificable.

Este adjetivo es el que más veces leerá cualquiera que se dedique a buscar reseñas sobre este libro... yo lo he hecho y no voy a dármelas de original. Porque, ciertamente, este libro lo es: inclasificable.

No es una novela, aunque tampoco podemos decir que no lo sea (en cierto modo). No es un libro de relatos, aunque muchos de sus capítulos lo parezcan. No es un libro de viajes, aunque tiene mucho de "novela de carretera" -o "de arroyo", en este caso-, a través de insólitos rincones de Estados Unidos. No es un libro de pensamientos filosóficos o políticos, aunque éstos también estén presentes (o mejor, aún, sumergidos, comos las truchas a las que se hace referencia una y otra vez). No es un libro de poesía, aunque haya pasajes de un lirismo sorprendente (y algo lisérgico, hay que decir...). No es una autobiografía... o lo es de una manera peculiar, a partir de momentos que casi nadie consideraría representativos del transcurrir de su propia vida (quizás de eso se trate, en realidad). No es un libro de humor, y eso que éste abunda en muchas de sus páginas, pero es un humor que, o bien adopta forma de sarcasmo o en general resulta bastante sombrío, poco dado a provocar la carcajada (conociendo ciertos avatares de la vida de Brautigan, que se cuentan en el prólogo, se entiende este humor subterráneo). No es un libro sobre la naturaleza de su país, o lo es sobre la naturaleza que está dejando de serlo, cada vez más degradada por la mano del hombre. No es un libro sobre la pesca de la trucha en América, repleto de anécdotas de pescador... o, un momento, puede que eso sí que lo sea, a su manera... (supongo, además, que al autor pudo resultarle muy gracioso pensar en los pescadores domingueros, tocados con sus gorras de béisbol y armados de sus neveras portátiles, que compraran este libro esperando encontrar los secretos para pescar truchas en América).

En la contraportada de esta edición -muy bien editada, por cierto-, encontramos nombres, referencias como Dylan, Ginsberg, Hemingway, Mark Twain, Emerson, Thoureau... así como autores en los que parece haber influido Brautigan: Raymond Carver, David Foster Wallace (no en lo de las notas a pie de página, gracias a Dios), Murakami (!)... Puede que todo sea cierto, así como se podrían añadir, tanto en la lista de influencias recibidas como ejercidas, a Kerouac, Hunter S. Thompson, Bukowski... Por su época y actitud, Brautigan pertenece, ciertamente, a la generación de escritores beat -y del postmodernismo literario norteamericano-, aunque le llegó el éxito más tarde, en plena época del flower power... En todo caso, cualquier intento clasificatorio es vano: Brautigan se nos aparece como un autor personalísimo, de lo más original en sus imágenes, de un surrealismo escurridizo (cabe suponer que a la hora de redactar más de una de estas páginas, este escritor se había dejado abiertas las puertas de su percepción, para que nos entendamos).

El propio concepto de "la pesca de la trucha en América"  no deja de ser cambiante y huidizo... Por supuesto, es una metáfora que se repite en casi todo el libro -a veces, sin embargo, es literal y de lo que habla es de pescar truchas en América, sin más-, pero lo mismo se refiere a la felicidad que, según la Constitución de Estados Unidos, todo ciudadano americano tiene derecho a buscar (la referencia a Benjamin Franklin que se hace al comienzo es inequívoca); al éxito que, según se dice, aguarda a todo el mundo en la "tierra de las oportunidades", o a la libertad que, según se dice también, constituye la base sobre la que se cimenta tan gran país. De hecho, "la pesca de la trucha en América" también parece hacer alusión, en otras ocasiones, a la propia América (Estados Unidos de, se entiende), pero también a sus "enemigos" en aquellos años 50 y 60, como eran Vietnam o la amenaza del comunismo internacional... O sirve para denominar a una persona concreta, incluyendo el propio autor, o una organización o idea.... o se convierte en el propio marco en el que se desarrolla la metáfora de "la pesca de la trucha en América"... en fin, que más vale relajarse y no tratar de entenderlo racionalmente...

Un libro -novela, ensayo o lo que sea- que quizá no sirva para trazar nuevos caminos para los escritores ni encontrar arroyos en los que practicar la pesca de truchas -literarias, quiero decir- para los lectores, pero que no se debería dejar de leer, aunque sólo sea para conocer una visión diferente, abierta y heterodoxa (y más bien triste, me temo), del mundo y sus circunstancias, incluyendo la literatura. Y la pesca, claro.

Otrostítulos de Richard Brautigan reseñados en Un Libro Al Día: Un detective en Babilonia

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Don DeLillo: Cosmópolis

Título original: Cosmopolis
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2003
Calificación: intragable

Ya está. Ya he acabado mi primer libro de Don DeLillo, tras intentos vanos con otros tres, que no voy a detallar aquí. Y, francamente, pido a los dioses que me mantengan alejado de los libros de este tipo por el mayor tiempo posible. Puede que pruebe con ese Submundo que tanta gente entroniza, pero será un día lejano. Antes, necesitaré airearme un poco con otras lecturas.
Si he evitado usar la etiqueta autogenerada me caerán capones por tos los laos es, primero, porque se acerca la Navidad y espero comprensión por parte de los lectores y, después, porque he leído otras voraces críticas a la adaptación cinematográfica que ha perpetrado Cronenberg dándole el papel protagonista al crepuscular Robert Pattinson. Si es que de dónde hay no se puede sacar.
Porque, damas y caballeros, menudo peñazo de novela es esta Cosmópolis. No sé si interpretar, por las sensaciones vividas, que DeLillo es aquí consciente de que su premisa inicial sólo puede entenderse y sustentarse en términos de transmitir el caos reinante a través de su propia escritura. Sí, sería una explicación para ciertas imágenes enfermizas. No hasta el punto de dignificarla, pero actuaría como atenuante, cuando no como coartada. Veríamos, entonces, que podría argumentar DeLillo de esa interminable sarta de frases cargantes que aderezan y alargan pasajes y pasajes de este libro, sin venir mínimamente a cuento, salvo el que el lector interprete que el propio narrador participa del mismo trip absurdo y alucinado que parece ser la premisa de toda la novela. Por lo menos Hunter S. Thompson se atrevía con lo que escribía.

Ésta es la trama de Cosmópolis: un joven y avezado broker trufado de millones (que le permiten poseer excentricidades como un tiburón  metido en un acuario en una de las innumerables habitaciones de un apartamento enorme en un edificio de 89 plantas, o un sencillito bombardero Tupolev), decide lanzar el doble reto de su vida y le pide al chófer de su enoooorrrrme limousine blanca que le lleve a cortarse el pelo al otro extremo de la ciudad (en lo que, al final, parece manifestarse como una especie de simbólico regreso a la humildad de sus orígenes... pero qué cosa más tierna), a la par que, en una de esas complicadas y especulativas operaciones financieras (una de ésas que han llevado al desastre a medio planeta), apuesta su inmensa fortuna contra la evolución del yen. Todo muy creíble, y todo muy emblemático.

El recorrido hacia la peluquería en el vehículo toma la forma de una especie de epopeya en la que, supongo, cada uno de los obstáculos, cada uno de los encuentros aparentemente casuales debe revestir algún tipo de simbolismo. Aparece, también, en ese itinerario (o quizás deba decir via crucis), su mujer, otra guapa ricachona a la que parece no irle mucho el sexo, y con la que se encuentra varias veces, parece, casualmente. Perdonad: el libro es un lío. Hay manifestaciones, disturbios callejeros, estrellas del rap usadas como muzak para ascensores (y que fallecen por escasamente glamourosas causas naturales), performances, parece, del  fotógrafo ése que fotografía a gente en pelotas, y toda suerte de tonterías que la prosa de DeLillo, supongo, pretenderá que lectores muy pero que muy espabilados traduzcan a algún tipo de metalenguaje que, seguro, servidor de Vds. ignora. Motivo éste final, supongo, por el que esta novela me ha provocado tan soberano aburrimiento.

También de Don deLillo en ULAD: Aquí

martes, 11 de septiembre de 2012

Nick Flynn : Otra noche de mierda en esta puta ciudad

Título original : Another bullshit night in suck city
Idioma original : Inglés
Fecha de publicación : 2004
Valoración : recomendable

Resulta difícil enfrentarse a la lectura de un libro como éste. Cuando, a pesar de alguna referencia previa, las primeras páginas inducen a pensar si uno va a enfrentarse a una epopeya de exceso y desenfreno, como la de ciertos libros de Hunter S. Thompson o ciertos relatos de Irvine Welsh, por poner dos ejemplos dispares. No tarda uno en comprender que no es así. Que el centro del libro no es en ningún modo la narración de experiencias tóxicas una tras otra. El centro de esta dura narración es la exploración biográfica de la relación del autor con su padre. Una relación dispersa en lugar, duración e intensidad, y radicalmente marcada por la adicción al alcohol del padre, prolongada en el tiempo, que le arrastra constantemente hacia las simas del desarraigo y la miseria. Es en uno de esos episodios donde se produce el reencuentro: Flynn, Nick, trabaja en un centro de asistencia a personas sin hogar y su padre Flynn, Jonathan, es una de las personas que necesita asistencia. A partir de ese punto, y con profusión de flash-back, de capítulos casi oníricos, casi etílicos, Flynn, Nick, escribe sobre como fluyen sus existencias, distantes pero con más paralelismos de lo que uno parece. Muchas veces el autor menciona su edad y la que su padre, o su madre, suicida, tenían en determinados momentos cruciales de sus respectivas existencias. Y Flynn, Nick, también bebe y también se droga y pierde el mundo de vista. Flynn no usa en momento alguno esa pornografía ética en que tan fácilmente caen las historias de difíciles relaciones paterno-filiales (o la entera programación de Telecinco). Podríamos acusarle de cierta frialdad cuando él parece alcanzar como escritor la meta que su padre, aspirante, pretendiente, impostor o embaucador de escritor, como uno prefiera llamarle, no llega a alcanzar en su febril delirio. A diferencia de otros libros sobre relaciones entre padres e hijos (excelente Tiempo de vida, de Marcos Giralt, decepcionante La isla de Giani Stuparich), rara vez los sentimientos afloran en este libro: al menos de forma directa. Sí trasluce el dramatismo implícito a la dura situación de los indigentes y los desahuciados de las grandes ciudades. De la espiral de circunstancias que abocan a ello. Es una narración biográfica que fluctúa casi a la crónica social, con su catálogo de personajes y de situaciones que podrían parecernos grotescas, que nos lo parecen porque el autor usa ese sistema de capítulos sueltos desordenados cronológicamente, pero que sólo mantienen esa sensación unos breves minutos. No es tan difícil, un breve paseo por zonas degradadas de grandes ciudades, poner cara a algunos de ellos. Ahí está la dureza descarnada que hace recorrer las páginas: Flynn es preciso, variado, pasa del tono poético a una especie de escritura casi pop con facilidad. A la vez, uno no quiere darse un atracón excesivo de tanta sordidez y tanta desesperación. Duro, pero necesario.

jueves, 31 de octubre de 2019

Biblio-Necrophiliac Quiz 2019: No somos nada...

¡Hola a todo el mundo y feliz Noche de Todos los Santos, chavalada! ¿Qué tal van los preparativos del Samaín? ¿Ya habéis colocado las calabazas en la puerta de casa, desempolvado la Ouija, descargado alguna peli de George A. Romero? Bueno, que no se diga que Un Libro Al Día no estamos por la labor conmemorativa, así que, para ir calentando motores, os proponemos esta segunda edición del Biblio-Necrophiliac Quiz, el test de conocimientos sobre escritores que ellos mismos no hubieran sido capaces de responder... El año pasado ya demostrasteis que no teníais ni idea sobre tumbas de escritores el turismo funerario no era lo vuestro. No pasa nada: este año, el Quiz de este año  NO VA DE TUMBAS (lo siento por los que pasásteis las vacaciones del Pére Lachaise a Montparnasse o de Highgate al oxfoniano cementerio de Wolvercote para documentaros. Amigos bonaerenses: siempre merece la pena pasear por La Recoleta). Esta vez vamos al paso previo a la inhumación (aunque no siempre, ahí tenemos algún cuento de Poe): cuando te viene el apechusque y la roscas. Para quien no entienda el manchego (el resto de la Humanidad): cuando la palmas, la espichas, la diñas, estiras la pata, pasas a mejor vida, te viene a ver la Parca, te vas al otro barrio, feneces, expiras, falleces, MUERES. Fin de fiesta. Game over. THE END. 
                                              


¿Cómo fue el final de vuestros autores o autoras favoritas? ¿Cual fue la causa de su muerte? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras (tranquis, que no os voy a preguntar por Walt Whitman)? Veamos si sabéis tanto de literatura como pretendéis en esos simposios, mesas redondas, presentaciones de libros (con canapés), talleres literarios, cursos, cursillitos, clubes de lectura, tertulias, cafés hipsters,  barras de bar, vertederos de amor, os enseñé mi trocito peor... ¿Preparados? Are you ready to rock? Pues a la de tres... ¡Ya! 

1- Como siempre, empecemos por una sencillita para no desanimar al personal: ¿Qué celebérrimo escritor romántico murió de un disparo al perder un duelo con otro señor, por culpa de un quítame allá esas pajas asunto de honor en relación a una mujer casada?

A/ Víctor Hugo
B/ Mariano José de Larra
C/ Alexander Pushkin
D/ Walter Scott

2- ¿Qué eminente autora norteamericana falleció a consecuencia de la enfermedad favorita del televisivo doctor House, el lupus?

A/ Flannery O'Connor
B/ Lucia Berlin
C/ Mary McCarthy
D/ Susan Sontag



3- Y hablando de la serie House, ¿de qué forma un tanto bizarresca, pero, como vemos, plausible y que aparece en un capítulo de esta serie murió el también estadounidense Sherwood Anderson?

A/ Se perforó el intestino con un palillo de dientes que se había tragado.
B/ Levantó una estatuilla de Buda que escondía dentro un electroimán y éste movió los alfileres que sus padres le habían clavado en la cabeza, siendo un bebé, a través de la fontanela.
C/ Sufrió una meningitis provocada por la picadura de una garrapata.
D/ Buceando en el pecio de un barco esclavista, rescató una botella que contenía pústulas de enfermos de viruela que, al romperse, liberó el virus de esa enfermedad.

4- ¿Qué otro célebre escritor o escritora norteamericano/a, en este caso oriundo/a de uno de los antiguos estados confederados, feneció a causa de un accidente no menos desafortunado e improbable (en su descargo hay que decir que se encontraba en un momento un tanto alcohólico), al atragantarse con la tapa del bote de barbitúricos que estaba abriendo con la boca?

A/ William Faulkner
B/ Tenessee Williams
C/ Truman Capote
D/ Carson McCullers

5- Claro que las muertes rocambolescas no son una circunstancia exclusiva de los tiempos modernos. De hecho, en la Antigüedad ya se dio algún caso llamativo, como el del dramaturgo Esquilo, que murió a consecuencia de: 

A/ Se cayó de una higuera a la que se había subido huyendo de unos soldados persas. No se mató, pero quedó inconsciente y fue devorado vivo por una manada de perros salvajes.
B/ Un quebrantahuesos confundió su cabeza calva con una roca y soltó sobre ella una tortuga para romper así su caparazón, consiguiendo en cambio aplastar la cabeza del pobre Esquilo.
C/ Tras participar victorioso en las batallas de Maratón, Salamina y Platea, volvió a su casa como un héroe, pero, enseñando a su hijo pequeño cómo había combatido a los persas, se enredó con una correa suelta de su sandalia y cayó al suelo, clavándose su propio xiphos o espada corta lanceolada.
D/ Comprobando la acústica del teatro de Epidauro había subido hasta la grada más alta (de 52) cuando una lechuza tempranera alzó el vuelo hacia él y por culpa del sobresalto bajó rodando por las escaleras hasta la orchestra, donde se desnucó.

6- Otro literato que participó en una guerra fue el poeta Wilhem Albert Włodzimierz Apolinary Kostrowicki, conocido por Guillaume Apollinaire, que formó parte del ejército francés durante la Gran Guerra. Sin embargo, moriría al poco de acabada ésta, a causa de: 

A/ La gripe española.
B/ Las heridas en la cabeza recibidas en el frente por la explosión de un obús.
C/ Fue atropellado por un carro que transportaba carne de cerdo al mercado de Les Halles, en París.
D/ El mamporro que le arreó Pablo Picasso, a quien unos años antes Apollinaire había implicado falsamente en el robo de la Gioconda, y que removió un trozo de metralla que los cirujanos no le habían extraído, por desgracia demasiado cercano a la arteria subclavia derecha.

7- Por continuar con más poetas de ánimo belicoso, es sabido que Lord Byron falleció en Grecia, país al que había acudido para ayudar en su guerra de independencia del Imperio otomano. Aunque no murió en una batalla, sino a consecuencia de una sangría demasiado entusiasta que le practicaron unos médicos tras una crisis epiléptica. Bien, pero en cambio, ¿sabéis cómo pereció su gran amigo de francachelas, el también poeta británico Percy Shelley?

A/ Naufragó el velero en el que viajaba y que él había bautizado "Don Juan", en honor de su amigo Byron.
B/Se golpeó al caer de un pura sangre árabe de su propiedad y que él llamaba "Prometeo" en honor de su amigo Byron.
C/ A consecuencia del coma etílico que le sobrevino de la tremenda borrachera que se agarró al enterarse de la muerte de su amigo Byron.
D/ Por culpa de un recio y repujado ejemplar de la novela Frankenstein que su esposa Mary le arrojó a la cabeza porque no dejaba de hablar a todas horas de su amigo Byron.

8- Pasemos a temas más alegres: entre el gremio literario siempre ha cundido bastante la costumbre de quitarse la vida o al menos intentarlo; no digamos ya en países donde la idiosincrasia nacional fomentaba tal práctica. En Japón, por ejemplo, ha habido muchos escritores que se han suicidado, pero el más persistente fue uno que lo intentó no una ni dos veces, sino hasta cuatro veces antes de conseguirlo: 

A/ Yukio Mishima
B/ Yasunari Kawabata
C/ Ryunosuke Akutagawa
D/ Osamu Dazai

9- Por acabar con los escritores suicidas (ejem... qué mal suena eso), recordemos al poeta ruso Sergei Yesenin (o Esenin) que antes de ahorcarse dejó por escrito un emotivo poema ("Adiós, amigo mío, adiós/ tú estás en mi corazón/ Una separación predestinada /promete un encuentro futuro (...)" en cuya gestación intervino un elemento sorprendente: 

A/ La propia sangre del poeta, que fue la tinta con la que lo escribió.
B/ Utilizó, continuándolo, el telegrama que le había enviado el también poeta Mayakovski (al parecer, enamorado de él), sabedor de su intención de quitarse la vida.
C/ Un discurso funerario del mismísimo Iosef Stalin, para despedir al fundador de la Checa, Félix Dzerzhinski, y en el que se pronunciaban los dos primeros versos.
D/ Las palabras (las únicas que aprendió a decir en ruso) que le solía decir la que fuera su esposa, la célebre bailarina Isadora Duncan, cuando aún eran amantes y Sergei salía de su camerino tras alguna efusión amorosa rapidita... 

10- Por cierto que las últimas palabras pronunciadas por los literatos en el lecho de muerte siempre han dado mucho juego: desde las más poéticas o sugerentes ("Se disipa la niebla", dijo Emily Dickinson; en cambio, Goethe exclamó: "Más luz...") a las más desabridas de Karl Marx: "Las últimas palabras son para estúpidos que no han dicho lo suficiente mientras vivían". Quizá la palma de originalidad se la lleva el gran Oscar Wilde, que dijo "O se va él o me voy yo", refiriéndose a: 

A/ Un cura católico llamado para administrarle los santos sacramentos.
B/ Su antiguo amante (y causante de su infortunio) Lord Alfred Douglas, que había acudido a París al enterarse de la agonía de Wilde.
C/ Un ejemplar de El Paraíso perdido, de Milton, poema que aborrecía y que alguna visita se había dejado en la habitación del hotel Alsace, donde murió.
D/ El horrible papel pintado de la pared.

Pues ya está. ¿Qué tal ha ido la cosa? Son preguntas facilitas, ¿no? Culturilla general, como quien dice. Ahora bien, como seguro que más de uno o una de nuestros seguidores se ha quedado con ganas de más,  aquí va una BOLA EXTRA, para rematar los diez aciertos con un pleno al once:

11- No vamos a preguntar de quién fue el siguiente sepelio, pues algo parecido sólo se le podía haber ocurrido a Hunter S. Thompson, que dejó establecido que así fuera antes de, cómo no, suicidarse en 2005: en su rancho de Colorado, sus cenizas fueron dispersadas mediante un cañonazo mientras sonaba Mr. Tambourine Man, de Bob Dylan, disparadas por un cañón de 50 metros de altura terminado en un puño de dos pulgares que agarraba un botón de peyote (símbolo de su campaña a sheriff en 1970 y del periodismo Gonzo). Tan sencilla ceremonia costó unos 2'5 millones de dólares, que fueron sufragados por la estrella de cine y admirador de Thompson: 

A/ Nick Nolte
B/ Johnny Depp
C/ Nicholas Cage
D/ Woody Harrelson

Y ahora sí que ya está. Después de la foto del equipo reseñador de Un Libro Al Día, tenéis las soluciones correctas:




1- C; 2- C; 3- A; 4- B; 5- B; 6- A; 7- A; 8- D; 9- A; 10- D; 11- B


Valoración de los resultados:

-De 0 a 4 aciertos: Enhorabuena. Sois personas que viven la vida, se enamoran, comen, trabajan, hacen el amor, van al fútbol, se emborrachan, pasean al perro, se manifiestan, suben montañas, navegan en veleros, practican artes marciales, se tiran por un barranco en una bici de montaña, bucean entre tiburones... LO QUE SEA, menos aprenderse las muertes de escritores famosos (o no tan famosos).

-De 5 a 8 aciertos: Madre mía... ¿no tenéis nada mejor que hacer? Quiero pensar que la mayoría de aciertos han sido de chiripa. Por favor, dejad estas pìraduras para los bibliófilos, necrófilos y sociópatas como nosotros, será lo mejor (bueno, como yo, que mis compañeros son gente más o menos equilibrada... ¡oh, perdón, que me olvidaba de... vale, NO).

-9-10 aciertos: Mirad lo que vamos a hacer: ya que sois casos incurables de morbosidad y pedantería libresca, a ver si por los menos le damos una utilidad a vuestro trastorno ¿Qué tal si vais dejando sugerencias para el Biblionecrophiliac Quiz del año que viene? Porque ya la cosa se está poniendo peluda... Gracias de antemano.

-Pleno al 11: Buff... hasta luego, Mari Carmen...