Idioma original: inglés
Título original: A Grief Observed
Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable
Este es un libro que trata sobre el amor; y por lo tanto es un libro romántico, e incluso podría decirse que bonito. Pero también es un libro que trata, y mucho, muchísimo, sobre la muerte, y es por lo tanto un libro triste. Y es al mismo tiempo un libro que trata sobre Dios y es, en ese sentido, reflexivo y casi místico. Es un buen libro para San Valentín, pero solo para quienes quieran plantearse lo que puede ser la pérdida del ser querido.
En Una pena en observación, C. S. Lewis (sí, el mismo de Las crónicas de Narnia) reflexiona, con un tono sorprendentemente contenido, sobre la muerte de su esposa, la también escritora Joy Gresham (H. en la obra), a causa de un cáncer. Son páginas de una clarividencia y de una sinceridad desarmantes: Lewis evita caer en las fáciles frases hechas consolatorias ("ella está ahora en un lugar mejor"; "sigue viva en nuestra memoria"; "la muerte no es el final", etc.) y rechaza decididamente los lugares comunes de la literatura romántica (la idea de que el dolor por la pérdida es mayor en los lugares que se han compartido, por ejemplo), para aplicarse con minuciosidad implacable a describir sus propios sentimientos: la soledad, la ausencia, el dolor, pero también el miedo a que el recuerdo de la mujer se transforme en una ficción, en algo radicalmente distinto a la mujer real.
En las páginas de esta confesión descubrimos un amor adulto, maduro, pero no por ello menos intenso -para quienes creen que el amor romántico es solo cosa de jóvenes. El encuentro de dos personas no iguales, pero sí compatibles y complementarias, que comparten una felicidad casi plena. "En estos breves años pasados, H. y yo festejábamos el amor, en cualquiera de sus modalidades: la solemne y alegre, la romántica y realista, tan dramática a veces como una tempestad, otras veces tan confortable y carente de énfasis como cuando te pones unas zapatillas cómodas. No había fisura del corazón o del cuerpo que quedara insatisfecha".
Junto al amor y la muerte, Dios es el tercer gran pilar de estas reflexiones. Lewis, además de un escritor de novela fantástica, era un conocido apologista cristiano. En esta obra, sin embargo, la idea de Dios atormenta más que consuela al escritor: ¿cómo es posible que exista un Dios que prive de la vida a sus criaturas, que provoque dolor, soledad, muerte? ¿Cómo podemos tener seguridad de que Dios, y la vida después de la muerte, significan realmente algo? Y si significan algo, ¿qué es? Esas preguntas atormentan al escritor casi tanto como la propia ausencia de la mujer amada (aunque a un lector que no comparta esas inquietudes teológicas le puedan parecer demasiado abstractas o retóricas).
Hay adaptación cinematográfica, titulada Tierras de penumbra, con Anthony Hopkins en el papel de C. S. Lewis y Debra Winger en el de Joy Gresham.
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domingo, 12 de febrero de 2012
miércoles, 21 de junio de 2017
Libros sobre la pérdida de un ser querido
No es fácil tratar un tema tan doloroso como la muerte de un ser querido: un padre, una madre, una hija o un hijo, un compañero o compañera, un amigo. Hace falta una honestidad profunda y una gran capacidad de contención para adentrarse en el dolor absoluto de la pérdida sin recurrir al cliché ni al melodrama, para no falsear o embellecer los sentimientos o los recuerdos, o hacerlo lo menos posible. En esos momentos de dolor y de soledad, la escritura puede convertirse en una forma de curación o exorcismo, de rememoración gozosa o trágica, de perdón o de venganza. En esta entrada se recogen algunas obras (solo algunas, naturalmente) que se han esforzado por alcanzar ese límite casi absoluto que es escribir desde el desgarramiento por la pérdida.
La muerte del padre provoca, en muchos escritores, una reflexión sobre la propia vida, sobre la relación con el pasado y con el futuro, con la muerte y con la inmortalidad. Efectivamente, en este tema es inevitable recordar un clásico de las letras españolas: las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: un poema en el que el elogio al padre se combina con una estoica reflexión sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de nuestras ambiciones.
Ya en épocas más cercanas, y en prosa, autores como Karl Ove Knausgard (del que ya sabéis lo que pienso), Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos o Paul Auster, en La invención de la soledad, han reflexionado sobre la orfandad y sus vacíos a través de una profunda y dolorosa indagación en la memoria. En El comensal de Gabriela Ybarra o También esto pasará, de Milena Busquets, por su parte, es la muerte de la madre la que espolea el proceso de rememoración y escritura, aunque en el primer caso esta muerte se combina con otra: el secuestro y asesinato del abuelo de la escritora por parte de ETA. También se trata el tema en Te me moriste de José Luis Peixoto: un breve texto en que el autor se despide de su padre con un tono poético que por momentos puede resultar demasiado recargado.
Un caso diferente es el de Nana, de Chuck Palahniuk, una novela de terror escrita como consecuencia del brutal asesinato del padre del escritor y su nueva pareja a manos del ex-marido de esta. Mientras discurría el juicio y se decidía si se aplicaba la pena de muerte al asesino, quizás a modo de exorcismo o de venganza, Palahniuk escribió esta obra, en la que quien muere no es un padre, sino niños, muchos niños, como consecuencia de una canción de cuna contenido en un libro diabólico.
Si es difícil afrontar la muerte de los padres, la de un hijo es, dicen, una de las peores experiencias que la vida puede reservar; transformar esa experiencia en belleza, aunque sea una belleza oscura, es por lo tanto una labor admirable. Esto es lo que consigue, sin duda, Francisco Umbral en Mortal y rosa, un libro complejo y que consigue transmitir el dolor contenido a través de una prosa poética y muy personal.
Con un tono menos poético, pero con igual honestidad y contención, narró Sergio del Molino la enfermedad y muerte de su hijo en La hora violeta, un libro duro pero sin patetismo en el que acompañamos paso a paso el infructuoso tratamiento del pequeño. Isabel Allende, por su parte, adoptó la forma de la novela autobiográfica para exorcizar la pérdida de su hija en Paula, en coma irreversible a causa de la porfiria; la carta confesional a la hija se mezcla en este caso con los acontecimientos políticos del momento, y con la actualidad de la vida de la escritora.
Quizás uno de los libros más cerebrales y al mismo tiempo más conmovedores sobre el duelo sea Una pena en observación, de C.S. Lewis (el autor de las Crónicas de Narnia): tras el fallecimiento de su esposa, la también escritora Joy Gresham, Lewis realiza una disección de sus recuerdos, sus sentimientos y sus creencias, con una sinceridad que por momentos raya en la crueldad consigo mismo, al mismo tiempo que busca un Dios que dé consuelo o explicación al dolor. También son imprescindibles, por su hondura y su honestidad, las obras de dos escritoras estadounidenses, autoras de sendas obras sobre la muerte del marido: en fechas bastante próximas, Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico y Joyce Carol Oates sus Memorias de una viuda, dos libros con un tema común, el duelo por el marido, y dos estilos bastante diversos: más clínica y exhaustiva Oates, más concisa Didion.
La lista no pretende, no puede pretender ser exhaustiva; los comentarios están abiertos para que añadáis otros títulos de duelo y superación de la pérdida. Pero la entrada no podría acabar sin recordar el gran poema de luto por la muerte de un amigo: la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández:
La muerte del padre provoca, en muchos escritores, una reflexión sobre la propia vida, sobre la relación con el pasado y con el futuro, con la muerte y con la inmortalidad. Efectivamente, en este tema es inevitable recordar un clásico de las letras españolas: las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: un poema en el que el elogio al padre se combina con una estoica reflexión sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de nuestras ambiciones.
Ya en épocas más cercanas, y en prosa, autores como Karl Ove Knausgard (del que ya sabéis lo que pienso), Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos o Paul Auster, en La invención de la soledad, han reflexionado sobre la orfandad y sus vacíos a través de una profunda y dolorosa indagación en la memoria. En El comensal de Gabriela Ybarra o También esto pasará, de Milena Busquets, por su parte, es la muerte de la madre la que espolea el proceso de rememoración y escritura, aunque en el primer caso esta muerte se combina con otra: el secuestro y asesinato del abuelo de la escritora por parte de ETA. También se trata el tema en Te me moriste de José Luis Peixoto: un breve texto en que el autor se despide de su padre con un tono poético que por momentos puede resultar demasiado recargado.
Un caso diferente es el de Nana, de Chuck Palahniuk, una novela de terror escrita como consecuencia del brutal asesinato del padre del escritor y su nueva pareja a manos del ex-marido de esta. Mientras discurría el juicio y se decidía si se aplicaba la pena de muerte al asesino, quizás a modo de exorcismo o de venganza, Palahniuk escribió esta obra, en la que quien muere no es un padre, sino niños, muchos niños, como consecuencia de una canción de cuna contenido en un libro diabólico.
Si es difícil afrontar la muerte de los padres, la de un hijo es, dicen, una de las peores experiencias que la vida puede reservar; transformar esa experiencia en belleza, aunque sea una belleza oscura, es por lo tanto una labor admirable. Esto es lo que consigue, sin duda, Francisco Umbral en Mortal y rosa, un libro complejo y que consigue transmitir el dolor contenido a través de una prosa poética y muy personal.
Con un tono menos poético, pero con igual honestidad y contención, narró Sergio del Molino la enfermedad y muerte de su hijo en La hora violeta, un libro duro pero sin patetismo en el que acompañamos paso a paso el infructuoso tratamiento del pequeño. Isabel Allende, por su parte, adoptó la forma de la novela autobiográfica para exorcizar la pérdida de su hija en Paula, en coma irreversible a causa de la porfiria; la carta confesional a la hija se mezcla en este caso con los acontecimientos políticos del momento, y con la actualidad de la vida de la escritora.
Quizás uno de los libros más cerebrales y al mismo tiempo más conmovedores sobre el duelo sea Una pena en observación, de C.S. Lewis (el autor de las Crónicas de Narnia): tras el fallecimiento de su esposa, la también escritora Joy Gresham, Lewis realiza una disección de sus recuerdos, sus sentimientos y sus creencias, con una sinceridad que por momentos raya en la crueldad consigo mismo, al mismo tiempo que busca un Dios que dé consuelo o explicación al dolor. También son imprescindibles, por su hondura y su honestidad, las obras de dos escritoras estadounidenses, autoras de sendas obras sobre la muerte del marido: en fechas bastante próximas, Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico y Joyce Carol Oates sus Memorias de una viuda, dos libros con un tema común, el duelo por el marido, y dos estilos bastante diversos: más clínica y exhaustiva Oates, más concisa Didion.
La lista no pretende, no puede pretender ser exhaustiva; los comentarios están abiertos para que añadáis otros títulos de duelo y superación de la pérdida. Pero la entrada no podría acabar sin recordar el gran poema de luto por la muerte de un amigo: la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández:
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
[...]
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
viernes, 3 de julio de 2009
J.R.R.Tolkien: El señor de los anillos
Idioma original: inglésTítulo original: The Lord of the Rings
Fecha de publicación: 1954
Valoración: imprescindible
La mayoría de los que leéis este blog habreis oído hablar de este libro, o de sus películas homónimas. Peter Jackson ha popularizado lo que, dentro de su género y desde el mismo momento de su publicación, ha sido todo un fenómeno. Ya existía literatura de fantasía antes de Tolkien, pero se le considera el padre del género. Todo un universo creado a partir de lo que debía ser un cuento para sus hijos, El Hobbit, y que el editor pensó que debía tener una continuación, más adulta, y más extensa. Tolkien no se lo pensó dos veces. Decía que quería dotar a Inglaterra de su propia mitología, y eso hizo. Le dotó de un mundo completo imaginario.
Tolkien, en la universidad, formó parte de Inkligs, un grupo literario que marcó a dos escritores. C.S. Lewis compartía con Tolkien la pasión por crear mundos, y hablaban de Narnia y la Tierra Media. Al final, Lewis se decantó por Narnia, y Tolkien por la tierra de los elfos y los hombres.
En realidad, inventar, lo que se dice inventar, inventó poco. Elfos, enanos, hobbits, magia, dioses...ya existían, pero el lo aglutinó dándole una nueva forma. Ideó idiomas completos que pueden aprenderse a través de sus gramáticas, fonéticas, etc,...y también formuló un nuevo ideario religioso presidido por los ainur y los valar, a la manera germánica, y por Eru, el dios omnipotente, equivalente al dios judeo-cristiano- aunque todo este pensamiento lo desarrolla más extensamente en el Silmarillion-.
El señor de los anillos se suele dividir en tres tomos: la comunidad del anillo, las dos torres, y el retorno del rey. Introducción, nudo y desenlace. Presentación de los personajes y su misión, cómo se deciden a ejecutarla y sus obstáculos, y resolución de los problemas, completando la misión. Explicado así, resulta sencillo. Pero, a través de las meticulosas descripciones de la Tierra Media y de los seres que la habitan, no puedes evitar sumergirte de lleno en la comunidad y ser uno más de sus miembros. Descripción magnífica, sin duda. Meticulosa y completísima, formando unas imágenes muy claras en tu mente.
Todos los personajes tiene un pasado que determina sus acciones presentes, y puedes intuir algunas futuras, pero Tolkien no te lo hace tan fácil. El destino puede estar escrito, pero hay factores que lo desestabilizan. Sauron puede vencer. Frodo puede caer en la tentación de ponerse el anillo y servir al mal. La edad de los hombres puede ser la que de fin a la Tierra Media. Esta nueva raza, dotada de libre albedrío, puede desequilibrar las fuerzas de la naturaleza y destruirlo todo. Gandalf, como mensajero y adalid de fuerzas superiores no las tiene todas consigo y no puede tomar tanta parte como seguramente le gustaría.
En fin, seguramente conoceis el argumento básico de esta obra genial. Pero a pesar de que las películas, en cuanto a paisajes y lugares, me parecen perfectas, no es así con el argumento y los personajes. La primera vez que las vi, de hecho, no me gustaron. Omitían demasiadas cosas que creo que son importantes para comprender la complejidad del mundo de Tolkien. Las películas son más sencillas, más simplonas. Si de verdad quieres conocer a Frodo, debes leer el libro. Si quieres saber cuál es la enorme importancia de Faramir, debes leer el libro. Si quieres sentir a Sauron observándote, vigilándote y planeando su siguiente movimiento, debes leer el libro.
De hecho, te recomiendo los tres principales, y en este oreden: el Silmarillion-explicación de la mitología de la Tierra Media; el Hobbit, inicio de la aventura que envuelve a la familia Bolsón; y El Señor de los Anillos, que cuenta cómo da comienzo la edad de los hombres. He disfrutado muchísimo durante horas con su lectura, y relectura. Es inevitable, de vez en cuando hay que pasarse por el Pony Pisador y fumar una pipa de la hierba del viejo Tobby.
También de J. R. R. Tolkien un ULAD: El Silmarillion, El hobbit
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siglo XX
jueves, 6 de febrero de 2020
Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)
Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).
Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...
Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):
-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.
-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.
-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.
-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.
-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.
Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.
Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).
Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.
Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...
Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.
miércoles, 7 de junio de 2017
Joyce Carol Oates: Memorias de una viuda
Idioma original: inglés
Tïtulo original: A Widow's Story: A memoir
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable
Encontré este libro buscando información para una entrada temática que publicaré por aquí dentro de poco; el título y el resumen me decían que encajaba con lo que estaba buscando, así que inmediatamente me lo compré en ebook, lo descargué y empecé a leer. Y seguí leyendo, hasta que tuve de parar, porque estaba a punto de echarme a llorar delante del ordenador, y no precisamente por tener los ojos cansados de la lectura.
Que conste que no suelo llorar nunca, o prácticamente nunca, con un libro o una película. ¿El final de Titanic? Meh. ¿El discurso de Schindler en La lista de Schindler? Meh. ¿El final de Amour de Haneke? Bueno, ahí sí que se me puso un nudo en la garganta. La última vez que recuerdo llorar por culpa de una obra de ficción fue cuando murió David el Gnomo, y aun así me tragué las lágrimas porque mi hermano mayor estaba cerca.
Y sin embargo, en la página 47 de Memorias de una viuda tuve que parar, porque me ahogaba.
El título describe muy bien el contenido de la obra: son las memorias de Joyce Carol Oates en relación con la muerte de su marido, Ray Smith, en 2008, a causa de una pneumonía y/o de una infección hospitalaria posterior. Un hombre sano, trabajador, feliz y cariñoso se siente levemente enfermo, ingresa en urgencias de un hospital provincial y una semana después ha muerto. ¿Cómo puede alguien asumir que en tan poco tiempo ha perdido al compañero de su vida, con el que compartió 47 años? ¿Cómo se puede seguir viviendo después de un golpe así?
Esa es la pregunta que parece querer responder Joyce Carol Oates con esta obra: el proceso de reajuste brutal que debe acometer para responder a esta nueva realidad, y la forma como la vida exige seguir siendo vivida (en términos casi meramente funcionales, primarios, instintivos), más allá del deseo romántico de "no sobrevivirnos el uno al otro" que reina en una pareja compenetrada como el de los Smith.
Y el recuento de estos días, meses, años, confusos y dolorosos se realiza con un pormenor casi inhumano: Memorias de una viuda no es una breve y punzante reflexión sobre la muerte, como Una pena en observación de C. S. Lewis; son casi 440 páginas de reconstrucción detallada de cada momento, de cada paso, de cada sentimiento. Las noches sin dormir en el hospital, el último mensaje del marido en el contestador, la reacción primera, la culpa, el trauma, la desesperación, las conversaciones (en persona y por email) con amigos, colegas, desconocidos, los trámites burocráticos tras el fallecimiento pero también los recuerdos de los días felices... Todo, absolutamente todo tiene cabida en esta recolección que no parece querer dejar ningún resquicio al olvido;y quizás sea esa su función, de hecho: a través de un recuerdo implacable, conseguir conocer de verdad a su marido. (Hablando de las memorias de otra escritora, también viuda, Oates dice que "combinan lo clínico con lo poético"; en sus propias memorias, se impone claramente el primer elemento).
Quizás precisamente por esta saturación del recuerdo, la obra pueda parecer algo excesiva: después de unas primeras cien páginas que dejan al lector, como a la autora (salvando las distancias, claro), en estado de shock, el relato entra en una fase más lenta, más repetitiva, más "burocrática". Ayuda a salvar la lectura el sentido del humor de Oates (cuyo destinatario es muchas veces ella misma), así como las reflexiones casi siempre afiladas que cierran muchos de los capítulos, dedicadas al proceso del luto y a la confrontación con la muerte, a la que se despoja de su halo mí(s)tico para convertirla en un trámite de una vulgaridad dolorosa en sí misma.
Desde luego, el libro no es tan potente y emotivo en las últimas trescientas páginas como en las cien primeras. Quizás esto se deba a que el momento del dolor máximo, la muerte del marido, se sitúa en esas páginas, y lo que viene después es el lento proceso de readaptación, en medio de una sensación de vacío existencial, de la viuda a su vida de viuda. Quizás se deba a que de hecho la agudeza brutal de esas primeras cien páginas es superior, y el resto del libro palidece en comparación. En cualquier caso, ese inicio, como decía antes, me ha conmovido como muy pocos libros lo han hecho anteriormente, y solo por ellas vale la pena leer estas confesiones desgarradas y valiosas, llenas de amor, dolor e inteligencia.
Otras obras de Joyce Carol Oates en ULAD.
Tïtulo original: A Widow's Story: A memoir
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable
Encontré este libro buscando información para una entrada temática que publicaré por aquí dentro de poco; el título y el resumen me decían que encajaba con lo que estaba buscando, así que inmediatamente me lo compré en ebook, lo descargué y empecé a leer. Y seguí leyendo, hasta que tuve de parar, porque estaba a punto de echarme a llorar delante del ordenador, y no precisamente por tener los ojos cansados de la lectura.
Que conste que no suelo llorar nunca, o prácticamente nunca, con un libro o una película. ¿El final de Titanic? Meh. ¿El discurso de Schindler en La lista de Schindler? Meh. ¿El final de Amour de Haneke? Bueno, ahí sí que se me puso un nudo en la garganta. La última vez que recuerdo llorar por culpa de una obra de ficción fue cuando murió David el Gnomo, y aun así me tragué las lágrimas porque mi hermano mayor estaba cerca.
Y sin embargo, en la página 47 de Memorias de una viuda tuve que parar, porque me ahogaba.
El título describe muy bien el contenido de la obra: son las memorias de Joyce Carol Oates en relación con la muerte de su marido, Ray Smith, en 2008, a causa de una pneumonía y/o de una infección hospitalaria posterior. Un hombre sano, trabajador, feliz y cariñoso se siente levemente enfermo, ingresa en urgencias de un hospital provincial y una semana después ha muerto. ¿Cómo puede alguien asumir que en tan poco tiempo ha perdido al compañero de su vida, con el que compartió 47 años? ¿Cómo se puede seguir viviendo después de un golpe así?
Esa es la pregunta que parece querer responder Joyce Carol Oates con esta obra: el proceso de reajuste brutal que debe acometer para responder a esta nueva realidad, y la forma como la vida exige seguir siendo vivida (en términos casi meramente funcionales, primarios, instintivos), más allá del deseo romántico de "no sobrevivirnos el uno al otro" que reina en una pareja compenetrada como el de los Smith.
Y el recuento de estos días, meses, años, confusos y dolorosos se realiza con un pormenor casi inhumano: Memorias de una viuda no es una breve y punzante reflexión sobre la muerte, como Una pena en observación de C. S. Lewis; son casi 440 páginas de reconstrucción detallada de cada momento, de cada paso, de cada sentimiento. Las noches sin dormir en el hospital, el último mensaje del marido en el contestador, la reacción primera, la culpa, el trauma, la desesperación, las conversaciones (en persona y por email) con amigos, colegas, desconocidos, los trámites burocráticos tras el fallecimiento pero también los recuerdos de los días felices... Todo, absolutamente todo tiene cabida en esta recolección que no parece querer dejar ningún resquicio al olvido;y quizás sea esa su función, de hecho: a través de un recuerdo implacable, conseguir conocer de verdad a su marido. (Hablando de las memorias de otra escritora, también viuda, Oates dice que "combinan lo clínico con lo poético"; en sus propias memorias, se impone claramente el primer elemento).
Quizás precisamente por esta saturación del recuerdo, la obra pueda parecer algo excesiva: después de unas primeras cien páginas que dejan al lector, como a la autora (salvando las distancias, claro), en estado de shock, el relato entra en una fase más lenta, más repetitiva, más "burocrática". Ayuda a salvar la lectura el sentido del humor de Oates (cuyo destinatario es muchas veces ella misma), así como las reflexiones casi siempre afiladas que cierran muchos de los capítulos, dedicadas al proceso del luto y a la confrontación con la muerte, a la que se despoja de su halo mí(s)tico para convertirla en un trámite de una vulgaridad dolorosa en sí misma.
Desde luego, el libro no es tan potente y emotivo en las últimas trescientas páginas como en las cien primeras. Quizás esto se deba a que el momento del dolor máximo, la muerte del marido, se sitúa en esas páginas, y lo que viene después es el lento proceso de readaptación, en medio de una sensación de vacío existencial, de la viuda a su vida de viuda. Quizás se deba a que de hecho la agudeza brutal de esas primeras cien páginas es superior, y el resto del libro palidece en comparación. En cualquier caso, ese inicio, como decía antes, me ha conmovido como muy pocos libros lo han hecho anteriormente, y solo por ellas vale la pena leer estas confesiones desgarradas y valiosas, llenas de amor, dolor e inteligencia.
Otras obras de Joyce Carol Oates en ULAD.
martes, 14 de febrero de 2012
Libros para San Valentín en ULAD
Que no, hombre, que no. Que en Un libro al día somos gente amable y amorosa. Otra cosa no, porque al fin y al cabo somos críticos, y ya se sabe que los críticos descreen de todo un poco. Pero en el amor, ¡cómo no vamos a creer en el amor! El amor está en la cuna misma de la literatura: el amor de Paris y Elena, el amor de Dante por Beatriz, el amor del Cantar de los cantares con sus pechos como gacelas y sus cabellos como rebaños de cabras...Sin ir más lejos, le acabamos de dedicar una serie al amor. Sí, vale, Otelo es más bien la personificación de unos celos torturadores y autodestructivos, pero mira lo de C.S. Lewis y su esposa, qué bonito. Ya, hombre, sí que está muerta, pero tampoco hay que ponerse quisquilloso... De todas maneras, si nos ponemos a hacer memoria, seguro que nos acordamos de un montón de historias de amor, rubicundas y felices como perdices de cuento.
Por ejemplo, tenemos a Florentino Ariza y Femina Daza, que acaban bastante bien. Aunque también es verdad que eso es después de una larga y achacosa existencia de dolorosa separación... Pero, oye, no todo ha sido deshacerse de pena en la distancia. Hace no mucho recordamos las alegrías que se regalaban una moza soltera y su amante el oficial. ¿Romántico? No, muy romántico no era, a no ser que tu concepto de romántico incorpore abuelas y lavativas. Pero es que tampoco podemos estar siempre a vueltas con los pájaros y las flores, ¿no? Hemos hablado de unos cuantos amores que no sé si serán románticos, pero desde luego son reales, hasta crudos diría yo. Tenemos a Frederik y Cati, por ejemplo, y a Paul y Marijana. Aunque es curioso que justo me hayan salido casos en los que la medicina anda metida de por medio, y para mal. Vaya por Dios.
Pero es que, también, qué le vamos a hacer si los escritores sólo parecen inspirarse cuando tienen enfrente un amor trágico de tomo y lomo. ¿O es que tengo que recordarte que nuestra primera entrada la dedicamos a Laura Avellaneda y Martín Santomé? Poco después vinieron Pedro Páramo y Susana San Juan o incluso, sí, el Principito y su rosa. ¿Que en esa historia ni siquiera los dos son humanos? Ya, bueno, es que parejas disímiles tampoco nos han faltado. Ahí tienes al profesor Aschenbach y a Tadzio, a Sarah y Benoît o a Michael y Hannah. Veeenga síiii, la voy a poner también: a Bella y Edward. Pero es que una pareja más convencional tampoco es garantía de nada. Mira si no a Juan Pablo Castel, la que lió con María Iribarne...
En fin, que no lo podemos negar. Somos gente sensible, sentimental, ¡sensiblera incluso! Nos pasamos el día leyendo sobre tortolitos, carantoñas y cucamonas. Qué le vamos a hacer.
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