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martes, 14 de julio de 2026

Julian Barnes: Despedidas

Idioma original: inglés 

Título original: Departure(s)

Año de publicación: 2026

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Si alguien lo recuerda, en la reseña dedicada a Mis cambios de opinión, comentaba que ese libro no  era el último que iba a publicar Julian Barnes, que a su ya respetable edad une el padecimiento de una grave, aunque cronificada enfermedad. Así pues, el último, de verdad, es éste al que dedicamos la reseña de hoy, convenientemente titulado Despedidas (aunque yo prefiero el título original, Departure(s), que en inglés tienen el sentido de "salidas" o "nuevos rumbos", que me parece más adecuado).

La trama -si es que existe alguna- de este libro (me resisto a llamarlo novela) resulta, cuando menos, bastante escurridiza: digamos que, en principio, Barnes nos cuenta la historia de amor/desamor de dos amigos suyos, en dos momentos de sus vidas separados por un intervalo de cuarenta años. Pero también encontramos una crónica del diagnóstico de la enfermedad que padece -un cáncer de la sangre, neoplasia mieloproliferativa, que no lo matará, pero le acompañará hasta su muerte-, disgresiones sobre la memoria -sobre todo de lo que se conoce como IAM: Involuntary Autobiographical Memory-, digresiones sobre la muerte, digresiones sobre la literatura -en especial la francesa, que ya se sabe que M. Barnes es un notorio francófilo-, sobre la percepción que los perros tienen de sí mismos, sobre la asimetría en las relaciones amorosas, sobre... en fin, lo que sea, porque si en algo es especialista este escritor es en lo de digredir, algo que se le da de maravilla (de hecho, algunos de sus libros, entre ellos el más célebre, El loro de Flaubert, no dejan de ser sino una digresión detrás de otra). Ningún problema, pues, excepto que, quizás, en algún momento se desdibuja un tanto los temas centrales del ibro, que vienen a ser los que ya he mencionado: el amor, la vejez, la memoria y la muerte (tiene su lógica, primero porque ya son temas tratados anteriormente por Barnes en otros títulos, pero, además, porque eas de suponer que ocupan bastante los pensamientos de cualquier persona, sea escritor o no, de ochenta años y con un cáncer "incurable,  aunque tratable" ya de por vida). Con todos estos asuntos y más, de los que, en apariencia, va saltando de uno a otro sin orden ni conciertos, en realidad Barnes va tejiendo una urdimbre a base de divagaciones, reflexiones, recuerdos, hasta que el lector (este lector, al menos, que probablemente esea más obtuso que otros) se da cuenta de que todo va formando un cuadro, un tapiz que probablemente el autor ya tenía en mente desde que comenzó a escribir el libro, pero que ha preferido mostrarnos poco a poco, por medio de una conversación amistosa y ligera, entre viejos camaradas. Este tono amable y poco dramático, aun cuando se estén tratando cuestiones de la vida bastante graves, o incluso espinosas, es una especialidad de Barnes, como sabrá quien ya haya frecuentado su obra y, la verdad, se agradece que sea el elegido, de nuevo para éste su último libro.

Un segundo aspecto del libro, algo más delicado para éste vuestro servidor, es el gran e incuestionable peso que tiene en el mismo lo que podríamos denominar "el aspecto autobiográfico" (obvio eufemismo para no tener que recordar la palabra maldita: autoficc...bueno, ya sabéis). Pero, bueno, es verdad, por otr parte, que lo de la autoficcetc. no es sólo una moda a seguir para Barners, sino que toda su obra esta llena de referencias a sí mismo y sus circunstancias. Y, qué coño, es el último libro de Julian Barnes, que tiene ya ochenta años y un cácer "incurable pero tratable". Hasta yo lo puedo (y lo debo). pasar por alto, así que no problem...

En fin, como ya sabrá más de uno y una de nuestros amables lectores/as, el próximo mes de octubre este escritor recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras, artefacto propagandístico de la monarquía española que, por una vez, sirve para algo (*). Quien quiera y pueda acercarse al teatro Campoamor de Oviedo tendrá la oportunidad de despedirse en persona, siquiera a distancia, de este nuestro estimado.  autor. Pera para ellos y ellas, así como para el resto de nosotros, la despedida no es definitiva: nos quedan la lectura y la reslectura de todos los demás libros que ha escrito y la sensación, la ilusión, si se quiere, de estar dialognado con un amigo amable y ocurrente, al menos mientra dure esa lectura. Por eso al menos yo no me despediré aún de Julian Barnes, sino que esto será, en todo caso, un "hasta pronto". Y, sobre todo, muchas gracias por todo lo escrito: ha sido y continuará siendo, un placer.

(*) Se trata, si se quiere, de un premio de consolación aunque magro, por no haber recibido el Nobel, para el que, en mi opinión, Julian Barnes había acumulado más méritos que Ishiguro, escritor de su misma generación... Ahora, bien, el propio Barnes, cuando es requerido al respecto, suele recordar que a Ismail Kadaré tampoco se lo concedieron y eso sí que supone una injusticia...

También del ya añorado Julian Barnes en ULAD: Todos éstos

jueves, 16 de abril de 2026

Ismaíl Kadaré: Frías flores de marzo

Idioma original: albanés

Título original: Lulet e ftohta të marsit

Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde

Año de publicación: 2000

Valoración: Muy recomendable


Cuando por los motivos que sean desaparece un régimen autocrático que ha durado cuarenta años se producen a nivel social reacciones dispares no fáciles de prever. No estamos hablando de España, sino de Albania, ese pequeño país donde arraigan costumbres ancestrales que se mezclan con múltiples influencias culturales y religiosas. Si el régimen se caracterizaba por el aislacionismo, el culto a la personalidad y el hermetismo más radical, la puerta que se abre deja correr vientos que incorporan, en desorden y entremezclados, ideas y valores de un pasado que parece remoto y un futuro que no es fácil de entender.

El relato sitúa ese momento, o más bien algún tiempo posterior, en una pequeña población rural del norte montañoso, donde Mark, un pintor de poco éxito, mantiene una relación con su modelo femenina. Aunque el nuevo tiempo no parece impedir que cada cual continúe con sus rutinas, es inevitable que surjan brechas, a veces sucesos, otras solamente rumores, que disparen la perplejidad en gentes acostumbradas a un sistema donde todo funciona aparentemente sin sobresaltos. El pintor sería ese ciudadano medio, centrado en su trabajo y sus amores, que tiene dificultades para entender a dónde lleva el nuevo rumbo.

Puede que el asalto a un Banco, al parecer inimaginable en el régimen comunista, o la costumbre femenina de depilarse ciertas partes del cuerpo, sean signos de la modernidad que llega de Europa junto a unos misteriosos funcionarios de la OSCE. Pero al mismo tiempo parecen resucitar, y de forma muy tangible, antiguos códigos como el Kanun, el pago de las ofensas con la sangre, brutales sentencias cuyos orígenes hay que ir a buscar a la Edad Media, tal vez más lejos aún. Aires occidentales irrumpen por tanto al mismo tiempo que los arcanos arraigados en las más viejas tradiciones del país, quizá por ello se rumorea que los nuevos dirigentes realizan visitas secretas a un misterioso archivo del Estado oculto en las montañas.

Pero lo más atrayente de todo esto no es que esté narrado con elegancia y precisión, que también, sino que mantiene en todo momento la figura del pintor como espectador, en general descreído pero también estupefacto ante las novedades, sin llegar a ser capaz de coger postura. Es por tanto un relato con un corazón intimista, que personaliza en un hombre corriente la desubicación y la duda. Esa vida provinciana que seguramente quiere mantener inalterable, centrada en sus pinturas y su amante, no puede sin embargo quedar ajena a los acontecimientos y a la pérdida de certezas.

La narración gana todavía brillo con la inserción, a modo de contrapunto, de algunas fascinantes historias que entroncan con viejas leyendas locales (la mujer obligada a casarse con una serpiente) o griegas (el robo de la inmortalidad), relatos espléndidamente desarrollados y que mueven a la reflexión sobre ese país que, sin saberlo siquiera, ha pasado de la estabilidad plomiza y asfixiante de un régimen opaco y hermético a la convulsión de verse ante un horizonte desconocido en el que se desatan fuerzas que escapan a todo control: las que irrumpen desde la modernidad de los vecinos europeos y las que brotan de las mismas montañas, de lo más profundo de un pasado no tan olvidado.

Un relato en el que se combinan con maestría los efectos de todos estos vientos con la perspectiva del individuo acostumbrado a su mundo estrecho, el bienestar inconsciente de quien está acostumbrado a cuidar solamente su propia vida, sus rutinas y sus pequeños placeres. No es fácil montar un relato equilibrado e inteligente con estos ingredientes, y doy fe de que Kadaré lo consigue con nota muy alta.

Unas cuantas obras de Ismaíl Kadaré reseñadas en ULADaquí

lunes, 9 de marzo de 2026

Reseña + entrevista: El patio maldito de Ivo Andric

Idioma original: Serbio
Título original: *
Año de publicación: 2025 (*)
Traducción: Marc Casals
Valoración: Bastante recomendable

El patio maldito es el título de la novela breve que sirve de colofón (¡y de qué manera, oigan) a este volumen en el que se reúnen, además, quince relatos escritos en diferentes momentos de su vida por Ivo Andric, ganador del Nobel de Literatura del año 1961. Pese a su diferente origen temporal, los textos compilados para la ocasión por Xórdica forman un conjunto homogéneo, tanto por ambientación como por temática. Por si esto fuera poco, se observa la existencia de personajes que aparecen en varios relatos (Fray Petar, Fray Marko...) y de personajes que, con diferentes "máscaras", podríamos considerar un único personaje (Alija Dzerzelez, Mustafa Magiar, Celibi Hafiz, Karagoz...).

La citada homogeneidad del volumen procede, como digo, de la ambientación y la temática de los textos. La practica totalidad de los mismos trascurre en los años de la dominación otomana o del control austríaco sobre Bosnia. Es por tanto un pasado casi mítico el tiempo en el que trascurren unos textos que hablan de violencia y locura, de "replanteamientos vitales", de poder y arbitrariedad, de dudas, culpas y debilidades. Tiempos más o menos remotos, pero inquietudes y/o cuestiones absolutamente atemporales y universales.

Por otra parte, los protagonistas de los textos de Andric pueden dividirse en dos grandes grupos: los "turcos" y los franciscanos. Curiosa contraposición la de unos y otros y curiosa la diferente visión que tiene Andric de uno y otro grupo. Así como los "turcos" tienden a aparecer como seres mezquinos, rencorosos o violentos, la mirada sobre los franciscanos es mucho más piadosa, con momentos hasta humorísticos.

Lo que sí suele hermanar a los protagonistas de los textos de Andric es una desubicación o desarraigo casi permanente, en parte debido a esa configuración multicultural y multiétnica de un territorio agreste que es también personaje fundamental en los relatos incluidos en El patio maldito. 

No voy a entrar en detalle en cada uno de ellos, pero sí comentaré brevemente los textos que, a mi juicio, son los más destacados:

  • Muerte en la tekija de Sinan, relato sobre miedos y culpas difusas, autoflagelaciones y replanteamientos vitales tan tardíos como inútiles.
  • La sed (especie de reverso de El patio maldito, quizá?), que muestra un nuevo replanteamiento vital en una situación dramática.
  • Milagro en Olovo, quizá el relato más metafórico y ambiguo, el más sujeto a posibles interpretaciones.
  • El torso, que podría ser considerado como el texto más abiertamente político del conjunto. Una historia extraña de debilidades y venganzas protagonizada por un caudillo sanguinario y febril ("turco, cómo no!)
  • El patio maldito, desasosegante nouvelle que puede recordar a El palacio de los sueños de Kadaré. Historia dentro de la historia dentro de la historia (...) que trascurre dentro de una institución extraña y terrible gobernada por Karagoz, un personaje fascinante y contradictorio.
Resumiendo, El patio maldito ha sido, para mi, un acercamiento diferente a la obra de Andric. Hasta ahora, solo había leído su novela Un puente sobre el Drina y Goya, un breve texto sobre el aragonés. Y, si bien Un puente sobre el Drina me sigue pareciendo una maravilla absoluta, algunos de los textos incluidos en este volumen demuestran que Andric se manejaba a la perfección en formatos más breves. Así que.. ¡todos a leer a Andric!

Por si esto fuera poco, aquí os dejamos un vídeo con la charla que mantuvimos con Marc Casals, traductor de Andric, sobre este libro y otras obras balcánicas.



(*) El libro contiene textos publicados en vida de Andric a lo largo de varios años, pero la compilación como tal solo existe en esta edición

lunes, 5 de mayo de 2025

Reseña + entrevista: Venecos de Rodrigo Blanco Calderón

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2025

Valoración: Está muy bien

Un avión despegando en un atardecer es la imagen de la cubierta diseñada por Paul Viejo para este Venecos del ya casi malagueño Rodrigo Blanco Calderón. Una clara metáfora a un exilio o a una emigración que, si bien está presente en la práctica totalidad de los trece relatos incluidos en este volumen, no tiene un lugar tan central como pudiera parecer. Es decir, la experiencia de la emigración está presente en los relatos pero no es fundamental para los personajes de los mismos; más bien se trata de seres que tratan de rehacerse de diversos fracasos, ya sean estos matrimoniales, laborales o artísticos, lo que otorga a los textos una universalidad que de otro modo quizá no tendrían.

No me quiero enrollar mucho porque lo que nos cuenta el autor en la entrevista que enlazamos en esta misma reseña es mucho más interesante que lo que yo pueda decir, pero sí quiero destacar algunos aspectos de los relatos de Rodrigo. Serían:

  • Su estructura. En casi todos los textos hay dos capas, una más visible y otra "subterránea" y me gusta mucho cómo el autor las maneja, cómo juega con ellas y cómo se entrelazan, ya sea de una forma más o menos sutil. Creo que el que mejor lo consigue es La vejez.
  • Las voces. Personas de diferentes sexos, edades, condiciones económicas y sociales, con voces perfectamente identificables y diferenciadas, protagonizan textos ambientados en lugares tan diversos como París, Caracas, Málaga o ese claustrofóbico y oscuro El Cráter.
  • Cierta tendencia al realismo "grotesco". Creo que este punto enlaza en cierta forma con esas dos capas de las que hablaba, en el sentido de que toda situación, por clara que parezca, esconde algo más o menos "oscuro". Claros ejemplos son Una vida distinta, Virgen de la impureza, Café Rostand, etc.
  • Las referencias literarias. Esto sé que no es una virtud per se, pero a mi me gustan estos autores y estos libros que dejan claras referencias y homenajes como las que Rodrigo hace en estos cuentos. Así, Kadaré, Camus, Roque Dalton, Sabato y Ovidio se asoman por estas páginas, con mención especial al estupendo y oscuro El extranjero.
  • Las referencias cinematográficas. Vale, no hablamos de Manuel Puig, pero aquí hay mucho y buen cine.
  • Los guiños a sus lectores. No sé si es algo buscado o no (incluso no sé si es algo "inventado" por mi), pero aquí hay rastros de The Night (con Darío Lancini) o de Simpatía (ay, El padrino)  
Poco más. Solo dar paso a la charla que mantengo con Rodrigo Blanco Calderón, al que agradezco enormemente su amabilidad.



También de Rodrigo Blanco Calderón en ULAD: SimpatíaLos terneros y The night

domingo, 2 de marzo de 2025

Svetislav Basara: La leyenda de los ciclistas

Idioma original: Serbocroata 
Título original: Fama o biciklistima
Año de publicación: 1988
Traducción: Juan Cristóbal Díaz
Valoración: Fuera de concurso


Sí, emosido engañado. O si no, ¿cómo explicar que un libro titulado La leyenda de los ciclistas no hable de la vida y milagros de Coppi, Bartali, Merckx, Hinault, Indurain y compañía? 

¡Y eso que Eddy Merckx fue miembro de la Agrupación Sudoriental de Ciclistas Evangélicos! ¡Y eso que en el libro hay unas cuantas bicicletas! Pero esto no es lo que parece porque hoy hablamos de un libro "raro" de un yugoslavo "raro", valga la redundancia.

Si hacemos caso del prólogo del propio autor, escrito 20 años después de la publicación original del libro (¿quién soñaría este prólogo?), la leyenda es una novela sobre errores humanos y frustraciones en la tarea de dedicar esfuerzos inútiles al olvido de Dios y a burlar a la muerte. Por sí solo, esto no parece demasiado extraño. En cambio, la cosa se tuerce si digo que se trata de una recopilación de textos de la sociedad secreta de los ciclistas rosacruces que engendra una suerte de doctrina ciclista esotérica. ¿O no?

Así que tenemos, por un lado, una sociedad secreta cuyos seguidores se reúnen en sueños y que pretende, o eso parece, la penetración en el mundo de tal magnitud de fuerzas irracionales del espíritu que aquel acabe purificado por un fuego salvífico. Y tenemos, por otro lado, una serie de textos (manuscritos, testimonios, diarios, proclamas, proyectos) e imágenes que vendrían a constituir el cuerpo histórico y doctrinal de la sociedad de los hermanitos.

Y es inevitable acordarse de Borges, de Pynchon o de Cartarescu (también Kadaré) al leer un texto en el que las fronteras espaciotemporales saltan por los aires, al avanzar en una novela plagada de mistificaciones, aporías, referencias cruzadas, teorías a cual más loca o más cuerda, personajes que se desdoblan, espejos, etc. Posmodernismo puro y duro, vaya.

Lo que creo que diferencia a Basara de los autores citados es el humor. Hay mucho de burla, de ironía, de desmitificación o de absurdo en La leyenda de ciclistas. Ya los textos que abren la novela (el de Carlos el Feo y su esbirro Grosman) dan buena idea de lo que vendrá después. Otro ejemplo: 
La perspectiva de un hombre de cincuenta años ataviado con un polvoriento atuendo deportivo debía de llamar la atención. Tal vez fuera mi aspecto atractivo lo que inclinó la balanza a la hora de salir elegido como profeta: resultaba verdaderamente llamativo. Los profetas están llamados a profetizar y el pueblo a perseguir a los profetas. Así funciona el mundo.
Más. El carácter fragmentario de libro hace que el interés de los diferentes textos que lo componen sea, casi de forma obligatoria, algo desigual. Historias como la del ultimo caso de Sherlock Holmes o como la del arquitecto encargado de reparar la Catedral del Espíritu Santo, destrozada por la policía nazi (valga la redundancia) del sueño resultan tan sesudamente divertidas como áridas son las partes centradas en los postulados filosófico/ esotéricos de Kowalski y compañía.

Para terminar, solo queda decir  que es innegable que La leyenda de los ciclistas no es un libro apto para todos los públicos. Quien quiera una historia lineal con planteamiento, nudo y desenlace, quien busque entretenimiento y no pensar demasiado o quien pretenda echar un ratejo leyendo que se vaya buscando otro libro. Pero quien guste del riesgo y los artefactos literarios, quien piense que la realidad es un simulacro, la existencia una ilusión y la literatura la ilusión de una ilusión, seguro que disfruta de este delirio yugoslavo.

P.S.: Ya lo comentábamos en la reseña de El ángel del atentado, pero no está de más insistir: no tiene que ser nada fácil traducir y corregir un texto como este. Creo que traducción y corrección están muy logrados. Y la edición del libro es muy pero que muy chula.

También de Basara en ULAD: El ángel del atentado

viernes, 29 de noviembre de 2024

Chinguiz Aitmátov: Más de un siglo se alarga el día

Idioma original: Ruso
Título original: Кылым карытар бир күн
Año de publicación: 1980
Traducción: Marta Sanchez-Nieves Fernández
Valoración: Bastante recomendable

Kirguistán, otro país al que tachar de las lista de "Países de los que no hay ningún autor reseñado en ULAD". Ya solo nos quedan Vanuatu, Lesotho, Liechtenstein, República Centroafricana y alguno que otro más. ¡Igual de aquí a 25 años completamos el mapamundi!

Bueno, el caso es que esta novela de Chinguiz Aitmátov es una muy buena novela, de esas que podríamos meter en la etiqueta "Si quieres ser universal, habla de tu pueblo, de tu aldea". Porque, aunque el texto se localiza en las estepas kazajas y cubre un arco temporal que va desde la época de Gengis Khan hasta la carrera espacial soviético - estadounidense, los temas tratados en él son universales y eternos.

El resumen resumido del argumento podría ser el día que transcurre entre el fallecimiento y el entierro del anciano Qazhangap, ferroviario durante 40 años en el apartadero de Boranly-Buranny. Será su compañero y amigo Ediguei quien se encargue del asunto y quien, a lo largo de ese día, rememore su vida en las estepas. Pero me estoy quedando corto.

Más de un siglo se alarga el día es la historia de marginados que se aferran a momentos luminosos, de hombres corrientes sometidos a los azares de la Historia, de seres que viven, luchan, aman y mueren entre el dolor y la esperanza. También es un texto que habla sobre la eterna lucha entre lo viejo y lo nuevo, "civilización" o "barbarie" (¿cuál?), sobre los mecanismos del poder y la alienación, sobre la inmutabilidad e inevitabilidad de ciertas cosas, sobre vidas cotidianas, etc.

Para hablar de todo ello, el autor recurre a dos líneas principales (una más que otra, la verdad): la "realista" y la "ciencia-ficción", teniendo además la línea realista una serie de desvíos y derivaciones, vinculados al mito y a la leyenda, de suma importancia en la novela. 

El lado realista de la novela nos habla de la vida en las estepas y nos lleva a la colectivización, a la Segunda Guerra Mundial, a la represión estalinista, la desestalinización, etc. (Destaca, en esta vertiente de la novela, la terrible y "hermosa", al mismo tiempo, historia de Abutalip y Zaripa). Pero decía que esta línea realista toma desvíos y derivaciones vinculados al mito y a la leyenda, siempre con una lectura claramente política. Es aquí donde pasado y presente se unen y muestran la atemporalidad de la novela y donde encontramos una referencia clara para situar la novela de Aitmátov. Esta no es otra que el gran Ismail Kadaré y obras como, por ejemplo, Abril quebrado o El palacio de los sueños.

Pero Más de un siglo se alarga el día también tiene un lado "ciencia-ficción" que entronca con Zamiatin, Aleksandr Bogdánov o los hermanos Strugatski y que sirve para unir presente y futuro. Explotación económica del espacio exterior, vida extraterrestre, intento de comunicación, miedo a lo desconocido / a la otredad... Muy friki todo, mucho potencial, pero... Es esta última vertiente la que hace que la novela no tenga una valoración algo superior. Hay un hilo que une esta trama con la "realista", sí, pero creo que es algo tenue y que no tiene la misma fuerza que la parte vinculada a mitos y leyendas del pasado. Además, queda la impresión final de que la historia de la estación espacial Parteit y de los dos astronautas que marchan al recién descubierto planeta Mambla Selvática queda cerrada "en falso".

En cualquier caso, la parte "mítico-realista" de la novela es realmente magnífica y compensa con creces la ligera decepción que deja el final de la trama especial, quedando tras la lectura de la novela una impresión general más que favorable.

lunes, 26 de febrero de 2024

Lea Ypi: Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia



Idioma original: inglés
Título original: Free. Coming of Age at the End of History
Traducción: Cecilia Ceriani
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable.

 

Para la gran mayoría del planeta (no solo de sus vecinos de la vieja Europa) Albania fue, durante mucho tiempo, una especie de enigma absoluto, solo comparable al que, aún, y no sé si eso va a durar mucho tiempo, representa Corea del Norte. Un país aislado en su empecinamiento de representar un ejemplo de la aplicación de ciertos ideales que son, casi todos, perfectos en lo téorico y desastrosos en lo práctico (lo cual siempre se suele achacar a la naturaleza humana). Allá por el periodo posterior a la II Guerra Mundial y en el estéticamente fascinante periodo de la guerra fría, fue un pequeño territorio aislado, al lado de los Balcanes que se embarcó, liderado por uno de esos dudosos líderes, Enver Hoxha (que suelen compartir destino simbólico con otros dictadores cuando las enormes estatuas con sus efigies son abatidas entre alborozo general, y esas imágenes se constituyen en símbolos de la liberación de sus pueblos), en una suerte de regimen hermético, rechazando a partes iguales el imperialismo capitalista y el soviético.

Aunque la caída de este último fuera, pensemos que por capilaridad, lo que sumiría al país en una abrupta transición, no por casualidad contemporánea con la elevada inestabilidad en la zona que suele envolverse en el paraguas conceptual del conflicto de los Balcanes. Un aperturismo súbito y casi narcótico que sumió a sus habitantes en una desorientación de identidad que se redujo, en la práctica, a unas cuantas fotos sensacionalistas de buques llegando a puertos italianos repletos, sobre todo, de hombres de aspecto cansado y algo oscuro, como siempre, seguimos así, huyendo hacia un futuro mejor. 

Aún así, si a este humilde comentarista de lo cultural le preguntan por albaneses de origen, mi pareja de elegidos no puede ser más heterodoxa: Ismail Kadaré y Dua Lipa.

Lea Ypi ni siquiera figura en la escueta solapa de Libre como escritora, me atrevería a afirmar que, salvo que el éxito crítico de este libro provocara lo contrario, quedará como una especie de one hit wonder literaria, aunque es posible que se genere cierta curiosidad y se indague sobre artículos de perfil profesional, pues es profesora universitaria en Londres y Australia especializada en marxismo y teoría crítica, cuestión que surge en el texto y que aleja cierto fantasma al que este tipo de obras puede ser proclive. Ypi se declara marxista y este Libre no está escrito ni desde la nostalgia ni desde el rencor. Lo cual, como mi valoración ya os advertía, es un poderoso punto a favor. Ya desde la portada, una fotografía de una lata de Coca Cola vacía usada a modo de jarrón decorativo en una casa albanesa, se percibe lo que es Libre, y lo que justifica su subtítulo. El desafío de crecer en el fin de la historia. Pues Ypi es una niña, una adolescente que crece en un entorno que cambia a velocidad de vértigo. Que observa un mundo precario e hipercontrolado gobernado  por lo que poco cuesta verificar como absurdo: el racionamiento, las colas para acceder a los productos básicos, el control gubernamental especialmente (la envidia es la mejor espoleta para cualquier revolución) celoso en la  filtración de información respecto a lo que pasara más allá de sus fronteras. Una obsesión infantil: los albaneses aprendían italiano para ver frívolos programas de variedades de la RAI, porque otra obsesión de los regímenes dictatoriales es proclamar una especie de férrea moral pública donde cualquier desviación se contempla como un peligroso asomamiento a la posibilidad de la libertad de elección, individual y colectiva. 

Diría que debería haber un punto medio entre la cruel disyuntiva entre la democracia liberal, que deja a todos a su libre albedrío aunque lleve a la autodestrucción y ese estado incautador y paternalista que decide hasta el gusto que debe tener tu dentífrico. Es una vieja controversia, pero Ypi no se solaza en ella. Habla de la infancia y la juventud como patria de las personas, escribe con eficacia y oficio sobre esa vida en la que el aparato estatal captaba acólitos para denunciar ya no disidencia, sino semilla o incipiencia de ésta, de los tímidos conatos de apertura cuando Hoxha fallece y su red de funcionariado es incapaz de contener el estallido de la voluntad del pueblo. Habla de todos los eufemismos empleados en las conversaciones del día a día para evitar afrontar una realidad incómoda y asfixiante. Lo hace de un modo cercano y confidente, sea de anécdotas intrascendentes o de cuestiones como la separación familiar o el desarraigo. Al margen de que el tema pueda resultar, décadas después, fascinante y de interés, el resultado literario ya es muy valioso por sí solo.

lunes, 22 de enero de 2024

Ismail Kadaré: Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak

Idioma original: Albanés
Título original: Kur sunduesit grinden. Rreth misterit të telefonimit Stalin-Pasternak
Año de publicación: 2022
Traducción: María Roces González
Valoración: Está bien

Seamos claros. Esta no es la mejor novela de Ismail Kadaré y, probablemente, tampoco estará entre lo mejor de Kadaré el día en que el bueno de Ismail nos deje (esperemos que dentro de bastante tiempo). Pero esto no quiere decir que sea un mal libro, ¡ni mucho menos! Además, viendo las "cosas" que han escrito o escribieron gente como Vargas Llosa o García Márquez en sus últimos años (mención especial a la sonrojante Memoria de mis putas tristes), queda claro que el albanés lleva mucho mejor el paso del tiempo.

Por si lo comentado al comienzo de la reseña fuera poco, creo que esta es una novela para iniciados en el "mundo Kadaré". Toda la primera parte del libro está vinculada a la propia vida y a El ocaso de los dioses de la estepa, segunda novela del autor y con la que Tres minutos comparte escenarios y cierta temática, lo que juega doblemente en contra del texto: para los no iniciados, resulta complicada de seguir; para los "conocedores", no aporta nada nuevo.

Así, el punto de partida lo constituye la "reacción del pueblo soviético" (perdón por el eufemismo) por la concesión, en 1958, del Nobel de Literatura a Boris Pasternak. A estos sucesos se unen la estancia de Kadaré en Moscú y la ruptura entre la Albania de Hoxha y la Unión Soviética de Jruschev, ampliamente narrados en El ocaso de los dioses de la estepa y revisados nuevamente para la ocasión por el autor. Además de lo anterior, en esa primera parte del texto se intercala lo que luego será el "meollo" del libro: los célebres tres minutos de la llamada de Stalin a Pasternak, allá por 1934, para (¿qué exactamente: charlar, comentar, mencionar, informar?) sobre la detención del poeta Osip Mandelstam.

Superado este algo costoso tramo inicial, Kadaré recurre al tópico de la bibliografía ficticia para sugerir 13 versiones de la llamada: amantes, amigos, escritores o esposas ofrecen variaciones sobre lo que pudo ocurrir en esos tres minutos. Es aquí donde el libro coge vuelo y nos recuerda al gran Kadaré de otros momentos, ese que explora la relación entre el arte / artista y el poder, que indaga en la psicología de autores o editores en regímenes totalitarios, que habla sobre el temor, el miedo y el absurdo.

Más allá de estos temas ya tratados con profusión en la obra de Kadaré. Tres minutos resulta interesante por lo que supone también de trabajo en relación con la verdad y la memoria. Porque ¿cuál es la versión que más se acerca la realidad?, ¿qué retazos son los que más se aproximan a lo que ocurrió?, ¿cómo afecta el tiempo a nuestra visión de los hechos?, etc.

Pese a esta mejora en la parte final del texto, queda la sensación de que Kadaré es capaz de una mayor profundidad en su análisis, queda la impresión de que la novela sabe a poco. Seguramente sea que el nivel de exigencia por nuestra parte sea demasiado elevado, que Kadaré ya tiene una edad y no está ya para demasiados trotes O, simplemente, que a estas alturas hace lo que le da la gana y listo. Si es así, hace bien. ¡Qué leches!
 

lunes, 18 de diciembre de 2023

2023 en libros. El único veredicto que vale

¡Pues sí, amigos! Llega el día en que todas las listas de "lo mejor de 2023" palidecen, pese al título de la entrada, ante la proverbial independencia, modestia y buen gusto de los reseñistas de ULAD. Porque no estamos ante la lista de los invitados a la boda del crítico de turno (no, Babelia y El Cultural, no estamos diciendo que vosotros hagáis eso) y porque no pretendemos sentar cátedra diciendo qué es lo mejor que se ha publicado en 2023 (¡coño, que hay tropecientas mil novedades y habremos leído un 0,0001%!). Esto solamente es, nada más y nada menos, lo mejor que hemos leído en 2023.

No podemos dar paso a la lista sin antes recordar lo que para nosotros ha sido la peor noticia que nos ha podido dejar este 2023: el fallecimiento, en el mes de agosto, de nuestro compañero Emilio. Las reseñas que dejó programadas y que hemos ido publicando estos últimos meses dan idea de lo que para Emilio fueron sus mejores lecturas del año.

Sin más, aquí tenéis nuestro dictamen

El veredicto de Koldo (por ahora):


La sentencia de Juan:

Palabra de Oriol:

La sentencia de Francesc:
 
      No muy bien habrá ido la cosa cuando he tenido que revisitar mis reseñas para poder componer esta lista. Así que
  • Recuerdos que prevalecen sin excesivo esfuerzo, o sea, MUY BIEN: Material de construcción de Eider Rodríguez, o cómo lidiar bien, literariamente, con la pérdida, y Les voltes del món de Tuli Márquez, a ver si el mundo editorial se entera del talento de este hombre y se le traduce al español.
  • Demasiados ensayos que se han quedado a medias o que me ha dado la impresión de que no conectan profundamente con la realidad, así que no los mencionaré. La realidad no lo pone fácil, cambiando cada dos por tres.
  • Alguna biografía musical que tiene más pulsación narrativa que mucha narrativa, como Bobby Gillespie en Un chaval del barrio o Jarvis Cocker en Buen Pop Mal Pop
  • Extraño reencuentro por partida doble con Houellebecq, del cual Unos meses de mi vida me ha mostrado una sorprendente actitud frágil y victimista. Curioso que su acercamiento a sí mismo le haya hecho desenfocar su aguda visión de la sociedad.
  • Y a ver si las cosas mejoran. O sea, que los tótems atinen o que las eternas promesas se consoliden. Ya, por favor.

El panegírico de Santi

En un año de bastantes pocas lecturas (una vez más), afortunadamente ha habido algunas buenas o muy buenas:

Resolución (recurrible) de Carlos

El dictamen de Marc:
  • Libro del año: «Un caballero en Moscú», de Amor Towles
  • Ensayo del año: «La supervivencia de los más ricos», de Douglas Rushkoff
  • Grandes consolidaciones en narrativa: Xavier Mas Craviotto, por «La pell del món»
  • Descubrimientos del año (autores): Byung-Chul Han con «La expulsión de lo distinto»
  • Caerán más libros de: Clarice Lispector, Siri Hustvedt, Amor Towles, Paul Auster
  • Propósitos para el 2024: más poesía, continuar con más ensayo y reencontrarme con la narrativa tras un año sin grandes lecturas

jueves, 5 de octubre de 2023

Ismail Kadaré:El general del ejército muerto

Idioma original: Albanés 

Título original: Gjenerali i ushtrisë së vdekur

Año de publicación: 1963

Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde

Valoración: Imprescindible 

Juguemos a pitonisos. En una hora se anuncia el ganador (o ganadora) del Nobel de Literatura 2023 y nuestra apuesta es Kadaré (además rima!!!!!). Cualquier sabe lo que decidirán los suecos, que son capaces hasta de dárselo a Joaquín Sabina, pero pase lo que pase ¡¡¡NOSOTROS TE QUEREMOS, ISMA (que hay confianza)!!!

El general del ejército muerto es la primera novela del albanés y ¡vaya primera novela! Oscura, turbia, irreal y absurda, sienta las bases y dibuja las principales obsesiones que recorrerán su obra posterior.

Se trata de una novela tenebrosa y de atmósfera pesadillesca (con algún destello de luz, como el de esa chica de impermeable azul que espera todas las tardes a su novio) cuyo argumento podría resumirse en la exhumación y repatriación, alrededor de 1963-65, de los restos mortales de soldados italianos fallecidos en Albania durante la Segunda Guerra Mundial.

Dos son los personajes que centran un relato en que ni lugares (salvo Tirana y alguna pequeña excepción) ni gentes poseen nombre propio: el general y el cura. Los efectos que sobre aquellos provoca la tarea que les has sido encomendada y el cambio en la percepción que de la misma tienen son el meollo de la novela: el paso del orgullo y la solemnidad a la indiferencia e incomprensión, los jirones del alma que ambos van dejando por un camino en el que la muerte, la locura y el absurdo son permanente presencia.

Si por algo creo que destaca está novela, más allá de la ya comentada evolución de los personajes, es por una atmósfera magníficamente construida por el autor. A una tarea macabra y medio delirante le acompañan un clima de mierda (lluvia, frío, nieve...), un paisaje agreste y hostil reflejo de un pueblo también agreste y hostil, aunque no siempre, con los visitantes. La combinación de todo ello funciona a la perfección y es un tercer personaje clave de la novela.

Puedes excavar y penetrar en su tierra fácilmente, pero en su espíritu, jamás.

Pero no todo es oscuridad en la novela. Un par de interludios, que trasladan la acción a un tiempo anterior, sirven para oxigenar el relato y para vincularlo a la oralidad que sobrevuela por la novela y que será pieza importante de la narrativa de Kadaré.

En resumen, una estupenda primera novela, preludio de una obra con un nivel medio altísimo y que posee, además de su calidad estrictamente literaria, el valor de ser testimonio de la más reciente historia europea. Más que suficiente para que los suecos le den de una puñetera vez el Nobel. Esperemos que hoy sea el día.

P.S.: Hay adaptación al cine de esta novela y los protagonistas son Marcello Mastroianni y Michel Piccoli. ¡Casi nada!

P.S. 2: Habrá que esperar, como mínimo, a 2024 para hablar del Nobel a Kadaré 

Más libros de Ismaíl Kadaré reseñados en este blog: Las mañanas del café RostandLa pirámideLa muñecaAbril quebradoRéquiem por Linda B.El Palacio de los SueñosEl cercoEl accidenteEl ocaso de los dioses de la estepa

viernes, 29 de septiembre de 2023

Ismaíl Kadaré: El ocaso de los dioses de la estepa

Idioma original: albanés

Título original: Muzgu i perëndive të stepës

Año de publicación: 1978

Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde

Valoración: más que recomendable

Lectores y amigues del blog, se acerca el día favorito de los cotillas amantes de la literatura, la Eurovisión de los gafapastas, que dijo no sé quién: la anual y no obstante ansiada concesión del premio Nobel. Cada cual hace sus apuestas, incluso literalmente (haceos un favor y no pongáis vuestro dinero en Houellebecq y mucho menos en el Murakami malo), lo mismo que yo, claro... Según mi método infalible (sobre el que algún día escribiré un libro que se venderá en la misma sección que los que aseguran enseñar cómo ganar a la ruleta o al Texas hold 'em), este año toca que ganer un escritor varón (puede ser no binarie, pero con pito aspecto masculino cisnormativo) y que no escriba en francés ni en inglés, que ya han empachado un poco a la Academia sueca. Mis favoritos, por tanto, descartado el japonés ful y cualquier africano (pues hace dos años se lo dieron a un caballero cuyo nombre no he conseguido aprender) serían: un rumano con pelazo, un húngaro de nombre no menos complicado o un albanés viejecito. Y claro, si se trata de escritores albaneses, no sé si habrá muchos más para escoger, pero a mí sólo se me ocurre uno; sí, amigues, el mismo al que este benemérito blog ha dedicado ya un porrón de reseñas, demostrando que a cansinos no nos gana nadie. Pues aquí tenéis otra, por si acaso...

Por casualidad (lo prometo), esta novelita, El ocaso de los dioses de la estepa, tiene también cierta relación con el premio Nobel: ambientada en 1958 en Moscú -aunque comienza durante las vacaciones estivales del protagonista, en una residencia para escritores en Letonia-, nos cuenta, de forma tal vez memorialística (no me atrevo a llamarlo "autoficción"), la estancia de un joven escritor albanés, trasunto del autor, supongo -si no directamente él mismo- en el Instiruti Gorki, de la Unión de Escritores Soviéticos, donde asiste a cursos literarios junto a otro montón de juntaletras letrtaheridos, de variados orígenes, edades y experiencias vitales. Justo es el otoño en el que se le concede el premio Nobel a Boris Pasternak, autor de la celebérrima Doctor Zhivago, ante lo que la maquinaria de propaganda del estado soviético -de la que forma parte dicha Unión de Escritores- se pone en marcha para denigrarle como traidor y obligarle a renunciar al premio (cosa que acabó sucediendo). El protagonista asiste a todo entre la distancia que le da su extranjería y la perspicacia de verle las costuras al régimen soviético, aunque más preocupado, en realidad, por sus cuitas amorosas y por el posible enfriamiento de las relaciones entre Albania y la URSS, algo que, sin duda, no puede sino afectar a su estancia en Moscú.

Debo decir que, en un principio, el argumento de esta novela no me interesaba demasiado, pues parecía que iba a ser más que nada una sucesión mejor o peor hilvanada de impresiones o recuerdos sobre su estancia en la Unión Soviética (pues, realmente, Kadaré estuvo estudiando y residiendo en el Instituto Gorki durante esa época), pero, ay, amigues, resulta que no sólo la novela está mucho mejor hilada de lo que sugería al comienzo y hay una relación causal, aunque no obvia, entre sus diferentes capítulos, sino que uno (yo) empieza a leerla y no puede dejarla. Porque Kadaré escribe de maravilla, mezclando las observaciones y reflexiones de "anónimo" protagonista, con límpidas descripciones y retratos fulgurantes, casi caricaturas con dos trazos de la fauna literaria o aspirante a serlo de la que está rodeado (de quienes he de admitir que no tengo ni idea, salvo que algunos sí que existieron de verdad, según San Google, mientras que de otros no he encontrado constancia), bañado todo con un aura de melancolía, pero también con un sentido del humor, en una variante de sorna más o menos suave, que lubrica la narración y ayudan a transitar por las partes más taciturnas e incluso trágicas. Sin olvidar, ya digo, que el magnífico dominio narrativo que demuestra Kadaré permite una lectura más ágil e intrigante de lo que podía esperarse en un principio.

En fin, que no hace falta estar superinteresado en la literatura albanesa o soviética, o en las vicisitudes políticas de la época postestalinistas para disfrutar de esta, para mía, al menos, absorvente novela, y cuanto antes, mejor, no sea que en unos días le den el Nobel a don Ismaíl y ya lleguemos tarde. Que sólo con este libro ya se lo merece más que el Murakami malo o el farsante de Michel, ya os lo digo yo...

Más libros de Ismaíl Kadaré reseñados en este blog: Las mañanas del café Rostand, La pirámideLa muñecaAbril quebradoRéquiem por Linda B.El Palacio de los SueñosEl cercoEl accidente 


viernes, 24 de junio de 2022

Emigración, exilio y literatura: tres puntos de vista

Emigración, exilio y literatura. Tres palabras unidas desde hace siglos. Caminos que llevan de Europa a América, de América a Europa, de África a Europa o América, de una parte de Europa a otra, de América del Sur a Norteamérica, etc. y que sirven, también, para abrir vasos comunicantes entre diferentes literaturas.

Sobran los motivos: académico-formativos, económicos, políticos... Autores de "familia bien" que a fines del XIX y comienzos de XX llegaban a Europa en viajes iniciáticos, autores que huyeron del terror (nazi, soviético, de las diferentes (o quizá son versiones de lo mismo) dictaduras latinoamericanas, de la represión franquista, etc), autores en busca de nuevas oportunidades, de nuevas experiencias o sencillamente de una vida mejor. Unos regresaron en loor de multitudes mientras que otros jamás regresaron. Algunos encontraron el éxito al tiempo que otros se contentaron con sobrevivir. Autores que encontraron la vida y autores que no pudieron huir de la muerte.

Martí, Zweig, Cortázar, Rubén Darío, Benedetti, Sarduy, Tsvetáyeva, Roth (Joseph), Kis, Assia Djebar, Kadaré, Conrad...Hay de todo, la verdad. Lo que personalmente más me interesa es la incidencia que la emigración o el exilio tienen en el autor y su obra. Para ello recurrimos a tres autores que residen fuera de su país de nacimiento y que continúan la "tradición" latinoamericana de emigración y exilio: Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela), Edmundo Paz Soldán (Bolivia) y Gerardo Fernández Fe (Cuba). Mi agradecimiento a los 3 por su amabilidad y sus jugosas respuestas.  Estas son 

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ULAD: A modo de introducción, ¿qué os lleva a residir fuera de vuestros respectivos países de nacimiento?

RBC: Un cansancio que se fue acumulando con los años, motivado por el conflicto político, el atasco en que estaba (y está) la batalla política. Y también porque la vida cotidiana se hacía cada vez más precaria y exigente. No me veía escribiendo y leyendo como quería hacerlo, en esa situación. Así que a mediados de 2015 me postulé para un doctorado en Francia y lo obtuve.

EPS: Cuando salí del colegio en Bolivia era 1984 y sufríamos una hiperinflación terrible. Las  universidades se abrían por unos días y luego se cerraban con huelgas largas. Mis padres decidieron enviarme a estudiar a la Argentina. En 1988 me fui a estudiar a los Estados Unidos (Alabama) con una beca para jugar al fútbol. No salí con vocación de no volver, pero una vez afuera me fui quedando.

GFF: Siempre he dicho que soy un caso atípico. Muchos de mis colegas de universidad y otros tantos del gremio de las letras huyeron apenas pudieron, buena parte recién terminados los estudios o, cuando más, antes de cumplir los 30 años. Esto es algo con lo que los cubanos convivimos desde hace más de cuatro décadas, desde que se produjo la huida de 125,000 personas por el puerto del Mariel. Antes también hubo partidas, pero más bien a cuentagotas.
  
Soy un caso atípico, insisto. Tuve hijos siendo bastante joven; el primero con apenas 25 años y una niña tres años después, de manera que me sumergí en el trabajo que tenía, que no era malo, y en la familia. Por esa época escribí Cuerpo a diario y El último día del estornino, pero sobre todo me alejé del mundillo literario y disfruté mucho de la infancia de mis hijos. Vista desde lejos, fue un momento en el que ni leí ni escribí lo que hubiera deseado, pero, ya te digo, tengo un lindo recuerdo de la dinámica en casa y de la manera en que los niños retribuyen a diario con mucho amor.

Una aventura como la que mencionas no estaba en mis prioridades. Entonces creía que se podía hacer como Enrique Lihn o Raúl Zurita, que realizaron viajes fuera de Chile, pero nunca se exiliaron. Tampoco se me habría ocurrido volar y dejar a mis hijos y mi esposa atrás, como ha tenido que hacer tanta gente para salvarse o para no terminar en una prisión. Eso, sin contar el apego a mis padres, que siempre fue muy fuerte. Por eso digo que soy una variante atípica del emigrado, ni mejor ni peor, solo que me salgo del patrón de desespero con el que muchos cubanos han asumido ese cambio definitivo. Y aquí hay que aclarar que durante mucho tiempo irse de Cuba significaba irse para siempre, perder el legítimo derecho de regresar a vivir a tu país. Yo no quería eso. 

Ahora, un día recibí una citación para una entrevista con un oficial de la Seguridad del Estado, la policía secreta, una institución creada a imagen y semejanza de la Stasi de la Alemania oriental, que siempre ha movido los hilos de la vida en Cuba. Yo trabajaba en una agencia de viajes francesa, en aquellos tiempos éramos medianamente autónomos (luego supe que los controles por parte del MINTUR arreciaron), apenas una vez al mes tenía que pasar por una de las grandes corporaciones del turismo dependientes del estado, a pagarles, por cierto, y bien caro, por el derecho a operar dentro del país. Tenía una situación estable, tranquila. Pero en paralelo llevaba un tiempo colaborando con Penúltimos días, un blog ya desaparecido, muy interesante y bien nutrido, creado desde Barcelona por el escritor Ernesto Hernández Busto. Hablo de una página que por un tiempo fue el azote de la política cultural en la isla. El ciudadano de a pie no tenía entonces acceso a internet, como ocurre hoy, pero sí los gerifaltes de la cultura y de la policía política, cuyo vínculo siempre ha sido muy estrecho. Entonces les bastaba conectarse y revisar: ahí estaban mis textos, sobre todo uno que supongo que fue el detonante. Era una crónica sobre mi viaje a Praga 40 años después de la entrada de los tanques soviéticos y donde cuestionaba además la alineación de Fidel Castro a aquella invasión. (https://revistaelestornudo.com/praga-la-habana-numero-redondo/).

Un poco más un mes más tarde ya me estaban citando para una oficinita discreta detrás de la unidad de la policía de mi barrio… a mí, que jamás había tenido que ir a una estación de la policía para nada. En teoría querían saber sobre el desempeño de la agencia de viajes, en donde desde 1996 promovíamos alquileres en casas particulares en contra de las directrices de las autoridades del turismo. Sin embargo, yo ya me olía cuál era su trasfondo. Me decían que querían saber más sobre mi jefe francés, quien hacía años que no visitaba la isla y que —esto me daba mucha gracia— no se ajustaba para nada al modelo del europeo que viaja en busca de aventura, alcohol, fiesta, sexo y todo lo demás. Ese hombre, que además era mi amigo, más bien rechazaba todo lo que tuviera que ver con Cuba y, así me lo confesó con dolor un día, por la duplicidad de rostros y el don del murmullo con los que viven todos cubanos, obligados a callarse lo que piensan, y por el afán de beneficio material inmediato que se respira en la mayoría de los casos. 

En dos palabras, en todo momento supe que el objetivo era yo, que estaba siendo objeto de un plan de “crecimiento” muy parecido al de las sectas. No había que ser muy sagaz para darse cuenta de que me querían “trabajar” a base de presiones para que colaborara de manera continuada con ellos. (Hay un mito urbano que dice que dos de cada tres cubanos colaboran de alguna manera con “El Aparato”; es muy truculento y triste todo, quien ha vivido toda su vida en democracia no lo puede entender, mi propio jefe y amigo no daba crédito). 

Recuerdo que ese día regresé a casa convencido de que había llegado el momento. Por entonces ya había iniciado los trámites para obtener la ciudadanía española por la condición de mis abuelos; solo quedaba esperar. Mis hijos tenían 9 y 12 años. Y ¿sabes qué? —esto ahora me da gracia, pero es terrible— hubo personas en mi familia que cuestionaron mi decisión: no veían con malos ojos que yo conservara mi buen trabajo y que colaborara en secreto con la Seguridad. Poco después nos fuimos a Quito, la primera ciudad donde un buen amigo me ofreció amparo y hasta trabajo.

ULAD: Como autores emigrantes o exiliados (según el caso), ¿es posible construir una obra personal que no lleve esa marca?

RBC: La etiqueta «autor exiliado» ya de por sí es problemática. Aunque su primera acepción es bastante amplia, «separación de una persona de la tierra en que vive», la palabra exilio está cargada de unas connotaciones de persecución política que no aplican en mi caso. Dicho eso, veo muy difícil que lo que estoy escribiendo ahorita no pase, de una u otra forma, por ese terreno que vincula literatura y exilio. Y más en el caso del exilio venezolano, que es una experiencia tan reciente.

EPS: El lugar te marca incluso cuando no te marca. Tu lenguaje y forma de percibir las cosas van cambiando inevitablemente, se empapan del nuevo espacio. Cuando regreso a Bolivia la miro y percibo de otra manera, pero eso no significa que vea los Estados Unidos de manera “natural”. Mi mirada es extrañada, algo desarraigada, y eso creo que sirve para la escritura: que nada te parezca normal, que el mundo te parezca un lugar extraño. 

GFF: Siento demasiado respeto por Gastón Baquero, por Cabrera Infante, por Celia Cruz —a quien, por cierto, no le permitieron regresar para acudir al velorio de su madre— y por cientos de miles de exiliados “sin nombre” que tuvieron que irse con una muda de ropa, perdiéndolo todo atrás, como para hablar yo con tanta contundencia de “exilio”. ¿O será que hay diferentes modalidades de exilio, una por cada experiencia? Hace 30, 40 años todo era mucho más difícil para el cubano que decidiera huir de aquel proyecto grandilocuente, aunque ahora mismo no son pocos los casos de exiliados a los que no se les permite siquiera asomarse de visita por su propio país. Son desterrados en el siglo XXI.

En fin, no creo que mi condición aparezca, al menos hasta ahora, en mi trabajo. Todavía vivía en La Habana cuando escribí El último día del estornino, y ya entonces me había propuesto una literatura lo menos apegada posible a la condición insular y lo más lejana posible de los tics, los escenarios y las demandas de buena parte de la literatura cubana, esa que tan bien se ha vendido en el mercado editorial español. Son una convicción y un método que, como sabes, apliqué a Hotel Singapur, una novela que pudo haber sido escrita por un cubano en Tasmania.

ULAD: ¿Funciona la literatura como "cicatrizante" de las heridas o sirve para hurgar más en ella?

RBC: Siguiendo esa imagen, creo que la literatura debería ser como esa uña nerviosa que rasca y rompe la costra junto cuando la herida comienza a cicatrizar. Ese gesto que todos hacemos y que nos enfrenta ante el enigma del dolor y el innegable placer estético de una gota de sangre.

EPS: Escribí una novela de la nostalgia (Río Fugitivo, 1998), que ambienté en el último año de mi vida en Bolivia (1984). Fue una forma de hacer las paces con el país que dejé atrás. Pero las paces nunca están hechas del todo, cualquier cosa reactiva el desgarro de no ser más parte activa de esa vida que dejaste atrás. Vives una vida paralela en tu cabeza, habitada por ese camino que no seguiste.

GFF: Yo entiendo la literatura como ahondamiento, como martilleo implacable en determinados temas. A partir de ahí, lo que uno escribe debería percutir no tanto en las heridas del exilio en particular, como en las de la condición humana. El paso del tiempo, el desamor, la vejez, la soledad, la traición, son situaciones que nos competen a todos. En el exiliado pudieran ahondarse, claro está, pero no creo que se le deban conferir a este sujeto atributos exclusivos. Un exiliado no está en peor situación que un perseguido en su propio país o que un sujeto carcomido por dentro y por fuera, que vive en la casa que lo vio nacer, que se cae a pedazos, y para quien no hay futuro ninguno. Dentro de Cuba hay miles, varios millones de exiliados. Alguien llamó a ese fenómeno insilio.

En realidad, tiendo más bien a aligerar lo que desde hace mucho tiempo ha sido explotado como “el drama del exilio” en sentido general. Creo que por salud mental hay que huir de las sensaciones que se desgajan de esa escena de la familia italiana en el Nueva York de los años 40 que el cine tanto ha explotado. Y para un escritor es una situación resbaladiza, si no tiene cuidado puede caer en la tontería y el lagrimeo.

ULAD: ¿Creéis que vuestra obra sería diferente de permanecer en vuestros respectivos países de nacimiento? ¿En qué puede notarse la influencia de la emigración o el exilio?

RBC: Claro, sería diferente. Pero esta es una consideración que aplica para cada aspecto de la vida en su relación con la literatura. Cada decisión, incluso la más cotidiana, modifica a futuro la obra de un escritor. Son tantas las posibilidades que no sabría decir dónde están los rasgos diferenciales.

EPS: Estando afuera mi lenguaje ha cambiado gracias a las influencias de otros latinoamericanos con los que me relaciono y de los que me presto palabras y giros idiomáticos, y también por el inglés, que está al lado e impregna la sintaxis, el vocabulario, etc. Percibo el mundo de otra manera debido a los tantos años en la distancia, escribiendo en un lenguaje que aquí no es el dominante. Todo lo que está en el aire me cambia incluso cuando conscientemente quiero resistirme a esos cambios. Si me hubiera quedado en Bolivia también habría cambiado, pero de otras formas.

GFF: Creo que esto te lo respondí antes. No, no sería muy diferente, pues ya antes de salir de Cuba pretendía atomizar mis voces y moverme a locaciones muy variadas, al menos dentro de la ficción. Si estuviera todavía en La Habana creo que mis lecturas y mi escritura seguirían tendiendo al cosmopolitismo y a la rarefacción con respecto a “lo cubano”, ese cliché tan barato. Pero, la verdad, no me veo viviendo en La Habana, y mucho menos ahora.


ULAD: ¿Puede hablarse, en el caso de vuestras literaturas nacionales, de una literatura del "interior" y una literatura del "exterior" o del "exilio" o es un cliché sin sustento alguno?

RBC: Creo que sí puede y debe hablarse de una literatura que se escribe en Venezuela y una literatura escrita por autores venezolanos que no viven en Venezuela. Negarlo es, de alguna manera, negar el mayor trauma desde nuestra independencia, que es este desgarro y fragmentación del país que ahora estamos viviendo. No obstante, es cierto que es una distinción muy poco instrumental porque no todas las novelas (por referirme al género más popular) reflejan necesariamente el lugar desde donde fueron escritas. Ahora bien, lo que me parece inútil y falso es establecer una jerarquía entre ambas modalidades, porque más bien se complementan.

EPS: Hay muchos escritores bolivianos afuera, pero todavía no encuentro las características específicas que los define. Ese estudio está por hacerse.

GFF: Creo más bien que ese es otro cliché. Hay buena y mala literatura cubana, y ambas son producidas tanto dentro como fuera de aquel estado policial. Luego habría que estudiar de qué manera se le ensancha la visión al escritor que huye y se mueve por diferentes latitudes, pero siempre teniendo en cuenta que Kant, Flaubert y Lezama Lima prácticamente no salieron de sus barrios, y mira qué obra hicieron. También habría que analizar de qué modo se relaja el escritor (y el ser humano en general) desde el momento en que deja de ser tutelado por un partido y por las normas reductoras de un estado totalitario. Eso: de qué manera “entramos en libertad”, un sintagma que no deberían banalizar quienes siempre han vivido en democracia, y sobre todo cómo uno se va despojando de sus viejos miedos. Lo que no quiere decir que no aparezcan otras angustias de diferente calado.


ULAD: ¿Alguna vez os habéis planteado escribir en vuestra lengua de "adopción" (en el caso de Rodrigo Blanco nos referimos al francés, por los años que vivió en París)?

RBC: No. Quizás, de haberme quedado a vivir en Francia, pudiera haberlo intentado como un experimento o un juego. Pero toma una vida entera aprender a escribir en el propio idioma.

EPS: No. A veces traduzco cosas mías, pero tardo mucho en hacerlo, me da pereza, y vuelvo al español.

GFF: ¡Jamás! Eso es para Conrad, Nabokov y otros pocos. Yo no tengo lengua de adopción. Vivo en Miami, una ciudad muy demonizada, por cierto, por la intelligentsia de izquierda europea, y no experimento ninguna vergüenza por ello. Hace unos años, siendo profesor, tuve un alumno adolescente, hijo de dominicanos, cuyo padre les prohibía, a él y a sus hermanitos, hablar en español en casa; decía el buen hombre que ya no les hacía falta. Imagínate, habían llegado a la Tierra Prometida y para el cabeza de familia, a quien felizmente nunca conocí, el pasado era desechable y la lengua de adquisición era superior. 

Apenas llegué a Estados Unidos me empeñé en que para mis hijos el inglés fuera una herramienta perfecta para encaminarse (como para mí lo fue el francés, simplemente un utensilio), pero solo eso, y que el español no dejara de ser su lengua real, tan rica en sonidos y en matices… Y creo que lo logré.

ULAD: Puestos a elegir un autor exiliado que destacaríais, ¿quién y por qué?

RBC: Elegiría a Rubi Guerra. En primer lugar porque, aunque sigue viviendo en Venezuela, su experiencia de lucha contra enfermedades, precariedades económicas y la violencia imperante demuestra que no hace falta irse de Venezuela para sentirse desterrado. El chavismo ha hecho de los venezolanos unos extranjeros en su propia tierra. Y, en segundo lugar, porque la calidad de la obra narrativa de Rubi Guerra es incuestionable. Su obra está allí, brillando con la discreción propia de su autor, esperando que un editor español con sangre en las venas lo descubra y lo publique.

EPS: Como dice Bolaño poniendo el ejemplo de Kafka, a veces no es necesario irse a ningún lugar para sentir que el destierro está presente en una obra. César Vallejo ni siquiera había ido a ninguna parte y ya miraba todo con extrañeza en sus primeros textos. Irse a Lima lo asfixió aun más, el dolor estaba en cada una de sus líneas. París completó el gran viaje del desterrado.

GFF: Como infiero que hablas de autores del patio, me debato entre Lino Novás Calvo, escritor cubano nacido en Galicia, como mi abuelo Sixto, mira tú, que vivió al menos tres exilios; y Lorenzo García Vega, un tipo torpe que se anticipó a muchas cosas, por una parte al conservadurismo y la mojigatería del grupo de la revista Orígenes, donde creció como escritor hasta zafarse, y por la otra a la astringencia
del estado totalitario en que mutó casi al acto la revolución verde olivo. García Vega llegó a Madrid en 1968 y, el mismo día en que se conocieron, Antonio Buero Vallejo le advirtió que tuviera mucha cautela, pues no se veía bien en el mundillo literario proferir alguna crítica contra el sistema político imperante en Cuba. Poco después un editor español que recién había llegado de una visita a la isla le aseguró que las posibilidades de publicar en Madrid para un exiliado cubano eran mínimas.

Y luego, Lorenzo fue un escritor que jamás miró ni de reojo al mercado editorial y para quien no significaba nada vender cada vez más ejemplares, algo que nunca se propuso. Supo retratar además por diferentes vías lo que él mismo llamó “el destartalo cubano”. 

Todo de lo que ha ocurrido en estos 70 años, desde que Fulgencio Batista ignoró la Constitución y ultrajó la República, puede resumirse en ese sintagma.