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viernes, 30 de septiembre de 2022

Gabrielle Wittkop. El necrófilo

Idioma: francés

Título: Le nécrophile

Año de publicación: 1972

Traducción: Lydia Vázquez Jiménez

Valoración: repugnante (a ser posible, pronúnciese a la manera gallega: "repunante")

Hay en el mundo literario francés toda una tradición, ejercida con mayor o menor fortuna y por voluntariosos enfants terribles (o no tan enfants), de épater les bourgeoises (en los últimos años, más bien, épater les progressistes). Algo menos evidente, pero quizás más interesante sea toda una corriente, o quizás tan sólo un hilo, a través del tiempo, de escritoras francesas que han escandalizado a la sociedad bienpensante con sus narraciones o incluso autoficciones en la que el tema sexual no sólo resulta explícito, sino que se lleva a extremos que pocos de su colegas varones han tocado. A bote pronto, se me ocurren los nombres de Anaïs Nin, Marguerite Duras, Catherine Millet, Marie Darrieusecq, Anne Serre, Virginie Despentes... (tal vez debería empezar por Colette, pero a estas alturas resulta de lo más pudorosa) y seguro que hay muchas más.  A pesar de que alguna de éstas ha escrito libros de agárrate que vienen curvas, ninguna ha llegado, creo, a traspasar la frontera de  uno de los comportamientos más execrados por la sociedad, bien pensante o no, como Gabrielle Wittkop en esta novela, que, sin más artificio, cuenta la historia de un necrófilo; es decir, alguien que se pone verraco se excita sexualmente con los cadáveres.  

En este caso, se trata de un anticuario parisino llamado Lucien, que se dedica a profanar tumbas recientes en diversos cementerios de la ciudad para llevarse los cuerpos a su apartamento -suena harto complicado, lo sé- y allí hacer guarrerías disponer de ellos a su antojo y satisfacción... Un asco, sí, y más aún cuanto que madame Wittkop no nos ahorra detalles sobre las maniobras que ejecuta el susodicho Lucien ni sobre la evolución natural de los cuerpos en descomposición, que como todo el mundo sabe, no permanecen precisamente inalterados a temperatura ambiente... (y no sigo, porque me están dando arcadas al acordarme). Todo ello envuelto en el delirio en el que vive este hombre, aparentemente un tipo tranquilo y educado, pero en su interior como las maracas de Machín. A través de su diario, que es la forma en que está conformada la novela, nos enteramos de sus cuitas para conseguir "amantes", aquéllas y aquéllos que le han dejado un recuerdo más imperecedero, de dónde le viene tan morbosa querencia por la carne muerta... en fin, toda una serie de pormenores de los que casi mejor hubiera sido no saber nada, por más que se trate de una ficción. Ojo, que tampoco digo que éste sea un mal libro, ni mucho menos; de hecho, cuenta con páginas bellísimamente escritas, con ese estilo suntuoso y alambicado, pero fascinante y que no pierde el nervio narrativo, que tan bien les sale a los literatos/as franceses (a algunos/as, por lo menos). Atendiendo a este aspecto (y como pasa, por ejemplo, con ¡Ponte, mesita!, de Serre), la novelita sería, sin duda, recomendable... si obviáramos todo lo demás. Porque, así como otras reseñas que califican a su libro reseñado como "repugnante" parecen utilizar este calificativo en el sentido de "muy malo", "inadecuado" o incluso "inmoral", yo lo he usado aquí de acuerdo con su más estricto significado: "repugnante" quiere decir que da mucho repelús, carallo...

¿Qué le pudo inducir a una señora en apariencia tan reflexiva, culta y distinguida como era Gabrielle Wittkop (recomiendo a todo el mundo que vea la entrevista que concedió en un programa de Bernard Pivot y que se puede enlazar desde la página web de la editorial Cabaret Voltaire) a escribir una novela tan escabrosa como ésta, descartada, creo yo, la motivación de épater, etc.? Puede que, como declara ella en esa entrevista, la idea de que las mujeres no han de ponerse límites, tampoco en literatura. O su ansia y voluntad de libertad en todos los ámbitos, como se puede deducir a tenor de la muy interesante biografía de esta escritora (por lo demás, discípula declarada del marqués de Sade, según ella)... pero yo tengo la sospecha que quizá esta idea de ir más allá de cualquier límite permisible o al menos permitido (se entiende que en la ficción) venga del acicate que supuso, en su momento, el éxito de la Lolita de Nabokov y que pudo hacerle pensar: "Si tú te has atrevido a contar una historia desde el punto de vista de un pederasta, yo voy a ir más allá, viejo ruso de los co..." Dicho de otro modo. un "sujétame el cubata" en toda regla. O quizás simplemente lo hizo porque pudo y porque quiso, como otro marqués, el del Viso, qué sé yo. En todo caso, advierto a quien se plantee leer esta corta (afortunadamente) novela: por utilizar el argot taurino, aténse los machos y que Dios reparta suerte... La van a necesitar.

Nota final: por un momento pensé en programar esta reseña el día 31 de octubre o el 1 de noviembre, pero, visto lo visto, hubiese resultado de pésimo gusto hasta para mí...

domingo, 2 de julio de 2017

Zoom: ¡Ponte, mesita!, de Anne Serre

Idioma original: francés
Título original: Petite table, sois mise!
Año de publicación: 2012
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: estoy confuso


Aviso: en las escasas cuatro páginas que componen el primer capítulo de esta novelita, encontramos ya todo un repertorio de parafilias sexuales, por no decir perversiones varias; a saber: travestismo, narcisimo, ninfomanía, pederastia e incesto -de hecho, y dicho sin ironía alguna, se agradece el contrapunto convencional que nos ofrecen lesbianismo y adulterio-; y todo ello, para olvidar cualquier remilgo que quedase, en el seno de una misma familia, compuesta de padre, madre y tres angelicales niñas, más el aporte de amigos y conocidos de ambos géneros, todos bien dispuestos al frenesí lúbrico con mayores y menores, sin discriminación...

Sí, lo sé: contado así en frío suena horrible, casi -o sin casi- una apología del abuso infantil (aunque no olvidemos que estamos hablando de una obra de ficción, sin más consecuencias). Pero un poco de relax... perdón quiero decir de calma: una vez asumido que nos encontramos ante una obra literaria de incuestionable "inmoralidad", el despiporre sexual resulta bastante divertido y del todo inofensivo; en realidad, cabe sospechar que se trata de la enésima variante del épater les bourgouises al que son tan aficionados en las letras francesas (un clásico de lo más burgués, por otra parte)... o, en el mejor de los casos, un añadido más a la tradición erótica, también muy arraigada en esa literatura. Erotismo un tanto brutico, si se quiere, pero tira que te va...

Esto, por lo que se refiere a la primera parte de la novelita o relato -que viene a ocupar casi la mitad de la misma-, que es donde está el tomate. También es la parte que posee más potencia, -por coherencia y ritmo, no sólo por salacidad-, el pulso narrativo más firme que las otras dos, que no dejan de ser un añadido aguado y hasta insípido, en comparación con el subidón cafeínico que proporciona la primera. la razón de este desequilibrio resulta fácil de adivinar: la historia parece haber sido planteada como una especie de reflejo especular de la célebre Justine de Sade (autor que es mencionado un par de veces en este breve libro); aquí, al revés que en la otra novela, la joven protagonista migraría del vicio en el que le educa su propia familia a la virtud y moderación que encuentra en el mundo exterior. Aunque, por la razón que fuera, también parece que la autora de este relato desistió de tal  propósito, tras un comienzo prometedor y apañó unas continuación y desenlace bastante más flojos con las notas o borrador que le quedaba, para pergeñar algo mínimamente publicable. Esa es la impresión que da, al menos.

Otra cosa más complicada de dilucidar es a qué demontres se refiere el sorprendente título de este rel... novel... lo que sea; en principio, parece que hace referencia a un cuento de los hermanos Grimm, La mesa, el asno y el bastón maravillosos, en el que el hijo de un sastre expulsado de casa por su padre, recibe el regalo de una mesita que, a una orden suya, se llena de las más suculentas viandas... pero antes de volver con ella a casa de su padre se la roban  Que esta alusión pretende ser la metáfora de algo es evidente, pero no he sido capaz de averiguar de qué exactamente... ¿la infancia perdida? ¿La inocencia perdida? ¿El paraíso... la libertad erótica perdida? ¿Algo que se pierde, lo que sea...? Ni idea. Quien sea más agudo que yo, espero que me ilumine.

En cuanto a la valoración, miedo me da hacerla, entre otras cosas porque temo que se nos llenen los comentarios de lectores ofendidos ante la procacidad pederasta y aún más, la alegría sin remordimientos con que se cuenta. Pero lo cierto es que, repito, esa es la mejor parte, al menos en términos literarios, de la narración, con un toque onírico-costumbrista que contribuye a otorgar cierta fascinación a las prácticas más soeces de las que nos hacen sabedores (no con todo detalle, no se me asusten); si la autora hubiese mantenido el tono y la tensión a lo largo de toda la obra, o quizás simplemente el mismo interés, otro gallo nos cantaría... pero así, la verdad, no sé. Ni sé, ni quiero saber, que todo lo que diga puede ser utilizado en mi contra. 

Uf, menos mal que Lolita ya está reseñada...