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domingo, 2 de marzo de 2025

Svetislav Basara: La leyenda de los ciclistas

Idioma original: Serbocroata 
Título original: Fama o biciklistima
Año de publicación: 1988
Traducción: Juan Cristóbal Díaz
Valoración: Fuera de concurso


Sí, emosido engañado. O si no, ¿cómo explicar que un libro titulado La leyenda de los ciclistas no hable de la vida y milagros de Coppi, Bartali, Merckx, Hinault, Indurain y compañía? 

¡Y eso que Eddy Merckx fue miembro de la Agrupación Sudoriental de Ciclistas Evangélicos! ¡Y eso que en el libro hay unas cuantas bicicletas! Pero esto no es lo que parece porque hoy hablamos de un libro "raro" de un yugoslavo "raro", valga la redundancia.

Si hacemos caso del prólogo del propio autor, escrito 20 años después de la publicación original del libro (¿quién soñaría este prólogo?), la leyenda es una novela sobre errores humanos y frustraciones en la tarea de dedicar esfuerzos inútiles al olvido de Dios y a burlar a la muerte. Por sí solo, esto no parece demasiado extraño. En cambio, la cosa se tuerce si digo que se trata de una recopilación de textos de la sociedad secreta de los ciclistas rosacruces que engendra una suerte de doctrina ciclista esotérica. ¿O no?

Así que tenemos, por un lado, una sociedad secreta cuyos seguidores se reúnen en sueños y que pretende, o eso parece, la penetración en el mundo de tal magnitud de fuerzas irracionales del espíritu que aquel acabe purificado por un fuego salvífico. Y tenemos, por otro lado, una serie de textos (manuscritos, testimonios, diarios, proclamas, proyectos) e imágenes que vendrían a constituir el cuerpo histórico y doctrinal de la sociedad de los hermanitos.

Y es inevitable acordarse de Borges, de Pynchon o de Cartarescu (también Kadaré) al leer un texto en el que las fronteras espaciotemporales saltan por los aires, al avanzar en una novela plagada de mistificaciones, aporías, referencias cruzadas, teorías a cual más loca o más cuerda, personajes que se desdoblan, espejos, etc. Posmodernismo puro y duro, vaya.

Lo que creo que diferencia a Basara de los autores citados es el humor. Hay mucho de burla, de ironía, de desmitificación o de absurdo en La leyenda de ciclistas. Ya los textos que abren la novela (el de Carlos el Feo y su esbirro Grosman) dan buena idea de lo que vendrá después. Otro ejemplo: 
La perspectiva de un hombre de cincuenta años ataviado con un polvoriento atuendo deportivo debía de llamar la atención. Tal vez fuera mi aspecto atractivo lo que inclinó la balanza a la hora de salir elegido como profeta: resultaba verdaderamente llamativo. Los profetas están llamados a profetizar y el pueblo a perseguir a los profetas. Así funciona el mundo.
Más. El carácter fragmentario de libro hace que el interés de los diferentes textos que lo componen sea, casi de forma obligatoria, algo desigual. Historias como la del ultimo caso de Sherlock Holmes o como la del arquitecto encargado de reparar la Catedral del Espíritu Santo, destrozada por la policía nazi (valga la redundancia) del sueño resultan tan sesudamente divertidas como áridas son las partes centradas en los postulados filosófico/ esotéricos de Kowalski y compañía.

Para terminar, solo queda decir  que es innegable que La leyenda de los ciclistas no es un libro apto para todos los públicos. Quien quiera una historia lineal con planteamiento, nudo y desenlace, quien busque entretenimiento y no pensar demasiado o quien pretenda echar un ratejo leyendo que se vaya buscando otro libro. Pero quien guste del riesgo y los artefactos literarios, quien piense que la realidad es un simulacro, la existencia una ilusión y la literatura la ilusión de una ilusión, seguro que disfruta de este delirio yugoslavo.

P.S.: Ya lo comentábamos en la reseña de El ángel del atentado, pero no está de más insistir: no tiene que ser nada fácil traducir y corregir un texto como este. Creo que traducción y corrección están muy logrados. Y la edición del libro es muy pero que muy chula.

También de Basara en ULAD: El ángel del atentado

jueves, 27 de junio de 2024

Slobodan Šnajder: Los años de bronce

Idioma original: Serbocroata
Título original: Doba Mjedi
Año de publicación: 2015
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Valoración: Muy recomendable

Las malas lenguas de este blog, que haberlas haylas, me acusan de forma infundada de cierta afición por escritores "yugoslavos" raros. ¡Pues os vais a cagar!

Porque esta vez traigo la novela de un autor croata perteneciente a la minoría de origen alemán que se trasladó a Eslavonia (lo que hoy sería la parte este de Croacia) a finales del siglo XVIII y que habla, al menos en su parte central, de la experiencia de uno de los miembros de esa minoría durante la Segunda Guerra Mundial.

Se trata de una novela de casi seiscientas páginas con las que el autor recorre más de doscientos años de historia europea, si bien el grueso de la acción transcurre entre 1942-1948 (aprox). y su principal protagonista  es Georg/Djuka/Jurej/Yuri Kempf, joven croata de origen alemán que será alistado a la fuerza en las Wafen-SS. 

Voluntario involuntario, alemán que no es 100% alemán, croata que no es 100% croata... toda esa extrañeza le perseguirá durante toda su vida y hará de él un individuo sometido a los azares del destino y de la Historia en tiempos convulsos. Porque la historia no conoce la categoría de justicia y no padece de misericordia. De ahí una de las principales reflexiones a las que nos lleva la novela: ¿qué proporción de fieles, de conversos o de meros supervivientes constituyen movimientos como el fascismo, el nacionalismo o el comunismo?.

Kempf era una decepción en todo. En opinión de los suabos locales, era un mal alemán; en opinión de los "frankistas" croatas, era un mal croata. En opinión de los comunistas, no era nada..

Más allá de lo anterior, la novela posee innegables reminiscencias bíblicas. La llegada del primer Kempf a Eslavonia semejando la huida de los israelitas de Egipto, ideologías que funcionan como nuevos credos y sobre todo la culpa, esa marca de Caín que persigue a Kempf durante su juventud y madurez, son los mas claros ejemplos de esos ecos fundamentales para entender la novela.

Esto no quiere decir que sea una narración 100% clásica. Snajder introduce elementos "modernos" en la narración (una especie de coro de tragedia griega, fragmentos que lindan con el realismo mágico, pasajes más líricos, fábulas, etc) que lo separan de autores que han tratado temas similares de manera mas "áspera" como el gran Aleksandr Tisma.

Quizá lo único que se le pueda achacar a la novela es una cierta desproporción entre la "parte Segunda Guerra Mundial" y la "parte Yugoslavia de Tito". Obviamente, los primeros son los años de formación y las experiencias vividas en ellos constituyen el quid de la novela, pero seguro que frikis proyugoslavos como un servidor (gentes, aquella Jugoplastika de Split hizo mucho daño) se quedan con ganas de más.

Sea como fuere, Los años de bronce es una magnífica novela, con buenas historias y buenos personajes. ¡No la dejéis pasar!

lunes, 13 de febrero de 2023

Lana Bastašić: Dientes de leche

Idioma original: serbocroata
Título original: Mliječni zubi
Traducción: Pau Sanchis Ferrer (en catalán para Edicions del Periscopi y en castellano para Sexto Piso)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable


Me sorprendió la anterior novela de Lana Bastašić, «Atrapa la liebre», por su estructura críptica estrechamente paralela a «Alicia en el país de las maravillas» así como por su ambición, pues era una novela que cubría un amplio espectro no únicamente a nivel metaliterario sino también a nivel histórico con la guerra de Yugoslavia como telón de fondo. El inicio de la carrera de la autora serbo bosniana era altamente prometedor, y debido a que la ambición fue algo que lastró parcialmente la novela tenía mucha curiosidad en saber cómo se desenvolvía la autora en el género del relato corto, un género que requiere de una gran precisión y concisión para centrar la idea principal sobre la que pivota el cuento y explorar única y solamente lo pretendido.

«Dientes de leche» consta de doce relatos cortos de entre diez y quince páginas cada uno, en los que la autora nos adentra en una atmósfera oprimida, cerrada y triste. En los diferentes cuentos, a excepción de alguno de ellos situados en otras décadas cercanas, uno puede trasver en los diferentes personajes la marca que dejó la guerra de Yugoslavia en sus habitantes, ya sea en los propios adultos como participantes directos del conflicto, pero también y especialmente en la vida de los niños que crecieron en ese ambiente. De esta manera, los relatos recogidos en este recopilatorio muestran la dura infancia de los niños que vivieron la guerra en su edad más tierna, una infancia fría, distante y con pocos medios económicos y afectivos. Ellos son los principales protagonistas y los grandes damnificados de un conflicto que se produjo durante su más inocente etapa vital. Por ello y a raíz de esa situación, son niños desprotegidos, casi olvidados por unos padres que centran su atención en otras cosas que a menudo parecen nimias e insignificantes, pero que quizá sean lo suficientemente importantes para ellos pues les permiten olvidar o distraerse de una guerra que les pasa por encima y que probablemente no comprenden. Y los hijos, apartados del núcleo familiar, son los grandes olvidados pues a menudo su presencia se percibe como una molestia y crecen solos en unos hogares en los que el amor y el cariño no existe, tan solo se preocupan de la supervivencia y la posibilidad de conseguir que pase otro día sin que los castigos o las amenazas sobrevuelen ese ambiente cargado, hostil y encerrado como lo son sus propias vidas. Así, en un escenario en el que los niños quieren a sus padres a la vez que los temen, perciben que entre ellos no hay amor sino frialdad y se sienten en gran parte responsables de ser los causantes de esta tirantez y tensión familiar aún y siendo los grandes perjudicados.

Como en todo recopilatorio de relatos, el conjunto muestra una cierta irregularidad aunque en este caso no a nivel argumental, pues todos giran en torno a los temas anteriormente expuestos, sino en cuanto al logro en su consecución, al impacto que causa su lectura. Por ello, destacaría principalmente «El hombre en la luna» (en el que el inminente aterrizaje del hombre en la luna ejerce de factor de distracción de una familia fría, distante, violenta y opresiva hacia los hijos), «La última cena» (en el que la autora retrata el desapego familiar afirmando que «padre no nos mira demasiado. Mirar es cosa de madre. Es ella quién sabe mejor lo que necesitamos»), «Ácido» (que retrata con extrema dureza la frialdad ante la violencia, rozando la psicopatía al narrar una situación en la que la protagonista idea un juego que consiste en sacar unos peces del agua con el objetivo de que «el pescado que aguantara más sobre la mesa ganaría. Pero había otra cosa: el poder que sientes mientras tu mano se hunde en el agua viscosa y los dedos que se cierran sobre el desgraciado chiquitín»), «El hada de los dientes» (en el que la autora nos transmite los miedos e inseguridades de los más pequeños, narrando como una niña deja un diente bajo la almohada para que el hada le deje dinero, pero en lugar de transmitir calma nos transmite angustia al afirmar que «al hada le gusta cogerme las manos. El hada es grande y la sombra de proyecta en la pared (…) le gusta cogerme las manos. Tengo frío. Quiero taparme pero entonces sabría que no duermo. No quiero que se cabree (…) Yo no tengo un hada buena. Quiero que venga la abuela, pero la abuela está muerta. Quiero que venga mi madre, pero mi madre duerme. Mi madre siempre duerme. Quiero que el hada se meta en la lavadora. Que se ahogue»).

De esta manera, con este conjunto de relatos la autora parece querer explorar nuevas vías estilísticas y argumentales que la acercarían a Țîbuleac (especialmente en «El jardín de vidrio») o incluso a la gran Kristof (especialmente en el relato «Ácido» por narrar con gran violencia la una absoluta frialdad y falta de compasión de una niña). A pesar de que en algunos cuentos le falta cierta redondez y conseguir encontrar un buen argumento, algunos de ellos sí tienen una gran potencia e impacto. Por ello, es innegable afirmar que es algo valiente y bueno que Bastašić quiera adentrarse en nuevos territorios más duros, más crudos y acercarse así a una visión de la infancia menos idílica de lo que estamos acostumbrados. 

Dice Lana Bastašić que «algunos dolores son buenos. Son aquí para recordarnos que existe el dolor». De la misma manera, la lectura de estos cuentos sirve para recordarnos que la tristeza, la congoja y la soledad existen y que, a veces, los niños, los seres más inocentes, frágiles y desprotegidos que hay, son quienes más lo padecen. Aunque sea en el más absoluto de los silencios.

También de Lana Bastašić en ULAD: Atrapa la liebre

jueves, 5 de mayo de 2022

Ognjen Spahic: Hijos de Hansen

Idioma original: Serbocroata
Título original: Hansenova djeca
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año de publicación: 2004
Valoración: Recomendable

La última leprosería de Europa, situada en un rincón perdido de los Cárpatos, y el año 1989 son los escenarios espaciotemporales elegidos por el montenegrino Ognjen Spahic para situar los terribles sucesos que tienen lugar en este "Hijos de Hansen". Ni el espacio ni el tiempo son baladíes: aquel por ser un mundo cerrado, oscuro y aislado (todos somos un mismo cuerpo que vive la enfermedad, duerme con la enfermedad y muere por ella), este por tratarse de los últimos meses del régimen de Nicolae Ceaucescu (y esposa), ambos por funcionar como metáfora del siglo XX en Europa del Este.

Porque aunque el "texto principal" transcurre en la leprosería y alrededores, el "subtexto" histórico-político es evidente  y extensible a toda la región, y a la putrefacción física se une la putrefacción moral que genera una dinámica de sucesivas y variadas violencias dirigidas contra las minorías más vulnerables. En fin, un continuo "dejà vu" tristemente de actualidad.

Como podréis imaginar, "Hijos de Hansen" es una novela claustrofóbica y oscura, referencias bíblicas incluidas, en la que apenas se observan leves destellos de esperanza, especialmente en la historia de amistad de sus dos principales protagonistas. 

Tres son los aspectos más destacables de la novela: su lado sensorial (texturas, olores, sabores), la recreación de ese ambiente opresivo  y el brutal contraste entre la crudeza / violencia y la belleza / poesía de las imágenes que construye Spahic. 
"(...), en los últimos años semejantes recuerdos suscitaban cada vez menos emociones. (...)deambulaban por mis pensamientos como la última manada de una treintena de bisontes en los bosques septentrionales de Polonia"

En este sentido, la primera mitad de la novela me recuerda a clásicos balcánicos como Danilo Kis o Aleksandr Tisma, gracias a esa mezcla de poesía y crudeza y a la inserción de los destinos individuales en el curso de la Historia. Por el contrario, la segunda mitad de la novela, esa en la que la triste paz del leprosario explota, supone un giro radical y se convierte en algo mucho más "bestia" y acelerado, tanto es así que creo que a Spahic se le llega a ir la mano en ambos sentidos.

Pese a esto, "Hijos de Hansen" es una novela de una potencia brutal, aunque no siempre aprovechada del todo y no apta para estómagos sensibles.

P.S.: Hace unos días Santi reseñó el primer libro de un autor de Lietchenstein. Hoy es el turno de Montenegro. Ya nos quedan menos países "a conquistar".

jueves, 11 de junio de 2020

Lana Bastašić: Atrapa la liebre

Idioma original: serbocroata
Título original: Uhvati zeca
Traducción: Pau Sanchis Ferrer
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hay novelas que, a pesar de una aparente sencillez, contienen una amplitud temática y enfoque que hacen que destaquen por encima del resto o de la propia línea argumental. Porque el argumento de esta novela de Lana Bastašić puede inducir a una lectura rápida y superficial, pero sin duda se disfruta y se construye en la mente del lector de manera mucho más profunda de lo que aparenta. Porque siendo presentada bajo el reclamo de «Lewis Carroll y Elena Ferrante en un País de las Maravillas balcanizado» uno puede creer que estamos delante de una mezcla de altas pretensiones y difícil encaje. Y podría tener razón. Pero no si hablamos de Bastašić, pues la novela, en líneas generales, acopla los distintos elementos de manera orgánicamente cohesionada.

La historia empieza con un inicio intrigante, pues la protagonista, Sara, empieza a esbozar la relación de amistad que tuvo con Lejla; una relación forjada en la infancia que se antojaba infranqueable pero que, por motivos que se desconocen al inicio, se truncó hace doce años creando un absoluto vacío comunicativo. Hasta que una llamada de Lejla desde Mostar a Sara, informando que su hermano está en Viena y que tiene que acompañarla para verle, parece estrechar, no los lazos que las unían, pero sí el tiempo que las distanció. Este inicio es de los que enganchan de manera irremediable al lector, manteniendo un clímax altísimo para sostener un suspense que se sitúa en el centro de la narración y ejerce de polo magnético con el que atrapa al lector ya desde su comienzo.

Estructuralmente, la historia narrada por Sara en primera persona alterna el presente con el pasado y nos cuenta la evolución de la amistad entre Lejla y Sara; una amistad desigual, con Sara a remolque del fuerte carácter de Lejla, cegada por una idolatría hacia su amiga en quien ve alguien especial, alguien sobre quien Sara afirma que «pensé, con miedo, que siempre iría detrás de ti para intentar crecer de alguna manera, para conseguir alguna sabiduría intangible». Aquí se encuentra uno de los ejes de la novela, la relación desigual entre dos caracteres en apariencia antagónicos, que recuerda en gran parte a Ferrante y su «Amiga estupenda». Así, la narración en dos líneas temporales devuelve a Sara a su pasado, a pesar de todo, a pesar de casi no quererlo, pues como ella misma afirma «puede ser que para mí los recuerdos sean como un lago helado —turbio y resbaladizo—, pero de vez en cuando aparece una hendidura en la superficie por dónde meter la mano y aferrar un detalle, un recuerdo en el agua helada. Asimismo, los lagos son engañosos. A veces coges un pez, otras caes y te ahogas. Por experiencia sé que casi todos los recuerdos con ella son de este tipo. Por eso me esforcé durante doce años a no recordarlos». Estas dos líneas temporales convergen en un personaje común, que conecta pasado y presente, el causante del viaje que supone este relato: Armin, el hermano de Lejla, que despareció en medio de la guerra y que irrumpe de nuevo en la escena muchos años después. Él es el enlace entre ambas, el nexo de unión entre las dos, también tiempo después de su distanciamiento; es la tercera pata del triángulo que mantiene la estabilidad entre ambas, su punto común como afirma la propia Sara al decir que «él era la conexión indestructible que había entre nosotras, nuestra contraseña secreta que hacía que todo el resto (…) pareciese banal».

Con el objetivo inicial de encontrar al hermano de Lejla, Bastašić ha escrito una novela que se convierte de inmediato en un road trip de varios planos entremezclados, pues es un viaje vital al pasado de una vida y de una relación, pero también al pasado de una época y un territorio. Un viaje que empieza desde Mostar en una llegada densa y oscura, abrupta, en la que la propia protagonista se siente sorprendida cuando a las tres de la tarde ya es oscuro, empieza el viaje físico y vital. Una oscuridad que las acompañará, a nivel emocional a lo largo del viaje, en clara consonancia con la oscuridad propia de una tierra marcada por la guerra y que deja huella en sus habitantes. De esta manera, el trayecto que emprenden ambas amigas de relación tensa y cortante las acerca e intentar reconstruir, a través de diálogos y paisajes (terrenales pero también vitales), una vida, más que anterior, pasada, como si fuera otra vida, como si aquella tierra que tras años de olvido parecía casi un sueño, volviera de nuevo para penetrar en los poros de Sara e intentar hacerla comprender que los recuerdos son volátiles y cambiantes, que la visión de una niña o incluso una adolescente puede diferir si se analiza desde fuera, o desde la distancia que siembran los años. Y esta reconstrucción del pasado, que uno no sabe hasta qué punto es fiable, somete a Sara a un cuestionamiento sobre lo sucedido, sobre su versión del pasado, sobre su propia verdad.

No únicamente los recuerdos y la memoria son tratados en este libro, pues el peso de la guerra en la novela también es fuerte, incide en la identidad y carga el aire denso de un viaje en coche, porque la personalidad se forja a lo largo del tiempo, pero también se hiere, con recuerdos, con la lengua de una época que parecía olvidada y que ensucia el aire al utilizarla («miro el árbol y respiro poco a poco; no confío en el aire. Lo he ensuciado con mi lengua»). Así, con simplemente oír o pronunciar de nuevo su antigua lengua, Sara se transforma, recupera y rememora la chica que era hace años, en un acto reflejo inconsciente pero inevitable, en el que su personalidad se asocia a una lengua y a una tierra. Una guerra que para Lejla causa cambios de nombre, para pasar desapercibida, para aparentar lo que no se es, para tapar orígenes y esconder pasados. Y para Sara, cambiando de ciudad, de vida, para cambiar de identidad, para dejar atrás aquello que no se sabe asimilar, para reconstruirse partiendo de cero.

De esta manera, la llamada inesperada de Lejla ejerce de espoleta para iniciar esta historia de búsqueda, no únicamente del hermano, sino de una amistad, de una tierra, de un pasado; una búsqueda que las lleva a explorar su vida, recorriendo un tiempo y una tierra como cavando un túnel en la «madriguera» del conejo Carrolliano, sumergiendo la protagonista en un pozo oscuro que la llevará a explorar y redescubrir de nuevo su pasado. El ejercicio literario realizado por Bastašić es de una gran complejidad, pues utilizando elementos de la obra de Carroll (desde utilizar exactamente los mismos capítulos a sus múltiples referencias metafóricas e incluso textuales a «Alicia en el país de las maravillas») los utiliza para narrar su historia, una historia de dos amigas, pero también la historia de una tierra en un momento temporal realmente importante. Así hay varias capas de lectura que enriquecen el texto: guerra, identidad, amistad, recuerdos y memoria. Es, por tanto, un texto que requiere afrontarlo con la intención de explorarlo, para así poder cubrir todos estos aspectos.

Llegados a este punto es posible que penséis: con todo lo que contiene el libro en profundidad, en capas, en referencias, en estructura y planteamiento, ¿por qué no una mejor valoración? La respuesta es clara para mí, pero altamente subjetiva y radica en dos aspectos principales: la frágil sintonización con los personajes y el desarrollo de la trama. Y este último aspecto es, para mí, su principal punto débil: lo que en inicio es una virtud (la gran variedad temática que la autora pretende abordar) se puede convertir en un escollo si los temas que la autora quiere tratar pasan al primer plano y se deja algo de lado el mantener el interés por su línea argumental. Esta sensación se arrastra desde la mitad del libro y va in crescendo y a veces lo que se quiere explicar en capas más profundas no se sostienen plenamente en la capa argumental.

En cualquier caso, Bastašić ha escrito una interesante y profunda novela donde el territorio es más que un escenario, es el hogar (en su más profundo significado), el terreno donde Sara se pierde en más de una vez, como se pierde también en el camino que recorre a través de su memoria intentando encontrar las claves que den un sentido a un pasado que se hace cada vez más confuso a medida que avanza, intentando reconstruir un bildungsroman partiendo de una infancia, sobrevolando una adolescencia compartida y aterrizando en una edad adulta que comparte un poso de tristeza por la infancia desaprovechada, incompleta, perdida.

Hay que destacar el mérito de Lana Bastašić en escribir una novela que abre tantos frentes, plantea tantas capas de reflexión y establece paralelismos con otras obras, pues más allá de ciertas discrepancias, nos deja una novela que contiene mucho más de lo que una primera lectura puede sugerir y que reconozco haber estado tentado de empezarla de nuevo justo al terminarla para volver a sumergirme, como la propia Alicia, en las profundidades del mundo que contiene y conseguir así atrapar la liebre que se esconde, de manera escurridiza, en los recuerdos que albergamos.

También de Lana Bastašić en ULAD: Dientes de leche

domingo, 24 de mayo de 2020

Faruk Šehić: Cuentos con mecanismo de relojería

Idioma original: serbocroata
Título original: Priče sa satnim mehanizmom
Traducción: Miguel Rodríguez Andreu
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Es indudable que el paso de una guerra por un territorio deja secuelas por mucho tiempo, pues más allá de la muerte física de los fallecidos existe también una muerte emocional, una muerte en las aspiraciones de sus gentes; una muerte que nace en el pasado, pero que mata el futuro. Faruk Šehić es un claro ejemplo del impacto que dejan las guerras en un territorio, pues este conjunto de relatos es indisociable de su vida: nacido en 1970 en la República Socialista Federal de Yugoslavia fue reclutado a sus veintidós años por el ejército de Bosnia-Herzegovina y, ya terminada la guerra, estudió literatura y empezó a escribir poemas, novelas y relatos como el que nos ocupa.

Con esta trayectoria vital, parece inevitable que la temática abordada en los quince brevísimos cuentos que contiene este libro traten todos, de una manera u otra, sobre la guerra; en unas ocasiones hablando de ella a través de protagonistas como soldados, en otras a través de las voces de meros espectadores o víctimas colaterales como escritores, familias o seres solitarios, evidenciando que el impacto de la guerra se extiende más allá de los que luchan en ella, pues de una manera u otra todos deben luchar para sobrevivir y evitar la muerte (física o anímica).

De esta manera, el libro es una reflexión sobre lo que ocurre en los territorios donde transcurre un conflicto bélico y Šehić nos habla de ello con una prosa poética, visual, emotiva, tal y como queda evidente ya en el primero de los cuentos, «Los soñadores», donde el autor narra la relación entre dos amantes en un mundo efímero, que solo observa el presente y teme un futuro que quizá no llegue nunca, pero en el que el amor a los libros sobrevive a todo ello, incluso a ellos mismos, a su mundo, y así lo expresa uno de sus protagonistas al afirmar que «en algún libro continúa nuestra vida incansable. Allí nuestras palabras hacen el amor. Aquí ni el polvo siquiera tiene algo que hacer. Envejecemos, pero somos externamente jóvenes». También este supramensaje que emana del texto, de amor y trascendencia, se transmite en «La fábula de hierro» donde el protagonista afirma que «buscábamos amor por todas partes, cada noche levantábamos en vano piedra a piedra. Aquello que se nos arrebató en vida, durante cuatro años de guerra, quisimos reemplazarlo de cualquier manera, sin saber que eso nunca se puede suplir». Estos dos fragmentos son claro ejemplo del estilo del autor, profundo, bello y, a pesar de ello, contundente.

En otros relatos menos poéticos, la voz protagonista se sitúa en los combatientes, personas en las que el autor manifiesta el vacío y desesperanza, a veces utilizando altas dosis de escatología y sexo como mecanismo de evasión a la absurdidad y vacuidad en la que se encuentran (como en el relato «El rey de las mierdas») o desde el punto de un excombatiente en «El tiempo vuela» donde un antiguo soldado nos cuenta, tiempo más tarde, lo que recuerda de esa época y la fragilidad y sinsentido de sus vidas, que destrozaban día a día el futuro prometedor que auguraban de pequeños. Un futuro roto por una guerra difícil de olvidar, que pasaron bebiendo para ello, afirmando que «continuamos con la bebida. La noche prometía que nos olvidaríamos de la guerra, pero nos recordó que el tiempo tiene su propio ritmo, en el que la vida humana no interviene para nada».

Cambiando a menudo de registro, el estilo ecléctico de Šehić nos adentra, en ocasiones, a escenarios con aires futuristas, emulando escenas propias de Matrix o Blade Runner, en unos relatos en los que el autor transmite la fuerza del ocaso de una época, de ciudades perdidas, de rostros sin cara y almas sin esperanza, donde «todos los horrores diarios serán derramados sobre los sueños en el tiempo sordo de la noche» como afirma en «Matrix en Belgrado» o también escenarios donde un escritor se refugia en un sueño de un mundo futuro, con ciudades reconstruidas donde vive aún la esperanza. De igual manera, el autor también habla de la infancia, en ese precioso cuento que es «El retorno a la naturaleza», donde relata la ilusión de un enamoramiento fugaz, en esas aulas con olor a lápiz de madera y grafito, y a goma de borrar, y el recuerdo de una niña de aspecto trágico, alguien de quien afirma que «en su cara alguna vez vio cómo la muerte saluda desde el futuro».

De manera más breve e infrecuente, Šehić también nos habla de los escritores, del autor y la novela que crece dentro de él como apunta en «Un reloj de sangre y carne» y también en «Mi Atlántida privada» donde nos habla del poder de la literatura cuando todo se viene abajo, así como de los recuerdos que tiene de su padre y de cuando era pequeño, leyendo y disfrutando con otros mundos. Este tema aparece también en el posfacio que cierra el libro, donde el autor nos cuenta el origen de los diferentes cuentos y de su literatura e incluso afirma que la elección sobre qué incluir y qué descartar, sobre qué escribir y cómo hacerlo, pertenecen únicamente al escritor: «el escritor siempre decide las reglas del libro. Si escribes libros para que se desarrollen como le gustaría a otra persona, es mejor que dejes la literatura».

Por todo ello, la sensación que el libro deja en conjunto es de desesperanza y tristeza, pues el desánimo existente en la población que sufre una guerra es palpable, como en «La fábula de hierro» donde Šehić hace un afinado retrato de la desolación existente en la juventud de una sociedad castigada por la guerra, sin un futuro en el horizonte que les permite vivir más allá de cada día y cada noche. También en el relato «El hombre mutilado» aborda este tema, con un protagonista que espera que pase el tiempo, los días, intentando soñar en que un día salga el sol y pueda volver a vivir y ser feliz o en «La reunión», donde los protagonistas van a ver las estrellas y el cuento aprovecha este trayecto para recordar una ciudad que intenta sobreponerse a la guerra, iluminando sus casas a pesar de que estén vacías. De igual manera toca este tema en «La ofrenda», uno de sus mejores relatos, donde una familia que vive en el bosque espera pacientemente y de manera resignada la llegada de los soldados que pondrá fin a sus vidas; en él nos habla de la guerra, del monstruo de la guerra, un monstruo sediento de nuevas muertes a los que sólo se le puede combatir no entrando en su juego, combatiendo a través de la no violencia.

Mucho mejor en el terreno real que en el fantástico, en los relatos donde habla directamente de la guerra, sus consecuencias y la desgracia que acarrea la misma que en aquellos relatos de tintes post apocalípticos (donde habla de relojes, electrodomésticos, zombis o insectos), la prosa de Šehić destaca cuando nos habla de la tragedia y la desolación, de la tristeza y la falta absoluta de la esperanza, de los sueños que marchitan, esperando un futuro que no llegará.

Lleno de metáforas, el libro expone y muestra una sociedad abandonada y sin esperanza, repleta de personas con el alma perdida y sin ninguna aspiración, tras una guerra que se ha llevado vidas y sueños. Šehić ha escrito un libro amplio, variado e impactante, donde incluye quince relatos de diferente temática en apariencia, pero donde en todos ellos tiene cabida un estado de ánimo abatido y desesperanzado, sin ningún futuro para las personas enfrentadas a una guerra de resultado incierto y de futuro nada halagüeño que debe renacer de ciudades devastadas, vidas destruidas y futuros arrebatados.

sábado, 8 de agosto de 2015

Ivica Djikić: Soñé con elefantes

Idioma original: serbocroata
Título original: Sanjao sam slonove
Año de publicación: 2011
Traducción: Maja Drnda y Christian Martí
Valoración: muy recomendable

Primera acotación: cuando acabo de leer Soñé con elefantes y empiezo a confeccionar la reseña que estáis leyendo he de acudir a internet para averiguar cuál es el idioma en que ha sido originalmente escrita. Así estamos, en lo concerniente a estos nuevos países. Dubitativos, anclados inconscientemente en ciertas preconcepciones, en llamar a todo eso antigua Yugoslavia, en empaquetar todos esos países como si nos fuera imposible efectuar distinción alguna entre ellos.
Segunda acotación: simultáneamente a su lectura, vuelvo a oír, de labios de un torpe político que no merece ni ser mentado, el término balcanización aplicado a ciertas tensiones territoriales de la actualidad. Curioso: término que parece ser siempre blandido de forma amenazadora. Quien advierte sobre la balcanización suele coincidir con el más dispuesto a asestar el primer golpe.
Soñé con elefantes se sitúa en Zagreb, Croacia, en distintos momentos del proceso por el cual Croacia dejó de formar parte de Yugoslavia. Un proceso tan cercano en el tiempo, apenas un par de décadas atrás, como, parece, alejado de las preocupaciones en aquella época de la Europa más apoltronada. La que miró hacia otro lado cuando lo de Srebrenica, la que hacía poco aún recibía con brazos abiertos a los Karadzic y Milosevic. Ivica Djikić, su autor, es periodista desde los 19 años y vivió todo el cúmulo de conflictos en primera persona. Y en base a su experiencia orquesta esta trama donde crimen y estado se confunden con tanta facilidad. Bosko, investigador del Servicio de Seguridad Nacional, se decide a indagar sobre el asesinato de su padre, Andrea Sucic, antiguo militar y miembro de la escolta del presidente de Croacia. Muy poca gente conoce su relación con él, simplemente que los vinculen entre sí ya es muy arriesgado. Pero Bosko intuye que debe cumplir con su deber y saldar cuentas con su pasado. Escarbar no le resultará fácil: es una narración a dos voces, la de Bosko, viva, curiosa, algo expectante, y la de Sucic, ajado, aguerrido, de vuelta de todo y en proceso de clara y osada enajenación. Y todo el mundo parece tener algo que ocultar o algo que más le vale ocultar. Dos historias que parecen confluir, que lo harían si esto se limitara a ser una novela de intriga, cuando Soñé con elefantes va mucho más allá. Con sutileza, con esos resortes que apelan a cierto tipo de lectores que no se conforman con acabar el libro, cerrarlo, e ir a por otro. La historia de los elefantes obra ese pequeño milagro, añade ese extraño e incómodo plus que induce a eso tan manido de la reflexión sobre la condición humana.
En la propiedad del presidente al que custodia Sucic hay dos elefantes. La típica excentricidad de cierta clase de personajes. De noche, los militares que cuidan del presidente acuden a la alejada estancia donde los animales pernoctan, y allí les propinan palizas. Un acto injustificable que el autor deja abierto: rabia, violencia, desahogo con el débil. Quién sabe. Cuando Sucic abandona el servicio, solicita hacerse cargo de Lanka, la hembra. La lleva a su casa y la instala allí. Se desvela por alimentarla y mantenerla con vida, apelando a las ayudas del poder y las instituciones, locales y extranjeros. Convierte a la elefanta en una especie de llamada de atención sobre su existencia, a medida que decide, a través de una periodista, explicar las atrocidades que ha visto y él mismo ha perpetrado. Se vuelve alguien incómodo para un poder que necesita consolidarse sin sombras acechadoras.
Esa historia, casi surrealista, cuajada de simbolismo e interpretaciones, es el contrapunto que aleja a esta novela de las necesarias pero a veces repetitivas historias de conflictos bélicos. Aquellas que hacen hincapié en crueldad y estadísticas. En actos violentos, represalias y venganzas sin límite. Aquí es donde Djikić aporta el valor adicional al de la mera crónica dramatizada, y donde se manifiesta como un soberbio narrador de historias.