Idioma original: alemán
Título original:
Jeden Tag, jede Stunde
Fecha de publicación: 2012
Valoración: Malo
Yo creo que un libro puede ser malo por diferentes motivos: porque esté escrito con pereza y dejadez, a base de frases simplonas y toneladas de tópicos, como si se tratara de un compendio de redacciones de estudiantes de primaria; por pretencioso, por intentar hacer llegar al lector una historia excitante o apasionante o desgarradora, o todo ello junto, y lograr, en cambio, un resultado muy pobre al no poseer su escritor la pericia necesaria para engendrar personajes creíbles y carismáticos, y tramas sólidas y llevadas con buen pulso; por aburrido, pesado, repetitivo e insípido, aunque esté bien escrito y sus seres hayan sido construidos de forma decente; por copión, por ser un auténtico (y fácilmente reconocible) clon o refrito de otro/s libro/s que, por un motivo u otro, fue/fueron muy bien recibido/s por la crítica y los lectores...
En fin, paro, que el tema da para mucho y estoy aquí para explicar por qué Cada día, cada hora me ha parecido un libro francamente malo. De ese tipo de "maldad" que no degustaba desde mis veranos de la adolescencia, cuando me empeñaba en leerme premiosplaneta en la playa creyendo que eso era lectura de "entretenimiento": libros tejidos con infinita zanganería, con hombres y mujeres sacados de anuncios de perfume o telefilmes de sobremesa, e historietas que uno sabe cómo van a terminar en cuanto lleva medio tercio de su lectura.
Se puede decir que Cada día, cada hora es una mezcla de las clases de maldad literaria con las que he comenzado este post.
Vamos a ver...
Natasa Dragnic es una profesora de idiomas y literatura afincada en Alemania (estudió Filología alemana y escribe en este idioma), y Cada día, cada hora es su primera novela.
Una vez más, me hice con este libro en la bibilioteca que frecuento seducido por las buenas críticas que leí en su contraportada y solapas, y he de decir que hay una que, una vez terminado el libro, he llegado a pensar que fue escrita mientras su autor se partía la caja en mitad de un ataque de ironía inclemente:
"No es habitual encontrar una bella y romántica historia de amor tan bien contada y exenta de toda cursilería. Un verdadero hallazgo", Berliner Morgenpost.
Ja, ja, y ja, Berliner Morgenpost, ¡¡pero si Cada día, cada hora es un descarado y merengado monumento a la cursilería!!
Bueno, ya es hora de contar el argumento...
Estamos en los 60 (pero podían ser los 70, los 80, o el 2200, para el caso...). Dora y Luka son dos críos de un pueblo costero de Croacia que se llevan 3 años (Luka es el mayor) y que antes de los 10 años son super amiguitos, se van a la playa solos, se aconsejan y se quieren por encima de todo y, sí, se puede decir, se enamoran y se dan cuenta de que son el uno para el otro. Pero Dora se tiene que ir a vivir a París por cosas de famiglia, y Luka se queda en su pueblecito croata todo disgustado.
Y en cuanto los dos tortolitos predestinados se separan, Dragnic pretende que nos creamos lo que les suecede a cada uno: la guapísima Dora llevará una vida estupenda en París porque, con poco más de veinte años, se convertirá en una grandísima y famosísima actriz de teatro (¡que no aparecerá ni por asomo en la televisión ni en el cine!), pero la melancolía siempre la acompañará (por culpa de Luka, se entiende), y rechazará a un buen puñado de mozos regios tan guapos y artísticos como ella.
Mientras tanto, Luka, en su idílico poblacho, se aborregará hasta límites insospechados aunque sea un talentoso pintor; sufrirá el abandono momentáneo de su tarugo padre y la muerte de su madre; acabará currando en el hotel familiar y emparejado con una tipa (bailarina de ballet lesionada, pobre muñeca rota) a la que no ama; su choni hermana, repentinamente, querrá ser médico, etc, etc...
Pero por caprichos del destino (y tanto que caprichos: la escena es de vergüenza ajena), Dora y Luka se reencontrarán en una galería de arte parisina ya creciditos, y ella intentará volver a Croacia a proseguir con su historia, pero la no-novia de Luka logrará engancharle por culpa de un embarazo que, ¡oh, no, cielos!, Luka nunca pretendió provocar... Y mientras, la madre de Dora dejará a su marido por un jovencito sabrosón que, fíjate tú, será escritor (en este libro todos tienen ínfulas artísticas, incluso el gigoló de la madre), y la bailarina lesionada y la hermana chorra de Luka harán de las suyas para que la pareja se rompa. Pero Dora, más lista que el hambre, ¡ATENCIÓN! ¡SPOILER!, también intentará inseminarse del pobre y utilizado Luka que, una vez más, no sabrá que una mujer quiere un hijo suyo, no sólo sexo.
Y prefiero no seguir porque, de verdad, la historia es de pena, penita, pena, y las frases y las cursilerías que la ¿sustentan?, básicas y simplonas hasta poner de mala leche.
La maldita gracia es que justo al final del libro la escritora mete a presión el tema de la tremebunda y vergonzosa guerra que asoló la ex-Yugoslavia en los 90, y eso ya me parece para cabrearse. Creo que algo tan horroroso merece más que unas cuantas frasecitas facilonas, y no debería utilizarse para pintar una herida más a un personaje tan penoso, plano e increíble como Luka.
Y paso de hablar de cómo citan los dos petardos del libro a Pablo Neruda, tooodooo el ratooo...
Esto sólo puede empeorar de una forma: cuando algún director de medio pelo adapte Cada día, cada hora al cine, con Penélope Cruz como Dora (es que a esta pobre la suelen utilizar para bodrietes de este tipo). Para Luka elegirán a algún actor italiano guaperas, de esos que interpretan a Jesucristo o a Marco Antonio en mini-series de la tv.